viernes, agosto 07, 2020

Ya a la venta: FANTIANA (Escritos sobre John Fante seleccionados por Eduardo Margaretto)



Colaboro en este libro en torno a John Fante. Aquí va la nota de prensa:

El nacimiento de este libro se enmarca en esas hermosas coincidencias relacionadas con libros que nos llevan a conocer a personas distintas a nosotros, por edad, origen geográfico o social que, gracias a la literatura, se convierten inmediatamente en nuestros amigos. Y eso pasó en diciembre de 2015 cuando conocimos a Eduardo Margaretto. Desde que presentamos su libro John Fante, vidas y obra (Alrevés, 2015) en nuestra librería de Valencia, han surgido una serie de sinergias muy potentes entre los fanáticos de John Fante que, desde ese día hasta hoy, primavera de 2020, nos ha llevado a conocer a fantianos de todo el mundo. Al final de cada encuentro con Eduardo nos despedíamos citándonos para la siguiente “Fantiana”, y así seguimos hasta que logró reunir esta espléndida colección de textos sobre Fante, que incluye a escritores, periodistas, libreros, profesores y simples lectores a los que este escritor, de alguna manera, les cambió la vida, como sólo la gran literatura sabe hacer. Este libro nació del deseo de celebrar a John Fante, que nos enseñó que no importa si eres italiano, filipino, americano, un viejo verde, un quinceañero, un desesperado sin un centavo o un ricachón con una mansión en Malibú. Lo importante es seguir vivos: es tener una California para soñar y una Torricella Peligna para llevar dentro de sí. Siempre.

Los escritos sobre John Fante han sido seleccionados y traducidos al castellano por Eduardo Margaretto. Este primer volumen incluye los textos de: José Ángel Barrueco, Moisés Stanckowich, Isern Jesús M. Tibau, Francesco Spinoglio, Rosa Capoluongo, Ivan Pozzoni, Vito Sabato, Gloria Guerinoni, Jesús Mir Orea, Desirée D'Anniballe, Olga Jornet, David Vivancos Allepuz, Iván Rojo, Dawn Westlake, Adrián Estévez Iglesias, D.B. Paulksen.





Ubik, de Philip K. Dick



-Podemos arreglárnoslas perfectamente sin gente como usted –dijo el altavoz.
-El día menos pensado, la gente como yo se rebelará –le contestó, airado, Joe–, y habrá llegado el fin de la tiranía de la máquina homeostática. Habrá llegado el día de los valores humanos, de la piedad y del calor afectivo; ese día, cualquiera que como yo las haya pasado moradas y necesite un café para tenerse en pie y seguir funcionando mientras deba funcionar, podrá tomar su café caliente tanto si tiene un contacred a mano como si no. –Levantó la miniatura de jarra de leche y la posó inmediatamente en el mostrador–. Además, esta leche o crema, o lo que sea, está agria.
El altavoz permaneció callado.
-¿Es que no piensa hacer nada? Para reclamar el contacred no le faltaban palabras.

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Von Vogelsang buscó malhumoradamente en el interior de su toga de tweed y sacó un billetero de falsa piel de cocodrilo en el que metió los dedos.
-Vivimos en un mundo cruel en el que la única ley es la de la competencia despiadada –dijo Joe cogiendo el dinero.

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-¿Está usted cansado de tanta insipidez? ¿Se ha apoderado la col hervida de su universo gastronómico? –dijo Runciter con su voz áspera de siempre–. ¿No consigue librarse de ese viejo olor apagado y rancio de lunes por la mañana, por más centavos que introduzca en la cocina? Ubik pondrá fin a su problema: Ubik resucita el sabor de la comida, devolviéndole la frescura y restituyendo a cada plato su delicioso aroma de siempre. –Una lata de espray de vivos colores reemplazó a Glen Runciter en la pantalla–. Una pulverización invisible de Ubik, producto de precio por demás económico, ahuyentará todos sus temores obsesivos de que el mundo esté convirtiéndose en leche agria, magnetófonos gastados y ascensores antiguos, amén de otras manifestaciones de degeneración no vislumbradas todavía. […]

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Estaba regido por una alquimia funesta que culminaría en la tumba.


[Minotauro. Traducción de Manuel Espín]   

Cartel de Halloween Kills


Trailer de The Pale Door


jueves, agosto 06, 2020

La noche del cazador, de Davis Grubb



Ben calla. El Predicador se levanta y durante un rato contempla absorto la ventana de la celda con sus largas y flacas manos cruzadas a la espalda. Ben mira esas manos y se estremece. ¿Qué clase de hombre llevaría semejante tatuaje en los dedos?, piensa. En los dedos de su mano derecha, con letras azules bajo la piel gris, de aspecto ominoso, lleva tatuada la palabra A-M-O-R. Y lo mismo ocurre con los dedos de la mano izquierda, sólo que las letras forman la palabra O-D-I-O. ¿Qué clase de hombre?, ¿qué clase de predicador?, piensa Ben, desconcertado, y recuerda la hoja presta a saltar de la navaja de muelles que el Predicador oculta en la sucia manta de su cama. Pero el Predicador nunca utilizaría esa navaja contra Ben, porque quiere algo de él. Ansía saber qué ha sido de aquel dinero, y no se puede utilizar una navaja para conseguir algo así, especialmente con un tipo fornido como Ben. El Predicador da media vuelta y se acerca a la litera de Ben.

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John no se movió; ni siquiera cuando la punta de la navaja le pinchó debajo de la oreja y la otra mano del Predicador rodeó su nuca.
¡El Señor me habla con toda claridad, John! ¿No puedes oírle?
No.
¡Pues yo sí! Está diciendo: ¡La mentira es una abominación ante mis ojos! ¡Pero el Señor es un Dios misericordioso, muchacho! Está diciendo: Dale otra oportunidad al hermano Ananías. Así que habla, muchacho. ¡Habla! ¿Dónde está escondido el dinero? ¡Habla antes de que te corte el cuello y deje que te desangres como un puerco colgado en una carnicería!
Pearl comenzó a sollozar de miedo y el Predicador se concentró en ella, sonriendo.
Puedes salvarlo, pajarita. Puedes salvar a John si lo cuentas.
¡John! ¡John!
¡Pearl, cállate! ¡Lo juraste, Pearl!
¡Calla, hijo de puta, déjala hablar! ¿Dónde está escondido, Pearl? ¡Dónde!

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Nos hemos dejado a papá, dijo Pearl.
Sí. Sí, Pearl, murmuró, demasiado cansado para dar explicaciones; de pronto, sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo, igual que si tuviera malaria o alguna pavorosa fiebre fluvial, al pensar en cómo se las había arreglado y en que nunca, en lo que le quedara de vida, podría estar seguro de haberse librado definitivamente del Predicador, que estaba de pie, metido hasta el muslo en las aguas someras bajo los sauces, a unos diez metros por encima de la hilera de chabolas flotantes, y profirió un sostenido y rítmico alarido casi animal, de ofensa y derrota. Y la gente de las chabolas flotantes dejó de dormir, de hacer el amor, de cantar viejas y melodiosas tonadas y se puso a escuchar, pues aquello era tan antiguo y misterioso como las cosas que yacían en el lecho del río, tan antiguo como el propio mal, un alarido vibrante, desigual, que les llegaba por encima del agua y cuyo ritmo ponía los pelos de punta.


[Anagrama. Traducción de Juan Antonio Molina Foix]

Wilford Brimley​ (1934 - 2020)​


Around the Sun: 2 carteles



miércoles, agosto 05, 2020

Pablo Aranda Ruiz (1968 - 2020)​


Ensayo sobre el Lugar Silencioso, de Peter Handke


Un día, a última hora de la tarde, muy lejos de mí, del rincón en el que yo estaba, en el televisor, después de las noticias, de las cuales apenas se podía oír nada, con el continuo ruido y estrépito que había en la sala, insólitamente, de un modo totalmente extraño y noble, apareció el rostro de William Faulkner, y no sé por qué a mí, en aquel rincón, se me hizo claro que el escritor que durante todos aquellos años había sido para mí, su lector, una especie de padre aquel día había muerto. Un gran silencio, a la vez doloroso y suave, se expandió dentro de mí y en torno a mí, y, además, me estuvo acompañando hasta más tarde, cuando –¿debió de ser en julio de 1962?–, por la noche, me dirigía en bicicleta al lugar en el que me albergaba, en las afueras de la ciudad, un silencio que se expandía por toda la ciudad.

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Ahora es el momento de aclararlo: los lugares que, de este o aquel modo, son silenciosos no me han servido únicamente de refugio, de asilo, de escondite, de protección, de cueva de eremita. Es verdad que en parte lo fueron siempre. Pero, también desde siempre, fueron al mismo tiempo algo completamente distinto. Precisamente esta diferencia radical, este mucho más es lo que me ha llevado a escribir este ensayo que, por medio de la escritura, intenta arrojar algo de claridad sobre este asunto, una claridad que por naturaleza es fragmentaria.


[Alianza Editorial. Traducción de Eustaquio Barjau]

Alan Parker (1944 - 2020)​


Cartel de Get Duked!


viernes, julio 31, 2020

Caballos salvajes, de Jordi Cussà Balaguer



Estoy en una horrorosa instalación, apariencia de granja y realidad de prisión, en la que me han curado el síndrome físico a base de baños, masajes, tés y susurros, dejando que digiriese lentamente todos los sabores del tormento. Cierto que me gustaría poder volver a escoger qué hago cada día al levantarme, pero estoy en una kafkiana sociedad sectaria de estructura militar y espíritu místico pero sádico donde pretenden curarme también el síndrome mental y emocional a base de mucha disciplina en general, una sobredosis de trabajo duro no remunerado y la cíclica confesión pública de mis pecados más íntimos. Me juego las tetas a que no resistiré ni dos semanas.

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Llamémoslo el precio de la aventura. Y es que una cosa es haber estado en la guerra y otra, muy diferente, volver, diez o veinte años después, a primera línea de combate. Aun así, me las arreglé bastante bien: uno delgado, bajito y encorvado, con cara de ardilla chupada por dentro, se me plantó justo delante con un ducados torcido entre labios y ojos de asesino perdonavidas:
-O me das la pastas o mi socios te pincha el sidas.
Sus plurales me despertaron el instinto, y agarrarlo por las hombreras y estamparlo contra el cuerpo del “socios”, el cretino que blandía una jeringuilla en la mano derecha como si fuera una Magnum, fue un gesto que llevé a cabo antes de plantearme las posibles consecuencias. Los dos patéticos atracadores, por otro lado, eran tan poca cosa que cayeron como un castillo de palillos, ovillados entre sus miserias y sus extremidades. Y yo, por instinto una vez más aunque hasta el momento no me hubiera servido de nada, me fui de allí, tan tranquilo como pude a tenor de las circunstancias, para alcanzar el coche y evacuar volando aquella pesadilla.

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Era un día más o menos normal dentro de la bestial rutina de aquel año 88, hoy hace un par de siglos, cuando la dulce Làlia ya me había dado pasaporte y Mín y yo, otra vez yonquis hasta el tuétano, trabajábamos las rutas que van a Andorra. Comprábamos en Sabadell, Badalona, Barcelona y Tarragona, y algunas veces en Valencia, Sevilla o Madrid, y después subíamos hacia la frontera pasando por Manresa o Igualada y alternando el eje de Berga, Bagà, Puigcerdà, con el de Cardona, Solsona, la Seu. Hacíamos un mínimo de dos viajes semanales moviendo un mínimo de diez gramos por viaje. Que podían llegar a ser veinte o treinta, según la liquidez del mercado y los porcentajes de beneficio que nos zampábamos. Después de todo, por eso lo hacíamos.

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Es evidente que nadie sabe cuánto dura, no ya un matrimonio sino una vida. Y también que había dos espadas colgando encima de mi cabeza: la que amenaza a todo ser viviente desde que es ser viviente, y mi particular espada del sida, que podía cortarme de raíz un día cualquiera. Eso dejando de lado que había sido yonqui durante mil años y, como solía decir Mín, hacer tantos kilómetros tan deprisa por una carretera tan mala nos tenía que atrofiar el delco por cojones. Pero los biorritmos estaban altos y las ganas de vivir hacían hibernar al virus, por decirlo de forma poética.


[Sajalín Editores. Traducción de Jordi Cussà Balaguer]

Honest Thief: primer cartel


Cartel de The Bay of Silence


miércoles, julio 29, 2020

Ensayo sobre el jukebox, de Peter Handke




Pero ahora, en las ciudades españolas su olfato le estaba engañando siempre. Ni siquiera en los bares de los barrios miserables, detrás de montones de cascotes, al final de un callejón sin salida, con poca luz, un indicio que le hacía apresurarse hacia ellos, ya desde lejos, encontró él una huella, fría desde hacía tiempo, algo así como la silueta más clara del objeto que buscaba, en una pared manchada por el hollín. La música que allí sonaba –a veces él, desde fuera, separado del interior por los muros, se confundía– venía de radios, de casetes o, en los rincones más especiales, de tocadiscos.

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Lo peligroso al oír música, le había contado alguien una vez, es la ficción que en ello hay de que lo que todavía hay que hacer ya está hecho. El sonido del jukebox de aquella época inicial, en cambio, le hacía concentrarse, literalmente; despertaba o hacía oscilar en él únicamente sus imágenes de posibilidad y le fortalecía en ellas.
Los lugares en los que uno, como en ninguna otra parte, podía meditar, luego, en los años de universidad, se convirtieron en lugares a los que uno iba a refugiarse, comparables a los cines; sin embargo, mientras que él se escamoteaba metiéndose en éstos, a sus distintos cafés con jukebox entraba cada vez con mayor despreocupación, diciéndose a sí mismo, para tranquilizarse, que los lugares acreditados para concentrarse eran también los lugares adecuados para estudiar.

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Al final él creía haberse metido ya en todos los rincones de la ciudad (memorizaba esos “rincones”, como si fueran palabras). Quizás llegó a entrar en cien casas, porque, como pudo comprobar mientras iba callejeando concienzudamente, el número de bares de la pequeña ciudad de Soria superaba con mucho el centenar; eran bares apartados, en callejones transversales, a menudo sin rótulos que los anunciasen; como tantas cosas de las localidades españolas, no se apreciaban a primera vista y sólo los conocían los vecinos del lugar –como si estuviesen reservados para ellos.

[Alianza Editorial. Traducción de Eustaquio Barjau con la colaboración de Susana Yunquera]

The King's Man: 2 carteles



Olivia Mary de Havilland (1916 - 2020)​​


Trailer de Bill & Ted Face the Music




Cartel de Lost Girls and Love Hotels


En Aleteia: Perfect Sense



Cartel de Oliver Sacks: His Own Life


John Saxon (1936 - 2020)​


Tenet: nuevo cartel


En Aleteia: Dónde estás, Bernadette



Peter Green (1946 - 2020)


Cartel de Kajillionaire


lunes, julio 20, 2020

domingo, julio 19, 2020

Mis amigos, de Emmanuel Bove



La soledad me pesa. Me gustaría tener un amigo, un verdadero amigo, o bien una amante a quien confiaría mis penas.
Cuando se deambula durante todo el día, sin hablar, uno se siente cansado por la noche en su habitación.
A cambio de un poco de afecto, compartiría todo lo que poseo: el dinero de mi pensión, mi cama. Sería muy cariñoso con la persona que me ofreciera su amistad. No la contradiría nunca. Sus deseos serían los míos. Como un perro la seguiría a todas partes- no tendría más que decir una gracia, y yo me reiría; cuando estuviera triste yo lloraría con ella.
Mi bondad es infinita. Sin embargo, las personas que he conocido hasta ahora no han sabido apreciarla.

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La vida es tan triste cuando se está solo y no se habla más que con personas que nos son indiferentes.

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Yo no quería matarme, pero si hubiese estado resuelto a hacerlo, no me habría gustado que nadie me tuviera cogido. Uno necesita toda su independencia para matarse. El suicidio no es como la muerte.

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Me gusta que me hagan confidencias, como me gusta que me hablen mal de las personas. Eso da vida a las conversaciones.

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El viento soplaba con tanta fuerza que al salir la puerta se cerró de golpe antes de que yo tuviera tiempo de hacerlo. Unas gotas más gruesas que las demás caían desde las cornisas sobre mis manos. La lluvia resbalaba por las aceras, hacia la calle. Cada vez que atravesaba una calle, la corriente de agua, demasiado ancha para pasar por encima, sumergía uno de mis pies. El agua que caía por los canalones, pegados a las casas, corría por la calle como si alguien acabara de vaciar un cubo. Las mangas de mi chaqueta no tardaron en mojarme las muñecas. Parecía que no me hubiera secado las manos después de lavármelas.
Llegó un tranvía vacío. Lo habían limpiado por la noche. Las bombillas que lo iluminaban tenían la tristeza de las luces que olvidamos apagar antes de dormirnos.

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Un hombre como yo, que no trabaja, que no quiere trabajar, siempre será odiado.
Yo era, en aquella casa de obreros, el loco, cuando en el fondo, todos hubieran querido serlo. Yo era el único que se privaba de carne, de cine, de ropa, a cambio de ser libre. Yo era el único que, sin pretenderlo, recordaba todos los días a la gente su condición miserable.
No me han perdonado ser libre y no temer la miseria.


[Pre-Textos. Traducción de Manuel Arranz]

Druk: 2 carteles



En Aleteia: Homemade


Cartel de Words on Bathroom Walls