jueves, abril 06, 2006

Una visita a Segovia (La Opinión)

Creo que en la infancia me llevaron una vez a Segovia, pues poseo el recuerdo borroso de estar contemplando el Acueducto, e incluso de haber pensado, secretamente, que aquello no era para tanto, pues se trataba sólo de un conjunto de piedras. Hace poco fuimos a esa ciudad a pasar el día y mi percepción de dicha obra cambió, por supuesto. Piedras, sí, pero cuánta sabiduría para colocarlas y proporcionar para los restos un monumento elegante, soberbio y perfecto: según la Historia, erigido por los romanos; según la leyenda, construido por el Diablo durante una noche. La visita a Segovia incluyó la Plaza Mayor, un vistazo rápido a las fachadas del Teatro Juan Bravo o la Biblioteca Pública (antigua cárcel donde estuvo preso Lope de Vega), los alrededores de La Catedral (a cuyos pies hay algunos árboles góticos, de ramas negras y retorcidas, que me entusiasmaron), un restaurante en el que, obviamente, comimos cochinillo asado, y el Alcázar y sus verdes vistas, amén de varios paseos y de subir las escaleras de la torre del Alcázar, ascenso que me dejó medio mareado y con los vértigos propios de llegar a un lugar tan alto. En este último edificio cometimos el error de dejarnos capitanear por un guía con demasiado apego al chascarrillo y la broma fácil, como si en vez de un cicerone fuera un comediante de una sala de fiestas en vísperas de la ruina.
Mientras algunos amigos entraban a La Catedral gótica y otros se sentaban en un banco de la Plaza Mayor, dos de nosotros decidimos dar un paseo por calles antiguas y angostas, cuya atmósfera me transmitía, en cierto modo, el aire sereno y venerable del casco viejo de mi ciudad. Caminábamos sin rumbo, y entonces optamos por subir una calle que se me antojó atractiva (la Calle de los Desamparados). No lo sabíamos, pero allí estaba la Casa Museo de Antonio Machado. Esa es la gran diferencia entre el turista y el viajero: el turista va pertrechado de planos, recomendaciones y un plan fijo de visitas a museos y parajes célebres; el viajero va a la aventura, merodeando por donde le place, a ver qué encuentra y con qué se topa, merezca o no la pena. Lo ideal, en estos casos, es tener zapatos de turista y corazón de viajero.
Fue en Segovia donde Machado conoció a Pilar Valderrama, con quien mantendría una intensa historia de amor, y a la que encubrió en sus poemas con el nombre de Guiomar. Se conocieron en el Hotel Comercio, donde al parecer el poeta sufrió la lanzada del amor a primera vista. Por Segovia pasearon los primeros días de su romance secreto y prohibido. La Casa Museo de Antonio Machado, propiedad de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, es un homenaje a la pensión en la que se alojó el poeta a su llegada a la ciudad, en 1919, para ocupar su plaza de catedrático. Dicen que se conserva casi igual que cuando vivía allí. Consiste en una cancela de hierro y piedra que da paso a un patio con parras y un caminillo rodeado de jardines, con un busto del poeta, y, al fondo, un edificio de dos plantas, modesto y atractivo, donde a Machado debió morderle el frío segoviano. Una placa indica el horario de las visitas y muestra un par de fotos del interior: una cocina y un cuarto con cama de hierro, estufa y muebles sencillos. A la izquierda del edificio hay una librería que contiene los fondos bibliográficos de la Real Academia y una biblioteca. No entramos en la casa para no hacer esperar a nuestros amigos, y porque pensábamos que, dentro, sólo íbamos a hallar esas dos estancias. Pero no: hay dibujos, óleos, un comedor, una sala de firmas, etcétera. En el jardín observé a un gato de manchas rubias y marrones. Se lamía las patas. Se doraba al sol. Era un poema silencioso, de carne y sangre.

miércoles, abril 05, 2006

La cerveza y la pistola (La Opinión)

Los policías que acostumbro a ver por la calle se distinguen por su juventud y por su evidente preparación física, y siempre están trabajando. Ahora mismo, mientras comienzo estas líneas, siete de esos policías nacionales entran en el edificio de enfrente, vaya usted a saber por qué. Una tarde, sin embargo, tomamos un refresco en un bar de esos en los que, si uno padece de escrúpulos, mejor que no franquee la puerta. Dentro estaba un policía bebiendo. Aquel garito, donde servían cafés, raciones, vinos y copas, me pareció uno de esos innumerables ejemplos de que la España de Torrente, con sus polis fuera de la ley, sus bares guarretes y su clientela como salida de un circo de monstruosidades, continúa viva. En la saga de Torrente no se exagera, sino que esas películas son sólo un espejo de ciertas tribus urbanas orladas de caspa y tintorro.
El local madrileño al que me refiero consistía en un pasillo y una barra larga, en cuyo mostrador se alineaban platos de tortilla triste y fofa y otros condumios resecos y que parecían haber sido cocinados por el peor enemigo del dueño. Y luego, lo típico: una televisión grande para los partidos de fútbol y los videoclips, paredes adornadas con espejos, máquinas tragaperras, y todo el tinglado. Es decir, como cualquier apetecible cafetería donde nos gusta matar las horas, consumir cerveza de barril y ver al personal, pero rica en suciedad. En uno de los extremos de la barra se acodaban cuatro o cinco parroquianos, de modales y caretos mostrencos. La camarera era una joven rumana que toleraba como podía el asedio etílico de este grupo de hombres de mediana edad, que iban soltando un lastre verbal de piropos, peticiones chungas y chistes de tercera mano (tras los cuales ella levantaba la comisura de los labios, amagando una sonrisa cansada). Se habla bastante, hoy, de los derechos de la mujer y de lo sufrida que es, e igual no se han dado cuenta de lo mucho que les toca aguantar a las camareras. En cuanto uno entra a un garito de tapas, bocadillos y cafés y ve a la camarera, conoce el resto: en una esquina del mostrador habrá crecido una cuadrilla de clientes fijos que toman un chato o una copita y se dedican a conversar de fútbol y mujeres y a requebrar a la muchacha, quien a pesar de la sonrisa sólo quiere que llegue la hora de cierre para olvidar a los moscones. Suelen ser tipos solitarios y maduros que, en los bares, hacen amigos con los que sólo se juntan para comentar la jugada y echar un naipe al mediodía.
Uno de estos individuos de aquella tarde era un policía calvo, ancho de espaldas y de unos cincuenta tacos, y cuya fisonomía me recordó a esos actores yanquis secundarios, desconocidos y encasillados en papeles de villano, poli corrupto y federal traidor. Iba de uniforme, y con la pistola al cinto, en su cartuchera del lado derecho de los pantalones. Mientras estuvimos allí se bebió un par de botellines de Mahou, de esos de medio litro. Entre trago y trago se dedicaba a comentar las virtudes físicas de la camarera rumana (quien, no obstante, estaba mejor tras esa barra que haciendo la calle o alquilándose en un lupanar, destino lamentable de muchas de estas chicas) y de las cantantes que salían en la tele. No supimos si estaba o no de servicio pero, si no lo estuviera, lo suyo es despojarse del uniforme para ir a la tasca, o al menos dejar la pipa en el coche. La imagen es lamentable: un policía nacional empinando el codo, con cierta actitud chulesca, con el revólver al cinto, como si fuera el sheriff de un western. No quise imaginar qué podría ocurrir si, varias cervezas después, se produjese un altercado allí, donde hay un agente con alcohol en la sangre y un arma reglamentaria. Me sentí bastante inseguro. En esa tasca grasienta el peligroso me parecía él.

martes, abril 04, 2006

El segundo disco (La Opinión)

Uno de los acontecimientos del próximo mes será, me parece a mí, el nuevo disco de La Sonrisa de Julia, grupo en el que, como recordarán, tocan dos zamoranos. Se titula “Volver a empezar”. Me lo habían comentado un par de amigos, que han tenido la oportunidad de escuchar algunas canciones. Los dos me dijeron lo mismo: “El próximo trabajo de La Sonrisa de Julia va a ser tremendo, va a pegar muy fuerte”. Aquí en Madrid nosotros salimos, algunos viernes o sábados en los que toque festejar cualquier cosa digna de hacerlo (cumpleaños, principalmente), con una panda de zamoranos metidos en la música y en el cine: Héctor Rojo, quien prosigue incansable dándole al bajo en los conciertos de jazz de la noche madrileña; su hermano Diego Rojo y Raúl Prieto, ambos de La Sonrisa; Manu Sanabria y Oscar Llorente, el uno director de “Sinfín” y, los dos, componentes de Los Sinsong; Lito, de Nacional Siete, con el que tengo pendiente un café para que me muestre las letras de las canciones que ha compuesto, cita que los dos aplazamos una y otra vez por incompatibilidad de fechas; y, junto a ellos, las novias y otros amigos comunes.
Cuando salgo de jarana con dicha panda siempre estoy tentado de preguntarles, uno por uno, cómo van sus proyectos, si están componiendo nuevos temas o metidos ya en la escritura de otro guión, si tendremos pronto un nuevo disco o un single inédito. Pero al final me muerdo la lengua. Porque, aunque estamos hablando de las pasiones de cada uno, y de distintas actividades artísticas, en el fondo todo esto es trabajo, y no conviene aburrir las noches festivas del personal charlando de cada oficio. Esas madrugadas, creo yo, están para olvidarse del trabajo y emplear el tiempo en relajar la cabeza. Así que, minutos antes de empezar el artículo, he entrado en la página web que La Sonrisa tiene en internet. En su foro, el vocalista del grupo anuncia oficialmente que el disco saldrá a la venta en abril (luego me dicen que será en mayo). Comprobado esto, me da por leer algunos de los últimos mensajes. En uno de ellos, algún fulano los acusa de plagiar dos temas de Los Planetas. Esto ocurre a menudo y no debemos alarmarnos, sólo hay que dejar que amaine la tormenta y el tiempo diluya las envidias: en cuanto alguien triunfa salen hasta de debajo de las piedras los acusadores, obstinados en que tal o cual disco es un plagio, en que tal novela está copiada de otra que nadie conoce, en que la idea de aquella película era de una maruja anónima a la que no hicieron caso. Si “El Código DaVinci” ése no hubiera vendido tanto, no habrían nacido a su sombra esos cincuenta libros que desmienten sus teorías o las complementan o las afirman, ni esas acusaciones de plagio que a mí me da igual si son falsas o verdaderas porque no me interesa esa novela. Sucede en esta vida miserable que por el éxito suelen pagarse varios tributos, uno de los cuales es que aparece gente que pone una denuncia o acusa al famoso de haberle fusilado la idea.
Al final, y para completar el artículo, llamo a Diego Rojo. Me confirma el título del disco, “Volver a empezar”, y la fecha de salida: quince de mayo. Semanas antes escucharemos el primer single: “El tren” es el título encargado de abrir fuego. Parte del disco fue grabado en el País Vasco, y parte en Madrid, e hicieron la masterización en Nueva York. Un total de doce canciones, que esperamos con ansia. Hoy la banda está de camino a Santander, para grabar allí un vídeo musical. En esta ocasión han firmado con Universal Music. Casi nada. Viva en la provincia o fuera de ella, triunfe o no, lo cierto es que la gente de mi tierra va sobrada de talento.

lunes, abril 03, 2006

Castizo y mestizo (La Opinión)

Estuvimos caminando por el extranjero. Para mí el extranjero, que viajo poco o casi nada, es la zona de calles estrechas del barrio en el que vivo, la zona que se aparta de la salida del metro y del corazón de este lugar en el que confluyen, como suele decirse, el Madrid castizo y el Madrid mestizo. Un laberinto de suelos algo sucios y ninguna cara blanca, ningún rostro pálido como el mío. Estas callejuelas dan la impresión de que, dentro de los edificios, los pisos son peores, rayando la cochambre: menos higiénicos, más estrechos, derruidos, mustios. De que, cuando roban al desprevenido turista o paseante que se pierde, es por esos contornos, a los que llega menos luz solar debido a la angostura de las calles. Andan por las aceras, o están parados, los chinos, los negros, los moros, los turcos, los sudamericanos. Una de las calles desemboca en una plaza por la que algunas veces cruzo para ir a un videoclub pequeñito y bien surtido de clásicos, rarezas y estrenos. Es la Plaza de la Corrala, con sus ristras de ropa tendida en las ventanas de las casas. Allí suelen verse muchachos árabes jugando al baloncesto o dándole de hostias con un bate a una pelotita en lo que, supongo, es un variante lumpen del béisbol.
Por fin regresamos a los aledaños de la plaza. Una de las primeras personas que vemos es Ian Gibson, el hispanista, que vive por aquí. Gibson suele pasearse por el barrio de incógnito. Pero que no se me malinterprete: quiero decir, con esto, que no va de traje y corbata, sino vestido de manera cómoda y simple. Al hispanista me lo he encontrado varias veces, pero nunca me atrevo a abordarlo y saludarle, y no por timidez, sino porque no he leído ningún libro suyo aunque tengo uno o dos en mi biblioteca. Hacía tiempo que no me topaba con los famosos que viven por el barrio (Nawja Nimri, Ismael Serrano, Pilar Castro, Miguel Albadalejo, entre otros). Siempre me hace ilusión cruzarme con celebridades, o con artistas en general, aunque no les acompañe la gloria y la fama. Uno es mitómano y de provincias, y a mucha honra. Entramos a tomar un chato de tintorro en uno de los establecimientos más castizos, veteranos, populares y prestigiosos: la Taberna Montes. Conté una vez cómo era, pero se les habrá olvidado: un local pequeñito y en el que los ojos bailan de botella en botella porque adheridos a sus panzas hay folios cortados a la mitad, en los que el dueño escribe una especie de poesías en prosa y consigna el precio de algunos de los caldos. Nos sirve el vino y lo acompaña con unas tapas de queso y lomo, muy alimenticias y de fino sabor. Me gusta esa costumbre tabernaria de pedir una bebida y que te regalen algo de picar.
Luego nos metemos en un par de tiendas hindúes. Suelen ser fruterías con una parte destinada al muestrario de productos exóticos, que no había visto nunca (saquitos de lentejas rojas, botes de frutas remotas en almíbar, latas de zumos raros, bolsas de tandoori). Lo que conviene en estas tiendas es comprar la fruta, que generalmente es buena y ofrece un aspecto jugoso. Desechamos una de ellas porque todo el género está pasado y medio podrido. En la siguiente parada las cajas ofrecen dátiles, mangos, manzanas, ciruelas, limas, jengibre. Escojo algunos mangos de piel amarilla y pinteada, similar a la de los plátanos maduros. Cerca de casa el ambiente es variado: varios policías interrogando a los camellos moros, pidiendo la documentación o registrando sus coches y sus ropas, un grupo de bebedores hispanos chupando de la botella o del cartón de vino, algún tío dormido en el suelo y la gente acarreando bolsas desde el supermercado. Esta es mi estampa de lo castizo y mestizo.

domingo, abril 02, 2006

Natalia Carbajosa




Natalia Carbajosa, autora zamorana a quien conocí en mi ciudad hace ahora un año, acaba de obtener el Premio al Libro Murciano del Año en la categoría de cuentos por Patologías, publicado por la Editorial Áglaya.

Según nos cuenta Jesús Hernández en La Opinión de Zamora: "El libro será presentado el día 17 de este mes en Zamora capital, en un acto literario que se celebrará en la Biblioteca Pública del Estado. Tomás Sánchez Santiago, profesor, ensayista y poeta, efectuará la introducción, con un análisis de la obra".

Enhorabuena, Natalia.

Grabarlo todo (La Opinión)

En un colegio de Albacete han expulsado durante tres días a unos alumnos que grabaron con el móvil el simulacro de una pelea. Vuelvan a leer: no me he equivocado. Por un simulacro, no por una pelea. Vivimos en un país en el que se va volviendo peligroso decir y hacer ciertas cosas, aunque sean en broma. Quien, en su infancia, no se haya aventurado en el simulacro de una bronca que arroje una piedra. La directora del colegio añadió que los chavales imitan lo que ven en los medios. La sociedad posee sus antojos, y uno de ellos es echarle culpas a un tercero. Los culpables son siempre las series de televisión, los informativos, las películas (la literatura no, porque en este país leemos cuatro, y tres de ellos lo hacen en el metro). Grave error. Si a mí me hubieran influido todas las salvajadas que he visto en la tele y el cine y leído en los libros sería ahora un Rambo ibérico, sin músculos y sin patria. Que los muchachos jueguen a pegarse no es nuevo, tampoco es que sea bueno o malo: es lo que hay.
La diferencia, y es probable que tal diferencia sea la causa de la reprimenda y la expulsión, es lo de grabarlo con el móvil. Vivimos tiempos absurdos y dominados por lo audiovisual, donde ya no nos basta con ver las imágenes de un tercero, sino que todos queremos hacer fotos y grabar escenas. El acontecimiento, hoy, es la grabación, no la acción. No buscamos grabar cuanto suceda, sino provocar un suceso para grabarlo. Sin la cámara del móvil es incluso posible que se partieran menos caras de mendigos en la calle y en el cajero donde duermen y se refugian. Una vez me dijo alguien: “Intentas que te ocurran cosas para luego contarlas en el artículo”. Esa acusación se puede rebatir: “Al contrario: me ocurren cosas, de vez en cuando, y necesito escribirlas”. Si de verdad necesitara provocar artículos de mucho impacto sólo tendría que meterme algunas noches en Las Barranquillas o colgar una caricatura racista en mi calle. Otra cosa es que lograra regresar para contarlo. Con la fiebre de los móviles y los móviles con cámara y las cámaras digitales estamos empezando a perder la naturalidad. Vas a decir una frase y no falta quien te pide que esperes, que va a sacar la cámara para hacerte la foto. Vas a moverte y, si alguien no lo ha recogido, te suplica que lo repitas porque no le dio tiempo a darle al play. En el futuro tendremos los álbumes demasiado llenos de gente posando, más que antes. Aunque usted no tenga cámara ni uno de esos móviles para hacer fotos, tras cualquier evento (cumpleaños, fiestas, comidas y cenas, viajes, excursiones) sabrá que su cara aparece en no menos de cincuenta imágenes.
No hace demasiados años hablábamos todos del género snuff, el de “Tesis” y “Henry, retrato de un asesino”. Aunque algunos insisten en que es una leyenda urbana, se supone que el snuff es una grabación que un tipo compra en el mercado negro, para ver escenas reales en las que a otra persona se la tortura o mata, o ambas, pero no siempre en ese orden. Ahora el personal aficionado quiere grabar su propia snuff en miniatura. Se empieza grabando el simulacro, se continúa filmando las palizas a los vagabundos y vaya usted a saber dónde terminamos. Tal vez nos hemos dado cuenta de que filmar los cumpleaños, las bodas y los bautizos empieza a ser tedioso. Jamás le ha dado a nadie (o a casi nadie) por hacer fotos en los divorcios y en los funerales, porque el hombre se niega a enjaular en vídeos y en carretes los instantes trágicos de su vida. Y resulta que se pone de moda apalizar a la gente y filmarlo. Me parece excesivo que a unos niños se los castigue por pegarse en broma, y correcto que se los sancione por esta manía de grabar la violencia, aunque sea escenificada.

sábado, abril 01, 2006

Asnos apaleados (La Opinión)

Noticia extraña y lamentable, la que ayer encabezaba la sección local de este periódico: “Agreden con palos y perros a los burros de La Aldehuela en peligro de extinción”. Lamentable porque indica saña, premeditación, delirio, violencia, maltrato a los animales, ataques a una especie que se extingue y va apagando su descendencia (el asno zamorano-leonés: raza noble, hermosa y elegante). Extraña porque el titular, a mi juicio, debiera ser otro, de contenido menos objetivo aunque imposible de publicar: “Burros y perros agreden a burros de La Aldehuela”, y en el subtítulo: “Se sospecha que los burros agresores caminaban a dos patas”. No obstante, estas dos frases alternativas que propongo no convendrían, además, porque se ofende entonces al asno zamorano-leonés, equiparándolo al ser humano cruel, valga la redundancia. Mientras escribo esto sólo se sabe que, en la madrugada, unos individuos tomaron al asalto las instalaciones del centro de genética de La Aldehuela y luego se ensañaron con los asnos, azuzando a sus perros y apaleando las costillas de los pobres animales; los empleados del Servicio de Agricultura y Ganadería los encontraron heridos, soltando sudor, traumatizados por la paliza. Dicen que la Diputación va a poner, a partir de ahora, un servicio especial de vigilancia. Falta hace, por lo visto.
Esta es una noticia no sólo dolorosa para quien adora a los animales en general, y a esta raza en particular, sino también muy distinta a otra que comenté en un artículo de hace años: cuando vino un granjero austriaco, y compró en Zamora seis burros de esta tribu para introducirlos en su país y que se extendiese la especie. He buscado aquel artículo, y copio aquí lo que pensaba entonces de dichos jumentos de raza autóctona, porque es lo que aún pienso: “Este tipo de asno es una joya porque sobrevive en comarcas en las que abunda la roca y escasea el centeno, y porque, dicen, ya sólo queda en nuestra provincia y en el norte de Salamanca, y a partir de ahora en alguna finca de Austria. Este burro es guapo y lanudo, lo que le confiere un atractivo especial gracias al pelaje revoltoso y a un flequillo como de asno antiguo o de dibujos animados; es ancho de barriga y de lomo, grande de cabeza y muy humano de ojos”.
La más fiel representación del español, violento, cabreado y fraticida, y casi podríamos decir que del hombre universal, nos la dio Don Francisco de Goya en su cuadro “Duelo a garrotazos o La riña”, Pintura Negra en la que vemos a dos cenutrios macerándose las carnes con garrotas y sangrando por la cara, y las piernas hundidas en el barro. A estas alturas habría que componer un lienzo en el que saliese un tiparraco dándole palos a un perro, a un asno, a una foca (pues ya empezó la masacre de focas en Canadá), etcétera. Esa sería otra puntual imagen de cómo numerosos fulanos han maltratado a los animales y continúan haciéndolo. Sé que no es políticamente correcto decirlo, pero casi me duele más ver una paliza a un perro o a un asno que a un hombre. Lo aclaro: el hombre puede saber a qué obedece el apaleamiento, pero el perro lo ignora. Si una noche los ladrones se meten en una casa y le dan a un señor una paliza y le roban joyas y ahorros, el tío sabe que se debe a la locura y a la avaricia. Entiende lo que sucede, distingue el delito. El asno que pasa la madrugada pacíficamente y sin molestar a nadie, y al que sin venir a cuento se le viene encima un hatajo de bestias y le zahiere el cuerpo, no puede comprender por qué está ocurriendo tal cosa (ni nosotros). Recomiendo, a estos desalmados, que les administren por vía rectal una solución de ajo y guindillas y que pasen una temporada a la sombra.

viernes, marzo 31, 2006

Irreal (La Opinión)

Las horas previas al amanecer contienen un halo de irrealidad absoluta, como si camináramos por un limbo trufado de criaturas noctámbulas y ficticias. Me refiero a esas madrugadas de fin de semana. Al alba cualquier cosa (un paisaje, un edificio, un objeto) adquiere un tono fantasmagórico. Incluso la gente. Sobre todo, la gente. Irreal le parece a uno, cuando devuelve a casa sus ya debilitados lomos, ese comercio clandestino que ponen en marcha los orientales. Se sale de un pub o de una discoteca con los ojos enrojecidos por el humo y los vapores etílicos y, al doblar cada esquina de Huertas, no faltan chinos que venden bocadillos de salami, latas de cerveza y de refresco, botellines de agua mineral y otros sólidos y líquidos para reanimar al individuo que se va a la cama. Este avituallamiento vende lo suyo, no se crean. A partir de las cinco de la mañana un fulano ebrio y con hambre sería capaz de comerse los hígados de una rata, siempre que estén bien cocinados, en su punto. Los chinos arman el tenderete en un santiamén, de dos maneras: o bien abriendo el maletero de un coche para enseñar la mercancía y que ésta tome un poco el aire, o bien mediante el acomodo en la acera de una caja de cartón y varias bolsas de plástico. A mí estos comerciantes, que afloran y se disipan entre la noche y el amanecer, se me antojan siempre irreales. Algunos casi te introducen la lata de cerveza en la boca, para que compres. Pero yo nunca les he comprado nada. En principio por las condiciones higiénicas, pues el método de tender un bocata sobre una servilleta encima de un cartón no me parece el adecuado, ni cogerlo del maletero de un coche, donde, quién sabe, igual han viajado perros, garrafas de aceite para el motor o cadáveres descuartizados.
Irreal resulta el taxista de madrugada, que recorre las calles emulando a los pilotos de fórmula uno y siempre lleva encendida la radio. Los hay que hablan por los codos y los hay silenciosos como las tumbas de sus antepasados. Se sabe que son españoles porque, cuando al taxi se le cruza una panda de borrachos conduciendo un coche en zigzag, el taxista ejerce su derecho al uso del improperio y la blasfemia, con los cuales asigna diversos calificativos a los mencionados borrachos, a sus madres, a sus padres, a sus familiares muertos y a los dioses y los santos de todos. No se soluciona nada, claro, pero el hombre se queda a gusto y descansado; y los pasajeros también, así se libran de soltar ellos mismos la retahíla de tacos que los conductores empapados en rayas y en copas se merecen.
Pero quizá lo más irreal, junto al recorrido a pie por vías angostas en las que no se ve un alma, es recoger un periódico del buzón o comprarlo en un kiosco. El periódico de la seis de la madrugada nos parece una invención, un conjunto de papeles que se desvanecerán igual que el recuerdo de un sueño en el momento en que uno se eche a dormir. En Zamora cogía el diario del buzón, en esos regresos del fin de semana. Era un asunto que calificaba de fabuloso: meterle mano al buzón, al alba, y sacar un periódico fresco, novísimo, recién pescado, tibio por las rotativas, cuando alrededor el mundo aún no ha echado a andar, cuando aún está la ciudad dormida y descansando, cuando todo incluye un halo de artificio. En Madrid compré un periódico, el otro sábado, en torno a las seis de la mañana, de vuelta al piso. Era de noche y ya te servían ese desayuno de actualidad, tinta y papel que es un diario cuyo último número acaba de nacer. “Esta es la edición nacional, todavía no ha llegado la de Madrid”, dijo el tipo. “Da lo mismo”, respondí. Y me abracé al periódico, confortable e irreal.

jueves, marzo 30, 2006

Revista Zamora Cofrade


Zamora. Hoy, jueves, a las 20:00 horas, se presenta al público en el edificio de La Alhóndiga la Revista Zamora Cofrade, de la que se han encargado los chicos de Singular Creativos. Saldrá a la venta el próximo lunes. Más, aquí y aquí.
Me pidieron un texto escrito expresamente para esta publicación, y dicho texto (se titula Ellas) pretende ser un homenaje doble a las mujeres y a la cofradía de la que soy hermano. Os cuelgo el principio:
Comienza con una parada, que en la jerga se conoce como “un fondo”.
Un fondo, a las nueve de la mañana, con el cuerpo temblando del relente de la madrugada y los miembros estremecidos por los rayos de sol que bruñen el negror de los caperuces romos, facilita las reflexiones. Las reflexiones y el ejercicio de la memoria.
Uno, en esa parada, entrecierra los ojos, para aliviarlos del escozor del sueño. La textura de sus dedos está pegajosa del azúcar de las almendras o de los caramelos que cobija sobre el cíngulo, en una faltriquera improvisada. Su boca aspira el aire caliente y enjaulado entre la tela y el rostro, y esa piel extraña del caperuz, que lleva puesto desde las cinco de la madrugada, se le pega a los labios y a la nariz. (...)

Propina (La Opinión)

En cierta ocasión al escritor Raymond Carver le dijo su médico que, si continuaba llevando la vida de excesos a la que se había acostumbrado, sólo iba a durar seis meses. Dos de los protagonistas de esa biografía eran el alcohol y el tabaco. Carver fue alcohólico hasta la advertencia del doctor. Entonces abandonó los malos hábitos y, además, pudo conocer a la mujer de su vida, Tess Gallagher. El tramo final, los últimos metros de su andadura, abarcó once años. Once años de salud, de sobriedad, de amor, de literatura. Antes de que concluyera ese tiempo le diagnosticaron un cáncer de pulmón. No duró mucho más, y se fue a la tumba a los cincuenta años, en la flor de la vida. Es de suponer que cada día de esa rehabilitación lo apuró como si fuera el último. Para él, ese retraso en su cita con la muerte fue una propina. Así lo afirma en uno de sus poemas póstumos, poemas en prosa que he releído, los de “Un sendero nuevo a la cascada”: “Soy un hombre de suerte. He vivido diez años más de los que yo o cualquiera esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.
Los poemas de la última parte del libro abordan la despedida, y por eso mismo aparecen transidos de un dolor más o menos emotivo, pero en el que no hay cabida para los lamentos ni los lloriqueos propios de telenovela. Carver asumió que la enfermedad le estaba royendo el alma y los pulmones, y en esos poemas tristes da las gracias por la propina, en vez de lamentarse. Asume su parte y lo que vendrá: su despedida. Pocos autores han sabido reflejar como él la vida miserable de los parados, de los alcohólicos, de los obreros, de los matrimonios a pique. Los cuentos de Carver reconfortan no sólo por la precisión de su prosa, sino porque uno los lee y siempre sabe que existe gente a la que le va peor. Es una pena que uno de sus poemas más celebrados no se incluya en libro alguno en España, y que toque leer su traducción en páginas de internet, como en la imprescindible web “El poder de la palabra”. El poema se titula “Miedo”. Esa propina que menciona Raymond Carver la conoce demasiada gente, en especial quienes sobreviven a un accidente, a un atentado, a una catástrofe, a una operación a vida o muerte. Quienes dejan el hospital por su propio pie y saben que, a partir de ahí, cuanto recorran es un regalo, una segunda oportunidad, un aplazamiento, una prórroga de los cielos o del destino, según las creencias de cada cual.
Días atrás murió Rocío Durcal, y asistimos así al declive de las folclóricas. Las que sobrevivan y salven el pellejo habrán obtenido su propina. Pero las folclóricas han ensombrecido las muertes de Richard Fleischer y Eloy de la Iglesia. Aunque me divierte más la filmografía del primero (dominada por la aventura: “Los vikingos”, “Bandido”, “Viaje alucinante”, “Conan el destructor”), voy a detenerme en la figura del segundo, que estuvo perdido en los oscuros laberintos de la droga, y que ha fallecido ahora, tras esa prórroga obtenida después de sobrevivir y desengancharse. El cine de este director que prefiero es el que hizo en los ochenta, cuando éramos chavales y él contaba en la pantalla sórdidas historias de delincuentes amarrados a la aguja y la cheira. “Navajeros”, “Colegas”, “El pico” y su secuela crearon el género de los quinquis jóvenes de vida apresurada, breve y repleta de atracos y chutes. El adentrarse tanto en la marginalidad lo convirtió en marginal, en esclavo de la heroína, como lo fueron muchos de los intérpretes que trabajaron con él y sucumbieron por sobredosis: José Luis Manzano, Lali Espinet, Javier García, Antonio Flores y “El Pirri”. Creo que Eloy de la Iglesia supo mucho de esa propina de la que Raymond Carver escribió.

miércoles, marzo 29, 2006

Huelga de conductores (La Opinión)

Están estos días los conductores del Metro de Madrid en huelga. Es una huelga que van haciendo a plazos (no sé si cómodos para ellos, pero desde luego incómodos para los viajeros): dos horas por la mañana, dos horas por la tarde, etcétera. De esa manera, más que una huelga parece la administración de un medicamento: tómese cada tanto tiempo, y a correr. Los servicios mínimos traen aparejados una serie de molestias, que caen al completo sobre los cansados hombros del exhausto trabajador que madruga, a saber, las largas esperas en el andén, las apreturas en el interior de los vagones, el olor ácido y animal de los sudores revueltos y confundidos, el retraso en la oficina y, como consecuencia de lo anterior, unas cucharadas de estrés no remunerado, por si fuera poco. Un minuto de demora en los andenes, sólo un minuto, se hace eterno. Imaginen aguardar más de ocho minutos, de ahí para arriba. Vislumbren al tío, o a la tía, que va recién duchado, con la camisa y la corbata limpias, y se mete a ese gallinero donde la gente se apretuja igual que en una prensa, y va soltando chorros de agua por los poros, y las narices se achican por el hedor. Ese tío ya no es el mismo cuando sale.
Daríamos gracias si esta amalgama de contrariedades ocurriese solamente cuando se programan las huelgas, pero no es el caso, y eso lo saben los zamoranos afincados en la capital, que son numerosísimos, pues hablar de Madrid, en la actualidad, equivale a referirse a un alto porcentaje de zamoranos y sus circunstancias. Yo tomo el metro de vez en cuando. El viernes anterior, sin ir más lejos, tardé una hora y pico en un trayecto que, en condiciones normales, me hubiese ocupado veinte minutos. Entre las estaciones de Lavapiés y Sol el tren al que entré circulaba achacoso y reumático, a una velocidad de cafetera antigua, y dando unos trompicones que desbarataban el orden vertical de los pasajeros y nos hacían chocar unos con otros o perder pie. Más tarde, en el trasbordo, se me fueron varios minutos, y eso que era hora punta. Al coger el tren que me llevaría a mi destino noté un perfume agrio y pendenciero, como a cables quemados. En la siguiente parada varias personas decidieron bajarse y esperar al próximo servicio, que no es plan de viajar medio mareado. Por fin, el conductor decidió asomarse a los vagones e ir preguntando: “¿Aquí huele mal?” Hecha la ronda, y agotada nuestra paciencia, ordenó salir a los pasajeros. “Este tren está averiado”, anunció. Más minutos de espera, con lo cual se produjo la lógica congestión del andén y de los siguientes vagones. Fuimos todos apretados: los codos clavándose en las costillas ajenas, los zapatos pisándose por turnos, los alientos soltando su carga sobre el cogote del prójimo, las fatigas para entrar a presión en los vagones y las luchas para salir en las paradas elegidas. Más de cuatro nos sentimos como si fuéramos de viaje sin retorno a los campos de concentración de Dachau. También podía uno creer que era miembro de una partida de ganado vacuno, o que iba en el tren de la bruja, que siempre es (la bruja) un quinqui disfrazado con peluca, careta de mujer y un vestido de flores.
Dicen que el metro de esta ciudad es uno de los mejores, no sé si de España o de Europa, y nadie pone en duda que llega a muchos rincones de Madrid y que su desarrollo no se detiene y va incorporando más enlaces y líneas y mejoras, pero no podemos negar los puntuales sobresaltos y zarandeos, las averías y las esperas, el agobio de ir hacinados. Esto no lo notan Gallardón y Aguirre porque sus trayectos oficiales son cortos y no comportan otra misión que la de recibir a los fotógrafos y contar ante las alcachofas que los servicios funcionan de maravilla.

martes, marzo 28, 2006

Recomendación: Resurrección, de Manuel Vilas

Gracias a la recomendación de Antonio Pérez Morte en su blog me compré este libro de poemas en prosa. Aunque yo ya conocía algunos textos de Manuel Vilas: tengo en mi biblioteca los relatos de Zeta, el poemario El cielo y sus artículos de La región intermedia. Me parece un escritor honesto y valiente, distinto e innovador, capaz de saltar de los vampiros a Kafka, del marisco de los bares de tapas a las hamburguesas de MacDonald's, de las manos de las cajeras a las canciones de Lou Reed. En esos cambios de tema logra siempre mantener un equilibrio dificilísimo.

Este último libro fue recompensado con el XV Premio Jaime Gil de Biedma. En sus páginas regresa esa pasión del autor por reconstruir su ciudad, Zaragoza, por absorber sus restaurantes, sus mujeres, sus carreteras, sus paisajes, sus pueblos (aunque también canta la magia de otros lugares), y ofrecernos todo ello mediante poemas salvajes, impulsivos, furiosos y provocadores. Es un canto a la vida y sus misterios.

El mundo del vino (La Opinión)

El documental es un género de moda, creo haberlo afirmado en alguna ocasión y en estas mismas páginas. “Mondovino” es uno de esos documentales que comienzan hablando de un producto y terminan en denuncia social. Nos entretiene, nos informa y nos advierte. Lo dirigió Jonathan Nossiter, quien estuvo viajando por Estados Unidos, Francia, Argentina, Italia, Brasil. Nossiter entrevista y filma con su cámara de video digital a viticultores, enólogos, propietarios, accionistas, empresarios, gerentes, críticos y otros trabajadores de la uva, y así va componiendo el cuadro internacional sobre el negocio y el placer asociados al vino. Lástima que falte España, aunque el director ha rodado material especial sobre nuestros viñedos para incluirlo en la edición española en dvd. Sorprende que Nossiter converse con cada entrevistado en su idioma, pasando con soltura y pericia del inglés al castellano, y de ahí al francés o luego al italiano, como un espadachín de lenguas. Esa facultad idiomática le viene de la infancia: su padre fue corresponsal en el extranjero y la familia del chico fue mudándose de país en país. O sea, que es un hombre viajado y notable ejemplo de que el saber no ocupa lugar.
Para explicarlo en términos sencillos: en “Mondovino” asistimos a las diferencias entre los campesinos y los jefes de las multinacionales, entre el vino hecho de manera artesanal y el fabricado en laboratorios y en serie, entre el terruño, su saber y su ciencia, que es mucha, y las grandes corporaciones que van comprando terrenos para fabricar caldos que gusten al mercado. La batalla de clases de siempre: en algunas escenas vemos a ancianos solitarios que defienden sus pocas hectáreas y luchan por elaborar un vino con sabor a su tierra, un vino artesanal y con tradición; dichos ancianos sueltan las mejores frases de este reportaje, muy condimentadas con la sabiduría que es propia en un héroe del terruño; en otras escenas, en cambio, son entrevistadas las familias que dirigen multinacionales, más preocupadas por incrementar las ventas y acomodarse al gusto general que por innovar u ofrecer vinos de calidad. De entre estas últimas conocemos a la familia Mondavi, magnates de California con hectáreas en numerosos países del mundo y cara de mafiosos italoamericanos.
Sorprende un poco la manera feroz en que parte del mercado depende de la opinión de un catador, el célebre crítico vinícola Robert Parker, cuyo veredicto y calificación a un caldo dictan el ritmo a seguir. Algunas personas aseguran a Nossiter que muchos viticultores adaptan sus vinos al paladar de Parker, para que éste les conceda una alta puntuación y el precio y las ventas de sus botellas suban. Es, sin duda, el punto más interesante de la investigación del director. Parker y Michel Rolland, enólogo francés, parecen dos estrellas del rock y no dos catadores. Nossiter ha dicho: “Rolland es (…) capaz de proporcionar fórmulas que desemboquen en un producto que sea recibido favorablemente en el mercado mundial donde reina una gran competencia”. Esto no es nuevo, claro, porque lo estamos viendo en todas partes: ese acomodo al mercado, esa dictadura de formas y fondo para ofrecerle al consumidor lo que busca y cree necesitar. Donde más le revienta a uno, obviamente, es en el panorama literario. No dudo que los lectores necesitan su dosis de “La sombra del viento” y “El Código DaVinci”, incluso uno ha leído la primera y le solazó. Pero ese éxito obliga a que ahora los editores busquen sólo historias del mismo estilo, y que algunos churreros de la pluma (no se les puede llamar escritores) intenten redactar novelas similares sólo porque es lo que vende. Pues con el vino, igual. O eso nos han contado.

lunes, marzo 27, 2006

La tortura (La Opinión)

Como se aclara en el título vamos a hablar en este espacio acerca de la tortura, así que, quien sea tan aprensivo como yo con este tema, que se salte el artículo. La otra tarde vi “Syriana”, admirable película aunque de argumento político enrevesado, hasta tal punto que me enteraba de los actos de cada personaje media hora después de que los cometieran. Significa, sí, que entendí el conjunto mucho después de que salieran los créditos finales. Merece la pena; me gustan estas historias en las que dos agentes tienen que citarse en la sala de un cine o en un parque para hablar con calma y sin que les enchufen un micro bajo la mesa. Las series de la tele, el cine y la literatura nos han mostrado tantas veces esta situación que, en cuanto vemos a un tío en un banco tapándose la cara con el periódico, sospechamos que pueda ser un espía trabajando. Luego se fija uno bien y sólo es un jubilado informándose y tomando el sol.
Pero “Syriana” incluye un pequeño problema inesperado: torturan a un personaje (no voy a desvelar la identidad del actor que lo interpreta) arrancándole las uñas con alicates. Ya se harán cargo de lo que esto supone para el espectador, aunque la sangre sea un tinte y, las uñas, de plástico. Da lo mismo. Sólo la frase da repeluzno, eriza los pelos de la nuca, te añade retortijones en el estómago. En esa escena volví a la infancia, cuando en las de terror salía el monstruo y nos tapábamos los oídos y los ojos, aunque dejando siempre una rendija entre los dedos de las manos, pues esa rendija se deja para satisfacer el morbo y para que no nos perdamos la siguiente escena. Para mí supuso, además, un recordatorio del dolor: de niño perdí dos uñas, en dos ocasiones distintas. Ambas tuvieron un encontronazo con puertas. Las perdí de cuajo. No es necesario aclarar el dolor que eso conlleva: sube por la muñeca y el brazo y trepa hasta el hombro. Un día después de ver “Syriana” hice lo propio con “Old Boy”, largometraje asiático y retorcidísimo en el que a un fulano le despojan de los dientes con una herramienta que no nombraré para que no se me incomoden.
Estos sobresaltos hacen que uno maldiga al director, al guionista y a los encargados de los efectos especiales y del sonido por lograr un efecto tan real, tan creíble. Me hizo recordar los dolores más brutales que he conocido y algunas escenas de tortura de ese estilo. En el segundo caso, ahí tienen al protagonista de “Marathon Man”, a quien perforan un diente con un taladro y a las bravas, sin anestesia; o al de “Payback”, cuyos dedos del pie rompen a martillazos, algo parecido a lo que vemos en “Casino” (pero aplicado a las manos); la tortura que emplean al final de “1984”, consistente en una jaula atada a la boca abierta y una rata hambrienta dentro de la jaula; los dedos cortados, de uno en uno y cada cinco minutos, de las manos de una pianista en una de las historias sombrías de la reciente “Three… extremes”; la apertura estomacal de “Braveheart” tras estirarle los miembros; las múltiples sevicias que cometen en “La Pasión de Cristo”; el policía sin oreja de “Reservoir dogs”; o el alto voltaje aplicado al escroto de uno de los soldados de “Tres reyes”. Uno ve estas escenas y piensa que existe algo peor que la muerte, y es el dolor prolongado largo tiempo, la tortura y el consiguiente daño. En los últimos pasajes de la novela “1984” los dos amantes se traicionan para no ser torturados, y así triunfa el Gran Hermano. De este tema sabían y saben mucho los dictadores: humilla a los presos, y éstos incluso son capaces de confesar que participaron en la conspiración para matar a Julio César. Ante la tortura, que usan con frecuencia en Guantánamo, caben pocas heroicidades.

domingo, marzo 26, 2006

Commandos

Zamora es una ciudad en la que, si uno habla mal de un señor, se cabrean cuatro; pero, si habla bien de otro, se cabrean ocho. Quiere esto decir que el halago o el reconocimiento hacia el trabajo de un tercero granjeará a ambos (a quien escribe y a quien es descrito) mayor número de enemigos que si uno le hubiera disparado con palabras llenas de ruido y furia. Aparte de lo anterior molesta también la omisión, sea voluntaria o involuntaria. Oiga, que usted escribió de actores y mi novia es actriz y no la sacó. Bueno, pues dígale a su novia que no lo sabía y que no se apure, que se hablará de ella en su momento. Algo parecido le ocurrió a uno hace un par de años. No faltan, en esta galería de rencorosos, quienes nos acusen de amiguismo. ¿Cuánto te pagó ése para que escribieras de él? ¿Cómo te sobornó? Y tonterías similares. Todo este asunto, no obstante, demuestra que el zamorano, contrariamente a lo que piensen, no está muerto ni inactivo, y que se irrita a la menor, lo cual es bueno, aunque este entusiasmo peleón deberíamos emplearlo en reivindicaciones serias.
Vamos a mencionar a cuatro personas en este artículo, y vamos a hablar bien de su trabajo, y por eso sumaremos enemigos. Si me acusan de amiguismo, aquí van cuatro tazas: un primo, un amigo y dos conocidos de vista. Y no hay perjuicio porque uno cuenta con la libertad de opinar y el beneplácito de su director. Los cuatro tienen talento y son zamoranos, de nacimiento o de adopción. Han participado en el magnífico videojuego “Commandos Strike Force”, cuyos decorados y personajes son un espejo de añoradas películas de guerra. A José Manuel García quizá lo vieran días atrás en los periódicos y en las cadenas de televisión nacionales. Es el jefe del proyecto y le ha tocado, por tanto, sacar la muleta y lidiar frente a las cámaras. Hace unos años me invitó a que viera las oficinas donde curran. Es una plantilla muy joven, tan joven que a veces se siente uno abuelo junto a ellos. Parecía que los chicos estaban pasando el rato ante los ordenadores, pero luego salen videojuegos de lujo, muy trabajados, muy obsesivos en el detalle, con una música impecable, que compiten con los del extranjero y venden un huevo, y los jefes van cada año a Los Ángeles a promocionar el invento. A José Manuel lo llamaba por teléfono cuando estaban terminando el videojuego, tarea nada fácil y similar al minimalismo con el que los artesanos construían los relojes: casi todos los fines de semana estaba en las oficinas de Pyro Studios, dando el callo día y noche. ¿Pero no descansáis? No, contestaba, de momento no, hay que terminar el juego. Oscar García ha prestado su voz a un par de personajes: a un ruso y a un francés de la resistencia, y esto nos lo contó en una entrevista para el periódico, así que no necesita mayor aclaración. Oscar, además, asistió a una escuela de doblaje. A César Botana lo conocí en aquella visita a la empresa. No lo he vuelto a ver y no recuerdo su fisonomía, pero baste decir que es de la tierra y es programador en la versión multiplayer de “Commandos”. El cuarto es David Ramos y, aunque no participa en este videojuego, es programador en otros proyectos de la empresa. Recuerdo cuando, en Zamora, me dijo David: “Me han contratado en Madrid, en Pyro Studios”. Le respondí: “Pero si esa es la empresa donde está mi primo”. El mundo es un pañuelo.
Pyro lleva diez años en la brecha. Es la principal empresa de entretenimiento digital en España. Casi trescientas personas han aportado tiempo, ideas, talento y sudor a este último “Commandos”. Trabajan allí tres zamoranos, y un invitado que ha doblado a dos personajes. Deberíamos alegrarnos todos.

sábado, marzo 25, 2006

El kebab (La Opinión)

Cuando el hambre aprieta y no hay tiempo o ganas para ponerse a manejar los fogones, o cuando se celebra botellón casero con los amigos, a uno le conviene ir a por unos kebab a los restaurantes del barrio. Son de consumo rápido, aunque de difícil digestión. El kebab es la hamburguesa del turco y del árabe, pero uno diría que con algo más de alimento, porque el filete de pollo o de cordero siempre parece menos sospechoso que esa carne que sirven en las hamburgueserías de las firmas americanas e importantes (no digo de las otras, no vayamos a confundir las cosas). También he leído que esta especie de bocadillo va sobrado de aportes energéticos. El kebab, por si no lo han probado ni lo han visto nunca, consiste en lo siguiente: se abre un pan de pita y se rellena con tiras de carne, queso feta, lechuga, tomate, achicoria y salsas variadas. Al acabar de comerlo uno está hecho un cristo, con manchurrones en los dedos y el plato repleto de cebolla y cordero. Debo señalar que existen otras variedades y recetas, según el garito y el cocinero. Pero el que suele pedir uno es éste, y no vamos a andar cambiando a estas alturas.
Si no lo han comido nunca, les aconsejo que lo hagan en un establecimiento que regenten moros o turcos. No vale preparárselo en casa ni que te lo cocine un español; el sabor es distinto, como distinto es hacer por nuestra cuenta las patatas bravas, las cachuelas a la plancha o los callos, pues nunca superaremos la receta del Bambú, del Bayadoliz o del Caballero, por citar tres ejemplos de gastronomía que uno echa de menos cuando está fuera. En Zamora, en sábado noche, me gusta ir a cenar algo por Los Herreros o Los Lobos. En Madrid me ha tocado cambiar mi menú castizo del sábado por estos bocatas turcos y, aunque deleitan el paladar y me placen sobremanera, uno es de la vieja escuela española, ya saben: tortilla de patatas, pata con morro, chorizo al vino, jamón serrano. Tengo la impresión de que el kebab se está convirtiendo en el alimento nocturno del joven con prisa y del diurno del pobre que no puede gastarse demasiado en su dieta diaria. Al sitio al que voy toca pedirlo, si es para llevar, a través de una ventana que comunica la calle con una pequeña cocina con bandejas para los ingredientes, una caja para cobrar y los asadores verticales donde gira despacio la carne. Tardan en ponérmelo un par de minutos, el tiempo de echarle todo el condumio a este pan abierto que recuerda a un estuche redondo para discos compactos. Quien nunca antes haya visto estos asadores se puede asustar un poco, ya que amontonan el cordero o el pollo en el pincho hasta que coge la forma del muslamen de Polifemo, aquel cíclope al que embriagó Ulises antes de que le devorase a toda la tripulación.
Sospecha uno, sin embargo, que alguna gente se niega a pedir el menú en estos locales. Una de estas razones se suele esgrimir: que estás financiando a los terroristas o que sienten repudio de que cocine alguien de otra raza. En el primer caso, qué quiere que le diga: no todos son terroristas. Y, en el segundo: usted se come el pollo, no al turco. Una tarde vi por ahí una furgoneta en cuyo lomo anunciaban: “Monte su propio negocio”. Son empresas que venden el tinglado al completo (los hornos verticales, el cuchillo eléctrico, el carro con las bandejas), que no ocupa más de dos metros y medio, según dicen, y que puedes instalar en piscinas, hoteles, terrazas y parques. Esto ya me parecería el colmo, pero será la próxima moda. Lo es en Alemania, por ejemplo. No sé dónde he leído que fue un inmigrante turco quien inventó, en Berlín, esta versión fast food del kebab. Se hizo de oro.

viernes, marzo 24, 2006

Prudencia, reacciones y muecas (La Opinión)

Ante una noticia del calibre de la del miércoles siempre es recomendable la prudencia, y lo digo como ciudadano y como columnista de este periódico (a los políticos se les supone esa prudencia, igual que a los militares se les supuso, antaño, la hombría y las ganas de quitarse el virgo en el lupanar). Pero este es un país en el que se disparan las lenguas en cuanto saltan a la palestra los titulares a cinco columnas, los telediarios que duran el doble y los especiales que se trabajan los compañeros en prensa, radio y televisión. Quizá me hubiera venido bien pasar la tarde del miércoles en las tabernas y en los cafés, arrimando la oreja, a ver qué opinaba la gente, el pueblo, pero casi mejor que no, porque las bocas se hinchan mucho con las noticias. El personal oye que los terroristas han anunciado un alto el fuego permanente y, si es optimista y encima se está tomando unos chatos de vino en la tasca, acaba creyendo que hemos llegado al fin de este cuento de horror, o sea, al fin de las armas, la violencia y las capuchas con boina. No se apresuren con el júbilo, aunque este paso nos haga felices, y veremos con el tiempo en qué queda este cocido, que deberá hacerse en cazuela de barro, a fuego lento y con la unión de todos los cocineros. Estaremos atentos, porque en adelante no faltarán quienes quieran colgarse medallas por lo que se trabajó en el pasado, por lo que se hace en el presente y por lo que ojalá se logre en el futuro.
De modo que, para no hacer un juicio apresurado, me dediqué el miércoles a observar las actitudes, caras y muecas de los gobernantes y de la oposición. Mi primer impulso fue encender el televisor, para comprobar si a Rajoy le había dado un telele. Pero no: estaba sano y entero, y dando guerra por los micrófonos. Volví a verlo en otras dos ocasiones: en un nuevo discurso, esta vez de apoyo al gobierno, aunque con condiciones, habiendo comprendido él que la postura actual consiste en unirse o, de lo contrario, recibir las collejas de los ciudadanos; y escuchando la petición del presidente y su afirmación de que los populares habían trabajado y sufrido mucho. En este segundo caso me extrañó su rostro calmado, al borde del sonrojo. Estábamos acostumbrados a un líder de la oposición guerrero y, de pronto, se le puso gesto de dama que recibe una flor o un poema. Zapatero no le ha ido a la zaga en las dos caras que este observador humilde apuntó. Primero, dirigiéndose a los miembros del Congreso, en tono decidido, con una firmeza que no suele demostrar. Segundo, cuando le advirtieron que se excedía del tiempo: se sentó con prisa y con el arrobo de un niño que anhela portarse bien en clase, un chico que obedece al maestro. En resumen: vimos a dos políticos tirando de un discurso inquebrantable, dos hombres firmes que luego, por culpa de las palabras, se convirtieron en una dama cortejada y en un niño reprendido. Junto a Zapatero asomaba la cabeza de pájaro enteco de Fernández de la Vega.
Reacción curiosa fue la de Trillo, huyendo de la alcachofa; el buen hombre iba hecho un cromo, ataviado de vendajes y de ese corsé de pescuezos que llaman collarín, como si le hubieran dado una paliza en un callejón sin salida, aunque, al parecer, se cayó de la bicicleta. A mí se me parecía a un Rocky Balboa fondón y recién salido del ring. Y vamos con Aznar. Fue a presentar un libro de loas al PP y leyó un discurso redactado antes del anuncio de Eta. Dicen que no cambió una coma, ensalzando la política terrorista de su gente. El discurso quedaba viejo, pasado de fecha. Le vimos ante las cámaras: serio, oscuro, hostil. Si no conociéramos su identidad, alguno podría pensar que su rostro era el de un hombre que acude a su propio funeral.

jueves, marzo 23, 2006

Internet en el pueblo (La Opinión)

La Junta de Castilla y León y la empresa Iberbanda han anunciado el Plan de Banda Ancha para que setenta y seis mil zamoranos del medio rural puedan acceder a internet de alta velocidad. El medio rural es el pueblo, que ahora se llama así, a lo fino. Uno se alegra de estas cosas, siempre que salgan bien y no queden en churro o en estafa, como aquella cosa que ocurrió con Afitel, cuando se proclamaba en los pasquines que Zamora era la ciudad mejor conectada del mundo y la primera en obtener estos servicios. Dicho Plan consiste en una inversión de ocho millones de euros para esta tierra (de un total de setenta y ocho millones para Castilla y León). Desde la Consejería de Fomento de la Junta cuentan que tenemos un cuarenta por ciento de población sin acceso a la red. El sistema será inalámbrico y desarrollado por Iberbanda, firma con inversores de lujo, como Caja Duero, el Grupo Prisa o El Corte Inglés, entre otros.
Los pueblos necesitan un respiro, un poco de oxígeno, tras tanto abandono y tanta deserción de lo rural, que cada día van quedando menos habitantes, pues todo el personal quiere irse a vivir a las ciudades. Y ese oxígeno, aunque no va a significar que la gente regrese al campo y a las aldeas para fijar allí su residencia, viene del acceso a la red. Pero esto, claro, sólo lo pueden comprender quienes utilizan a diario esta herramienta de comunicación. Hagan la prueba. Uno va y le cuenta a alguien que jamás se haya conectado: “Pues sí, suelo leer un blog de cine”, y el otro pregunta: “¿Qué es un blog?”, y uno explica: “¿Sabes lo que es una bitácora?”, y oye: “Bueno, más o menos. Como un cuaderno de bitácora, ¿no?”. Con paciencia, afirma uno: “Sí, algo del estilo. Pues bien, este blog tiene un enlace a una página web…”, y el otro: “Espera, espera, que me he perdido. ¿Qué es una página web? ¿Y por qué un enlace?” Entonces uno cambia de ruta: “Vamos a ver: ¿Has accedido alguna vez a la red?, ¿Has navegado?, ¿Sabes lo que es un correo electrónico?”, y contesta el interlocutor: “Eh, bueno, no, no. Ni idea”. “Pues mejor no sigo, porque no entenderías una coma”. De hecho, algunas personas que jamás se han conectado me preguntan: “Tu correo electrónico es el que pones al pie del artículo del periódico, ¿no?”. “Pues no, mire usted: eso es una página. Las direcciones de correo incluyen una arroba”. Les entiendo porque yo empecé igual, dando palos de ciego (todavía los doy, pero ya son palos de tuerto). En principio no es fácil relacionarse con la informática, y menos aún con la jerga anglosajona de internet, repleta de palabros como banner, e-mail, weblog, spam o cookie.
Pero volvamos a la idea inicial: que el acceso a la red en todos los pueblos es necesario. Los habitantes de los mismos pueden, así, comunicarse con los suyos por el correo electrónico, por el chat, por este invento del messenger. Pueden acceder a más información, buscar ayudas y subvenciones, comprarse una entrada o un libro y enterarse de cómo va el mundo. Respeto a quienes se niegan a entrar en internet, aunque ese no es el camino. Me niego a usar esas “moderneces”, confiesan. Bien, no lo discuto, pero por esa regla de tres, señora mía, aún estaríamos avisándonos por tambores y viajando en mula o a caballo. Como dijo aquel, con los tiempos y los avances nos toca envainárnosla y apechugar con lo nuevo. Si se han fijado apenas quedan negocios, empresas o establecimientos donde no te hagan las cuentas con el ordenador. Incluso en tabernas en las que pides una ración de callos y un tintorro no es raro que el camarero, aunque ronde los setenta años, teclee los precios y las sumas en una pantalla plana. Para quien no sepa manejarse, ahí está el programa de formación Iníciate.

miércoles, marzo 22, 2006

Retablo de desgraciados (La Opinión)

En el centro de una plaza: una pareja de alcohólicos vagabundos, con el cartón de vino a mano, descansa día y noche sobre la rejilla de ventilación del metro; hombre y mujer, gorros de lana y harapos, una versión castiza y fea de “Los amantes del Pont-Neuf”; se acercan un chico y una chica y el primero toca en el hombro del individuo y pregunta: “Where are you from?” y la segunda traduce: “Pregunta que de dónde eres”. A las puertas de una iglesia, de rodillas, un muchacho oriundo de Zamora, que cambió hace años el limosneo en Santa Clara por el de Preciados, se lamenta con desgarros en la voz: “¡Por el amor de Dios, unas monedas para poder comer algo caliente!” A unos metros del Círculo de Bellas Artes pasa un señor de metro y medio, con la barba blanca hasta el pecho y una melena zarrapastrosa y rica en piojos, tirando de un carrito con cuatro trapos; almacena sabiduría en los párpados, y malditismo y tormento, cualidades, todas juntas, que lo asemejan a un Gandalf con hechuras de hobbit.
Un indigente joven y honesto, en plena Gran Vía, ha desplegado varios envases de plástico ante sus rodillas apoyadas en el suelo; detrás de cada envase hay una nota: “Esto es para comida”, “Esto es para vino”, “Esto es para porros”, etcétera; así la gente sabe en qué se gasta los euros, y le facilita la elección: la señora depositará sus céntimos en el del alimento, el golfo en el de la bebida y el que se finge moderno y enrollado en el del chocolate y la maría. En la misma plaza de antes y en la misma rejilla, unos días después: un fulano tumbado, con el tetrabrik de vinazo junto a sus piernas, con pinta de estar inconsciente o dormido; una lluvia muy fina cae sobre su cuerpo, macerándolo de frío y humedad. Un hombre sentado en la acera: alza un muñón y lo exhibe; debajo hay algún aviso donde revela lo que pide. Cerca de él otros mendigos sin piernas o sin manos, o sujetos por muletas, pero siempre torcidos, amputados, rotos, hambrientos o drogados o borrachos, desmigajándose lentamente ante el personal. Dentro del metro, en el pasillo entre la entrada y los andenes: una anciana de unos doscientos años, adobada de ropajes negros y surcos faciales, permanece de pie e inamovible, sosteniendo un cartón en el que ha escrito el nombre de la enfermedad que padece y su petición; sorprenden la caligrafía y la prosa: la palabra que designa su achaque es elegante, larga y está bien compuesta, pero en algún verbo se ha comido la hache. Frente a la puerta del edificio donde vive uno: un tipo duerme dentro de un coche, en el asiento del copiloto, se arrebuja en una manta; el mismo vehículo cuyos bajos usan los camellos moros, durante la tarde, para esconder la mercancía; quiere decir que el coche lo utilizan para varios cometidos, menos el de circular por ahí.
Una camioneta cargada de trastos, despojos, hierro viejo, muebles y cartones; el conductor utiliza un micrófono y un altavoz y anuncia: “Chiiiiiiaaaaaaaatarrero, oiga, chiiiiiiaaaaaaaatarrero, ha venido el chiiiiiiaaaaaaaatarrero”. Cincuentón, con barriga y aspecto de necesitar un trabajo o una clínica de rehabilitación, detiene a cada ciudadano: “Mire, me faltan sólo unos céntimos para comprar una botella de vino”. En mitad de las escaleras de entrada y salida del metro: un individuo negro, protegida la cabeza por un gorro, arrodillado en un escalón, la mano puesta con la palma derecha hacia arriba, las primeras gotas de una tormenta asperjándole el abrigo mientras a su alrededor hay un barullo de gente con prisa, zapatos y piernas, lluvia de folletos y octavillas. Unas prostitutas, en la esquina en la que alquilan sus servicios bucales, anales y vaginales, en animada charla, quemando el tiempo y la soledad.

martes, marzo 21, 2006

Revista Texturas


Angela Serna me pidió un análisis de El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró, para el especial de su Revista Texturas.
Mi gratitud por citarme en el editorial. También podéis ver el índice de contenidos; nuestro amigoTomás Sánchez Santiago, poeta y escritor zamorano, incluye una entrevista.
Copio aquí el principio de mi aportación (lástima del precio de la revista, aunque tiene casi 200 páginas):

Cuando Pilar Miró dirige El pájaro de la felicidad, acaba de recoger los frutos de su regreso al cine con la adaptación de la novela de Antonio Muñoz Molina Beltenebros. Aquella película negrísima, protagonizada por Terence Stamp y Patsy Kensit, obtiene importantes galardones y le devuelve su lugar en el mundo cinematográfico. Hemos de recordar que en diez años sólo había rodado una cinta, Werther, su particular visión contemporánea del libro de Goethe.
Tras sus cargos como directora general del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Visuales y directora de Televisión Española, afronta la que quizá sea su etapa narrativa más sólida (y la última de su vida): la que conforman
Beltenebros, El pájaro de la felicidad, Tu nombre envenena mis sueños y El perro del hortelano, que le procuran premios y aplausos y críticas magníficas.