viernes, marzo 27, 2015

Lancha rápida, de Renata Adler


Éste es, sin duda, uno de los libros más importantes de la temporada. Es insólito que no se haya traducido hasta ahora, dado que en Estados Unidos fue una especie de emblema, de punto de partida para establecer otra manera de narrar. Lancha rápida (Speedboat) es una novela, pero no es una novela al uso. Quien mejor lo ha explicado es Guy Trebay en el posfacio que incluye la edición de Sexto Piso:

Con un estilo a veces periodístico, cronístico, aforístico, siempre episódico y mordaz, Lancha rápida es una novela hecha de una serie de miniaturas observadas con gran agudeza y colocadas oblicuamente.

Renata Adler se pone en la piel de Jen Fain, una periodista que nos va describiendo lo que sucede alrededor: anécdotas, opiniones, viajes, historias aisladas… El mosaico resultante es una descripción fragmentaria y poderosa de lo que sucedía en el entorno periodístico de los años 70, y su lectura resulta muy adictiva. Se ha comparado al libro con la escritura resultante de observar los muros de Facebook, pero esto es infinitamente mejor: no olvidemos que se trata de Literatura (con mayúsculas). Ahí van unas muestras (y aquí las primeras páginas):

Nadie murió ese año. Nadie prosperó. No hubo nacimientos ni matrimonios. Se escribieron diecisiete sátiras reverentes: alterando un cliché y, es de suponer, creando un género. Eso fue un sueño, por supuesto, pero he descubierto que muchas de las cosas más importantes son las que aprendes durmiendo. La oratoria, el tenis, la música, esquiar, los modales, el amor; lo intentas despierta y tal vez dudas ante el obstáculo, pero enseguida has dado el salto. Has cogido el ritmo, de una vez por todas, durmiendo por la noche. La ciudad, por supuesto, puede destruirlo. Hay mucho insomnio. Muchos ritmos que colisionan. La dependienta, el casero, los invitados, los transeúntes, dieciséis variedades de circunstancias sociales en un día. Aquí todo el mundo tiene el poder de cuestionar toda tu vida. Demasiadas personas tienen acceso a tu estado de ánimo. A algunas personas les es indiferente caer mal, hasta lo disfrutan. Casi nadie que yo conozca.

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En ocasiones pienso que son escritores que no escriben. Que los "escritores escriben" debería ser evidente en sí mismo. A la gente le gusta decirlo. Yo sé que casi nunca es cierto. Los escritores beben. Los escritores despotrican. Los escritores telefonean. Los escritores duermen. He conocido a muy pocos escritores que escriban.

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Cuál es la clave. Eso es lo que debe tenerse en cuenta. En ocasiones la clave real es quién quiere qué. En ocasiones la clave es lo que está bien o es amable. En ocasiones la clave es un impulso, un hecho, una cualidad, una voz, un presentimiento, algo que se dijo o no se dijo. En ocasiones se trata de quién tuvo la culpa o de qué ocurrirá si no actúas enseguida. La clave cambia y desaparece. No puedes estar siempre pendiente de cuál es la clave o te pierdes lo más simple: ser un personaje protagonista en tu propia vida. Pero si, durante el tiempo que sea, eres custodio de la clave –en arte, en el tribunal, en política, en las vidas, en los espacios–, resulta que hay acciones de retaguardia por todas partes. Ves una cosa con claridad y, cuando tu visión se atenúa o cuando se traslada a otra persona, si tienes una naturaleza amable, mantienes el silencio; eso es encantador. Por lo demás, de vez en cuando merece la pena una pequeña incursión. Así pues, estar siempre complaciente y absolutamente equivocado no se convierte en la posición más segura de todas. La clave nunca me ha sido confiada.

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Cuando me pregunto qué es lo que estamos haciendo –en esta casa de piedra rojiza, en esta manzana, con este periódico– la verdad es que probablemente la respuesta sea que estamos luchando por sobrevivir.

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Desde luego, no está bien tener un umbral demasiado bajo con los insultos. Incluso el insulto afectuoso, o el cumplido con cualquier clase de giro en él, puede reverberar en la memoria de formas espantosas.
 

[Sexto Piso. Traducción de Javier Guerrero]

Próximamente: La isla de la infancia


De Karl Ove Knausgard. En Anagrama.

Hoy, en Valladolid


Gsús Bonilla y Jorge Molinero presentan El del medio de los Panero.

Far from the Madding Crowd: nuevo cartel


jueves, marzo 26, 2015

Próximamente: Giles, el niño-cabra


De John Barth. En Sexto Piso.

Vente a casa, de Jordi Nopca


Desde hace unos años, formo parte de esa minoría creciente que nada más empezar las vacaciones carga una maleta y se marcha a un país extranjero. Consume los días visitando monumentos, degusta platos que solamente le pasan factura cuando vuelve a casa, observa escaparates de tiendas con expresión alucinada, recorre paisajes alelados de las lacras urbanas y, quizá de manera algo paradójica, concede una gran importancia a los parques, ya estén estos frecuentados por gente que corre, padres que airean a sus críos, perros que parecen diablos tristes y de poca monta, viejos que se arrastran como estatuas u hombres que han perdido el trabajo y exponen su desgracia con una lata de cerveza en la mano. No me molesta que me llamen turista. Para mí, los viajes son la guinda de un pastel equivalente a todo un año: es el punto más dulce, la perfección esférica, la delicia que el comensal reserva para el último bocado.
[Del relato "Navaja suiza"]

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Carhartt y Fornarina no estaban bien. A él acababan de echarlo de la tienda de electrodomésticos en la que había empezado a trabajar pocos meses después de licenciarse en filología germánica. Ella, secretaria en una empresa que no pasaba por su mejor momento, tenía que faltar al trabajo constantemente para hacerle compañía a su padre en la clínica: le habían diagnosticado un cáncer de próstata en fase terminal.
Desde que había tenido que dejar la tienda, Carhartt bebía más de la cuenta. Fornarina abusaba de antidepresivos para intentar neutralizar el doble pesimismo que la perseguía día y noche: sufría por la cuenta atrás de su padre, pero también la inquietaba la autodestrucción líquida de su pareja. Tenía suerte de continuar manteniendo su puesto de trabajo, se repetía a menudo mientras preparaba una ensalada con mucha zanahoria o mientras veía una de esas películas de sobremesa de domingo en las que los sentimientos surcan mares revueltos con una lancha averiada.
[Del relato "Nos tenemos el uno al otro"]


[Libros del Asteroide]

Cartel de Mia madre


The Age of Adaline: otros 2 carteles



miércoles, marzo 25, 2015

Próximamente: Una mariposa en la máquina de escribir


De Cory MacLauchlin. En Anagrama.

The Fantastic Four: 2 carteles



Trailer de Slow West


martes, marzo 24, 2015

Próximamente: La canción de la bolsa para el mareo


De Nick Cave. En Sexto Piso.

Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro


Hasta ahora no había leído a Kazuo Ishiguro, uno de los autores contemporáneos más prestigiosos de la literatura británica (aunque nació en Nagasaki, escribe en inglés y es considerado como un miembro del British Dream Team), pero sé que repetiré. Lo único que conocía eran las dos películas basadas en las que tal vez sean sus novelas más célebres: Lo que queda del día y Nunca me abandones.

Vi Nunca me abandones cuando se estrenó, a principios de 2011, y, aunque me pareció una buena película (o ése es mi recuerdo de ella), no recordaba sus características: esto es, que parte de una situación fantástica, en la que se clona a la gente para que, cuando uno enferme, se pueda recurrir a su copia y extraer los órganos precisos para hacer trasplantes y prolongarle la vida. Lo que la novela y la película describen es la rutina de esos clones en las escuelas de formación a las que asisten, donde se les enseñan cosas como el cuidado de la salud, el sexo como algo que no tiene consecuencias (ellos no pueden tener hijos: son estériles), y su importancia para esas personas, a las que llaman "posibles" (el posible de Ruth, uno de los personajes, sería el origen del que han extraído su modelo), mientras los propios clones son considerados "donantes". Todo esto lo aproxima, como ya se figurarán quienes no la hayan leído, a Blade Runner: los donantes de Kazuo Ishiguro no son muy diferentes a los replicantes de Ridley Scott por cuanto se hacen preguntas sobre su fecha de caducidad y sobre las opciones a las que están sometidos; son, también como los replicantes, esclavos (aunque en principio no lo parezca).

La novela está narrada por Kathy, la joven que se convertirá en cuidadora de los donantes antes de pasar ella misma a donar sus órganos cuando llegue el momento. Kathy nos describe la vida en el internado y las relaciones de amor y amistad que mantiene con Ruth y Tommy. El estilo de Ishiguro es muy sutil, pues la información nos va siendo revelada con cuentagotas y, a priori, parece una novela sobre el aprendizaje. Pero ese aprendizaje, vamos descubriendo poco a poco, es más sombrío y siniestro de lo que pensábamos. En el ambiente del internado siempre se percibe una atmósfera enrarecida por los secretos que nadie les cuenta a los internos, a los clones o futuros donantes: esos secretos que, como cuando éramos niños, nos obstinamos en descubrir para no vivir engañados. Una gran novela, pues, cuya lectura depara una rara melancolía: leerla tiene algo que, inevitablemente, recuerda a ese tiempo en que el íbamos abandonando la adolescencia con nostalgia.


[Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika]

Mission: Impossible - Rogue Nation: 2 trailers


Cartel de 1915


domingo, marzo 22, 2015

Próximamente: Sumisión


De Michel Houellebecq. En Anagrama.

Sin visado, de Jean Malaquais


Al tiempo que se quitaba las gafas de sol, el hombre dio una zancada para evitar el charco, husmeó el aire y refunfuñó entre sus dientes largos y amarillentos.
-¡Cagoendiez! –masculló castigando con el bastón el bordillo de la acera– ¡Cagoendiez!
Mientras se alisaba la puntiaguda perilla, aspiró el aroma de sus falanges. A pesar de que hacía varias semanas que pasaba cada día por la misma callejuela a la hora precisa del mediodía, no conseguía acostumbrarse al tufo de moho y podredumbre que despedían los callejones del Puerto Viejo. En ningún lugar del vasto mundo que había recorrido a lo largo de su ya larga vida, ni en la Módena de su infancia ni en los barrios bajos de Alejandría, ni en los zocos marroquís, ni en la Odesa típica de la guerra civil, en ninguna parte había tenido aquel anciano la sensación de respirar tan abundantes relentes de peste y de raticida, relentes que parecían remontarse a los míticos tiempos de los intrépidos fenicios, que fueron los primeros en desembarcar en estas costas.

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A la hora de diana, a la presunta hora del amanecer, cuando del otro lado de las ventanas muertas el alba comenzaba a saludar el despertar de las cosas y guardianes malhumorados contaban y recontaban a las mujeres, Katty Braun salía de la fila y pedía permiso para ir a buscar la ventana que había olvidado en su habitación. Comprensivos a más no poder, los guardianes le daban una patada en el trasero; sí, preciosidad, una ventana como una flor, y en una bandeja de plata para que haga bonito, pero espera a que se haga de día. Y era estrictamente cierto, porque las bombillas no paraban de rezumar luz. Ella volvía a su fila mirando a las mujeres con el ojo que no sonreía, con una seriedad que les encogía el corazón. En su universo mítico, ventana significaba el umbral natal, Francia en el horizonte, mañanas sin tos, sueños ininterrumpidos. Pegada a las paredes, recorriendo los pasillos de habitación en habitación, se abría paso de ventana en ventana atrancada por siempre jamás. Había una quincena de mujeres en cada reducto, imbricadas las unas en las otras, dormitando, despiojándose, casi desnudas, casi asfixiadas, viejas y jóvenes, feas y menos feas, semejantes a una vegetación de subsuelo.

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Madre y hermana lo ayudaron a escalar los peldaños, dos pisos de peldaños hasta llegar bajo el tejado oblicuo, que durante todo el día había atraído el sol de aquel mes de septiembre y había distribuido su pesado calor por el desván. Él se quedó de pie sobre su pierna sana, sobre su pierna muerta, mientras madre y hermana empujaban maletas una contra otra, arrastraban colchones, improvisaban una cama, sin palabras, sin preguntas, deslizándose de puntillas a pesar de que no había nadie en la casa que pudiese oírlas. Lo habían acostado, desvestido: pierna hinchada, muslo de brasa ardiente, sudor frío, prohibición de advertir al padre, interdicción de llamar a un médico, negativa a indicar una dirección amiga adonde correr en busca de ayuda, imperdonable ignorancia en lo relativo a fracturas, absurda impotencia para cargar con una parte del dolor, horas negras en el negro desván con la angustia de la bota alemana, con el sufrimiento que multiplicaba el tiempo, con el murmullo del rezo que multiplicaba la desesperación.  


[Sajalín Editores. Traducción de Gabriel Hormaechea]

The Cut: 2 carteles



viernes, marzo 20, 2015

En Playtime: Robert Saladrigas


Hoy recomiendo De un lector que cuenta: aquí.

Cartel de Lambert & Stamp


jueves, marzo 19, 2015

Próximamente: Maldita


De Chuck Palahniuk. En Random House.

De un lector que cuenta, de Robert Saladrigas


Pronto comentaré este libro en Playtime, pero antes quiero dejaros con un par de citas del mismo. Se trata de una recopilación o selección de críticas literarias del autor, ya publicadas en revistas o en periódicos y de la que se aprende mucho:

Cada nueva lectura de un libro amado, separadas una de otra por largos intervalos de vida, resulta diferente porque nosotros hemos cambiado. La obra es la misma, pero la relación personal de uno con ella se va modificando en la medida en que los costurones de la vida, la acumulación y sedimentación de experiencias, mudan su forma de mirar y de entender el mundo.

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De la realidad un día vivida apenas conservamos imágenes –a veces absurdas– que se nos antojan de ficción, como si aquello solo hubiera existido en el ámbito de lo imaginario.


[Menoscuarto Ediciones]

Child 44: varios carteles