miércoles, enero 31, 2018

El caso de Charles Dexter Ward, de H. P. Lovecraft


Aún no había leído esta novela de H. P. Lovecraft y me parece una de sus narraciones más sólidas, tanto que la considero una pequeña obra maestra. Me compré hace tiempo la versión de Miguel Temprano que editó Acantilado hace ahora unos cuatro años. Como Sprague de Camp desvela en su biografía (que pronto comentaré aquí), Lovecraft no publicó esta novela en vida.

La historia comienza a partir de la desaparición de Charles Dexter Ward de un sanatorio para enfermos mentales. A partir de ahí nos relatan los acontecimientos que lo empujaron a la locura, desde el momento en que convirtió en una obsesión total la búsqueda de las huellas de su antepasado Joseph Curwen, alguien que al parecer tuvo tratos con fuerzas ocultas y dedicó parte de su vida a explorar la alquimia. Ward se ve envuelto en extraños acontecimientos, en viajes al extranjero y en visitas a los cementerios.

Lovecraft va sumergiendo al lector desde las primeras líneas (ver el primer párrafo, más abajo) en una atmósfera siniestra y malsana, que posee el tono que luego han imitado en tantas películas ambientadas parcialmente en cementerios, en casas siniestras, en sótanos aterradores donde se custodian los misterios, en mazmorras donde agonizan criaturas que sólo una imaginación perversa puede conjurar, en laboratorios en los que invocar al más allá… Si no lo habéis leído, no os lo perdáis, y, si puede ser en la edición de Acantilado (o en la de Valdemar), mucho mejor. Aquí van unos extractos: 

No hace mucho que desapareció de un hospital privado para enfermos mentales cercano a Providence, Rhode Island, un individuo muy peculiar. Atendía al nombre de Charles Dexter Ward, y fue internado allí muy a su pesar por su afligido padre, que había visto cómo su enajenación pasaba de ser una mera excentricidad a una siniestra manía que implicaba tanto la posibilidad de tendencias homicidas como un profundo y extraño cambio en el aparente contenido de su imaginación. Los médicos admiten su considerable desconcierto ante el caso, puesto que ofrecía anomalías generales de carácter fisiológico y psicológico.
En primer lugar, el paciente parecía extrañamente mayor de lo que correspondería a sus veintiséis años. Es cierto que el desequilibrio mental acelera el envejecimiento; pero el rostro de este joven había adoptado un matiz que por norma general sólo adquieren los muy ancianos. En segundo lugar, sus funciones orgánicas mostraban unas extrañas proporciones sin parangón en la práctica médica. La respiración y el ritmo cardíaco manifestaban una sorprendente falta de simetría; había perdido la voz y no podía emitir sonidos por encima de un susurro; la digestión era increíblemente prolongada y estaba reducida al mínimo, y las reacciones neurológicas a los estímulos normales no guardaban relación alguna con ningún registro conocido, ni normal ni patológico. La piel tenía una sequedad y una frialdad enfermizas, y la estructura celular del tejido parecía exageradamente tosca e inconexa. Incluso había desaparecido una gran marca de nacimiento de color oliváceo de la cadera derecha y en cambio se le había formado en el pecho un lunar o mancha negruzca muy característica y que no tenía antes. En general, todos los médicos coinciden en que los procesos metabólicos de Ward se habían ralentizado de manera inaudita.


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Es seguro que la verdadera demencia llegó con un cambio posterior; después de que descubriera el retrato de Curwen y los documentos antiguos; de que hiciese un viaje a varios lugares desconocidos en el extranjero y entonara ciertas terribles invocaciones en circunstancias extrañas y secretas, de que recibiese ciertas respuestas a dichas invocaciones y escribiese una desquiciada carta bajo circunstancias inexplicables y angustiosas; de la oleada de vampirismo y de las inquietantes habladurías de Pawtuxet, y de que la memoria del paciente empezara a excluir imágenes contemporáneas al tiempo que su voz se iba debilitando y su aspecto físico sufría las sutiles modificaciones que muchos notaron posteriormente.

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Llevaron a Ward al hospital privado dirigido por el doctor Waite en la tranquila y pintoresca isla de Conanicut, en mitad de la bahía, donde todos los médicos relacionados con su caso lo sometieron a un estudio y un interrogatorio detallado. Fue entonces cuando repararon en las peculiaridades físicas: el metabolismo ralentizado, las alteraciones cutáneas y las reacciones neurológicas desproporcionadas.

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Tropezó con cosas que ningún mortal debería conocer, y retrocedió a épocas a las que nadie debería llegar, hasta que algo surgido de esas épocas lo engulló.


[Acantilado. Traducción de Miguel Temprano García]

Cartel de Oh Lucy!


Cartel de Double Lover


martes, enero 30, 2018

En Aleteia: Qué fue de Brad (Brad's Status)




Cartel de Eva


Cartel de Unsane


domingo, enero 28, 2018

Jack Ketchum (1946 - 2018)


viernes, enero 26, 2018

El Atlas, de William T. Vollmann


Lo he dicho en varias ocasiones, pero es necesario repetirlo hasta el hartazgo: en tiempos en los que a casi nadie le importa de verdad la literatura, es un regalo que editores como los de Sajalín, Pálido Fuego, Sexto Piso, Underwood o Impedimenta sigan traduciendo algunas obras de Newton Thornburg, William T. Vollmann, William Gaddis, Rudolph Wurlitzer o Mircea Cartarescu. Porque, además, lo están haciendo en una época incierta y confusa y de cambios en la que al personal sólo le interesan las redes sociales y comentar las series en esas redes (no digo verlas: eso interesa menos, les importa más comentarlo); en tiempos en los que impera la fórmula en la poesía española (y luego se quejan de Disney); en tiempos en los que un tipo prefiere verse una peli en screener (aunque la calidad sea pésima) en vez de ir al cine o esperar al ripeo porque lo que importa es alardear de que ya la ha visto; en tiempos en los que a mucha gente le importa más hacerse la foto con el autor famoso que leerse el libro que acaba de comprar. En este ámbito, seguir publicando a Barth, a Gass, a Selby Jr., a Tom McCarthy… es poco menos que un suicidio comercial aunque en algunos casos la jugada salga bien y recuperen la inversión inicial.

Hoy la mayoría de los editores buscan seguir agotando el filón que haya triunfado en las librerías, en los foros de internet y en las listas de los suplementos culturales. Pero las obras de William T. Vollmann (que empezó a publicar Muchnik, tarea que continúa Pálido Fuego, amén de los dos títulos que salieron en Mondadori) se apartan de todo eso: de fórmulas, de vanidades, de caminos trillados… Con Vollmann nunca se sabe. No se sabe por qué sendas nos llevará, ni cómo hilará las narraciones. Lo único que sabemos sus lectores es que se arriesga y que le apasionan los márgenes de la sociedad: los pobres, las prostitutas, los drogadictos…

Vollmann es un escritor que ha viajado mucho por todo el planeta. De ahí ha extraído su visión del mundo, el germen de sus libros y su experiencia, que siempre bordea los límites o entra directamente en terrenos peligrosos. El Atlas es el resultado fragmentario de todo eso: en vez de centrar un ensayo o una novela en tal o cual ciudad, este libro es un conglomerado de todos o casi todos los sitios que ha visitado. La idea nació, como él mismo indica al inicio, de las Historias de la palma de la mano de Yasunari Kawabata: una serie de historias cortas que Vollmann ambienta en Chicago, Berlín, Bangkok, Nueva York, Sidney, Ontario, Nairobi, Belgrado, Pompeya, Nápoles, Sarajevo, Los Ángeles… El autor precisa sus intenciones en una nota al pie del comienzo: …debería aclarar que esta colección está organizada como un palíndromo: el motivo de la primera historia se retoma en la última, la segunda encuentra su eco en la penúltima y así sucesivamente. […] Por último, la narración que da título al libro contiene un poco de cada una de las demás.

El Atlas es, por tanto, un vistazo al mundo tal y como Vollmann lo percibe y lo entiende. Como si fuera una mina de narraciones, un pozo sin fondo, dentro encontramos historias reales, historias ficticias, historias que mezclan realidad y ficción, recuerdos que parecen cuentos, cuentos que parecen reportajes, reportajes que parecen extractos de novelas y algunos traumas de la infancia que no ha conseguido olvidar y que arrastrará para siempre. Sólo le podría reprochar (y es una opinión muy personal) que algunos de los relatos sean demasiado locos o surrealistas, como si los hubiera escrito tras una ingesta de crack; eso, a mí particularmente, a ratos me agota. Hay algunas conexiones con otros libros suyos, como The Rifles, La Familia Real, Los pobres o Historias del Mariposa, bien porque los títulos ya lo anuncian, bien porque ha empleado algunas señas de identidad de esos libros. Al principio y al final del volumen, Vollmann introduce imágenes de sus viajes: son fotos tomadas por él mismo y que retratan la cara menos amable de los periplos, la de las personas que viven en peligro o entre la miseria. Es como si nos dijera: lo real está a ambos lados del libro, pero el resto es Literatura con mayúsculas. Vollmann equivale, siempre, a literatura de riesgo, a literatura de excesos, a literatura auténtica y cuajada de sorpresas. Por mucho que analicemos El Atlas e indaguemos en sus costuras, el lector sólo puede hacerse una idea sumergiéndose en su espesura narrativa.

En el centro del libro hay una narración ("El Atlas") que de alguna manera condensa todo el volumen, como si fuese un resumen. Os dejo con el magnífico arranque:

A esas alturas había agotado todo lugar. Adondequiera que iba, se decía: Aquí ya no hay nada para mí. Nada más en ninguna parte nadie.
Había terminado.
Antes, la vida había sido tan misteriosa como un lago de montaña al alba. Entonces creía que podían ocurrirle cosas. Ahora comprendía que nunca ocurriría nada.
Era hora de volver a Canadá.
Viajar, en especial por la mañana temprano, es equivalente a morir: atravesar una noche de casas ahogadas por el sueño, acarrear el equipaje por los últimos escalones hasta donde deba ser entregado, entrar en la irremisible zona de seguridad y luego esperar en monótonas cámaras a ser transportado. Así viajaba por sus días. Naturalmente sabía que vivir también se parece a morir. Vivir implica partir, seguir intentando no oír los gritos.


[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]

Cartel de The Escape


Mark E. Smith (1957 - 2018)


Banner de Michael Inside


Hostiles: nuevo cartel


miércoles, enero 24, 2018

Ursula K. Le Guin (1929 - 2018)


The Mercy: 2 carteles



Dorothy Malone (1925 - 2018)


lunes, enero 22, 2018

Sapiens. De animales a dioses, de Yuval Noah Harari


Una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él.

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Creemos en un orden particular no porque sea objetivamente cierto, sino porque creer en él nos permite cooperar de manera efectiva y forjar una sociedad mejor. Los órdenes imaginados no son conspiraciones malvadas o espejismos inútiles. Más bien, son la única manera en que un gran número de humanos pueden cooperar de forma efectiva.

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Un orden natural es un orden estable. No hay ninguna probabilidad de que la gravedad deje de funcionar mañana, aunque la gente deje de creer en ella. Por el contrario, un orden imaginado se halla siempre en peligro de desmoronarse, porque depende de mitos, y los mitos se desvanecen cuando la gente deja de creer en ellos. Con el fin de salvaguardar un orden imaginado es obligado realizar esfuerzos continuos y tenaces, algunos de los cuales derivan en violencia y coerción. Los ejércitos, las fuerzas policiales, los tribunales y las prisiones trabajan sin cesar, obligando a la gente a actuar de acuerdo con el orden imaginado.

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Millones de años de evolución han hecho a los hombres mucho más violentos que las mujeres. Las mujeres pueden equipararse a los hombres en lo que a odio, codicia y maltrato se refiere, pero cuando las cosas se ponen feas, dice la teoría, los hombres son más proclives a la violencia física y bruta. Esta es la razón por la que a lo largo de la historia la guerra ha sido una prerrogativa masculina.

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Sea como fuere, el dinero es asimismo el apogeo de la tolerancia humana. El dinero es más liberal que el lenguaje, las leyes estatales, los códigos culturales, las creencias religiosas y los hábitos sociales. El dinero es el único sistema de confianza creado por los humanos que puede salvar casi cualquier brecha cultural, y que no discrimina sobre la base de la religión, el género, la raza, la edad o la orientación sexual.

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Hemos avanzado desde las canoas a los galeones, a los buques de vapor y a las lanzaderas espaciales, pero nadie sabe adónde vamos. Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecen ser más irresponsables que nunca. Dioses hechos a sí mismos, con solo las leyes de la física para acompañarnos, no hemos de dar explicaciones a nadie. En consecuencia, causamos estragos a nuestros socios animales y al ecosistema que nos rodea, buscando poco más que nuestra propia comodidad y diversión, pero sin encontrar nunca satisfacción.


[Debate. Traducción de Joandomènec Ros]

Cartel de The Tale


Las olas

Siempre hay una ola en la vida que envuelve golosinas, quieta,
que te arrulla en su sal y que es tu caracola lenta,
que centrifuga sueños e inunda los fragmentos, plena,
que es espiral de hipnosis y camino para idiotas, amena,
que es mi cielo latente que se abre a soles, cadena,

que es lavandera de almas, maestra,
extrae los pecados con cofia, siniestra,
que te detiene eterna, diestra,
te enrolla en su savia, palestra,
o te sabia y te enrolla en su rola, incierta.

Invadidas de cuitas, las olas me pillan,
olas que amarillean los arrabales de París, me ensillan,
embrollan los semblantes, los judicializan,
y, por si fuera poco, me reintegran a la orilla,
que me han de perseguir, me hostigan–
vivo en la pesadilla, me aferro a la vida–

siempre para vosotros y vendida.



J. M. Prado-Antúnez, La vida en sus rodajes 

Cartel de Piercing


Próximamente: En el cuarto oscuro


De Susan Faludi. En Anagrama.

Cartel de The Happy Prince


Red Sparrow: 2º cartel


miércoles, enero 17, 2018

Milenio negro, de J. G. Ballard


Poco a poco voy consiguiendo todos los libros de J. G. Ballard. En el caso de Milenio negro, estuve buscándolo durante meses por las redes y por las librerías de saldo: sin éxito. Cuando ya había desistido de encontrar un ejemplar, lo vi de pasada en un puesto de la Cuesta Moyano por 5 euros. Y la edición estaba prácticamente nueva. Supongo que a veces son los libros los que nos encuentran a nosotros.

Milenio negro es una de las últimas novelas que escribió. Y el oficio se nota: aunque la trama no sea tan "movida" o "trepidante" como en otros casos (pienso en El mundo sumergido o en La sequía), las sentencias que Ballard va incluyendo en torno al consumismo, las clases sociales, la revolución y el ambiente urbano cuando es hostil, sobre todo en boca de sus personajes, son para enmarcar. Ambientada en Londres y publicada en 2003, fue un anticipo de lo que acabaría sucediendo en esa ciudad en 2011 (disturbios, tambaleo del sistema de bienestar de las clases medias, etc), quizá porque Ballard tenía algo de Jules Verne, de visionario que sueña despierto y lo escribe y a veces se va cumpliendo.

En Milenio… se origina una revuelta en la clase media: hay gente que quiere sacudir al sistema para atentar contra el consumismo y reconocer que fueron engañados, que el paraíso prometido sólo es una trampa para quedar endeudados de por siempre y no tener acceso a ese nivel de vida tan alto que les prometieron. En este entorno, David Markham, el protagonista, trata de averiguar quiénes están detrás del atentado en un aeropuerto en el que falleció su ex mujer. Pero lo de menos es el argumento: como siempre en Ballard, lo importante es cómo ese paisaje físico acaba imponiéndose en las mentes de sus personajes, y cómo muchos se sirven de la violencia igual que si fuera un medio de comunicación. Os dejo unas cuantas perlas:

A veces, cuando me sumaba a una manifestación contra los experimentos con animales o contra la deuda del Tercer Mundo, sentía que estaba naciendo una religión primitiva, una fe en busca de un dios al que adorar. Los feligreses vagaban por las calles, buscando con ansia una figura carismática que tarde o temprano saldría del desierto de un centro comercial suburbano y levantaría un alentador viento de pasión y de credulidad.

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Las únicas personas aterradoras con las que me encontraba eran los policías y los periodistas de la televisión. Los policías eran taciturnos, paranoicos con todo lo que desafiara su autoridad. Los reporteros eran poco más que agentes provocadores, tratando siempre de llevar las tranquilas protestas a la acción violenta.

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-[…] Créame que nada provoca más violencia que una manifestación pacífica.

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-¿Cine negro?
-El negro es un color muy sentimental. Detrás de él se puede esconder cualquier basura. Las películas de Hollywood son entretenidas si la idea que uno tiene de pasarlo bien es comer una hamburguesa y tomar un batido. Norteamérica inventó el cine para no necesitar crecer nunca. Nosotros tenemos la angustia, la depresión y el arrepentimiento de la madurez. Ellos tienen Hollywood.

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-El turismo es el gran soporífero. Un enorme timo, que despierta en la gente la peligrosa idea de que hay algo interesante en su vida. Es el juego de las sillas, al revés. Cada vez que para el hilo musical, la gente se levanta y baila alrededor del planeta, y se agregan más sillas al círculo, más puertos deportivos y hoteles Marriott, de manera que todo el mundo cree que está ganando.
-Pero ¿es otra estafa?
-Una estafa total. Hoy el turista no va a ninguna parte. –Allí, en la destartalada sala, apasionada, hablaba con la seguridad y la confianza de un conferenciante a quien nunca interrumpía el público–. Todas las mejoras en la existencia conducen a los mismos aeropuertos y a los mismos hoteles turísticos, y a la misma estupidez de piña colada. Los turistas sonríen al verse el bronceado y los dientes brillantes y creen que son felices. Pero el bronceado oculta lo que son en realidad: esclavos del salario, con la cabeza llena de basura norteamericana. El viaje es la última fantasía que nos dejó el siglo XX, la ilusión de que ir a algún sitio nos ayuda a reinventarnos.

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-Pusieron una bomba en Heathrow –le recordé–. Hace dos meses–. Hubo muertos.
-Eso fue horrible. –Solidariamente, me apretó las manos–. Un acto sin sentido. La gente que emplea la violencia tiene que ser responsable. Es un tema muy delicado. Todo el mundo sueña con la violencia, y cuando tantas personas tienen el mismo sueño es que algo terrible está a punto de suceder…

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-[…] Richard dice que las personas para las que el mundo carece de sentido encuentran sentido en la violencia inmotivada.

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-[…] Recuerda, David, que a la clase media hay que tenerla controlada. Ella misma lo entiende, y se vigila. No con armas y gulags, sino con códigos sociales. La manera correcta de hacer el amor, de tratar a tu mujer, de coquetear en partidos informales de tenis o de iniciar una aventura. Hay reglas tácitas que todos tenemos que aprender.

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-[…] El malestar social siempre produce gente peligrosa. Personas que usan la violencia extrema para explorarse, así como algunas personas usan el sexo extremo.

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-[…] Mira con atención el espejo, David. ¿Qué ves? Alguien que no te gusta mucho. Cuando tenías veinte años, te aceptabas con todos tus defectos. Después empezó el desencanto. Al llegar a los treinta se te estaba acabando la tolerancia. Ya no eras una persona totalmente fiable y sabías que tendías a hacer concesiones. El futuro se alejaba y los brillantes sueños se perdían más allá del horizonte. Ahora eres un decorado: un empujón y todo se desmorona a tus pies. A veces sientes que vives la vida de otra persona, en una casa extraña que has alquilado por accidente. La persona en la que te has convertido no es tu yo verdadero.

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Una bomba terrorista no sólo mataba a sus víctimas sino que creaba una violenta grieta a través del tiempo y el espacio y destruía la lógica que mantenía unido el mundo. Durante unas horas la gravedad se volvió traidora, anulando las leyes del movimiento de Newton, invirtiendo el curso de los ríos y derribando rascacielos, despertando miedos que durante mucho tiempo habían estado dormidos en nuestra mente. El horror desafiaba a las autocomplacencias de la vida diaria, como un desconocido que sale de una multitud y nos da un puñetazo en la cara. Sentado en el suelo y sangrando por la boca, uno comprendía que el mundo era más peligroso pero quizá con más sentido. Como había dicho Richard Gould, un acto inexplicable de violencia tenía una intensa autenticidad que ninguna conducta razonada podía igualar.

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-[…] Ningún revolucionario de clase media puede defender las barricadas sin una ducha y un buen capuchino.


[Ediciones Minotauro. Traducción de Marcial Souto]

Trailer de Don't Worry, He Won't Get Far on Foot


Cartel de The Oslo Diaries


Dolores O'Riordan (1971 - 2018)


domingo, enero 14, 2018

En Aleteia: The Disaster Artist





Submergence: primer cartel


Mi patria era una semilla de manzana, de Herta Müller


Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, fue acosada durante años por el régimen comunista en Rumanía. Es una superviviente. Todo lo que sufrió y otros asuntos relacionados con su biografía y con la escritura es lo que le cuenta a Angelika Klammer en estas conversaciones, de las que os muestro aquí algunas respuestas:

Aquella fealdad omnipresente era la única igualdad que existía en el socialismo. Y era intencionada, formaba parte del programa de la dictadura. Los objetos que se producían en el socialismo te quitaban las ganas de vivir: aquellos edificios de hormigón, los muebles, las cortinas, las vajillas, los arriates de flores de los parques, los carteles, los monumentos, los escaparates… Era como si todos los materiales –cemento, madera, cristal, porcelana o hasta las ramas de las plantas– fueran tan toscos y brutales por naturaleza que resultaba imposible hacer nada más bonito con ellos. Como si, en aquel país, los materiales decidieran colaborar con el Estado por propia voluntad, se plegaran a la voluntad del régimen. La uniformidad de lo feo acaba deprimiéndote, hace que te vuelvas apático y que todo te dé igual, y eso era lo que quería el Estado. Para el socialismo, nuestro estado depresivo era ideal, la alegría de vivir hace que la gente sea espontánea, y eso es sinónimo de imprevisible. La miseria te vuelve feo.

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En Alemania, muchos piensan que hablar ayuda siempre y que se debería hablar de todo. Y que, mientras se hable –según dicen–, no habrá guerras. Yo no me lo creo. Hablando es posible enemistarse, instigar al odio. Las palabras sirven tanto para desencadenar un conflicto como para resolverlo. Y se tarda menos en desencadenarlo que en lo contrario, da igual si es entre personas o entre Estados.

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Es cierto que escribir es una necesidad interior y, al mismo tiempo, va en contra de una resistencia también interior. Siempre escribo para mí misma y en contra de mí misma. Todas las veces espero para poner las cosas por escrito hasta que no puedo evitarlo. Retraso el proceso porque sé bien que, cuando empiece, se adueñará de mí de una forma que me da miedo. Y cuando luego estoy dentro del proceso de escritura, me engulle por completo.

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Donde hay gente muriendo de hambre a diario, la relación con la comida se transforma en ansia y en ausencia de escrúpulos. Una persona extenuada y medio muerta de hambre no es capaz de pensar en otra cosa que no sea el hambre, porque el hambre la atormenta cada segundo. El hambre mina hasta el descanso nocturno, todos los sueños giran en torno a la comida.
El hambre acaba con todas las normas de lo civilizado, y de ese modo establece sus propias leyes, es una forma de animalización en el peor sentido de la palabra. El hambre te vuelve un animal salvaje.

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Bastante después de la muerte de Pastior vi el documental de Harald Jung sobre Jorge Semprún: "Mi vida". Jorge Semprún, anciano, visita el campo de concentración de Buchenwald, donde estuvo interno de joven. Recorre toda la zona y se le ve tan a gusto que Jung está perplejo y se lo dice. Semprún le contesta que no hay motivo de asombro, pues lo único que ha hecho es volver a casa. Con Oskar Pastior fue igual. Eso es un trauma. Algo tan profundamente arraigado en el cuerpo que lo destruye y se adueña de él. He llegado a comprender que el daño es un vínculo íntimo absoluto.


[Siruela. Traducción de Isabel García Adánez]   

Cartel de The Last Movie Star


Cartel de Beirut


Próximamente: Moriría por ti y otros cuentos perdidos


De F. Scott Fitzgerald. En Anagrama.

Cartel de Allure


jueves, enero 11, 2018

Consumidos, de David Cronenberg


David Cronenberg es uno de mis cineastas favoritos. No sólo he visto varias veces casi todas sus películas, sino que procuro leer los monográficos que le dedican, los libros de entrevistas y los reportajes y los especiales de las revistas de cine. Su incursión en la narrativa fue una extraordinaria noticia para quienes somos fanáticos de su obra. Aunque algunos han criticado esta novela, para mí reúne todo lo que esperaba de Cronenberg: complejidad, perversiones, asuntos retorcidos, actitudes perturbadoras y un interés enorme por la carne, la máquina, la tecnología y la unión entre el cuerpo y el metal. En Consumidos hay gente con tumores, una chica que se corta pedazos de su cuerpo, un hombre acusado de haberse comido a su esposa, una mujer que cree que tiene un seno invadido por insectos, periodistas obsesionados con adentrarse en reportajes que casi acaban protagonizando… Lo de menos es el argumento, que tampoco es sencillo como para contarlo aquí.

Después de leer a David Cronenberg, como después de leer a David Lynch (hablo de sus entrevistas y de su libro sobre meditación), uno se pasa unos cuantos días mirando el mundo de otra forma, sobre todo aquello que guarda relación con la materia, con las texturas que se degradan, con el proceso de óxido y de putrefacción de los objetos y de las frutas, con los detalles más diminutos de nuestro entorno. Un fanático de Cronenberg no se debería perder esta novela de prosa densa y pasajes exigentes con el lector. Aquí van unos extractos: 

Luego, otra vez en la cama, repasando las fotos con Photo Mechanic, su visionador de imágenes favorito, se decidió por unas cuantas en que aparecía guapa pero malhumorada, inteligente y concentrada. Se rió de las variantes sin sostén, pero no se decidió a borrarlas. La luz que caía sobre sus pechos era suave y voluptuosa, y cabía la posibilidad de que no salieran tan bien en el futuro, aunque ¿qué hacía ese lunar debajo del pecho izquierdo? ¿Era mayor que la última vez que lo había visto? ¿Estaba más rojo? ¿Más rosa? ¿Menos simétrico? Amplió la zona del lunar, lo encerró en una ventana suficientemente grande para abarcar el cerco ligeramente más claro que lo rodeaba, fechó la ventana y la guardó con la extensión TIFF en el archivo de "Horror Corporal", donde almacenaba imágenes de todas las partes de su cuerpo que le daban miedo, las partes sospechosas, inestables e inconstantes. Ahora, a acabar con el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Concentración. Volver al e-mail.

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-Chase, su hija se estaba arrancando trozos de carne con un cortaúñas. Ponía los trozos en platitos infantiles de juguete, de plástico, y luego se los comía con cubiertos infantiles de juguete.
-Ajá, ajá. ¿Y cuál cree que era su intención al hacer eso? ¿Lesionarse? ¿Infligirse dolor? ¿Castigarse?

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-No ha respondido usted a la pregunta. ¿La responderá en el libro que está escribiendo?
Arosteguy se echó a reír.
-El libro es una especie de meditación sobre la filosofía del consumismo. Como es de esperar, tengo un nuevo punto de vista al respecto, aunque en cierto sentido no difiere del mío habitual. El consumismo… –cabeceó, rió por lo bajo y miró a Naomi con tal intensidad que la muchacha se estremeció–. Entiéndame, todo lo que tiene que ver con la boca, los labios, con morder, con masticar, con tragar, con digerir, con ventosearse, con cagar, todo te transforma cuando hemos vivido la experiencia de comernos a una persona que nos ha obsesionado durante cuarenta años. –Sonrió–. Lógicamente, cada una de esas cosas pasa a ser un chiste en la imaginación popular, que rápidamente se convierte en la única imaginación que existe: la mediática. Ya he visto los chistes de Internet. Algunos son muy inteligentes, muy divertidos. Hay también gráficos, incluso dibujos animados.
-¿Por eso colgó usted las fotos del cadáver medio devorado de su mujer? –preguntó Naomi, conteniendo el aliento–. ¿Para acabar con los chistes? ¿Para que el discurso volviera a la realidad humana?

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Parece que Samuel Beckett tenía contractura de Dupuytren en la mano derecha, los dedos externos se le curvaban hacia dentro y le resultaba difícil y molesto dar la mano. Aquello complacía a Hervé Blomqvist, que, mientras buscaba personas famosas con la enfermedad de La Peyroine y que además montaran en bicicleta, había descubierto que muchas de las que la padecían tenían también la contractura del barón de Dupuytren, lo cual sugería más una patogénesis del sistema inmune que un problema relacionado con el ciclismo.


[Editorial Anagrama. Traducción de Antonio-Prometeo Moya]

Cartel de The Vanishing of Sidney Hall


Faces Places: 2 carteles



martes, enero 09, 2018

Del blog de Juan Francisco Ferré: Cine 2017: El año de los androides


"Menú audiovisual" 2017 de Juan Francisco y algunos amigos (muy agradecido, una vez más, por formar parte de esto): aquí.

Nostalgia: primer cartel


Cartel de Mom and Dad


Próximamente: Contra todo


De Mark Greif. En Anagrama.

Red Sparrow: primer cartel


Cartel de FredHeads: The Documentary


lunes, enero 08, 2018

Globos de Oro 2018


Lista completa: aquí.


sábado, enero 06, 2018

El demonio te coma las orejas: Nueva edición



De David González. En Canalla Ediciones.

Suite inglesa, de Julien Green


Encontré este libro merodeando por El Rastro de Madrid. Me costó 2 euros en una edición nueva y en tapa dura. Y es una delicia, una de las mejores compras de mi vida en la relación calidad-precio. Julien Green, de quien creo que aún no había leído nada, retrata a cinco escritores en sendas semblanzas que, constituyen, cada una de ellas, auténticas piezas de orfebrería (del estilo a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob o a los Cuerpos del rey de Pierre Michon). Los escritores retratados son, por este orden, Samuel Johnson, William Blake, Charles Lamb, Charlotte Brontë y Nathaniel Hawthorne. Todos ellos fueron publicados en Cahiers de Paris en los años 20. Green no se extiende demasiado en cada semblanza, pero apunta lo imprescindible sobre el personaje en cuestión, y añade datos y detalles que uno ignoraba y que sirven para comprender a aquellos literatos. Ejemplar es lo que hace en el caso de Charlotte Brontë: dado que ella fue la última de sus hermanas en morir, al relatar su vida también nos cuenta las de Ann, Emily y el resto de hijos del señor Brontë. No lo dejéis escapar si encontráis un ejemplar.


[Ariel. Traducción de Jesús Aguirre]

Annihilation: primer cartel