miércoles, diciembre 07, 2016

Cerco, de Carl Frode Tiller


Levanto la vista, automáticamente echo la cabeza hacia atrás y miro al techo. Gracias, Dios, digo en voz baja, pronuncio un callado agradecimiento y luego trago saliva y espero un poco. Siento un tirón en las comisuras de los labios que me dibuja una pequeña sonrisa y luego enderezo la nunca y vuelvo a mirar de frente, sonrío y noto que el cuerpo se me colma de alegría y gratitud, ahora voy a escribir un correo electrónico para enterarme de cuál es la mejor manera de ayudar a David, no está claro que me quede mucho tiempo, según el doctor Claussen podría ser un mes o podría ser medio año, pero el tiempo que me quede quiero usarlo para ayudar a David. Para ayudar a David y para ayudarme a mí mismo, murmuro. Porque ayudando a David, me ayudo también a mí, tener a alguien por quien vivir es lo que nos convierte en personas, es una banalidad, pero es cierta, cuando no tenemos a nadie por quien vivir dejamos de existir, el viejo Arvid desapareció al perder a sus seres más queridos y solo podía resucitar con la ayuda de Dios, ha sido al honrar a Dios y su creación cuando he resucitado, eso de amar al prójimo como a ti mismo es lo mismo que honrar lo que Dios ha creado y lo que Dios es, y solo así puedes salvarte a ti mismo.

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Es una banalidad, pero es cierto: cuando ya no hay nadie que pueda documentar nuestra vida, cuando ya no hay nadie capaz de contar anécdotas sobre nuestra cabezonería o sobre nuestro mal humor mañanero, cuando ya no hay nadie que nos ría las gracias o se enfade con nuestro mal humor, cuando ya no hay nadie que nos recuerde quién somos y nos anime a ser quien podemos ser, nos derrumbamos y desaparecemos.


[Sajalín Editores. Traducción de Cristina Gómez-Baggethun]

Cartel de The Last Face


En Playtime / El Plural: Carl Frode Tiller



Cerco: aquí.

The Circle: primer cartel


Cartel de Raw


Live by Night: 2º cartel


domingo, diciembre 04, 2016

Bienvenidos a Metro-Centre, de J. G. Ballard


Los barrios residenciales de la periferia sueñan con la violencia. Dormidos dentro de sus amodorrados chalés, protegidos por benévolos centros comerciales, esperan con paciencia las pesadillas que los despertarán en un mundo más apasionado…

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El tráfico hacia Brooklands era más lento y llenaba la autopista de seis carriles construida para atraer a la población del sureste de Inglaterra hacia el Metro-Centre. Dominando el paisaje circundante, la inmensa bóveda de aluminio albergaba el centro comercial más grande del Gran Londres, una catedral del consumismo cuyos fieles superaban con creces a los de las iglesias cristianas.

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El consumismo dominaba la vida de sus habitantes, que parecían estar comprando todo lo que hacían.

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-[…] Tengo que volver a buscar el coche.
-¿El coche? –Fairfax quitó importancia a eso con un ademán. Bajó la voz, como si las sombras de la plaza desierta pudieran oírlo–. Mire a su alrededor, señor Pearson. Nos enfrentamos a un nuevo tipo de hombre y mujer: de mentalidad estrecha, pasivos, apretando en la mano las tarjetas de las tiendas. Creen todo lo que les dicen personas como usted o como yo. Quieren que los engañen, quieren que los lleven a comprar la última basura. Su educación proviene de los anuncios publicitarios de la televisión. Saben que las únicas cosas que tienen algo de valor son las que pueden meter en una bolsa. Ésta es una zona de peste, señor Pearson. Una peste llamada consumismo.

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Eran alegres pero curiosamente amenazadores, como si celebrar el fútbol fuera para ellos la última esperanza violenta de la sociedad.

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Como todos los grandes centros comerciales, el Metro-Centre aliviaba el malestar, desactivaba su propia amenaza y ofrecía un bálsamo a los cansados.

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-Lo siento. Dígame, señor Kumar, toda esa violencia… ¿de dónde cree que sale?
-¿Del Metro-Centre? Es posible.
-¿Cómo? No es más que una tienda grande.
-Es más que una tienda, señor Pearson. Es una incubadora. La gente entra allí y se despierta, y ve que su vida está vacía. Así que busca un nuevo sueño…

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-[…] Hay una enorme cantidad de violencia en la calle. La gente no lo sabe, pero se aburre soberanamente. El deporte es un gran síntoma. Si el deporte desempeña un gran papel en la vida de la gente es porque la gente está mortalmente aburrida y esperando para romper los muebles.

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-¿Para qué sirve la libertad de expresión si uno no tiene nada que decir? Seamos realistas, la mayoría de las personas no tienen nada que decir, y lo saben. ¿Para qué sirve la intimidad si no es más que una prisión personalizada? El consumismo es una empresa colectiva. Aquí la gente quiere compartir y celebrar, quiere reunirse. Cuando vamos de compras participamos en un ritual colectivo de afirmación.
-Entonces, ¿ser moderno ahora significa ser pasivo?
[…]
-¿Y el consumismo?
-Celebra el acercamiento. Compartir sueños y valores, esperanzas y placeres. El consumismo es optimista y progresista. Naturalmente, nos pide que aceptemos la voluntad de la mayoría. El consumismo es una nueva forma de política de masas. Es muy teatral, pero eso nos gusta. Nace de la emoción, pero sus promesas no son retórica hueca sino algo que está a nuestro alcance. Un nuevo coche, una nueva herramienta automática, un nuevo reproductor de CD.
[…]
-¿Y la política exige un flujo constante de regalos? ¿Un nuevo hospital, una nueva escuela, una nueva autopista…?
-Exacto. Y ya sabemos lo que sucede con los niños que nunca reciben un juguete. Hoy todos somos niños. Nos guste o no nos guste, sólo el consumismo puede mantener unida a una sociedad moderna. Toca los resortes adecuados.
-Entonces… el liberalismo, la libertad, la razón…
-¡Fracasaron! La gente ya no quiere que apelen a ella mediante la razón. –Sangster se inclinó e hizo rodar la copa de jerez sobre el escritorio, como esperando a que se levantara por sus propios medios–. El liberalismo y el humanismo son un freno enorme para la sociedad. Explotan la culpa y el miedo. Las sociedades no son más felices cuando la gente ahorra sino cuando gasta. Lo que necesitamos ahora es un tipo de consumismo delirante, como el que se ve en los salones del automóvil. La gente tiene ansias de autoridad, y sólo el consumismo se la puede dar.

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-[…] La mayoría de las personas no se dan cuenta de lo violentas que son. O de lo valientes que son cuando están acorraladas.

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-[…] La gente nunca es tan peligrosa como cuando sólo le queda creer en Dios.

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-[…] Creemos que podemos elegir, pero todo es obligatorio. Si no seguimos comprando fracasamos como ciudadanos.

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Ninguno me miraba ni parecía tener conciencia de que yo encabezaba la marcha. Se comportaban como viajeros de un tren de cercanías en una atestada estación de ferrocarril, que siguen a cualquiera que haya encontrado un hueco entre el apiñamiento. Había entrado en juego la especial geometría interna de la multitud, que sigue a uno y después a otro. Aparentemente pasivos, se reagrupaban y cambiaban de dirección siguiendo una lógica nada clara, una especie de baba que se deslizaba por pendientes de aburrimiento y de falta de rumbo.

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-Eso está bien… el Metro-Centre necesita ayuda.
-Y tú tienes exactamente lo que necesita. Un nuevo tipo de política está naciendo en el Metro-Centre, y tú ocupas el lugar perfecto para conducirla.
-En algún momento, quizá…
-Ahora. Te veo como el hombre del mañana. El consumismo es la puerta al futuro, y tú estás ayudando a abrirla. La gente acumula capital emocional de la misma manera que guarda dinero en el banco, y necesita invertir esas emociones en una figura que la conduzca. No quiere un fanático con botas militares vociferando en un balcón. Quiere un presentador de televisión que dirija un debate en el estudio y que hable con tranquilidad de las cosas que a ellos les importan en la vida. Es un nuevo tipo de democracia, en la que no votamos en la urna sino en la caja registradora. El consumismo es el recurso más importante jamás inventado para controlar a la gente. Nuevas fantasías, nuevos sueños y antipatías, nuevas almas que curar. Por alguna extraña razón llaman a eso "ir de compras". Pero la verdad es que se trata de la forma más pura de la política. Y tú vas a la cabeza de todo eso. De hecho, podrías prácticamente gobernar el país.

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-¿Qué es entonces la nueva política?
-Lo imprevisible. Mostrarte agradable la mayor parte del tiempo, pero de vez en cuando, en el momento menos esperado, volverte desagradable. Como un marido aburrido y cariñoso con una faceta cruel. La gente se quedará boquiabierta, pero los índices de audiencia subirán vertiginosamente. Cada cierto tiempo tienes que soltar alguna señal de locura, un poco de psicopatología lisa y llana. Recuerda que hoy la gente sólo puede comunicarse mediante el sensacionalismo y la psicopatía. Tus televidentes no tardarán en tomar gusto a la verdadera locura, sea un producto o un movimiento político. Anima a la gente a enloquecer un poco: eso hace que las compras y las aventuras sentimentales se vuelvan más interesantes. De vez en cuando la gente quiere que alguien la discipline, que le dé órdenes.
-Exacto –Cruise dio una palmada al brazo de la tumbona y escuchó el eco que resonó alrededor de la piscina–. Quiere que la castiguen.
-Que la castiguen y la quieran. Pero no como lo haría un padre justo, sino más bien un carcelero temperamental que observa entre rejas. A la gente que no va directamente a la sección de muebles o a pagar la nueva tarjeta de fidelidad le espera una seca bofetada.
-Entonces se marchará.
-No. La gente necesita que la maltraten un poco. El masoquismo está de moda y lo ha estado siempre. Es la música ambiental del futuro. La gente quiere disciplina, y quiere violencia. Quiere, sobre todo, violencia estructurada.

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-[…] Yo quizá les dé un poco de cuerda, pero las multitudes quieren sangre.

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-Muy bien. Llegó la hora de que los pacientes cuiden a los médicos: eso es, en pocas palabras, el siglo XXI.


[Ediciones Minotauro. Traducción de Marcial Souto]   

Cartel de Almost Paris


Cartel de Aundiya


viernes, diciembre 02, 2016

jueves, diciembre 01, 2016

Crónicas. Volumen I, de Bob Dylan



En cierta ocasión me preguntó por qué utilizaba un nombre distinto cada vez que tocaba, sobre todo en las ciudades vecinas. ¿Acaso no quería que la gente supiera quién era?
-¿Quién es Elston Gunn? –me preguntó–. No serás tú, ¿verdad?
-Ah –respondí–, ya lo verás.
Lo de Elston Gunn era sólo temporal. Tan pronto como me fuera de casa me haría llamar Robert Allen. Por lo que a mí respectaba, ése era yo, así me habían puesto mis padres. Sonaba como el nombre de un rey escocés y me gustaba. Reflejaba bien mi identidad. Pero luego me desconcertó un artículo en la revista Downbeat que hablaba de un saxofonista de la Costa Oeste llamado David Allyn. Sospechaba que el músico había cambiado la ortografía de Allen por Allyn. Ya veía por qué. Resultaba más exótico, inescrutable. Yo haría lo mismo. En lugar de Robert Allen, sería Robert Allyn. Pero poco tiempo después, inesperadamente, leí unos poemas de Dylan Thomas. La pronunciación de Dylan y de Allyn era muy similar. Robert Dylan. Robert Allyn. No acababa de decidirme. La letra D tenía más fuerza. Sin embargo, el nombre Robert Dylan no era tan atractivo a la vista ni al oído como Robert Allyn. La gente siempre me había llamado Robert o Bobby, pero Bobby Dylan me parecía algo cursi, y además, ya estaban Bobby Darin, Bobby Vee, Bobby Rydell, Bobby Neel y muchos otros Bobbies. Bob Dylan sonaba y era mejor que Bob Allyn. La primera vez que me preguntaron mi nombre en Saint Paul, Mineapolis, instintiva y automáticamente solté: "Bob Dylan".

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[El poeta laureado Archibald] MacLeish afirmó que me consideraba un poeta de verdad, que mi obra sería piedra de toque para generaciones venideras, que yo era un poeta de posguerra de la Edad de Hierro, aunque aparentemente había heredado algo metafísico de una era perdida. Apreciaba mis canciones por su compromiso social, y según él teníamos mucho en común y yo pasaba de ciertas cosas con la misma actitud que él.

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Años atrás, Ronnie Gilbert, miembro de The Weavers, me había presentado en el Festival de Folk de Newport diciendo: "Y aquí lo tenemos… Tomadlo, ya lo conocéis, es todo vuestro". […] ¡Menuda idiotez! A la mierda. Por lo que yo sé, no pertenecía a nadie entonces ni pertenezco a nadie ahora. Tenía una esposa e hijos a los que quería más que a nada en el mundo. Intentaba mantenerlos y ahorrarles problemas, pero los moscones de la prensa seguían proclamándome el portavoz, el defensor e incluso la conciencia de una generación. Qué divertido. Todo lo que había hecho era cantar canciones que expresaban sin ambages una realidad nueva e imparable. Tenía muy poco en común con la generación a la que se suponía que daba voz, y la conocía aún menos. Había dejado mi ciudad natal hacía sólo diez años, no estaba vociferando las opiniones de nadie. Mi destino se encontraba al final de un camino por el que me llevaba la vida y no tenía nada que ver con propugnar un tipo concreto de civilización. Se trataba simplemente de ser coherente. Me sentía más vaquero que el Flautista de Hamelin.

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Me daban igual las opiniones de la gente, ya fueran buenas o malas; no me comía la cabeza con aquello. Por otro lado, no tenía un público concreto en mente. Lo que me interesaba era seguir recto hacia delante, y eso hice. El camino por recorrer siempre está plagado de seres sombríos con los que hay que lidiar de un modo u otro.


[Global Rhythm Press. Traducción de Miquel Izquierdo]

Banner de Silence


Menorca: 3 carteles




Cartel de The Comedian


martes, noviembre 29, 2016

Soñando América, de Russell Banks


Una y otra vez, en la América de hoy, las creencias de los fundamentalistas cristianos, que no sólo son bíblicas sino también apocalípticas, con sus visiones sobre la proximidad del Fin de los Tiempos y el Segundo Advenimiento de Cristo, constituyen un componente cada vez mayor del carácter norteamericano. Su visión fundamentalista, que en la actualidad representa a un sector muy amplio del pueblo estadounidense, el formado por aquellos que no han sido absorbidos por ninguna otra ortodoxia, que viven en los estados del interior y no son ni los consumidores, ni los ciudadanos sobre los que los medios de comunicación ejercen su dominio y sobre quienes a los creadores de opinión de Nueva York, Los Ángeles, Washington y San Francisco les gusta pensar, está retrocediendo hasta ese conflicto inherente del que hablaba antes entre la institución de la esclavitud y las promesas escritas en la Declaración de Independencia y la Constitución, entre la Plantación y la Nueva Jerusalén.

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Así, la diferenciación racial se situó en el centro mismo del imaginario norteamericano desde el principio. Y ahí sigue, ocupando ese lugar central. Nuestras guerras más terribles se han librado por su causa. Casi todas las campañas políticas la abordan, incluso en la actualidad. Esa diferenciación racial modela nuestra vida económica y determina nuestra visión del resto del mundo: el trato que dimos a los habitantes del Sudeste asiático entre finales de la década de 1960 y principios de la de 1970; cómo nos relacionamos con el mundo árabe; cómo tratamos a los africanos. En cierto sentido fundamental, todo se reduce a la raza.

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Quizá constituya la norma y sea el modelo americano, tal como se ha mantenido durante casi dos siglos, el que suponga la excepción y esto debe de ser así porque, cuando la gente viene a Estados Unidos, lo hace a un lugar donde el mito de empezar de nuevo resulta tan poderoso que, paradójicamente, se ha convertido en la esencia misma de lo que significa ser estadounidense. Durante gran parte de nuestra historia ése ha sido nuestro atractivo. Aquí uno no venía sólo a ganar dinero para enviarlo a casa hasta que llegara el momento de regresar. América no era sólo un puesto de trabajo, sino un lugar en el que volver a empezar, y ello nos conduce a la versión primigenia del Sueño Americano que intentábamos describir.

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Porque si hay que empezar de nuevo, antes se debe matar el pasado. Y a los americanos se les da muy bien eso de matar el pasado.

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América siempre ha sido terreno abonado para charlatanes y vendedores.

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Las dos primeras justificaciones de la presencia europea en Norteamérica fueron el materialismo y el idealismo. Y el matrimonio entre capitalismo y democracia es un modo de unir esos dos impulsos en conflicto e ignorar sus contradicciones inherentes.

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La política exterior de Estados Unidos, a pesar de la retórica, se ha movido históricamente por la economía. Así ha sido siempre. Como somos un pueblo tan nacionalista, nos sentimos libres de considerar nuestras relaciones con otros países en términos de pragmatismo y conveniencia. Como contamos con una jerarquía de valores basada en prioridades nacionalistas, creemos que nuestros valores y necesidades son más importantes que los de los demás países. El nacionalismo otorga ese derecho. El nacionalismo alimenta el excepcionalismo. Por ello, lo que pase en Europa o en cualquier otro país del mundo no es tan importante como lo que nos pase a nosotros. Y cuando decimos que estamos exportando la democracia y que lo hacemos para salvar el mundo, suena muy bonito. Probablemente sea el único modo de convencer al pueblo americano de que vaya a la guerra, de que se sacrifique. Pero, en realidad, vamos a la guerra según sea la percepción de nuestras necesidades económicas.

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La presidencia de Estados Unidos es una institución muy peculiar. No es una persona sino un personaje, esto es, un "papel" representado o encarnado por una persona. Y nuestro presidente –en ciertos aspectos más aun que un monarca– representa personalmente el imaginario y los mitos de quienes lo han elegido. Nosotros elegimos presidentes, pero no basándonos en su experiencia, ni siquiera en sus opiniones políticas. Los elegimos según conecten mejor o peor con nuestras creencias básicas, según expresen en mayor o menor medida nuestros más profundos mitos nacionales.

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El gran dictador se convirtió en un clásico, pero nunca gozó del éxito popular. […] Realizar ese largometraje constituyó un acto de valentía, en especial porque no se trató de una decisión motivada por la opinión popular. Recurrir al medio más popular sin contar con el respaldo de la audiencia es siempre valiente y difícil, y suele implicar la destrucción de muchas carreras. Charles Chaplin no tardó en abandonar el país. En cierto sentido, lo echaron. Pero su película supone más la excepción que la regla.

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El verdadero norteamericano es un cínico, un acaparador materialista, un buscador de oro, que sin embargo tiene la sensación de estar llevando a cabo una misión idealista, incluso religiosa. Cuando uno cuenta una mentira tan grande y la llama sueño, acaba por cometer actos de violencia. Forma parte de la naturaleza de la psicología humana. Y si forma parte de nuestra mitología en tanto que pueblo, entonces, en tanto que pueblo, actuaremos de manera violenta. Eso es, exactamente, lo que hemos hecho a lo largo de la historia desde el siglo XVI, a parir del momento en que los europeos llegaron a las costas de Florida, Virginia y Nueva Inglaterra.

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Lo que veremos durante los próximos cinco o diez años es un regreso al aislacionismo del pasado, tanto con buenas razones como sin ellas. […] Creo, no obstante, que a pesar de todo estamos regresando al aislacionismo y que eso será negativo para nosotros, tanto cultural como económicamente. Aunque, al menos, mataremos menos gente.


[Bruguera. Traducción de Juanjo Estrella]

Próximamente: El valle del óxido


De Philipp Meyer. En Random House.

The Founder: cartel francés


domingo, noviembre 27, 2016

En Aleteia: Fargo (2ª temporada)


Mi texto sobre la 2ª temp. de la serie Fargo: aquí.

Rogue One: A Star Wars Story: 5 carteles






Cartel de Wait Till Helen Comes


jueves, noviembre 24, 2016

Fat City, de Leonard Gardner [Ed. 2016]


Billy Tully se ocupaba de la freidora en un comedor de Main Street. Su cara era de un rosa juvenil, pero tenía arrugas alrededor de la boca. La nariz aplastada por el centro. Sobre las cejas se le acumulaban cicatrices finísimas unas encima de otras. Tenía un pelo abundante, rojizo, muy corto por arriba y los lados peinados hacia atrás. Era de baja estatura, torso poderoso, compacto, ni pesado ni delgado ni muy musculoso; de huesos robustos y carne de sobra. Lo que le hacía parecer corpulento cuando iba vestido era el grosor del cuello. Resultado de años de ejercicio, de levantar pesas de cinco y diez kilos con un arnés colocado en la cabeza; lo había desarrollado con un único propósito: amortiguar el impacto de los golpes.

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-[…] Da lo mismo que estés borracho del todo, si tienes dos manos puedes tumbar a ese hijoputa. Me da igual quién sea. Todo está en tu mente.
-Eso espero.
-Esperar no sirve de nada. Lo que sirve de algo es querer. Tienes que querer vencer con tantas ganas que casi puedas saborearlo ya. Si quieres ganar de verdad, ganas. Es imposible que ese tío me gane. Está viejo. Le voy a estar encima todo el rato. Le voy a dar de tal manera que cuando mastique mañana se va a acordar de mí. Voy a machacarle, al hijoputa. Va a saber lo que es meterse en una pelea. Le voy a dar antes de que me dé. Le voy a dar con todo. No sólo voy a tumbar a ese hijoputa, es que lo voy a matar.

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¿Y aquí era donde iba a envejecer? ¿En una habitación como aquélla terminaría todo? Se sentó en la cama y ante él, en la pared, estaba el cuadro del lobo erguido exhalando vapor sobre una colina nevada por encima de una granja con las luces encendidas. Entonces la postergada melancolía de última hora de la tarde se cernió sobre él. Sintió sobre sus hombros la opresión del cuarto, del punto muerto que representaba él mismo, la absoluta e inútil frustración que constituían su sangre, sus huesos y su carne. Temiendo una crisis que superase sus capacidades se contuvo, el cuerpo por completo inmóvil mientras pasaba y dejaba de oírse el chirrido lejano y el retumbar de un camión.

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De todos los trabajos odiosos que había desempeñado, aquél suponía un tormento que los superaba a todos, casi más allá de lo imaginable, y comenzó a parecerle que aquél era su futuro, que aquello era Trabajo, algo que siempre había tratado de evitar y de lo que no podría librarse ahora que su mujer se había ido y su carrera había terminado. Y parecía justo que así fuera, que no se mereciese nada mejor por haber arruinado su vida. Sin embargo, notaba que no podría continuar así ni una hora más. Sentía que su existencia había tocado a su fin, que no le quedaban salidas.

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En medio de una fantasmagoría de rostros cascados, machacados, mejillas y cuellos marcados con cicatrices, narices torcidas, picadas, aplastadas e hinchadas, mellas en la dentadura, raigones parduscos, encías vaciadas, barbas de varios días, labios prominentes, orejas caídas, heridas, costras, salpicaduras de saliva del tabaco de mascar, hombros cargados, cejas partidas, ojos cansados, desesperados, estupefactos bajo las luces de Center Street, Tully vio a un hombre joven con la nariz rota que le resultó familiar. Su primer impulso fue alejarse entre la multitud para evitar que le viese, pero los dos estaban allí por el mismo motivo. Se acercó a él llamándole, y hasta le vino a la mente el nombre.

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Por la mañana, levantarse era como luchar contra la muerte. Exhausto entre aquellas sábanas funestas, oyendo las toses, los carraspeos y escupitajos en otras habitaciones, se hundía y emergía entre la vigilia y el sueño durante casi una hora antes de forzarse a ponerse en pie y cruzar el frío linóleo para orinar en la pila del lavabo. Le agobiaban los remordimientos. Su vida, así lo sentía, se había vuelto en su contra. Estaba convencido de que había vivido en vano cada uno de sus días. Con la atención abotargada, los oídos zumbando y una sensación de vacío y pánico cerniéndose sobre él, temió estar perdiendo la cabeza. Las catástrofes parecían susurrar algo fuera del alcance de sus oídos.


[Underwood Editorial. Traducción de Rubén Martín Giráldez]

Alien: Covenant: primer cartel


En Playtime / El Plural: Leonard Gardner


Fat City: aquí.

Próximamente: Diarios completos


De Sylvia Plath. En Alba Editorial.

Gold: 2º cartel