jueves, marzo 21, 2019

miércoles, marzo 20, 2019

Tristram Shandy, de Laurence Sterne


Ésta es una obra mayúscula, un clásico poco leído aunque muy citado, que compré en 2006 y que ha estado criando polvo desde entonces en mi biblioteca, hasta que por fin me he decidido a leerlo. Con clara influencia de Cervantes, es un libro que rompe numerosas reglas y de ahí la mitad de su encanto. La otra mitad es, claro, la prosa: una prosa juguetona, con un vocabulario para quitarse el sombrero, repleta de travesuras con las palabras, de digresiones y de interpelaciones al lector. Y no podemos olvidar las notas: la traducción y dichas notas son de Javier Marías, y el trabajo de documentación que llevó a cabo, y el rastreo de nombres, citas, fechas y alusiones no tiene parangón en la literatura española.

El título completo del volumen es La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, seguido de Los sermones de Mr. Yorick (como especie de apéndice final que, para mí, poco aporta al resto). El narrador cuenta su vida según se le antoja, saltando de aquí para allá, con la particularidad de que los primeros volúmenes tratan del día de su nacimiento, y sobre todo de lo que ocurre antes del momento en que nace. Tristram, como decimos, rompe las reglas: arranca páginas a su manuscrito o las deja negras o en blanco, introduce capítulos sin palabras, incluye guiones y dobles guiones como si fueran pausas de lectura, mete el prefacio en el volumen III… Al final es todo lúdico, un juego, un despliegue de burlas, pues en realidad no nos cuenta tanto de su vida, sino que el marco narrativo le sirve para ejecutar digresiones, arte en el que se puede ser un maestro (como demuestra Sterne de continuo). Son nueve volúmenes que no se supo si iban a tener continuación o no porque el autor se murió, aunque el final me parece un broche perfecto (fuera o no el elegido por Sterne).

Es una obra de cuya lectura sólo disfrutarán los verdaderos gourmets de la literatura, los que (como yo mismo) disfrutamos con Ulises, Don Quijote, La broma infinita, El ángel que nos mira… Libros en los que el argumento es lo de menos. Donde lo que importa es el placer de narrar, de retorcer las frases, de jugar con las estructuras, de volver loco al lector. Yo la he ido alternando con otras lecturas a lo largo de un mes para no fatigarme, ya que, cuando apenas hay narración, o un hilo conductor que nos guíe de A a B, uno puede llegar a cansarse. Aunque el humor socarrón que gasta Laurence Sterne logra que nos divirtamos a menudo. Dice Javier Marías al principio que uno debería saltarse las abundantes y a veces extensísimas notas si quiere lograr fluidez de lectura y falta de interrupciones, pero yo no le he hecho caso y me las he leído, y desde luego que aportan sabiduría y conocimiento. Aquí van unos fragmentos (he procurado respetar los espacios y los guiones que coloca el narrador):

Debe usted tener un poco de paciencia. He acometido la empresa, ya lo ve usted, de escribir no sólo mi vida, sino también mis opiniones, con la esperanza y el deseo de que su conocimiento de mi carácter y de la clase de mortal que soy por medio de lo uno le predispondría mejor para lo otro. A medida que prosiga usted en mi compañía, el ligero trato que ahora se está iniciando entre nosotros se convertirá en familiaridad; y ésta, a menos que uno de los dos falle, acabará en amistad.

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Este mes tengo un año más de los que tenía hace exactamente doce meses; y yendo ya, como ven ustedes, casi por la mitad del cuarto volumen, ⸺y no habiendo pasado, sin embargo, del primer día de mi vida, ⸺resulta bien patente que ahora tengo trescientos sesenta y cuatro días más de vida que contar⸺⸺que cuando empecé a escribir mi obra; de tal modo que, en lugar de haber ido avanzando en mi tarea a medida que la iba haciendo, como un escritor normal y corriente, ⸺lo que he hecho, por el contrario, ha sido retroceder: exactamente⸺(suponiendo que todos los días de mi vida hayan sido tan ajetreados como éste:⸺¿y por qué no suponerlo?,⸺y que los sucesos y opiniones de cada uno de ellos hubieren de ocupar tanto espacio como los de éste:⸺¿y por qué razón habría de abreviarlos?) el equivalente a trescientas sesenta y cuatro veces tres volúmenes y medio.⸺Y como, por otra parte, a este paso viviré 364 veces más aprisa de lo que escribo,⸺de todo ello se desprende, con el permiso de sus señorías, que cuanto más escriba más tendré que escribir,⸺y consecuentemente, que cuanto más lean sus señorías más tendrán sus señorías que leer.

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¿Qué es la vida humana? ¿No es acaso un continuo vaivén de un lado a otro?⸺⸺¿De un pesar a otro?⸺⸺¿No consiste acaso en ir clausurando dolores⸺⸺para inaugurar otros al siguiente instante?



[Alfaguara. Traducción de Javier Marías]

Once Upon a Time in Hollywood: segundo cartel


Cartel de Framing John DeLorean


Próximamente: La muerte de Jesús


De J. M. Coetzee. En Random House.

Greta: nuevo cartel


lunes, marzo 18, 2019

viernes, marzo 15, 2019

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut



A mi entender, éste es uno de los mejores libros de Kurt Vonnegut, hoy difícil de conseguir en esta edición de Anagrama (igual que muchos de sus libros: excepto Matadero Cinco y los que editaron en Malpaso, es raro encontrar rastros de su obra, salvo si optamos por las ediciones argentinas que llegan aquí, de importación, gracias a La Bestia Equilátera). Es fascinante la libertad creativa que tenían autores como Vonnegut o Richard Brautigan para construir obras tan desquiciadas y tan divertidas y salir airosos del empeño.

El Desayuno de los Campeones, que fue adaptada por Alan Rudolph en una película que nunca me llamó la atención y, por tanto, no he visto, nos plantea un argumento metaliterario, con un autor, Philboyd Studge, que va componiendo un libro en el que comparecen personajes suyos de otras obras, así como restos de historias, y por supuesto un montón de dibujos, muchos de los cuales provocan la carcajada del lector. Como un maestro de marionetas, Vonnegut mueve a Studge, y Studge pone en el tablero de la ficción al escritor de ciencia ficción Kilgore Trout y al vendedor de coches Dwayne Hoover, dos personajes que se acabarán encontrando al final. Personajes a un paso de la locura, situaciones rocambolescas y un narrador que a veces se introduce en la escena que está creando/escribiendo:

Pero hubo una temporada en que estuve realmente enfermo. Estaba allí sentado en un bar de hotel que me había inventado, mirando fijamente a través de mis desagües [gafas de espejo] a una camarera blanca que también me había inventado.

El resultado, ya digo, es una auténtica fiesta, la enésima demostración del ingenio y del sarcasmo que se gastaba el autor de Madre Noche. Sería buen momento, ahora que reeditan a grandes como Philip K. Dick, que también reeditaran a Kurt Vonnegut, J. G. Ballard y Ray Bradbury, pues muchas de sus obras sólo se cazan, con mucha suerte, en librerías de saldo. Aquí van dos apuntes que me llamaron mucho la atención: 

Que otros se ocupen de ordenar el caos. Yo, en cambio, me ocuparía de introducir el caos en el orden, cosa que creo haber logrado.

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Es agotador tener que razonar en todo momento en un universo que no es razonable.


[Anagrama. Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro]

Cartel de The Mustang


Próximamente: Kentucky seco



De Chris Offutt. En Sajalín Editores.

Avengers: Endgame: nuevo trailer



En Aleteia: Van Gogh, a las puertas de la eternidad




Cartel de The Wind


Enrique De Hériz (1964 - 2019)


Cartel de Stockholm


Tolkien: 2 carteles



lunes, marzo 11, 2019

Sumisión, de Michel Houellebecq



El avance de la extrema derecha, desde entonces, hizo que las cosas se pusieran un poco más interesantes al introducir en los debates el olvidado escalofrío del fascismo; no fue, empero, hasta 2017 cuando las cosas empezaron a moverse de verdad, con la segunda vuelta de las presidenciales. La prensa internacional asistió anonadada al espectáculo vergonzoso, aunque aritméticamente ineluctable, de la reelección de un presidente de izquierdas en un país cada vez más abiertamente de derechas. Durante las semanas siguientes al escrutinio se extendió por el país un ambiente extraño y opresivo. Era como una desesperación sofocante, radical, pero en la que brotaban aquí y allá destellos insurreccionales. En ese momento, fueron muchos los que optaron por el exilio.

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Estaba en la flor de la edad, ninguna enfermedad letal me amenazaba directamente, los problemas de salud que me asaltaban regularmente eran dolorosos pero a fin de cuentas menores; no sería hasta treinta años más tarde, o incluso cuarenta, cuando llegaría a esa zona oscura en la que las enfermedades se vuelven todas más o menos mortales, cuando las expectativas de vida, como se dice, se ven comprometidas casi cada vez. No tenía amigos, era cierto, pero ¿acaso alguna vez los había tenido? Y, pensándolo bien, ¿de qué servían los amigos? A partir de cierto nivel de degradación física –y eso iría mucho más rápido, en unos diez años, o probablemente menos, la degradación se haría visible y me calificarían de aún joven–, directa y realmente sólo puede tener sentido una relación de tipo conyugal (los cuerpos, de alguna manera, se mezclan; se produce, en cierta medida, un nuevo organismo; por lo menos, si creemos a Platón). Y, en el terreno de las relaciones conyugales, a todas luces no estaba muy bien situado. 

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Paseé durante un cuarto de hora bajo las arcadas de viguetas metálicas, un poco sorprendido por mi propia nostalgia, sin dejar de ser consciente de que el entorno era verdaderamente feo, aquellos espantosos edificios habían sido construidos durante el peor periodo del modernismo, pero la nostalgia no es un sentimiento estético, ni siquiera está ligada al recuerdo de la felicidad, se siente nostalgia de un lugar simplemente porque uno ha vivido allí, poco importa si bien o mal, el pasado siempre es bonito, y también el futuro, sólo duele el presente y cargamos con él como un absceso de sufrimiento que nos acompaña entre dos infinitos de apacible felicidad.



[Anagrama. Traducción de Joan Riambau]

Cartel de Her Smell


Trailer de Midsommar



Cartel de The Public


Cartel de Wild Nights with Emily


sábado, marzo 09, 2019

El coro de medianoche, de Gene Kerrigan


Ésta es la tercera novela de Gene Kerrigan que publican en Sajalín Editores, tras La furia y Delincuentes de medio pelo. Cuando uno abre una obra de este escritor y periodista irlandés le sucede como cuando lee, por ejemplo, a Elmore Leonard: todo lo que esperaba que podría ocurrir, no ocurre; Kerrigan nunca es convencional. La sorpresa es uno de los efectos de este autor, sobre todo en sus finales más bien amargos. Pero también, como decía el compañero Daniel Ruiz en Estado Crítico, en los libros de Kerrigan es fundamental el ritmo. En El coro de medianoche va alternando pasajes en los que aparecen inspectores, yonquis, detectives, mafiosos, atracadores… Ya escribí una vez que Kerrigan concede el mismo protagonismo a los policías que a los delincuentes. En sus novelas no toma partido.

El escenario de la historia es el Dublín contemporáneo, un lugar que parece idílico para el viajero e ideal para el turista, pero del que Kerrigan nos enseña la mierda que anida en capas bajo su superficie. Tenemos a un inspector que no se calló la boca en su día y que, a la manera de Frank Serpico, sufre el desprecio de sus compañeros. Tenemos a una mujer a la que encierran por amenazar a una pareja con una jeringuilla llena de sangre, y que suele darle soplos a ese inspector a cambio de favores y de ayudas en sus condenas. Tenemos a un tipo que iba a suicidarse hasta que dos polis lo convencen para que no lo haga y descubren que ha cometido algunos crímenes. Hay un chaval acusado de violación y un atracador que comete un par de errores… Y todos estos personajes, y unos cuantos más, van entrelazando sus vidas entre Dublín y Galway.

Kerrigan nos plantea, con sus personajes, un dilema moral: sobre si es más conveniente hacer lo correcto y afectar a terceros o si es mejor callarse para que todo siga su curso aunque la culpa nos reconcoma. Aquí va un fragmento: 

Aquel día, cuarenta y ocho horas después del descubrimiento de los cadáveres, había que sacar el máximo rendimiento a los recursos desplegados y Mills estaba solo. Además, nada hacía pensar que pudiese pasar algo. Era como si los asesinatos formasen parte de un programa de televisión que empezaba a borrarse de la memoria de la gente. Los vecinos tenían que hacer la compra del sábado y los medios de comunicación ya le habían sacado todo el jugo a la escena del crimen. Los reporteros de la prensa diaria estaban descansando y los de las ediciones dominicales analizaban los asesinatos desde sus mesas de trabajo, tratando de mantenerse ocupados engatusando a algún contacto de la policía para obtener información de última hora, que en aquel caso era escasa.


[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo]


Maleficent: Mistress of Evil: primer cartel


Cartel de The Silence


Próximamente: El roce del tiempo


De Martin Amis. En Anagrama.

Cartel de Tell It to the Bees


Jan-Michael Vincent (1944 - 2019)


Cartel de The Fall of the American Empire


Good Boys: primer cartel


martes, marzo 05, 2019

Próximamente: Las campanas no doblan por nadie


De Charles Bukowski. En Anagrama.

Luke Perry (1966 - 2019)


Keith Flint (1969 - 2019)