sábado, octubre 18, 2014

Cartel de Big Eyes


Próximamente: Vampiros y limones


De Karen Russell. En Tusquets Editores.

El murmullo, de Milo J. Krmpotić


Desapareció bajo la lluvia.
Salió a su encuentro en el despertar de la mañana y se desvaneció unos pasos más allá, engullida por la cortina de agua, como uno de esos barquitos de papel propios de cancioncilla infantil que, arrastrados calle abajo por la corriente, se resisten a volcar, sortean como mejor pueden un par de remolinos y, a la vuelta de una esquina, sin tiempo ya para reaccionar, se ven absorbidos hacia el negro interior de la boca de alcantarilla que les ha salido al paso.
Entonces comienza otro relato, el que no siempre nos cuentan de pequeños, el que provoca miradas inseguras entre los mayores, el que los lleva a cambiar de tema mientras disimulan su incomodidad con una sonrisa forzada o un ya lo entenderás más adelante.
Entonces comienza este relato.
Desapareció bajo la lluvia.

**

Dos días ya, 48 horas de encierro, y no se aprecian señales que indiquen un abandono drástico, huellas de orina en el fino colchón sobre el que yace el cuerpo de la niña, manchas similares en sus tejanos, heces que se amontonan avergonzadas en alguna de las esquinas de la habitación. Por el contrario, sus zapatillas de deporte descansan a los pies del camastro, colocadas una junto a la otra al mismo nivel, como el calzado que ordenamos en el recibidor, frente a la chiquillería ilusionada, la víspera de Reyes. Más: en la perpendicular del lecho, al alcance del brazo izquierdo, una taza metálica, en torno a un dedo de agua aún en su interior. Y notamos la ausencia del collarín de cuero y las pulseras trenzadas que llevaba en el momento de su captura, hasta ese punto se han preocupado de evitarle riesgos, elementos que pudieran clavarse contra su carne hinchada por los desajustes del riego sanguíneo, durante su recuperación.
Ligeros indicios, quizá pequeñas promesas.
Hay tiempo, murmuramos, asentimos.
Deseamos.

**

No era el mejor momento para que Pardo me pusiera a trabajar de ese modo.
Como si nada hubiera pasado.
Cuando de hecho todo estaba sucediendo.
Todo era el saberme despedido sin por ello sentirme despedido. Porque había vuelto al periódico aquella mañana, con el estómago del revés y la cabeza atravesada por fogonazos de dolor, como si la reunión del día antes, tan lejana ya, hubiera formado parte de un sueño múltiple, variado, inconexo. No tenía siquiera la consistencia de las pesadillas que te consumen durante toda la noche, aquellas de las que te cuesta bastantes horas escapar y aun así continúan regresando con inesperados ecos durante algunas semanas más. A mi alrededor se extendía la sucesión de mesas de siempre, separadas en la disposición habitual por sus mamparas, los mismos tres despachos ocupando puntos estratégicos a lo largo del anillo más externo de aquel extremo de la redacción. Tanto daba que las sillas frente a las mesas se encontraran vacías, que tan sólo uno de los despachos, el de Pardo, se hallara ocupado. La mezcla de iluminación eléctrica y natural, el olor, la ranita de peluche sobre el alzapantallas en mi escritorio… el espacio todo generaba familiaridad y de su mano me sentía caer en una mullida sensación de normalidad, por lo que una y otra vez debía proceder a recordarme lo inevitable de mi destino: Estás despedido.


[Editorial Pez de Plata]

Trailer de In the Heart of the Sea



The Heart Machine: 2 carteles



Trailer de Black Sea


Unbroken: primeros carteles



Cartel de Citizenfour


jueves, octubre 16, 2014

CINE XXI: David Fincher


DAVID FINCHER (Estados Unidos, 1962)

    A estas alturas ya nadie lo duda: David Fincher es uno de los directores más carismáticos y personales del cine contemporáneo. Su debut fue atípico: tras dirigir varios videoclips, aceptó encargarse de una secuela, Alien 3 (Alien³, 1992). Durante años Alien 3 ha sido la película denostada de la saga; pero, en mi opinión, es un trabajo ejemplar, superior a las partes firmadas por James Cameron y Jean-Pierre Jeunet y sólo unos pasos por detrás de la de Ridley Scott. Fincher le dio un giro a la franquicia, transformando en metafísico y tenebroso un relato que Cameron había apartado del terror para reconducirlo hacia la acción. Esa ópera prima de ambientes sucios y sórdidos posibilitó que obtuviera presupuesto para rodar uno de los thrillers más originales e incómodos de la década. Nos referimos a Seven (Se7en, 1995), que rompió moldes: gracias a este título, el cine de suspense volvió a ocupar un puesto de privilegio y los directores prestaron más atención a los créditos de apertura, que Fincher y el diseñador Kyle Cooper elevaron a la categoría de arte. Seven se le metía al espectador en el cerebro, como un virus inventado por William S. Burroughs, y allí permanecía, dando vueltas junto a las imágenes de lluvia, de cadáveres y de distorsiones audiovisuales.
    En The Game (The Game, 1997), gran película aunque más liviana en cuanto a intenciones que su trabajo previo, regresó a terrenos espeluznantes, perturbadores, en esta ocasión mediante un juego que ponía a prueba la humanidad del personaje de Michael Douglas. En todas las obras de Fincher hay sensaciones de desazón, como si quisiera recordarnos que el mundo de ahí fuera no es seguro, que está delimitado por homicidas, monstruos y psicópatas. Con El club de la lucha (Fight Club, 1999) construyó uno de sus largometrajes más sólidos, partiendo de la novela homónima de Chuck Palahniuk, otro artesano de las regiones oscuras del hombre. Fincher nos obsequiaba aquí con un retrato certero del hombre moderno, asediado por sus fobias, sus obsesiones y las servidumbres rutinarias que impone el mundo contemporáneo.
    La habitación del pánico (Panic Room, 2002), otra cinta de suspense, es, quizá, su filme más flojo. En cualquier caso no está a la altura de su predecesora ni de la siguiente historia que Fincher rodaría: Zodiac (Zodiac, 2007), posiblemente su obra maestra, un diagnóstico desasosegante de la obsesión, del mal sin rostro que merodea por las ciudades y los descampados, de la caza de un ser tan escurridizo como un pez. Filmada en 35 mm, es magistral la composición de cada plano y el ritmo de un montaje que remite a los thrillers que varios maestros rodaron en los 70.
    Partiendo de un cuento de F. Scott Fitzgerald, en El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008) abandona las brumas del thriller y la intriga para erigir un relato fantástico que, en manos de Fincher, no renuncia al desasosiego, y al que aporta una épica emparentada con Forrest Gump (Forrest Gump, 1994, Robert Zemeckis), que viene a ser como el reverso tenebroso de esta película. Si en este largometraje logró despistar y sorprender a sus seguidores, aún fue un paso más allá con La red social (The Social Network, 2010), otra mirada a las obsesiones de nuestro tiempo. Su espléndido dominio de la cámara y su concepción de la narrativa visual brillan aquí al convertir un libro sobre la gestación de Facebook en un drama apasionante que analiza los límites entre la amistad, el interés económico y las nuevas tecnologías. Puede que sea una de sus películas más premiadas y nominadas.
    Dado que a David Fincher le gusta apostar fuerte y afrontar riesgos, con Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo, 2011), adaptación del primer título de los best-sellers de Stieg Larsson, parecía destinado al fracaso, pues se trata de un material en exceso popular. No fue así. Una vez más logró cautivar y aturdir al espectador, con un cuidadísimo retrato del malestar contemporáneo y del desasosiego que nos causa el mal cuando adopta múltiples caras y usa disfraces esquivos. Fincher es uno de los grandes cronistas de nuestro tiempo. 

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Filmografía escogida: Seven (Se7en, 1995), El club de la lucha (Fight Club, 1999), Zodiac (Zodiac, 2007)*, La red social (The Social Network, 2010).
Bibliografía:
Browning, Mark, David Fincher: Films That Scar, Praeger, Santa Barbara (California), 2010.
Internet:
http://www.fincherfanatic.com 

***
 
[A propósito del estreno de Perdida (Gone Girl, 2014), que no entró en la ficha para este diccionario porque se gestó hace un par de años, varias personas me han preguntado acerca de la obra de David Fincher, así que he preferido copiar aquí el microensayo que escribí para el diccionario (tuve que ceñirme al espacio disponible del proyecto concebido por Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda). Un apunte: creo que debería revisar Panic Room porque sólo la vi una vez y en versión doblada, aunque eso sí: en el cine].

Los favores de la Fortuna, de Frederic Manning


Creo que lo que más me ha gustado de este libro es su lenguaje, el lenguaje brusco y plagado de tacos que emplean sus personajes, es decir, los soldados que combaten en la Francia de la Primera Guerra Mundial: un lenguaje que se aproxima mucho al que utilizan en El sargento de hierro, una de mis películas favoritas de la filmografía de Clint Eastwood. Es decir, un lenguaje basado en la realidad, porque quienes luchan suelen estar hasta las pelotas y hablan como camioneros. Y aún me gusta más que su traductora, María Fernández, haya respetado esto, porque, de haberse traducido esta novela (inspirada en hechos reales, aunque con personajes ficticios) en los 60 o en los 70, hubieran suavizado el lenguaje en la edición española hasta un punto irreconocible. Así lo hacían antes en las ediciones españolas, no lo invento.

Frederic Manning nos ofrece un vistazo poderoso a lo que ocurre no en la batalla (aunque hay algunos pasajes "de lucha"), sino en las trincheras, en los campos que recorren los hombres… Nos muestra lo que hacen, lo que hablan, lo que comen, lo que beben, lo que sueñan. Por encima de todo hay algo que todo escritor contrario a la guerra suele recalcar: que en realidad el soldado de a pie lucha por sí mismo, pero también por su compañero, al que se niega a dejar caído, aunque los mandos insistan en que se deje atrás a los heridos y a los muertos. Manning fue muy admirado por grandes escritores y es la primera vez que se publica este libro en España. Aquí van unos fragmentos:

Resulta curioso que mientras que cada hombre es un misterio para sí mismo, para los demás es como un libro abierto; quizás porque uno pasa por el tormento y la confusión de los procesos mentales que mueven sus actos y desde fuera solo se aprecia el acto en sí, simple y único.

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-Entonces, ¿por qué leches te alistaste? –le preguntó Madeley.
El Llorón levantó aquella mano enorme, que parecía más bien una pala, con la solemnidad del que está haciendo un juramento.
-Ahí me has pillado, tío –admitió–. Cuando vi a todos los chalados alistándose, y a mí paseando con mi novia, como todos los domingos, me dio vergüenza. Intenté pasar y olvidarme, pero no pude. Yo ya sabía de qué iba el tema, pero no dejaba de darle vueltas a la cabeza y al final nada, yo también fui a alistarme como un gilipollas. Me daba vergüenza andar paseando por la calle. Pues sí, me daba vergüenza. Pero os digo una cosa: si ahora pudiera mandar el uniforme a tomar viento y ponerme otra vez de paisano, ¡pronto iba yo a pasar vergüenza! No, señor, ni aunque me tuviera que ir escondiendo por los callejones y pasar de echar un trago en el Old Vaults. Ya no me queda nada de dignidad, tíos, es la pura verdad. Lo que yo digo es que los que han hecho la guerra, ¡que vengan y que luchen!

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-Yo nada más que digo –continuó el Llorón– que si un hombre la espicha, ya se la suda quién gane la puta guerra. Estamos aquí y ya no podemos hacer nada, mi cabo primero. Y ya que estamos aquí tenemos que luchar por nosotros. Por nosotros y por el de al lado.

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Los hombres establecen un vínculo más fuerte por las experiencias triviales que comparten que por los compromisos más sagrados.

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La determinación de un hombre solo puede medirse en función de los horrores y las dificultades que haya tenido que superar.


[Sajalín Editores. Traducción de María R. Fernández] 

Trailer de Blackhat


Horrible Bosses 2: nuevo cartel


Y más carteles de The Hobbit: The Battle of the Five Armies





Cartel de A Merry Friggin' Christmas


Elizabeth Peña (1959 - 2014)


American Sniper: nuevo cartel


Jurassic World: 2º cartel


martes, octubre 14, 2014

Un hombre afortunado, de John Berger


John Berger es uno de los grandes exploradores de la relación entre la imagen y la palabra. En sus libros solemos encontrar fotografías, esbozos y bocetos, pinturas o dibujos, o a veces todos ellos. Berger también es uno de esos escritores que no parecen hacer ruido, y cuyos libros no obtienen la atención mediática que poseen otros autores. Pero cada poco salen obras suyas, nuevas o reeditadas: ensayos, novelas, biografías, manuales sobre el arte… Y es un placer leerlo.

En Un hombre afortunado encontramos una mezcla de géneros: el ensayo, el reportaje, la biografía, el álbum de fotos… En las primeras páginas, el Berger narrador está aparte, como si él no hubiera presenciado los casos, y nos va relatando algunos ejemplos de cómo John Sassall, un doctor inglés del entorno rural, hacía su trabajo… Más adelante, Berger empieza a desvelarnos quién es el médico, empieza a soltar más datos. Sabemos que ha estado con él, que lo ha acompañado, que el libro es un recorrido por el trabajo de este hombre y su relación con los pacientes, con la enfermedad y la muerte. Pasadas bastantes páginas, la obra ya no consiste en la descripción de cuanto hace ese médico, sino que va más allá, y el autor introduce amplias reflexiones sobre la relación de los doctores con la pérdida y la enfermedad. Y el libro cobra otra dimensión. El volumen, además, está lleno de fotografías de Jean Mohr (que nos muestran los paisajes, los pacientes, las miradas, los gestos, al propio médico…), y compone, junto a la narrativa de John Berger, una pieza maravillosa de no ficción. Aquí van unos cuantos extractos: 

Para quienes están detrás del telón, junto a los pobladores, los referentes del paisaje ya no son sólo geográficos, sino también biográficos y personales.

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El primer temor cuando nos ponemos enfermos es que nuestra enfermedad sea única. Intentamos racionalizarlo, debatimos con nosotros mismos, pero siempre nos queda el fantasma del miedo. Y ese fantasma permanece por una razón. La enfermedad, en cuanto fuerza indefinida, es una amenaza potencial contra nuestra existencia, y todos somos sin remedio altamente conscientes de que esa existencia es única. En otras palabras, la enfermedad participa de nuestra propia singularidad. Al temer su amenaza, la abrazamos y la hacemos especialmente nuestra.

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Hay otra razón más por la que los niños se recuperan tan rápidamente de una pérdida definitiva. En el mundo infantil no sucede nada fortuito. No existen los accidentes. Todo está conectado con todo lo demás y todo explica todo lo demás. (La estructura del mundo infantil es semejante a la de la magia). Así, para el niño, una pérdida nunca carece de sentido, nunca es absurda ni, sobre todo, innecesaria. Para el niño, todo lo que sucede es una necesidad.
Cuando estamos angustiados, volvemos a la primera infancia porque es en ese periodo de la vida cuando aprendimos a sufrir la experiencia de la pérdida total. Además, en ese periodo sufrimos más pérdidas totales que en todo el resto de nuestra vida.

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La angustia se deriva de un sentimiento de pérdida irreparable. (La pérdida puede ser real o imaginaria). Esta pérdida se suma al resto de las pérdidas sufridas durante nuestra vida: esas otras pérdidas representan la ausencia de aquello a lo que en esta ocasión hubiéramos recurrido en busca de consuelo de no haberse perdido también. La mayoría de esas otras pérdidas las sufrimos en la infancia, pues así está inscrito en su naturaleza. De modo que la experiencia de pérdida tiende a retornarnos, a devolvernos a nuestra infancia.

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Por el contrario, el adulto angustiado sufre porque está convencido de que lo que le ha sucedido es absurdo o, en el mejor de los casos, no tiene mucho sentido. Esto equivale a decir que el sentido que permanece no puede compensar el que se ha perdido. El hombre angustiado, la mujer angustiada, se encuentran así atrapados en la escala temporal de la infancia, pero sin la protección del niño, y sufren un desconsuelo que sólo es propio de la edad adulta.

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En la imaginación humana, la muerte y el paso del tiempo están indisolublemente unidos: cada momento que pasa nos acerca a la muerte; y nuestra muerte se mide, si es que es posible medirla, en relación con esa aparente eternidad de la existencia que ha de continuar después de nosotros, sin nosotros.

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El autobiógrafo escribe sobre sí mismo; es su propio cronista. Nada se le puede reprochar, nadie, ni siquiera un personaje creado, le puede reprochar nada. Lo que omite, lo que distorsiona, lo que se inventa, todo, al menos conforme a la lógica del género, es legítimo. Puede que esto constituya el verdadero atractivo de la autobiografía: todos los acontecimientos sobre los que uno no tenía control alguno quedan al fin sujetos a su decisión.

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El cuadro que uno vio la semana pasada, cuando suponía que el artista estaba vivo, no es el mismo (aunque sea el mismo lienzo) que uno ve esta semana, después de saber que ha muerto.

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La muerte de una persona hace que todo lo concerniente a ella adquiera un carácter de certeza. Habrá secretos que mueran con ella, claro está. Y puede que cien años después, al examinar unos documentos, alguien descubra un hecho que ignoraban todos los que asistieron a su funeral y que viene a proyectar una luz distinta sobre su vida. La muerte cambia los hechos cualitativamente, pero no cuantitativamente. Uno no conoce más hechos porque la persona haya muerto. Pero lo que ya sabe se fija y se hace definitivo.

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Lo que vale una persona para sí misma se expresa, finalmente, en cómo esa persona se trata a sí misma.


[Alfaguara. Traducción de Pilar Vázquez]

Eduardo Margaretto en Madrid




Cartel de The Lookalike


Próximamente: La literatura es mi venganza


De Mario Vargas Llosa y Claudio Magris. En Anagrama.

Cartel de 3 Still Standing


St. Vincent: otros 2 carteles



Trailer de Listen Up Philip


Más carteles de The Hobbit: The Battle of the Five Armies






viernes, octubre 10, 2014

El cine de ciencia ficción. Explorando mundos, de Varios Autores. Edición de Antonio José Navarro


En el primer ensayo de este libro de autoría colectiva, Susan Sontag dice algo sobre el género que me parece muy acertado:

Las películas de ciencia ficción no tratan de ciencia. Tratan de la catástrofe, que es uno de los temas más antiguos del arte. En las películas de ciencia ficción, la catástrofe rara vez es concebida intensivamente; lo es siempre extensivamente. Es cuestión de cantidad y habilidad. Si se prefiere, es cuestión de escala.

Y, un poco más adelante, añade:

Así, el cine de ciencia ficción (como un género contemporáneo muy diferente, el happening) está relacionado con la estética de la destrucción, con las peculiares bellezas que pueden procurarnos los estragos, la confusión. Y lo más importante de una buena película de ciencia ficción radica precisamente en la imaginería de la destrucción.

Es uno de los mejores textos de un volumen con el que he aprendido y he recordado, y en el que encajan textos traducidos o desgajados de otros libros junto a textos escritos para la ocasión o sacados de antiguos números de revistas. Aunque eso haga parecer al libro una especie de monstruo de Frankenstein, no desmerece: quiero decir que a mí me gustan estos libros en los que se coge de aquí y de allá para ofrecer un mosaico sobre un tema determinado (como el libro sobre True Detective que ha publicado Errata Naturae, del que hablaré otro día). Junto a Susan Sontag hay un texto del maestro J. G. Ballard, que ya había leído porque proviene de Guía del usuario para el nuevo milenio, pero que he releído con placer; hay, también, un texto de John Moffitt, de quien me compré hace poco su ensayo sobre alienígenas en una librería de saldo; no falta Pilar Pedraza, cuyos ensayos suelen ser impecables; y hay firmas de algunos de los mejores críticos y analistas de cine de este país, como Quim Casas o Tonio L. Alarcón. Sin embargo, mis textos favoritos (aparte de los de Sontag y Ballard) son los que firman Jesús Palacios (su ensayo se titula "Imágenes como virus", así que no tengo que explicar por qué me encantó) y Tomás Fernández Valentí en solitario (porque hace una defensa del cine de ciencia ficción de Steven Spielberg con la que estoy totalmente de acuerdo). Sin desmerecer los textos de otros colaboradores, como Jorge Gorostiza o Antonio José Navarro.

Podría colgar un montón de fragmentos, de cualquiera de los textos del libro, pero carezco de tiempo. Así que voy a dejar un párrafo sobre un cineasta del que antaño vi alguna película, pero de quien desconocía su historia. Nos lo sirven Valentí & Navarro en su ensayo conjunto sobre los "Seres de metal":

La noche del 23 de abril de 1996, el actor, guionista y realizador escocés Donald Cammell (Edimburgo, 1934) se voló la cabeza de un disparo. Pero lo hizo con tan extraña fortuna que, durante unos breves minutos antes de morir, tendido en el suelo, lúcido y sin dolor, solicitó a modo de última voluntad ver una foto de su escritor favorito, el argentino Jorge Luis Borges (!). Un final acorde con la enigmática personalidad de Cammell, cuya trayectoria vital y artística es una mezcla de tragedia, horror y onirismo. Amigo del cineasta underground Kenneth Anger y de Bobby Beausoleil –miembro de la familia Manson–, estudioso de Aleister Crowley, de la literatura decadentista de J. K. Huysmans y del surrealismo, Donald Cammell, declarado satanista, impregnó de una densa estética esotérica y perversa su corta filmografía como director: Performance (íd. 1970), codirigida por Nicolas Roeg, Engendro mecánico (Demon Seed, 1977), El blanco del ojo (White of the Eye, 1987), El lado salvaje (Wilde Side, 1995) y The Argument (1971-1999).


[Valdemar. Traducciones de Horacio Vázquez Rial, Rebeca Le Rumeur, Octavio di Leo e Iria Candela]  

Trailer de Tomorrowland


Próximamente: Para Isabel


De Antonio Tabucchi. En Anagrama.

Trailer de Focus


Cartel de The Calling


Trailer de St. Vincent


Wild: 2º cartel


jueves, octubre 09, 2014

Siegfried Lenz (1926 - 2014)


Infinito. La historia de un momento, de Gabriel Josipovici


Tengo una pila, creo que ya lo he mencionado por aquí, de libros ya leídos, libros que quiero recomendar o de los que necesito copiar algunos extractos. De muchos de esos libros pretendo recoger tantas citas que, por falta de tiempo y a veces por agotamiento, voy posponiendo esa transcripción de la frase. Lo que ocurre es que los meses van pasando y entonces me doy cuenta de que recomiendo libros que leí el invierno pasado, o en primavera.

Infinito es uno de ellos (obsérvese, por cierto, la variación del título: la cubierta que muestro arriba es la que hay en la web de la editorial; pero en la edición definitiva, en la que tengo en mi mesa, falta la coma tras "Infinito" y se introduce el artículo "La"). De Josipovici me entusiasmaron Moo Pak y ¿Qué fue de la modernidad? En Infinito descubrimos la vida de un personaje por mediación de lo que cuenta otro personaje (su criado) sobre él, un poco a la manera del estilo de Thomas Bernhard, de quien yo creo que Josipovici es discípulo, aunque su tono esté más próximo a la filosofía que a la rabia. A estas alturas ya se habrá escrito bastante sobre esta novela, así que me detengo aquí y copio esos fragmentos que me interesaba rescatar, y que están traducidos por Juan de Sola, que es uno de los grandes:

Debemos volver la espalda al mundo, como los sabios hindúes han sabido siempre, decía, porque el mundo nunca podrá cumplir las expectativas que tenemos de cómo debería ser el mundo.

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Cuando muramos, Massimo, decía, deberíamos procurar no dejar el caos. No sería justo para los que vienen detrás. No, decía, deberíamos dejar esta vida con todo ordenado. Todo debidamente etiquetado y clasificado. Nosotros nos convertiremos en polvo, decía, pero la música va a perdurar. La música genuina perdura siempre, decía, igual que la música no genuina se marchita y muere enseguida, aunque en vida del compositor le reportara fama y riqueza. Un músico de verdad tiene un deber para con la música, decía. Si cree en la música, entonces tiene que creer que esta perdurará una vez él haya muerto.

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No hay nada más deprimente, decía, que tratar de poner orden en el caos que han dejado los difuntos. No hay nada más deprimente que registrar los armarios de los difuntos y separar la ropa que será para la familia, aquella que podrá darse a una organización benéfica y aquella que puede tirarse. No hay nada más deprimente que revisar baúles de cartas y papeles viejos con la vana esperanza de que aparezca algo de interés.

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Cuando una mujer te deja, Massimo, decía, es como si el mismísimo mundo te hubiera dejado. Por un momento es como si no te quedara mundo en el que vivir. Cuando me dejó, decía, no podía ir a mi estudio, no podía mirar mis partituras. Tenía miedo de salir y tenía miedo de quedarme en casa. ¿De qué tenía miedo? De mis pensamientos. De la intensidad de mis sentimientos hacia ella.

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De asombro, Massimo, dijo, sin asombro la vida no es nada. Sin asombro somos hormigas. Todo lo que nos rodea es motivo de asombro, Massimo, dijo. Una mujer. Su codo. Su muñeca. Un árbol. Sus hojas. Su olor. Un sonido. Un recuerdo. Y la persona que puede ayudarnos a asombrar es el artista. Por eso el artista es sagrado, dijo.

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Lo que importa es el reloj espiritual que uno lleva dentro, no las condiciones físicas del exterior. Un hombre que sepa ajustar su reloj espiritual, Massimo, dijo, es un hombre que sabrá lidiar con el mundo. Es un hombre que sabrá sacar el máximo partido de sus posibilidades.

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Nuestras madres nos ayudan a mantenernos en pie, Massimo, dijo, y luego nos ayudan a caminar. Pero un día, cuando las madres ya no están, descubrimos que ya no nos tenemos en pie. Que ya no podemos caminar.

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No es lo mismo estar solo a los veinte que estar solo a los cuarenta, decía. A los veinte estás solo porque no has encontrado todavía a la persona indicada. Pero a los cuarenta estás solo porque has entendido que la vida en pareja no es para ti. Es un descubrimiento doloroso, decía, pero también liberador.

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Escribiré una obra en su memoria, dijo. No sé qué forma cobrará, pero sé que voy a escribir algo. Escribir será mejor que llorar, dijo. Será mejor que sentir todo el tiempo su ausencia como una herida en mi cuerpo. Escribirla me permitirá vivir con él y hablarle, aunque ya no esté aquí.


[Cómplices Editorial. Traducción de Juan de Sola]

Hoy, en Madrid


The Imitation Game: nuevo cartel


Próximamente: La novela múltiple


De Adam Thirlwell. En Anagrama.

Trailer de Point and Shoot