sábado, octubre 25, 2014

Próximamente: Soy Yo, Édichka


De Eduard Limónov. En Marbot Ediciones.

Cartel de Folies Bergère


Cartel de Fall


Ramiro Pinilla (1923 - 2014)


The Hobbit: The Battle of the Five Armies: nuevo cartel




Trailer de Avengers: Age of Ultron


Cartel de The Gambler


miércoles, octubre 22, 2014

Próximamente: Vinalia Trippers. Duelo al sol


De Varios Autores. En Vinalia Trippers.

Fury: 5 carteles






martes, octubre 21, 2014

La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski


Por fin tenemos aquí otro libro de Mark Z. Danielewski tras La casa de hojas. Lo primero que debemos destacar es su edición, el cuidado con el que se han seguido las ideas y las obsesiones estéticas del autor, un hombre al que le fascina el libro como objeto, como continente en relación al contenido, como herramienta que cuenta una historia junto con las palabras. La edición, por tanto, se presenta con colores, relieves, ilustraciones y diversas fuentes de letra. Es un volumen nacido para exponerse en una vitrina, y es de agradecer que los editores (Pálido Fuego & Alpha Decay) hayan cuidado hasta el último detalle para no adulterar la obra original. Eso en cuanto a la factura estética y la maquetación que, insisto, también cuentan la historia.

En cuanto al contenido: se trata de una novela corta, o más bien de un cuento breve con toques fantásticos que a mí me recuerda a lo que hace Neil Gaiman. Si se pretendiera comparar este libro con House of Leaves, evidentemente La espada de los cincuenta años perdería: no es una obra tan ambiciosa, tiene algo menos de 300 páginas y el texto sólo aparece en las páginas de la izquierda, y está escrito de una manera que recuerda a la poesía de verso libre. Seguro que los enemigos de estos presupuestos estéticos la atacan; sin embargo, hay que centrarse en la narración, en lo que cuenta el autor. Véanse los elementos con los que juega: un grupo de huérfanos, un siniestro cuentacuentos, varios narradores, una costurera, una fiesta de Halloween y un Hombre Sin Brazos que fabrica espadas, espadas que no sólo matan gente, sino también países o ideas, dependiendo de la función para la que hayan sido creadas. Puro goce, pura fantasía. Mark Z. Danielewski ha encontrado un camino que se sitúa en un territorio extraño en el que confluyen el cuento infantil, la novela gótica, la poesía e incluso el cómic.


[Pálido Fuego & Alpha Decay. Traducción de Javier Calvo]

Trailer de Leviathan


Banner de Horrible Bosses 2


Sample This: 2 carteles



lunes, octubre 20, 2014

Próximamente: Una infancia


De Harry Crews. En Acuarela & A. Machado.

Indies, hipsters y gafapastas, de Víctor Lenore


La intención de este libro no es reivindicar la pureza original de la "cultura alternativa", soñando con volver al momento anterior a que llegaran las grandes corporaciones a corromperla y vaciarla de sustancia.

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Uno de los estereotipos más potentes relacionados con la escena indie o alternativa es el gafapasta. La expresión alude al cinéfilo, que adora Lost In Traslation pero detesta las comedias románticas de Tom Hanks y Meg Ryan, aunque no haya grandes diferencias entre ambas. O quien rechaza por completo el discurso político del director de cine Michael Moore porque ha cometido el imperdonable atentado estético de usar voz en off.

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Lo que calificamos como hipster, cultureta o gafapasta no está tan lejos de la "mentalidad del señorito" de toda la vida. Páginas web como Jod Down, subtitulada "Contemporary cultura magazine", muestran a la perfección ese tono altivo del licenciado en periodismo que sabe más inglés que la media y no está dispuesto a que lo olvidemos en ninguno de sus párrafos.

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Es sensato celebrar la democratización de los medios para producir arte, pero no la epidemia de "yoísmo" que conlleva. Cada menor de cincuenta años se ha convertido en programador de radio, curador de fotografía y crítico cultural (aunque sea escogiendo nuestros filtros favoritos, compartiendo nuestras listas de reproducción musical y manejando nuestros blogspots). Andy Warhol dijo que en el futuro cualquiera podría ser una celebridad durante quince minutos. Twitter, Facebook e Instagram han conseguido algo parecido: que todos seamos famosos para quince personas.

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Que el cine más "especial" se utiliza como mecanismo de distinción es algo que se puede deducir de las entrevistas de los propios directores de culto. Por ejemplo, de esta respuesta de Isaki Lacuesta, cineasta muy respetado por los "modernos": "Con Los condenados, por ejemplo, lo vi muy claro. Cuando se proyecta en las salas de cine no va nadie. Luego, a la semana siguiente, se pasa en un festival o en un museo de arte contemporáneo, cobrando el mismo precio de entrada que la sala de cine, y se llena, o incluso se queda gente en la calle". Las lógicas del "evento" mandan en el público hipster tanto como en la industria cultural mainstream.

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¿Por qué nos hacemos hipsters?
Antes de responder a la pregunta que titula este capítulo, hay que solventar una cuestión previa: ¿cómo es posible que siga triunfando la cultura hipster en un país asolado por el empleo precario y con un paro juvenil del 53 por ciento? La respuesta es que estamos ante una opción de vida elitista, pero no tan cara como parece. Si tienes conexión a Internet en casa, servicios musicales tipo Spotify te salen gratis, además de que puedes consultar las webs de tendencias y bajarte todas las películas y series que te apetezcan desde cualquier servicio de intercambio de archivos.

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Evgeny Morozov, especialista en política y tecnología, explica que el régimen actual es una mezcla de 1984 (George Orwell) y Un mundo feliz (Aldous Huxley). Para las cuestiones cruciales (austeridad, orden público…) rige un estricto autoritarismo, mientras para todo lo demás se ofrece hedonismo participativo, siempre regulado por el mercado. Las estampas las tenemos delante todos los días: partidos del Mundial entre cargas policiales, festivales cool a dos kilómetros de protestas sociales y raperos del gueto como Jay-Z convertidos en iconos del turbocapitalismo, mientras en los barrios negros pobres estallan las revueltas.


[Capitán Swing]

Cartel de By the Gun


Otro cartel de Birdman


sábado, octubre 18, 2014

Cartel de Big Eyes


Próximamente: Vampiros y limones


De Karen Russell. En Tusquets Editores.

El murmullo, de Milo J. Krmpotić


Desapareció bajo la lluvia.
Salió a su encuentro en el despertar de la mañana y se desvaneció unos pasos más allá, engullida por la cortina de agua, como uno de esos barquitos de papel propios de cancioncilla infantil que, arrastrados calle abajo por la corriente, se resisten a volcar, sortean como mejor pueden un par de remolinos y, a la vuelta de una esquina, sin tiempo ya para reaccionar, se ven absorbidos hacia el negro interior de la boca de alcantarilla que les ha salido al paso.
Entonces comienza otro relato, el que no siempre nos cuentan de pequeños, el que provoca miradas inseguras entre los mayores, el que los lleva a cambiar de tema mientras disimulan su incomodidad con una sonrisa forzada o un ya lo entenderás más adelante.
Entonces comienza este relato.
Desapareció bajo la lluvia.

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Dos días ya, 48 horas de encierro, y no se aprecian señales que indiquen un abandono drástico, huellas de orina en el fino colchón sobre el que yace el cuerpo de la niña, manchas similares en sus tejanos, heces que se amontonan avergonzadas en alguna de las esquinas de la habitación. Por el contrario, sus zapatillas de deporte descansan a los pies del camastro, colocadas una junto a la otra al mismo nivel, como el calzado que ordenamos en el recibidor, frente a la chiquillería ilusionada, la víspera de Reyes. Más: en la perpendicular del lecho, al alcance del brazo izquierdo, una taza metálica, en torno a un dedo de agua aún en su interior. Y notamos la ausencia del collarín de cuero y las pulseras trenzadas que llevaba en el momento de su captura, hasta ese punto se han preocupado de evitarle riesgos, elementos que pudieran clavarse contra su carne hinchada por los desajustes del riego sanguíneo, durante su recuperación.
Ligeros indicios, quizá pequeñas promesas.
Hay tiempo, murmuramos, asentimos.
Deseamos.

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No era el mejor momento para que Pardo me pusiera a trabajar de ese modo.
Como si nada hubiera pasado.
Cuando de hecho todo estaba sucediendo.
Todo era el saberme despedido sin por ello sentirme despedido. Porque había vuelto al periódico aquella mañana, con el estómago del revés y la cabeza atravesada por fogonazos de dolor, como si la reunión del día antes, tan lejana ya, hubiera formado parte de un sueño múltiple, variado, inconexo. No tenía siquiera la consistencia de las pesadillas que te consumen durante toda la noche, aquellas de las que te cuesta bastantes horas escapar y aun así continúan regresando con inesperados ecos durante algunas semanas más. A mi alrededor se extendía la sucesión de mesas de siempre, separadas en la disposición habitual por sus mamparas, los mismos tres despachos ocupando puntos estratégicos a lo largo del anillo más externo de aquel extremo de la redacción. Tanto daba que las sillas frente a las mesas se encontraran vacías, que tan sólo uno de los despachos, el de Pardo, se hallara ocupado. La mezcla de iluminación eléctrica y natural, el olor, la ranita de peluche sobre el alzapantallas en mi escritorio… el espacio todo generaba familiaridad y de su mano me sentía caer en una mullida sensación de normalidad, por lo que una y otra vez debía proceder a recordarme lo inevitable de mi destino: Estás despedido.


[Editorial Pez de Plata]

Trailer de In the Heart of the Sea



The Heart Machine: 2 carteles



Trailer de Black Sea


Unbroken: primeros carteles



Cartel de Citizenfour


jueves, octubre 16, 2014

CINE XXI: David Fincher


DAVID FINCHER (Estados Unidos, 1962)

    A estas alturas ya nadie lo duda: David Fincher es uno de los directores más carismáticos y personales del cine contemporáneo. Su debut fue atípico: tras dirigir varios videoclips, aceptó encargarse de una secuela, Alien 3 (Alien³, 1992). Durante años Alien 3 ha sido la película denostada de la saga; pero, en mi opinión, es un trabajo ejemplar, superior a las partes firmadas por James Cameron y Jean-Pierre Jeunet y sólo unos pasos por detrás de la de Ridley Scott. Fincher le dio un giro a la franquicia, transformando en metafísico y tenebroso un relato que Cameron había apartado del terror para reconducirlo hacia la acción. Esa ópera prima de ambientes sucios y sórdidos posibilitó que obtuviera presupuesto para rodar uno de los thrillers más originales e incómodos de la década. Nos referimos a Seven (Se7en, 1995), que rompió moldes: gracias a este título, el cine de suspense volvió a ocupar un puesto de privilegio y los directores prestaron más atención a los créditos de apertura, que Fincher y el diseñador Kyle Cooper elevaron a la categoría de arte. Seven se le metía al espectador en el cerebro, como un virus inventado por William S. Burroughs, y allí permanecía, dando vueltas junto a las imágenes de lluvia, de cadáveres y de distorsiones audiovisuales.
    En The Game (The Game, 1997), gran película aunque más liviana en cuanto a intenciones que su trabajo previo, regresó a terrenos espeluznantes, perturbadores, en esta ocasión mediante un juego que ponía a prueba la humanidad del personaje de Michael Douglas. En todas las obras de Fincher hay sensaciones de desazón, como si quisiera recordarnos que el mundo de ahí fuera no es seguro, que está delimitado por homicidas, monstruos y psicópatas. Con El club de la lucha (Fight Club, 1999) construyó uno de sus largometrajes más sólidos, partiendo de la novela homónima de Chuck Palahniuk, otro artesano de las regiones oscuras del hombre. Fincher nos obsequiaba aquí con un retrato certero del hombre moderno, asediado por sus fobias, sus obsesiones y las servidumbres rutinarias que impone el mundo contemporáneo.
    La habitación del pánico (Panic Room, 2002), otra cinta de suspense, es, quizá, su filme más flojo. En cualquier caso no está a la altura de su predecesora ni de la siguiente historia que Fincher rodaría: Zodiac (Zodiac, 2007), posiblemente su obra maestra, un diagnóstico desasosegante de la obsesión, del mal sin rostro que merodea por las ciudades y los descampados, de la caza de un ser tan escurridizo como un pez. Filmada en 35 mm, es magistral la composición de cada plano y el ritmo de un montaje que remite a los thrillers que varios maestros rodaron en los 70.
    Partiendo de un cuento de F. Scott Fitzgerald, en El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008) abandona las brumas del thriller y la intriga para erigir un relato fantástico que, en manos de Fincher, no renuncia al desasosiego, y al que aporta una épica emparentada con Forrest Gump (Forrest Gump, 1994, Robert Zemeckis), que viene a ser como el reverso tenebroso de esta película. Si en este largometraje logró despistar y sorprender a sus seguidores, aún fue un paso más allá con La red social (The Social Network, 2010), otra mirada a las obsesiones de nuestro tiempo. Su espléndido dominio de la cámara y su concepción de la narrativa visual brillan aquí al convertir un libro sobre la gestación de Facebook en un drama apasionante que analiza los límites entre la amistad, el interés económico y las nuevas tecnologías. Puede que sea una de sus películas más premiadas y nominadas.
    Dado que a David Fincher le gusta apostar fuerte y afrontar riesgos, con Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo, 2011), adaptación del primer título de los best-sellers de Stieg Larsson, parecía destinado al fracaso, pues se trata de un material en exceso popular. No fue así. Una vez más logró cautivar y aturdir al espectador, con un cuidadísimo retrato del malestar contemporáneo y del desasosiego que nos causa el mal cuando adopta múltiples caras y usa disfraces esquivos. Fincher es uno de los grandes cronistas de nuestro tiempo. 

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Filmografía escogida: Seven (Se7en, 1995), El club de la lucha (Fight Club, 1999), Zodiac (Zodiac, 2007)*, La red social (The Social Network, 2010).
Bibliografía:
Browning, Mark, David Fincher: Films That Scar, Praeger, Santa Barbara (California), 2010.
Internet:
http://www.fincherfanatic.com 

***
 
[A propósito del estreno de Perdida (Gone Girl, 2014), que no entró en la ficha para este diccionario porque se gestó hace un par de años, varias personas me han preguntado acerca de la obra de David Fincher, así que he preferido copiar aquí el microensayo que escribí para el diccionario (tuve que ceñirme al espacio disponible del proyecto concebido por Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda). Un apunte: creo que debería revisar Panic Room porque sólo la vi una vez y en versión doblada, aunque eso sí: en el cine].

Los favores de la Fortuna, de Frederic Manning


Creo que lo que más me ha gustado de este libro es su lenguaje, el lenguaje brusco y plagado de tacos que emplean sus personajes, es decir, los soldados que combaten en la Francia de la Primera Guerra Mundial: un lenguaje que se aproxima mucho al que utilizan en El sargento de hierro, una de mis películas favoritas de la filmografía de Clint Eastwood. Es decir, un lenguaje basado en la realidad, porque quienes luchan suelen estar hasta las pelotas y hablan como camioneros. Y aún me gusta más que su traductora, María Fernández, haya respetado esto, porque, de haberse traducido esta novela (inspirada en hechos reales, aunque con personajes ficticios) en los 60 o en los 70, hubieran suavizado el lenguaje en la edición española hasta un punto irreconocible. Así lo hacían antes en las ediciones españolas, no lo invento.

Frederic Manning nos ofrece un vistazo poderoso a lo que ocurre no en la batalla (aunque hay algunos pasajes "de lucha"), sino en las trincheras, en los campos que recorren los hombres… Nos muestra lo que hacen, lo que hablan, lo que comen, lo que beben, lo que sueñan. Por encima de todo hay algo que todo escritor contrario a la guerra suele recalcar: que en realidad el soldado de a pie lucha por sí mismo, pero también por su compañero, al que se niega a dejar caído, aunque los mandos insistan en que se deje atrás a los heridos y a los muertos. Manning fue muy admirado por grandes escritores y es la primera vez que se publica este libro en España. Aquí van unos fragmentos:

Resulta curioso que mientras que cada hombre es un misterio para sí mismo, para los demás es como un libro abierto; quizás porque uno pasa por el tormento y la confusión de los procesos mentales que mueven sus actos y desde fuera solo se aprecia el acto en sí, simple y único.

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-Entonces, ¿por qué leches te alistaste? –le preguntó Madeley.
El Llorón levantó aquella mano enorme, que parecía más bien una pala, con la solemnidad del que está haciendo un juramento.
-Ahí me has pillado, tío –admitió–. Cuando vi a todos los chalados alistándose, y a mí paseando con mi novia, como todos los domingos, me dio vergüenza. Intenté pasar y olvidarme, pero no pude. Yo ya sabía de qué iba el tema, pero no dejaba de darle vueltas a la cabeza y al final nada, yo también fui a alistarme como un gilipollas. Me daba vergüenza andar paseando por la calle. Pues sí, me daba vergüenza. Pero os digo una cosa: si ahora pudiera mandar el uniforme a tomar viento y ponerme otra vez de paisano, ¡pronto iba yo a pasar vergüenza! No, señor, ni aunque me tuviera que ir escondiendo por los callejones y pasar de echar un trago en el Old Vaults. Ya no me queda nada de dignidad, tíos, es la pura verdad. Lo que yo digo es que los que han hecho la guerra, ¡que vengan y que luchen!

**

-Yo nada más que digo –continuó el Llorón– que si un hombre la espicha, ya se la suda quién gane la puta guerra. Estamos aquí y ya no podemos hacer nada, mi cabo primero. Y ya que estamos aquí tenemos que luchar por nosotros. Por nosotros y por el de al lado.

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Los hombres establecen un vínculo más fuerte por las experiencias triviales que comparten que por los compromisos más sagrados.

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La determinación de un hombre solo puede medirse en función de los horrores y las dificultades que haya tenido que superar.


[Sajalín Editores. Traducción de María R. Fernández] 

Trailer de Blackhat


Horrible Bosses 2: nuevo cartel


Y más carteles de The Hobbit: The Battle of the Five Armies





Cartel de A Merry Friggin' Christmas


Elizabeth Peña (1959 - 2014)


American Sniper: nuevo cartel


Jurassic World: 2º cartel


martes, octubre 14, 2014

Un hombre afortunado, de John Berger


John Berger es uno de los grandes exploradores de la relación entre la imagen y la palabra. En sus libros solemos encontrar fotografías, esbozos y bocetos, pinturas o dibujos, o a veces todos ellos. Berger también es uno de esos escritores que no parecen hacer ruido, y cuyos libros no obtienen la atención mediática que poseen otros autores. Pero cada poco salen obras suyas, nuevas o reeditadas: ensayos, novelas, biografías, manuales sobre el arte… Y es un placer leerlo.

En Un hombre afortunado encontramos una mezcla de géneros: el ensayo, el reportaje, la biografía, el álbum de fotos… En las primeras páginas, el Berger narrador está aparte, como si él no hubiera presenciado los casos, y nos va relatando algunos ejemplos de cómo John Sassall, un doctor inglés del entorno rural, hacía su trabajo… Más adelante, Berger empieza a desvelarnos quién es el médico, empieza a soltar más datos. Sabemos que ha estado con él, que lo ha acompañado, que el libro es un recorrido por el trabajo de este hombre y su relación con los pacientes, con la enfermedad y la muerte. Pasadas bastantes páginas, la obra ya no consiste en la descripción de cuanto hace ese médico, sino que va más allá, y el autor introduce amplias reflexiones sobre la relación de los doctores con la pérdida y la enfermedad. Y el libro cobra otra dimensión. El volumen, además, está lleno de fotografías de Jean Mohr (que nos muestran los paisajes, los pacientes, las miradas, los gestos, al propio médico…), y compone, junto a la narrativa de John Berger, una pieza maravillosa de no ficción. Aquí van unos cuantos extractos: 

Para quienes están detrás del telón, junto a los pobladores, los referentes del paisaje ya no son sólo geográficos, sino también biográficos y personales.

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El primer temor cuando nos ponemos enfermos es que nuestra enfermedad sea única. Intentamos racionalizarlo, debatimos con nosotros mismos, pero siempre nos queda el fantasma del miedo. Y ese fantasma permanece por una razón. La enfermedad, en cuanto fuerza indefinida, es una amenaza potencial contra nuestra existencia, y todos somos sin remedio altamente conscientes de que esa existencia es única. En otras palabras, la enfermedad participa de nuestra propia singularidad. Al temer su amenaza, la abrazamos y la hacemos especialmente nuestra.

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Hay otra razón más por la que los niños se recuperan tan rápidamente de una pérdida definitiva. En el mundo infantil no sucede nada fortuito. No existen los accidentes. Todo está conectado con todo lo demás y todo explica todo lo demás. (La estructura del mundo infantil es semejante a la de la magia). Así, para el niño, una pérdida nunca carece de sentido, nunca es absurda ni, sobre todo, innecesaria. Para el niño, todo lo que sucede es una necesidad.
Cuando estamos angustiados, volvemos a la primera infancia porque es en ese periodo de la vida cuando aprendimos a sufrir la experiencia de la pérdida total. Además, en ese periodo sufrimos más pérdidas totales que en todo el resto de nuestra vida.

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La angustia se deriva de un sentimiento de pérdida irreparable. (La pérdida puede ser real o imaginaria). Esta pérdida se suma al resto de las pérdidas sufridas durante nuestra vida: esas otras pérdidas representan la ausencia de aquello a lo que en esta ocasión hubiéramos recurrido en busca de consuelo de no haberse perdido también. La mayoría de esas otras pérdidas las sufrimos en la infancia, pues así está inscrito en su naturaleza. De modo que la experiencia de pérdida tiende a retornarnos, a devolvernos a nuestra infancia.

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Por el contrario, el adulto angustiado sufre porque está convencido de que lo que le ha sucedido es absurdo o, en el mejor de los casos, no tiene mucho sentido. Esto equivale a decir que el sentido que permanece no puede compensar el que se ha perdido. El hombre angustiado, la mujer angustiada, se encuentran así atrapados en la escala temporal de la infancia, pero sin la protección del niño, y sufren un desconsuelo que sólo es propio de la edad adulta.

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En la imaginación humana, la muerte y el paso del tiempo están indisolublemente unidos: cada momento que pasa nos acerca a la muerte; y nuestra muerte se mide, si es que es posible medirla, en relación con esa aparente eternidad de la existencia que ha de continuar después de nosotros, sin nosotros.

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El autobiógrafo escribe sobre sí mismo; es su propio cronista. Nada se le puede reprochar, nadie, ni siquiera un personaje creado, le puede reprochar nada. Lo que omite, lo que distorsiona, lo que se inventa, todo, al menos conforme a la lógica del género, es legítimo. Puede que esto constituya el verdadero atractivo de la autobiografía: todos los acontecimientos sobre los que uno no tenía control alguno quedan al fin sujetos a su decisión.

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El cuadro que uno vio la semana pasada, cuando suponía que el artista estaba vivo, no es el mismo (aunque sea el mismo lienzo) que uno ve esta semana, después de saber que ha muerto.

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La muerte de una persona hace que todo lo concerniente a ella adquiera un carácter de certeza. Habrá secretos que mueran con ella, claro está. Y puede que cien años después, al examinar unos documentos, alguien descubra un hecho que ignoraban todos los que asistieron a su funeral y que viene a proyectar una luz distinta sobre su vida. La muerte cambia los hechos cualitativamente, pero no cuantitativamente. Uno no conoce más hechos porque la persona haya muerto. Pero lo que ya sabe se fija y se hace definitivo.

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Lo que vale una persona para sí misma se expresa, finalmente, en cómo esa persona se trata a sí misma.


[Alfaguara. Traducción de Pilar Vázquez]

Eduardo Margaretto en Madrid




Cartel de The Lookalike


Próximamente: La literatura es mi venganza


De Mario Vargas Llosa y Claudio Magris. En Anagrama.