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miércoles, mayo 25, 2011

Intensidad

Los acontecimientos de la semana anterior se desarrollaron con una intensidad saludable para la democracia. La gente se entusiasmó hablando de política, de necesidades, de sufragio, de abstención, de voto nulo, de apuestas por los partidos minoritarios… En vez de dar la espalda al tema de las elecciones y dejárselo a los tertulianos de los debates televisivos, que siempre hablarán de lo que sucede en la calle sin pisarla (o sin pisar aquellos rincones sobre los que opinan), los ciudadanos se volcaron. Es un paso adelante. Tal vez la semilla la sembrara Stéphane Hessel con su breve panfleto `¡Indignaos!´ Se necesitaba una insurrección pacífica y arrancó con las acampadas y protestas en Sol. Si Hessel aportó el germen, Democracia Real Ya puso la leña y la chispa, pero fue la prohibición de la Junta Electoral (y los mandobles repartidos por la policía) lo que propagó la llama. Sin esas prohibiciones, sin esas porras midiendo los espinazos de los chavales, tal vez el movimiento de los indignados no hubiera reunido a tantos ciudadanos disconformes como lo hizo el último fin de semana. De Sol me quedo con muchas imágenes recogidas en los blogs (siempre más atinadas y certeras que las de la prensa) y con otras estampas que he visto en directo.
A los “opinadores” de la poltrona, los que llenan las butacas de las tertulias televisivas y escriben sin salir jamás de casa les sorprendería ver el ambiente de Sol. Pero ellos sólo manejan la documentación que les sirve el televisor, es decir, una información sesgada y en, algunos casos, manipulada al antojo de la cadena y de los intereses empresariales. Hay que estar allí. Hay que acercarse a Sol, meterse en la infraestructura montada bajo las jaimas, que es, en sí, un barrio con sus cocinas, despensas, entornos de debate, bibliotecas, consignas, plataformas de comunicación… Puedes estar o no de acuerdo con lo que piden, pero el factor primordial es que han levantado una actitud de protesta ciudadana. Pasaron de la indiferencia habitual a la resistencia pasiva o a la acción sin violencia. En los medios hablan de “los jóvenes de Sol”. Es cierto que la base está formada por gente joven y desempleada. Si uno se molesta en introducirse bajo las jaimas y ver el entorno, comprobará que no sólo hay jóvenes: se ve pelo blanco, niños con sus padres, gente bastante mayor, ciudadanos de todas las edades y de diversas razas. Todas esas personas están cabreadas, hartas. Probablemente muchos sólo fueran por allí atraídos por el fenómeno.  
El movimiento y la revolución pacífica sorprendieron a los tertulianos, a los sociólogos, a los expertos. Las polémicas no dejan de asombrarle a uno en todos los frentes. Están quienes creen que la protesta sólo es suya, y se ofenden si otros se adhieren. Están quienes censuraban a los jóvenes por no movilizarse, y que ahora también los censuran… precisamente por movilizarse. Están quienes han querido sacar tajada del asunto del 15-M: políticos que barren para sus propios intereses, famosos empeñados en hacerse notar, fulanos que apostaron por el movimiento hasta el día de las elecciones y luego le dieron la espalda… Un auténtico fenómeno sociológico, digno de estudio. Al final, sin embargo, se ha demostrado lo de siempre: que las filas del PP son prietas como una piña. Y, así, con la unión de unos, el desencanto de otros y la indignación del resto, se ha castigado con dureza al PSOE (¿y qué esperaban?). Ahí queda, como una nota de esperanza, que el pueblo, al menos, saliera a las calles a pronunciarse. Y con esa nota de color me despido de este periódico por una temporada.         


miércoles, mayo 18, 2011

De paso en Salamanca

Ya no recuerdo cuántos años hacía que no pisaba Salamanca. Quizá la última vez fuese en alguna Feria del Libro, allá por 2004 o 2005. A esa ciudad, cuna de mis estudios de Periodismo, volví el sábado anterior. La Asociación de Amigos de las Conchas organizaba, entre otros eventos del programa, una mesa redonda con cuatro autores, de los cuales tres hemos vivido o vivimos en Zamora. Pero la mayoría llegábamos desde Madrid. Quise decir, cuando me llegó el turno de hablar, que estaba encantado de volver a Salamanca porque estudié frente al edificio en el que estábamos, La Casa de las Conchas, es decir, que cursé mis estudios en la Universidad Pontificia, y la biblioteca de Las Conchas fue una especie de segundo hogar para mí. Siempre he sido un bicho raro: a la hora de hacer novillos o de matar una hora libre, los demás se iban a jugar partidas al Alcaravan y yo me iba a la biblioteca o a recorrer las librerías de saldo. Pero, entre las prisas y los nervios, al final no lo dije. 
En Salamanca hizo, a la vez, un día espléndido, de sol y cielos azules, y una tarde de viento. Antes o después del acto me reencontré con algunos poetas amigos, con algún familiar, con algunos conocidos. Siempre es un placer encontrarse caras conocidas cuando vamos de bolos literarios por ahí: nos ayudan a sentirnos menos solos. Comimos en un restaurante próximo a la Pontificia y a Libreros y tomamos los digestivos en El Corrillo, donde han erigido un homenaje al poeta Adares, aquel viejecito que siempre vendía sus poemarios en plena calle, a tiro de piedra de la Plaza Mayor. Lo recuerdo así: con su barba blanca y boscosa, su gorra, sus paseos artríticos y una cuerda de tender la ropa en la que colgaba, con pinzas, algunos ejemplares. Muchos años atrás participé en un acto de Las Conchas y pensaba que nuestra presentación sería en el mismo sitio: en la sala de actos. Pero no fue así y admito mi decepción: nos tocó hablar y leer en el patio. El patio, para quien no lo sepa o no lo recuerde, es lugar de paso obligatorio si uno quiere acceder a la biblioteca. Por eso, mientras nosotros luchábamos por hacernos entender en medio de las ráfagas de viento que se colaban por arriba, entraban y salían turistas y socios de la biblioteca, pero sobre todo turistas. No voy a explicar por qué lo supe: basta con verlos. Mientras hablábamos, en los balcones del segundo piso posaba una novia recién casada, con su vestido y todo, para el fotógrafo de la boda. Y eso, para algunos de nosotros, despista bastante, te aparta del hilo, hace que se te olviden cosas que pretendías decir. 
Otro inconveniente es que, cuando se trata de actos de un programa oficial, léase clubes de amigos, eventos municipales o demás, no entra la gente a la que podría gustarle lo que uno ofrece, sino señoras y jubilados que pretenden matar la tarde y se meten en cualquier lado donde haya un asiento disponible y gratuito. Estoy harto de verlo en Zamora. En Madrid sucede menos, aunque en Fnac no falta el clásico anciano que acomoda el culo y luego te pregunta qué van a ofrecer al respetable. Aún recuerdo cuando presenté un libro en la Feria del Libro de Benavente; el público lo formaban cuatro marujas y algún curioso, y una de ellas dijo: “Bueno, a ver si empieza esto de la poesía”. Yo fui a presentar una novela, pero es que el personal ni lee los carteles. Estos actos, aunque están organizados con ilusión (y vaya mi gratitud para los Amigos de las Conchas), siempre rebajan la autoestima del escritor porque se llenan de gente que no sabe ni lo que va a ver. Y, además, ni le interesa. Sus caras lo demuestran.      

miércoles, mayo 11, 2011

Un fin de semana completo

Tuve un fin de semana completo en Zamora. Y ahora, por supuesto, toca pagar con el cansancio, rendir cuentas por los festejos. El viernes acudí a la presentación de `Cuento kilómetros´, el libro de Mario Crespo publicado por Eutelequia. Fue una de las presentaciones más dignas y divertidas que he visto. La sala estaba llena. Había muchas caras conocidas: amigos, familiares, padres y madres de amigos… En la mesa, a los mandos, el propio Mario junto al escritor David Refoyo y la editora Clea Moreno. Ella hizo una introducción cariñosa y no exenta de ese humor que descoloca. Clea dice las cosas de una forma tan seria que uno tarda en comprender la naturaleza de la broma. David hizo un análisis certero y emotivo. Es uno de los grandes maestros de ceremonias con que contamos en la ciudad. A Mario, tras un día agotador, se le extraviaron los papeles donde había anotado lo que iba a contarnos. Así que se las arregló haciendo un salto mortal: un discurso entre la memoria y la improvisación. Proyectaron un breve trailer del libro. Conectaron con Facebook para que los lectores le hiciesen preguntas y las respondiera en directo. El broche fue la participación de varios amigos de la infancia de Mario: salieron a leer fragmentos escogidos del libro y hablaron de lo que había significado para ellos. Aportaron un toque de frescura que suele echarse de menos en las presentaciones al uso, por lo general muy formales y académicas. 
Uno de los aspectos que más me gustaron de `Cuento kilómetros´ es la recreación del personaje a través de varias voces narrativas. En sus páginas vemos cómo Mario se ve a sí mismo desde fuera y reciclado en un personaje de ficción con conexiones con la realidad, y vemos cómo cree él que lo ven sus amigos y su novia, y cómo es él mismo. Todo eso aparece y se resume en estos relatos sobre diez años de viajes. Sé que algunos lectores tienen curiosidad por saber cuánto hay de realidad y cuánto de ficción. Yo creo que da lo mismo porque lo que queda, al final, es el poso de la literatura. En cuanto uno recuerda, deforma, y si deforma y decora con palabras lo que está creando es un texto literario. La gran sorpresa, quizá, la constituyan las narraciones del personaje de María Gómez, pues refleja cariño y una gran sensibilidad. Los otros son narradores más duros. Al término del evento estuve charlando con Asunción Almuiña y me dijo algo que me gustó mucho: “Los zamoranos siempre me llenáis la sala”. Se refería a la sala de actos de la Biblioteca Pública, donde se presentó el libro. Este sábado, por cierto, presentaremos varios títulos en la Casa de las Conchas, en Salamanca. No es lo mismo que jugar en casa y yo hace años que no visito la ciudad, pero será agradable volver al sitio donde estudié la carrera. 
El sábado lo pasé de boda. La boda de un amigo de siempre con una amiga reciente. El cocktail, el convite y el baile se ofrecieron en el Hotel NH Palacio del Duero. Me han invitado ya a varios enlaces celebrados allí. Y lo cierto es que me parece un lugar ideal. Por el trato cálido de su director, por la calidad del menú y por el espacio de la parte inferior, donde luego se celebran los bailes tras la comida o la cena y los invitados se beben las copas como si fueran vasos de agua. De modo que asocio el NH a momentos muy felices de mi vida. Lo cierto es que necesitaba esa juerga, tras el tiempo de las tempestades y las tragedias personales que hemos sufrido. Necesitaba el reencuentro, el festejo y la diversión. Lo duro fue el regreso: al día siguiente, en el tren y con una resaca de espanto.   


miércoles, mayo 04, 2011

La vida contemporánea

Una de las películas estrenadas el pasado viernes, `The Company Men´ (no sé si habrá llegado ya a las carteleras zamoranas, espero que sí), es un reflejo exacto de los tiempos que corren, de lo que hemos vivido y estamos viviendo. Tiempos de paro, de crisis, de despidos, de hombres de entre treinta y tantos y sesenta y tantos a la búsqueda de otro empleo, yendo por ahí con la cabeza gacha y el currículum bajo el brazo. Aunque el filme transcurre en Estados Unidos, en concreto en Boston, el modelo es aplicable a las sociedades occidentales. El director nos muestra el devenir de tres empleados de una misma empresa: Bobby (Ben Affleck), un tipo de 37 años; Phil (Chris Cooper), con 60 recién cumplidos; y Gene (Tommy Lee Jones), de 65 tacos. Cada uno de ellos situado (dependiendo de su edad) en un escalafón diferente de la compañía. El primero al que despiden es el que está más abajo, el que tiene un cargo menor: Bobby. No tardará en llegar la patada para Phil y, apenas unas horas después, el mismo papel para Gene. Las consecuencias de la crisis económica: los de abajo caen primero.  
La película analiza cómo cada uno de estos nuevos desempleados afronta su situación: depresiones, reubicación, entrevistas de trabajo a pesar de tener el pelo lleno de canas, mentiras a los vecinos y familiares para que no sepan de su despido, discusiones de pareja, pérdida de credibilidad y autoestima… Como oficinistas de una compañía que maneja miles de millones de dólares, esos tres trabajadores habían alcanzado un estatus acorde con el resto de sus colegas de empresa, y un elevado nivel de vida al que deben ir renunciando poco a poco, cuando por fin asumen que ya no va a ser tan fácil encontrar otro puesto. La nueva política empresarial busca gente más joven y gente dispuesta a trabajar muchas horas por apenas un puñado de dólares. Cada uno de estos personajes afrontará el despido de una manera distinta. Phil opta por la rabia y por emborracharse en los bares. Gene se descubre inmovilizado, deprimido, incapaz de tomar decisiones. Bobby recorre agencias y envía currículos hasta que las deudas lo ahogan y acepta ayudar en una obra a su cuñado, al que odia, y con quien mantiene esa rivalidad laboral entre quienes trabajan con corbata e informes y quienes trabajan con yeso y ladrillos. En muchas de las secuencias de `The Company Men’ uno casi se deprime. Y no se deprime del todo porque, en realidad, el espectador conoce el paño, lo que está viendo en la pantalla es lo que sucede ahí fuera, en la calle, en las viviendas y en las empresas. Tipos desesperados, rotos en mil pedazos, suplicando un contrato tras haber caído desde lo más alto a lo más bajo. El director, John Wells, no se reprime en sus dardos: también vemos cómo el presidente de la empresa gana cada año más millones mientras el número de despidos aumenta (requerimiento necesario para que los peces gordos sigan subiéndose el sueldo y la empresa nunca pierda).
Aunque a Wells se le nota, en la realización un tanto plana y sin alardes, que procede de la tele, donde ha producido, escrito y dirigido varias series de éxito, sus mejores bazas están en el guión (se trata de una película de personajes, de diálogos, sin efectos especiales) y, sobre todo, en su sólido reparto. Affleck, Maria Bello y Kevin Costner cumplen correctamente con su cometido. Pero son los extraordinarios Chris Cooper y Tommy Lee Jones quienes, otra vez, ofrecen una lección sobre el arte de interpretar. Sólo por esa secuencia, en la que el primero está borracho y desesperado en un bar y el segundo trata de consolarlo, merece la pena ir al cine.         


miércoles, abril 27, 2011

Salir a la calle

Llegué a Zamora el Miércoles Santo, lo cual redujo mucho las posibilidades porque uno se ha perdido para entonces media Semana Santa. Este año me propuse varios objetivos. Por ejemplo, no ver ni un minuto de televisión: entre otras cosas, siempre programan las mismas películas en estas fechas; pero mi ambición era escaparme de los telediarios y su repertorio de tragedias y lugares comunes. Por ejemplo, no leer la prensa. No actualizar los blogs que administro. Conectarme a internet sólo una vez al día o cada dos días para comprobar la bandeja de correo electrónico, por si hubiera algo importante o urgente. Dormir un poco más de lo habitual. En suma, tratar de fugarme de la rutina. A cambio de esas renuncias, intenté empaparme de la ciudad: caminar por ahí, ir un rato al cementerio, frecuentar los bares y los pubs, comer bastantes productos de la tierra, atravesar Santa Clara en busca de mis familiares (en vacaciones no es necesario quedar con la familia: basta con salir un rato a la calle para encontrarla)… Pero alejarme de la pantalla del ordenador no supone que me alejara de los libros. Los libros nunca pueden faltar en mis rutinas ni en mis días de asueto. En cada parada en casa reunía las fuerzas suficientes, aunque estuviera cansado de estar por ahí, para leerme algún libro: leía a Don DeLillo, a Kenneth Cook o ese estudio de varios autores titulado `Tentativas sobre Beckett´. Este trote por la ciudad me ha sentado bien: llevaba unos meses apartado de la ronda de garitos y sometido a contactos exclusivamente literarios.
Ha sido una Semana Santa extraña. Y no me refiero a mi caso particular, sino en general. La lluvia ha mojado la ciudad y las túnicas de los cofrades, ha retrasado la salida de algunas procesiones y acortado los itinerarios de otras y nos ha ofrecido una estampa diaria un poco desapacible. Los hoteles no han llenado. Durante la mañana del Viernes Santo los bares y cafeterías y restaurantes de la zona de las Tres Cruces y aledaños sufrieron pérdidas. En la tele retransmitieron partidos de fútbol, que para mí son un peñazo, y tuve a los amigos distraídos con cada una de esas competiciones. El Día del Libro coincidió con el Sábado Santo y creo que es la primera vez que no he comprado alguna obra literaria en esa fecha. Y tampoco he ido a merodear por las librerías, a la caza. Dicen que los botellones de la madrugada del Viernes han tenido una participación masiva, pese a la lluvia: yo estuve por los bares próximos a Balborraz y ninguno registró el lleno total. ¿Dónde estaba la gente? Supongo que los más jóvenes en el botellón, y el resto en casa, lamentándose de la crisis y el mal tiempo. El Sábado Santo, a eso de las dos de la tarde, cayó un aguacero brutal que no tardó en convertirse en granizada brutal. Me hablaron de un garito que sirvió sopas de ajo incomibles porque estaban elaboradas con pan de molde y sin pimentón: por supuesto, no diré el nombre del local, porque no soy un soplón. Me hablaron de montones de churros que no han podido vender en las Tres Cruces. Semana Santa también es eso: salir a la calle y escuchar a la gente.
La última noche, cansados ya, caminando por la ciudad de regreso a casa, un colega y yo hicimos balance de esos días. Él dijo que esta vez estaba muy satisfecho: había visto a mucha gente y había podido reunirse con muchos amigos, algo que no sucedió en Navidades. Yo pensé lo mismo, le di la razón. Eso de los reencuentros no te lo quita ni la lluvia. Y es lo que de verdad importa.

 

miércoles, abril 20, 2011

La matrona

Nunca había estado (lógicamente) en una clase de preparación al parto. Había visto en algunas películas, por lo general en comedias románticas o en comedias salvajes sin romanticismo, esa típica escena en la que una docena de embarazadas hacen sus respiraciones controladas y los maridos y los novios a veces las ayudan o supervisan. Ahora ya conozco el tema de cerca. He asistido, de momento, a dos de esas clases. Encierran algo extraño. El primer día me pareció que acababa de regresar a la escuela, teniendo que sentarme en una sala en la que atendíamos a las explicaciones de una mujer que dibujaba, de vez en cuando, esquemas en la pizarra. O que soltaba a menudo eso que tanto decían mis profesores: “A ver… preguntas. ¿Alguna pregunta? ¿Nadie pregunta?”. La gente tiene que levantar la mano y plantear su duda. El primer día llevaron a una mujer que había dado a luz un par de semanas atrás. Le tocó sentarse delante de “la clase” y contar su experiencia y someterse a los interrogatorios.
Tras una hora de charla, comentarios y preguntas, los pocos hombres que habíamos asistido tuvimos que sacar las colchonetas del trastero y colocarlas en el suelo. Las mujeres se tumbaron en esos tatamis de color verde para hacer ejercicios y estiramientos. La matrona iba dando órdenes. Fue, ya digo, extraño, aunque también interesante y enriquecedor. Todo estaba envuelto en una atmósfera rara, a medio camino entre el silencio de las aulas de colegio, la intimidad propia de las clases particulares, el calor de los ejercicios de la asignatura de gimnasia (o Educación Física, si lo prefieren) y cierto aroma a rigidez castrense cuando la matrona profería algunas órdenes o se expresaba en un tono entre conminatorio y humorístico. También me llamó la atención la jerga utilizada durante la clase: palabros y expresiones que provocan escalofríos y que seguro que entusiasmarían a Chuck Palahniuk: “útero verde”, “a nadie le gusta coser un culo”, “estrecho como la cabeza de un globo”, “episiotomía”, “administrar oxitocina”, “dilatación”, “líquido amniótico”, “inyección epidural”…
A juzgar por algún comentario de la comadrona tengo la impresión de que las mujeres cada vez saben menos del tema y tienen más miedo (y los hombres ya no digamos). En una ocasión les dijo: “Hijas mías, vaya cosas que preguntáis… No sabéis nada. Esto no es nuevo. Todo el mundo nace por el mismo sitio y no pasa nada. No sois únicas”. Aunque no lo parezca, la matrona que nos ha tocado es eficaz, posee un agradable sentido del humor y a sus palabras no les falta cierto toque de sarcasmo. Parece como si, cuantos más medios tengamos a nuestro alcance, y más avances en medicina, y más soluciones y, por supuesto, más facilidades, peor nos fuera. Cada vez que voy a estas clases o cada vez que alguien se me queja de los padecimientos de la paternidad, suelo pensar en nuestras abuelas. Antaño las mujeres parían en casa, echaban ocho o diez hijos al mundo y, entre medias, siempre se les moría alguno por complicaciones en el parto o por malnutrición o por exceso de peso del feto o por otras causas, y jamás les oías una queja. O, al menos, yo nunca les escuché proferir un lamento. Lo asumían. No digo que ahora no lo asumamos, pero el hombre se vuelve más blando y más inconformista a medida que alcanza un nivel de vida superior, con más lujos y posibilidades. Es como lo de la calefacción: te acostumbras al calor de los radiadores de casa y te vuelves blando y friolero. Formamos parte de una generación muy distinta a la de nuestros abuelos. Pero eso no significa que lo hagamos mal.

 

miércoles, abril 13, 2011

Sinsontes, gallinas y palabras

En el último viaje (relámpago) a mi ciudad me traje en la bolsa dos elegantes libros que aún no he tenido tiempo de leer. El primero me lo regaló Luis Ingelmo: `Poemas de afinidad y resistencia´. Se trata de su traducción (vuelvo a recordar aquí que Luis es traductor y escritor) de la obra del antillano Martin Carter, poeta cuya obra yo no conocía y a quien ni siquiera había oído nombrar. No es el primer autor que Luis nos descubre ni será el último. La edición está en bilingüe. Pero lo que más me ha sorprendido es, sin duda, saber que la editorial es zamorana. La Fundación Sinsonte, que, según su web aún en construcción, se propone “traer a España la poesía latinoamericana más joven”. La colección (El sinsonte en el patio vecino), además, está dirigida por el poeta y compadre Juan Manuel Rodríguez Tobal. Desde aquí, mi enhorabuena a esta iniciativa. Existen tan pocas editoriales en mi tierra que deberíamos celebrarlo cada vez que fundan una.
El otro libro (regalo de Concha González y Asunción Almuiña) que incluí en el equipaje lleva por título `Palabras para un rostro´. Es un proyecto de Su Alonso e Inés Marful, publicado por la editorial asturiana KRK: un paseo absorbente por la fotografía y la literatura. Asun y Concha siempre me obsequian con alguno de estos volúmenes de lujo, ideales para bibliófilos y coleccionistas. Aprovecho para apuntar que la vuelta a la Biblioteca Pública fue como un regreso a casa: durante años, cuando no tenía una peseta en los bolsillos, me nutrí de sus fondos bibliográficos; también fue importante la Biblioteca Municipal en esa formación. Uno jamás olvida de dónde viene. Uno jamás sabe con certeza hacia dónde va, pero no debería olvidar sus orígenes.
Estos han sido días de mucho ajetreo y pocas lecturas. Y, sin embargo, de camino a Zamora pude empezar un libro cuya traducción llevaba esperando unos dos años. Me refiero a `Comer animales´, del joven autor norteamericano Jonathan Safran Foer. No compré el libro por su temática (que, desde luego, me interesa), sino por su autor. Aunque tiene detractores, a mí me entusiasmaron los libros de Foer: `Todo está iluminado´ y `Tan fuerte, tan cerca´, y por eso ansiaba leer otra obra suya. El tema y el género eran lo de menos. Si Safran Foer hubiera escrito un tratado sobre las páginas amarillas de Nueva York, asimismo lo habría leído. En `Comer animales´ el autor no trata de convencernos de ser vegetarianos: sólo nos cuenta las penurias y las crueldades que soportan las gallinas, los pollos, las vacas y los cerdos de las granjas industriales, su calvario desde que nacen hasta que llegan a nuestro plato. Producción en masa que no excluye enfermedades animales que a veces contraen los humanos. Un auténtico catálogo de horrores. Todos conocemos algunas de estas penurias: el encierro de las gallinas en jaulas diminutas, la manipulación de la luz para que crean que están en otra estación y pongan más huevos, etcétera. Lo que yo ignoraba eran otros asuntos sobre los que Safran aporta detalles reveladores, entrevistas con gente implicada y datos fiables. Leyendo este libro, que mezcla el reportaje, el ensayo y la autobiografía (sin eludir las referencias literarias), he recordado las (escasas) ocasiones en que comí pollo de corral, cuya sabrosa carne poco tiene que ver con la de las aves que compramos en el supermercado, tan infladas de agua y hormonas. Siempre era algún pollo traído de un pueblo de mi tierra. Añora uno la comida de verdad: el pollo de carne recia, los tomates con sabor y la fruta que no ha sido manipulada mediante injertos.


El Adelanto de Zamora / El Norte de Castilla

miércoles, abril 06, 2011

Otra manera de comportarse

Hace algunas semanas, durante la presentación en Fnac Callao de la novela `Chump Change´ (Sajalín Editores), su autor, el escritor norteamericano Dan Fante (hijo de uno de mis autores predilectos, el fallecido John Fante), flanqueado por Francesco Spinoglio, por el intérprete Ismael Cherif y por mí, dijo al público que, si alguien leía su libro y no le gustaba, que por favor entrara en su web oficial, buscara su dirección de correo electrónico y se lo dijera. Él prometía contestar. Al término del evento, quienes conocen mejor a Fante que yo (pues lo conocí la misma tarde de la presentación) me dijeron que era cierto: responde siempre los e-mails y no tarda en hacerlo. Y estamos hablando de un autor que ronda los sesenta y siete años, y que ya es toda una celebridad en Francia, Italia o EE. UU. Es decir, alguien del que, dadas sus circunstancias (edad y éxito), no se esperaría uno que tuviera e-mail ni que lo respondiera. Aparte de ese gesto, Fante tuvo otro que yo no esperaba: antes y después de la presentación estuvo tomando cañas con nosotros (en su caso, bebidas sin alcohol).

Más o menos por aquellas fechas leí con devoción otro libro tan bueno como el de Fante: `Knockemstiff´ (Libros del Silencio), del norteamericano Donald Ray Pollock. Durante su lectura, por curiosidad consulté en Facebook si el autor tenía perfil. Sí lo tenía. Sin esperanza, pero por probar, le envié una petición de amistad. Para mi sorpresa (Pollock es un autor venerado por gente como Chuck Palahniuk), no sólo aceptó la “amistad”, sino que a continuación me escribió un mensaje privado para decirme que agradecía que le añadiera como amigo, que lo apreciaba. Y todo ello sin conocerme ni tener idea de quién carajo soy. En otras ocasiones, algunos autores extranjeros me han escrito correos para agradecerme que reseñara sus libros: los poetas Milan Richter y John Ennis o la ensayista Fiamma Arditi, por señalar algunos casos. También hace unas semanas Vicente Luis Mora escribía en su bitácora una reseña del libro `Richard Yates´, de Tao Lin, autor joven y residente en Estados Unidos. Tao no sólo colgó un fragmento de la reseña en su propio blog: también entró en la página de Vicente para dejar un comentario como muestra de su gratitud. Un par de días antes de aquello le pedí amistad a Lin en Facebook y en seguida me aceptó. Son gestos insólitos, que uno no se espera de gente célebre y extranjera.

Todo esto me sirve para comparar esa actitud de los extranjeros, que a menudo parecen valorar más a las personas como tales que a la cantidad de fama que acarrean dichas personas, con la actitud que se estila a menudo en España, donde los famosos de turno suelen mirar (hablo de la literatura, no de otros campos) primero quién es ese tío que les escribe o hace la reseña, y comprobar dónde publica y en qué punto de la escala de éxito está, para luego decidir si responden o no. Y por lo general no contestan. Digo esto porque, así como con las celebridades de fuera no hay ningún problema de comunicación, con ciertos españoles es imposible contactar. Prefiero no citar nombres, pero durante los últimos diez años me he encontrado a personas de ese palo. Te las presentan en una fiesta o durante la concesión de algún premio, te dan una palmada y su dirección de e-mail, te ruegan que les escribas y jamás te responden cuando lo haces. Nunca darán las gracias a los bloggers por una reseña favorable y, si les pides amistad en Facebook, se harán los tontos. En estos tiempos parece más fácil comunicarse con Stephen King que con alguna estrella del star system español.


miércoles, marzo 30, 2011

Hemos venido para quedarnos

El último sábado viajé a Zamora en autobús y volví a Madrid el domingo, en tren. Si la última vez me quejé en este espacio del servicio de transporte entre ambas ciudades, este último trayecto fue todo lo contrario y también debemos anotarlo aquí. En el bus no hizo ni frío ni calor, la música de la radio estaba a un volumen bajo y aceptable, me sentí cómodo de principio a fin. Sólo hubo una incidencia cuando apenas llevábamos un par de minutos en carretera: el motor hizo una pequeña explosión. Por si acaso nos quedábamos tirados más adelante, el conductor decidió que nos mudáramos al autobús vacío que venía detrás. Durante el trayecto estuve leyendo `Zeitoun´, un gran libro de no ficción sobre el huracán Katrina y cómo se desenvolvió por allí un sirio al que luego detendrían creyendo que pertenecía a Al Qaeda; aquel hombre, un tipo que trabajaba de sol a sol, se ocupó de ayudar a las personas desde que las calles de Nueva Orleans se inundaron, y jamás tuvo que ver con actos terroristas. El autor es Dave Eggers, uno de los mejores escritores de Estados Unidos. Al llegar a la estación me fijé en varios detalles en los que hasta entonces no había reparado: una nueva cafetería, junto a los andenes; un ascensor; cosas así… aunque fui incapaz de dar con las escaleras mecánicas, ignoro si las han quitado. La estación parecía desértica.

En la ciudad estaban celebrando la Feria de la Tapa, pero sólo lo supe después de pedir algo para picar y que me ofrecieran esa tarjeta donde estampan un sello de tinta cada vez que pides alimentos de la Feria. No la quise, ya que por lo general sólo voy un par de días al mes. Un amigo y yo estuvimos tomando una caña matutina durante el domingo y ambos nos preguntamos por qué no suelen encontrarse bares con wifi gratuito en la ciudad. Yo le dije que en otras ciudades de fuera de España es muy habitual que todos o casi todos los bares dispongan de ese servicio. Llegas allí con tu portátil o con tu notebook, pides una consumición y la contraseña (en algunos sitios no hace falta ni pedirla: la incluyen en el recibo de las bebidas o la ves escrita en una tarjeta, encima de la mesa), te conectas a la red y consultas el correo durante el tiempo de beber el café. Ese mismo día fui al cementerio, a visitar a las dos ramas de mi familia que allí descansan. Lo de “descansan” es un eufemismo salvaje, muy utilizado en los periódicos para referirse a los restos mortales de las personas. Detesto los eufemismos, pero esto es tan personal que prefiero usarlo. Jamás pensé que visitaría tan a menudo el cementerio: procuro hacerlo en cada uno de mis viajes a Zamora. El cambio de hábito se da cuando fallece alguien tan cercano a ti: entonces todas tus ideas al respecto, las ideas que tenías sobre no visitar tumbas familiares, se borran. En mi penúltima visita le hice una foto con el móvil a la sepultura de Claudio Rodríguez y quedó bastante mal. En esta ocasión llevé la cámara y tomé un par de instantáneas notables.

De regreso, ya en el tren, concluí la lectura de `Zeitoun´. Y empecé el libro de Luis Ingelmo (zamorano de adopción), `La métrica del olvido´ (Editorial Eutelequia), que ayer mismo se presentó en la ciudad, y que se presentará este viernes en Madrid. He visto carteles de la editorial hechos expresamente para las librerías de mi tierra. Arriba pone: “Eutelequia con Zamora”, y abajo salen nuestros nuevos libros: el de Ingelmo, el de Mario Crespo y el mío. También David Refoyo ha publicado su poemario `Odio´ en La Bella Varsovia. Es un buen momento para la literatura zamorana. Ya me lo dijo David un día: “Hemos venido para quedarnos”.



miércoles, marzo 23, 2011

Todavía tenemos que aprender

Una de las ventajas de salir fuera, de viajar al extranjero, es la de observar cómo otras sociedades se desenvuelven y hacen las cosas. Las ofertas turísticas, las visitas guiadas, los conciertos… Uno va por ahí y toma nota. Y luego lo compara con su ciudad, en este caso Zamora. En los últimos años he viajado con frecuencia y así mi pensamiento ha cambiado en mi manera de ver las ciudades. Es posible que alguna de las ideas que sostengo en este artículo se contradiga con antiguos artículos, pero como diría Francisco Umbral, ahora mismo no me voy a levantar a mirarlo. En cualquier ciudad a la que uno viaje en el extranjero pasa por varios puentes. Eso ya lo dijimos aquí. Las ciudades necesitan puentes y se hacen. En mi tierra no, claro. En Zamora construir un puente acarrea tantos debates ciudadanos, tantos años de pasarse la patata caliente entre los gobernantes, tantas polémicas, que al final sí, se construye, pero décadas después. Y hasta entonces lo único que hemos hecho ha sido, claramente, perder nuestro valioso tiempo: el de los ciudadanos y el de los políticos.
En esas ciudades que visito, da igual que sean grandes o pequeñas, siempre encuentro un museo en cada esquina (por supuesto, estoy exagerando, que es otra manera de divertirnos un poco). Algunos de esos museos valen el precio de la entrada y uno sale satisfecho con toda la colección de obras y de fotografías que ha visto. Otros son un poco paupérrimos y demuestran dos cosas: que a ciertas personas no se les cae la cara de vergüenza tras cobrar cuatro o cinco euros, o los que sean, por cuatro imágenes y una pintura del artista local; y que fuera saben hacer dinero. Recuerdo la frustrante visita a la casa donde nació Franz Kafka en Praga, a un paso de la Plaza de la Ciudad Vieja: cobraban entrada por pasar a una sala en la que apenas había un puñado de fotos y poco más. Cuando reparabas en la pequeña estafa ya habías pagado el importe y te quedabas con cara de póker. En muchas de las ciudades que conozco basta con tener algo de obra del homenajeado, no demasiada en algunos casos, y muchas fotografías enmarcadas. Y con eso se monta el museo, se pone precio en la puerta con una señora que cobre y todos picamos como moscas. No siempre es una estafa. En Berlín, por ejemplo, visité los museos de la Topografía del Terror, el Museo sobre el Muro y el Museo de la Stasi, entre otros, y las visitas merecieron la pena.
En esas ciudades, por pequeñas que sean, los gestores culturales siempre rebuscan entre los personajes célebres y ya fallecidos que allí nacieron o que allí pasaron una temporada, y se apresuran en montar el museo de marras. Y, cada vez que entro en una de esas casas o de esas salas, me pregunto por qué es tan difícil hacer lo mismo en mi tierra. Porque en Zamora (y me dan lo mismo las razones, pues al final sólo serán un cúmulo de excusas para la tardanza o la incompetencia) no veo museos sobre León Felipe, Claudio Rodríguez, Clarín o Delhy Tejero, por citar unos cuantos. Y el museo sobre Baltasar Lobo no es precisamente una maravilla, como ya demostrara en su día, mediante un artículo, el escritor Tomás Sánchez Santiago. Pero es que, en mi tierra, aparte de lo difícil que parece ser sacar adelante un proyecto cultural, siempre hay cien polémicas aparejadas entre los gobernantes, la oposición y los ciudadanos: que si no se debería cobrar entrada, que si mejor abrir la sala en mi barrio, que si hay una disputa por los papeles, que si esto y que si aquello. Y la conclusión es la de siempre: que, finalmente, no se hace nada. O se tarda décadas en hacer realidad el proyecto.


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miércoles, marzo 16, 2011

Berlín

Estoy en Berlín cuando veo las primeras noticias sobre el terremoto de Japón. Al terremoto le seguirá, en breve, el tsunami que ha dejado miles de muertos y heridos y un nivel extremo de catástrofe: inundaciones, pueblos devastados, edificios destruidos, corte de las comunicaciones y del transporte de víveres, familias exterminadas… Es en el hotel berlinés donde me llegan las primeras informaciones. En la televisión hay menos de veinte canales y en ninguno de ellos encuentro películas ni videoclips. Nos conformamos, en los ratos de descanso, con los canales de información de la CNN y de la BBC y, a veces, los informativos de Televisión Española. Desde que empezó la sucesión de desgracias japonesas, es decir, poco después de aterrizar en la ciudad alemana, en la CNN y en la BBC sólo informan del terremoto y sus consecuencias. Más de veinte horas al día consagradas a repetir imágenes y a ofrecer filmaciones de aficionados, testimonios de supervivientes y chats con turistas occidentales que están de paso o viven en Japón. Parece una pesadilla multiplicada.
En este punto de mi vida, pienso, confluyen varios puntos históricos: el terremoto sacudió Japón en el aniversario de los atentados del once de marzo en Madrid y, entre unas y otras noticias vistas en la tele, salimos a ver Berlín y a empaparnos de su vida y de su pasado. Nos alojamos en el Checkpoint Charlie, y cada paso que uno da por aquí es Historia con mayúsculas: la división entre Oriente y Occidente, el muro y los intentos de fuga de uno a otro lado y las revueltas populares y la caída de esa frontera de hormigón, las agitaciones políticas tras la Segunda Guerra Mundial, el recuerdo de las atrocidades cometidas por los nazis y por el régimen soviético… Mientras recuperamos la Historia, ya sea recorriendo la ciudad (Berlín y sus cicatrices) o evocando el pasado reciente (el 11-M en Madrid), también vivimos la Historia viendo la televisión (la CNN y su retahíla repetitiva de escenas y testimonios sobre lo ocurrido en Japón). Estoy cargado de Historia. Y se hace extraño ver esas imágenes de olas gigantes, coches flotando sobre el agua, barcos estrujados por la corriente, escapes nucleares, ríos negros que lo trituran todo, hombres y mujeres asustados que corren a refugiarse bajo las mesas de las oficinas donde trabajan, se hace extraño ver la aniquilación de un país lejano en una tele de un país que no es el tuyo y en el que estás de paso. Llegamos cansados de nuestras visitas por la zona de Alexanderplatz o el barrio turco y ponemos la tele y lo que aparece en pantalla contiene un ingrediente irreal, como si fuese el germen de las pesadillas, anuncios de una película de terror en la que han hecho un gran trabajo los encargados de los efectos especiales. Pero no es una película. Ojalá lo fuera. Vistas esas imágenes, se comprende perfectamente la razón por la que los asiáticos han hecho tanto cine de terror, de Godzilla, de maremotos, de mutaciones y tragedias varias.
Caminamos por Berlín y pienso en si conoceré a alguien que esté estos días en Japón. Alguien de España, quiero decir. Alguien de Madrid. O alguien de Zamora, mi ciudad. No hace muchos meses que uno de mis primos estuvo de visita por Japón. Yo sueño con ir a ese país. No se puede tener miedo de hacerlo: si una tragedia tiene que cazarte, lo hará estés donde estés; probablemente ya esté escrito. JFK dijo, tras su visita a Berlín, aquello de: “Soy un berlinés”. Era su manera de empatizar con sus habitantes. Yo no soy ni me considero berlinés ni aun alemán y menos japonés, pero estos días me sacude el dolor del pasado de Berlín y del presente de Japón.


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jueves, marzo 10, 2011

Las malditas gafas

El otro día fuimos a ver `Rango´, una maravilla de película de animación con un personaje doblado en el original por Johnny Depp, esa figura de culto, y para mí fue un alivio saber que no la habían rodado en 3D ni la estrenaban en este formato (lo que digo no es descabellado: en la actualidad apenas ruedan películas en 3D, pero luego las convierten a 3D mediante métodos que ignoro). Como ahora un altísimo porcentaje de los estrenos de Hollywood (y alguno de nuestro país) se proyecta en tres dimensiones, uno no tiene claro si lo que va a ver está en tres dimensiones o no; porque algunas de esas películas cuentan con ambas opciones, dependiendo de lo que quiera el exhibidor: en 3D o en 2D. A veces uno tiene suerte y a veces no; lo digo porque las más de las veces acudo a los mismos cines de Madrid.
Bien, el caso es que `Rango´ no requiere de las malditas gafas, todo lo contrario de lo que me sucedió cuando vi (y disfruté mucho de la película, pero no por el 3D) `Toy Story 3´: en el cine al que fuimos sólo la proyectaban así. E incluso una mujer que teníamos delante, en la cola, le preguntó a la taquillera qué pasaba si no adquiría las gafas. La respuesta no pudo ser más lógica: “Entonces verá borrosa la película”. Cuando estrenaron `Avatar´ había que devolver las gafas a la salida: se le daban a un encargado que se situó en la puerta al finalizar cada sesión. Se trataba de unas gafotas que te cubrían media cara y, tras diez o quince minutos de proyección, terminabas acomodándote a ellas o, mejor dicho, acostumbrándote. Cuando fui a ver la tercera parte de `Toy Story´, en cambio, el modelo de gafas era diferente: eran más pequeñas, pero más incómodas. Y no las devolvías a la salida porque previamente te había tocado comprarlas junto a la entrada (un euro por persona: de ahí la reticencia de aquella señora a comprarlas). En la taquilla te recomendaban guardarlas para la próxima película que vieras en 3D, para ahorrarte el euro en lo sucesivo. Eso, en principio, es un engorro: dudo que la próxima vez que vaya al cine a ver una película en 3D me acuerde de coger las gafas de la estantería. Pero que te toque comprarlas, sin embargo, tiene una ventaja inmensa: que no pasan de mano en mano, no están usadas, y por tanto no utilizas las gafas que se ha puesto otro espectador. Reconozco que, maniático y escrupuloso como soy, tuve aversión a ponerme las gafas usadas por otro tipo (o tipa, o quien fuera) cuando fui al estreno de `Avatar´, y me pasé cinco minutos, o quizá más, limpiándolas a conciencia con la toallita húmeda que te proporcionaban junto a la entrada y las gafas. En mis delirios maniáticos empecé a calibrar la posibilidad de que el espectador previo tuviera kilos de caspa, o liendres, o no se lavase el pelo desde hacía una semana, y por eso no me limité a limpiar sólo los cristales, sino también todo lo demás, la montura y, especialmente, las patillas.
Volviendo al principio, recuerdo que me costó centrarme en los primeros minutos de `Toy Story´. Por fortuna uso lentillas cuando salgo de casa, y no imagino lo engorroso que será utilizar los dos pares de gafas: las de 3D y las de miope, unas encima de otras. El cine en tres dimensiones, que había sido tan cutre en los años 80 (aún recuerdo `El tesoro de las cuatro coronas´ y `Tiburón 3D´), supone una experiencia alucinante cuando la película está rodada así, como hizo James Cameron. De lo contrario es una pesadilla. Lo detesto. Ponerse gafas (y comprarlas) sólo para ver cuatro efectos añadidos a posteriori me parece un coñazo. Maldigo a Cameron por ello.


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miércoles, marzo 09, 2011

Malentendidos

Cuanto más utilizo las nuevas tecnologías para comunicarme, más reparo en que, aunque por un lado nos facilitan la comunicación y nos hacen ganar tiempo y nos ahorran dinero (sale más barato escribir un correo electrónico que llamar por el móvil), por el otro a veces aumentan los niveles de confusión entre emisor y receptor, de modo que, ya sea por las prisas, o porque las cosas se expresan de otra manera en los mensajes y correos (no estamos hablando de literatura y es costumbre responder un e-mail a una velocidad propia de la redacción del Daily Planet), o porque no vemos las reacciones de nuestro interlocutor ni escuchamos las inflexiones de su voz, al final, en vez de ayudar a comunicarnos, lo que hacemos es impedir el entendimiento entre nosotros.
Se dan bastantes malentendidos entre quienes se escriben correos o mensajes de móvil, o entre quienes se dejan avisos públicos de Facebook, o entre quienes se hacen comentarios en los blogs. Tengo ejemplos propios, experimentados por mí mismo. Y tengo muchos ejemplos de amigos y de familiares. En la literatura son frecuentes estos malentendidos. Llega un poeta y te dice que conoce a otro sólo por correo electrónico y que no guarda muy buena impresión de él, que le parece seco o parco en palabras cuando se han intercambiado misivas, pero luego se conocen en persona y, un rato después, ambos te hablan maravillas del otro. Cuando sólo te conocían por la foto del blog, a la hora de verte la cara en algún acto público, hay quien se sorprende: “Creí que eras un viejo”, “Creía que estabas gordo”, “Eres más joven de lo que pensé”, y frases por el estilo, son las que suele uno oír. Yo mismo las he dicho a menudo. Y, así, aquel que te parecía un impresentable en la foto de su web, a la hora de la verdad y de las cañas, que es cuando se conocen de verdad las personas (y se tantean sin pantallitas de por medio), te parece una bellísima persona. Cuando entre el emisor y el receptor se produce un fallo en la comunicación, y el mensaje verdadero no es comprendido por el segundo, es cuando empiezan los malentendidos y se da lo que, si la memoria no me falla, en Ciencias de la Información llamaban “un ruido”. Abundan los ruidos en nuestro uso de las nuevas tecnologías. A mí me ha sucedido incluso con mis propios familiares, con antiguos amigos, etcétera: respondes rápido, por falta de tiempo, o te expresas bruscamente, o eres tan honesto que se sorprenden, y en el mensaje de vuelta los notas ofendidos, te dicen que no les has comprendido (y es muy posible que, en efecto, así sea y ellos tengan razón), y al final uno intercambia varios mensajes para tratar de solucionar el ruido, el malentendido. Por teléfono eso no sucede.
Me decía un colega, hace unos meses: “¡Cuántos malentendidos solucionaríamos con una simple llamada de teléfono!”. ¡Y cuánta razón tiene!, añado yo. Soy consciente de que a algunas personas, generalmente mujeres, les parece que soy borde o que me ofendo con facilidad mediante la comunicación por correo electrónico. Alguna hasta me lo ha dicho: “A juzgar por tu último e-mail pensé que estabas enfadado”. Y no es así. Lo que ocurre es que, en mi caso, manejo grandes cantidades de información al día, y a menudo puedo alcanzar el centenar de correos electrónicos recibidos (y a veces han llegado a los doscientos: ya no sé si es mucho o poco), y muchas veces respondo sin tapujos, sin rodeos, a las bravas, e igual eso me hace parecer brusco, pero en absoluto ofendido o enfadado. Tal vez deberíamos dejarnos de tanto Twitter y tanto Facebook y tanto Hotmail y volver a charlar donde siempre: cara a cara y en la taberna.


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jueves, marzo 03, 2011

La contundencia de Hubert Selby

Tras la noche del domingo al lunes, la de la entrega de los Oscar, me levanté recordando un sueño reciente. Había estado soñando durante bastante rato, o al menos eso me pareció, con la película `Réquiem por un sueño´, dirigida por Darren Aronofsky, que aquella noche estaba nominado como Mejor Director por `Cisne negro´, filme que al final obtuvo el premio a la Mejor Actriz gracias a Natalie Portman. Durante mi sueño, juro que es cierto, veía de nuevo `Réquiem por un sueño´, y, siendo una película tan extrema y paranoica, en mi sueño lo era aún más, porque ya sabemos que al soñar deformamos los recuerdos y los deseos. Sin embargo, aunque había variantes en algunas escenas, la música continuaba siendo la misma. Lo recuerdo perfectamente. La banda sonora que compuso Clint Mansell no es de las que se olvidan.
Después de la ducha, instalado ya frente al ordenador, recordé el sueño mientras consultaba la lista de los Oscar. Evocar `Réquiem por un sueño´ me llevó a recordar la contundente novela en la que se basa, escrita por Hubert Selby, Jr. De Selby, que aún continúa siendo una especie de autor maldito en España porque no se han traducido todos sus libros, existen estas novelas al alcance del lector: `Última salida para Brooklyn´ (en Anagrama y en Círculo de Lectores), `Réquiem por un sueño´ (en Sajalín Editores) y `La habitación´ (en Ediciones Escalera). Ésas son, al menos, las que yo tengo y he leído. Porque luego existe, se supone, una traducción de la Editorial Montesinos: la de `El demonio´, que en el ISBN data de 1988. Ese libro, sin embargo, no he sido capaz de encontrarlo. Y eso que he rastreado librerías de viejo, librerías on line y bibliotecas de toda España. Ni siquiera lo tienen en la Biblioteca Pública de Zamora, donde hay tantos tesoros: lo digo porque en esta biblioteca adquirieron, por ejemplo, los primeros libros de John Fante traducidos al castellano, cuando Fante aún no era conocido aquí y ni siquiera Anagrama se había empezado a ocupar de su obra. Y fue gracias al préstamo de aquella biblioteca de mi tierra que yo pude leer por vez primera las novelas `Espera a la primavera, Bandini´ y `Pregúntale al polvo´. Algunas veces suelo buscar en la red ese libro de Selby antes citado, `El demonio´. Sin éxito. Mis rastreos no solían dar resultado, y una vez incluso se lo pedí a los editores de Montesinos, pero no les quedaba ni un ejemplar.
Aquella mañana, después de esa noche de los Oscar y después de soñar con la película `Réquiem por un sueño´, mi búsqueda dio resultado: supe que `El demonio´ va a ser editada de nuevo por los editores de Huacanamo, y con un nuevo traductor al frente, Miguel Merino, quien acaba de publicar en esta editorial su poemario `Hierros invisibles´. Por si fuera poco, el año que viene yo mismo publicaré un libro en Huacanamo, con lo cual todo queda en casa y un círculo se cierra. Es como si el sueño hubiera sido premonitorio. Si aún quedan lectores que busquen emociones fuertes y quieran conocer el auténtico dolor encerrado en la página, Hubert Selby debería ser uno de sus autores de cabecera. Es cierto que sus libros no son fáciles: la frase es larga, los personajes sufren mil tormentos y adicciones y uno lo pasa mal con sus padecimientos y con esos pasajes donde se describen actos violentos e innumerables aberraciones, pero el lector no olvida jamás la experiencia. Les recuerdo los títulos: `Última salida para Brooklyn´, `Réquiem por un sueño´ y `La habitación´. Y, pronto, espero: `El demonio´. Ese libro que llevo años buscando.


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miércoles, marzo 02, 2011

San Atilano

Pronto va a cumplirse un mes desde la última vez que estuve en Zamora. La agenda se va cubriendo de compromisos en Madrid y no he podido volver desde entonces. No sé si este fin de semana podré hacerlo. Incluso esa última vez que pisé la ciudad no fue precisamente un viaje de placer: acababa de fallecer un familiar lejano y tuve que salir deprisa y corriendo para llegar al velatorio, a la misa de funeral y al entierro. En mi penúltima visita, ya lo conté aquí, estuve por motivos de trabajo: la presentación de un libro. El caso es que, entre unas cosas y otras, hace siglos que no paso en Zamora un fin de semana de relax, sin sobresaltos, sin entrevistas de trabajo, sin presentaciones, sin malas noticias ni funerales. Y lo necesito de veras, ya que, en esas ocasiones, es cuando de verdad recargo las pilas del cuerpo. Y sobre todo las pilas de la cabeza, por decirlo de alguna manera jocosa. Durante demasiados meses he viajado con urgencia a mi ciudad: empezaba un jueves o un viernes y yo tenía planes para la tarde en Madrid y al rato el teléfono traía sobresaltos y tocaba hacer la maleta aprisa y salir pitando.
Esa última vez que menciono no llegué a estar en la ciudad ni veinticuatro horas. Y casi todas las pasé ayudando a sobrellevar el dolor ajeno. Que es, también y de alguna manera, el mío. Cuando salíamos del cementerio de San Atilano me fijé por casualidad en la tumba de Claudio Rodríguez. Me quedé sorprendido porque, pese a haberla visitado en alguna ocasión, había olvidado por completo dónde se ubica. No sé si en la web del Ayuntamiento de Zamora incluyen su situación (es fácil: está frente a la entrada), pero deberían hacerlo si no lo hacen ya; por lo menos yo no lo he encontrado en su página. Tal vez esto suene raro, lo de conferirle publicidad a una sepultura, pero en otras ciudades sacan partido y ventaja de ello. De hecho, la última vez que estuve en París recorrimos dos de sus más afamados cementerios para visitar las tumbas donde yacen artistas como Georges Perec, Oscar Wilde, Jim Morrison, Yves Montand & Simone Signoret, François Truffaut o Marcel Proust. Los turistas y los viajeros (más los viajeros que los turistas, creo) acostumbran a visitar las tumbas de los escritores y de los pensadores y de los cantantes y de los actores para hacer unas fotos o echar unas flores o algún souvenir. La de Morrison es conocida por la cantidad de botellas y de poemas y de porros que los visitantes dejan allí. Pero me llamó la atención la de Truffaut, en la que depositan tickets usados en alusión a su película `El último metro´.
A propósito de esto, aprovecho para recomendar un libro de Cees Nooteboom titulado `Tumbas de poetas y de pensadores´, que leí hace tiempo, y que incluye fotografías de numerosas sepulturas, anécdotas y alusiones a diversas obras literarias. No veo por qué no podrían hacerse famosas y habituales las visitas a las tumbas de Claudio Rodríguez o de Ramón Álvarez en el Cementerio de San Atilano, por citar dos casos de zamoranos célebres. Tal vez sea porque, en Zamora, no sabemos sacar partido de lo nuestro. Cuando rondé por los cementerios de París vi bastantes gatos velando las tumbas, y también los vi en los camposantos que visité en Viena y en Salzburgo. En mi ciudad eso ya es difícil, pues insisten en aniquilarlos. En mi ciudad todo o casi todo funciona así, o sea, mal o regular. A partir de ahora ni siquiera los ancianos podrán alimentar a las palomas o a los gatos, como les gusta hacer a menudo: está prohibido según las nuevas ordenanzas.


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jueves, febrero 24, 2011

Un tren poético y narrativo

Hoy quiero hablarles de un autor al que no había leído hasta hace unos días y cuyas obras provocan adición. Se llama Celso Castro. Me había tropezado una y otra vez, en varios blogs, con loas a su libro `El afinador de habitaciones´, publicado el año anterior por Libros del Silencio, una de esas editoriales donde todo brilla, con un catálogo de prestigio y una trayectoria breve e imparable. Pero no me había atrevido a escudriñar sus páginas porque (y que me perdonen sus editores) la ilustración de cubierta me sonaba a novela decimonónica. Y no lo es. A veces se dan estas coincidencias: un día decidí comprarlo y al siguiente supe que la editorial publicaba esa semana su continuación, `Astillas´, que también tengo y he leído y disfrutado. Porque la de Celso Castro es una trilogía. Lo primero que me atrapó es la voluntad del autor de mantener todos los textos en minúscula (que aquí vulnero porque estoy escribiendo para un periódico y sé de sobra que no me iban a tolerar que pusiera nombres y títulos en minúscula): tanto su nombre y apellido como los nombres de los personajes, de los lugares o de las ciudades; ni siquiera encontramos mayúsculas después del punto. Esto no es nuevo, yo lo había visto en los `Escritos de un viejo indecente´, de Charles Bukowski. Pero lo raro es que se lo acepten a un autor español. Los editores españoles suelen ser muy clásicos en ese sentido: en cuanto les entregas un texto que juega con tipos y tamaños de letra y distintas fuentes te lo echan por tierra alegando unificación de criterios, siempre con la complicidad del corrector. En este sentido, considero de justicia proclamar la valentía de los editores y del autor.
Al principio de la novela `El afinador de habitaciones´ encontramos un texto independiente, pero con conexiones con el resto de la obra: se trata del relato `La cuervo´, que nos indica ya qué rumbos va a tomar la prosa de Castro. La crítica ha señalado las sorpresas de este libro y estoy de acuerdo. Nos depara, sí, continuas sorpresas. Para empezar nos encontramos con un narrador (y protagonista) adolescente, que mezcla cultura (poesía, dotes filosóficas) con vicios (coñac, costo, anfetaminas), y que recuerda sólo muy ligeramente a Holden Caulfield, un narrador que siempre tiene el corazón en la mano y que se enamora en cada esquina y pasa de una mujer a otra o las alterna sin creer nunca que esté haciéndoles daño. En cuanto uno se embarca en el flujo de conciencia del protagonista ya no puede detener la lectura. Celso Castro construye un tren poético y narrativo del que uno no quiere bajarse.
Si esa primera novela de la serie de “relatos del yo” engancha, el efecto es aún más brutal en `Astillas´. En este libro volvemos a encontrarnos al narrador, unos años después. Más confuso aún, enamorado de más mujeres, más autodestructivo y con planes suicidas para un futuro no muy lejano. Es primordial, en ambas, el tema de los espíritus de sus muertos, que deambulan por su casa al estilo de `Pedro Páramo´, pero que él sólo oye y nunca ve (otros personajes sí ven a la madre o a la abuela muertas), de modo que, con una pirueta, pasamos del realismo al fantástico. O quizá la trama se desarrolle sólo en la cabeza de este personaje que, en ambas novelas, me recuerda también al protagonista de `La mamá y la puta´, aquella película francesa en la que Jean-Pierre Léaud saltaba de una cama a otra sin complejos de culpa por sus infidelidades. Quizá porque me había familiarizado con el personaje, `Astillas´ me parece superior. Ahora sólo espero que publiquen pronto la tercera parte.


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miércoles, febrero 23, 2011

Más conflictivo

Ahora que el barrio madrileño en el que vivo parece un poco más tranquilo (pero supongo que es porque el frío y la lluvia logran que los tipos agresivos y alcoholizados se refugien bajo techo), en las noticias sobre Zamora y en las historias que me cuentan de mi ciudad da ésta la impresión de tener un entorno más conflictivo que antes, y antes lo era poco o muy poco. Leo o me cuentan historias de tíos con navaja, de apuñalamientos en la Calle de los Herreros, de broncas y palizas aquí y allá, de pistolas en las inmediaciones de las discotecas de madrugada, de robos con armas en una pizzería de Benavente, de tiroteos en no sé dónde (viviendas y coches que alojan balas, para miedo y estupor de sus propietarios)… La lista se amplía y muchos leemos con ese mencionado estupor estas noticias. Siempre dijimos que Zamora era una ciudad tranquila, donde no ocurría nada, y la realidad y los últimos acontecimientos ya se encargan de desmentirlo.
Este aumento de la violencia (quizá una de las consecuencias de la crisis) no es culpa de la incompetencia, pues la policía está resolviendo algunos casos con profesionalidad: véase la detención del joven que desvalijaba casas tras acceder por los patios y escalar fachadas y forzar las cerraduras, un detenido al que ya han bautizado en los periódicos y en algunas redes sociales, con sorna, con los motes de “Spiderman” y su versión castellana, “El Hombre Araña”. Digo esto porque, siempre que hay un robo o una pelea, la sociedad le echa la culpa a la policía, por no actuar a su debido tiempo ni prevenir la tragedia; pero, cuando la policía está presente con sus efectivos en algunas zonas (botellones, plazas donde se trapichea con droga, etcétera), esa misma sociedad denuncia que estamos en un estado policial. ¿En qué quedamos, amigo? ¿Quiere que la policía prevenga, pero que no esté presente? Lo que todavía no se han inventado son los policías invisibles, y menos aún ese sistema premonitorio que imaginó Philip K. Dick y que Steven Spielberg convirtió en una fascinante película, `Minority Report´, donde el presunto culpable era detenido antes de perpetrar sus fechorías porque los agentes utilizaban un sistema para predecir los crímenes antes de ser cometidos. Que conste que yo no defiendo un sistema policial, absoluto, con las tropas instaladas en cada esquina, por así decirlo, pero lo que no se puede es mamar y morder al mismo tiempo. Al hilo de esto, es curioso que la policía de Estados Unidos, que es más cañera y acata las leyes sin perdonar una, sea vista incluso por nosotros mismos como “los buenos”, gracias a la imagen del cine; y que los policías de España sean más o menos considerados como “los malos”, no sé muy bien por qué.
La cuestión es que algunos puntos de la ciudad se están convirtiendo en un polvorín. Uno de los efectos que más lamento de esto es lo de Los Herreros. Pasé allí media juventud y, bueno, siempre hubo broncas y altercados, yo mismo estuve alguna vez envuelto en una de esas de empujones y “me has pisado” o “me diste un codazo”, que por fortuna no pasaron de ahí, pero lo de ahora yo creo que es más grave, con armas blancas y promesas de venganza y cosas así. Y lo lamento porque es una calle con encanto, de la que ya quedan pocas, y porque sé que los dueños de los bares se lo curran, conozco a unos cuantos y algunos de ellos fueron mis barman de cabecera durante un tiempo. Ojalá sea algo pasajero.


El Adelanto de Zamora / El Norte de Castilla

jueves, febrero 17, 2011

Creación y derribo del mito

En España se ha estrenado `I’m Still Here´ en un circuito comercial tan restringido (en Madrid sólo lo proyectan en un cine de versión original subtitulada) que quienes quieran ver este falso documental y vivan fuera de la capital tendrán que acudir a internet y a algún ripeo de calidad. Yo, por supuesto, he ido a verla al cine. Soy un poco clásico (lo cual no significa que sea conservador), por lo que sigo prefiriendo las películas en el cine y los libros de papel, y ello tampoco me hace enemigo de las nuevas tecnologías, no lo soy y las utilizo a menudo. Pero sigamos. En líneas generales, `I’m Still Here´ sigue a Joaquin Phoenix (tras las cámaras está su cuñado Casey Affleck, un actor con mucho más talento que su hermano Ben Affleck) en sus intentos de convertirse en una estrella del hip hop, abandonando definitivamente el cine, como anunció en su momento en medio de una gran polémica y grandes dosis de mofa por parte de los medios, sus colegas del cine y los programas nocturnos de entrevistas. El primer cambio para que picáramos consistió en su metamorfosis física: Phoenix engorda, deja de afeitarse y no se arregla la barba, se deja crecer el pelo y tiene pinta de no lavárselo. Después vienen su retirada y su anuncio de grabar un disco. Pocos se lo toman en serio. Y ese es, precisamente, uno de los puntos fuertes de este falso documental o película que sobrepasa las fronteras entre realidad y ficción: que acaba siendo un análisis de cómo se comporta la sociedad cuando una estrella quiere comenzar un rumbo nuevo.
El propio Casey Affleck lo comentaba en una entrevista que leí en el último número de Fotogramas: “Creamos famosos, y luego los acosamos hasta destruirlos”. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Hollywood funciona así: da y quita como si fuera un dios, convierte a personas corrientes recién salidas de la nada en celebridades a las que adoramos, y, en cuanto esas celebridades lo son, las despojan (con ayuda de los medios, naturalmente) de su faceta humana y las transforman en títeres de feria, muñecos expuestos siempre a la crítica de la sociedad y al juicio de quienes nos encargamos de escribir. Si a una de esas estrellas se le ocurre dar un giro a su trayectoria, más le vale salir airosa de la empresa, porque de lo contrario la machacarán. Recordemos algunos casos célebres, de gente del mundo del espectáculo que quiso cambiar y sólo recibió palos: Eddie Murphy cuando quiso abandonar la comedia, Madonna cuando se obstinó en hacerse actriz, cualquier actor que se haya empeñado en grabar un disco, Mickey Rourke cuando se puso los guantes de boxeo… Unos pocos han salido victoriosos (Jim Carrey en su paso de la comedia a la tragedia, James Franco tras la publicación de su primer libro, etcétera), pero no es habitual. Si bien es cierto que muchos de ellos han hecho el ridículo (por ejemplo, Madonna o Rourke), a priori la sociedad siempre se ha ocupado, nos hemos ocupado, de criticarlos sin conocer primero el resultado.
A posteriori, esta película de Phoenix y Affleck es una crítica a esa sociedad intolerante, nunca dispuesta a aceptar el cambio de rumbo de las estrellas, capaz de mofarse de un actor sólo porque ensucia su aspecto para parecer un grunge en horas bajas, incrédula ante su decisión de cambiar el cine por la música. También es verdad que Phoenix, aunque no escribió malas letras, no es un gran cantante de rap. Pero eso da igual: lo interesante es cómo describen a esa cruel sociedad que crea mitos y los derriba.


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miércoles, febrero 16, 2011

Un doble peligro

Alguna vez estuve tentado de abrirme una cuenta en Twitter. Luego comprobé, al verlo en colegas del oficio, que es un entretenimiento que lleva mucho tiempo, que no sólo hay que colgar de vez en cuando tus frases en píldoras (con un máximo de 140 caracteres en cada mensaje o tweet), sino también atender al público, leer lo que dicen los lectores y seguidores o followers, poner un poco de orden y responder a las preguntas e inquietudes de esos lectores. Estuve tentado y luego abandoné la idea: con mantener un par de blogs y colaborar a veces en otros, estar registrado en Facebook y atender el correo electrónico me basta y me sobra. Lo que más me gusta todavía es leer libros y no quiero que otros inventos roben mi sagrado tiempo de lectura. Quizá porque no me he incorporado al mundo Twitter, siempre he creído, y sigo pensando así, que Twitter en cierta manera viene a ser algo del estilo a los chascarrillos de taberna, de barra de bar, esas frases que uno dice (a menudo en broma) delante de los amigotes en particular y de la parroquia en general. Es decir, algo que no tiene por qué ser frívolo, pero que consiste en un entretenimiento, en un desahogo, en el envío de bromas y descargos entre el usuario y su público.
Pero ahora vemos que Twitter contiene un doble peligro. En primer lugar, para las celebridades (actores, cantantes, escritores, políticos…), pues pretenden utilizarlo como lo que es, un entretenimiento, un lugar de comunicación que debería admitir la broma y el doble juego humorístico, pero que se ha vuelto en contra de ellos, ya que a unos cuantos les ha granjeado grandes dosis de polémica (ahí están los ejemplos de Arturo Pérez-Reverte, Nacho Vigalondo, David Bisbal o Álex de la Iglesia, que no voy a entrar a valorar porque no es la intención de este artículo). El famoso en cuestión usa el Twitter como todo hijo de vecino, quizá sin darse cuenta de que cuanto diga siempre será utilizado en su contra y sin posibilidad de redención, aunque sea un chiste, y ya son unos cuantos quienes han sido “lapidados” por el pueblo en connivencia con los medios por bromear, frivolizar o pronunciarse sin pelos en la lengua. El famoso envía tweets para comunicarse con su público (las empresas aconsejan trabajar con las redes sociales, especialmente con Twitter, que es más rápido y la gente tiene que leer menos porque nos estamos volviendo vagos), pero esto se vuelve en contra como el boomerang que le acaba cortando los dedos en su retorno.
En segundo lugar, y aquí la cuestión me preocupa más, se ha convertido en un peligro para el funcionamiento del buen periodismo. Porque Twitter no deja de generar noticias y polémicas, y uno empieza a estar harto de leer titulares encabezados por la siguiente frase: “Fulanito anuncia en Twitter que (…)”. No me parece serio. No me parece un trabajo de documentación o de investigación, ni nada semejante a una rueda de prensa. En la actualidad, muchos periodistas sacan tajada de los 140 caracteres del famoso, y con eso llenan reportajes, en los que por supuesto no falta la referencia a los comentarios de algunos “opinadores” que siguen al famoso. De hecho, creo que es una vergüenza: tirar de Twitter para llenar páginas logrará que la profesión sea cada día menos digna. No me parece distinto a acodarse en una barra, al lado del famoso de turno, esperando a ver si suelta una boutade para anotarla y convertirla en noticia. ¿Es éste el periodismo de hoy? Es lamentable, si uno lo piensa detenidamente. Twitter me parece una red respetable, pero se están sacando las cosas de quicio.


El Adelanto de Zamora / El Norte de Castilla

jueves, febrero 10, 2011

Donde los géneros se mezclan

Dentro de unos meses la editora Clea Moreno estará en Zamora para presentar sus últimas publicaciones, ya que va a editar, de momento, a tres zamoranos (y es muy posible que publique a un cuarto, más adelante). Lo más probable, por tanto, es que acuda allí unas tres o cuatro veces. Por eso me permito, hoy, recomendar el último libro que ella ha editado, porque me parece una apuesta arriesgada y porque mencioné a su autor en este espacio y a propósito de su anterior publicación, la novela `La cárcel de Jackson Pollock´. Me refiero a Germán San Nicasio, que repite con Clea en la misma editorial. Ambos traen el `Diario de un escritor delgado´.
Me gustaría mencionar, primero, algo que quienes no me conocen (o no me conocen mucho) no saben de mí. Me refiero a la literatura española. Por lo general no tengo amigos que, con el tiempo, se deciden a escribir y después publican. No. Suele ser al revés. Es decir, que primero leo a un tipo sin conocerlo (es lo mejor para apartar los prejuicios o dejarse influir por la amistad) y, si su obra me gusta, trato de contactar con él, intercambiamos impresiones y alabo sus textos. Lo que sucede es que, tras conocer a ese escritor o a esa poeta, acabamos haciéndonos amigos. No sucede en todos los casos: a menudo no conectas con otras personas. Y el de Germán San Nicasio es uno de esos primeros casos. Primero leí la novela citada. Me pareció un escritor de prosa contundente y quise conocerlo. Nos hemos visto pocas veces: pueden contarse con los dedos de una mano, creo. Y, ahora que Germán publica su diario, lo he devorado. Y lo esperaban con ansiedad. Su novela tiene más sentencias contundentes, más estructura narrativa (lógicamente), es uno de esos libros que deben leerse tomando notas, o subrayando frases, según las manías de cada cual. Pero a mí me ha enganchado aún más su diario. Y puede ser por una de estas tres razones, o por las tres juntas: ya conozco personalmente a Germán y el conocerlo me ayuda a empatizar con su prosa, aunque no siempre comparta todas sus ideas; el diario es un género que me satisface tanto como la novela e incluso puede que ya la supere en mis preferencias como lector; y este libro incluye altas dosis de veneno y mordacidad, con comentarios hacia su entorno y hacia la sociedad y el mundo del espectáculo y la literatura, de modo que su autor concilia el chascarrillo acerca de sus antiguos ligues con la crítica hacia tal o cual actor o tal o cual torero o tal o cual cantaor.
Sin abrir el libro uno ya sospecha que Germán es un provocador. Esto es evidente no sólo en el título, sino también en la fotografía de portada, en la que aparece irreconocible: con el torso al aire, con rimel en los ojos, con una tirita en la nariz, con el pelo algo largo. Luego uno se adentra en su dietario de los primeros meses del año 2009 y comprueba que Germán es de los que no se cortan, que se trata de un escritor de raza con pegada fuerte. Su libro me recuerda un poco, y esto es un elogio, a los diarios de Francisco Umbral (el autor lo cita a menudo como una especie de brújula literaria a la que plagia) y también a la bitácora ya borrada que mi colega Julio Valdeón Blanco escribía tras su traslado a Nueva York. Germán se ha metido a torear con el diario y ha salido airoso: en sus páginas encontramos intimidad e intimidades, crítica social, mala leche, soledad, hartazgo del mundo, notas sobre internet, el rechazo editorial, el cine, las actrices, los toreros, los baretos madrileños y sus amigos… Tampoco es un diario puro, clásico, sino un diario a tono con estos tiempos donde los géneros se mezclan.


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