viernes, junio 23, 2017

En busca de New Babylon, de Dominique Scali


Es una época de mierda, pero, cuando haya pasado, alguien habrá que la eche de menos.

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En la naturaleza todas las cosas que se combaten son iguales a su manera. Cuando se observa el desierto, cada punto es susceptible de transformarse en sujeto. El desierto es el infinito de los puntos focales. Se le añade una colonia humana y se convierte de inmediato en el centro del paisaje. Aquel era el efecto que producía Virginia City. Uno tenía la impresión de estar en el centro del universo.

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En una ciudad sin futuro, no había nada más hermoso que los monumentos del pasado.

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"¿Qué diría tu padre si nos viera?", se quejaba la madre a menudo. Entonces la hija se mordía la lengua para no responder: "Un hombre no debería pedirle a una mujer que se mantenga en su sitio cuando él no ha ocupado el suyo".
Sería un error pensar que Pearl Guthrie era indiferente al qué dirán. La prueba está en que, años más tarde, confesó al reverendo Aaron: "Recorres cientos y cientos de millas, te vas al otro extremo del mundo, pero, en el fondo, todo lo que haces lo supeditas a las habladurías que llegarán a casa. Igual que cuando te acuestas con un hombre para herir a otro. Imagino que para ustedes, caballeros, sería lo mismo que dispararle a un hijo de puta que te recuerda al hijo de puta que se te acaba de escapar".

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No es el hecho de estar siempre en movimiento lo que me convierte en nómada, sino el hecho de no volver jamás.

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No es culpa mía si la victoria de un hombre implica la derrota de otro.

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Me obsesionan los nuevos comienzos. Todas las tardes, Sam garabateaba unos trozos de papel y después los quemaba. Decía: "Hijo, cada vez que las cosas se tuerzan, quema algo y verás cómo te sientes mejor. Si te enamoras de una joven, escribe su nombre en un trozo de papel y guárdalo cerca del corazón. Y si descubres que la joven ya no te quiere, lo quemas. Será un nuevo comienzo. No hay nada mejor que mirar cómo algo se vuelve humo". El fuego tiene su propia vida. En un segundo, tu pequeño poblema se vuelve el poblema de todo el mundo.

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"Pobre niño –me decía ella–. Te crees que vas a alguna parte. El desierto está en todos lados. El desierto está en la repetición."

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En Kyle, Texas, inventó un sermón que regañaba a los que venían a establecerse en el Oeste para huir de las autoridades, de sus enemigos o de sus problemas, fueran los que fueran. "Vuestros fantasmas os seguirán adonde vayáis", declaró.


[Hoja de Lata. Traducción de Luisa Lucuix]

Jurassic World: Fallen Kingdom: primer cartel


Cartel de The Foreigner


jueves, junio 22, 2017

Hombres en el espacio, de Tom McCarthy


Que nuestros puestos determinasen el lugar que ocupara el Asociado Markov, y de ahí la necesidad de que Maňásek saliera de su piso –toda una serie de desplazamientos– suscita en mí una pregunta que llevo rumiando algún tiempo: ¿es de hecho posible, realmente posible, hacer lo que hacemos –a saber, observar acontecimientos–, sin influenciarlos? ¿No damos forma, hasta cierto punto, a las mismas situaciones sobre las cuales reportamos, y al hacerlo ayudamos a forjar la culpa o la inocencia de nuestras presas? No sé qué importancia tienen estas cavilaciones, pero en mi opinión hay motivos para anotarlas.

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Cabría pensar que el daño causado a mi aparato auditivo por los extensos periodos de escucha en las inmediaciones de los apartamentos de, primero, el Sujeto y, luego, Maňásek, mezclados con los fuegos artificiales del 31 [treinta y uno] de diciembre, y exacerbados por los golpes recibidos en la cabeza en Korunní al día siguiente, habían disminuido mi capacidad auditiva. Por el contrario, todo ello parece haberlos aumentado. Es como si ahora pudiera oírlo todo, y al mismo tiempo: tráfico, voces, sonidos de multitudes en bares y plazas, en estadios de fútbol y auditorios, el crepitar de radios y aparatos de televisión. Me parece oír los sonidos hechos por letreros de neón, fluorescentes, tendido eléctrico y transformadores, el ruido atmosférico producido por los rayos descargados durante tormentas, el ruido galáctico causado por los disturbios originados en el exterior de la ionosfera. Pero todo ello es ruido: he perdido la señal. Ahora tan sólo capto interferencias.

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Sé que suena ridículo decir tal cosa dado que todos los mares son planos; pero este mar es plano de la manera más asombrosa. Imagina una bahía helada que se extiende pura y blanca desde el muelle. Imagina patinadores yendo incesantemente en círculos, haciendo piruetas, deslizándose, pasando junto al ocasional barco firmemente anclado en el hielo. Y no te imagines ninguna viñeta tipo Bruegel tamaño bombonera: este paisaje congelado no es social como el suyo; es sobrenatural, toda forma y movimiento se vuelven abstractos conforme se abren al infinito blanco. La tierra se funde sin transición con el mar, el mar con el cielo, que también es blanco. Acabo de pasarme casi dos horas sentado en un banco buscando un eje: una línea en el horizonte, cualquier tipo de límite. Pero no he encontrado ni uno. Tan sólo hay espacio, y además éste como que desaparece en sí mismo.

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Había además unos enormes cilindros, o tubos, apilados en pirámide. Estaban corroídos. Creo probable, aunque no con total seguridad, que fuesen antiguas partes de una tubería de gas o de saneamiento. Destinadas a yacer bajo el suelo, permanecían sin embargo sobre éste, a plena vista de los transeúntes mientras, a la inversa, los conductos se internaban en las profundidades, como para ventilar un mundo de personas que hubieran elegido llevar existencias subterráneas en una red cavernosa de habitaciones y túneles. Algunas cosas deberían permanecer ocultas, otras no. ¿Por qué escribo esto? No lo sé, y con todo me parece que he de hacerlo, para que conste.

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Aún tenía el micrófono direccional, si bien sus pilas estaban bajo mínimos y en cualquier caso de nada servía dado que yo ya no oía nada en absoluto: todos los sonidos dislocados que me asaltaban hace unas semanas se han desvanecido, sin dejar nada en su lugar. Cuando recorro la ciudad, me parece estar viendo la televisión, o una película, sin sonido. La gente habla, quizá a mí, quizá no, pero de sus bocas no salen palabras. Los coches y los tranvías pasan deslizándose en silencio. El mundo parece vaciado de contenido: sus objetos y ubicaciones permanecen, pero el campo de transmisión que los recorría, envolvía y unía ha desaparecido. Pese a esta total pérdida de campo, yo continúo observando y registrando como mejor puedo; si bien me pregunto a quién debería dirigir mis comunicaciones. Mis superiores se han alejado, se me han vuelto inaccesibles.

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Helena alza la vista de las figuras del cuaderno, deja vagar la mirada por el espacio. Amor, comprensión, soledad. De las tres, sólo soledad es segura: cada uno en nuestra esfera, bloque u óvalo individual; apartados, solos. Anton no volvió anoche. Tampoco llamó esta mañana. Tal vez la soledad sea la verdad del amor, de la comprensión, la base y el legado de ambas voces: una aceptación de la soledad. El santo, flotando hacia las alturas, mezclándose con su soledad, con toda soledad mientras se alejaba de los hombres y sus barcos, la ciudad, las personas tristes y caídas de la ladera de la montaña. El estudiante de los sorbetones se ha ido ya. Todos, de hecho: la biblioteca está vacía salvo por el joven que atiende el mostrador y una limpiadora menuda y mayor. Ésta se mueve despacio por las hileras de mesas recogiendo libros que han sido dejados abiertos, sin devolver, o empujando con una escoba vieja los restos de papeles arrugados que hay tirados por el suelo como escombros del conocimiento, sus despojos.


[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]  

Próximamente: Un pueblo de Oklahoma



De George Milburn. En Sajalín Editores.

Cartel de Person to Person


miércoles, junio 21, 2017

En Playtime / El Plural: 4 recomendaciones para junio



Novelas de 
Tom McCarthy, 
Tony Tulathimutte, 
Charles Simmons 
y Dominique Scali: 
aquí.

Trailer de Marie Curie: The Courage of Knowledge


Agua salada, de Charles Simmons



En el verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó.

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Madre era la que me decía lo que podía y no podía hacer. Padre me decía lo que debía y no debía hacer.

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-Michael, a ti Zina te parece una chica, pero es una mujer hecha y derecha. Te partirá el corazón como no te quites esa idea de la cabeza. En la vida uno no obtiene lo que quiere por desearlo; uno obtiene lo que la vida le da.

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-A lo mejor a Zina no le apetece contártelo a ti –terció madre–. Por mi parte, no estoy de acuerdo en que el amor sea un consuelo para la condición humana; para mí, forma parte de la condición humana. Unas veces sale bien y otras veces no, como casi todo en esta vida. Pero siempre es una ilusión. El ser amado no responde a nuestras expectativas, y cuando el amor perdura más allá del desencanto también se convierte en un cepo.
Pregunté:
-¿Por qué el ser amado no responde a nuestras expectativas?
-Porque tenemos unas expectativas muy altas y el ser amado tiene sus defectos. –Se volvió hacia padre y le dijo–: ¡Díselo!

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Lo que yo sentía por ella incluía también el sexo, pero el conjunto era mucho más importante que el sexo.

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-Dos personas se juntan y tienen un hijo, ¿sabes? Nunca hay tiempo suficiente, nunca se duerme lo suficiente. Mal que bien, sales adelante. Y las cosas se vuelven más sencillas. Lo que era imposible se vuelve posible. Consigues plantearte las cosas a un año vista. Al principio no podías ni plantearte siquiera el fin de semana. Ahora sabes lo que pasará, lo sabes de sobra.


[Errata Naturae. Traducción de Regina López Muñoz] 

Cartel de Bronx Gothic


Cartel de Thank You for Your Service


martes, junio 20, 2017

Ciudadanos particulares, de Tony Tulathimutte



Una de las grandes alegrías de Barr era ver jodidos a los idiotas, y si uno no estaba contribuyendo al sistema de producción, se estaba quedando jodido. Era de esos hipócritas que pasaban por alto las novelas porque eran "inventadas", aunque todavía veía películas. Le gustaba mirar por las ventanas el interior de los gimnasios y reírse, porque despreciaba tanto a la gente gorda como el esfuerzo no pagado.

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La realidad dura una eternidad: el modo como andaba la gente bajo el agua y mandaba sus voces tambaleándose por el aire, cómo las palabras impresas yacían inertes como bichos aplastados, todo manifestando la obviedad básica del plano físico. Cuando decidió ir a algún sitio se preguntó por qué no estaba ya allí. En cuanto mandaba un email tenía la sensación de que ya debería recibir respuesta. Y al enterarse de cualquier hecho, le fastidiaba no haberlo sabido ya, porque cuando quiera que pasaba algo, la conversación sobre ello ya había sido tratada y vuelta a cagar un millar de veces en Internet, hasta que todos los pensamientos parecían redundantes. Necesitábamos contacto de cerebro a cerebro; solo entonces podríamos atrapar el tiempo real. Justo ahora todo avanzaba con tanta lentitud que para cuando llegábamos al futuro este ya era presente otra vez. Todo sería fastidioso hasta que los sentidos fueran superados y todos los medios de comunicación se ocupasen del mensaje liberado.

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-Oye, ¿eso no es de Google?
-Sí –dijo Will–. Desgraciadamente para ti, Google es el capitalismo en su máxima expresión. Si quisieran esclavizar el mundo, ya lo habrían hecho.
[…]
-El modo en que las empresas tecnológicas convierten los servicios en verbos y los productos en nombres. ¿No te deprime que googlear se llame googlear? ¿Qué privaticen el lenguaje? Incluso se apropian de las letras I y E.
-Y de ti, no lo olvides.

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Cory ladeó la cabeza.
-No estoy segura de que eso tenga nada que ver con mi empresa.
-Olvida tu empresa. Quiero saber de tus asuntos. ¿Es justo decir que eres escéptica con respecto a nosotros? ¿Tienes ciertas pegas propias?
-Eso es válido.
-Dime por qué, guapa.
Cory examinó la cara brillante de Perch en busca de claves en el tono, pero solo vio que anticipaba amabilidad.
-Bien, para empezar, ustedes convierten a los emprendedores en unos caballeros blancos heroicos, cuando es un hecho que montones de ellos van a evadir impuestos, comprar a políticos y proyectos de leyes, saquear y desmantelar recursos públicos, y destrozar el medio ambiente, con responsabilidad cero, solo para enriquecerse ellos y sus accionistas.

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Algunas personas con vidas espantosas no se suicidaban, pero eso no quería decir que no lo harían. Muchas personas no estaban vivas y no importaba. Uno no lo podía lamentar.

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Añadió que, considerando sus heridas, en realidad debería de estar muerta. Tenía razón. Era trágicamente recompensada antes de tiempo; desde que leía, la mayoría de la gente que le importaba estaba muerta o era ficticia. En Valéry, Fedro se quejaba de que no podía oír ni ver en el inframundo, y Sócrates contestaba: Quizá no estés lo suficientemente muerta. Eso siempre fue lo atractivo de una vida vulgar, tener dolor, parecer que se persiste sin importar de qué, lo que le negaba la inmortalidad de la muerte.

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Puedo admitir determinadas cosas ahora: que no puedo estar sola. Que ambición, transgresión y justa venganza a fin de cuentas no eran suficientes. Y al final que mis ganas de escribir no tienen nada que ver con talento o expresión. No es que yo tenga un camino que seguir con las palabras; es que no lo tengo sin ellas.


[Alba Editorial. Traducción de Mariano Antolín Rato]

Próximamente: La apasionada vida de Modigliani



De André Salmon. En Acantilado.

Cartel de Brigsby Bear


En Aleteia: Capitán Calzoncillos




domingo, junio 18, 2017

Próximamente: Homo poeticus



De Danilo Kiš. En Acantilado.

John G. Avildsen (1935 - 2017)


Wind River: 2º cartel


Stephen Furst (1955 - 2017)


viernes, junio 16, 2017

El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson, de Lawrence Weschler


Creo que la primera pista sobre este libro (un ensayo sobre el Museo de Tecnología Jurásica de David Wilson, sito en Los Ángeles) la encontré en el volumen El nuevo Nuevo Periodismo, donde entrevistaban al periodista Lawrence Weschler y hacían un repaso por sus obras. Encontrar un ejemplar, como es habitual en libros publicados hace años y que no han tenido demasiada vida comercial, fue imposible: o estaba agotado o descatalogado o quedaban alguno en Iberlibro (al precio de unos 90 euros). Eso fue hace un año y pico y no perdí la esperanza de toparme alguna vez con este reportaje, lo que ocurrió finalmente hace unas semanas en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión: encontré un ejemplar al precio de 5 euros. Eso para que uno se fíe de las búsquedas en internet y de los precios de Iberlibro... Al final, para lectores y bibliófilos y buscadores de rarezas, lo mejor es indagar sobre el terreno, patearse ferias, librerías donde no han informatizado el catálogo y, sobre todo, rastros y mercadillos.

El gabinete de las maravillas de Mr. Wilson es, como su título, una pequeña maravilla de unas 160 páginas: un recorrido por ese insólito museo y por las historias contenidas en su interior. Lo mejor es que Weschler no sabe, en ocasiones, dónde empiezan y acaban los límites entre el muestrario real y el muestrario falso. Es decir, es evidente que no todo lo que se halla en estos museos de anomalías es verdadero, porque algunos embaucadores engañan al personal y se inventan historias sobre objetos recopilados en tierras remotas. Pero ésa es precisamente la gracia de esos museos y del libro de Weschler: que no sepamos con certeza dónde está la ficción y dónde la realidad. Las cosas más insólitas, a menudo, acaban siendo ciertas. Cuernos de humanos, microminiaturas talladas en huesos de fruta, muestras de hormigas hediondas a las que les ha crecido una púa en la cabeza tras ingerir cierta espora… Como dice el propio David Wilson, dueño del gabinete: La naturaleza es más increíble de lo que cualquiera pueda imaginar.


[Seix Barral. Traducción de R. M. Bassols]

Baby Driver: 7 carteles








The Mountain Between Us: primer cartel


miércoles, junio 14, 2017

El coleccionista de juguetes, de James Gunn


Todo el mundo conoce ya más o menos el nombre de James Gunn, o quizá sólo les resulte vagamente familiar… Gunn se ha hecho ya célebre por escribir y dirigir los dos volúmenes de Guardianes de la galaxia. En 2000 publicó The Toy Collector, que aquí tradujo Mondadori como El coleccionista de juguetes. Entonces la presentaron como una de las novelas de la denominada The Next Generation (donde también estaban George Saunders, Matthew Klam, Michael Chabon, etc) y fue una de las pocas que no compré, quizá por falta de presupuesto. Más tarde intenté comprarla y ya no hubo manera: estaba agotada/descatalogada. Y no hace demasiado la conseguí gracias a una librería de viejo.

El coleccionista de juguetes es una de esas novelas de iniciación, o de formación, sobre cómo un niño crece y tiene que dejar atrás la infancia. La frase clave del libro está hacia el final: Que Dios diera la vida al hombre y luego se la quitara no era ni con mucho tan malo como que Dios le quitara la infancia y le diera la vida. Gunn consigue en esta novela esa mezcla, tan acertada (véanse las dos películas de los guardianes de Marvel), de drama y comedia que acaba funcionando porque te desconcierta y te pilla desprevenido. En los citados filmes hay mucho humor, hasta que entonces estalla un drama oculto y a alguien lo despedazan o muere o se sacrifica por el resto. En la novela ocurre lo mismo, aunque predomina un poco más el drama.

James Gunn nos introduce en la historia de dos hermanos (uno de ellos, el narrador, se llama James Gunn) que adoran los juguetes por encima de todo. Cuando crecen, uno de ellos ha logrado asentarse con un buen trabajo, una novia, etc. Pero el narrador aún arrastra conductas relacionadas con el pasado: sigue comprándose juguetes cuando puede, bebe demasiado, se relaciona con mujeres con las que no sabe si quiere proseguir o no, roba medicamentos y los vende… Gunn va alternando los episodios de la infancia y los de la adolescencia con la madurez, y en el libro podemos rastrear algunos de los rasgos que luego colocaría en Guardianes: un adulto que colecciona juguetes, hermanos que acaban enfrentándose aunque en el fondo se aman, tensiones sexuales no resueltas, un anclaje con el pasado difícil de superar, problemas con la paternidad… Es una gran novela, y deberían reeditarla ahora que James Gunn ya está en lo más alto. Aquí va un extracto de las primeras páginas:

A Tar y a mí nos encantaban tres cosas: los dinosaurios, las metamorfosis y las máquinas. Tener en las manos ese juguete era como tener un juguete diseñado por Dios expresamente para nosotros. Nunca lo habíamos visto en ninguna tienda ni en ningún anuncio (más tarde nos enteramos de que la FDA lo había prohibido poco después de que saliera al mercado). Era el juguete que queríamos, no nos hacía falta buscar más.


[Mondadori. Traducción de Aurora Echevarría]

Flatliners: primer cartel


Anita Pallenberg (1944 - 2017)


Spider-Man: Homecoming: otros 3 carteles




lunes, junio 12, 2017

En Aleteia: I Am Not a Serial Killer




Oscuras Epopeyas (1995 - 2015), de Ángel Fernández Benéitez


EL VENDEDOR DE POEMAS

Hay quien vende poemas por las calles.
Gente de poca monta que por unos duritos
te entrega unas palabras.
No son nuevos juglares ni persiguen la gloria.
En general son yonquis y gentes desoladas.
A veces con descaro, se copian cinco versos
de alguna antología más o menos ruinosa
que en algún bar moderno de Malasaña, acaso,
con ínfulas de culto y de tertulia progre,
se expone entre volúmenes sobados.

Alegan una causa tan noble como el hambre
y sonríen sin gracia con un vacío oscuro
donde crecieron dientes, los nuevos, que llenaron
el hueco de los años ya sin leche.
Ya no queda ninguno.
Poemas para tontos por unos duros sólo
de los grandes poetas conocidos.

Pero otros, menos ricos,
poemas tan triviales como la vida misma
se deben a la voz que escapa por el hueco
donde hubo una sonrisa de Profident blanquísima
que una madre juiciosa
cuidó con mucho esmero.

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EL VIAJERO

Escribo, por ahora, desde el aeropuerto
donde el aire es ausencia y puerta del destino.
El suelo está bruñido por tránsitos y adioses
y escribo ya asfixiado de soledad umbría
después de muchos años que han sido desamparo.

A merced del olvido siempre torpe,
pasajeros remotos recorren las estancias
cuya luz acribilla bancos abigarrados:
ejecutivos nuevos flamantes en sus ternos,
turistas arlequines afanosos
de empecinados rumbos programados,
parejas en deshielo
con la urgencia de amor clavada en la mirada…
Toda la feria humana de vanidad errante y los socios
más tristes, solitarios y oscuros
que guardan su congoja ante un periódico
me acompañan aquí, en hora de partida.

Es una multitud que se despide
en antesala abierta, respirando el vacío
que por aquí dejaron oscuros transeúntes diferentes.
Muy sereno, al borde de la nada,
este tráfico aéreo comparto agazapado
tratando de olvidarme del olvido.
Un Airbus moderno pondrá en fuga estas sombras.
Sus modernas maletas hacia consignas raras
portarán los secretos
que una mano guardó en alcoba distante.

He comprado en la tienda algunas golosinas,
un perfume italiano sin impuestos
y he tomado un café sentado al filo
de la inquietud urgente que avisan altavoces.
Mientras, una excursión de críos
ausentes de sus padres, en viaje escolar seguramente,
me arrancaba hasta el alma en su alboroto.

Y ahora ya me embarcan
sin alma, con un olvido sordo.
Mi aire se hace ausencia y por el suelo
ya vuelan intangibles los adioses.
Cierro mi carta aquí
y me entrego a pasillos vacilante.


[Editorial Semuret]

domingo, junio 11, 2017

Adam West (1928 - 2017)



Cartel de Wind River


Glenne Headly (1955 - 2017)


viernes, junio 09, 2017

Carter, de Ted Lewis


Dejé la bolsa en el suelo y me quedé mirando al camarero. No se movió.
-Una pinta de bitter –dije.
Descruzó los brazos, extendió uno hacia una jarra de tamaño pinta y se dirigió cansino hacia los barriles, y, sin más esfuerzo que el estrictamente necesario, comenzó a echar la pinta.
-En copa de cristal, por favor –dije.
El camarero me miró, y el tipo que estaba sentado a la barra miró al camarero.
-¿Por qué demonios no lo dijo antes? –preguntó el camarero, aflojando lentamente la palanca del barril.
-Iba a decírselo, pero ha sido demasiado rápido para mí.
El otro tipo que estaba en la barra echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada breve y contundente.
El camarero se volvió hacia el tipo y luego hacia mí. El movimiento le llevó unos treinta segundos. Y tardó otros treinta segundos en decidir no llamarme hijoputa listillo. Buscó una copa de cristal, sirvió en ella lo que había en la jarra y acabó de rellenarla en el surtidor. Tras otro fascinante minuto, tenía la cerveza delante de mí.

**

La cabeza del ataúd estaba justo en el centro de la ventana en saliente y el féretro dividía la habitación por la mitad. Junto al ataúd, y de cara a este, había una silla de comedor. Me acerqué hasta donde estaba la silla y miré hacia el interior del féretro. Hacía mucho que no lo veía. La muerte no parecía haberlo cambiado mucho; la cara simplemente reensamblaba las partículas del recuerdo. Y como siempre ocurre cuando ves a un muerto al que has conocido en vida, resultaba imposible imaginar que el cadáver tuviera nada que ver con su anterior ocupante. Tenía ese aspecto de porcelana. Me dije que si le daba unos golpecitos en la frente con los nudillos sonaría como una campanilla.

**

-Te has enterado de lo de Frank, claro –dije.
-Sí –dijo aspirando el humo–. Una pena.
-¿Eso crees?
-Pues sí.
-¿Y qué sabes del asunto, Albert?
-¿Que qué sé?
-Exacto.
-Lo que he leído en el periódico. Así fue como me enteré. Igual que todo el mundo.
-Déjate de gilipolleces, Albert. Sabes que a Frank se lo cargaron a propósito.
Albert me clavó la mirada.
-Un comentario muy interesante, Jack –dijo.
-Dicho de otra manera: si se hubieran cargado a Frank, tú lo sabrías, ¿no? Igual que sabías que yo estaba en la ciudad. Igual que has sabido desde el primer momento que no me iré hasta que no haya aclarado las cosas. Y sé que a Frank lo liquidaron. Así están las cosas.

**

-Mirad, muchachos –dije–. No os metáis en algo de lo que no podáis salir.
-¿Ah, sí? –dijo el patán.
Comencé a bajar las escaleras. El tipo me dio otro empujón en el pecho, solo que esta vez más fuerte.
-Él es más pequeño que tú –dijo.
-Y tú también –contesté–, así que ¿para qué arriesgarse?
El patán retrocedió para soltar un golpe. Pensó que el movimiento le haría parecer más duro, pero solo consiguió que fuera más lento. Le di un puñetazo en el estómago. Su peinado a lo Walker Brothers le cayó sobre la cara y cayó de rodillas sobre las escaleras. Su compañero observó cómo se derrumbaba por completo y, lentamente, volvió la mirada hacia mí.
-¿Tú también quieres? –dije–. ¿O solo vas de acompañante?

**

-Estoy hablando de mi maldito hermano, Thorpey. De eso estoy hablando. ¡Así que empieza a largar o te vas a enterar de lo que es bueno!
Thorpey levantó la vista hacia mí, así que le crucé la cara tres veces. Levantó los brazos para cubrirse la cabeza y dijo:
-No, Jack. No.
-¿Quién lo mató, Thorpey?
-No lo sé. No lo sé.
-Pero sabes que lo mataron.
-No. No.
-¿Quién te pidió que me quitaras de en medio?
Negó con la cabeza. Volví a golpearlo, ahora un gancho bajo que le dio de pleno en mitad de la cabeza gacha.
-No, no me pegues, Jack.
-Entonces contesta a mi pregunta.
-Muy bien. Muy bien –dijo–. Te lo contaré.


[Sajalín Editores. Traducción de Damià Alou]

Próximamente: Experimental film


De Gemma Files. En La Biblioteca de Carfax.

Atomic Blonde: otros 2 carteles



En Playtime / El Plural: Ted Lewis



Carter: aquí.

Cartel de Landline


jueves, junio 08, 2017

El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter


Tenía esta lectura pendiente desde hace un montón de años. Y es una pena haber esperado tanto tiempo porque se trata de una breve y deliciosa narración sobre la influencia de la naturaleza en el ánimo del hombre. Nos cuenta la historia de un tipo que, según señala el narrador, era un necio y un mentecato, y se notaba enfermo e invadido por la misantropía. Hasta que un doctor le receta unos días de reposo en un balneario entre las montañas. Allí empieza a tomar las aguas, pero son sus paseos por el campo y por el bosque, solo y a veces extraviándose, los que van reconfortando su espíritu, cambiando su disposición y animándole a dibujar. En uno de esos paseos, además, conocerá a una muchacha que podría cambiarle la vida.

La manera de Adalbert Stifter de describir paisajes e introducirnos poco a poco en el suceso del señor Theodore Kneight, alias "Tiburius", sirve al lector, también, como una especie de bálsamo o lenitivo. Es como si, leyéndolo, estuviéramos nosotros también en el campo, disfrutando del silencio y del rumor del aire entre las ramas de los árboles. Es el poder de la literatura. Ahí van unos extractos:

Tengo un amigo que, aunque todavía vive y aunque entre nosotros no suele ser habitual contar historias de gente viva, me ha consentido que cuente un caso que está relacionado con él para provecho y servicio de todos aquellos que son grandes necios; quizá puedan éstos sacar algún beneficio del relato.

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Todo esto que voy a contar aquí es ni más ni menos lo que le ha sucedido a mi amigo al atravesar el sencillo sendero de un bosque. Porque hay que advertir que el señor Tiburius, de joven, era un gran mentecato; y nadie que le hubiese conocido en aquel tiempo hubiese creído que él llegaría a tomar aquel sendero. Esta historia es, ciertamente, demasiado simple; y si yo la cuento es solo para que pueda serle útil a ciertos hombres equivocados y para que puedan extraer de ella alguna utilidad.

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Finalmente se dio cuenta de que estaba enfermo. Sentía cosas extrañas, tales como temblores en los miembros, pestañeo de los ojos y, en fin, insomnio. Pero además de todo eso, había también algo insólito. Cuando al anochecer regresaba a su casa –tras un paseo–, veía una misteriosa sombra –como de un gatito– que le acompañaba cada vez que subía la escalera. Aquello, ineludiblemente y sin excepción, le ocurría solo en la escalera; en ningún otro lugar. Y esto era algo que le atacaba los nervios extremadamente.

**

Nos resulta imposible narrar cómo le sentó al señor Tiburius aquel tiempo en el balneario, pues jamás comentó nada a nadie al respecto. Lo único que se sabía era que continuaba bañándose cada día.

**

Se encontraba muy bien, tenía un hambre feroz y comía con mucho apetito. No podía dejar de caminar hasta bien avanzada la tarde y llegaba a la pradera en forma de campana, donde divisaba la montaña con las cumbres nevadas y la corriente de agua que saltaba alegremente. Una vez allí, regresaba de nuevo hasta su carruaje. Esto lo hacía tres veces por semana. 

**

Hasta entonces Tiburius no se había encontrado nunca con nadie en su caminar por el sendero. Ahora, por fin, iba a ver a alguien. Y eso habría de ser decisivo para el resto de su vida.

**

Mientras veía cómo dibujaba, Tiburius preguntó:
-María, ¿cómo es que no sientes temor alguno en el bosque? ¿Y cómo es que no te asustaste en absoluto la primera vez que nos encontramos aquí?
-Nunca he sentido temor en el bosque, no sé de qué podría tener miedo. Desde mi niñez he venido aquí; conozco todos los rincones y recovecos; no tengo nada que temer. Tampoco me he asustado de usted, porque usted es un hombre bueno y diferente a los demás –respondió ella.
-¿Y cómo son los otros? –preguntó don Tiburius.
-Son diferentes –respondió María–. He ido algunas veces al balneario, como se acostumbra aquí, para vender diversas cosas. Pero una vez que se fueron los extranjeros, decidí no volver más. Los hombres de esta comarca –y hay entre ellos algunos que no conocía hasta hace poco– son unos descarados: me cogen de las mejillas y me dicen, ¡bonita, muchacha!


[Impedimenta. Traducción de Carlos d'Ors Führer]