miércoles, septiembre 02, 2015

Artistas sin obra, de Jean-Yves Jouannais


Este ensayo, gracias al cual descubrimos a unos cuantos escritores que no conocíamos, contiene reflexiones tan interesantes como ésta:

Si hay artistas sin obra, también es cierto que bastantes obras están desprovistas de autor, o lo han perdido.
El escritor no es una necesidad de la literatura, del mismo modo que el artista no es un elemento indispensable de la experiencia estética. De hecho, los corpus literarios abrigan numerosas obras sin paternidad. Los cuentos son, por excelencia, entidades sin autor, hasta el momento en que caen en manos y bajo la pluma de maestros de la reescritura como Perrault y los hermanos Grimm…

Precedido de un prólogo de Enrique Vila-Matas, el ensayo de Jouannais conecta totalmente con la obra del autor de Bartleby y compañía: hay interés por los escritores del no, por los que abandonaron o prefirieron no hacerlo o sólo fueron escritores orales o anclados en un silencio elocuente, y también hay algunos juegos de espejos (al parecer, uno de los escritores citados es invención del propio autor). Uno de los aspectos más interesantes ha sido el de saber de la existencia de la biblioteca Brautigan, de la que yo no sabía nada. Así, dice Jouannais:

La biblioteca Brautigan, en Estados Unidos, en Burlington, en el estado de Vermont, la integran libros rechazados por los editores, obras abortadas, en suma, que han quedado petrificadas en ese estadio del manuscrito al cual se suma algo peor que el oprobio: el veredicto a menudo tan injusto como definitivo del fracaso. Libros, pues, que no existen.

Y, un poco después, continúa:

¿Cuántos Desgranges escritores, fallidos o abortados, existen? ¿Cuántos manuscritos existen que, a pesar de fantasear con ser libros, son algo totalmente diferente, huellas impublicables por demasiado personales, demasiado nutridas de pasiones inasimilables, patinazos que no respetan las estrictas convenciones de la edición? ¿Cuántos textos hay que son verdaderas experiencias vitales, desprovistos de todo crédito artístico, y que no han sabido plegarse a los esquemas comunes de las pequeñas fruslerías narrativas que exige la industria del papel impreso? Una infinidad de la que son testigos todos los comités de lectura de las editoriales. De ahí el interés, poético, conceptual y, digamos, humano, de la biblioteca Brautigan, un fondo de manuscritos rechazados.

Los dandis, la comunidad shandy de Vila-Matas, los que sólo escribieron cartas o esbozos o borradores de novelas, los discretos, los ausentes… Es éste un gran catálogo de raros, de artistas sin bibliografía que prefirieron no hacerlo. Su obra, en la mayoría de los casos, fue el silencio: lo que pudo haber sido.


[Acantilado. Traducción de Carlos Ollo Razquin]

Macbeth: segundo trailer


The Danish Girl: otros 2 carteles



Pascal Chaumeil (1961 - 2015)


Kill Your Friends: 2 carteles



martes, septiembre 01, 2015

Escrito en el viento: 10 años


El 1 de septiembre de 2005, como puede verse en la foto, arrancaba este blog. Han transcurrido 10 años. He recopilado exactamente 12.540 entradas (sin contar con este post). Y seguimos. Gracias a todos los que, en uno u otro momento, han pasado por aquí.

Crímenes imaginarios, de Patricia Highsmith


No sé dónde leí hace poco que Perdida (la novela de Flynn, más que la película, pues el filme de David Fincher sigue sus propios caminos, pese a la fidelidad con la fuente original) le debía mucho a Crímenes imaginarios (A Suspension of Mercy es su título en inglés). Al principio pensé que eran exageraciones de la crítica, que ve copias e influencias en todas partes (yo también, pero menos). Y no es así. De hecho, podríamos considerar Perdida como una especie de remake muy personal, o como uno de esos reboots que ahora tanto se llevan en Hollywood. Es como cuando Martin Scorsese se encargó del remake de Cape Fear: era lo mismo pero a la vez era diferente, Scorsese siguió sus propias reglas, su propio camino, y lo adaptó a su estilo y cambió muchas cosas e innovó. Pues me atrevería a decir lo mismo sobre Perdida y Crímenes imaginarios. Se no me creen, juzguen ustedes mismos (si recuerdan la novela de Flynn):

Crímenes imaginarios nos presenta a Sidney y Alicia Bartleby, un matrimonio en crisis. Él es escritor y ella es pintora. Se trata de dos artistas dentro de la misma casa, lo que al cabo de los años es como juntar al gato y al ratón. Sidney tiene cierta violencia dentro, que en algunas ocasiones suelta al gritarle a su mujer delante de unos invitados, o utilizando la fuerza. Sidney va de rechazo editorial en rechazo editorial y, mientras trata de sacar adelante su novela, está escribiendo una propuesta de serie de televisión junto a un colega. Un día su mujer le dice que necesita irse por un tiempo, estar separada de él, y le ruega que le cuente a la gente que se ha ido a casa de su madre. No sabe cuándo volverá, ni dará señales de vida (estamos hablando de una época sin internet ni móviles). Así que el tiempo pasa y Sidney, cuando le preguntan, no confiesa la verdad: que ella le pidió que callara, que no revelara sus verdaderas intenciones. Y él ni siquiera les dice que están en crisis. Hasta que la dan por desaparecida (o "perdida") y comienza un circo desagradable para Sidney: los policías le interrogan, sus suegros desconfían de él, su vecina cree que es culpable de haber matado a Alicia… Por otro lado, Sidney, como es novelista y en parte detesta a su mujer, empieza a confundir su mente: ha imaginado tantas veces que la asesinaba y escondía su cadáver en una alfombra y luego iba a enterrarlo al bosque que, a veces, casi duda de la verdad.

Hay un momento en la novela en el que alguien pronuncia una frase que encontramos también en Perdida (y cito de memoria, así que la frase no será fiel), algo como: "No parece un hombre preocupado por haber perdido a su mujer". Es decir, igual que en la novela y también en la película, los focos se colocan sobre el marido. Todo el mundo lo pone bajo una lupa. Desconfían de él. Lo observan. Lo creen culpable.

En fin, que Crímenes imaginarios es un novelón, tal y como esperaba. La capacidad de Patricia Highsmith para inquietarnos y mantener nuestra atención en cada página es una de las bazas de su éxito incluso después de tantos años de su muerte. Quiero decir que no envejece, sino todo lo contrario. Un fragmento:

Las multitudes le ponían nervioso. Se sentía emocionalmente turbado cuando se encontraba con un nutrido grupo de personas en el vestíbulo de un cine esperando el momento de entrar en la sala. Le parecía que en el hecho de que estuvieran reunidas se ocultaba alguna intención hostil, como la reunión de un gran número de hombres para formar un ejército. A Sydney no le parecía que juntarse fuese una condición que la gente normal debiera desear. Las multitudes le inspiraban una especie de fobia. 


[Anagrama. Traducción de Jordi Beltrán]

Cartel de James White


Próximamente: Pequeño fracaso


De Gary Shteyngart. En Libros del Asteroide.

Sleeping with Other People: 2 carteles



Concussion: primer cartel


lunes, agosto 31, 2015

Lecturas de mí mismo, de Philip Roth


Lecturas de mí mismo se estructura en dos partes.

En la primera hay, fundamentalmente, entrevistas con Philip Roth que giran alrededor de sus obras, de su visión de la vida y de la política. Ésta, para mí, es la mejor parte de las dos porque es un género que me apasiona, sobre todo si el entrevistado es poeta, escritor o cineasta. Quien quiera saber más sobre la bibliografía del maestro Roth, no debe perdérsela.

En la segunda encontramos ensayos, artículos e incluso introducciones a los libros de otros autores. Aunque aquí brilla el estilo de Roth en la prosa, y su sabiduría analítica, reconozco que un par de textos me cansaron porque llega un momento en que el autor le da demasiadas vueltas a la narrativa judía (no digo que no me guste la narrativa de autores judíos: lo que digo es que al final tiene uno la sensación de cierta redundancia en torno al tema).

En cualquier caso, es un placer observar cómo analiza Roth los libros: sean suyos o de otros escritores (como Saul Bellow, Bernard Malamud, Franz Kafka o Milan Kundera). Aquí van algunas notas de este volumen:

Normalmente, las ideas de los libros se me presentan con el aspecto de puro accidente o azar, aunque, una vez finalizada la obra, en general veo cómo lo que ha tomado forma se engendró en la interacción entre mi narrativa anterior, la historia personal reciente no digerida, las circunstancias de mi entorno inmediato, la vida cotidiana y los libros que he estado leyendo y sobre los que he dado clases. La relación cambiante de estos elementos de experiencia centra el tema, y entonces, meditando en ello, encuentro la manera de asirlo.

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Convertirte en una celebridad es convertirte en una marca.

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Viví en el Lower East End durante unos seis meses con gran insatisfacción: no me gustaba la escena "literaria", no me interesaba el mundo editorial, no podía dominar los estilos de combate sexual que estaban en boga a fines de los años cincuenta, y, como no trabajaba a sueldo del comercio, la industria o las finanzas, no veía muchos motivos para seguir allí.

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Mire, el arte también es vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como con la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida.

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Muéstreme a un escritor que no se enfurezca porque le malentienden, le leen mal o no le leen, y que no esté seguro de que tiene razón.


[Mondadori. Traducción de Jordi Fibla]

Próximamente: Discutir Houellebecq


En Clave Intelectual. De Varios Autores.

Wes Craven (1939 - 2015)


Cartel de Wildlike


Oliver Sacks (1933 - 2015)


viernes, agosto 28, 2015

Hombre / Que viene Valdez, de Elmore Leonard


Es un lujo que Valdemar haya sacado no una, sino dos novelas de Elmore Leonard ambientadas en el Oeste, y las haya reunido en el mismo volumen.

Es muy posible que ambas novelas estén, de modo indirecto, en la memoria de algunas personas. Porque ambas fueron llevadas al cine entre finales de los 60 y principios de los 70 y las imágenes de Paul Newman (con melena de indio y luego con camisa blanca y el pelo corto) y de Burt Lancaster (con frondoso bigote y ataviado con ropa propia de la caballería) en esas películas ya son más célebres y más míticas que las propias películas. Ambas comparten algo en común, aparte del género: constituyen una crítica velada a quienes menospreciaban a otras razas, como los indios o los mexicanos. Y también en ambas hay un personaje masculino que es duro y justo, implacable y bondadoso.

Hombre cuenta el viaje de varias personas en una diligencia hasta que el vehículo es asaltado y empiezan a crearse situaciones de tensión y luego de vida o muerte. En esa diligencia se desplaza John Russell, un hombre que se crió con los apaches y ha adoptado sus costumbres y su comportamiento, y al que apodan "Hombre" (en castellano, en el original). Hombre es una buena novela y se devora desde el principio como si nos hubiéramos metido en un western de los 70, quizá los más infravalorados del género, pero que dieron títulos muy estimables y películas que se han ido convirtiendo en piezas de culto. Pero Que viene Valdez es muy superior, pues contiene más trama, más recovecos y más trabajo de personajes.

Que viene Valdez cuenta lo que sucede desde el momento en que, durante un tiroteo, el alguacil Roberto Valdez elimina a un hombre negro del que luego se descubre su inocencia. El fiambre deja una mujer india embarazada y Valdez, aunque él no creó la situación, sostiene que todos los hombres culpables e involucrados deberían reunir dinero para compensarla y así ella tenga algo a lo que aferrarse. Pero nadie está dispuesto a soltar un dólar y Valdez debe enfrentarse a Frank Tanner, el fulano que posee una hacienda y un ejército a su servicio, y quien es el culpable de acusar falsamente al hombre que Valdez mató en defensa propia. Ambas novelas están llenas de diálogos con la marca de la casa de Elmore Leonard: ágiles, precisos, contundentes. Hay un momento en que a Valdez le atan una cruz en la espalda y lo dejan en el desierto. Luego se topa con uno de sus captores y esto es parte de lo que hablan:

-Pensé que eras tú, pero luego me dije, no, ese hombre lleva una cruz en la espalda.
-Me cansé de llevarla –respondió Valdez.
-Alguien te encontró, ¿eh?
-Alguien.
-Tuviste a la suerte de tu lado en esta ocasión.
-Si la gente te ayuda –respondió Valdez–, no necesitas a la suerte.

Como es habitual, la muerte siempre está presente en las novelas de Leonard, y nunca puede faltar en un buen western. Aquí contiene algo de poesía. Veamos lo que le sucede a uno de los tipos a los que Roberto (Bob) Valdez dispara:

Y luego pensó: deberías saber cuándo vas a morir. Debería ser algo que uno planease. No debería ocurrir, pero está ocurriendo. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero no pudo. Tenía toda la parte izquierda entumecida, desde el pecho hasta las piernas. Tenía el costado abierto y su vida se escapaba mientras contemplaba el cielo. Se dijo a sí mismo, ¿qué es el cielo para mí? Se dijo, ¿qué haces aquí solo?

Ojalá publiquen más "novelas-western" de Elmore Leonard. Se agradecería.


[Valdemar. Traducciones de Juan Antonio Santos y Marta Lila Murillo]

Próximamente: Los bárbaros


De Jacques Abeille. En Sexto Piso.

Macbeth: nuevos carteles



The Danish Girl: 2 carteles



Freeheld: nuevo cartel


jueves, agosto 27, 2015

Próximamente: Zeroville


De Steve Erickson. En Pálido Fuego.

A espaldas del lago, de Peter Stamm


En las compilaciones de relatos de Peter Stamm, al menos en las que yo he leído, suele haber cuentos que simplemente están bien… pero siempre hay tres o cuatro que me parecen sublimes. A espaldas del lago, el último libro de Stamm publicado en España, contiene 10 historias ambientadas al sur de Constanza, de las que me interesa destacar 3 de ellas, siempre escritas con esa prosa minimalista del autor:

"Los veraneantes" es el relato de un hombre que necesita tranquilidad para terminar de escribir un libro, y se refugia en un balneario entre las montañas. Y allí todo es extraño: lo regenta una única (y misteriosa) mujer, no hay electricidad y no se ve ni un inquilino. Pero, en el fondo, el narrador empieza a detectar que aquello le gusta: la mujer, el entorno bucólico, la tranquilidad… Creo que es el clásico cuento que nos fascina a quienes escribimos, pues entendemos muy bien los rudimentos del oficio, las cosas que se van contando, las necesidades de hombre normal metido en una situación insólita. Tal vez sea el mejor relato del libro, y es con el que Stamm arranca.

"El curso normal de las cosas" se centra en una pareja que está de vacaciones en una cabaña alquilada, pero nada es como pregonaban las guías y los anuncios de la empresa. En la cabaña más próxima hay una familia: meten demasiado ruido, son extraños, pero a la vez estimulan la curiosidad de la pareja, lo que en cierta manera convierte al marido en una especie de hombre en "la ventana indiscreta". Quienes hayan salido de vacaciones en pareja a sitios que no son lo soñado (porque en realidad son una especie de timo), conectarán en seguida con el relato.

"La maleta" (título idéntico al de la novela de Sergei Dovlatov) cuenta lo que ocurre cuando una mujer es ingresada en el hospital y cae en coma y su marido tiene que hacer una maleta con lo necesario (según los folletos del hospital): una maleta para ella, con material de aseo, ropa interior, lecturas… Esa maleta, como en la novela citada, se convierte en una especie de metáfora de lo que es o lo que representa la mujer: lo que quizá quede de ella, sus cosas, sus intimidades… Algo que se ve en el pasaje en el que el hombre se va a un hotel y allí, en medio de su soledad y su desamparo, coloca dicha maleta en el lugar de la cama doble en el que tendría que estar su mujer. Dice el narrador: Es como si en esa maleta estuviera todo lo que quedaba de Rosemarie. Las cosas tienen más en común con ella que el cuerpo frío que había visto en el hospital un par de horas antes, expuesto en una cama de metal y reducido a sus funciones vitales.


[Acantilado. Traducción de José Aníbal Campos]

Suffragette: 2 nuevos carteles



Steve Jobs: primer cartel


Sin que sirva de precedente



son las seis de la tarde
         del mes de agosto:

         estoy echado en la cama,
         encima de la cama, desnudo:

         en una mano tengo un porro
y       en la otra un cigarrillo:

         estoy a gusto:

         acabo de follar con Chica
         aunque ahora que lo pienso
         lo que realmente hicimos fue
         querernos:

         por la ventana abierta de par en par
         entran los tejados de mi calle:

         el martillo neumático de una zanja:

         alguien que arranca el coche:

         niños:

         tengo sueño, mucho, mucho sueño:

y       lo que es todavía mejor:
         por esta vez
         sin que sirva de precedente
         tengo ganas, muchas, muchas ganas

         de 
         soñar:


         negándose a despertar:
           john fante:


David González, De todo corazón

Youth: nuevo cartel


Knock Knock: 2 carteles



The Martian: 2º cartel


miércoles, agosto 26, 2015

Cómo ser grosero e influir en los demás, de Lenny Bruce


La primera vez que supe de Lenny Bruce, hará ya unos mil años, fue al ver la película de Bob Fosse, Lenny, interpretada por Dustin Hoffman. Recuerdo que me entusiasmó, y que me quedé prendado de ese personaje blasfemo, provocador y políticamente incorrecto. Muchísimo tiempo después encontré en la Feria del Libro de Madrid un volumen que, supongo, poca gente conoce: Lenny Bruce. El cómico del escándalo, una especie de agrupación de textos de diversa procedencia (entrevistas, números cómicos, etc.). Gracias a Malpaso podemos leer ya estas memorias, atípicas y extravagantes. Subtituladas "Memorias de un bocazas", constituyen un pequeño pedazo de la historia de Estados Unidos porque incluyen episodios muy sonados allí, como las polémicas y juicios por escándalo público tras ciertas actuaciones en los clubes. Eran tiempos de busca y captura y de caza de brujas, y un tipo deslenguado como Lenny Bruce se convirtió en la cabeza de turco de los biempensantes.

Necesitamos, hoy más que nunca, a cómicos como Lenny Bruce. Que no tengan miedo. Que sepan hacer del humor un arma arrojadiza. Que no se callen. Que apuesten por un lenguaje políticamente incorrecto. Aquí, en estas páginas, están sus historias de amor y sexo y odio, sus escándalos y sus arrestos, sus aprendizajes, sus enfermedades… Absténganse de leerlo los que tengan la cabeza cuadrada y problemas con el humor y el lenguaje con jerga y palabrotas.

Aquí van las primeras páginas, servidas por El Boomeran(g).


[Malpaso Ediciones. Traducción de Laura Salas Rodríguez]

Próximamente: Instrucciones para ver una película


De David Thomson. En Pasado & Presente.

Beasts of No Nation: 7 carteles








Love the Coopers: primer cartel


The Program: 4 carteles





lunes, agosto 24, 2015

Dolly City, de Orly Castel-Bloom


Esta insólita, sombría y poderosa novela, de una autora israelí a la que en España no conocíamos, recuerda un poco al universo inexplicable de David Lynch y mucho al mundo de la carne desgarrada de David Cronenberg. La narradora es la doctora Dolly, que vive en Dolly City, una ciudad de ciencia-ficción, y que tiene una obsesión consistente en cortar y sanar, operar y abrir cuerpos, ya sean de animales o de personas. En lo que no parece reparar es en que esas operaciones de cirugía hacen más daño que bien, causan más perjuicio que reparación. Al principio de la novela encuentra a un bebé al que iban a matar y se lo queda. Lo convierte en su hijo. Como ella tiene "la enfermedad de las posibilidades infinitas", cree que el hijo podría contraer enfermedades, que podría tener cáncer, y cree que todo el exterior tiene cáncer (no sólo las personas, también los coches, las calles, los edificios…). Y por eso, una y otra vez, lo somete a cautiverio y a largas y difíciles operaciones, convirtiéndolo de paso en una especie de freak, de monstruo de Frankenstein, una criatura pequeña y cosida y llena de cicatrices por todas partes, una imagen que sería terrorífica en una película, y que también es terrorífica cuando se la imagina el lector.

Se ha citado a Kafka para etiquetar y encajar en algún lado esta obra de Orly Castel-Bloom. Los críticos siempre necesitan algo a lo que aferrarse. Pero el universo de esta autora es algo distinto, así como, aunque yo he citado a Lynch y a Cronenberg, ella tiene su propio mundo de ficción. En su entorno de ficción nunca hay respuestas, pasan cosas tan extrañas que el lector no sabe si ella las ha soñado o si ocurren de verdad: por ejemplo, todas las veces en que la narradora mata y continúa adelante sin problemas, o el día en que le pide a alguien que le pegue el niño a su espalda (espalda contra espalda), como si fuera una mochila de carne, para que pueda llevarlo por la calle sin separarse. A veces la internan en un manicomio porque su madre y su hermana saben que está como un cencerro. Esta novela encierra mucho poder de seducción, te atrapa y te horroriza al mismo tiempo. Unos extractos:

¿Cuánto tiempo puedes dejar que los ojos trabajen horas extras pasando de una imagen a otra hasta que ya no sabes lo que estás viendo?

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El miedo al cáncer es el más terrible de todos. Creo que es la enfermedad más sombría que el ángel de la muerte haya podido inventar. Esa enfermedad es una gran trampa, tanto para el médico como para el paciente, porque nunca se puede saber con absoluta certeza si ha empezado ya a florecer en las profundidades del cuerpo de una persona. Localizar el brote incipiente es tan difícil como atrapar un pájaro en pleno vuelo. Aunque lograras atraparlo, en el mejor de los casos te caerías de bruces y te romperías la mandíbula.

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Por las noches no podía dormir. En primer lugar, debido a los trenes y a la autopista, que me volvían loca. Con el transcurso de los años, la población de Dolly City había ido en aumento y la ciudad se había llenado de toda suerte de infraseres e infrahombres que pedían cada vez más vehículos, más y más carreteras y vías férreas. No hubo más remedio que construir esas carreteras y vías férreas unas encima de las otras, y ahora el horroroso estrépito de los trenes era más fuerte que nunca. El ruido estaba tan integrado en mi ser que a veces pensaba que era fruto de mi imaginación.

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Hasta entonces mi hijo no había traspasado el umbral de casa, no había más niños que los que salían en la televisión, aparato que él detestaba. Cuando muy de vez en cuando yo salía unas horas, lo dormía. Como responsable de su educación, no le había enseñado a hablar. ¿Para qué? ¿Para que dijera "mamá"?

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No conocía el reposo. Mi cerebro trabajaba con igual rapidez que un tren sin frenos. Mi vocación médica me destruía por completo. Me tomaba la profesión demasiado en serio.


[Turner Libros. Traducción de Eulàlia Sariola]