lunes, noviembre 24, 2014

Disociados [2ª edición]


Próximamente: Jean-Pierre Melville. Crónicas de un samurái


De José Francisco Montero. En Shangrila.

On Being Ill

Cabría esperar que se hubieran dedicado novelas a la gripe; poemas épicos, a la fiebre tifoidea; odas, a la neumonía; elegías, al dolor de muelas. Pero no; con escasas excepciones –De Quincey intentó algo parecido en El comedor de opio; debe haber uno o dos libros sobre la enfermedad dispersos en las páginas de Proust–, la literatura procura sostener por todos los medios que se ocupa de la mente; que el cuerpo es una lámina de vidrio plano por el que el alma ve directa y claramente y, salvo por una o dos pasiones, como deseo y codicia, es nulo, insignificante e insistente. Mas lo cierto es todo lo contrario. El cuerpo interviene todo el día, toda la noche; se embota o agudiza, se embellece o se marchita; se vuelve cera en el calor de junio, se endurece como sebo en la oscuridad de febrero. La criatura de su interior solo puede mirar por el cristal –sucio o sonrosado; no puede separarse del cuerpo como la vaina de su puñal o de un guisante ni un momento; ha de seguir el interminable desfile de cambios completo, frío y calor, bienestar y malestar, hambre y saciedad, salud y enfermedad hasta que llega la catástrofe inevitable; el cuerpo se desmorona y el alma se libera (dicen). Pero no existe registro de todo este cotidiano drama del cuerpo. 


Virginia Woolf, De la enfermedad

Cartel de Far from the Madding Crowd


sábado, noviembre 22, 2014

Próximamente: Pornographia


De Jean-Baptiste Del Amo & Antoine D'Agata. 
En Cabaret Voltaire.

Miss Julie: otros 2 carteles



La madre

La chica escribió un cuento. "Sería mucho mejor si escribieras una novela", dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. "Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad", dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. "¿No hubiera sido más útil un edredón?", dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. "Sería mucho mejor si excavaras uno grande", dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. "Sería mucho mejor si te durmieras para siempre", dijo la madre.


Lydia Davis, Cuentos completos

jueves, noviembre 20, 2014

Mike Nichols (1931 - 2014)


Próximamente: La Bella y la Bestia, diario de rodaje


De Jean Cocteau. En Intermedio.

Galveston, de Nic Pizzolatto



Galveston no es una mala novela, o a mí no me lo parece. Y, sin embargo, creo que no soy el único lector (y fan de True Detective) que se ha decepcionado un poco con este libro. Quizá el problema es que habíamos encumbrado a Pizzolatto como guionista y productor de una de las mejores series de todos los tiempos y, es evidente, el nivel es distinto. No quiero que se me malinterprete: no soy de ésos que buscaban otro True Detective en formato de novela, pero sí buscaba ciertos ecos de la calidad de la serie, ciertas influencias y ciertos diálogos. Buscaba esa calidad.

Como digo, Galveston entretiene, y sí que contiene breves destellos de lo que luego haría Pizzolatto: por ejemplo, el torturado personaje principal, el protagonista, ciertamente comparte algunos rasgos con Rust Cohle (no quiero desvelar más por si alguien opta por leerla). También comparte cierta atmósfera turbia, esa sensación (aquí creada mediante las palabras) de que algo malo va a ocurrir. Así que lo repito: Galveston no está mal, es interesante, pero no esperéis maravillas. Y, sin embargo, escribo este post por estos dos pasajes, que merecen la pena:

Sacaron pecho y me lanzaron miradas sesgadas como puñales. Se miraron y volvieron a clavar en mí sus ojitos fríos, tercos y negros como los de un pez. He conocido tipos así toda la vida, palurdos de pueblo sumidos en un resentimiento permanente. De niños maltratan animales pequeños y al hacerse mayores azotan a sus hijos con el cinturón y estrellan sus camionetas por conducir borrachos, a los cuarenta descubren a Jesús y empiezan a frecuentar la iglesia y a ir de putas.

**

Un día naces y cuarenta años después sales renqueando de un bar, perplejo por todos tus achaques. Nadie te conoce. Conduces por oscuras carreteras y te inventas un destino porque la clave es seguir moviéndose. Así que enfilas hacia el último asidero que te queda por perder, sin tener ni idea de qué vas a hacer con él.

[Black Salamandra. Traducción de Mauricio Bach Juncadella]

Trailer de Danny Collins


Trailer de Cinderella


Cartel de The Age of Adaline


miércoles, noviembre 19, 2014

Los javaneses, de Jean Malaquais


Jean Malaquais, "escritor en lengua francesa de origen polaco, naturalizado estadounidense" (según consta en la solapa del libro), permanecía inédito en España, pese a su prestigio en otros países. La editorial Hoja de Lata ha dado el primer paso para que lo conozcamos, con esta novela, Los javaneses, inspirada en los tiempos en los que el autor trabajó en las minas de plomo y plata que recrea en el libro. El segundo paso lo acaba de dar Sajalín Editores, que la semana pasada puso a la venta Sin visado, y que pronto leeré. Me interesa la vida de Malaquais, de quien nada sabía hasta ahora: tradujo a Norman Mailer y se convirtió en su amigo, despertó la admiración de escritores prestigiosos como el propio Mailer o André Gide, estuvo en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, etcétera.

Lo que significa el título lo cuenta su traductora, Emma Álvarez Prendes, en la introducción: Los javaneses que evoca el título de este libro se hallan en Europa, más concretamente en la Provenza francesa, y han construido su Isla de Java particular en torno a una mina de plata y plomo, ficticia y real, de esta región. Allí han recalado decenas de trabajadores, venidos de muy diversas partes del planeta. Cada uno ha llegado con sus escasas posesiones materiales, su cultura, su idioma. Muy pocos comparten un mismo origen o una misma lengua. De ahí que para comunicarse hayan desarrollado una jerga propia, una jerga a la que han llamado "java", dado que en francés –lengua original de la novela– se denomina "javanés" a toda habla incomprensible.

No es un libro de lectura fácil, y me figuro que traducirlo ha sido una proeza porque, además de ser una novela coral, incluye esa mencionada jerga en bastantes pasajes. Os copio a continuación una nota del propio Malaquais, que revela bien su estilo, sus maneras directas, y dos fragmentos: 

NOTA DEL AUTOR

El autor quiere aquí advertir a sus lectores de que a lo largo de los años ha introducido diversas correcciones en el texto, correcciones de estilo y –a su forma de ver– en la misma línea de su trabajo de 1939. Si algunos tiquismiquis se ofendiesen (lo cual se ha visto ya), les respondería lo siguiente: el autor se estima único juez, en tanto en cuanto tenga todavía los dos pies plantados sobre la tierra, de la forma en la que crea conveniente hacer danzar a sus javaneses.

**

Se acostumbra uno a todo, y antes que nada a lo increíble. Ningún golpe de martillo, ningún ruido de compresor, ningún trago de tinto más y ellos, los javaneses, estaban a mil leguas bajo tierra, acechando a su melancolía familiar como el cardiaco a su ataque. La melancolía debería estar ahí, en las estrías de la roca, en la boca de esta grieta, gusano tentaculado al acecho de sangre. Luego, poco a poco, algo insólito, sentían los minutos sucederse a los minutos, las medias horas a las medias horas, sin que les emboscara el cólico habitual. Increíblemente, se estaba operando en ellos un cambio, más radical que cualquier huida en el vino peleón, por hacer esta huelga en el tajo. La noche les parecía menos opaca, el horizonte menos plomizo, una fractura debilitaba la muralla. Colmadas trampas y ardides, arrasadas cancelas y torres de vigilancia, por fin ellos, emigrantes con escala prohibida, iban a poder echar raíces desde Samarcanda a Cacaland. Prodigio entre prodigios, la cuarentena tocaba a su fin y nunca más un alma vagabunda sería sarnosa.

**

Como los artríticos con la lluvia, los javeneses sentían llegar el domingo por los reflejos de su anatomía. Cuando los miembros pesaban una tonelada y el óxido agarrotaba las articulaciones significaba que la semana tocaba a su fin. Ese era su calendario, su efeméride de precisión. Por otra parte los javaneses, gente con experiencia, no contaban con que un maldito domingo borrara seis días de calambres. Fantaseaban con ello, bajo tierra es casi un imperativo, pero lo que se dice contar con ello pues no, no verdaderamente. La ida a la mina, la vuelta, las diez horas de trabajo romperriñones, las ocasionales ascensiones pedestres, les ahorraban el encanto de los espejismos.


[Hoja de Lata. Traducción de Emma Álvarez Prendes]

Próximamente: Fueraborda


De Renata Adler. En Sexto Piso.

Cartel de Loitering with Intent


Son of a Gun: 2 carteles



martes, noviembre 18, 2014

El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle


Hace algún tiempo conté algo sobre William Kotzwinkle, así que os emplazo a ese post, por si alguien quiere saber más del autor. Aunque en Estados Unidos goza de bastante prestigio, me temo que en España no es muy conocido. Ojalá eso cambie con la publicación de esta novela breve y demoledora, en la que el escritor recrea (no es un spoiler porque en la publicidad del libro y en las entrevistas con Kotzwinkle se habla de esto mismo) la pérdida de su hijo.

A lo largo de 90 páginas, el narrador nos introduce de lleno en la noche del parto de su mujer, y lo hace mediante una escritura de una exactitud asombrosa, en la que no falta ni sobra nada y cada palabra está colocada y elegida en su justa medida. No sé si quienes no han sido padres (o madres) se sentirán tan arrastrados como yo por la historia y por los detalles, pero mientras leía los pasajes de Maternidad de Kotzwinkle me pareció regresar a ese momento, el momento del nacimiento de mi hijo, que os juro que es una experiencia que sólo puede entender del todo quien la haya vivido: el narrador, como digo, es preciso en cada uno de los detalles, y mientras lo leía pensaba: "Así es, así fue, Kotzwinkle sabe describir los estados de miedo y esperanza, de agobio y de incertidumbre". En algún pasaje, incluso, se me saltaron las lágrimas.

Navona comienza, con este título, una colección llamada "Los ineludibles", que, si no me equivoco, constará de cuatro títulos al año; títulos como éste, de culto en el extranjero, pero desconocidos en España. Espero grandes sorpresas en esta colección. Por último, una advertencia: este libro, de momento, no deberían leerlo quienes estén a punto de ser padres. Porque la historia deja tocado al lector. Que lo lean cuando haya pasado algo de tiempo y ya tengan a su bebé en los brazos. Os dejo con un extracto del inicio, en el momento en que la mujer ha roto aguas:

Ella lo miró con un castañeteo de dientes. No era lo que él había esperado; estaban los dos conmovidos y agitados como muñecos de trapo. Habían estudiado con atención los manuales de parto, habían practicado los ejercicios con regularidad y él había creído que el momento de la verdad sería una mera extensión de aquello, pero todo se había presentado sin transición. De pronto, se sentían arrastrados sobre un lecho rocoso. Ella tenía los ojos como una cría, llenos de asombro y terror, aunque conservaba la voz en calma y Laski se dio cuenta de que, pese al miedo y el castañeteo, estaba lista.


[Navona Editorial. Traducción de Enrique de Hériz]

Cartel de The Color of Time (aka Tar)


Banner de Inherent Vice


Próximamente: La facultad de las cosas innecesarias


De Yuri Dombrovski. En Sexto Piso.

Trailer de Mommy


Night at the Museum: Secret of the Tomb: 3 carteles




Cartel de The Toy Soldiers


viernes, noviembre 14, 2014

Esto es agua, de David Foster Wallace


Leí este texto (una conferencia muy breve que dio David Foster Wallace en una universidad norteamericana) hace tiempo, cuando la única posibilidad de acceder a él era mediante la compra del archivo digital. Detesto leer en la pantalla, pero lo pillé; y creo recordar que era barato. Pero, aunque el texto me gustó, el formato no me apasiona. Por eso soy de los pocos que, imagino, se lo habrán comprado también en papel. Para mí, leer en digital es como no tener nada, como leer agua: no me adapto, no sé fisgar adelante y atrás, no puedo oler las páginas, luego no soy capaz de encontrar el archivo en el disco duro. Ni siquiera lo recomendé por aquí. Ahora que lo tengo en papel, he podido disfrutarlo el doble (alguien me llamará dinosaurio, y tendrá razón, pero añadiré que me la suda: lo que me importa es mi propio goce). En cuanto al precio: ése es un asunto que no voy a discutir; evidentemente es caro, lo que indica que en algunas editoriales se están volviendo locos (por ejemplo: De la enfermedad, de Virginia Woolf, cuesta 8 euros y el texto de la autora apenas ocupa 30 páginas). Vale casi 14 euros y sólo los chiflados como yo lo compraremos.

Pero el libro, editado en pequeño formato y con tapas duras, es una minúscula joya del saber de DFW. Aquí ya no hay notas al pie, ni largas disquisiciones, ni frases interminables. Aquí hay apenas una frase por página, frases muy sencillas, pero que encierran pensamientos complejos (a mí me recuerda al libro de David Lynch, Atrapa al pez dorado). Eso quiere decir que el autor era bueno hiciera lo que hiciera. Voy a separar con espacios las frases de cada página, y así os dejo algunos ejemplos:

En las trincheras del día a día de la vida adulta, el ateísmo no existe.


No existe el hecho de no adorar nada.


Todo el mundo adora algo.


La única elección que tenemos es qué adoramos.


Y una razón excelente para elegir adorar a algún dios o alguna cosa de naturaleza espiritual –ya sea Jesucristo o Alá, Yavé o la diosa madre de la Wicca o las Cuatro Nobles Verdades o algún conjunto inquebrantable de principios éticos– es que prácticamente cualquier otra cosa que te pongas a adorar se te va a comer vivo.

**

Y el supuesto "mundo real" no va a intentar disuadirte de que funciones bajo tu configuración por defecto, puesto que el supuesto "mundo real" de los hombres y del dinero y del poder ya va tirando bastante bien con el combustible del miedo y el desprecio, de la frustración, el ansia y la adoración de uno mismo.

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El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día.

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La verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte.


[Random House. Traducción de Javier Calvo]  

Próximamente: Una vía para la insubordinación


De Henri Michaux. En Alpha Decay.

Trailer de Human Capital


Cartel de A Girl Walks Home Alone at Night


Trailer de The Gambler


jueves, noviembre 13, 2014

Última ronda, de Arno Camenisch


Ya hablamos aquí de Sez Ner y Detrás de la estación, la "Trilogía grisona" que se cierra con Última ronda, y que confirma el talento de Arno Camenisch para desplegar diversas voces narrativas, reproducir el lenguaje de quienes viven entre cabras y montañas y mostrarnos otra cara de Suiza, la que no se ve en las guías de viaje.

Última ronda transcurre en una taberna, en la que se van juntando personajes que cotillean, comentan, cuentan historias y, sobre todo, beben y beben y vuelven a beber. De hecho, es uno de los libros donde más beben los personajes, quizá más que en los relatos de Charles Bukowski. Me ha gustado mucho la manera en que Camenisch integra en un mismo párrafo la narración en tercera persona y los diálogos de sus personajes. No faltan algunos toques humorísticos, como la historia de ese tipo que no quiere beber y los demás se ofenden (veamos un extracto):

Detrás de la mesa de la tertulia cuelga Jesús en la cruz. Tiene la mano derecha rota. Ahora di algo también tú, para que podamos empezar a beber por fin, que aquí la dueña eres tú, dice Luis a la tía, y que beba ese, maldito carnaval, mira que tolerar a alguien que no bebe en tu taberna, mal puedes imponerle eso a los demás clientes, que no beba ese me saca de quicio. Saca del bolsillo de la chaqueta la caja de Rössli, coge un puro, rebusca en el bolsillo del pantalón hasta encontrar tres cerillas y enciende el puro, pff, pff. Déjalo tranquilo, dice la tía, solo necesita tiempo, luego beberá, que antes o después también le entrará sed. Sí, claro, a lo mejor cuando todos llevemos muertos mucho tiempo, ese es uno del pueblo vecino que se ha mudado aquí, uno de esos hombres que les gusta el sol de Brigels, y allí la gente solo puede estar de fiesta de verdad si alguien se ha muerto, todos canaglia, dice. Dudar es humano, replica Silvia.

Tampoco faltan las humoradas de esos personajes que siempre están contando cuánto son capaces de beber. Este libro tiene algo que me recuerda a algunos personajes de las novelas de Camilo José Cela (autor del que se aprende mucho si uno lee sus obras sin prejuicios): grotescos, excesivos, fanfarrones. Os dejo con otro extracto:

[…] Y otra noche bebimos tanto en el bar, nos bebimos casi la isla entera, que me caí de la silla y me quedé tendido como muerto, y los otros tuvieron que subirme a la habitación, en el octavo o noveno piso, todos escalera arriba, que en Guadalup no hay ascensores, creo, qué os figuráis, y cuando estábamos arriba en el piso doce y me tumbaron en la cama, buf, menudo melocotón tenía, una cogorza de primera, eh, entonces me levanté y dije, gracias, queridos amigos, ahora volvamos abajo y sigamos bebiendo. Se ríe y golpea la mesa con el puño, vacía la jarra que le ha servido la tía, enciende otro Marocaine y se lo fuma. Vuelvo enseguida, voy a mear. Vacía de pie la jarra de Alexi, le da una fuerte palmada en la espalda, gracias, amigo mío, y tras atravesar la puerta que conduce al pasillo, la cierra de un portazo.

[Xordica Editorial. Traducción de Rosa Pilar Blanco]

Próximamente: Yo, Christiane F. Mi segunda vida


De Christiane V. Felscherinow y Sonja Vukovic. En Alpha Decay.

Cartel de Danny Collins


Noir


La ciudad como dolor de tripas. La pesadilla urbana como expresión de la vida misma y vil de los órganos internos. Los siniestros borborigmos del vientre. Por qué construimos las ciudades así. Por qué las queremos como son incluso cuando están sucias. Porque son sucias. Llenas de orines, de escupitajos. Sin sentido y funestas. Con eso podemos sintonizar. Ahí va un principio: el cuerpo siempre está enfermo. Incluso cuando se encuentra bien, o eso cree. Células que devoran células. Todo se reduce a digestión. O indigestión. Lo que en la ciudad llamamos corrupción. Devoradores que devoran lo devorado. Sobre todo en la tumultuosa oscuridad. Es una horrible lucha a muerte en la que todo el mundo pierde. ¿Ciudades trazadas a cuadrícula? La cuadrícula sólo es un revestimiento. Como el papel milimetrado. La ciudad misma, por dentro, es toda bucles y curvas exasperantes. Desbordantes de violenta vacuidad. Con frecuencia has cavilado sobre eso, en especial después de cenar en el Star Diner. Reflexionabas aquella noche sobre eso cuando recobraste un remedio de conciencia. Reflexionar no es la palabra. Tu zarandeado cerebro, con su caparazón aporreado, era incapaz de reflexionar. Parecía más un sueño sin imágenes sobre el dolor y la ciudad. Casi sin imágenes. Te pasaban a través de un viejo proyector de cine. Tus entrañas laberínticas llenas de crímenes estaban a la vista en alguna parte. Tus ruedas dentadas se bloqueaban en el engranaje, desgarrándose. Tus pensamientos se bloquearon en el mecanismo. Fundido en negro.


Robert Coover, Noir