martes, octubre 17, 2017

Asimetría, de Adam Zagajewski


MALETA

Cracovia nublada por la mañana, las colinas humeaban.
En Múnich llovía, los Alpes, invisibles
y pesados, descansaban en los valles como piedras.

Hasta Atenas no vimos el sol que
provocó que el aire, todo el aire,
toda una inmensa flota de aire
se transformara en oro tembloroso.

Como dicen los escritores religiosos: de repente
me convertí en otra persona.

Soy tan sólo un turista en el mundo visible,
una de entre esas miles de sombras que
deambulan por las salas inmensas de los aeropuertos,

y detrás de mí como un perro fiel con sus pequeñas ruedas
tengo a mi maleta verde.

Soy tan sólo un turista distraído,
pero amo la luz.

**

ACERCA DE MI MADRE

Acerca de mi madre no sabría decir nada,
cómo repetía vas a lamentarlo
cuando ya no esté, y yo no creía
ni en ya ni en no esté,
cómo me gustaba mirarla leyendo una novela de moda,
yendo directamente al último capítulo,
cómo en la cocina, donde pensaba que no era un lugar
adecuado para mí, preparaba el café del domingo,
o, lo que era aún peor, un filete de bacalao,
cómo esperaba a que llegaran los invitados y se miraba
al espejo, haciendo aquella cara que la protegía tan bien
de mirarse cómo era realmente (por lo que parece, eso
lo cogí de ella, igual que otras debilidades),
cómo hablaba con soltura de las cosas
que no eran su fuerte, y cómo tontamente
la hacía rabiar, como aquel día que se comparó
con Beethoven, al perder el oído,
y yo le dije, cruel, pero sabes, él
tenía talento, y cómo me lo perdonaba todo
y cómo lo recuerdo todo, y cómo volé de Houston
a su entierro y no supe decir nada,
y sigo sin saberlo.

**

ESE DÍA

Ese día cuando te llega la noticia
de que ha muerto alguien cercano, un amigo, o alguien
que no conocíamos pero que admirábamos en la distancia;
ese primer instante, las primeras horas: él o ella están muertos,
parece como seguro, inevitable, tal vez incluso
justificado, confiamos (de mal grado) en la persona que nos lo anuncia
por teléfono, desesperada, o tal vez en el locutor de una emisora
indiferente, pero no podemos creerlo,
no podemos aceptarlo por nada del mundo,
porque todavía no ha muerto (para nosotros), no ha muerto,
él (ella) ya no está, pero todavía no ha desaparecido
para siempre, todo lo contrario, parece que esté en el punto
más álgido de su existencia, sigue creciendo,
aunque ya no esté, sigue hablando,
aunque ya haya enmudecido, sigue triunfando,
aunque ya haya perdido, ha perdido su batalla (¿contra qué?
¿contra el tiempo? ¿contra el cuerpo?), pero no, es mentira, ha vencido,
ha alcanzado la plenitud, la mayor plenitud posible,
está tan pleno, es tan grande, tan admirable que no cabe
en la vida, hace estallar los vasos frágiles de la vida,
domina sobre los vivos como si estuviera hecho
de otro material, del bronce más resistente,
pero al mismo tiempo empezamos a dudar,
tenemos miedo, inferimos, sabemos
que al instante aparecerá el silencio
y un llanto impotente.


[Acantilado. Traducción de Xavier Farré]

En Aleteia: Michael Fassbender


You Were Never Really Here: cartel español


Próximamente: Tango satánico


De László Krasznahorkai. En Acantilado.

Cartel de Sweet Country


Cartel de Black Panther


viernes, octubre 13, 2017

En tierras de ficción, de Robert Saladrigas


Dos años atrás comenté (en este blog y en el suplemento de cultura de El Plural) el libro anterior de Robert Saladrigas, De un lector que cuenta, en el que se recogía una amplia muestra de su oficio como crítico. Saladrigas es, para mí, uno de los mejores críticos literarios de este país, si no el mejor. Es alguien que no suele detenerse a destrozar libros, sino sólo a recomendar los que le han gustado. Saladrigas lo apunta en la conversación final, que se incluye como apéndice del volumen: es él quien, por lo general, suele elegir las lecturas y además acierta. Cuando uno lee sus textos, inmediatamente quiere abalanzarse sobre las obras que comenta, pues su mayor virtud (aparte de que sus análisis sean siempre rigurosos) es que te contagia su entusiasmo, te transmite su pasión, te motiva a seguir buscando aquellos títulos que no tenías o que aún no has leído porque están sepultados en las pilas de tu biblioteca.

Robert Saladrigas se convierte, así, en un guía perfecto para la literatura de los siglos XX y XXI, comentando la obra de autores como Joseph Conrad, Katherine Mansfield, Samuel Beckett, Malcolm Lowry, Paula Fox, Witold Gombrowicz, Kjell Askildsen, Louis-Ferdinand Céline, Orhan Pamuk, Clarice Lispector, Juan Carlos Onetti, James Agee, Donald Barthelme, Thomas Pynchon, Siri Hudsvedt o Evan Dara.

Destaco un par de comentarios suyos que, como he apuntado antes, se incluyen en una conversación final entre Saladrigas, Fernando Valls y José María Guelbenzu:

A ver, cuando se dedican a deconstruir los textos, tengo no ya la impresión sino el convencimiento de que realmente no hay texto que pueda salir indemne, ni siquiera el Quijote. Esa labor de clínicos forenses que consiste en potenciar el supranálisis casi científico de la obra bajo la lente de un microscopio que no la tiene en cuenta como expresión artística, me parece que solo ha servido para proporcionar fama académica a la gente que lo ha hecho, pero no ha aportado nada a la literatura. La gran obra sigue siendo un producto de la sensibilidad humana que, por supuesto, tiene fallos. El texto perfecto no existe.

**

Recuerdo la primera vez que leí a Robert Musil. La verdad es que me perdí y lo dejé. Al cabo de los años volví a El hombre sin atributos y me encantó. O los libros que supongo que hoy nadie lee, como La muerte de Virgilio de Hermann Broch, que en mi memoria, en mi formación y mi recuerdo, me parece una obra apabullante e intemporal. Algo tiene que pasar en uno cuando lee y se siente conmovido o bajo los efectos de un cataclismo. Y si no ocurre así, hay que reconocerlo. A lo mejor es un buen libro y a ti no te dice nada, pero sigue siendo un buen libro. Existe una barrera entre cómo percibes una obra y lo que en realidad puedes encontrar en ella.

**

[…] cuando has leído lo grande de la literatura, puedes caer en el grave error de tenerlo como único parámetro. Y de comparar todo lo que estás leyendo hoy –que el tiempo dirá si sobrevive o no– con aquello que sabes perfectamente que el tiempo ha consagrado.


[Menoscuarto Ediciones]  

The Killing of a Sacred Deer: 2º cartel


Cartel de My Friend Dahmer


martes, octubre 10, 2017

lunes, octubre 09, 2017

Próximamente: Relatos de Kolimá. Volumen VI. Ensayos sobre el mundo del hampa


De Varlam Shalámov. En Editorial Minúscula.

En Aleteia: The Bad Batch





Jean Rochefort (1930 - 2017)


Banner de Journey's End


Anne Wiazemsky (1947 - 2017)


Cartel de I Love You, Daddy


La vergüenza, de Annie Ernaux


Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio. Fue a primera hora de la tarde. Yo había ido como de costumbre a misa de doce menos cuarto y después a comprar unos dulces a la pastelería del centro comercial de la ciudad, un conjunto de edificios provisionales construidos después de la guerra. Cuando volví, me quité la ropa de domingo y me puse un vestido de estar por casa. Después de que los clientes se marcharan y de que echáramos el cierre de nuestra tienda de ultramarinos, empezamos a comer.

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Todo el mundo vigilaba a todo el mundo. Era obligatorio conocer la vida de los demás para hablar de ella, y amurallar la de uno mismo para que no hablaran de ella. Había que saber sonsacar a los demás pero sin dejarse sonsacar, y sólo decir "lo que realmente se quería contar". La distracción favorita de la gente era verse los unos a los otros.

**

La salud era una cualidad, "no tiene salud" era una acusación y una señal de compasión. La enfermedad, fuera lo que fuera, se hallaba confusamente unida a la culpa, como si se reprochara al enfermo haber bajado la guardia frente al destino. Pocas veces se concedía a los otros el derecho a estar enfermos con todas las de la ley, siempre se sospechaba que estaban demasiado pendientes de sí mismos.

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La vergüenza siempre lleva consigo la sensación de que, a partir de ese momento, puede sucederte cualquier cosa, de que es algo que no tiene fin, pues la vergüenza se alimenta de vergüenza.


[Tusquets Editores. Traducción de Mercedes y Berta Corral]

Banner de On Chesil Beach


Cartel de The Bookshop


Banner de Brawl in Cell Block 99


Cartel de Never Here


jueves, octubre 05, 2017

Diario (1953 – 1969), de Witold Gombrowicz


No quisiera extenderme demasiado en mi comentario porque, a continuación, irán pegadas numerosas citas de este diario inmenso (en todos los sentidos). Llevaba años queriendo comprarlo y no lo hacía por su precio… Hasta que una mañana de suerte lo encontré en una de esas tiendas del Rastro donde no entienden mucho de libros… y me lo vendieron de primera mano por una cantidad casi ridícula.

La historia de Witold Gombrowicz no tiene parangón en la literatura contemporánea. Empezó a ser polémico en sus primeras publicaciones. El inicio de la Segunda Guerra Mundial le pilló mientras viajaba por Argentina y ya no pudo regresar a Polonia, invadida por los nazis. Se quedó sin nada: sin familia, sin amigos, sin dinero, sin propiedades, sin trabajo, sin un hogar al que volver. En Buenos Aires, sumido en la pobreza durante años, tuvo que partir de cero y compaginar la literatura con otros oficios. Una revista mensual le ofreció escribir una especie de diario, que es éste, pero que no es un diario en el sentido convencional, sino que incluye ensayos, vistazos al pasado, análisis de la literatura polaca de su tiempo, feroces diatribas contra todo y contra todos… A lo largo de 858 páginas de un volumen de grandes dimensiones acompañamos a Gombrowicz en sus caídas y en sus desgracias, pero también comprobamos cómo un gran escritor es capaz de levantarse del fango e ir hacia arriba poco a poco, de tal manera que antes de morir obtuvo el reconocimiento y pudo volver a viajar por Europa.

Se trata de un hombre atrapado, dolido por el menosprecio que le llega desde su lugar de origen, alguien muy dado a protestar, más o menos como Thomas Bernhard (otro grande) en sus novelas. Esta edición, además, incorpora su célebre opúsculo Contra los poetas, que yo ya había leído porque está publicado de manera aislada (y creo que con otra traducción). En este diario encontraréis muchas citas famosas, algunas conocidas porque a su vez las menciona Enrique Vila-Matas, empezando por ese inicio del diario que dice:

Lunes

Yo.

Martes

Yo.

Miércoles

Yo.

Jueves

Yo.

Inicio que supone toda una declaración de intenciones: las siguientes páginas van a tratar de él y de cuanto le afecte y le interese a él. La prosa de Gombrowicz, muy bien traducida o eso me parece a mí, está repleta de garra y de musicalidad. Aquí van unos cuantos ejemplos: 

El rasgo característico de la literatura es la dureza. Incluso la literatura que sonríe bondadosamente al lector es resultado de un duro desarrollo de su creador. Y la literatura debe tender a agudizar la vida espiritual y no a tolerar semejantes muestras de escritura marginal.

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Transparencia. Hay que poner las cartas boca arriba. Escribir no es otra cosa que una lucha llevada por el artista contra los demás por su propia celebridad.

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Me he puesto a escribir este diario sencillamente para salvarme, por miedo a la degradación y a un total hundimiento entre las olas de la vida trivial que ya me está llegando al cuello. Pero resulta que tampoco en esto soy ya capaz de esforzarme plenamente. No se puede ser una nulidad durante toda la semana para ponerse a existir el domingo.

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Pervive en mí la convicción de que el escritor que no sabe escribir de sí mismo es incompleto.

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Nuestro verdadero problema es precisamente el envejecimiento, ese aspecto de la muerte que experimentamos cada día, y más que el mismo envejecimiento, aquella particularidad suya que consiste en que esté tan terriblemente, tan totalmente alejado de la belleza. Lo que nos atormenta no es nuestra lenta agonía, sino más bien el hecho de que el encanto de la vida se nos torna inasible.

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Con las palabras hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la gente y no al arte. Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto, en mis obras artísticas soy más desenvuelto.

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¿Es justo que un autor esté indefenso ante el crítico? ¿Por qué razón debo aceptar sin protestas que me juzgue públicamente el señor X., que a lo mejor posee menos conocimiento de la vida que yo y que casi seguro tiene bastante menos idea acerca de lo que son problemas míos y no suyos? ¿Por qué la opinión del señor X., que al fin y al cabo es una opinión personal más, ha de adquirir el valor de una sentencia por el solo hecho de que él escribe en un periódico? ¿Por qué debo soportar esta arrogancia y esta impertinencia, esta apresurada incuria que lleva el solemne nombre de crítica?

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Mi pregunta es la siguiente: ¿cómo un hombre inferior puede criticar a otro superior, juzgar su personalidad, valorar su trabajo? ¿De qué modo puede suceder esto sin convertirse al mismo tiempo en un absurdo?

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Después de tantos años llenos, a pesar de todo, de esfuerzos y de trabajo, ¿quién soy? Un oficinista rendido por siete horas diarias de darle vueltas a la noria, ahogado en todos sus proyectos literarios. No puedo escribir nada aparte de este diario. Todo se va al garete porque cada día durante siete horas cometo el asesinato de mi propio tiempo. Tantos esfuerzos dedicados a la literatura y ella no es capaz de asegurarme hoy un mínimo de independencia material, ni siquiera un mínimo de dignidad personal. ¿"Escritor"? ¡Qué va! ¡Sobre el papel! En la vida, un cero, un ser mediocre. Si el destino me hubiese castigado por mis pecados, no protestaría. Pero yo he sido destruido por mis virtudes.

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La vida del hombre se convierte con los años en una trampa de acero.

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Por tanto, no es malo que los versos contemporáneos no sean accesibles a cualquiera, lo que sí es malo es que hayan surgido de la convivencia unilateral y restringida de unos mundos y unos hombres idénticos. Al fin y al cabo, yo mismo soy un autor que defiende obstinadamente su propio nivel, pero al mismo tiempo (lo digo para que no se me eche en cara que practico un género que combato), mis obras ni por un momento se olvidan de que fuera de mi mundillo existen otros mundos. Y si no escribo para el pueblo, no obstante escribo como alguien amenazado por el pueblo o dependiente del pueblo, o creado por el pueblo.

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La literatura seria no existe para hacernos la vida más fácil, sino para complicárnosla.

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Hoy me he despertado con un sentimiento de deleite por no saber qué es un premio literario, por desconocer los honores oficiales, los mimos del público y de la crítica, por no ser "de los nuestros" y por haber entrado en la literatura a la fuerza, arrogante y burlón. ¡Yo soy el self made man de la literatura! Más de uno se queja de haber tenido unos comienzos difíciles. Pero yo he debutado tres veces (una vez antes de la guerra, en Polonia, otra vez en Argentina y una tercera en polaco en la emigración), y ninguno de estos debuts me ha escatimado humillaciones.

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Oh, pero no es Borges quien me irrita, con él y con su obra yo llegaría a entenderme de alguna manera cara a cara…, lo que me irrita son los borgianos, ese ejército de estetas, cinceladores, expertos, iniciados, relojeros, metafísicos, sabihondos, sibaritas… ¡Este artista puro tiene la desagradable capacidad de movilizar en torno suyo todo aquello que hay de más mediocre y castrado!

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Sí, un escritor debe herir. Es igual que en el amor: hay que llegar a la carne viva a través de la ropa.

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Probablemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable.

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Después de todo es bastante triste: consagrarse al arte y estar al mismo tiempo excluido del arte, de su ceremonial, de sus jerarquías, de sus valores, de sus encantos –con una desconfianza casi campesina, con una sonrisa campesina entre astuta y malévola.


[Seix Barral. Traducción de Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles]

Trailer de Intent to Destroy


Cartel de All I See Is You


Cartel de Death Wish (2017)


martes, octubre 03, 2017

viernes, septiembre 29, 2017

Elogio del caminar, de David Le Breton


De cuantos ensayos he leído sobre el tema de las caminatas, probablemente éste sea mi favorito. El que más me ha llenado y del que más citas he ido copiando. David Le Breton se sirve de una bibliografía exhaustiva y muy provechosa, cuyos títulos se indican al final (algo que no se hace, por desgracia, en otros libros del tema) y va enlazando fragmentos de esas obras y anécdotas de otros viajeros y escritores célebres para componer un análisis magistral del acto de caminar. Caminar por el campo y por los bosques. Caminar por las ciudades y por los pueblos. Viajar descubriendo mundo como si los exploradores también fueran "caminantes de horizontes". Un libro de una belleza sin igual, para irlo degustando despacio, a ser posible mientras se viaja a otras zonas y se camina por las ciudades, como hice yo en los días de verano en que lo leí. Otra de esas perlas que debería haber leído hace tiempo, y de la que os dejo varios extractos:

Caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo.

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Caminar, incluso si se trata de un modesto paseo, pone en suspenso temporalmente las preocupaciones que abruman la existencia apresurada e inquieta de nuestras sociedades contemporáneas. Nos devuelve la sensación del yo, a la emoción de las cosas, restableciendo una escala de valores que las rutinas colectivas tienden a recortar.

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Al principio del viaje hay un sueño, un proyecto, una intención. Unos nombres que excitan la imaginación; una llamada al camino, al bosque, al desierto; la intención de evadirse de lo ordinario para una escapada de unas cuantas horas o de unos cuantos años.

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La comida, aunque poca, nunca sabe tan bien como en el momento del alto en el camino, que sigue al esfuerzo continuado durante horas. Caminar transfigura los momentos normales de la existencia, los reinventa con nuevas formas.

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Caminar es una biblioteca sin fin que escribe, en cada ocasión, la novela de las cosas habituales en el camino y nos enfrenta a la memoria de los lugares, a las conmemoraciones colectivas señaladas por placas, ruinas o monumentos. Caminar es una travesía por los paisajes y las palabras.

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El caminante es un hombre del intersticio y del intervalo, de lo que está entre las cosas, pues al tomar las rutas secundarias se sitúa en la ambivalencia de estar a la vez dentro y fuera, aquí y allí.

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El caminante crea el camino a la medida de su cuerpo, de su aliento; no le debe nada a nadie, ni para dormir, ni para comer, ni para avanzar a lo largo de su camino –elige a sus acompañantes y cuando le place se refugia en su soledad–.

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Caminamos también para escribir, contar, capturar imágenes en palabras, mecernos a nosotros mismos en dulces ilusiones, acumular recuerdos y proyectos.

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Cada habitante de la ciudad tiene sus espacios, sus recorridos predilectos, forjados al hilo de sus actividades, que coge de manera unívoca o que varía según su humor, el tiempo que haga, sus ganas de darse prisa o de vagabundear, las compras que tenga que hacer por el camino, etc. Alrededor de cada urbanita se dibuja una miríada de caminos vinculados a su experiencia cotidiana de la ciudad: el barrio donde trabaja, el de sus quehaceres administrativos, el de las bibliotecas que frecuenta, donde viven sus amigos, los que conoció en su infancia o en diferentes periodos de su vida. Tiene también sus zonas de sombra, los lugares a los que nunca va porque no se asocian con ninguna actividad ni con ningún estímulo, a no ser que pase por ellos en coche alguna vez pero sin la curiosidad suficiente para detenerse, o los lugares que, por lo que sea, le dan miedo.

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El flâneur camina por la ciudad como lo haría por un bosque: dispuesto al descubrimiento.

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La persona que camina por la ciudad se baña en una sonoridad que a menudo se vive como algo extremadamente desagradable. El ruido es un sonido de valor negativo, una agresión contra el silencio o simplemente contra toda pretensión de moderar el estruendo.

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Caminar fabrica lentamente el sentido que permitirá reencontrar la evidencia del mundo; a menudo se camina para reencontrar un centro de gravedad, perdido al haber sido alejado de uno mismo. El camino recorrido es un laberinto que provoca el descorazonamiento y el cansancio; pero su salida, radicalmente interior, es a veces un reencuentro con el sentido y con el gozo de saber que hemos invertido, a nuestro favor, todas las dificultades con las que nos hemos cruzado. Muchas rutas son travesías del sufrimiento, que nos acercan lentamente a la reconciliación con el mundo.

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En la trama del camino, hay que intentar reencontrar el hilo de la vida.


[Ediciones Siruela. Traducción de Hugo Castignani]

You Were Never Really Here: cartel francés


Cartel de The Bachelors


Cartel de Waru


jueves, septiembre 28, 2017

Stanley y las mujeres, de Kingsley Amis


Leer a Kingsley Amis siempre resulta divertido: su prosa suele ser fina, propia de un caballero inglés, pero sus intenciones suelen estar recargadas de ácido. Stanley y las mujeres, según parece, fue el resultado de la catarsis que siguió a su separación de la escritora Elizabeth Jane Howard: en estas páginas quiso invertir su rabia y su malestar. Aunque estamos ante una obra de ficción, es el caramelo envenenado con el que Amis se desquitó de aquel mal trago.

Si en el libro abundan los toques de comicidad, sin embargo al lector le esperan dos dramas potentes:

Uno es el tema de la separación, del que en la página 64 de esta edición nos dice: Divorciarse es una de las cosas más violentas que pueden sucederle a uno y no es fácil llegar a asimilarlo del todo. De hecho, jamás se consigue. Stanley Duke ya se pelea a menudo con su ex esposa (la primera), cuando su mujer actual decide abandonarle.

El otro es el tema de los desequilibrios psicológicos. La trama arranca cuando el hijo de su primera esposa, Steve, empieza a seguir patrones de conducta que los demás sólo pueden identificar con la locura. Esa nueva situación genera cambios y estrategias forzosas (llevarlo al psiquiatra, poner al corriente a su madre, rescatarlo cuando se mete en líos y provoca a los demás, ingresarlo en un hospital…) y desemboca en las broncas del protagonista y narrador con las mujeres de su entorno. Éste es un tema verdaderamente duro, de connotaciones agrias, aunque Amis lo disfraza con observaciones humorísticas y numerosos diálogos.

Es una novela que incomoda, especialmente por las diatribas y los exabruptos del narrador, quien pese a ello a veces (sólo a veces) nos resulta simpático del mismo modo que nos caía bien Gregory House a pesar de las crueles parrafadas que soltaba a menudo. Stanley es, en el fondo, un hombre incapaz de corresponder a quien lo necesita con una palabra amable; tal vez por eso su hijo le dice, cuando el padre lo envía al hospital, que su intención es quitárselo de encima (Te estás deshaciendo de mí, ¿verdad? Eso es lo que quieres. Padre). En este párrafo, que describe un momento íntimo con su segunda mujer, el propio narrador queda bien retratado:

Se agachó y me besó. Estando sentado a la mesa como estaba, el abrazo que nos dimos fue un tanto extraño, pero no importó demasiado. Me habría gustado decirle muchas cosas, todas buenas y agradables, pero no supe ordenarlas o hacerlas sonar como es debido en mi cabeza, de modo que me limité a emitir unos cuantos sonidos agradables y amistosos y a acariciarle el cuello. Pasado un minuto, se levantó y fue a hacer el té.


[Impedimenta. Traducción de Eder Pérez Garay]

Gotti: primer cartel


Próximamente: Conviene tener un sitio adonde ir


De Emmanuel Carrère. En Anagrama.

Darkest Hour: nuevos carteles




Cartel de Euphoria


Pacific Rim: Uprising: 3 carteles




martes, septiembre 26, 2017

En el barco de Ise. Viaje literario por Japón, de Suso Mourelo


Llega en ocasiones durante el viaje un momento en que se produce una embriaguez: el desapego. Un tiempo en que el alma flota y los pies se aligeran. El pasado se empequeñece y el futuro no existe. Solo lo que ocurre cuenta. Aparece tras tiempo de alejamiento, de abandono de los rituales. Tras oír docenas de voces ajenas y escuchar la de uno mismo. A veces sucede en un lugar hermoso, en un barco o en un tren, y siempre alcanza al peregrino en soledad. A mí me invadió en Tottori, una ciudad deslavazada e impersonal, de camino a un mar de dunas.

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Me había levantado tarde, vencido por la deuda de sueño contraída en Hiroshima. Tomé té con mandarinas y salí a la mañana. La vida andaba a cámara lenta, a paso de domingo. Los rostros danzaban como hermosos fantasmas de un sueño.
Oí una canción.
Era yo quien cantaba. Me habían contado que las melodías salen solas en momentos de miedo. Acababa de descubrir que también ocurre al contrario.

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Le dije que mi encuentro con más mujeres que hombres venía a compensar una carencia: salvo Takasue no musume, la autora de aquella antigua crónica de viajes, y algunas poetas mi mapa literario lo habían trazado hombres. Los novelistas que me guiaban eran varones. Los escritores japoneses de los últimos siglos traducidos a lenguas occidentales son hombres y yo había elegido no seguir autores vivos. Las mujeres reales serían el contrapeso a las heroínas románticas y a las mujeres fatales de las novelas del siglo XX.
-Creo que si leo relatos de hombres y solo hablo con hombres me perderé la mitad del país.

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Traicionaría a Hiroshima quien prescindiera de su pasado, pero lo haría también quien solo buscara eso. ¿Qué sentido tendría un viaje andamiado solo en los parajes de la historia? Cada viajero emprende un rumbo distinto a un mismo destino. Para el peregrino el camino es un viaje a las personas. Todo lo que conduce a ellas –novelas, historia, leyendas, arte, naturaleza– son las excusas.

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Un viaje acaba, también, porque el viajero se vuelve algo impermeable. Porque los instantes de asombro se vuelven más extraños. Hay una nostalgia en el final, cuando el nómada deja de serlo. Cuando no desea o no puede seguir más huellas. Cuando descubre que cuando regrese a ese lugar ya no lo hará como peregrino.


[La Línea del Horizonte Ediciones]

Otro cartel de Mother!


Cartel de Maze


Based on a True Story: primer cartel