miércoles, junio 07, 2006

Inconformismo (La Opinión)

Se aproxima el tiempo, dos meses, en el que la vida en la capital ahoga y asfixia, o eso suelen decir. No lo he vivido en carne propia porque el verano anterior lo pasé, casi al completo, en Zamora, la ciudad que, según nos contaba este periódico, ha perdido ya más de ciento diecisiete mil habitantes en medio siglo, porque es provincia de emigrantes, de gente que un día decide marcharse a otras tierras más prósperas o menos afectadas por el lastre del caciquismo. Aún son días en los que, en Madrid, el polen de gramíneas flota en el aire y el calor comienza a ahogar, en la calle, en las casas, en los vagones de metro sin refrigeración, incluso en algunos bares. Empiezo a sentir, ahora, esa especie de claustrofobia, de asfixia resultante de ver tantos edificios altos, de pisar tanto asfalto hervido, de escuchar tantas veces el ruido infernal del tráfico y de las sirenas, los improperios de los trabajadores nerviosos, el jaleo de los conductores que aporrean el claxon, las invectivas de los taxistas molestos con el mundo entero, de no lograr que la vista encuentre el horizonte, un horizonte verde o azul, verde de campo o azul de océano. En Madrid ninguna de la opciones es la adecuada, o la mejor: la ventaja de vivir en las afueras y de observar la naturaleza contiene el perjuicio de estar alejado del centro, de tener que someterse a los coches, los trenes de cercanías, los autobuses, los taxis, el metro; la ventaja de vivir en el centro y apenas necesitar los transportes para ir a las librerías, al cine, al teatro, a los clubes de moda, contiene el perjuicio que supone para la mirada no extender los ojos al horizonte, salvo que uno acuda a otros lugares, como el Retiro, donde tanto maleante, tanto dominguero y tanto monstruito urbano lastima las ansias de sosiego.
Es en estos días cuando uno debe recurrir a la agenda de espectáculos para no volverse loco y languidecer con las temperaturas que aquí sufren los ciudadanos. Es en estos días cuando a uno le apetecería un paseo distinto. No un paseo cualquiera, sino un paseo tranquilo por una ciudad en calma, habituada a otro ritmo, mecida por los cantos de los pájaros y de las cigüeñas, donde visitar rincones antiguos y solitarios y donde sorber el aire que proporcionan las sombras de los árboles; una ciudad como la mía, en la que, sin embargo, las autoridades son tan propensas a cambiar el relax verde y puro de la naturaleza por el insulto helado y gris del cemento, acaso pensando que eso nos traerá un futuro benévolo. Es en estos días cuando a uno no le importaría caminar por otros lugares, durante una o dos horas, solamente. Lugares como mi añorado y lluvioso Gijón, o la refrescante Sanabria, o cualquier bosque alejado de esta barahúnda de sirenas, aspas de helicóptero trazando el mapa de la noche, golpes de claxon.
El hombre, sin embargo, es un inconformista por naturaleza. Sólo quiere estar en aquellos lugares en los que no está. Sólo siente la necesidad de desplazarse por el mero hecho de hacerlo. Mientras escribo estas líneas no me importaría gozar del don de la ubicuidad y, como una especie de superhéroe, caminar por las playas de Gijón, y al minuto siguiente por la ribera del Duero en Zamora, y un rato después hundir los pies en la arena de Santander, y luego meterlos en el agua helada del Lago de Sanabria, etcétera. Pero, dado el inconformismo humano, en cuanto pasara más de media hora en uno de esos lugares ya estaría deseando volver al jaleo estresante de Madrid, agarrado a las pegajosas barras del metro que odio (las barras, no el metro), bebiendo con los ojos y los oídos la jungla temible que conforman sus calles y sus habitantes, apurando cada gota de locura urbana.

martes, junio 06, 2006

Talento, ritmo y energía (La Opinión)

El Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid volvió a llenarse con el directo de Red Hot Chili Peppers, el viernes pasado. Dicen que éramos casi dieciocho mil personas. La banda venía a presentar su nuevo álbum, “Stadium Arcadium”, un trabajo doble que agrupa veintiocho canciones, entre las que destaca, sobre todo, la ya célebre “Dani California”. Me parece un gran disco aunque, como me comentaba un amigo, son demasiados temas nuevos para un grupo, demasiada música e información de golpe. Algo que también podría sucederle a Guns N’ Roses cuando, algún año de estos, aparezca su disco “Chinese Democracy”, que, en principio contará con treinta y dos temas.
De telonero actuaba un rapero inglés, espectáculo que por supuesto me ahorré. No me sonaba el nombre del individuo y tampoco tenía ganas de escuchar rap. El concierto estaba previsto para las diez de la noche y la banda, salvo el cantante, irrumpió sobre el escenario a las diez y pico. Primero aparecieron el guitarrista John Frusciante (quien luego se marcó en solitario una estupenda versión del clásico de los Bee Gees “How Deep Is Your Love”), el bajista Flea y el batería Chad Smith. Un poco más tarde, y cuando el trío había calentado al público, salió el cantante Anthony Kiedis. Iba de negro, con el pelo suelto y una corbata a rayas, roja y negra, o sea, como se le ve al final del videoclip de “Dani California”. Tuvo la amabilidad de hablar algunas veces en español, lo cual los espectadores agradecieron. En cuanto los cuatro están juntos sobre el escenario uno constata varias de sus sospechas: su energía como músicos; el ritmo febril de sus canciones, que harían bailar a un cadáver; su talento y su brío para el directo; su buen humor y su chifladura, y basta ver su último vídeo musical para comprobarlo o la manera en que, en sus actuaciones, acaban todos medio desnudos. No obstante, el sonido del equipo no fue perfecto, aunque lo fuesen las canciones: distorsionó en los primeros temas y el estadio retumbaba demasiado.
Disfruté, más o menos, de medio espectáculo. Porque luego el público, ya más bebido y fumado, se alborotó en saltos y bailes que a uno le impedían discernir el escenario. En el momento en que, desde todas partes, le empieza a caer a uno gente encima es cuando se arrepiente de no haber comprado una entrada para las gradas, donde hubiera estado a salvo de empujones, codazos, salpicaduras de alcohol y pisotones. Gente, además, que suele apestar a sobaco, a cerveza y a porro. A pesar de las pantallas donde podía verse a Kiedis y al resto de los miembros de la banda, ya digo que no me enteré de mucho. Para colmo algunos fulanos suelen despojarse de la camiseta en cuanto lo hace el cantante. Pero el vocalista luce un cuerpo fibroso para la ocasión, y la mayoría de tiparracos que se desnudan entre el público no está para enseñar nada. Llegué a ver a un impresentable con el torso al aire al que uno de sus amigos, de vez en cuando, le arrojaba cerveza a la espalda, como broma de mal gusto. Pero continuemos con la banda. Red Hot Chili Peppers, insisto, supone una inyección de adrenalina: auténtica energía rockera. Lástima que el broche no estuviese a la altura: Flea y Frusciante habían ofrecido impresionantes solos de bajo y guitarra, como para quitarse el sombrero, pero tras los bises se les ocurrió hacer un duelo de distorsiones. Pensábamos que, después de aquellas distorsiones inaguantables, romperían con otro tema. Creíamos que era la introducción a una sorpresa. Pero no. Terminaron de menear las cuerdas, saludaron al público y se fueron.

lunes, junio 05, 2006

Espectáculos y educación (La Opinión)

En la escuela deberían impartir una asignatura de educación y comportamiento en los espectáculos y en todos aquellos actos públicos donde se requiera silencio o, cuando menos, no comportarse como un gorrino. Todas las semanas procuro acudir a algún entretenimiento cultural: al cine, o al teatro, o a un directo. Muy de vez en cuando también asisto a la presentación de un libro. Sea aquí (Madrid), o allá (Zamora), estoy versado en participar en esa clase de espectáculos. Y lo que he visto y voy recogiendo, anotando en la memoria, es variado e insólito y daría para un ensayo sobre la condición humana, la educación de los hombres y su actitud en las exhibiciones públicas. La educación, en la gran mayoría de los casos, anda por los suelos, más abajo del talón, por debajo incluso de las suelas de los zapatos. Y ya no digamos el buen gusto y el saber estar. Sirvan, a la manera de ejemplos, los comportamientos de la plebe que, en lo sucesivo, anoto.
Un día, asistiendo a un directo de rock, el fulano botarate que teníamos delante se sacó la manguera para aliviarse la vejiga de orines. Meó allí en medio, y la chica que estaba cerca de él (y que lo advirtió tarde, cuando él se enfundaba el caño) se puso a reprenderlo aunque el mal ya estaba hecho. Yo lo supe por aquel amago de reprimenda, y luego por la constatación del charco, dado que, a simple vista y tras la lectura del cogote del idiota en cuestión, no pude deducir ni imaginar nada. Una tarde, hace años, en la presentación del libro de cuentos de una amiga, trance en el que yo hacía el papel de presentador torpe, observé que, de la escasa docena de oyentes sentados en el Salón de Actos de la Biblioteca Pública de Zamora, había uno sobando a pierna suelta. Era un hombre entrado en años, solitario y somnoliento, con aspecto de meterse en las lecturas poéticas y en las presentaciones literarias para resguardarse del frío o del calor, según la estación, y echar un sueñecito. El hombre dormía con el mentón levantado hacia el techo, abriendo la boca como la abre Otilio en los tebeos en los que se queda dormido junto al bocata de garbanzos. Y no digo ya las representaciones teatrales de entrada gratuita. Aquello es la repanocha: ancianos que llegan con la obra empezada y se salen media hora antes de bajar el telón; sordos que le preguntan a la mujer, en voz alta, qué acaba de decir el protagonista; familias con bolsas de plástico de las que extraen el bocadillo y la merienda del niño; individuos corajudos que gritan a los actores, a pleno pulmón: “¡Por aquí no se le oye!”; timbrazos de móviles que suenan en mitad de un monólogo y, para colmo, sus dueños tardan en coger; alarmas de reloj que anuncian el transcurso de una hora de representación; jubilados que se chocan con la silla de madera de los palcos, o que las arrastran por el suelo sin importarles su inoportuno ruido.
Recientemente estaba en el teatro y, a mi lado, una pareja había llegado con botellas de agua para refrescarse y las bolsas de El Corte Inglés, con la compra y el avituallamiento. No es raro, en la penumbra de los cines, que suene un móvil y el culpable responda a la llamada y se ponga a hablar y profiera frases del pelo de: “Nada, aquí estoy, en el cine, viendo una película”. A su alrededor el público se indigna y lo maldice, pero ninguno le damos un tortazo. O esas réplicas de Homer Simpson que, en los locales modernos de Madrid, entran a la sala con los brazos surtidos de humeantes perritos calientes, barcazas que contienen nachos con queso, trozos de pizza y bocatas de chorizo. Son demasiados casos y mi confianza en el ser humano y en su educación se agota. Por eso insisto en que, en casa y en el colegio, los eduquen.

domingo, junio 04, 2006

Merodeando por las casetas (La Opinión)

Me acerqué hasta el Retiro para curiosear por la Feria del Libro, que no visitaba desde hacía un par de años. Existen dos formas de merodear por allí: viendo libros o viendo famosos. Si uno quiere ver libros es conveniente acudir en día laborable. Si uno quiere ver famosos es imprescindible acudir en fin de semana. Resulta difícil compaginar ambas tareas: si la vista se mantiene ocupada en los muestrarios de las casetas no percibe a las celebridades que pasan por detrás, en dirección a los pabellones de actos, o buscando el escaparate donde les toca firmar. Y viceversa. En uno u otro caso, la vista se le trastorna a uno, los ojos se le secan, sale del Retiro con una sobredosis de información, de títulos, de nombres y apellidos, de pseudónimos, de letras, de colores. Fui en día de diario, pero hubiera preferido que fuese sábado o domingo. Iba con poco dinero y, con telarañas en los bolsillos, es preferible dedicarse a observar el panorama y el modo en que se aburren los escritores en las casetas, sometidos a los equívocos, las confusiones y el calor de fragua.
En esta Feria se topa uno con múltiples personajes y presencia jugosas escenas que motivan su perplejidad o su risa. Una señora, en una caseta, levantó un ejemplar de “Brooklyn Follies” y le preguntó al librero: “Oiga, ¿éste qué tal está?” Yo le hubiera respondido: “¿Qué quiere que le diga? Su autor acaba de obtener el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, así que no debe ser malo”. El hombre, que pudo contarle aquello o espetarle una respuesta corta, en cambio, se aturulló: “Pues ese está muy bien. Es de un hombre que va a Nueva York y… allí, bueno, en principio va a morir, pero, pero luego no y… Es muy bueno, es un libro muy bueno”. Ignoro las razones, pero unos pocos lectores necesitan que el librero actúe de mercader, que ofrezca a la señora el libro con el mismo entusiasmo del gitano que despacha bragas y calcetines en los mercadillos, que le ensalce las virtudes del libro y la convenza de comprar lo que ha tomado en sus manos aunque ni el librero esté convencido de ello. Esos lectores olvidan que no se está vendiendo ropa interior, sino literatura. Y el comercio es otro.
Existen cientos de equívocos y confusiones cuando uno está dentro de la caseta, a verlas venir. Pueden confundirte con el librero, con otro escritor, con el chico de los recados, con el conserje de información, con la señora de la limpieza. A veces un curioso se detiene ante un libro, lo mira, lo levanta, lo sopesa, lo estudia con detenimiento, lo hojea, se lee unos párrafos, y luego pregunta, con el aire sospechoso de quien jamás ha comprado una novela: “Oiga, ¿y este qué cuesta?” Uno le responde: “Me dice, aquí el librero, que vale diez euros”. El librero añadirá: “Pero, con el descuento, le sale más barato”. Entonces el curioso suelta con rapidez el ejemplar, como si quemara, y se aleja diciendo: “Uy, qué caro”. En las ferias librescas, anécdotas de ese estilo constituyen la materia prima del escritor para crear personajes raros y la materia prima del librero para cambiar sus hábitos de venta. Por el Retiro, en estos días, encontramos chavales que venden su libro autoeditado, sin ayudas ni casetas, solos en mitad del paseo, con los ejemplares en una bolsa de lona junto a sus pies; falsos profetas de barba blanca y melena lacia que proclaman el amor libre; asaltantes que te endosan publicidad ajena a la literatura; artistas y trovadores callejeros; poetas muy hábiles en meterte su libro entre los dedos para luego reclamar la voluntad; mirones que van sólo a recopilar folletos gratuitos, pegatinas y postales. En todos los casos uno disfruta lo suficiente para regresar en cuanto puede.

sábado, junio 03, 2006

Libro: Paradoja del interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal

Estamos ante una novela muy importante. Con el tiempo se convertirá en un clásico de las letras españolas. A mí me la recomendó Tomás Sánchez Santiago antes de que la reeditara Tusquets. Un hombre se baja de un tren, en mitad de la noche, para tomar un café y llenar de agua su botella verde y lo pierde. En el tren se ha dejado todo su dinero y su documentación (su identidad), y sin ambos comprenderá que no es nada. A partir de entonces, y con la estación y el tren como metáforas, irá descendiendo peldaños: de extraviado a forastero, de forastero a indigente, de indigente a mendigo, de mendigo a paria, de paria a burlado. Esta embrujadora, asombrosa novela de Gonzalo Hidalgo Bayal, contiene ecos de Kafka, de Saramago, de Beckett, de La Biblia, de Ulises. Su prosa, trabajada hasta el minimalismo, constituye un auténtico placer para el lector. Quizá la mejor crítica que he leído sea la de Santos Domínguez en su blog.

Gritos de mujer (La Opinion)

Uno o dos meses atrás oí un jaleo de sirenas bajo el balcón. Me asomé a ver qué ocurría: si se trataba de una redada o si había disturbios callejeros o si principiaba una persecución. Los policías salieron ordenadamente de sus coches y bajaron con cuidado de sus motocicletas y se acercaron a la puerta de madera del edificio de enfrente. El primero de ellos pulsó el timbre y dijo: “Abra, es la policía”, o algo por el estilo. Cuando accionaron, desde algún piso, el botón del portero automático, el policía joven que abría la comitiva empujó la puerta y se metieron dentro. Empecé a contarlos: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Debieron pasar al interior del portal unos diez o doce agentes. Aquello parecía una escena de “La vida de Brian”, cuando los legionarios romanos entran en formación a una casa, para efectuar un registro, y salen sólo con una cuchara de madera. Diez o doce, o más, no sé, perdí la cuenta.
Durante unos minutos estuve aguardando a ver qué ocurría. Cuando me cansé (mis marujeos vecinales duran poco, salvo que corra la sangre abajo), volví al ordenador a manejar el teclado. Mientras concentraba la vista en el monitor del pc, destinaba el oído a lo que sucediese fuera, en la calle, o dentro, en el interior del otro edificio. Antes de eso me dio por pasar lista, mentalmente, a los inquilinos de aquella casa. No podía ser que el cantautor tuviese problemas. Tampoco los árabes prisioneros, que nunca rompen un plato, salvo que sea delito que los críos se pasen el día entero en la ventana, dando gritos. Ni los hindúes, que poco hacen, excepto ver un televisor viejo, asomarse al balcón y charlar por el móvil. Así, fui descartando a unos cuantos inquilinos. Suponía que, en breve, iba a salir la manada de policías con algún fulano, las manos esposadas a la espalda y jurando en latín y en arameo y en lo que supiera. Pero no. Cuando se oyó la puerta de madera que da a la calle y me asomé de nuevo, los agentes salían en orden, como habían entrado, como si no hubiera ocurrido nada. Supuse que alguien habría hecho una llamada a comisaría, efectuado una denuncia por ruidos (aunque no parece, no es, un edificio ruidoso ni problemático), algo por el estilo. Lo cierto es que la misión de los agentes parecía consistir en llamar al orden, comprobar rutinariamente que todo estaba bien. Cuando se fueron continué instalado en la duda, porque uno debe saber si su vecino es un psicópata o sólo un desempleado al que le gusta el bricolaje.
Han transcurrido dos meses. Y la otra tarde oímos algo en la ventana de enfrente que me empujó a sumar dos y dos. Salieron de allí los alaridos y las quejas de una mujer. Le gritaba a alguien que la dejase y no era difícil adivinar, descifrando los sonidos y su intensidad y su desesperación, el desarrollo de una pelea doméstica, de algún caso de malos tratos. Bastó con sumar dos y dos. Porque todo efecto (la inspección policial) ha tenido antes su causa (los gritos que quizá aquella otra vez no oí, alguna pelea conyugal, algún maltrato). Con timidez salí al balcón. Varios vecinos, asustados, se asomaban desde sus casas, desde esos balcones que son las tribunas desde las que miramos la vida ajena y sus circunstancias sin intervenir, como ante una obra de teatro en la que evitamos participar e inmiscuirnos. Los vecinos miraban hacia la ventana de la que salían los espeluznantes gritos de mujer. Si eso ocurre, sólo hay un motivo: un fulano abusando de su fuerza. En esos momentos uno desearía entrar a saco en el cuarto donde eso sucede y partirle los morros al maltratador. Pero es una situación de impotencia, aunque uno avise a la poli. Probablemente le pregunten a ella si quiere denunciarlo. Y el desenlace estará en sus manos, no en las nuestras.

viernes, junio 02, 2006

Literaturas.com Junio


En este número aparece mi entrevista a Oscar Esquivias, autor de la novela Inquietud en el Paraíso, y la entrevista de Julio Valdeón a Eduardo Lago, autor de la novela Llámame Brooklyn.
Además, incluye la Encuesta a Escritores "¿Ha muerto la novela?" Nos hacen tres preguntas. Si uno echa un vistazo a la encuesta, comprobará que todos estamos de acuerdo en el primer punto, pero hay opiniones dispares en el tercero. Con el permiso del dire, voy a colgar aquí la parte que me toca:
-¿Ha muerto la novela?
No, no ha muerto. Quizá sólo esté algo cansada, pero nada más. O tal vez en proceso de cambio, lo cual no supone su defunción.
-¿Hacia donde camina la narrativa?
Es posible que camine despacio hacia otras formas, hacia soluciones poco explotadas, donde los géneros se solapen.Por ejemplo, lo mejor que he leído en los últimos meses son las novelas de Jonathan Safran Foer, capaz de darnos un sólido relato que aúne Historia, ficción, imagen, juegos visuales, narración clásica y narración moderna, memoria del autor. Pero la novela de siempre perdura. Ahí están, para demostrarlo, los clásicos de aventuras o de terror que la gente continúa leyendo.
-¿Dejaría que UNA de sus obras se pudiera leer completa y gratuitamente a través de Internet?
Sí. De hecho, en mi blog Escrito en el viento hay colgada una novela corta que publiqué hace unos años, en el periódico y en varias entregas. Sólo puede leerse descargándola de forma gratuita. Pero esto debe ser la excepción, y no la norma. Yo he descubierto a autores poco conocidos gracias a que colgaron en la red sus cuentos o sus novelas o sus poemas. En este sentido, pues, me parece beneficioso. Además, las obras colgadas en Internet no deben ser demasiado extensas, porque de lo contrario se corre el peligro de que el lector se canse y abandone la lectura, o de que la imprima y al final no la lea nunca. Por mi parte, sigo prefiriendo el libro como tal: con sus lomos, sus páginas y la posibilidad de tocarlo y olerlo.

El último verano (La Opinión)

En España, el único vehículo de lucimiento artístico para las actrices es el teatro. En las series de televisión suelen estar al servicio del enredo y del culebrón. En el cine (salvo las escasas excepciones que conocemos: los directores que saben sacar jugo a su reparto femenino, exprimir a las chicas como naranjas y hacernos llegar el jugo a los espectadores, darles un papelón y conseguir que exploten su talento dramático), en el cine español, decía, el cometido de la mujer es, por lo general, intervenir en escenas gratuitas en las que entra a la ducha y luego se la beneficia el galán de la película, todo con vistas a lo mismo: sacarla en bolas. Lo cual agrada la vista del hombre, pero para el currículum de la chica, para su esfuerzo, para su recompensa, no sirve de mucho. Por eso se agradece, en el teatro, que les suministren papeles con los que explayarse, con los que salir del tópico de la chavala que sale duchándose o paseando por casa en bragas. En el teatro, sobre las tablas, es donde por fin pueden demostrar su valía.
Esta reflexión viene a cuento a raíz de la obra “De repente el último verano”, cuyo montaje dirigido por José Luis Sáiz acabo de ver. La estrenaron al lado de casa, en el Teatro Valle-Inclán. Ya les conté que había estado por allí en la sala principal, y en esta ocasión la obra se representaba en la secundaria, la Sala Francisco Nieva, en la que sólo entran ciento veintitrés espectadores. Sobre el texto no hay que decir nada: es de Tennessee Williams, dramaturgo que no se andaba con chiquitas y escribía unos dramones de mucha enjundia, muy sólidos y algo lacrimógenos, baste citar “Un tranvía llamado deseo” y “La gata sobre el tejado de zinc caliente”. El montaje de la obra en el Valle-Inclán es arriesgado: apenas hay atrezzo, el decorado se parece a los suelos helados del Krypton de Superman y los actores no salen de escena cuando terminan su parte. No obstante, si el texto funciona y los protagonistas cumplen con su papel, la obra es creíble. Y así sucede. Porque ambos funcionan. El resto (los jardines de los que hablan y que rodean a los personajes, las ventanas y las fachadas de la casa) tienen que ponerlo los espectadores mediante su imaginación; y no es difícil, como en esa trilogía de películas despobladas de paredes y de techos que ha rodado Lars von Trier: “Dogville”, “Manderlay” y, pronto, “Wasington”, escrito así, sin hache.
Del reparto me quedo con sus dos protagonistas: Olivia Molina, digna hija de su madre y aún más guapa, y Susi Sánchez, elegante en su papel de anciana deteriorada, orgullosa y con bastón. Ambas se lucen, como corresponde al teatro y a una buena obra. Me sorprendió gratamente Molina: nunca la había visto actuar y me contaban que no era buena, pero, con toda probabilidad, se referían a los tiempos innobles de “Al salir de clase”. No sé en otros trabajos dramáticos o televisivos, pero aquí borda su personaje. Su monólogo final, casi a gritos, casi en estado de trance, en un ataque de verborrea, sin apenas pausas entre frases, revelando de corrido, sin tropezar nunca con las palabras, mientras desvela el meollo de la trama, la incógnita del texto, es lo que los entendidos llaman un tour de force. A Susi Sánchez le conocía algún papel secundario: la madre de esa serie que Telecinco nos arrebató, tras programar los primeros capítulos: “Vientos de agua”, o sus intervenciones en “Carmen” y “Juana la Loca”. Es una actriz con carácter, de esas que llenan el escenario y la pantalla en cuanto aparecen, y está dotada de una voz muy hermosa. Le pregunto a la gente por qué no va más a menudo al cine y al teatro: suelen decirme que las entradas son caras. No lo niego, pero en Madrid, por una copa, te cobran lo mismo o más, y nadie se queja y todos beben.

jueves, junio 01, 2006

Auster, creador de laberintos (La Opinión)

El Premio Príncipe de Asturias de las Letras lo acaba de obtener, como ya sabrán a estas alturas, Paul Auster, hábil constructor de laberintos metafísicos y humanos, perverso artesano de las cajas chinas. Leer un libro de Paul Auster consiste en saber siempre por dónde va a entrar uno, pero nunca por dónde va a salir. Quiere decirse que sus principios son similares: equívocos, pérdidas, confusiones de identidad, hombres que redactan sus peripecias en cuadernos de colores o se introducen en la piel de detectives improvisados, mucha literatura clásica de Estados Unidos (sus textos son deudores de Hawthorne, Thoreau, Melville, por citar tres) y un influjo notable de Cervantes, porque Auster, como todos los buenos escritores, no sólo ha leído “Don Quijote”, sino que lo refleja en su obra. Pero sus finales son imprevisibles, extraños, algo confusos, como si el autor rompiera un espejo y uno tuviera que encontrar a los personajes y sus vínculos indagando entre los pedazos rotos.
No me he leído todo lo de Auster, entre otras cosas porque es difícil conocer las obras completas de cada autor que merece la pena, ya esté vivo o muerto. Pero alguien dijo que, para saber por dónde se mueve un escritor, basta con leerse una obra representativa de su bibliografía. Con otros hay unanimidad: todo el mundo está de acuerdo en que lo mejor de J. M. Coetzee es “Desgracia”; de Céline, su “Viaje al fin de la noche”; de Fitzgerald, “El gran Gatsby”; de Eco, “El nombre de la rosa”; etcétera. En cambio, con Paul Auster no nos ponemos de acuerdo. Hay quien asegura que lo más selecto de su producción, las raíces de su obra, está contenido en “La trilogía de Nueva York”. Otros prefieren “El Palacio de la Luna”. Yo me inclino, de lo que tengo leído, por “El libro de las ilusiones”. El único inconveniente de Auster es el mismo que le veo a Woody Allen, siendo ambos dos genios modernos: el primero suele publicar una obra al año, como mínimo (si descontamos colaboraciones, inéditos de hace siglos, cuentos aislados), y el segundo estrena siempre, creo que en otoño, una película. Así no le da tiempo a uno a digerir sus obras, a reflexionarlas y degustarlas como es debido. En cuanto uno se retrasa un poco, en cuanto tarda unos meses en leer lo nuevo de Auster, he aquí que ya anuncia otro libro. Aún está fresco en las librerías el “Brooklyn Foolies” y él ha hablado a los medios de “Travels in the Scriptorium”.
En las quinielas finales del Príncipe de Asturias de las Letras también figuraba el nombre de Phillip Roth. Conozco menos la obra de Roth, pero hubiera preferido que se lo dieran a él. Por razones de edad: Auster está a un paso de cumplir los sesenta, pero Roth bordea los setenta y tres tacos; me disgustaría que le dieran el Príncipe de Asturias o el Nobel a título póstumo. En todo caso, los dos tienen todavía mucho que contarnos. En las librerías norteamericanas venden ya “Everyman”, la nueva novela de Roth, y Auster, amén del mencionado libro, está rodando una película en Portugal, inspirada en “El libro de las ilusiones”. Resulta sorprendente su perfil literario: gusta, a la vez, a la crítica y al público, lo cual no ocurre todos los días. Por alguna extraña razón, la obra del autor de “El cuento de Auggie Wren” congrega miles de fieles en todo el mundo y en numerosas lenguas, a pesar de las complejidades de sus textos, de las vueltas de tuerca de sus tramas, de esos laberintos de los que uno sale medio loco y reflexionando durante semanas. Auster es un escritor preocupado por el individuo y sus búsquedas dentro del corazón de una enigmática Nueva York, donde ese individuo corre el riesgo de extraviarse para siempre. Mental y físicamente.

miércoles, mayo 31, 2006

Proyecto Mundolavapiés



Si vives o has vivido en el barrio de Lavapiés. Si has pasado en alguna ocasión por allí. Si crees que puedes aportar alguna visión, algún texto, alguna fotografía, no dudes en visitar Mundolavapiés, el libro-proyecto de un fotógrafo independiente.

Entre todos podemos construir un libro plural, que refleje el barrio y sus habitantes y, también, sea un espejo del mundo. A mí me ha gustado la idea y colaboraré con algún texto.

El plazo finaliza el 5 de septiembre.

Sin aire (La Opinión)

Cuenta el diario gratuito 20 Minutos que uno de cada cuatro vagones del metro de Madrid carece de refrigeración. Estos datos se agradecen, porque uno, tras sus viajes subterráneos, puede corroborar que, en efecto, el calor es excesivo, pero ignoraba el porcentaje de trenes sin aire acondicionado. Los reporteros de tal periódico bajaron a una de las líneas, con el termómetro en la mano, y la temperatura rondaba los treinta y dos y los treinta y tres grados centígrados, en vagones sin refrigeración y con algunas ventanas abiertas. El metro de Madrid dicen que es uno de los mejores del mundo, o así lo anuncian, pero a mí me parece ya una pequeña estafa: escaleras mecánicas que no funcionan o funcionan a ratos, papeleras hasta los topes de basura que cae al suelo y termina en las vías, trenes con temperatura de sauna, interminables obras y remiendos, averías varias y detenciones en medio de los túneles, que nadie se explica.
Esta retahíla de inconvenientes la conocen de sobra los zamoranos que van al trabajo en el metro, que son muchos; algunos, a veces, me cuentan esos padecimientos. En la línea que cojo desde mi barrio no hay aire acondicionado. El viaje de un par de minutos entre una estación y la siguiente, por próximas que estén, depara sudores y sofocos y ganas de regresar a casa y volver a meterse en la ducha. Lo sufren los trabajadores, principalmente ahora, que se acerca el verano y no hay criatura de Dios que soporte el calor. Entran bien lavados, bien duchados, bien acicalados, pero al salir del metro ya están como si vinieran de correr los sanfermines con el traje puesto: muy sudados, muy molestos, muy húmedos. Apostaría cualquier cosa a que, llegadas estas fechas, la gente que lee prensa en el metro lee menos en estos días: lo digo porque no utilizan los periódicos para saber cómo va el mundo, sino para abanicarse antes de que les sobrevenga el mareo. A veces el problema es el aire acondicionado, pero a menudo son otros problemas. Una tarde de éstas tomé una línea cuyo servicio incluye trenes pendulares. Se mueven por los túneles como serpientes al ataque, o como esas atracciones de las ferias que circulan a toda velocidad por los raíles, con riesgo de que los pasajeros echen la vomitona en pleno viaje. Me agarré a la barra de sujeción pero, con los meneos del cuerpo del vagón, se me revolvió el estómago. Igual para bailar bachata es un magnífico entrenamiento, pero yo prefiero mantener los pies sobre tierra firme y no golpearme una y otra vez con la puerta y con la barra vertical.
De camino a la parada de Sol no es raro que el conductor, no sabemos por qué motivo, detenga el tren en mitad del túnel, antes de que veamos la luz de los andenes. Estimo que esas suspensiones inesperadas duran menos de un minuto, pero allí dentro, con los pasajeros apretujados, con el calor brutal, con la falta de aire acondicionado, con las ventanas cerradas, con el túnel a oscuras, parece que duran un cuarto de hora. En esas ocasiones a la gente le acomete el nerviosismo. Se miran unos a otros de reojo, se echa un vistazo al reloj de muñeca para averiguar el retraso en la cita o en el trabajo, los menos tímidos comentan la jugada con el vecino de asiento, alguno incluso blasfema en voz alta, las cabezas intentan atisbar si ocurre algo anómalo mirando por los cristales. Cuando el tren reanuda el viaje se oyen los suspiros de alivio. El fin de semana pasado tuve que utilizar mucho el metro para hacer varios recados. El calor era tan agobiante y espeso, el sudor olía tanto a mugre y a salmuera, íbamos dentro tan hacinados, que supe cómo se habían sentido los judíos de camino a Auschwitz. Para colmo, recientemente subieron el precio. Quienes fichan en la oficina están hartos.

martes, mayo 30, 2006

Cannes y Cans (La Opinión)

La última vez que anduve por Zamora me dijo un amigo, que ahora trabaja en Vigo: “La semana que viene iremos al Festival de Cans”. Él tenía la intención de confundirme y lo logró, porque entendí “Festival de Cannes”, que se pronuncia igual, o al menos los españoles lo pronunciamos así. Mi respuesta inmediata fue: “¿Qué me dices? ¡El Festival de Cannes! Menudo nivel que tenéis”. Y luego recordé mi visita a Cannes, cuando me llevaron mis abuelos, en el tiempo azul y dulce de la infancia. Nosotros no fuimos al Festival, que por aquellas fechas (verano, creo) no caía. Sin embargo me gustó aquel lujo francés con playas privadas: cada pedazo de playa pertenecía a un hotel. Pero volvamos a Cannes y a Cans. Pregunté: “¿Y cómo os ha dado por ir allí?” Tomábamos una cerveza en un garito de la ciudad y él o ella, son una pareja, respondió: “Me refiero al Festival de Cans, escrito tal y como se pronuncia. Está en Pontevedra”. Concretamente, en O Porriño.
Es un pueblo en el que, coincidiendo con la similitud fonética, desde hace unos tres años han aprovechado el tirón del otro Festival para hacer el suyo, que es rural, de cortometrajes y con mucho cachondeo, sí, pero también tiene cierto prestigio, como lo prueban los visitantes que suelen acudir: actores y actrices españoles, directores de cine y, en general, gente metida en el mundillo. Iñaki Gabilondo dijo el año pasado, en la radio, que Cans era “la capital del agroglamour”. No sé si el término es de su cosecha, pero a tenor de lo que me contó aquel amigo, que había estado el año anterior en la segunda edición del certamen, se le ajusta como un guante. La pareja nos refirió que los cortos se proyectan en graneros, establos y cobertizos, al lado mismo de las vacas, con el olor montaraz del estiércol pegado a los espectadores, mezclándose los actores como Luis Tosar o Emma Suárez con paisanos de boina y cachaba. Por allí pasean a la gente en “chimpibuses”, que al parecer son tractores pequeños, en cuyos remolques se suben los espectadores para ir de un lado a otro. El menú es auténtico, todo un lujo castizo para el estómago (me gustaría ir a alguna edición de Cans aunque sólo fuera por las delicias gastronómicas): este año han comido, según el diario El País, lacón, callos y chorizo asado; supongo que servirán más cosas, pero el periódico tampoco lo cuenta. En alguna parte he leído que no faltan la empanada gallega ni el vino, y es que el vino en estas cosas es imprescindible. Se me olvidaba señalar que también hay conciertos gratuitos, y que cada año asiste más público.
A mí esto me parece muy bien. Que se aproveche el tirón del glamouroso Festival de Cannes, repleto de estrellas, para hacer el Festival de Cans, repleto de boinas, revela el carácter español, nuestro temperamento siempre proclive a la parodia, que nos viene de lejos, de una tradición que comienza en Don Quijote y Sancho Panza. Porque Cans, supongo, es la parodia de Cannes. En España somos así, y por eso amo este país: si nos falta el presupuesto, tiramos por el camino de la parodia, nos embarcamos en el bajel del humor. En Estados Unidos se inventaron a Cobra, el policía bronco de Sylvester Stallone, y la respuesta de España fue concebir a Torrente, que es la versión castiza de aquel poli. La vida da tantas vueltas que, transcurridos varios años, Stallone anda ahora de capa caída, intentado sacar adelante nuevas entregas de Rambo y de Rocky para hacer taquilla, y a Santiago Segura le han comprado los norteamericanos los derechos de su Torrente, con la idea de preparar un Torrente a la manera yanqui. Lo cual demuestra que, con humor, se llega muy lejos.

lunes, mayo 29, 2006

Series de terror (La Opinión)

Admito mi debilidad por cierto género televisivo que se compone de capítulos independientes pero ensamblados por una temática común: el terror. Es posible que yerre si digo que la precursora del género fue “The Twilight Zone”, serie que nació a finales de los años cincuenta y que contaba argumentos distintos cuyas temáticas eran el suspense, la ciencia-ficción y el terror. Ese clásico aún no lo he visto, pero sí el homenaje que le rindieron en los ochenta en forma de película de cuatro episodios, firmados por John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante y George Miller (aquí la bautizaron como “En los límites de la realidad”). También se introdujeron, con fuerza, aquellas otras: “Alfred Hitchcock presenta” y “La hora de Alfred Hitchcock”, bajo los auspicios del maestro de “Vértigo”, que siempre añadía una nota de humor en los preliminares. En España, a partir de los sesenta, ese gran clásico vivo que es Narciso Ibáñez Serrador configuró una serie de parecidas características: “Historias para no dormir”. A mí “Chicho”, a quien el público actual sólo conoce por el “Un, dos, tres”, me aterrorizó la infancia con un plano de “¿Quién puede matar a un niño?”
En los ochenta disfruté gracias a Spielberg y esa serie suya de la que, a veces, veo en casa algún capítulo: “Cuentos asombrosos”, que ya cité en un artículo. La estructura solía ser fija: episodios independientes de veintitrés minutos de duración (con la salvedad de algunos especiales, como “La misión”), aunque la clave era la fantasía, y no el terror. Incluso adolecen de cierto humor algo infantil. En ella participaron notables directores: Peter Hyams, Clint Eastwood, Joe Dante, Kevin Reynolds, Martin Scorsese, Irving Kershner, Danny DeVito, Todd Holland, Robert Zemeckis, Tobe Hooper y el propio Spielberg, por citar unos cuantos. Entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, otra serie del estilo: “Tales from the Crypt” o “Historias de la cripta”, basada en los reputados cómics de horror de EC, del mismo título; recomiendo estos tebeos, que compré hace un año en edición nueva y que leo cuando me apetece ver dibujos de homicidas y muertos vivientes. Esta versión televisiva tampoco la conozco.
Y llegamos a la actualidad, y a dos noticias que son la excusa para esta columna. Circula por ahí la primera temporada de una serie titulada “Masters of Horror”. Es reciente, y aún no han estrenado la continuación. Basándose en esas series precedentes, el experto en el género Mick Garris ha reunido a autores habituados a transitar por los tortuosos caminos del gore, del terror psicológico o del cine de psicópatas, para que dirijan episodios macabros. Algunos de los elegidos son Stuart Gordon, Dario Argento, John Landis, Don Coscarelli, John McNaughton, Joe Dante, Larry Cohen, John Carpenter y Takashi Miike. Sólo con la mención de estos nombres, al fanático del género se le hace la boca agua. Se comenta en los foros que el nivel de las historias es desigual, condición que puede aplicarse a todas estas series de capítulos autónomos. Los hay buenos, malos y regulares. Y la otra noticia. En julio se estrena en España y en dvd la nueva serie de Ibáñez Serrador: “Películas para no dormir”. La produce Telecinco, e ignoro si antes de comercializarla la estrenará dentro de su programación. Consta de seis historias, con el único nexo del suspense. Detrás de las cámaras hay directores de peso: Álex de la Iglesia, Enrique Urbizu, Jaume Balagueró o el propio Ibáñez Serrador. A mí con esto me han dado una alegría. Lo malo es que todas estas series que digo las vemos cuatro o cinco. No baten récords porque los espectadores medios sólo quieren que los personajes se conozcan y se líen entre sí, o sea, piden el culebrón.

domingo, mayo 28, 2006

El regreso de Axl Rose (y 2) (La Opinión)

Guns N’ Roses comienzan su actuación, es su costumbre, con el legendario y feroz tema “Welcome to the Jungle”. Asistí a una de sus giras de hace años y me cuesta reconocer a Axl Rose cuando irrumpe en el escenario. Tiene el rostro un poco acartonado (se rumorea que por culpa de una operación de botox) y se ha hecho trenzas de rapero en la melena, recogida en una coleta. No está gordo, pero antes era un saco de huesos y se advierte que ha ensanchado, que ya no tiene veinte años, sino cuarenta y tantos. Sale con gafas de sol, crucifijo al cuello, vaqueros, playeras, una camisa negra y una cazadora de camionero yanqui. Lleva una barba recortada y la ropa sobre el torso da la impresión de que estamos ante Jim Morrison cuando empezó a sumar adiposidades a su cintura. Luego se despojará de las gafas y de la chaqueta y comprobaremos que, aunque ya no corre de un extremo a otro con su agilidad de los noventa, e incluso parece que le cuesta, todavía es capaz de bailar y de hacer esos movimientos de serpiente agarrada a un micrófono que le caracterizan. Ofrece al público, tras un retraso de ciento veinte minutos, un concierto de dos horas y media.
El problema de este directo, el de ahora, radica en sus altibajos. Pero no me arrepiento de haber ido. Tuvo altibajos porque hicieron algunas cosas bien y, otras, mal. En contra: los solos de guitarra o piano del resto de la banda no interesan a nadie y parecen interminables, el sonido del equipo retumba a veces, cuando tocan los temas inéditos el público ni se inmuta porque desconoce las canciones (el nuevo disco aún no ha salido a la venta), la gente está agotada tras tantas horas en pie, la voz de Axl suena algo rota al principio, aunque irá mejorando a medida que transcurra la actuación y, sobre todo, falta el guitarrista Slash, el músico a quien más se echa de menos. A favor: las nuevas canciones tienen garra, el vocalista todavía logra que vibre el gentío, el espectáculo incluye llamas de fuego a ambos extremos del escenario y petardazos y pequeñas explosiones y una lluvia final de tiras de papel de colores, al fondo hay una pantalla donde vemos alternativamente planos individuales de la banda e imágenes y vídeos de protesta, abren con “Welcome…” y cierran con “Paradise City”, clásicos del legendario disco “Appetite for destruction”, y, cuando suenan los míticos temas, como los dos anteriores y “Sweet Child of Mine”, “Nightrain”, “Patience” o “You Could Be Mine”, a uno se le eriza el vello de la nuca y regresa a la emoción de esos discos viejos, que compró en vinilo y aún conserva como tesoros de valor incalculable. Cuando Axl se sienta ante el piano y ejecuta “November Rain” sé que la espera, el agobio, el precio y lo demás han merecido la pena. En suma: Guns N’ Roses han perdido algo de fuelle, algo de magia, pero todavía son capaces de imprimir energía en directo.
La actuación acaba a las dos y media de la madrugada. Hemos estado, en total, cinco horas en pie. Es una faena, porque las previsiones se han desbaratado: a esa hora no funciona el servicio de metro y no hay búhos. Salgo pensando en el público tan raro que acude a los conciertos: la mayoría parece que va sólo a mamarse y a hacerle fotos con el móvil al solista, después de llamarlo hijoputa. En las inmediaciones del auditorio se acumulan las personas extenuadas, buscando taxi. Circulan numerosos taxis, pero ninguno libre. Esperamos unos minutos. Luego decidimos andar hasta que encontremos uno con la luz verde. Hora y media después llegamos a Alcalá, justo a la altura del metro de Ciudad Lineal. Unos setenta minutos de caminata. Entonces aparece un taxi libre. Y llego a casa a las cuatro y cuarto de la mañana, molido.

sábado, mayo 27, 2006

El regreso de Axl Rose (1) (La Opinión)

Escribo estas líneas tras haber dormido sólo cuatro horas, o puede que menos. Y voy a contar todo en dos artículos porque creo que merece la pena, si dispongo del beneplácito del paciente lector. El jueves por la noche fuimos a ver el concierto de Guns N’ Roses, que en Madrid abrían gira europea, después de adelantar la fecha de su actuación. Quien no sepa quiénes eran los Guns, que pase página, porque aquí no vamos a explicarlo. Sólo un par de apuntes sobre el presente: de la formación original sólo queda su cantante, el mítico y polémico W. Axl Rose, que nunca cayó bien al público, ni siquiera a sus fans más acérrimos. El problema de las bandas con rencillas y lucha de egos de por medio es que al final se descomponen lentamente y eso ya no lo arreglan ni los manager ni las madres de cada uno. Axl lleva años, siglos nos parecen a sus seguidores, componiendo un disco de treinta y dos canciones que no acaba de ver la luz: “Chinese Democracy”. El propósito de esta gira es ir calentando al público, preparándole con un puñado de temas inéditos para abrir boca.
La noche madrileña de este jueves es apacible y fértil en misterios, calurosa como una manta zamorana. Hay que ir en metro hasta el auditorio Parque Juan Carlos I, en el Campo de las Naciones, o sea, cerca de Barajas. Atravesamos alamedas y jardines. A las puertas del recinto el personal ha dejado las huellas de un botellón hecho allí mismo, mientras guardaba turno para entrar. Por el suelo veo vasos de plástico de medio litro y de un litro (“cachis”, los llaman en Madrid), litronas vacías, bolsas de plástico, colillas de cigarro y de porro, botellas de cristal, folletos publicitarios, bocatas mordisqueados y hasta un atado de salchichón que habrá tirado algún fulano. La fauna resulta demasiado heterogénea. Chicas que visten como vestía Axl Rose quince años atrás, heavies con melena cuidada o con melena de rastrojo, pijos con la napia saturada de farlopa, porreros incombustibles, sujetos que se quedaron en los ochenta y aún gastan el peinado blondo de MacGyver, guiris, parejas que se morrean entre trago y trago al whisky, gente de pelo gris y con la motocicleta aparcada a la puerta, como si esto fuera un western, mucha greña y mucho tío alopécico al que se le nota que una vez tuvo una cabellera hasta los hombros, antes de que la madre naturaleza actuase de peluquera implacable (esta expresión se la robé a un amigo). El ambiente es perjudicial para los pulmones, ha adquirido una densidad de merengue y se compone de efluvios a sudor, vapores de cerveza y humo de tabaco y de hachís. El pueblo joven, y el no tan joven, ha desempolvado las camisetas de Guns N’ Roses que compró a finales de los ochenta y se las pone, aunque estén desteñidas y desgastadas, como la mía, que andará en algún baúl. Tanta gente en el auditorio resume la verdad: no hemos olvidado a Axl Rose.
Cuando entramos, a las nueve y media, aún están dando el callo los teloneros, The Living Things. El concierto de Guns está programado para las diez. Hora y media después, con el personal harto de esperar a que salgan, se masca la tragedia. El público, beodo y fumado, pita y corea “¡Hijos de puta!”. En las gradas, unos cuantos personajes arrancan los asientos de plástico y los llevan hasta el escenario. La masa arroja envases de plástico, botellas, paquetes de tabaco y lo que encuentra. Cuando cumplen cien minutos de retraso un español sale con un micro y pide disculpas, alega “problemas técnicos”, que no debemos preocuparnos, que esto “no es una tangada”. A las doce de la noche, en el momento en que me temo una revuelta, e imagino al personal agresivo arrasando el escenario, sale Axl Rose a cantar. Por fin.

viernes, mayo 26, 2006

Libro: Alguien que me cuide, de Richard Bausch


Para quien no conozca sus cuentos, Richard Bausch supone un feliz descubrimiento. Yo había leído alguno, contenido en las antologías de narradores norteamericanos.

Bausch enriquece esa tradición del relato corto que viene de Carver, Wolff, Dobyns, Baxter, Ford. Alguien que me cuide reúne unos doce cuentos. Los temas suelen girar en torno a las parejas, los fracasos sentimentales, la incapacidad de incomunicarse: un padre que no sabe cómo ayudar a su hija (a la que maltrata su marido), ya que ella se niega a salir de ese atolladero conyugal; un matrimonio que discute en su cena de aniversario, en un resturante, desde el momento en que sale a relucir el nombre de la ex mujer de él; un tipo sin valor, pisoteado por su esposa y la familia de ella, que sin embargo hará algo insólito, tras una noche de borrachera en un bar; la discusión de una pareja, que el narrador recoge del otro lado de la pared de una habitación; etc.

Cuentos espléndidos, situaciones que resultan familiares al lector, una capacidad asombrosa para recrear atmósferas, dar los datos precisos acerca de los personajes y meterte en historias muy creíbles. Me he comprado, también, otro libro de Bausch: La mujer del bombero, que acaba de aparecer en las librerías españolas. Lo leeré en breve.

Vargas Llosa (La Opinión)

Mario Vargas Llosa entra en el escenario por la derecha. Han dejado la platea del Teatro Español a oscuras. Las únicas luces se derraman por donde el escritor ha aparecido, e iluminan un velador de mármol y una silla. A Vargas Llosa le sobran los focos, pues basta la fuerza de su escritura, el nervio de su verbo, para alumbrarnos a todos. Toma asiento y, muy despacio, con esa facilidad de palabra que asiste a los peruanos, con ese dominio del contar que viene de muy lejos, de los brujos y los sabios que relataban leyendas a la tribu, acalorados por el fuego de la hoguera, pero también de las abuelas que transmiten antiguas historias al fresco de los portales en las noches aliñadas de luna, con esa facilidad de palabra, digo, comienza a presentar su nueva novela, “Travesuras de la niña mala”. A su espalda hay una pantalla en la que proyectan la portada del libro, cuya presentación oficial es en este Teatro Español, entrada gratuita, ocho y media de la tarde y un patio de butacas en el que se acomodan los anónimos y los famosos (Juan José Armas Marcelo, Rosa Montero, Juan Cruz y otros cuantos de la escudería Alfaguara, a cuyas caras no logro asignar un nombre).
Tras el introito se levanta de la silla y presenta a la actriz que va a leer algunos pasajes de la novela: Pastora Vega, a quien las luces descubren sentada en un sofá, a la izquierda del escenario. Mario Vargas Llosa, traje negro, camisa blanca, cabello de brillos grises, apostura de gentleman, hechicero de la prosa, don Juan maduro y atractivo, se sienta en el otro sofá. Entre ambos, una mesita con dos vasos y sendas botellas de agua. La presentación resulta original y amena. La novela, según parece, porque todavía no la he leído (abrumada la mesilla por el tonelaje de libros pendientes de lectura), cuenta una historia de amor en cuatro décadas y en varias ciudades, entre las que destacan Lima, París, Londres y Madrid. En la pantalla que tienen a sus espaldas proyectan una fotografía de Lima, y suena una canción de los años cincuenta. Cuando la música se desvanece, el escritor habla de sus personajes en ese paisaje. Luego, Pastora Vega, que recita como si hubiéramos llegado a un cielo poblado sólo de cuentos, lee unos fragmentos. Esta estructura se repite para las cuatro ciudades, terminando en el Lavapiés del Madrid de los años ochenta. La fotografía muestra la plaza del barrio y poco le falta al fotógrafo para sacar la fachada del piso en el que vivo.
A medio acto, cuando hace veinte minutos que Vargas Llosa ha mencionado a Pérez Prado, oímos murmullos en el gallinero, o sea en el palco. Un señor calvo y anciano se ha puesto en pie, y alguien forcejea con él, mandándole callar. El señor exige que le deje, y, tras soltarse, grita desde las sombras: “¡No llame conciertos a lo de Pérez Prado, por favor! ¡No son conciertos, son actuaciones!” El tío está indignado por el matiz y, el público, con el señor, y Vargas Llosa, sin perder la compostura, responde: “Bueno, yo seguiré diciendo conciertos”. El hombre grita: “¡Pues me marcho!” Y se va. “Aunque no lo crean”, prosigue el escritor, “fui un gran bailarín de tangos”. El público, nervioso, se ríe para relajarse. Él continúa, sin perder el humor: “Me han interrumpido muchas veces a lo largo de mi vida, y siempre por razones políticas. Pero nunca por algo como lo de hoy”. Cuando termina el recorrido por las cuatro ciudades y el esbozo de protagonistas, Vargas Llosa regresa al velador. Concluye el acto con una declaración sublime: cómo un autor, tras cierto tiempo viendo crecer a sus personajes, debe despedirse de ellos, desprenderse de su influjo, dejar que vuelen, entregarlos a los lectores. “Ahora estos personajes son suyos. Trátenlos bien”.

jueves, mayo 25, 2006

Ricos (La Opinión)

El otro día hablaba, aquí, de la manera en que el mundo se rige por el dinero aunque un alto porcentaje de los internautas haya escogido el amor como la palabra más bella del castellano. De algún modo hoy vuelvo a ese tema. Siempre he pensado que, a quienes les tocaba el premio gordo de la lotería gracias al azar y a la fortuna, iniciaban desde el día de cobro una vida distinta, de ricos, sin sobresaltos, dedicándose a viajar por el mundo durante años, gastando la fortuna en su propio beneficio y en inversiones que aumentasen el rendimiento del dinero. Creía que, una vez bañados en billetes de banco, los agraciados con el premio entraban en el territorio blando de la felicidad (considero blando el territorio de la felicidad porque es inseguro e inestable, sometido a caprichos y a vaivenes, mientras el de la tristeza suele ser terreno firme, en el que uno puede caer, se lo proponga o no). Pero acabo de leerme un fascinante cuento, acerca del tema, que procura al lector mucha reflexión. La suerte de ganar un premio gordo jugando a la lotería me parece, ahora, distinta. En el cuento referido el dinero no es un alivio, sino una carga, una cruz, toda vez que, en cuanto sobran los billetes, la sombra de la codicia es alargada.
Se titula “Ricos”, y se incluye en un libro de relatos de un autor gigantesco, pues su talento resulta enorme. El libro es “Alguien que me cuide” y el escritor se llama Richard Bausch. Leyéndolo me parece advertir indicios de otros escritores con maestría en la ejecución de textos breves: Tobias Wolff, Raymond Carver, Stephen Dobyns, Charles Baxter. “Ricos” nos cuenta lo que le sucede a un hombre, Mattison, empleado de una fábrica de Coca-Cola, casado pero aún sin hijos, desde el instante en que decide comprar un cupón de lotería y gracias a él gana dieciséis millones de dólares. El fenómeno de la fortuna resulta doble porque nunca antes ha jugado. Decidido a que su vida no cambie al amasar tantos millones, se niega a abandonar su empleo en la planta de producción de Coca-Cola y destina grandes cantidades a la beneficencia. Pronto repara en que todo el mundo quiere más. A partir de ahí, a su alrededor se alojan la envidia y la codicia. Envidia y codicia por parte de familiares y amigos. Su padre le pide dinero para un coche. Sus hermanos quieren dinero para empezar nuevas vidas o satisfacer viejos caprichos. Su mujer le insta a que, dado que le compró un vehículo a su padre, adquiera también coches para los padres de ella, uno para cada uno porque están separados. Aunque a regañadientes, les va concediendo el dinero. Pero todos quieren más. En el trabajo algunos compañeros le miran mal, o hacen chistes a su costa; otros compañeros le revelan sus problemas, añadiendo que, con una pequeña ayudita monetaria, podrían empezar de nuevo en otra ciudad. Aquellos a quienes da una negativa se enfadan con él. En una cena familiar los parientes hablan de dinero, piden más dinero, exigen más dinero, discuten y se pelean, se lanzan indirectas, y Mattison, llegado a ese punto, sabe que se ha vuelto más infeliz desde que ganó el premio.
Desconozco qué les ocurre a las personas que, en la vida real, se vuelven ricas tras ganar en un juego de azar. “Ricos” demuestra cómo el dinero es un motor que altera cualquier vida sencilla, y la llena de culebras y de odios. Pero no me extrañaría que las circunstancias fuesen parecidas a las de este relato. Que, por cierto, recuerda a un viejo de cuento de Carver en el que el protagonista, dado que es el único que trabaja en la familia, recibe peticiones de dinero de sus padres, de su ex mujer, de sus hijos, y debe mantenerlos con su sudor. Pero todos quieren más.

miércoles, mayo 24, 2006

De códigos y misterios (La Opinión)

Es el tema de mayor actualidad o el tema más candente, como acostumbran a decir los reporteros. Hoy España también se divide en tres grupos: los que han leído “El Código Da Vinci”, los que no pudieron terminarlo y los que no lo han leído. Me temo que quienes no lo hemos leído somos una minoría. Pero, incluso perteneciendo al tercer grupo, se acaba hablando del asunto. De muestra, este artículo, y los artículos de otros columnistas, los reportajes de los periódicos, los especiales de los suplementos dominicales y de las cadenas de televisión. Especialmente resulta patético el caso de estas últimas: sacan de debajo de la alfombra programas sobre códigos, películas de templarios, series de misterios, etcétera. Esta columna viene al pelo por si a alguien le importa mi opinión respecto a esta moda de templarios y códigos, que lo dudo. Sobre todo porque ni he visto la película ni he leído la novela. De momento, soy un apestado, no voy a la moda, no viajo en el carro de la actualidad. Pero quiero anotar por qué no he abierto el libro y por qué iré a ver la película. Vamos a ello, pues.
Algunos lectores se niegan a abrir el código de marras por esnobismo. Consideran que ellos nunca se aventurarán en las páginas de un libro mal considerado por la crítica y, así, desisten de echarle un vistazo, de hojear el principio, de mirar las cubiertas donde supongo que cuentan el argumento. Pero esa no es mi razón para no haberlo leído: al fin y al cabo uno también conoce libros malos y se los ha tragado de principio a fin y no ha sufrido indigestiones ni dolores ni pérdida de neuronas. El único problema de una mala novela es que, mientras la lees hasta el final, desaprovechas el tiempo destinado a conocer una buena novela. No es mi caso, ya digo, lo del esnobismo. Algunos lectores, independientemente de que el libro contenga calidad o no (aunque esto siempre es subjetivo), dan la espalda al código éste porque es la fiebre que consume a las masas. Dicen: “Si todo el mundo lee tal libro o ve tal película o sigue tal serie, yo no haré lo mismo. Seré diferente”. Dicha argumentación hace que se pierdan joyas, porque no siempre el público lector o espectador se equivoca; no lo digo yo, lo revelan los premios, la crítica, los entendidos y el tiempo. El tiempo, por ejemplo, ha sido justo con “Blade Runner”, la obra maestra que, en su estreno, no fue alabada por todos los críticos y tampoco por todos los espectadores. Dudo que nadie niegue, hoy, que es uno de los mejores filmes de la historia. Luego están los lectores que conocen el código de marras y lo detestan. Lo detestan, dicen, por su endeble prosa; o sólo por tratarse de un best-seller; o porque invierte la historia y se inventa patrañas. Esos tampoco son mis casos porque, insisto, no lo he leído ni lo he tenido en las manos.
Mi razón para no leer la novela está más allá de esas consideraciones, y es muy simple, y hasta creo que habrá una o dos personas que compartan mi gusto o manía: por lo general, no me atraen las novelas con misterio histórico. Templarios, códigos, cuadros con enigma, etcétera. Sólo me interesan si se apartan de la estructura hueca que suelen exhibir y me cuentan algo de la condición humana. Por eso me gustaron “El club Dumas”, “La tempestad”, “La tabla de Flandes” o “El nombre de la rosa”. “La sombra del viento” no estuvo mal, pero repito que el género no me interesa mucho. En cuanto a la película, sí iré a verla, un día de estos. Por razones obvias: las películas con misterio histórico sí me atraen, y participan Tom Hanks y Paul Bettany, y la dirige Ron Howard, autor de obras simpáticas. Ah, y porque la Iglesia Católica, con tanto escándalo, le ha añadido el morbo justo para que uno desee verla.

martes, mayo 23, 2006

Irreconocibles (La Opinión)

Alguien me dijo, en un bar: “El suelo de Santa Clara parece que tiene diez años. Ya está muy sucio”. Así que fui a recorrer esa calle, aún metida en el incordio de unas obras que, se suponía, acababan antes de Semana Santa. O eso fue lo que anunciaron entonces. Efectivamente, lo comprobé caminando por allí, por encima del granito de China y de Sayago. El aspecto es, en suma, indecente. Esa, y no otra, es la palabra que a uno le viene a la cabeza al observar tales suelos. Aspecto indecente, sucio, desaseado, como el rostro sin afeitar de un alcohólico que haya dormido a la intemperie. Por aquí y por allá hay lamparones, manchas gigantes, rastros de suciedad. Mientras uno va caminando tiene la impresión de que Santa Clara la hubiese atravesado una legión de hombres que portaban enormes bolsas de churros, y que la grasa de los churros había ido cayendo al suelo para no quitarse jamás. Esta vez no pueden echar la culpa a los jóvenes ni al botellón, sino a la calidad del material que han colocado.
Al acercarme a la plaza de Castilla y León creí, por un segundo, que me aproximaba a un puerto pesquero. Al principio no supe a qué obedecía esa extraña perspectiva. No tardé en darme cuenta: los tres o cuatro palitroques con focos incorporados que han puesto se parecen a las grúas que uno ve en los puertos pesqueros. Pero aquí no hay mar, ni barcos, ni huele a peces, ni tampoco hay estibadores faenando. De momento, sólo han dejado una palmera viva, solitaria, en el centro. En aquella plaza y en las plazas de Fernández Duro y de la Constitución no queda una brizna de hierba. Hasta el momento, la primera plaza, donde Hacienda, se parece a un puerto sucio y sin agua; la tercera, con sus bancos y sus jardineras, se parece a una triste, vacía y olvidada estación de autobuses. El aspecto de ambas es desolador, mustio. Aunque aún faltan por poner los árboles previstos en la plaza de Castilla y León. El parque infantil, visto ahora de cerca, es un parque digno de enseñarse en un museo, sí, pero para los chavales dudo que funcione. No me he acercado por las obras de La Horta, y lo dejo para mi próximo viaje a la ciudad, con la intuición de que aún van para largo y podré darme, más adelante, un paseo por los socavones de aquel barrio. No quise, tampoco, arriesgarme a entrar en la plaza de San Gil, donde han encontrado los hallazgos arqueológicos (no todo iban a ser disgustos y malas noticias). Es difícil de entender que se las hayan arreglado para colocar suelos que ni siquiera son capaces de limpiar. Salvo que contraten a una patrulla de barrenderos y señoras de la limpieza, armados todos con escobas, fregonas, espátulas y estropajos, y se dediquen un día a la semana a fregotear el pavimento, al menos para que no se nos caiga la cara de vergüenza cuando los extranjeros y turistas caminen por la principal vía de peatones de la ciudad.
Estas son algunas de las consecuencias de hacer las cosas mal, a destiempo y tratando de ahorrarse una pasta. Vuelve uno a su ciudad y no reconoce algunos lugares emblemáticos. Pero es lo que predomina en las urbes. Se juntan los políticos y los constructores y arrasan la naturaleza, convierten los paisajes a los que los habitantes se han acostumbrado (y que adoran, no lo duden) en lugares grises e impersonales, con el color propio y monótono de la burocracia y el cemento. El objetivo siempre es el dinero, no el bienestar del ciudadano. Javier Marías, al comentar en su artículo semanal la cuestión sobre los árboles del Paseo del Prado, ha escrito: “A la gente no se le puede cambiar la fisonomía de sus ciudades hasta hacerlas irreconocibles, ni siquiera si es supuestamente para mejor (casi nunca lo es)”. Pues a eso me refiero.