jueves, abril 02, 2020

Desnudo en Garden Hills, de Harry Crews



Se desembarazó de las manos de Fat Man y se bajó de la báscula.
Lo mismo Jester ya pesaba cuarenta kilos a los tres años. O puede que al nacer. Fat Man suspiró. Al margen de sus orígenes, ahora entre ellos se interponían doscientos veintiún kilos. Y la grasa corporal era un hecho con el que había que lidiar. Siempre. Era algo que un hombre no podía pasar por alto. Aunque lo intentase, el mundo no te lo permitiría. Y tampoco es que lo hubiese intentado alguna vez. Todo lo contrario. Había insistido en llevar registros pormenorizados. Incluso en aquel momento, Jester se disponía a consignar una nueva entrada. Abrió la puerta de caoba tallada del vestidor que daba al baño. La cara interior de la puerta estaba cubierta de papeles grapados a la madera. Era el historial de peso de Fat Man, mantenido a diario desde hacía años. La puerta entera cubierta por una caligrafía enmarañada de color verde. Había dos columnas: ganancias y pérdidas. La historia de una continua progresión ascendente, de una dilatación, de una hinchazón más allá de toda razón. Pero al mismo tiempo era una biografía. A Fat Man le bastaba para echar un vistazo al peso registrado en cualquier fecha y aparecían rostros, brotaban lugares de la superficie, soplaban los vientos, los hombres sonreían y morían.

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Ella echó la cabeza hacia atrás y su garganta marmórea rodó bajo la botella ámbar hasta hacer desaparecer la cerveza. Sonrió.
-Permíteme que te diga. Elige una ciudad grande, pongamos que Nueva York. Una mujer puede quitarse la ropa y quedarse en pelotas, como Dios la trajo al mundo, en cualquier acera y no se girará una sola cabeza. ¿Te lo puedes creer? Ya veo que no, pero es la verdad, te lo puedo garantizar. Basta que pongas a esa misma mujer en una jaula y, ni siquiera hace falta que la desnudes del todo, olerás el almizcle a kilómetros de distancia. Echarán la puerta abajo para verlo.

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Estaba demasiado gordo para apañarse solo. Si se largaba toda la gente de Garden Hills, cabía la posibilidad de que Jester se largara con ellos. Y él no podría sobrevivir solo. Por supuesto, también él podía largarse. Pero eso le resultaba incluso más aterrador aún. Él allí era un héroe, en Garden Hills; fuera de Garden Hills era un bicho raro. Aquí se le reverenciaba, había vencido al sistema. En cualquier otro lugar, los niños se reían de él y los adultos deseaban apedrearlo.

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El odio es lo que hace que el mundo gire.

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¿Qué es lo que mantiene a todo el mundo en el extremo equivocado de la línea? No es el amor. No, la cosa está montada para que odies el sitio donde estés, sea cual sea, lo mismo da que sea al pie de una colina o en la cumbre.


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

Cartel de Phase Finale


Cartel de L.A. Originals


martes, marzo 31, 2020

La sinagoga de los iconoclastas, de J. Rodolfo Wilcock



En 1964 Flamart entregó a la imprenta su novela-diccionario, titulada astutamente La langue en action. La idea era la siguiente: puesto que los normales vocabularios modernos, por muy divertidos y en ocasiones licenciosos que resulten, son casi sin excepción inadecuados para una lectura continuada y sistemática, que es la única que justifica la existencia duradera de una determinada obra, el autor se había propuesto, con una paciencia flaubertiana, componer un nuevo tipo de diccionario que conjugase lo útil con lo aventuroso, indicando como cualquier otro vocabulario la definición y la utilización de cada una de las voces, acompañándolas, sin embargo, no de agradables observaciones y divagaciones eruditas como las que alimentan o alimentaban las antiguas enciclopedias, sino de breves pasajes narrativos, encadenados de tal manera que, una vez acabada la lectura, el lector no sólo ha aprendido la utilización correcta de todas las voces que componen la lengua, sino que además se ha divertido siguiendo el intricado desarrollo de una trama de lo más cautivante y movida, de tipo espionaje-pornográfico.

[Del texto "Jules Flamart"]

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Armando Aprile tuvo la consistencia de un fantasma. No ha quedado nada de él, salvo un nombre que parece falso y una dirección que no era la suya, en un folleto que apareció un día por las calles de Roma. Efímero utopista, propuso al mundo un orden, pero a lo que parece el mundo lo rechazó.

[Del texto "Armando Aprile"]

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En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos. El período entre 1940 y 1944 fueron sus años de oro; en aquel tiempo llevó a cabo sin el menor estorbo los estudios, experimentos y observaciones que más adelante recogió en su texto, convertido en un clásico del tema, El hastío de la inteligencia (L'embêtement de l'intelligence, Bésancon, 1945).
[…]
Ya del título del libro de Attendu se desprende su tesis, es decir, que en cada una de sus funciones y actividades no necesarias para la vida vegetativa, el cerebro es una fuente de problemas. Durante siglos, la opinión habitual ha considerado que la idiotez es un síntoma de degeneración del hombre; Attendu le da la vuelta al prejuicio secular y afirma que el idiota no es más que el prototipo humano primitivo, del cual sólo somos la versión corrompida, y por tanto sujeta a trastornos, a pasiones y a vicios contra natura, que no afectan, sin embargo, al auténtico cretino, al puro.

[Del texto "Alfred Attendu"]

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En 1702 el microscopista Anton von Leeuwenhock comunicó a la Royal Society de Londres su curioso descubrimiento. En el agua de lluvia estancada en los tejados había encontrado algunos animalitos, los cuales se desecaban según se iba evaporando el agua, pero después, introducidos de nuevo en el agua, retornaban a la vida: "Descubrí que, una vez agotado el líquido, el animalito se contraía en forma de minúsculo huevecillo y así permanecía inmóvil y sin vida hasta que no lo recubría de agua como antes. Media hora después las bestezuelas habían recuperado su aspecto primitivo y se las veía nadar bajo el cristal como si nada hubiese ocurrido".

[Del texto "Luis Fuentecilla Herrera"]

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Hoy nadie lee ya las novelas de Yves de Lalande, lo que permite sospechar que dentro de poco ya nadie leerá las novelas de nadie. Yves de Lalande era un nombre inventado: en realidad se llamaba Hubert Puits. Fue el primer productor de novelas a escala realmente industrial. Como todos, se había iniciado en su actividad en un plano artesanal, escribiendo novelas a máquina; con ese método, muy ilustre, pero primitivo, necesitaba al menos seis meses para terminar una obra, y esa obra quedaba muy lejos de poder ser llamada un producto bien acabado. Con el tiempo, Puits se dio cuenta de que la idea de escribir por sí solo una cosa tan compleja y variada como una novela, tan llena de humores y situaciones y puntos de vista diferentes, parecía tarea más adecuada para un Robinson Crusoe que para un ciudadano de la más grande y avanzada nación industrial del siglo veinte, Francia.
[…]
Así fue como se inició el establecimiento o fábrica de novelas Lalande. No nos pondremos a describir aquí las fases sucesivas de su desarrollo, sino su forma definitiva, la que permitió al todavía joven marqués De Lalande (también el título era inventado) publicar, entre 1927 y 1942, 672 novelas, de las cuales 87 fueron trasladadas con variado éxito a la pantalla.

[Del texto "Yves de Lalande"]


[Anagrama. Traducción de Joaquín Jordá]

Cartel de Phoenix, Oregon


Como una insinuación

Cuando escribes te manchas de ti mismo.

Y pones oscuridad y aire atacado
cuando respiras encima
de lo que nombras.

¿Es así?

Vas arrojando aliento de frente
a las palabras.
Una humedad violenta
las aleja como a un vuelo de aves insultadas
hasta la desorientación.

Eres el que ofusca. Eres el que atiende
las heridas con sal
y el que se remoja en las contradicciones.

He venido a por ti
entre lentas comadronas con la lengua rapada.
He venido a por ti
mas no entraré a buscarte.
Te espero en las afueras de los nombres,
allí se han desalado
de sí mismos
y solo continúa por sus huesos la sombra
de una música.

Esto ya no consuela,
esto ya no consuela y debes aprender
otras maneras
de enjuagarte en los nombres,
como cuando se cruza un mercado
ya desmantelado
y solo se propaga, por toda actividad,
la inversa inflamación
de desdecir.

Tomás Sánchez Santiago, Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016)

En Aleteia: La luz de mi vida


Cartel de Extraction


domingo, marzo 29, 2020

Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016), de Tomás Sánchez Santiago


Casa sola

Son con el verano
los síntomas primeros de soledad:
desarropadas perchas, estantes saqueados,
salas vacías de luz
donde hubo vida
y ya solo hay misterio, pureza
ilimitada
como único ropaje donde se deposita
la última claridad de estos crepúsculos.

Serán largas las noches, sin afán
ni deseos, hechas por el contrario de una larga
carencia y pobladas
de una congoja hostil –quizás el miedo–
que deja un rastro sucio de sudores
en el hilo encalado de la almohada.
¿Será la vida así,
un perpetuo miedo, y nosotros
tan solo
el lento abatimiento
que vive en los espejos de esta casa
tan sola...

**

Longitud del silencio

"Mide bien tus palabras", me aconsejó el viejo,
y él se fue a ver el mar y yo a mi cuarto.

Y, ¿por dónde empezar? Cifras y versos
en perpetuo litigio enmascarado
tras imágenes mías y que yo solo entiendo
ciertas noches.
Las sendas de lo mágico
responden en poesía a juicios aritméticos.

Tardé en saberlo todo; solo cuando
una segunda lectura al consejo
hallé, me vino luz. Estaba claro.

"Mide bien tus palabras" era solo
otra noble razón
de invitarme a callar poquito a poco.

**

……………………..(biopsia)

Hace calor. Póngase bolsas verdes.
La nuca me hace ruido. Tórax frío.
Almacén de sudor bajo la máscara;
desnuda, una mano se abre camino.
Legiones de alcanfor vuelan la sala.
Mis ojos buscan algo. "Denme hilo".
Por los tibios labios de una enfermera
se escapa la arquitectura de un trino.

**

Cajeras

Nadie las reconoce si no es en el andar
tan poco apresurado con que vuelven a casa
y el reflujo en las ropas de un olor comercial

aún con esa sal triste de las numeraciones
a punto de cuadrar. Y no se sobreponen
–maquillaje abatido y el carmín ya en desorden–

si oyen en el abismo de las últimas calles
chapoteo de cocinas o rechinar de alambres,
y el llanto de unos niños les recuerda que es tarde.

Mujeres ensopadas por la melancolía.
El neón de los horarios difíciles lastima
su pelo con un óxido de bayoneta antigua.


[Dilema Editorial]

Mark Blum (1950 - 2020)​


Cartel de Atlanta's Missing And Murdered: The Lost Children


Krzysztof Penderecki (1933 - 2020)


Cartel de Stray


jueves, marzo 26, 2020

Diario del año de la peste, de Daniel Defoe



Fue hacia principios de septiembre de 1664 cuando yo, al igual que el resto de mis vecinos, supe incidentalmente que la peste había vuelto a invadir Holanda…

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Pero parece ser que el Gobierno tenía informes precisos y que celebró diversas reuniones para decidir los medios de evitar que llegase a nuestro país; pero todo se guardó en secreto. Y así fue como aquel rumor no tardó en desaparecer, y la gente empezó a olvidarlo, como algo que apenas nos concernía y que esperábamos que no fuese cierto, hasta fines de noviembre o principios de diciembre de 1664, cuando dos hombres, según dijeron franceses, murieron de la peste en Long Acre, o, mejor dicho, en la parte alta de Drury Lane.

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Seguimos alimentando esperanzas unos pocos días más, pero sólo muy pocos, pues la gente ya no podía seguir dejándose engañar de este modo; registraron las casas y vieron que lo cierto era que la peste se extendía en todas direcciones, y que eran muchos los que cada día morían de ella.

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En este intervalo, entre el momento en que alguien caía enfermo y aquel en que llegaban los inspectores, el dueño de la casa tenía tiempo y ocasión de trasladarse con toda la familia, si es que tenía algún lugar adonde ir, y muchos así lo hacían. Pero lo calamitoso era que muchos lo hacían así cuando ya estaban realmente contaminados, y de este modo introducían el mal en las casas de los que eran tan hospitalarios para acogerles, lo cual es preciso confesar que era mostrarse muy cruel y muy ingrato.

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Por otra parte, muchos de los que huían podían refugiarse en otras casas, en donde ellos mismos se encerraban voluntariamente y allí se ocultaban hasta el fin de la peste; y muchas familias, previendo que se aproximaba aquel desastre, hicieron un acopio de provisiones suficientes para todos, y ellos mismos se encerraron, y de un modo tan efectivo que no volvió a vérseles ni a oírseles hasta que la epidemia hubo cesado por completo, y entonces volvieron a salir a la calle, sanos y salvos.

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La verdad es que muchos huyeron a otros condados pero, como millares de ellos se quedaron en Londres hasta que sólo la desesperación les hizo escapar, la muerte les sorprendió por el camino y no consiguieron otra cosa que ser mensajeros de la muerte; otros que estaban ya contaminados, por desgracia, propagaron el mal hasta las partes más remotas del reino.

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Claro está que, si todas las personas contaminadas hubieran estado recluidas en sus casas, no habrían podido contaminar a ninguna persona sana, porque no habrían podido acercarse a ellas. Pero el caso era –y aquí sólo voy a apuntar el problema– que la epidemia se propagaba insensiblemente, y a través de personas que no estaban visiblemente contaminadas, y que ignoraban tanto a quién contaminaban como quién les había contaminado a ellas.

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Toda suerte de oficios manuales de la ciudad, tanto si se trataba de artesanos como de tenderos, como ya he dicho antes, se encontraban sin empleo, y esto fue la causa de que se despidieran y quedaran en la calle innumerables empleados y trabajadores de todas clases, pues en sus respectivos oficios sólo se hacía lo que podía considerarse estrictamente imprescindible.
Esto hizo que las innumerables personas de Londres que vivían solas se encontraran sin recursos, así como también las familias cuya subsistencia dependía del trabajo del cabeza de familia; decía que esto les redujo a una extrema miseria y debo reconocer que es un honor para la ciudad de Londres –y lo será por muchos años, tantos como se recuerde lo sucedido– que fuera capaz de socorrer caritativamente las necesidades de tantos millares de personas que más tarde cayeron enfermas y se vieron en las peores situaciones, de modo que puede afirmarse, sin temor a que nadie lo desmienta, que nadie pereció de necesidad, al menos, ninguno de aquellos de cuya situación se había informado a los magistrados.


[Alba Editorial. Traducción de Carlos Pujol]  

Stuart Gordon (1947 - 2020)​


Cartel de The Last Vermeer


Kenny Rogers (1938 - 2020)​


Cartel de 1BR


Albert Uderzo (1927 - 2020)


Cartel de ¡Scooby!


Lucia Bosè (1931 - 2020)​​


Cartel de Coffee & Kareem


Terrence McNally (1938 - 2020)


Cartel de Tigertail


viernes, marzo 20, 2020

La última bandera, de Darryl Ponicsán


No son los ocho durísimos años pasados en una prisión naval los que han cronificado su tristeza. Simplemente es su forma de ser. A lo sumo, el talego lo ubicó en un estado de suspensión emocional que a veces añora.

**

Mientras el vehículo rueda hacia Annapolis, Billy se arrellana y dice:
-Mule, colega, ¿aún puedes darle un buen revolcón a tu reverenda los sábados por la noche?
-¿Qué clase de pregunta es esa? –tercia Meadows–. Creo que estás meando fuera del tiesto, Billy, si no te molesta que te lo diga.
-¿Por qué? Tengo curiosidad.
Mule fulmina a Billy con una mirada helada.
-A nuestra edad es una pregunta pertinente. Es posible que a ella ahora le disguste la idea… O tal vez ya esté cansada del asunto, como suele ocurrirles a las mujeres. Ellas se cansan de ello mucho antes que nosotros. No sé por qué, es como si tuvieran que hacer un montón de cosas además de aparecer por allí y acostarse. Somos nosotros los que tenemos que rocanrolear, si sabes a lo que me refiero. Somos los que tenemos que arrimar el ascua a la sardina, si sabes a lo que me refiero.
-Todo el mundo sabe a lo que te refieres, Billy –dice Mule.
-Haces que suene como algo malo.

**

-Ahí está la estación de autobuses –dice Mule.
Billy entra en el aparcamiento.
-Puedes dejarme aquí mismo –sugiere Mule.
-¿Y si te pierdes? No quiero llevar eso sobre mi conciencia.
-Creo que me las arreglaré bien solo, gracias. Meadows se estará preguntando qué te ha pasado.
-Insisto en acompañarte. ¿Quién sabe cuándo nos encontraremos de nuevo?
-Tal vez nunca.
-El tiempo es así de cabrón.

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Meadows se vuelve, mira el ataúd y coloca suavemente su mano sobre él.
-Ellos lo enviaron a un desierto abandonado por Dios porque… ¿Quién sabe por qué? Ciertamente no para proteger a Estados Unidos… Ese desierto no podía hacerle nada a América. Y luego me lo devolvieron aquí dentro, con más mentiras, haciendo un espectáculo del gran héroe que era… y todos esos honores… y Arlington. ¿Todo eso era para mí? ¿O era para ellos? No voy a enterrar a un marine. Voy a enterrar a un hijo. Ya he terminado con los marines, y he terminado con la Marina. He terminado con las malditas Fuerzas Armadas. Terminó mi estancia en su talego, he terminado de administrar sus almacenes y no voy a dejar que sigan usando a mi Larry.

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Hay personas que no ven el momento de llegar a su destino; otras no pueden soportar la idea de llegar.


[Editorial Berenice. Traducción de Óscar Mariscal]     

True History of the Kelly Gang: nuevo cartel


Eduard Limónov (1943 - 2020​)


Greyhound: nuevo cartel


En Aleteia: 10 películas de las de antes para ver con niños



Cartel de The Last Vermeer


lunes, marzo 16, 2020

Desierto sonoro, de Valeria Luiselli



A mi esposo le gustaban los días que pasábamos en espacios de transición, como las estaciones de tren, los aeropuertos y las paradas de autobús, simplemente grabando sonidos callejeros y conversaciones ajenas. Yo prefería los días que pasábamos en espacios cerrados, contenidos, sobre todo en lugares como las escuelas, donde existían tantos idiomas pero confluían todos –violentamente– en el inglés.

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Nuestras madres nos enseñan a hablar, y el mundo nos enseña a callarnos la boca.

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Supongo que todas las historias comienzan y terminan con un desplazamiento; que todas las historias son en el fondo una historia de traslado: nuestra mudanza hace cuatro años; las mudanzas previas de mi marido y también las varias mías; las mudanzas, exilios y migraciones de cientos de personas y familias que habíamos entrevistado para el proyecto del paisaje sonoro; la diáspora de niños refugiados cuya historia iba a intentar documentar; y los despojos y desplazamientos forzados de los apaches chiricahuas, cuyos fantasmas mi esposo comenzaría a perseguir en breve. Todo el mundo se va, si necesita irse, o puede irse, o tiene que irse. Y al día siguiente, después de desayunar, lavamos los platos que quedaban y nos fuimos.

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Yo no llevo un diario. Mis diarios son las cosas que subrayo en los libros.

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Es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona; y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente. Tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños, y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños. Anticipamos la ausencia de nuestros seres queridos a través de la presencia material de sus objetos.

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Algunas personas, cuando sienten que su vida se ha estancado, dinamitan los puentes y comienzan de cero.

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Los eufemismos esconden, borran, recubren.
Los eufemismos conducen a tolerar lo inaceptable. Y, tarde o temprano, a olvidar.
Contra un eufemismo, la memoria. Para no repetir.

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Habían caminado, y nadado, y se habían escondido y habían corrido. Habían abordado trenes y pasado noches en vela sobre las góndolas, mirando un cielo baldío, sin dioses. Los trenes, como bestias, se habían arrastrado, abriéndose paso a través de selvas y ciudades, a través de lugares de nombres imposibles. Después, montados en este último tren, habían llegado hasta ese desierto, donde la luz incandescente plegaba el cielo en un arco completo. También el tiempo se había plegado sobre sí mismo. El tiempo, en el desierto, era un constante presente del indicativo.


[Sexto Piso. Traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli]

Amazing Stories (2020): 2 carteles



Cartel de Crip Camp


sábado, marzo 14, 2020

El último deber, de Darryl Ponicsán



Ve a Billy dormido en uno de los sofás rojos de piel sintética. Viste uniforme azul de paseo, lo que significa que pasó la noche en la playa [la ciudad], lo que a su vez puede significar cualquier cosa, aunque en el caso de Billy seguramente no signifique nada. Tres galones rojos cortan diagonalmente su antebrazo. Tres pasadores de cuatro años cada uno. Y ya va a por el cuarto. Su brazo cuelga sobre el apoyabrazos y alcanza a tocar el suelo con las puntas de los dedos, no lejos de donde descansa su gorro blanco de marinero. Junto a este hay una maltratada copia en rústica de El Extranjero de Albert Camus, y al lado una botella vertical, casi vacía, de vino Ripple. Sus ronquidos son jadeos anhelosos y entrecortados.

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-Ed ya no trabaja aquí; déjame ver tu identificación, hijo –dice el barman.
-¿A qué viene eso? –pregunta Billy.
-A que este chico no tiene los veintiuno –responde el barman, inclinando la cabeza hacia Larry.
-Mire, amigo –dice Billy–, este hombre acaba de regresar de las costas de Vietnam, donde se ha chupado nueve meses volándole el culo al Viet Cong para que usted pueda abrir su bar tranquilamente aquí, en la capital del mundo libre: ¡igual que nosotros! ¿Es que no tiene derecho a tomarse una birra, igual que nosotros?
-No, mire usted amigo –replica el camarero–. La ley dice que debo servirle a él –señalando a Mule–, y en cambio dice que no puedo servirle a él –señalando a Meadows–. Deduzca usted.
Mule interviene "por alusiones":
-Señor ciudadano barman, le diré lo que puede hacer con sus cervezas: métaselas por el culo y empuje todo lo que pueda, tal vez así sea capaz de pedorrear America, the Beautiful sin desafinar, hijoputa.

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-Solo hay una persona con la que puedes contar: tú mismo. Y si llegas a un punto en que no puedes contar contigo mismo, entonces ha llegado la hora de abatir tus banderines.

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Se levanta para irse, pero Billy toca su brazo con las puntas de tres dedos y ella vuelve a sentarse.
-¿Qué quieres? –pregunta.
-Charlotte, no tenemos sitio donde caer esta noche. ¿Podríamos quedarnos en tu apartamento?
-No lo creo.
-Tendremos que ir a uno de esos cines X de la calle 42 a pasar la noche.
-Con el resto de inadaptados. Podría ser una reunión maravillosa para ti.
-Ojalá no odiases a la gente por razones equivocadas.
-No te odio.
-Pues danos cobijo.
-Os daré dinero para las películas.
-Maldita sea, Charlotte, necesitamos una ducha. Llevamos todo el condenado día dando tumbos.
-Te reenganchaste para eso.
-Eso no significa que deba morir de B. O. [body odor: olor corporal]

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-¡Eh, cariño! –dice Billy a la chica medio austriaca–. Verás, nena, cuando alguien le llama a un tipo "negro" o "polaco" se dice que es una conducta antiamericana, ¿tú sabes, puesto que eres medio austriaca, si algo puede considerarse antimedioasutriaco?
-Date friegas de alcohol, marinero, tienes fiebre.
-Solo trataba de ser amable –dice Billy.
-Tu amabilidad no me dará de comer mañana. ¿Vamos a una habitación?
-Ya ves, Mule –dice Billy–, a esto es a lo que hemos llegado. Las cubiertas de mis libros estaban llenas de mierda. Todo el mundo prefiere ir a una habitación a ser un buen americano.
-Tacaño –le espeta la prostituta.
-Si te portas como una buena chica, te daré un morreo gratis cuando nos vayamos.
-Ya, y apuesto a que también una gingivitis. Puedo parecer una ballena, chicos, pero no soy ningún besugo. Guarda tus besos para tu novia y dame efectivo. Estoy reservando mi boca para el hombre con el que me case.


[Editorial Berenice. Traducción de Óscar Mariscal]     

Arkansas: 2º cartel


Trailer de The Artist's Wife