lunes, marzo 18, 2019

viernes, marzo 15, 2019

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut



A mi entender, éste es uno de los mejores libros de Kurt Vonnegut, hoy difícil de conseguir en esta edición de Anagrama (igual que muchos de sus libros: excepto Matadero Cinco y los que editaron en Malpaso, es raro encontrar rastros de su obra, salvo si optamos por las ediciones argentinas que llegan aquí, de importación, gracias a La Bestia Equilátera). Es fascinante la libertad creativa que tenían autores como Vonnegut o Richard Brautigan para construir obras tan desquiciadas y tan divertidas y salir airosos del empeño.

El Desayuno de los Campeones, que fue adaptada por Alan Rudolph en una película que nunca me llamó la atención y, por tanto, no he visto, nos plantea un argumento metaliterario, con un autor, Philboyd Studge, que va componiendo un libro en el que comparecen personajes suyos de otras obras, así como restos de historias, y por supuesto un montón de dibujos, muchos de los cuales provocan la carcajada del lector. Como un maestro de marionetas, Vonnegut mueve a Studge, y Studge pone en el tablero de la ficción al escritor de ciencia ficción Kilgore Trout y al vendedor de coches Dwayne Hoover, dos personajes que se acabarán encontrando al final. Personajes a un paso de la locura, situaciones rocambolescas y un narrador que a veces se introduce en la escena que está creando/escribiendo:

Pero hubo una temporada en que estuve realmente enfermo. Estaba allí sentado en un bar de hotel que me había inventado, mirando fijamente a través de mis desagües [gafas de espejo] a una camarera blanca que también me había inventado.

El resultado, ya digo, es una auténtica fiesta, la enésima demostración del ingenio y del sarcasmo que se gastaba el autor de Madre Noche. Sería buen momento, ahora que reeditan a grandes como Philip K. Dick, que también reeditaran a Kurt Vonnegut, J. G. Ballard y Ray Bradbury, pues muchas de sus obras sólo se cazan, con mucha suerte, en librerías de saldo. Aquí van dos apuntes que me llamaron mucho la atención: 

Que otros se ocupen de ordenar el caos. Yo, en cambio, me ocuparía de introducir el caos en el orden, cosa que creo haber logrado.

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Es agotador tener que razonar en todo momento en un universo que no es razonable.


[Anagrama. Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro]

Cartel de The Mustang


Próximamente: Kentucky seco



De Chris Offutt. En Sajalín Editores.

Avengers: Endgame: nuevo trailer



En Aleteia: Van Gogh, a las puertas de la eternidad




Cartel de The Wind


Enrique De Hériz (1964 - 2019)


Cartel de Stockholm


Tolkien: 2 carteles



lunes, marzo 11, 2019

Sumisión, de Michel Houellebecq



El avance de la extrema derecha, desde entonces, hizo que las cosas se pusieran un poco más interesantes al introducir en los debates el olvidado escalofrío del fascismo; no fue, empero, hasta 2017 cuando las cosas empezaron a moverse de verdad, con la segunda vuelta de las presidenciales. La prensa internacional asistió anonadada al espectáculo vergonzoso, aunque aritméticamente ineluctable, de la reelección de un presidente de izquierdas en un país cada vez más abiertamente de derechas. Durante las semanas siguientes al escrutinio se extendió por el país un ambiente extraño y opresivo. Era como una desesperación sofocante, radical, pero en la que brotaban aquí y allá destellos insurreccionales. En ese momento, fueron muchos los que optaron por el exilio.

**

Estaba en la flor de la edad, ninguna enfermedad letal me amenazaba directamente, los problemas de salud que me asaltaban regularmente eran dolorosos pero a fin de cuentas menores; no sería hasta treinta años más tarde, o incluso cuarenta, cuando llegaría a esa zona oscura en la que las enfermedades se vuelven todas más o menos mortales, cuando las expectativas de vida, como se dice, se ven comprometidas casi cada vez. No tenía amigos, era cierto, pero ¿acaso alguna vez los había tenido? Y, pensándolo bien, ¿de qué servían los amigos? A partir de cierto nivel de degradación física –y eso iría mucho más rápido, en unos diez años, o probablemente menos, la degradación se haría visible y me calificarían de aún joven–, directa y realmente sólo puede tener sentido una relación de tipo conyugal (los cuerpos, de alguna manera, se mezclan; se produce, en cierta medida, un nuevo organismo; por lo menos, si creemos a Platón). Y, en el terreno de las relaciones conyugales, a todas luces no estaba muy bien situado. 

**

Paseé durante un cuarto de hora bajo las arcadas de viguetas metálicas, un poco sorprendido por mi propia nostalgia, sin dejar de ser consciente de que el entorno era verdaderamente feo, aquellos espantosos edificios habían sido construidos durante el peor periodo del modernismo, pero la nostalgia no es un sentimiento estético, ni siquiera está ligada al recuerdo de la felicidad, se siente nostalgia de un lugar simplemente porque uno ha vivido allí, poco importa si bien o mal, el pasado siempre es bonito, y también el futuro, sólo duele el presente y cargamos con él como un absceso de sufrimiento que nos acompaña entre dos infinitos de apacible felicidad.



[Anagrama. Traducción de Joan Riambau]

Cartel de Her Smell


Trailer de Midsommar



Cartel de The Public


Cartel de Wild Nights with Emily


sábado, marzo 09, 2019

El coro de medianoche, de Gene Kerrigan


Ésta es la tercera novela de Gene Kerrigan que publican en Sajalín Editores, tras La furia y Delincuentes de medio pelo. Cuando uno abre una obra de este escritor y periodista irlandés le sucede como cuando lee, por ejemplo, a Elmore Leonard: todo lo que esperaba que podría ocurrir, no ocurre; Kerrigan nunca es convencional. La sorpresa es uno de los efectos de este autor, sobre todo en sus finales más bien amargos. Pero también, como decía el compañero Daniel Ruiz en Estado Crítico, en los libros de Kerrigan es fundamental el ritmo. En El coro de medianoche va alternando pasajes en los que aparecen inspectores, yonquis, detectives, mafiosos, atracadores… Ya escribí una vez que Kerrigan concede el mismo protagonismo a los policías que a los delincuentes. En sus novelas no toma partido.

El escenario de la historia es el Dublín contemporáneo, un lugar que parece idílico para el viajero e ideal para el turista, pero del que Kerrigan nos enseña la mierda que anida en capas bajo su superficie. Tenemos a un inspector que no se calló la boca en su día y que, a la manera de Frank Serpico, sufre el desprecio de sus compañeros. Tenemos a una mujer a la que encierran por amenazar a una pareja con una jeringuilla llena de sangre, y que suele darle soplos a ese inspector a cambio de favores y de ayudas en sus condenas. Tenemos a un tipo que iba a suicidarse hasta que dos polis lo convencen para que no lo haga y descubren que ha cometido algunos crímenes. Hay un chaval acusado de violación y un atracador que comete un par de errores… Y todos estos personajes, y unos cuantos más, van entrelazando sus vidas entre Dublín y Galway.

Kerrigan nos plantea, con sus personajes, un dilema moral: sobre si es más conveniente hacer lo correcto y afectar a terceros o si es mejor callarse para que todo siga su curso aunque la culpa nos reconcoma. Aquí va un fragmento: 

Aquel día, cuarenta y ocho horas después del descubrimiento de los cadáveres, había que sacar el máximo rendimiento a los recursos desplegados y Mills estaba solo. Además, nada hacía pensar que pudiese pasar algo. Era como si los asesinatos formasen parte de un programa de televisión que empezaba a borrarse de la memoria de la gente. Los vecinos tenían que hacer la compra del sábado y los medios de comunicación ya le habían sacado todo el jugo a la escena del crimen. Los reporteros de la prensa diaria estaban descansando y los de las ediciones dominicales analizaban los asesinatos desde sus mesas de trabajo, tratando de mantenerse ocupados engatusando a algún contacto de la policía para obtener información de última hora, que en aquel caso era escasa.


[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo]


Maleficent: Mistress of Evil: primer cartel


Cartel de The Silence


Próximamente: El roce del tiempo


De Martin Amis. En Anagrama.

Cartel de Tell It to the Bees


Jan-Michael Vincent (1944 - 2019)


Cartel de The Fall of the American Empire


Good Boys: primer cartel


martes, marzo 05, 2019

Próximamente: Las campanas no doblan por nadie


De Charles Bukowski. En Anagrama.

Luke Perry (1966 - 2019)


Keith Flint (1969 - 2019)


jueves, febrero 28, 2019

Los palimpsestos, de Aleksandra Lun


Me llamo Czesław Przęśnicki, soy un miserable inmigrante de Europa del Este y un escritor fracasado, hace tiempo que no mantengo relaciones sexuales y estoy ingresado en un manicomio en Bélgica, un país que lleva un año sin gobierno. Las razones por las que me encuentro entre los fríos muros de un hospital psiquiátrico en el norte de Europa son para mí un misterio igual de inexplicable que el fracaso de mi vida sexual, que desde hace años me tiene sumido en la abulia y la frustración.

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Pero los escritores escribimos por unas razones que resultan de nuestra bajeza moral, a saber, ambición, ego desmesurado, angustia, ganas de destacar, arrogancia y miedo de morir.

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-Escribir en un idioma extranjero es una experiencia asombrosa; es más –Cioran continuaba mirando al cielo–, para un escritor cambiar de idioma es como escribir una carta de amor con un diccionario.

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-Tengo que irme. Oye, ¿de qué va esa historia de kaskader?
-Es el protagonista de mi novela en antártico, un doble polaco que de día salta al vacío en los rodajes de las películas de acción y de noche escribe una novela en un observatorio astronómico. –Miré al suelo.
-Saltos, vacíos y abismos suelen ser pretenciosos, Przęśnicki –Cioran se subió a la bicicleta–, pero lo importante es que el libro no esté en tu lengua materna y que sea peligroso. Cada libro tiene que ser un peligro.

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Ionesco apretó los labios y me dirigió una mirada cansada.
-¿Por qué la gente espera que los autores contestemos a preguntas? –abrió la puerta–. Soy autor porque deseo hacer preguntas. Si tuviera respuestas, sería político.

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-Lo importante, Przęśnicki –Agota Kristof dio una calada rápida–, es escribir. Primero hay que escribir. Luego hay que continuar escribiendo. Aunque lo que uno escriba no interese a nadie.


[Editorial Minúscula]  

Cartel de Triple Frontier


Próximamente: Sigue el viento libre


De Leigh Brackett. En Valdemar.

The Twilight Zone: primer cartel


Cartel de Fosse/Verdon


lunes, febrero 25, 2019

Oscars 2019



Lista completa: aquí.



domingo, febrero 24, 2019

Y siguió la fiesta, de Alan Riding



Con el subtítulo "La vida cultural en el París ocupado por los nazis", Alan Riding reconstruye aquellos años bajo la forma del reportaje o ensayo histórico, elaborando un enorme fresco donde abundan los nombres, los testimonios, las anécdotas inolvidables, las relaciones entre los artistas y los vínculos con soldados y políticos. Por el libro desfilan cineastas, escritores, poetas, filósofos, pintores… Es un ejemplo de cómo, en tiempos difíciles, responde cada ser humano a las situaciones que nos ponen entre la espada y la pared: los hubo que se adaptaron, los hubo que vivieron como si nada hubiera cambiado, los hubo que salieron escaldados… Todo el entramado de relaciones entre los artistas y cómo lograron salir adelante, continuando con sus trabajos y sus obras, resulta fascinante. Es notorio que, en tiempos de invasiones y de dictaduras, la cultura jamás muere, sino que sus "actores" tratan de adaptarse, de esquivar la censura, de burlar a quienes calzan la bota de hierro, de seguir viviendo sus vidas y consolidando sus obras. En algunos casos, desde luego, esto es cuestionable, sobre todo entre quienes colaboran totalmente con el enemigo o quienes doblan cuanto pueden el espinazo. El trabajo de Riding me parece formidable. Aquí van un par de fragmentos:

Guéhenno no se alegró, ni mucho menos, cuando la Nouvelle Revue Francaise anunció que contaba con Gide, Giono y Jouhandeau para su primera edición y con Valèry y Montherlant para la segunda. El 30 de noviembre de 1940, escribió: "El hombre de letras, en tanto que especie, no forma parte de las mejores especies humanas. Incapaz de sobrevivir demasiado tiempo oculto, vendería su alma para ver su nombre impreso. No lo soporta más. Sólo le preocupa su importancia, el tamaño de la letra en el que vaya a aparecer su nombre, su posición en el índice de contenidos. No hace falta decir que está cargado de buenas razones. 'La literatura francesa debe continuar'. Cree que él es la literatura y en el pensamiento franceses, y que éstos morirían sin él".

**

En definitiva, algo que parecía relativamente simple durante la ocupación resultó ser extremadamente complejo inmediatamente después de la liberación. Prácticamente todos los artistas y escritores habían trabajado durante la ocupación, ¿dónde había que establecer el límite de lo aceptable? ¿Qué constituía exactamente un acto de colaboracionismo? ¿Había que incluir a quienes en un primer momento habían sentido simpatías por Pétain? ¿A quienes habían actuado ante los alemanes? ¿Podía considerarse traición asistir a una recepción organizada por los alemanes? ¿Era creíble que un colaboracionista preeminente asegurara que había colaborado secretamente con los servicios de inteligencia británicos? ¿Había pruebas que dieran la razón a algunos fascistas, que aseguraban haber salvado la vida de judíos advirtiéndolos de redadas inminentes? En la práctica, y ante la falta de consenso, la épuration culturelle incurrió en numerosas contradicciones: de entre todos los artistas, escritores y periodistas con un historial similar de colaboracionismo, algunos fueron sancionados, otros encarcelados, un puñado fueron incluso ejecutados, mientras que la mayoría ni siquiera fueron arrestados.


[Galaxia Gutenberg. Traducción de Carles Andreu]

Dragged Across Concrete: trailer oficial


The Curse of La Llorona: 2 carteles



Stanley Donen (1924 - 2019)


Cartel de Never Grow Old


Cartel de The Kid


miércoles, febrero 20, 2019

Escalada / Camino nocturno, de Ludwig Hohl


He aquí dos joyas que me leí seguidas, y que ya apenas se ven en las librerías. Especialmente Escalada, para mí superior a los relatos de Camino nocturno. Existe, al menos, otro libro de Ludwig Hohl en español (Matices y detalles), pero salió en la desaparecida editorial DVD y hoy ya es imposible de encontrar. De Hohl se cuenta que vivió durante muchos años en un sótano, escribiendo con infinita paciencia obras que tardaba años en concluir. Fue un autor muy admirado (según nos cuenta la nota biográfica que incluye cada volumen) por Max Frisch, Peter Handke y Friedrich Dürrenmatt, entre otros.

Camino nocturno contiene 9 relatos: precisos, misteriosos, raros, alguno que otro de corte fantástico, como "El erizo"; alguno parece sólo un esbozo, pero contiene la suficiente fuerza y la suficiente dosis de enigma para que uno lo relea. Escalada es la historia de dos hombres tratando de subir a una montaña, con todo el esfuerzo, la energía, la locura que eso implica; Hohl logra que el lector sienta la impotencia, el agotamiento, la lucha dolorosa y el sueño de estos dos montañeros que quieren coronar una cima de los Alpes.

Si veis por ahí alguno de los dos, no dudéis en comprarlo. O en pedirlo prestado a la biblioteca. Sobre todo Escalada, que es una pieza de primer orden: apenas 100 páginas de narración minuciosa y precisa, del que aquí va un extracto:

Por la mañana se efectúa el primer ascenso a través del ralo bosque de montaña siguiendo un camino que serpentea, por una pendiente larga y empinada, transida por la luz y el aire, todavía fresca, aunque ya se sienten los primeros calores. Delante va Ull, detrás el alto y enjuto Johann, pero no avanzan del mismo modo: ambos van inclinados, pero más el primero, con movimientos más flexibles, casi un punto indolentes: es un buen montañero; el segundo, por el contrario, carece de flexibilidad, se afana con ahínco, como si tuviera que patear la montaña: es un mal caminante.
Pronto brota un sudor leve; les aprietan las correas de las pesadas mochilas, también en alguna parte de los zapatos, del cinturón o de cualquier otra prenda; el so-nido uniforme de las rasposas botas claveteadas, del piolet sobre la roca y de las piedras al rodar, y el camino que parece no ascender hacen que la fatigosa marcha sea igual que la de otros muchos, que la de centenares de personas. Desde la nava les llega el murmullo  o ligero bramido de un arroyo, a veces no se oye, otras es más perceptible. Una hora, dos, más... el ascenso parece eterno.


[Editorial Minúscula. Traducciones de Rosa Pilar Blanco]


Rocketman: primer cartel


En Aleteia: Madre


Cartel de The Souvenir


sábado, febrero 16, 2019

Bruno Ganz (1941 - 2019)


viernes, febrero 15, 2019

Versos de ocasión, de Eduardo Margaretto y Eva Mascarell


las manos siempre en los bolsillos


abrí la puerta en hora oscura, cuando la llave cierra todos
los secretos

las ideas decadentes que llegan de muy lejos la ceniza de
mis recuerdos

sábanas baratas que guardo en un cajón las sombras de mi
alma.

conocemos los dos las palabras que a otros dijimos que
otras dijeron,

ya no son nada, ya no es nada entre nosotros, y para no
delatarnos para

no mirar nunca más a nadie estamos muriendo nosotros
también,

ni más ni menos como ellos.

tus amores fríos, mi risa triste, la paz que jamás
encontraremos bajo el cielo

que cae a plomo sobre unas olas de mármol que se
pierden en el confín

de la distancia, la nuestra, una distancia que se despega
cuando empieza a llover

y me preguntas si aún guardo aquella foto en la que te cogía de la mano.


y cuando te dije que sí, con voz entrecortada como hoja de
un almendro,

tú me dijiste es todo lo que tienes de mí… es todo lo que
tendrás de mí,

y aunque en la radio sonaba Rimmel como inquebrantable
amigo del desastre

me refugié en la feria de un ayer oxidado que se había
quedado sin reloj


en mi memoria llevo tu imagen sin arrugas el rumor de un
juramento

palabras que se mueren de noche cuando te desatas los
zapatos

la rabia y la poesía perdida en el camino que me devuelve
a una mañana

que me robaron cuando nací solo como otros nacen
llorando. y no hablamos

porque ya sabemos cómo se arrastra la vida para custodiar
los recuerdos

porque tú no te has quedado no te has ido ya no me
hablas no sonríes


y yo, en la puerta, con las manos siempre en los bolsillos.


**

elegía ante el cadáver de mi novia (I)
a Olga R. Roig

que la deje me dicen
que va a morir
que me vaya
que no puedo hacer nada


fiebre alta neumonía galopante repentinos ataques de
ceguera

se ha quedado sin linfocitos grita la mujer de blanco
morfina suero

no funcionan los inhibidores de no sé qué coño de
enzimas

donde había dudas y ciertas esperanzas aparecen de
improviso

ruinas escombros equilibrios hechos trizas emociones
devoradas


que salga me dicen
después


después
al final del pasillo del clínico
la veo en una silla de ruedas
al fondo
es la muerte que ha llegado


ciega, la cabeza ladeada las tetas
como colgajos de leche cuajada
y yo mirando alucinado
ahí estaba ya la muerte
¿Por qué la hizo esperar tanto?


[Associació Mar de Fora]


The Professor and the Madman: 2º cartel