jueves, febrero 12, 2009
Vespa, pasta y mantel de cuadros
Sábado por la tarde y sin un plan a la vista. Caminamos un poco por la ciudad. Recuerdo “Los Soprano”, cuya cuarta temporada he terminado de ver esta semana. Es una maravilla de serie. El serial perfecto. Como una película troceada en fragmentos de entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos, y con trece de esos fragmentos o películas pequeñas en cada temporada. Estudio cada episodio de “Los Soprano”. Caminamos y hablo de algo en lo que me he fijado: Tony Soprano casi siempre está comiendo. Lo vemos comer en casa: cuando se levanta de la cama va a por los periódicos, que el repartidor deja sobre el asfalto de la calle, y luego va a la nevera para engullir lo que encuentre; a veces come primero y luego sale. En las pocas ocasiones en que el personaje aparece en casa también está jalando: durante la cena íntima con su mujer y sus hijos, en las cenas familiares a las que invitan a varios parientes, en los escasos ratos en los que se sienta en el sofá para ver algún clásico en blanco y negro e incluso echado en la cama, cuando ve la televisión. Lo vemos comer en los pisos de sus amantes, entre polvo y polvo. Lo vemos comer con ellas en restaurantes de lujo. Lo vemos comer en la oficina, que no es otra que el despacho del club de striptease que regenta junto a otros hombres: suele ser comida china, por lo general. Lo vemos comer en las reuniones de trabajo con sus hombres y con otros gángsters con los que debe tratar de negocios. En suma: Tony Soprano suele estar comiendo, o cabreado, o ambas.
Caminamos y evoco a Tony Soprano comiendo descomunales platos de spaghetti. Si uno se fija, un alto porcentaje de lo que cenan y almuerzan en la serie suele ser pasta. No podía ser de otra manera. Los protagonistas son hijos de italianos, hijos de inmigrantes. Así que, dado que, caminando por las calles de Madrid, se nos ocurre ir a cenar a algún sitio que quede a mano, buscamos por los alrededores de la Plaza de Santa Ana. Para quien esté de paso por la ciudad y quiera comer o cenar por ahí, recomiendo esa zona. Sobre todo detrás del Teatro Español. Puede uno encontrar restaurantes variados: peruanos, japoneses, italianos, hindúes, gallegos, nórdicos, mejicanos, vascos, argentinos, especializados en comida vegetariana… En este sentido la calle Ventura de la Vega, a un par de manzanas del Teatro Español, es una mina de oro: está repleta de locales de comida. Pienso en lo que comen los Soprano y me apetece pasta. Ya hace tiempo que tengo capricho de un plato de pasta a la italiana, y está claro que yo no lo hago igual que los oriundos de Italia.
Encontramos tres restaurantes italianos por la zona. Dos de ellos comparten dueño y nombre, sólo que uno es más fino (al menos así lo indica el aspecto desde el exterior) y el otro más casero. Nos decidimos por el casero. En el momento de entrar la zona de fumadores (la de arriba, junto a la barra) está vacía. Luego se llenará. Los manteles son como en las series: a cuadros rojos y blancos. De las paredes cuelga una serie de retratos de celebridades comiendo pasta. Fotos en blanco y negro de Marcello Mastroianni, Sofía Loren, Totó, etcétera. Junto a una de las mesas hay un modelo mítico de Vespa. El camarero que nos atiende es un joven italiano. Un poco de carpaccio para abrir el apetito y luego un plato único: yo pido “lancette” (pasta con forma de mariposa) con queso, trozos de salmón y rodajas finas de calabacín. De postre, helado. Creo que es la mejor comida italiana que he probado en Madrid. Mientras ceno, ya no pienso en Tony Soprano, sino en un par de amigos míos, que siempre alaban la cocina de Italia. Doy fe: tienen razón.
miércoles, febrero 11, 2009
Mi vida en la penumbra, de Vicente Muñoz Álvarez


Arrastro en un carrito metálico cuatro de las nueve maletas que habitualmente llevamos, una o dos por cada fabricante, y la lluvia me golpea machaconamente el rostro. Hace frío. Está anocheciendo. Apenas hay gente en la calle. Pienso en mi casa, en mi perra, en mi escritura. Cuento mentalmente los días que llevo en carretera y los que aún me quedan para regresar. Recuerdo el malestar de los últimos años, la tensión continua de las oposiciones, los días tediosos bajo el flexo, las tardes asfixiantes de verano, el dilema entre escribir o estudiar, el conflicto, el desengaño, la frustración y el deterioro de los últimos meses, los complejos, la depresión, la dejadez…
Primeras imágenes de Inglourious Basterds

A la espera de que salga el trailer en condiciones, en algunas webs puede verse desde ayer un adelanto pirata de Inglourious Basterds, la nueva película de Quentin Tarantino. Unas pocas aquí, en grande, y otras acá. Pondremos el enlace bueno en cuanto aparezca en la red.
mami
…pero tú me
pariste, vale
y te dolió, lo sé
y lo siento
y lo que a mí
me duela ahora
es cosa mía
ahora
es cosa mía
Descansa en paz,
querida madre
y disculpa que
faltara
a tu entierro:
lo poco que tenía
me lo gasté en
alcohol
para olvidarte
Pablo G. Bao, Inédito
pariste, vale
y te dolió, lo sé
y lo siento
y lo que a mí
me duela ahora
es cosa mía
ahora
es cosa mía
Descansa en paz,
querida madre
y disculpa que
faltara
a tu entierro:
lo poco que tenía
me lo gasté en
alcohol
para olvidarte
Pablo G. Bao, Inédito
Cartel de The Last House on the Left
Fritanga
En un viejo episodio de “Los Simpson”, Homer se monta en el coche y va a comer a uno de esos sitios de autoservicio en los que aparcas junto al restaurante y te atienden desde una ventana. MacAuto y cosas así. Homer detiene el vehículo al lado del local de fast food y en la ventanilla hay un joven con gorra y acné. Lo que ofrece la cadena de comida rápida en cuestión es la posibilidad de meter los alimentos que uno pida en la freidora: no sólo la carne y las patatas, sino también los postres y cualquier otra cosa que a uno se le ocurra; es el cliente el que decide. Tras atiborrar el asiento del copiloto con diversos manjares saturados de grasa, una fritanga que podría romper récords en la subida del colesterol (cortezas, burritos y demás comida en tamaño doble, todo ello frito), el encargado con acné propone: “Si quiere le paso la bolsa por la freidora”, y Homer acepta y a continuación pide una Coca-Cola, también frita. De modo que, una vez alejado del local y sin que nadie le moleste, el señor Simpson se da el festín: cajas, bolsas y envases fritos incluidos. En otro capítulo, en una ruta solitaria de fast food, nuestro héroe amarillo pide una pizza de tamaño familiar, le echa dentro un montón de patatas fritas y una langosta enorme y se come la mezcla, sin olvidar el cartón, como si fuera un bocadillo.
Cuando vi el episodio del local en el que fríen cuanto el cliente pida, pensé: “Qué imaginación tienen en esta serie”. Unos días después, leyendo “Homo Sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop”, el imprescindible ensayo de Eloy Fernández Porta, encontré una anécdota que revela de nuevo cómo la realidad suele ser más sorprendente que la ficción. En las páginas dedicadas a las golosinas y a la basura, Eloy nos remite a los extras del dvd de “Super Size Me”, el documental de Morgan Spurlock en el que éste se somete a una severa dieta de hamburguesas y refrescos de McDonald’s durante un mes, tres veces al día. He visto la película, pero no los extras. Eloy apunta que Spurlock lleva al espectador a The Chip Shop, un restaurante de Londres con enormes freidoras en las que “se somete a fritanga todo aquello que el cliente desee”. Con preferencia por los dulces, añade el autor. Los dulces más dañinos: los de la bollería industrial. En dicho extra del dvd bañan un Bounty en la freidora. Citemos a Eloy: “Grasientas, diabéticas o indigestas, ninguna golosina es comparable con este dulce pergeñado a partir de un engrudo de sucedáneo de coco –la lista de ingredientes le atribuye un 20% de fruto– barnizado con doble capa de chocolatazo, en dos modalidades: choco con leche y cacao negro símil Lindt Noir”. Así que, visto o leído este ejemplo, la hazaña de Homer, consistente en engullir envases fritos, no está tan alejada de esta anécdota del Bounty pasado por la freidora.
He buscado la web del local inglés para ver el menú. Es como cualquier otro establecimiento de comida rápida, pero añaden algunas variantes, como lo del chocolate frito y las diversas marcas que tienen a disposición del cliente: Bounty, Twinkies, Mars, Snickers, etcétera. Me ha llamado la atención uno de los almuerzos incluidos en el menú, a disposición del público en internet: el “Hangover Special”, o sea, el “Especial Resaca”. La realidad siempre supera a la ficción. A veces, cuando paso por delante de los locales de comida rápida, o cuando entro a cenar en ellos, compruebo que las variantes del menú son cada día más extrañas, más retorcidas. A veces despachan algunos alimentos que, citando al superior de John Rambo, el Coronel Trautman, “harían vomitar a una cabra”.
martes, febrero 10, 2009
Los malos tiempos ya han quedado atrás, de Dave Alvin

David González me recomendó este poemario del cantante, compositor y guitarrista Dave Alvin, que formó parte de bandas como The Knitters o The Blasters (aparecían en Calles de fuego) y luego enfocó su carrera en solitario, obteniendo varios premios. En sus poemas/canciones encontramos un espíritu deudor del hombre que vive de continuo en las carreteras americanas, entre gira y gira, frecuentando moteles, bares de camioneros y salas pequeñas donde se celebran conciertos y jam sessions. Te gustará si te gustan Bob Dylan, Charles Bukowski, Bruce Springsteen y Jack Kerouac, pues sus historias son deudoras de sus textos: la bebida, el camino, las mujeres, los músicos en la cuneta, los desiertos, las resacas, los valles. Creo que en Lenoir aún se podrán encontrar ejemplares. Merece la pena hacerse con el libro y disfrutarlo. Estos días colgaré más de un poema. Hoy os dejo con éste:
BLUES DEL ATARDECER
De pie en el umbral de la puerta de tu cocina,
fumando otro cigarrillo,
te miro mientras preparas una taza de café.
Tu pelo hacia atrás,
aún húmedo de la ducha
y tu cara limpia
sin el maquillaje de anoche.
Los dos descalzos.
Los dos callados.
Los dos con resaca
de la noche anterior
y agotados de
hablar y discutir
y hablar y discutir
todo el día.
Anoche todo era fácil,
cuando estábamos borrachos
y calientes
y todo en el mundo tenía sentido.
Mañana por la mañana
tengo que volver a casa
y no sé si quieres que me quede
o me vaya
y, quizás, tú tampoco lo sepas.
Veo a lo lejos una tormenta de relámpagos
en el cielo púrpura del atardecer
y escucho la lluvia suave
contra el tejado.
Nos miramos el uno al otro
desde los extremos de la cocina,
sin decir nada
y apartamos la vista.
Pienso en un antiguo blues
y lo canto para mí,
………….Quiero abrazarte, nena,
………….pero no sé qué decir.
………….Quiero besarte, nena,
………….pero temo que me rechaces.
y quisiera que pudieras oírme
y quisiera poder oír el blues
que cantas para ti.
De pie en el umbral de la puerta de tu cocina,
fumando otro cigarrillo,
te miro mientras preparas una taza de café.
Tu pelo hacia atrás,
aún húmedo de la ducha
y tu cara limpia
sin el maquillaje de anoche.
Los dos descalzos.
Los dos callados.
Los dos con resaca
de la noche anterior
y agotados de
hablar y discutir
y hablar y discutir
todo el día.
Anoche todo era fácil,
cuando estábamos borrachos
y calientes
y todo en el mundo tenía sentido.
Mañana por la mañana
tengo que volver a casa
y no sé si quieres que me quede
o me vaya
y, quizás, tú tampoco lo sepas.
Veo a lo lejos una tormenta de relámpagos
en el cielo púrpura del atardecer
y escucho la lluvia suave
contra el tejado.
Nos miramos el uno al otro
desde los extremos de la cocina,
sin decir nada
y apartamos la vista.
Pienso en un antiguo blues
y lo canto para mí,
………….Quiero abrazarte, nena,
………….pero no sé qué decir.
………….Quiero besarte, nena,
………….pero temo que me rechaces.
y quisiera que pudieras oírme
y quisiera poder oír el blues
que cantas para ti.
Cartel de The Private Lives of Pippa Lee

Rebecca Miller es hija del escritor Arthur Miller y esposa del actor Daniel Day-Lewis. Es actriz (la recordamos de Dobles parejas), directora de cine, guionista y escritora. Hace tiempo recomendé aquí su película La balada de Jack y Rose, donde dirigía a su marido. Pero cuelgo este cartel, además, por el reparto femenino, que quita el hipo: Robin Wright Penn, Maria Bello, Monica Bellucci, Blake Lively, Julianne Moore y Winona Ryder. Casi nada.
138
En un debate en televisión, una petarda alega que el Opus Dei no es una secta “porque nadie te impide marcharte”. Ninguno de los presentes contrapone una buena defensa. Pero podrían haber recurrido al diccionario. Veamos, según la R.A.E., las acepciones de “secta”: 1. “Conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”; 2. “Doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra”; 3. “Conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa”. Sólo con el diccionario su teoría se desmonta. Secta no implica necesariamente prisión.
Campo de las Naciones
Son las nueve y cuarto de la mañana del lunes cuando suena mi móvil. Es mi pareja. Cuando me llama a esas horas sólo puede ser porque algo ha distorsionado la rutina. Y así ha sido. Un coche bomba de eta ha explotado muy cerca de su lugar de trabajo. Cada día, como tantos trabajadores en Madrid, tiene que levantarse una hora y media antes de fichar. Caminar hasta el metro, sufrir los rigores e incordios propios de los vagones atestados de gente, hacer un par de transbordos, salir del subterráneo a las afueras de la ciudad y coger un autobús (o bien ir andando) hasta el edificio de oficinas, junto a la M-40. A todos esos trabajadores, que han soportado el madrugón, el metro, el autobús, el frío de las afueras, el terrorismo los premia haciendo explotar coches bomba, acercándolos al peligro y con un susto en el cuerpo para varios días.
La explosión, controlada tras el aviso anónimo una hora y media antes, ha sido a las nueve de la mañana, el momento en que muchos trabajadores entran a sus puestos. A esta hora aún no leído los periódicos porque primero toca atender los blogs y el correo electrónico y desconozco la noticia antes de la llamada. A diez minutos de allí, del lugar del atentado, está Alameda de Osuna, donde viven varios de mis amigos y familiares. Algunos oyen el bombazo desde casa y también me llaman. Uno de esos amigos, un poeta de ley cuyos versos admiro, me escribe un rato después un e-mail. Su novia también curra por allí, muy cerca de donde ha estallado la bomba. Tiene el susto en el cuerpo. El pepinazo ha sido en la calle de la Ribeira del Loira, junto a la M-40. A dos o tres manzanas está la salida de metro de Campo de las Naciones (línea rosa), donde nuestras parejas salen a la superficie para encaminarse a sus respectivos empleos. Pero hoy han cortado un tramo y tienen que salir en la parada anterior: Mar de Cristal. Las calles están cortadas desde hace tiempo y no les permiten llegar a sus oficinas. Busco en los periódicos de internet, que se actualizan al minuto. Enciendo la tele. No es un coche, sino una furgoneta. De momento no hay imágenes. Y lo más importante: no hay heridos. Sólo daños materiales y sustos, que no es poco. Durante un rato todo es una confusión de mensajes, llamadas de teléfono, correos electrónicos y noticias con poca enjundia en los medios. Mi primo, uno de los que vive en Alameda, también utiliza la M-40 para ir en coche al trabajo. Recibo su llamada. El alivio y la furia se mezclan de un modo que conocemos bien los españoles.
Junto al lugar de la explosión también está el Ifema, de actualidad estos días pasados porque allí se celebró Fitur, con presencia zamorana este año. Se trata de una zona donde abundan las empresas, el Hipercor… Un tránsito continuo de trabajadores. El objetivo parece ser Ferrovial Agromán, que participa en las obras de construcción del Tren de Alta Velocidad vasca. Por allí he pasado algunas veces en coche. Busco información en Google Maps, que es la herramienta ideal para ver mapas y averiguar dónde quedan situadas las calles, las salidas de metro, las glorietas y las direcciones postales. Hace años, cuando vivía en Zamora y me enteraba de los atentados del terrorismo, de cualquier terrorismo, me preguntaba cómo me sentiría viviendo aquí, en Madrid. Si me sentiría más o menos vulnerable. Y la respuesta ya la conozco: igual. ¿Igual? No exactamente. Ahora, viviendo en la capital, que ha sufrido algunas de las más duras dentelladas del terrorismo, se me ha quitado el miedo que sentía antaño. Tal vez sea porque estar en el ojo de huracán hace que uno deba asumir ciertos riesgos y no se mortifique pensando en ello.
lunes, febrero 09, 2009
Homo Sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop, de Eloy Fernández Porta

La atracción por el objeto pornográfico es abstracta en el sentido en que hace desaparecer todo el tejido relacional a su alrededor y, con él, las instituciones que lo organizan. Cuando el espectador ya ha logrado ver su película en la tranquilidad de su casa, hay otro elemento que le sobra: el vídeo aún es demasiado aparatoso; alguien podría entrar e interrumpirlo. Y una vez se ha pasado del vídeo al dvd, aún queda otro protocolo que sale sobrando: el disco hay que comprarlo –ir a una tienda, pagar, salir con él bajo el brazo–; la compra por internet, que para otros es una posibilidad más, para él es un imperativo. Últimos restos del socius: el soporte físico, con su carátula delatora (eliminada con la posibilidad de las descargas), el almacén de productos vergonzantes (sustituido por el disco curo), el número de tarjeta de crédito (innecesario, cuando el porno en internet pasa a ser casi totalmente gratuito, exquisiteces aparte). Y cuando el mundo en torno parece haber desaparecido al fin –cuando el cazador-recolector ya está a solas con sus fetiches–, todavía queda un último vestigio: el ordenador donde se almacena toda esa información. Ése será el paso siguiente, ya anunciado por el programa de pago PayPal. El acto de compra como crimen perfecto: sin sujeto, sin espacio, sin rastro.
Un viaje con su padre
Su padre iba en el asiento de atrás,
yo la llevaba por la 101
aquella noche, tarde.
Mis manos entre sus piernas,
las suyas entre las mías.
Escuchábamos viejos temas de R&B
mientras,
besándonos cuando la carretera estaba despejada,
intercambiábamos historias escabrosas rescatadas de nuestras vidas.
Cuando paramos para pasar la noche,
pusimos a su padre sobre la mesa de la habitación del motel
y estuvimos follando
con el televisor y todas las luces encendidas.
Al día siguiente lo dejamos en el coche
mientras desayunábamos en San Luis Obispo.
Aquel día, más tarde,
bajamos en un paseo a una playa desierta
cerca de Big Sur;
ella iba recogiendo flores silvestres en su sombrero de paja
mientras yo llevaba a su padre.
Lo había traído consigo desde Baltimore
al trasladarse a California cinco años antes.
Lo había llevado de apartamento en apartamento
y de amante en amante hasta conocerme.
Cuando llegamos a la playa
cogió a su padre
y dejó la lata de café sobre la arena.
Se giró solo un momento
Para recoger las flores del sombrero
cuando una gran ola volcó la lata
y se llevó el contenido al mar.
La abracé mientras lloraba,
dolido porque ella no había tenido la oportunidad
de darle una despedida más solemne.
Dave Alvin, Los malos tiempos ya han quedado atrás
yo la llevaba por la 101
aquella noche, tarde.
Mis manos entre sus piernas,
las suyas entre las mías.
Escuchábamos viejos temas de R&B
mientras,
besándonos cuando la carretera estaba despejada,
intercambiábamos historias escabrosas rescatadas de nuestras vidas.
Cuando paramos para pasar la noche,
pusimos a su padre sobre la mesa de la habitación del motel
y estuvimos follando
con el televisor y todas las luces encendidas.
Al día siguiente lo dejamos en el coche
mientras desayunábamos en San Luis Obispo.
Aquel día, más tarde,
bajamos en un paseo a una playa desierta
cerca de Big Sur;
ella iba recogiendo flores silvestres en su sombrero de paja
mientras yo llevaba a su padre.
Lo había traído consigo desde Baltimore
al trasladarse a California cinco años antes.
Lo había llevado de apartamento en apartamento
y de amante en amante hasta conocerme.
Cuando llegamos a la playa
cogió a su padre
y dejó la lata de café sobre la arena.
Se giró solo un momento
Para recoger las flores del sombrero
cuando una gran ola volcó la lata
y se llevó el contenido al mar.
La abracé mientras lloraba,
dolido porque ella no había tenido la oportunidad
de darle una despedida más solemne.
Dave Alvin, Los malos tiempos ya han quedado atrás
Tú decides
Las editoriales, los periódicos, las cadenas de televisión, las distribuidoras de películas, las discográficas. Todas estas empresas y unas cuantas más se están poniendo las pilas para estar a la altura de las nuevas tecnologías y de lo que demanda el público. ¿Qué es lo que demanda el público? En primer lugar, lo gratuito. Si no se puede conseguir, entonces lo barato. Las editoriales se acomodan desde hace algún tiempo a las nuevas herramientas de difusión: blogs de noticias, páginas web con su catálogo, perfil en Facebook con envío de avisos y boletines. Quienes venden discos se preguntan cómo estar a la altura sin perder dinero, vendiendo sus canciones de manera individual o colectiva y on line para que sea el consumidor el que elija. Las cadenas de televisión abren portales en la red donde el internauta puede seguir sus programas en una pantallita sin tener que levantarse de la silla del ordenador para ir al salón. Es una carrera contrarreloj. Tonto el último. Yo lo vi primero, etcétera. Pero lo que en el artículo de hoy nos interesa es lo que ha hecho Filmax: abrir un portal en internet que es, a la vez, videoclub con alquiler y venta de películas en red, tienda de discos y canciones, televisión gratuita que sólo emite filmes, trailers y making of y un foro que suponga un punto de encuentro, una red social para los amantes del cine.
Leo la noticia en El País. Filmax ha abierto el portal Yodecido.com, y entro a explorarlo. He de anotar que el catálogo de Filmax es uno de los más completos y atractivos de España. Para todos los gustos. Desde bodrios de horror hasta cintas de culto del spaghetti western, pasando por el cine oriental más exquisito o los clásicos en blanco y negro. En el catálogo conviven Steven Seagal y Gary Cooper, los policiales franceses protagonizados por Alain Delon y las cintas de terror de Mario Bava, el gran Ingmar Bergman y el pelmazo de Tinto Brass. Por esa diversidad de géneros, de propuestas y de autores, me encanta. Entro en la sección Videoclub. Una película puede alquilarse o comprarse. Si no he entendido mal, el alquiler supone verla on line, en directo, mediante el sistema de “streaming”. Una novedad como “The Contract” cuesta tres euros con noventa y cinco céntimos. Los precios de alquiler oscilan: cuatro euros, tres, dos. El precio de venta de la película también varía, dependiendo de si es novedad o no. Uno de mis filmes favoritos, “El bueno, el feo y el malo”, vale casi cuatro euros. Y se puede descargar al disco duro del ordenador. Así que todo queda entre el cliente o usuario y el ordenador, sin tener el objeto físico por medio. Lo interesante es que he encontrado algunas películas en el catálogo que no son fáciles de rastrear en internet, o que ni siquiera están en dvd, o lo están pero son difíciles de encontrar. Léase: “Yo, Cristina F.”, “La soledad del corredor de fondo” o “Hamsun”, en la que Max Von Sydow interpreta a Knut Hamsun, el autor del legendario libro “Hambre”. También figuran cintas jamás estrenadas en España. El punto débil, para mí, en cuanto consumidor, es que la mayoría de los títulos sólo están disponibles en versión doblada. Pero prometen ampliar el número de versiones originales en el futuro.
Los canales de televisión de Yodecido.com son bastante curiosos. Puede verse cine español, de acción, clásico... Uno entra, mira la programación y escoge entre las películas disponibles. Se ve en el ordenador, en “streaming”. Mientras escribía estas líneas ponían, entre otros, los siguientes títulos: “Invicto”, “El crimen de Cuenca”, “Calle Mayor”, “Manolito Gafotas”, “M, el vampiro de Dusseldorf”. No es para tirar cohetes, pero seguro que la oferta mejora. Y por ahí van los tiros.
domingo, febrero 08, 2009
El curioso caso de Benjamin Button

David Fincher, uno de los directores más originales y revolucionarios de Hollywood, parte de la idea central de un relato de F. S. Fitzgerald para construir un cuento que tiene evidentes conexiones con Forrest Gump (un personaje marginado, diferente, que decide saborear la vida perdiéndose por el mundo durante años; y ambas comparten guionista: Eric Roth), con El amor en los tiempos del cólera (ese hombre siempre enamorado de la misma mujer, que alivia sus ardores recurriendo a putas y a amantes ocasionales) e incluso me atrevería a decir que con Lady Halcón (“Nos hemos encontrado en el punto medio”, le dice Daisy a Benjamin; y no olvidemos que los enamorados de la película de Richard Donner se encontraban en el punto medio durante unos instantes, al amanecer).
Pero Fincher y Roth van más allá de esas historias. Porque lo que interesa aquí, aparte del tratamiento de otros temas (orfandad, aprendizaje e iniciación a la vida, destino, pérdida, mortalidad…), es demostrar que da igual, que, aunque al llegar a viejos podamos rejuvenecer por fuera (como esas estrellas que se obstinan en aplicarse bótox y en estirarse la piel), el camino de la vida es siempre el mismo para todos: extravío de la memoria, pañales, enfermedad y, al final, la muerte. Es en este sentido en el que la película de Fincher alcanza su punto álgido. Hacia el final, al espectador le hace polvo esa escena (spoiler) en la que Daisy, convertida ya en una anciana, lleva de la mano a Benjamin, que es un niño que ha olvidado el habla.
El curioso caso… tiene, además, otros elementos destacables: el perfecto trabajo de Brad Pitt y Cate Blanchett, la eficacia de los secundarios (Jared Harris, Tilda Swinton, Jason Flemyng, Elias Koteas, Julia Ormond…), la fotografía y la puesta en escena, la música, el montaje, la historia inicial del reloj que va hacia atrás, etc.
Me parece una de las mejores películas de Fincher, aunque soy más devoto de Seven o Zodiac, y, de reprocharle algo, sólo anotaría que Benjamin Button es demasiado bueno, como lo era Forrest Gump: en ellos la bondad es extrema, lo cual es poco realista porque todos somos un poco cabrones a lo largo de algún tramo de nuestras vidas. Esto se perdona porque, insisto, al final es una especie de cuento a lo Tim Burton.
Números ocultos
Una mañana de esta última Navidad, estando en Zamora, caminaba por Santa Clara con un amigo cuando me encontré con un pariente. Hacía años que no nos veíamos, demasiados. Nos detuvimos, comentamos la jugada. Me dijo entonces que solía recibir muchas llamadas de teléfono en las que los interlocutores le confundían conmigo. Telefoneaban preguntando por mí. Él, como yo, padece la maldición del nombre compuesto: José Miguel, se llama. Y ambos compartimos el primer apellido: los equívocos están servidos. Supongo que, al buscar en la guía, quienes me buscaban veían un nombre parecido e idéntico apellido y llamaban por teléfono. Quizá no sepan que no vivo ya en Zamora. Quizá no sepan que, aunque tengo un número de teléfono fijo, mi nombre no figura en las Páginas Blancas. Lo siento por mi pariente. Estará harto de esos telefonazos, nunca sabré si de amigos o de enemigos.
Estos últimos días he pensado mucho en ello, en esas torturas telefónicas. Y he pensado en ello porque en los últimos tiempos he perdido la paciencia con las frecuentes llamadas de teléfono que recibo. Son varias llamadas inútiles al día. Gente que me quiere vender algo. Cuando instalamos el teléfono fijo aún conservaba toneladas de paciencia. Escuchaba a los vendedores del otro lado, pues conozco gente que tuvo ese trabajo tan ingrato, el de estar al teléfono llamando a personas que no conocen y que probablemente se enfurecerán, y sentía un poco de pena. Con el tiempo he pasado de la pena y la comprensión a la rabia y la furia. Repito que son varios timbrazos al día, casi siempre de números ocultos. Eso sin contar con las llamadas al portero automático: del cartero del banco, la cartera, el cartero comercial y la china del restaurante, amén de quienes van a arreglar a menudo el ascensor y de quienes van a revisar los contadores del edificio. De manera que cada mañana me levanto veinte veces a coger el teléfono o a abrir el portal, y eso que no he mencionado a los numerosos vendedores a domicilio. Interrumpen mis lecturas, mi escritura, mi concentración. Si algún día decido echar una siesta, lo que no es frecuente porque me roba tiempo, no falla: suena el teléfono y me despiertan de alguna compañía, interesados en que me cambie a su empresa de conexión a internet.
Cada día tomo una decisión cuando veo números ocultos o desconocidos: descuelgo y cuelgo inmediatamente, descuelgo y escucho sin responder hasta que se cansan, descuelgo y les acerco el auricular a los altavoces del ordenador (si tengo música puesta), respondo y escucho cinco o seis segundos antes de colgarles o les digo de malas maneras que no me interesa. Lo siento por ellos, al colgar me entra lástima, pero al principio me mostraba amable y es un error: la amabilidad logra que traten de seducirte, de convencerte. Las peores llamadas son esas en las que la chica en cuestión, porque suele ser una mujer, me pregunta qué tal estoy, cuál es mi papel en la casa y cosas así. He aprendido a despacharlas rápido: “No me interesa, gracias”. El truco es colgar antes de que puedan decir la siguiente palabra. O mentir. En fin, que el teléfono fijo es un engorro. Es la puerta para que se cuelen en tu intimidad las empresas de conexión a internet, de telefonía móvil, de gas natural… Una de las últimas veces me llamó una chica y, tras la habitual batería de preguntas, me dijo que había ganado unos regalos y que me los enviarían esa misma tarde a casa. “¡No me interesa!”, solté. En la adolescencia, allá en Zamora, los graciosos llamaban de madrugada desde cabinas de teléfono, despertando a toda la familia. Más tarde nos dimos de baja.
sábado, febrero 07, 2009
Frost / Nixon

La gran virtud de Ron Howard en esta película, nominada a cinco Oscar, es que dota a la historia de un ritmo que se agradece. Porque, a priori, un filme que gira sobre una serie de entrevistas corre el peligro de ser un tostón. No es el caso. Las entrevistas que preparaba el presentador David Frost para televisión despiertan desde el principio nuestro interés, pues se plantean como un reto en el que Frost tiene todas las de perder. Michael Sheen y Kevin Bacon brillan en la película, pero es Frank Langella quien está fantástico en su recreación de Richard Nixon: aunque físicamente no se parece mucho, ha sabido adoptar el tono de voz, los gestos, la cabeza ladeada, los andares mostrencos, la mirada falsa y la sonrisa de bellaco de aquel presidente, hoy convertido en icono de dibujos animados (no olvidemos que su cabezón aparece con frecuencia en Futurama).
James Whitmore (1921 - 2009)
El cotilleo
Los rumores se propagan tan rápido como los virus en la red. Esto lo explican muy bien en “La duda”, una gran película de John Patrick Shanley basada en su propia obra teatral. La transcripción completa del monólogo, en inglés, puede encontrarse en esa herramienta tan útil de la web de IMDb, en el menú de la izquierda de cada filme: las “memorable quotes”, o sea, las “citas memorables”. Un rincón que supone una joya para cada cinéfilo. Pero vamos con la escena a la que me refiero.
El Padre Brendan Flynn (un Philip Seymour Hoffman en su línea: espléndido) prepara una homilía sobre la intolerancia, tras recaer en él las sospechas de dos monjas: creen que ha abusado de un niño, aunque carecen de pruebas. Subido en el púlpito, Flynn cuenta una atractiva historia. Una mujer cotillea con una amiga sobre un hombre al que apenas conoce. Esa noche, la mujer tiene una pesadilla: la mano de Dios la señala. Se despierta sintiéndose culpable y al día siguiente acude a confesarse a un sacerdote. Le revela su sueño y pregunta si el chismorreo es un pecado. El párroco la acusa de jugar con el crédito de aquel hombre, levantando falso testimonio contra su reputación. La mujer lo siente, pide perdón. El sacerdote dice que espere. Quiere que ella, al llegar a casa, coja una almohada, suba a su tejado y la rasgue con un cuchillo. Y regrese a hablar con él. La mujer sigue al pie de la letra las instrucciones, sin comprender el sentido. Acuchilla la almohada y el viento esparce las plumas por la ciudad. El hombre, cuando ella va a verlo de nuevo, le pregunta cuáles fueron los resultados de su acción. “Plumas”, responde ella. Plumas en todas partes. El confesor dice: “Ahora quiero que vuelva, y reúna cada pluma que voló con el viento”. La mujer argumenta que eso es imposible, que no sabe a dónde ha ido cada pluma, que el viento las dispersó. El sacerdote sentencia: “Pues eso es el cotilleo”.
La metáfora de las plumas que se lleva el viento, asociada a los rumores que se propagan por la ciudad, es magistral. Lamentablemente, eso está a la orden del día. Pero ahora más, con internet en nuestras vidas. En los barrios de cada ciudad suele afectar a este o a aquel vecino. En la tele suele herir a quienes protagonizan los programas del corazón, lo pretendan ellos o no (algunos famosos prefieren estar en el ojo del huracán; pero otros, los que son serios, no). En internet los rumores, los cotilleos y los falsos testimonios suelen extenderse entre los políticos y las celebridades. Estos días, para defenderse de los ataques de un presentador de una cadena de derechas, El Gran Wyoming puso en marcha una broma perfecta, en contubernio con el resto de colaboradores de su programa: propagó por la red un vídeo falso en el que los espectadores, atónitos, lo veíamos abroncar a una becaria. Wyoming lanzó el rumor falso de que era un tirano. Cuando uno propaga un rumor sobre sí mismo en forma de broma, es magistral (al menos lo ha sido en este caso). Si los demás lo hacen sobre uno, ahí está el peligro. Es curioso, en la red, comprobar cómo adjudican poemas o cartas de despedida a escritores que jamás redactaron esos textos: le ocurrió a Gabriel García Márquez, por ejemplo. Lo que viene a decirnos la historia que cuentan en “La duda” es que el rumor, una vez propagado, no sólo daña a terceros, sino que es inaprensible. Que ya no se puede detener porque la amiga de la mujer de la historia contará el cotilleo a su marido, y éste lo compartirá en la oficina, y cada compañero de oficina lo dirá en su casa, etcétera. Recuerdo ahora que, en un sketch de Muchachada Nui, hacían una parodia rural sobre cotilleos. Tampoco era mal ejemplo.
viernes, febrero 06, 2009
Miller's Crossing

El otro día volví a ver Miller's Crossing, la excepcional película de los Coen que aquí bautizaron como Muerte entre las flores (no vi flores en los lugares donde matan a la gente: sólo callejones sucios y campos de hojarasca; enigmas de quienes ponen los títulos en España...). No la veía desde el estreno, o así. Y volví a disfrutar. Diálogos de cine negro, actores en estado de gracia (Byrne, Turturro, Buscemi, Finney, Polito, Harden), un homenaje disimulado a Cosecha roja de Hammett, mujeres duras, tipos que encajan puñetazos, matones y polis corruptos. Una maravilla. Esta película contiene la repetición de una escena que siempre salía en los filmes antiguos en blanco y negro y que a mí me fascina: ese momento en el que alguien entra en una casa y su anfitrión corre al mueble bar a servirle una copa on the rocks, antes incluso de saludarse. Belleza del género negro.
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Disfruto con la sabiduría enciclopédica de Eloy Fernández Porta en “Homo Sampler”. Anoto esta cita: “El moralista inmoral está asentado en todas las posiciones discursivas fuertes: ostenta la severidad del obispo, la crueldad de la maruja, la celebridad del populista y la ubicuidad de la cámara –sin olvidar la siniestra sapiencia de la policía secreta”, que bien podría aplicarse a unos cuantos famosos con tribuna en los medios de comunicación. Sobre todo de derechas.
Cuento cuentos
cuento cuentos
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
los ninos quieren que les lean el mismo cuento
una y otra vez
se lo aprenden de memoria
y cuando los padres se equivocan
o se saltan algún párrafo
para agilizarles el sueño
los recriminan y piden que vuelvan atrás
así se cambian los roles
y son los niños
quienes dicen a los padres
lo que deben hacer o decir
cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser
Déborah Vukušić, Guerra de identidad
[A Déborah la vimos anoche en el teatro, en The Cardenio Project. Nos gustó y, para celebrarlo, colgamos este poema]
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
los ninos quieren que les lean el mismo cuento
una y otra vez
se lo aprenden de memoria
y cuando los padres se equivocan
o se saltan algún párrafo
para agilizarles el sueño
los recriminan y piden que vuelvan atrás
así se cambian los roles
y son los niños
quienes dicen a los padres
lo que deben hacer o decir
cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser
Déborah Vukušić, Guerra de identidad
[A Déborah la vimos anoche en el teatro, en The Cardenio Project. Nos gustó y, para celebrarlo, colgamos este poema]
Un hombre que pasea
En Facebook, el portal donde se mueve ahora el cotarro, un amigo recomendaba el último libro del escritor alemán Wilhelm Genazino, “Un poco de nostalgia”. El nombre me resultaba familiar y luego supe el motivo: alguna vez me había fijado en la extraña portada, donde vemos la foto de un hombre en el aire, en mitad de una caída. Aunque no se sabe con certeza si se está cayendo o se ha tirado adrede al suelo. Busqué sus libros en la red y la búsqueda me arrojó varios resultados: un total de seis títulos traducidos en España, cuatro de ellos publicados por Galaxia Gutenberg. Esta es una de las grandes editoriales de este país, pero no me gusta que presente los libros envueltos en celofán porque así no puedo leer el primer fragmento de cada libro, como tengo por costumbre. El caso es que los argumentos de Genazino me atrajeron lo suficiente para ir caminando hasta La Central, la librería del Museo Reina Sofía y una de mis favoritas. No faltaba mucho para la hora de comer. Calculo que eran alrededor de las dos menos cuarto. Pero allí sólo les quedaba uno de este autor, el último, y antes quería echar un vistazo a los cuatro de Galaxia para decidir cuáles compraría. Decidí ir andando hasta la librería del Círculo de Bellas Artes, cerca de Cibeles. Antes de tomar la decisión eché un vistazo a un libro que han recomendado mucho por ahí: “Mis dos mundos”, del argentino Sergio Chejfec. Son las reflexiones de un hombre que camina por un parque. No estaba muy seguro y allí lo dejé.
El camino hasta Cibeles se me hizo larguísimo. Cuando a veces, a las tantas de la madrugada de un domingo he hecho el mismo paseo, pero a la inversa, no me ha parecido tan largo, quizá porque en esas ocasiones llevaba alguna copa de más. Por el camino topé con los habituales negros del top manta, que exponen sus películas en una tela sobre la acera y tienen un ojo en los posibles compradores y otro en el horizonte, por si viene la policía. Por Atocha también se ven muchos de esos hombres que extienden, en un pedazo de manta, lo primero que encuentran: zapatos, tres o cuatro libros viejos, un par de postales, algún juguete y cosas así. Estuve merodeando bastante tiempo por la librería del Círculo. No voy a menudo, así que en cada visita me paso bastantes minutos registrando los anaqueles. Esta librería depara sorpresas agradables: tenían los cuatro libros de Genazino de Galaxia. Hice cuentas. Comprarlos de golpe, a final de mes, no era oportuno. Los libros de Galaxia son caros. Elegí dos: el último (el que me habían recomendado) y uno más antiguo, “Un paraguas para este día”. Éste prevaleció respecto a los otros sólo por esta línea de la contraportada: “Un hombre cuya existencia avanza entre la soledad de sus paseos y la originalidad de sus reflexiones”. Me gustan los libros sobre caminantes, sobre hombres solitarios que pasean. El paseo en solitario propicia el pensamiento y de ahí se deriva la reflexión.
Salí tarde de la librería y, de camino, pensé en ese libro de paseos. Lo cual me condujo al de Sergio Chejfec que no había comprado. ¿Por qué no lo había comprado, si es un género que me entusiasma? Aún recuerdo los “Paseos con Robert Walser”, que me prestó el poeta Tomás Hernández Castilla. De regreso a casa me toparía de nuevo con La Central. Así que subí otra vez al segundo piso para llevarme “Mis dos mundos”. Las reflexiones de un hombre que camina. Un género que dudo que entre en las listas de best-sellers. Al salir de La Central diluviaba. Esperé un minuto. Luego me dije que al verdadero caminante no le arredra la lluvia y empecé a andar. Llegué a casa a las cuatro, empapado de pies a cabeza y sin haber comido aún.
jueves, febrero 05, 2009
Próximamente: Camino de la gloria



A Francesco Spinoglio (Casale Monferrato, Turín), con quien llevo carteándome ya algún tiempo, una editorial de cuyo nombre no quiero acordarme va a publicarle su segunda novela, Camino de la gloria. Su argumento me interesa porque está inspirado en algunas de sus vivencias por España, país en el que reside desde hace tiempo.
Francesco, además y como ya comenté en su día en este blog, es amigo de Dan Fante (hijo del gran John Fante y también escritor), de quien aún no conocemos ningún libro traducido en España. Pero eso va a cambiar. Dan Fante le ha dicho a Francesco, y él me lo ha contado, que en breve una editorial empezará a publicar sus obras.
Así que estaremos al tanto de las publicaciones de ambos autores.
Mañana, en Sevilla
Nota
Quizá algunos os hayáis fijado en que el artículo de abajo es el que colgué ayer, para luego cambiarlo por otro. No, no estoy tarado aún. El lunes envié algunos artículos a La Opinión y hubo confusiones: alguien cambió uno por otro, poniendo ayer el que estaba destinado para hoy, jueves. Como quien marca el rumbo es el periódico, lo sustituí en el blog en torno a las dos de la tarde. Os pido disculpas.
Una juguetería
Teníamos que comprar regalos para niños. Sus padres celebraban los respectivos cumpleaños de los chavales y no queríamos ir con las manos vacías. Fuimos de expedición a por los obsequios. Alguien sugirió comprarles ropa. No me pareció una buena idea. En su cumpleaños, un crío no se emociona si, al quitarle el papel de regalo, se encuentra una camiseta o un gorro de lana. La opción más lógica eran los juguetes, pues estos niños rondan los dos años de edad. Entramos en la planta de juguetes de El Corte Inglés, por ser lo más socorrido y lo que estaba más a mano. A mí no me hubiera importado ir a Toys’R’Us, adonde acudí hace años, pero está a las afueras de la ciudad y hay que ir en coche.
Admito que disfruté viendo en las estanterías los juguetes que venden para los chavales de ahora. Hacía tiempo que no entraba en una de estas tiendas. Cuando, por ejemplo en navidades, uno ve en la tele los anuncios de los muñecos y de los coches y de las casitas para los críos, se dice: “Qué horror”. Me refiero a esas horrendas réplicas de bebés que se orinan o que chillan como si fueran gorrinos en la matanza. En la realidad los bebés no son espantosos. Pero estos muñecos parecen salidos de un museo de los horrores. En el primer vistazo, buscando en la juguetería, me pareció que las cosas habían cambiado mucho desde mi infancia. Pero en el fondo no han cambiado tanto. Veamos: encontré una sección completa y muy amplia dedicada a “La guerra de las galaxias”. Cascos, muñecos, réplicas, naves y un montón de merchandising con el que George Lucas demuestra que sacará los cuartos de múltiples generaciones de niños. Sospecho que, tras su muerte, el cadáver de Lucas será exhibido durante unos días, previo pago de una entrada. Es capaz de disponerlo así en su testamento sólo por seguir cobrándonos cuando se haya ido. En la sección de peluches me sorprendió ver algunos clásicos: ahí siguen Mickey y Minnie Mouse, el Monstruo de las Galletas, Epi y Blas o todos esos personajes que regresan porque siguen haciendo películas sobre ellos: Hulk, Indiana Jones o Spiderman. Lo que sospecho es que los fabrican peor. La cara del muñeco de Indiana Jones se parecía más a la de un borracho en paro que a la de Harrison Ford. Vi unos puños gigantescos de Hulk. Un niño se los pone, como si fueran guantes de boxeo. De pequeño tuve unos puños del estilo. No recuerdo si los míos representaban a algún personaje en concreto. También estaba Superman. Éste y otros superhéroes, aunque son parecidos, han sufrido cambios. Quiero decir que los fabricantes los han adaptado a estos tiempos políticamente correctos. En mi infancia los muñecos para niños eran réplicas de tíos duros: pelo fosco, barba más o menos tupida, cara de pocos amigos. Véanse los viriles Geyperman. Los héroes que vi el otro día, incluido Superman, tenían trazas de, ¿cómo se llamaban? Ah, sí: metrosexuales. Basta con echarles un vistazo.
La sorpresa de la juguetería fue encontrar un coche y una motocicleta de la guardia civil. Lo juro. La moto incluía un botón que, al pulsarlo, ponía en marcha la grabación de una voz que formulaba avisos a la central de la benemérita. Jamás había visto un juguete de la guardia civil. Me reí un rato con las réplicas de los tipos famosos de la lucha libre. Traté de imaginarme a un niño sosteniendo al Enterrador, cuya réplica era aún más fea que el tipo real. Daba un poco de miedo. También encontramos mucha mierda, muchas tonterías. Supongo que, en mis tiempos, nuestros padres pensarían lo mismo de nuestros juguetes.
miércoles, febrero 04, 2009
I Premio Megustaescribir
Te escribiré una novela, mi otro blog, ha recibido una mención especial en el reparto del I Premio Megustaescribir. Ando un poco despistado porque ni siquiera sabía que hubiera un premio para quienes posteamos en los blogs de RHM. En el vídeo se puede ver el anuncio de todo esto.
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Ayer estuve en la presentación de “Imbécil y desnudo. Esto es la descojonación”, de Rubén Lardín, con quien compartí espacio en “Tripulantes”. A partir de hoy tendrá más enemigos porque salió en El País y eso jode a algunos. La sala de actos de Fnac Callao se petó. Había por allí gente a la que admiro. Entre otros estaban: Rubén Lardín, Nacho Vigalondo, Alberto R. Torices, Pablo Carbonell, Nacho Abad, Rafael Saravia, Yago Ferreiro, Miguel Ángel Martín, Mauro Entrialgo, Santiago Sequeiros… Aproveché para que Lardín y Vigalondo me firmaran “Imbécil y desnudo” y “Los cronocrímenes”. Nos reímos mucho durante el acto, gamberro y desenfadado. Luego fuimos a tomar cañas.
Mañana, en Barcelona
Ayer me encontré en el metro con Carlos Salem. Mañana presenta Si dios me pide un bloody mary en Barcelona. Me dijo que también participará en Barcelona Negra. Mucha suerte, compadre.Anzuelos
En tiempos de crisis las empresas se agarran a un clavo ardiendo para vender y que nosotros piquemos. También en épocas sin crisis: recuerdo aquel diario nacional que, hace años, regalaba cruasanes con el periódico. El otro día estaba en un kiosco, repasando las revistas. Con los años dejé de comprar la que, en sus comienzos y gracias a Javier Rioyo y Javier Angulo entre otros fundadores, fue una de las más prestigiosas revistas de cine: Cinemanía. Era una publicación de calidad, con contenidos serios, interesantes reportajes y una firme apuesta por el cine español. Ya no es lo que era, entre otras cosas por su manía de tender hacia el chiste, con lo cual nos toca leer un montón de referencias a la política y al marujeo español. ¿Es eso serio en una revista de cine? En el último número, quizá porque ya no venden tanto como en los comienzos, dan un vale de descuento de dos euros para cuando uno vaya a lavar el coche. ¿Tiene esto algo que ver con el cine? Las ideas más peregrinas se dan cita en algunas revistas, periódicos, empresas de telefonía y demás negocios. Es decir: ya no saben qué regalar al público para que pique el anzuelo. Y se acaba cayendo en el ridículo.
Casi todas las noches veo durante un rato un canal que se llama Antena Neox y lo hago para no perderme la repetición de los episodios de “Los Simpson”, que emiten a la hora de comer en Antena Tres. Y, a menudo, puedo ponerlos en versión original con subtítulos (ventajas de la televisión digital terrestre). En las pausas para la publicidad bombardean siempre al espectador con los tonos que uno puede descargarse al móvil. Suelen ser chorradas de animalitos: dibujos de peluches que cantan canciones horteras. Pero la última noche pusieron algo que me dejó k.o. El anuncio mostraba a una mujer rodeada de hombres. Me parece que ella estaba en un ascensor y entonces sonaba una brutal ventosidad. Los hombres la miraban perplejos, no dando crédito al hecho: que una mujer en público soltara esa muestra de gas con ruido. Ella sonreía y sacaba un teléfono móvil. Los hombres y el espectador entendían que el ruido no provenía de su retaguardia y de su necesidad de aliviarse, sino que era un tono de broma para el móvil. El ruido de una ventosidad. El locutor decía: “¿Quieres tener esta broma en tu móvil? Envía Pedo al…” y recitaba un número de teléfono. Muy mal tiene que estar la cosa para que vendan sonidos de pedo para el móvil. Lo peor es que habrá gente que pague por bajarse ese tono. Tan lamentable y bochornoso que no me lo creía, al principio. Lo repito: “Envía Pedo al…”
A menudo recibo invitaciones por correo electrónico en las que me aseguran que soy maravilloso y que necesitan mi obra en tal o cual página web. Como soy suspicaz, siempre analizo la web completa, sobre todo la letra pequeña. Suelen ser portales en los que te registras para que cuelguen algún cuento tuyo, pero para mantenerlo debes pagar una cantidad de dinero. A eso lo llamo yo una estafa. La semana pasada recibí una invitación por correo electrónico de un país de Latinoamérica. Me invitaban a participar en un encuentro internacional de escritores. No me fío ni de mi sombra, así que analicé la página, el correo y los documentos adjuntos. Al principio no encontraba el truco, todo parecía correcto, en orden. Tras muchas vueltas y tras leer la letra pequeña, di con ello: en ningún momento hablaban de pagar a los participantes, ni las dietas ni el billete de avión ni los gastos que ocasionaría alojarse en un hotel; y además, por inscribirse para participar, cobraban ciento cincuenta dólares. O sea, además de gastarte dinero en viajes, comidas y alojamiento, tienes que pringar talegos.
martes, febrero 03, 2009
Sound Bites. Comerse el mundo de gira con Franz Ferdinand, de Alex Kapranos

Alex Kapranos, cantante de la banda Franz Ferdinand, fue chef y pinche de cocina antes de triunfar en la música. The Guardian le encargó una serie de crónicas sobre sus viajes y la comida que probaba estando de gira. Supone otra perspectiva de los libros de viajes: Kapranos recorre el planeta, no se pierde detalle y nos cuenta lo que ve y lo que come, considerando siempre que la comida es una aventura. Y el lector parece estar en continuo movimiento porque el autor no para: Glasgow, Nueva York, Seattle, París, Múnich, Milán, San Sebastián, Madrid, Sidney, Hong Kong, Londres... Está aderezado con los dibujos de Andrew Knowles, teclista del grupo, y al final se incluye un pequeño apéndice con las direcciones y horarios de los restaurantes que Kapranos cita. Muy ameno y muy interesante. Copio unas líneas:
Cuando estoy de gira, no percibo el paso del tiempo en el cambio de estaciones de la misma forma que en la vida real. Entre bastidores o encima del escenario puede ser cualquier época del año. Para recordarme a mí mismo que es invierno me voy con los otros del grupo al Christkindlmarkt, en Múnich. Bajo nuestros pies, las hojas de arce están tan secas y transparentes como el aire helado. Cruzamos los raíles del tranvía hasta la pista de hielo que hay al pie del majestuoso edificio del Justizpalast. El ritmo machacón del Schläger-Eurobeat impulsa suavemente a los muniqueses, que recorren la pista de hielo haciendo círculos. Los niños que están empezando a andar aprenden a mantenerse en pie mientras patinan, agarrándose a un oso de plástico con esquís.
El aire huele a humo y especias. Paul, nuestro batería, mordisquea un Schweinenackensteak con una salsa de cebolla que le escurre por los guantes de cuero. Me ofrece un bocado… Está bueno. Es un bocadillo de carne de cerdo con un sabor intenso y especiado, como a jabalí.
El aire huele a humo y especias. Paul, nuestro batería, mordisquea un Schweinenackensteak con una salsa de cebolla que le escurre por los guantes de cuero. Me ofrece un bocado… Está bueno. Es un bocadillo de carne de cerdo con un sabor intenso y especiado, como a jabalí.
La duda

John Patrick Shanley adapta su propia obra teatral, sobre dos monjas (Meryl Streep y Amy Adams) que sospechan, aunque sin tener pruebas, que el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) podría haber abusado de uno de los niños del colegio en el que los tres enseñan. El director logra que esa duda que atormenta a los personajes también sea extensible al espectador, quien nunca sabe de qué lado ponerse. Los tres actores (y Viola Davis, en un papel secundario) están de Oscar. Pero es Meryl Streep la reina de la función. De su personaje alegre y bonachón de ¡Mamma mia! pasa aquí a dar vida a una auténtica zorra, obsesionada con la severidad y la disciplina.
La entrega de los Goya
No sé lo que les ocurrirá a otras personas, pero para mí ver la gala de entrega de los Goya comporta numerosos sentimientos encontrados. A ratos me divierto, aunque poco, y a ratos me sonrojo, sintiendo algo de vergüenza ajena. A ratos me deslumbra el saber estar de algún intérprete, y a ratos me pregunto cómo demonios han dejado salir a ése o a aquel al estrado. A ratos me pregunto a quién se le ha ocurrido escribir esta o aquella tontería, y a ratos me digo que, bueno, qué demonios, en España somos así, y ya nos enseñó Cervantes a reírnos de nosotros mismos. Porque no nos engañemos: se pretenda o no, al final esta gala acaba siendo una especie de parodia de los Oscar. Para bien o para mal. Al día siguiente leí crónicas y reportajes y casi todos los comentaristas ponían a parir el tinglado. Pero a mí me parece que, aunque hubo muchos errores (en la línea habitual), también hubo aciertos, cosas que me agradaron en este reparto de premios que parecen elegidos por políticos del PSOE. Y si no me creen, vean la lista de ganadores: destila buen rollito y elecciones políticamente correctas.
Malos momentos. Empecemos por lo negativo. Los chistes y gags. Los chistes escritos por los guionistas son cada vez peores. En eso sospecho que estamos todos de acuerdo. Uno intenta verles la gracia, pero no puede. A veces incluso uno sonríe por conmiseración con el pobre actor o actriz a quien le ha tocado recitarlos. El recordatorio habitual de fallecidos me sigue pareciendo innecesario y un tostón. Porque salen desde scripts hasta peces gordos. ¿Se imaginan si en los Oscar empiezan a meter imágenes de absolutamente todos los fallecidos de la industria del cine norteamericano durante un año, empezando por las peluqueras y terminando por el clásico “best boy” de los títulos de crédito de las superproducciones? Probablemente la ceremonia duraría un mes. Luego está el exceso de publicidad. Dos o tres premios y anuncios. Dos o tres premios, un gracejo y más anuncios. Y así. Y eso por no hablar de los abundantes tropiezos y errores: nombres y apellidos mal dichos, confusiones, tartamudeos, mala organización y hasta un Goya partiéndose la crisma contra el suelo. Pero esto no es tan criticable: al fin y al cabo somos humanos y cometemos errores y seguro que si usted o yo subimos a una de esas tribunas a repartir o a recoger no lo haríamos mejor que quienes erraron. También está la ceguera de la Academia, al “castigar” a una de las mejores películas del año pasado, “Los cronocrímenes”. Hay algo que no funciona en el cine español en relación al mercado internacional. Es decir: la Academia envía a Hollywood filmes sobre la postguerra y la guerra civil, que a ellos no les interesan, mientras Hollywood prefiere hacer remakes de películas de género made in Spain, léase la propia “Los cronocrímenes”, “El orfanato” o “[REC]”. ¿Alguien lo entiende?
Buenos momentos. Muchachada Nui. Multiplíquese por tres porque fue una alegría ver al equipo de vuelta, haciendo de las suyas con su humor salvaje, mientras esperamos impacientes la tercera temporada del programa. Sus sketches salvaron la noche. Me gustaron algunos discursos, como los de Penélope Cruz, Benicio del Toro, El Langui, Nerea Camacho o Jess Franco dedicando el premio a los miles de jóvenes que tratan de sacar adelante sus cortometrajes. Me gustó el tono fresco que le dieron al elegir a tantos presentadores jóvenes. Pero lo que de verdad disfruto en los Goya es la comparencia de tantas actrices. Sé que parece una locura, pero es que me gustan más las mujeres españolas. Y, además, las actrices de este país no destrozan sus pellejos con tanto bótox, colágeno y silicona como hacen en USA.
lunes, febrero 02, 2009
Teoría del color. Antología 1977 - 2006, de Ángel Petisme

EL HOMBRE QUE ME TRAJO A BAGDAD
Los amigos me dicen que he cambiado.
Que ya no soy el mismo.
La vida es un plato insulso, sin aliño, después
de haber tocado en las noches transparentes
el cielo en las piscinas de Bagdad.
Alguien dijo: “Nosotros los de entonces
ya no somos los mismos”.
Puede que ni seamos.
El hombre que me trajo a Bagdad
se quedó allí esperando justicia.
El paisaje encendido de sus ojos en mitad de las ruinas.
Sus lágrimas no se han secado todavía.
Los amigos me dicen que he cambiado.
Que ya no soy el mismo.
La vida es un plato insulso, sin aliño, después
de haber tocado en las noches transparentes
el cielo en las piscinas de Bagdad.
Alguien dijo: “Nosotros los de entonces
ya no somos los mismos”.
Puede que ni seamos.
El hombre que me trajo a Bagdad
se quedó allí esperando justicia.
El paisaje encendido de sus ojos en mitad de las ruinas.
Sus lágrimas no se han secado todavía.
Próximamente: Hablando de leyendas

Hablando de leyendas. Poemas para España. Poemas escritos por brigadistas internacionales de las Islas Británicas que participaron en la Guerra Civil Española. Edición de Jim Jump, Antonio Díez y David González. Baile del Sol Ediciones, Tenerife, 2009. [Extraído del blog de David González]
En el teatro
Cuando uno acude a ciertos espectáculos, cine, teatro, conciertos o recitales poéticos, puede divertirse un rato si antes del inicio se dedica a observar lo que sucede a su alrededor: las reacciones del respetable, la actitud de quienes van a dormir o a matar una hora (si el acto es gratuito, desde luego), etcétera. Fuimos la otra tarde al teatro. Mientras esperaba para recoger las entradas en taquilla, entró una pareja. Él era ciego y ella parecía a un paso de estarlo, pues miraba como si todo estuviese nublado, forzando la vista, pero no llevaba bastón. El hombre, además del bastón, en la otra mano sujetaba la correa de un perro lazarillo. Un pastor alemán. Uno nunca sabe qué va a pasar en estos sitios con los animales. Es decir: no sabemos si les permitirán el paso o no. Pero sí se lo permitieron. Un perro lazarillo es el sustituto de los ojos de alguien que no ve. Y es, a la vez, su amigo, su confidente y su guardaespaldas. ¿Cuántos hombres conocen que cumplirían ese cometido constante sin pedir nada a cambio? La pareja tenía entradas para dos asientos hacia mitad de fila. La gente ya estaba sentada cuando llegaron. Los espectadores, para permitir el paso, tuvieron que salir al pasillo. Un jaleo, porque allí mismo aguardábamos unos cuantos para que nos guiaran hasta nuestra butaca. Antes de sentarme pude ver que el hombre colocaba al perro a sus pies. Y supongo que el animal estaría un poco apretado en ese espacio, pues el hueco entre las filas era mínimo, y yo mismo lo sufrí en mis rodillas.
Antes de empezar la obra me pregunté si tenía lógica ir al teatro (o al cine) sin poder ver las escenas (o las imágenes). O si tiene lógica acudir a un concierto si uno padece sordera. La respuesta es afirmativa, creo. Quienes carecen de un sentido potencian los demás, de tal manera que al oído del ciego no se le habrán escapado detalles sonoros que sin duda yo me habré perdido. Sí, los sonidos. La habilidad de los actores para moverse deprisa o despacio. Además, ¿no les ha ocurrido, en el cine o en el teatro o en una sala de conciertos, eso de que el tipo de delante mida dos metros y medio y les dificulte la visión? No me digan que nunca han estado en una de esas salas en las que te toca un sitio con una columna que entorpece el cuadro completo. Una muestra: el tío que se nos sentó delante en el teatro tenía el peinado de Tim Burton, lo cual nos robó parte del escenario. Al comenzar la obra recordé un momento de hace muchos años. Una anécdota que ocurrió en Zamora. Mi abuelo materno, que empezaba a mostrar evidentes síntomas de esa sordera propia de la vejez, fue al cine a ver “Amadeus”. Adoraba la música y un biopic de Mozart le parecía algo muy atractivo. A mí también. Me senté con ellos y, cada poco, mi abuelo le preguntaba a mi abuela por los diálogos: “¿Qué ha dicho?”, y entonces mi abuela, paciente y solícita, le recitaba un resumen de las frases de los personajes. “Ha dicho que…” Y así escuché los diálogos dos veces. Recitados por Salieri y por mi abuela. O la primera vez que presenté un libro. Ellos asistieron al acto. Cuando terminó, fui a saludarlos y a besarlos. Ambos estaban llorando por la emoción (pese a que, probablemente, hice el ridículo durante el evento). Y mi abuelo me dijo: “Ha estado muy bien, José Angel. Aunque no he entendido nada porque no os oía desde aquí atrás”.
Mientras duró la función de la otra tarde en el teatro hubo lo habitual en la mayoría de estos casos: gente tosiendo con violencia, gente carraspeando para aclararse la garganta, algún teléfono móvil, algún comentario a media voz. Y, por cierto, quien mejor se portó allí fue el perro. Ni un suspiro, ni un ladrido. Nada.
domingo, febrero 01, 2009
Lluís Ribas y Santiago Montobbio

El próximo día 4 de febrero de 2009 tendrá lugar en el Claustro del Real Monasterio de Sant Cugat del Vallès, la presentación de la colección de pinturas de Lluís Ribas "Los colores del blanco". Al mismo tiempo se presentará el libro editado con motivo de dicha colección escrito por el poeta Santiago Montobbio.
La exposición podrá visitarse seguidamente en la casa de Cultura de Sant Cugat, donde permanecerá abierta hasta el 28 de febrero. Durante el mes de abril, esta exposición se inaugurará en la Wally Findlay Galleries de Los Ángeles, y posteriormente será presentada en la Wally Findlay de Nueva York.
La exposición podrá visitarse seguidamente en la casa de Cultura de Sant Cugat, donde permanecerá abierta hasta el 28 de febrero. Durante el mes de abril, esta exposición se inaugurará en la Wally Findlay Galleries de Los Ángeles, y posteriormente será presentada en la Wally Findlay de Nueva York.
De e-books y wi-fi pública
En las terminales de espera de los aeropuertos es frecuente ver a viajeros solitarios que sacan su ordenador portátil de la cartera, lo colocan sobre las rodillas, se conectan a internet mediante wi-fi y navegan o chatean o comprueban el correo electrónico mientras aguardan el momento del embarque. Eso también lo he visto en algunos pueblos, en puntos de la calle donde hay conexión inalámbrica y la gente va con su portátil y logra una conexión sin pagar un céntimo. Leo que la wi-fi pública va a llegar o ha llegado ya a unas ciento cincuenta ciudades españolas. La conexión la financian con publicidad. Al parecer, y como es lógico, no se compite con la velocidad que venden y ofertan las empresas. Me pregunto si en Zamora hay conexión inalámbrica en algunos puntos de la calle. Pero de la de verdad, de la que funciona. No aquello de “La ciudad mejor conectada del mundo”, que sólo sirvió de estafa. Supongo que no, o al menos no he encontrado noticias al respecto. Ya me pongo en lo peor: supongo que si funciona de veras tardará más tiempo en llegar a mi ciudad. Y a mí me vendría de maravilla esto del wireless público en mis visitas a Zamora: unos amigos me han regalado un ordenador portátil que no usaban y, por tanto, puedo viajar sin tener que recurrir a cibercafés y a casas de colegas y familiares.
Dicen que ya hay más de mil millones de internautas en el mundo. Yo no podría vivir sin internet, pero, ojo, como herramienta de comunicación y búsqueda de información y de ocio. Porque para mí el verdadero paraíso consiste en ir al cine o en sentarme en el sofá y abrir un libro. Esta semana nos sorprendía una noticia respecto a las publicaciones digitales: la agencia de la prestigiosa Carmen Balcells ha empezado a colgar en la red algunos de los libros de su catálogo. Autores como Cela, Delibes, García Márquez o Cortázar. El precio es de cuatro euros con noventa y nueve céntimos. Ahí lo tienen: el e-book o libro electrónico en manos de las grandes empresas. Porque una agencia literaria no es otra cosa. Habrá quienes se echen las manos a la cabeza. Pero esto es como lo que ocurre con las redes de intercambio de archivos. Si no existiera la mula, tampoco me compraría el último disco de Keane (por citar un ejemplo). No. Recurriría a algún amigo para que me lo grabara. O iría a una biblioteca y tomaría prestado el cd para hacerme una copia. Con los libros electrónicos me sucede lo mismo. He descargado muchos sólo para echarles un vistazo. Si me atrae el libro en cuestión, voy a buscarlo a la librería. Si no me interesa, arrojo el archivo a la papelera. Sólo leo (siempre después de imprimirlo) algún libro si es imposible encontrarlo en las librerías. Me ocurrió con esa delicia de Georges Perec, “Tentativa de agotar un lugar parisino”, cuya traducción sólo está editada en Argentina. El libro está en la red y tuve que imprimirlo y encuadernarlo en la copistería. Pero el día en que me tope con un ejemplar, lo compraré sin pensármelo dos veces. Pero en España no se distribuye.
La iniciativa de la agencia de Balcells me parece un buen impulso para los libros electrónicos en nuestro país. Creo que esto le dará credibilidad a quienes publican sus obras en la red. Conozco gente que lo hace. Pero me temo que venden poco porque en España aún no hay fiebre por los e-books. El personal es reacio a comprar por internet. Muchos lectores creen que publicar un libro electrónico supone que el autor no es bueno. Si ahora aparecen grandes autores en la red, se dará cierto impulso a las lecturas digitales. Es de suponer que tendrán más prestigio.
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