domingo, julio 14, 2019

El viento, de Dorothy Scarborough



De Dorothy Scarborough (1878 – 1935) no conocíamos nada en España y, gracias a Errata Naturae, hemos podido disfrutar de su novela El viento, que fue adaptada en 1928 en una película protagonizada por Lillian Gish. El viento es una de las novelas más angustiosas que he leído en los últimos tiempos, y en algunos pasajes me ha provocado el mismo desasosiego que La metamorfosis (o La transformación) de Kafka. Porque ese viento simboliza el miedo de la protagonista, representa una amenaza a la que no se puede vencer porque forma parte de la naturaleza, y se convierte, aquí, en una especie de monstruo imbatible.

Letty Mason es una joven que vive en Virginia. A la muerte de su madre, el pastor de su localidad le recomienda que se mude a la casa de su primo Beverly, quien reside en el Oeste con su familia. La joven, soñadora e ingenua, no sabe que está a punto de vivir en una tierra árida, sin vegetación, una zona castigada por la sequía y la pobreza, en la que apenas hay nada salvo desierto y arena, y un viento terrible, continuo e implacable que empuja esa arena día y noche y la mete en las casas y entre la ropa, sumiendo a las personas en estados de crisis y de nervios. Y, según afirma la narradora, ese viento es aún más terrible para las mujeres porque les seca la piel, les enreda y les alborota el pelo, les hace achinar los ojos para evitar que les entre arenilla, las ensucia y las vuelve locas mientras trabajan en el hogar o en las inmediaciones de la casa. Cuando llega a la propiedad de su primo y tiene que dormir con sus hijos en la misma habitación y soportar a la esposa de Beverly, una mujer arisca e intratable, y tiene que sufrir el viento, la arena y los parajes sin vegetación, es cuando Letty se ve atrapada sin remedio, asfixiada, viviendo una vida que no le gusta, en un lugar que no le parece confortable y en un entorno que la agobia.

Decía al principio que es una de las novelas más angustiosas que he leído y eso es gracias a las descripciones de la autora: nos pinta ese viento del Oeste bajo la mirada de la protagonista, que lo ve como un monstruo, como un ser con vida que adivina sus intenciones y le tiende trampas y la persigue. Un viento fuerte, cuando se alía con la arena, puede volver loco a cualquiera porque le obliga a cerrar los ojos y le trastorna con su silbido. En algunos momentos Letty está próxima a la locura porque ese viento la atosiga y la trastorna. Casi podríamos decir que es una novela sobre la claustrofobia, como si las casas en las que vive la protagonista fueran los muros de una prisión y el viento y la arena fuesen los carceleros. Esa impotencia de no poder salir de un lugar, de no poder escaparse de una situación, de volverse loco estando atrapado, es lo que me recuerda a Kafka y a su insecto patas arriba. Por si fuera poco, Letty está rodeada de vaqueros, de hombres rudos y polvorientos que tienen rifles, monturas y kilos de suciedad. Es decir, como si viéramos el lado femenino de un western. Me ha parecido una novela espléndida. Aquí van algunos extractos:

El viento fue la causa de todo. La arena también tuvo parte de culpa, y los seres humanos se vieron implicados, pero el viento fue la fuerza primigenia, y de no ser por él nada de lo que ocurrió después habría tenido lugar. Sucedió en el oeste de Texas, hace muchos, muchos años, antes de dividir los vastos parajes en granjas, antes de ararlos y sembrarlos para el cultivo, cuando no había nada que estorbase el barrido del viento a través de las llanuras sin árboles, cuando la arena volaba con furia sobre la meseta, o conformaba burlonas ondas que nunca rompían en playas, ni cercanas ni remotas, o se acumulaba en montículos que eran arrastrados por caprichosas ráfagas tan pronto como se erigían, cuando a lo largo de interminables kilómetros no había más que viento, arena y vacío, distantes del cielo.

**

En los viejos tiempos, el viento era enemigo de las mujeres. ¿Las odiaba porque veía en ellas el símbolo de esa civilización que menoscababa paulatinamente su propio poder? ¿Porque era para las mujeres para quienes los hombres construían casas –tal y como antaño construían refugios–, agrandaban los rebaños y convertían la llanura en granjas, surcando la tierra que desde la noche de los tiempos no había conocido arado alguno?
El viento era cruel con las mujeres, sometidas a su tiranía. Se ensañaba con ellas sin descanso, azotándolas con gélidas ráfagas en invierno, quemándolas con su hálito ardiente en verano, agostando su piel y enmadejando su cabello, intentando erosionar sus nervios y atemorizarlas.
La arena era el arma del viento. Se clavaba en la cara como esquirlas de cristal, cegaba, se colaba en las casas a través de las ventanas cerradas, de las puertas, de cada grieta, de cada fisura, de manera que podría hacer que la ropa de cama resultase áspera, que la comida tuviese un regusto arenoso, que el aire fuese sofocante. Se acumulaba en montículos como la nieve tras una ventisca del norte.

**

El agua se había convertido casi en una obsesión. Por la noche, en sus agitados sueños, se encontraba perdida en un desierto luchando contra la arena profunda, las manos y el rostro lacerados por las espinas de mezquites y cactus, los pies repletos de agujas de nopales clavadas, y sin embargo obligada, forzada a buscar un pozo… ¡Un agua profunda en la que pudiera sumergirse para refrescarse y purificarse de nuevo! Un agua que borrase la arena y las lágrimas, que la ayudase a olvidar las escenas horribles a las que había asistido…

**

Y el viento continuaba soplando. El viento le había robado la belleza, la juventud, los sueños, se repetía a media voz. ¿Se apoderaría también un día de su razón o de su vida? Ululaba alrededor de la casa día y noche… ¿Era él lo que oía cuando prestaba atención, rastreando esos sonidos agudos, incesantes, implacables? ¿Era él o la letanía fúnebre de los coyotes…? 


[Errata Naturae. Traducción de Sara Álvarez Pérez]

The Kitchen: 3 carteles




Banner de The Eyes of Orson Welles


jueves, julio 11, 2019

En Playtime / El Plural: James Robert Baker



Mejor productor (Boy Wonder): aquí.

Rip Torn (1931 - 2019)


Mejor productor, de Robert James Baker


De esta novela, una historia oral ficticia, estructurada con las declaraciones de muchos personajes, ya he escrito un texto para El Plural. Pero dejo aquí el primer párrafo del libro y uno de más o menos la mitad, para que el lector se haga una idea:

Buzz Payne
Por supuesto que recuerdo la noche en que nació Shark. Yo tenía dieciséis años y acababa de empezar a trabajar en el autocine Flying Wing, en Costa Mesa. Ayudaba en el bar durante el intermedio y el resto del tiempo iba en bici entre los coches, usando una linterna para disuadir a las parejas que se magreaban demasiado, ya que el señor Krogfoss, el encargado, quería mantener un ambiente familiar. No había visto nunca nada más que besos, pero estaba asustado de ver algo más y a la vez ansioso por verlo. Así que cuando oí a una mujer gimiendo en el asiento trasero de un Chrysler aluciné. Gimiendo y gruñendo, como si algún tío le estuviese dando bien. Me acerqué y alumbré con mi linterna, como se suponía que debía hacer, y casi me caigo de la bici al ver a una mujer teniendo un bebé.

**

Todd Jarrett
Conocí a Shark Trager en la primavera de 1981 en el cine Ray-Mar, la noche en que nuestro proyeccionista se contagió de rabia. Yo estudiaba cine en UCLA y trabajaba las noches en el bar del cine. El Ray-Mar desapareció, lo derribaron hace unos años. fue una pena, deberían haberlo restaurado, era de estilo art déco opulento y decadente, con butacas de terciopelo rojo con olor a llevar cincuenta años derramando encima palomitas, Coca-Cola y lágrimas. Ahora hay una tienda de ropa con precios de fábrica allí.
[…] 


[Libros Walden. Traducción de Manuel Moreno]

Cartel de Luce


Llega la música cada vez más tenue

Llega la música cada vez más tenue,
como amortiguada por la noche. Se oye
el viento. También es un viento último,
vuelve a serlo en esta tarde y mientras
golpea ahora la puerta del cuarto. Se diluye
la música, se desdibuja, se amortigua, mientras
ulula el viento. La vida es también última.
Lo es y así sentimos que es especialmente
algunas veces, no sólo en la muerte.
La música se oye cada vez más tenue
y así nos irá abandonando todo en esta vida.
Cada uno de estos abandonos nos acerca
a la última pregunta, al último
y absoluto abandono, y en él
al encuentro o a la nada.

(Granada)

Santiago Montobbio, Nicaragua por dentro

Valentina Cortese (1923 - 2019)


Cartel de Judy


viernes, julio 05, 2019

El loro de Flaubert, de Julian Barnes



A mí también se me ocurrió una vez que podía escribir libros. Disponía de las ideas; incluso tomé notas. Pero era médico, casado y con hijos. No se puede hacer bien más que una sola cosa: Flaubert lo sabía. Lo que yo hacía bien era ser médico. Mi esposa..., murió. Mis hijos están ahora desperdigados; escriben cada vez que les impulsa la mala conciencia. Viven su propia vida, naturalmente. «¡La vida! ¡La vida! ¡Erecciones!» El otro día estaba leyendo estas exclamaciones de Flaubert. Hicieron que me sintiera como una estatua de piedra con un parche en la entrepierna.
¿Los libros no escritos? No son motivo de resentimiento. Ya hay demasiados libros. Además, recuerdo el final de L’Éducation sentimentale. Frédéric y su compañero Deslauriers vuelven la vista atrás para contemplar sus vidas. Su último y favorito recuerdo es el de una visita a un burdel realizada hace muchos años, cuando ambos eran todavía unos colegiales. Habían trazado con todo detalle el plan de la excursión, se hicieron rizar el pelo especialmente para ese acontecimiento, e incluso robaron flores para regalárselas a las chicas. Pero cuando llegaron al burdel Frédéric se puso nervioso, y los dos huyeron corriendo de allí. Así fue el mejor día de sus vidas. ¿No será que la forma más segura de placer, nos dice implícitamente Flaubert, es el placer de la ilusión? ¿Acaso hay alguien que necesite irrumpir en el desolado desván del cumplimiento?

**

Los novelistas que piensan que sus escritos son un instrumento político degradan, me parece, la literatura y exaltan neciamente la política. No, no estoy diciendo que debería estarles prohibido que tuvieran opiniones políticas ni que hicieran declaraciones políticas. Sólo digo que a esa parte de su trabajo deberían llamarle periodismo. El escritor que imagina que la novela es la forma más eficaz de participar en política suele ser un mal novelista, un mal periodista y un mal político.

**

Los viejos tiempos eran buenos porque nosotros éramos jóvenes, y porque ignorábamos lo ignorantes que pueden ser los jóvenes.

**

Los libros dicen: ella hizo esto porque. La vida dice: ella hizo esto. En los libros las cosas quedan explicadas; en la vida, no. No me extraña que la gente prefiera los libros. Los libros le dan sentido a la vida. El único problema radica en que las vidas a las que dan sentido son las de otros, jamás a la del lector. 



[Anagrama. Traducción de Antonio Mauri]

miércoles, julio 03, 2019

Trailer de Knives Out


En Aleteia: Mid90s


Cartel de Three From Hell


lunes, julio 01, 2019

Némesis, de Alexander Drake


Hace un tiempo recibí un correo electrónico mediante el que una mujer me preguntó si me gustaba "la terrible violación" (¡¡¡!!!); luego añadía un insulto gratuito y la acusación de que yo andaba "propagando esa basura". En el Asunto mencionaba a Hubert Selby, así que sumé dos y dos: probablemente se había ofendido porque siglos atrás recomendé la lectura de Última salida para Brooklyn, una inmensa novela de Hubert Selby, Jr. Resulta que, en dicho libro (y en la película que inspiró), hay un pasaje bastante crudo y demoledor sobre una prostituta a la que violan un montón de hombres. Que Selby retrate una violación y que yo lea el libro y lo recomiende no significa que ambos estemos a favor de las agresiones sexuales. Pero así actúan las mentalidades simples, y parece que la de esta señora lo era a juzgar por la gratuidad de sus reproches: las personas de esa índole creen que, si alguien escribe sobre la violencia (o la violación), es violento (y quizá violador); creen que, si alguien aplaude una novela en la que la violencia (y la violación) ocupa un lugar preferente, a ese lector le gusta la violencia (y la violación) y la celebra. Etcétera. Las personas de esa índole están convencidas de que actores como Sylvester Stallone y Jackie Chan son así en la vida real, y que se pasan los días agrediendo a la gente y saltando por los tejados.

Viene esta introducción a cuento del nuevo libro de Alexander Drake: Némesis, que reúne relatos (nuevos, no publicados antes) escritos entre 2011 y 2014, y con el que corremos el peligro de que esas personas de mentalidades simples crean que el autor es el mismo que el narrador o los narradores. A Alexander Drake jamás lo he visto en persona, pero llevamos unos años carteándonos: es notorio que utiliza un pseudónimo, pero no voy a revelarlo aquí (aunque daría igual si lo hiciera: no es famoso, aunque sí popular en algunos círculos de lectores). Y utiliza un pseudónimo, imagino, porque sus libros de narrativa versan sobre sexo, tortura, violencia y demás perversiones, hasta el punto de ser bastante fuertes y poder herir sensibilidades; con dicho pseudónimo puede esquivar la lluvia de pedradas de las personas de mentalidades simples. Salvo el primero (La Transformación, que tengo en casa y espero leer pronto), he leído todos sus libros de ficción: Vorágine, Ciudad de caníbales, Ocho relatos de boxeo, para cuya segunda edición escribí un prólogo, y, ahora, Némesis. No son historias fáciles para quienes se asusten fácilmente: los narradores de Drake meten los dedos en la llaga, muchos de ellos son desalmados, violentos, muy crueles, y en su habitual galería de perversos no faltan los torturadores, los misóginos, los homicidas y los psicópatas. Pero repito: es ficción. Lo digo porque hay en Némesis un relato que (éste sí) imagino autobiográfico, y en el que una periodista juzga su trabajo como si a él le apasionaran la violencia y las torturas. Es decir: identifica al autor con el narrador (o narradores).

Alexander Drake emplea una prosa en la que huye deliberadamente de florituras o giros lingüísticos, en la que apuesta por lo sencillo, lo directo, lo visual, creando con los diálogos y las descripciones una serie de contextos que impactan, que provocan y que perturban. Para mí son retratos de ciertos ámbitos de la sociedad, a los que critica sin apiadarse de ellos. Para una mentalidad simple, igual son porciones del diario de un loco. Lo que tengo claro es que, incluso aunque el nivel de los textos no sea siempre el mismo, me resultan muy adictivos. Lees uno, te provoca, a veces te molesta… pero en seguida pasas al siguiente, estimulado por la curiosidad y lo ameno de las situaciones. Supongo que es como aquello que decía un escritor, creo que era Stephen King: que, quien pasa junto a un accidente, no puede evitar fijarse en lo que ha ocurrido, incluso aunque sepa que la escena le hará vomitar y le traumatizará para siempre. Así pues: si no os arredráis ante las provocaciones, si sois capaces de distinguir entre escritor y voz narrativa, os gustará Alexander Drake; y me consta, aunque le sea difícil publicar, que ya cuenta con unos cuantos seguidores fieles. Por si fuera poco, los libros de Alexander Drake jamás aburren.


[Ediciones Camelot]  

Billy Drago (1945 - 2019)


Midsommar: 2 carteles



Cartel de Tone-Deaf


Édith Scob (1937 - 2019)


Cartel de The Good Liar


Qué vida habrá. Qué no vida.

Qué vida habrá. Qué no vida.
Qué sueño perdido, qué esperanza.
Cuando se acaben los poemas,
el adiós que anuncian con
insistencia haya llegado
y todo sea un desierto
como el que tantas veces
en ellas canto. Qué habrá.
Voy de vuelo en el poema y
literalmente vuelo en estos
momentos por el cielo. América.
Nicaragua. La tierra, el alma.
Qué habrá, sí, qué habrá
después de los poemas. No
parece que si ellos no están
y no son posibles pueda
haber nada, algo que
merezca sentirse
como la vida, algo
que al menos se
parezca.

(Avión a Managua)

Santiago Montobbio, Nicaragua por dentro

Cartel de After the Wedding


Julián Rodríguez (1968 - 2019)


domingo, junio 23, 2019

Mi padre, el pornógrafo, de Chris Offutt



Nuestra conversación cayó en un largo silencio. Volvió a hablar:
-Me sorprende no tener ningún miedo. He vivido bastante bien. Ahora sabré si de verdad existe un más allá. O si no es más que un largo descanso del que ni me voy a enterar. Cuesta pensar en un mundo sin mí.
Hay momentos en la vida de las personas en los que tiene lugar un evento significativo del que no son conscientes: la última vez en que aúpas a un hijo antes de que pese demasiado, el último beso de un matrimonio echado a perder, la visión de un paisaje que adoras y que nunca volverás a ver. Semanas más tarde, me di cuenta de que aquellas fueron las últimas palabras que me dirigió papá.

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La pérdida de uno de los padres se lleva una especie de paraguas contra el inclemente tiempo de la vida. Independientemente de su estado –tela rasgada y varillas rotas–, uno siempre lo había tenido a mano para protegerse y tener cierta seguridad. La muerte de papá me convertía en el cabeza de familia oficial, en el encargado de tomar decisiones, en el siguiente en la cola de la muerte. Ahora tenía que proveer de mi propio paraguas a mis hermanos, a mi madre y a mí mismo.

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Para la mayoría de las personas, la infancia es un refugio de tiempos en los que todo era más sencillo. Las crecientes responsabilidades de la edad adulta dotan al pasado de inocencia y júbilo: un verano que parece no tener fin, la vastedad de un cielo nocturno, el fundido del invierno al alborozo de la primavera. La infancia mejora a medida que envejecemos y nos alejamos de ella.

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A menudo, papá me decía que la primera obra de un escritor era la mejor, porque ponía en ella toda su vida. Todo lo que escribiera después contenía a lo sumo la acumulación de varios años.

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En el momento de su muerte, papá había sobrevivido a escritores más viejos a los que admiraba, se había distanciado de sus contemporáneos y se negaba a hacer amigos entre los recién llegados. Todos sus libros estaban descatalogados.

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La idea de que el porno evitaba que matara mujeres era un autoengaño que justificaba su impulso de dibujar mujeres atormentadas. Creer que habría sido un asesino en serie de no haber sido por la pornografía que creaba era otra de sus fantasías, una que le permitió entregarse por entero a sus obsesiones. Necesitaba creer en una causa mayor a fin de continuar su obra. Admitir que le gustaba suponía demasiada carga.


[Malas Tierras. Traducción de Ce Santiago]

Trailer de A Rainy Day in New York


Próximamente: Un día más en el paraíso



De Eddie Little. En Sajalín Editores.

Mientras dure la guerra: primer cartel


En Playtime / El Plural: Chris Offutt



Mi padre, el pornógrafo: aquí.

Trailer de Toni Morrison: The Pieces I Am


Ad Astra: 2 carteles



martes, junio 18, 2019

Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas de Quincey



Doy por sentado que toda persona instruida sentirá cierto interés por la vida personal de Emmanuel Kant, aunque le hayan faltado afición y oportunidades para conocer sus ideas filosóficas. Los grandes hombres, aun cuando caminen por senderos poco comprensibles, siempre serán objeto de la curiosidad general. Considerar a un lector del todo indiferente a Kant, significaría negarle cualquier estímulo intelectual; por consiguiente, aunque realmente no estuviera interesado en Kant, sería un mandamiento de la cortesía decir que sí le interesa. Así que no me disculparé ante ningún lector, ya sea filósofo o no, godo o vándalo, huno o sarraceno, por robarle algo de su tiempo con un breve esbozo de la vida y costumbres domésticas de Kant, basado en informes auténticos de sus amigos y discípulos.

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Pero regresemos al modo en que transcurría el día de Kant. Inmediatamente después de que se quitara la mesa, salía al aire libre para caminar un poco. Aquí, sin embargo, no llevaba a ningún acompañante, en parte quizá porque después de la charla y la relajación creía necesario volver a sus meditaciones, en parte (como he sabido casualmente) por el motivo peculiar de que sólo quería respirar por la nariz, lo que era imposible si tenía que abrir constantemente la boca para hablar. Esto lo fundamentaba diciendo que el aire llegaba hasta los pulmones por un camino más largo, así podía calentarse y suavizarse, no causando irritaciones.

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Kant despreciaba toda comodidad y toda blandura; con el clima más duro le bastaban cinco minutos para quitar el incipiente frío de la cama con su calor corporal. Si tenía que abandonar su habitación por la noche (estaba siempre a oscuras, ya fuese de día o de noche), se orientaba por un cordel dispuesto al efecto, que todas las noches ataba a la pata de la cama y que conducía a la habitación contigua.

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Como ocurre con frecuencia en estos casos, conservaba una memoria espléndida sobre acontecimientos lejanos de su vida y podía recitar, con asombrosa exactitud, largas estrofas de poemas alemanes y latinos, especialmente de la Eneida, mientras que se olvidaba de las palabras que acababa de decir. El pasado aparecía en primer plano con la vivacidad y claridad de una experiencia inmediata, mientras que el presente se hundía en la noche de los tiempos.

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El 3 de febrero los hilos de su vida parecieron haber perdido su tensión, pues ya no comió nada. A partir de ese día su existencia se pareció al último ímpetu de una vida de ochenta años después de haberse detenido el mecanismo. El médico vino todos los días a la misma hora y convinimos en que yo estuviese siempre presente.


[Valdemar. Traducción de José Rafael Hernández Arias]

The Current War: 2 carteles



Próximamente: Hiere, negra espina



De Claude Louis-Combet. En Periférica.

Trailer de Doctor Sleep


Cartel de Ready or Not


Franco Zeffirelli (1923 - 2019)


Cartel de Phil


jueves, junio 13, 2019

En Playtime / El Plural: Donal Ryan


Corazón giratorio: aquí.

Trailer de Luce




Cartel de Skin


Corazón giratorio, de Donal Ryan



Esta novela está estructurada con monólogos de distintos personajes. Como ya la comento en mi texto para El Plural, dejo aquí unos fragmentos con la procedencia de cada uno:

Bobby

Mi padre sigue viviendo al final del camino, después de la represa, en la casucha donde me crié. Voy a verlo todos los días para comprobar si se ha muerto, y todos los días me decepciona. No ha dejado de decepcionarme un solo día. Me sonríe, con esa sonrisa espantosa. Sabe que voy a comprobar si se ha muerto. Sabe que sé que lo sabe. Ríe con esa sonrisa torcida. Le pregunto si le va todo bien y él se limita a reír. Nos miramos un rato y cuando ya no aguanto la peste que despide, me voy. Suerte, digo, te veo mañana. Me verás, responde. Así será, lo sé.
En el centro de la verja baja de la entrada hay un corazón rojo de metal ensartado en una bisagra giratoria. Ahora está desconchado; del rojo apenas queda nada. Habría que rascarlo, lijarlo, pintarlo, engrasarlo. Aun así sigue girando con el viento. Al alejarme oigo que chirría, chirría, chirría. Un corazón giratorio, desconchado, chirriante.
[…]

**

Brian

[…]
Los tipos como Bobby Mahon lo tienen fácil. No es la estrella que más brilla en el firmamento, pero es todo un hombre. No tiene nada que demostrar. Kenny cree que es como Paul Newman en La leyenda del indomable, no había hijoputa capaz de doblegarlo. Consumió el palo de hurling de tanto pegarle al atacante central del McDonagh cuando terminó la final del condado que casi ganamos. Después lo lanzó lejos y se agarró a trompadas con cinco o seis tipos antes que el sargento Jim Gildea y unos doce huevones más fueran a separarlo de los chicos del McDonagh.
[…]

**

Rory

[…]
Ahora hasta el último idiota va por ahí quejándose de que el país se va a la mierda. La gran puta, cómo me cansan. El país se va a la mierda, el país se va a la mierda, el país se va a la mierda; los mismos idiotas que hace unos años se quejaban de que el país había enloquecido por el dinero. Te los encuentras en las tiendas, reunidos en corros miserables, comparando estrecheces.
[…]

**

Triona

[…]
Bobby odiaba a su padre y nunca superó la muerte de su madre; se consideraba un fracasado por no haber sabido protegerla de la lengua viperina de su padre. Las humillaciones de Frank la mandaron a la tumba. Tres años tardé en sonsacárselo. Al principio de conocerlo, le pregunté a Bobby por qué se había distanciado de su madre. Me dijo que habían dejado de hablarse para que su padre no se metiera con ellos, que se acostumbraron y que así siguieron.
[…]


[Sajalín Editores. Traducción de Celia Filipetto]

Cartel de The Quiet One


En Aleteia: Rocketman



martes, junio 11, 2019

viernes, junio 07, 2019

miércoles, junio 05, 2019

Trailer de Ad Astra


Lagunas, de Sarah Hepola


Una laguna es un intento de esclarecer un misterio. Es un trabajo detectivesco sobre tu vida. Una laguna es: "¿Qué pasó anoche?, ¿quién eres?, ¿por qué estamos follando?".
Mientras me acurruco en sus brazos las preguntas se amontonan. Pero una tiene más peso que las demás. En la literatura, es la que da pie a los grandes viajes, porque a menudo los héroes se encuentran en selvas profundas y oscuras y se ven obligados a abrirse camino a machetazos. Pero para el bebedor que tiene lagunas, es la pregunta que generará otro sábado asqueroso.
"¿Cómo he acabado aquí?".

**

Las historias que cuentan las mujeres son aterradoras, pero de otra forma. Tal como dice Aaron White: "Cuando los hombres se ponen ciegos, hacen cosas. Cuando las mujeres se ponen ciegas, se las hacen a ellas".

**

Este libro quizá parezca una biografía satírica. Escribo sobre cosas de las que no me acuerdo. Pero recuerdo mucho de esas lagunas. Las lagunas me tumbaron y siguen acechándome. Las lagunas me descubrieron lo impotente que había llegado a ser. Las noches que no consigo recordar son las noches que jamás olvidaré.

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Los verdaderos borrachos esperan, atentos al momento en el que tocan fondo. Tu cara choca continuamente contra un muro de ladrillos, pero esperas poder destrozártela y seguir tu camino. Quedar herido, pero no destruido. Es una apuesta. ¿Cuántos riesgos quieres correr? ¿Cuántos percances necesitas?

**

Cuando dejas de beber te sorprende la forma en que el alcohol se cuela en la estructura social. La bebida es el centro de las bodas, festividades, cumpleaños, fiestas en la oficina, funerales, suntuosas visitas a locales exóticos. Pero la bebida también es el centro de la vida diaria. "Vamos a tomar una copa", nos decimos, cuando en realidad lo que queremos decir es: "Vamos a pasar un rato juntos". Es como si, de no haber alcohol, no supiéramos qué hacer. Si dijéramos: "Vamos a dar un paseo por el parque" nos lanzarían miradas perplejas.


[Pepitas de calabaza. Traducción de Enrique Alda]