lunes, noviembre 13, 2006

Cine inédito: Wolf Creek


Estupenda película de terror que descubrí gracias al blog Abandonad toda esperanza. Se trata de una producción australiana inspirada en hechos reales. Sí, de acuerdo, el argumento es el de siempre: tres jóvenes (dos mujeres y un hombre) van de excursión por un paisaje yermo, se les avería el coche y se topan con un psicópata. Pero, a cambio, tenemos algunas jugosas ventajas: el modo en que el director aprovecha los extensos parajes, los crepúsculos y las desérticas carreteras (algunos planos recuerdan a otro filme australiano: Mad Max); el suspense que va in crescendo, y que recuerda al reciente remake de Las colinas tienen ojos (de visión obligatoria para los amantes del género); y, sobre todo, el psicópata, una mezcla de redneck australiano y Cocodrilo Dundee.
No se entiende por qué no se ha distribuido en España, cuando supera a muchas de las películas de miedo que se estrenan habitualmente. Greg McLean, su director, ha optado por la sutileza, como en esas escenas en que sólo percibimos de manera fugaz un sótano sembrado de huesos. La acción tarda en comenzar, pero antes de hacerlo uno ya está sobrecogido. Anoche, después de verla, tuve pesadillas.

Guías alternativas para los lectores (La Opinión)

Los suplementos culturales de los grandes periódicos solían servirme de guía para comprar ciertos libros. Muchos lectores habituales también emplean este método. Compran el periódico, sacan el suplemento y se lo leen de arriba abajo. En una ocasión, visitando la librería de Miguel Núñez, en Zamora, él me dijo que las críticas y reseñas de los suplementos culturales del fin de semana se notaban al llegar el lunes: entonces, varios lectores iban a comprarle algunos de esos libros reseñados en las páginas de dichas publicaciones. Es por eso por lo que tienen tanto poder dichos suplementos. A cualquier editor independiente que le preguntes, te dirá que es muy difícil para él, por no decir imposible, conseguir que metan siquiera una reseña (ya no digamos una crítica o un análisis como Dios manda) en estos suplementos. Al parecer, eso está reservado a los enchufes, a los amiguismos y a otras transacciones de las grandes editoriales, las que tienen poder. Si no me creen, echen un vistazo a los suplementos y verán la abundancia de editoriales importantes o famosas que encabezan los libros reseñados. No lo critico, sólo lo señalo, dado que esto es ya una norma en otros ámbitos culturales. Todos van a sacar tajada y tonto el último, etcétera.
Sin embargo, esa costumbre está generando dos reacciones curiosas. La primera es que algunos lectores (es mi caso) ya apenas nos fijamos en las reseñas de estos suplementos, o no las leemos, pues va implícita la sospecha de que sólo aparecen las novedades de las editoriales grandes y, lo que resulta más pernicioso, que cada suplemento le proporcionará más espacio a los autores de su cuerda, o a los autores que tengan fichados en la editorial con la que el propio periódico comparte beneficios. Salvo excepciones lógicas, los suplementos carecen de sorpresa alguna. A veces, sí, atienden a novelas o libros de cuentos que están al margen del mercado. Pero son, ya digo, excepciones. Muchos de los libros que compro no los descubro en estos suplementos culturales de los periódicos de tirada nacional, sino buscando en otras fuentes. Y ese es el tema de la segunda reacción.
La segunda es que hoy, con la posibilidad de bucear en internet, y sobre todo en ese invento que son los blogs o bitácoras, muchos buscamos reseñas y críticas y análisis en lugares menos constreñidos por las necesidades de mercado. Es decir: el blog de un escritor, o de un lector de gustos exquisitos, o la bitácora del ciudadano de a pie medianamente entendido, me parecen ya más fiables que los suplementos al uso. Porque ahí sólo hay una cosa en juego: su gusto, o sea, un criterio que no viene impuesto desde fuera. El crítico tiene mala suerte porque le toca hacer esas críticas por encargo. El tipo que abre un blog decide qué lee y qué reseña; no le viene impuesto. Y esa diferencia me parece fundamental. En el caso, al menos, de quienes andamos todo el día buscando pepitas de oro en la red. Buscando esos libros ocultos que nos deparen la felicidad literaria. Y, últimamente, los encuentro en las reseñas de las bitácoras personales. Descubro poetas de los que no había oído hablar, me entero de libros que no verán en la lista de los diez más vendidos del mes, pero que valen la pena. Merece la pena descubrirlos, comprarlos, leerlos, disfrutarlos. De otro modo es posible que hubieran pasado desapercibidos. Las editoriales independientes o las más pequeñas se han dado cuenta de esto. Cuando leí “La Sombra del Viento”, apenas nadie le prestaba atención. Pero la descubrí en un foro en el que un puñado de lectores reivindicaba su lectura. De ahí nació su éxito. Que luego el libro guste o no, es otra historia.

domingo, noviembre 12, 2006

Indigentes (La Opinión)

Aquí ya no se libra nadie sin que le dediquen un día. Hoy, según me entero, es el Día de los Sin Techo, que es como llaman ahora a los vagabundos, a los mendigos, a los indigentes, a los limosneros y, en suma, a los pobres de toda la vida. Ocurre que nos americanizamos para lo malo, en lugar de para lo bueno, y de “homeless” hemos sacado lo de los Sin Techo, que a mí me pone enfermo porque me parece más gozoso utilizar los términos de siempre, es decir, los que he citado un poco antes y unos cuantos más. He dicho en la primera línea que aquí ya no se libra nadie de que le dediquen un día, pero acabo de caer en la cuenta de mi error: de momento, que yo sepa, no hay un Día del Heterosexual. Y poco más, porque hasta los llamados “frikis” tienen su día de celebración. Claro que, si alguien pide un Día del Hombre o un Día del Heterosexual, se le van a lanzar al cuello todos los colectivos políticamente correctos, acusándolo de machista, descerebrado y demás lindezas que se esgrimen cuando uno se reivindica como heterosexual.
En fin, que estamos en el Día de los Sin Techo. Al menos, esta iniciativa de Cáritas servirá para que la sociedad reflexione un poco, aunque no para que en la calle se deje de agredir a los mendigos. Al parecer, Cáritas ha denunciado un aumento de agresiones a quienes no tienen otro remedio que vivir a la intemperie. Al padecimiento diario de los problemas y enfermedades que estrangulan a los mendigos, tales como el hambre, el frío, los piojos, la caries, la suciedad, la gripe, las infecciones, se suma en la actualidad la agresión física o verbal. No sólo son mendigos, sino que les zurran la badana. Dicen que hay treinta mil personas en este país con esa condición de indigentes y a mí me parece que la mayoría están en Madrid. De todas las ciudades en las que he estado y recorrido, no hay ninguna otra con tanto mendigo. En casi todas las esquinas de Madrid hay un pobre durmiendo en el suelo, a la vera de un portal. Siempre que salgo a la calle y doy una vuelta, encuentro a varios de ellos. Duermen encima de cartones, se tapan con periódicos, algunos consiguen sacos viejos donde meterse a soñar, y otros, como los que pueblan mi barrio, arrastran colchones viejos y los ponen en la plaza, hasta que alguien se los lleva de allí (los colchones, no los mendigos). La noticia que más preocupa es que ha cambiado el perfil medio de los indigentes: son más jóvenes, la mitad de ellos tienen hijos y han cursado la educación secundaria. En estos tiempos que corren, si uno no se las apaña bien, puede pasar de ejecutivo a vagabundo en un abrir y cerrar de ojos. Se han dado casos. Se siguen dando.
Madrid da tantos pobres que parece de película. Pero es la realidad, y la realidad siempre es más triste de lo que nos habían contado en la infancia. Una tarde, por Sol, me crucé con un chaval indigente y sin brazos. Se mantenía en pie, y sujetaba con los dientes un vaso de plástico para que le echaran dentro la calderilla. Ese muchacho y una anciana de unos mil años, ataviada de negro y con un rostro de cien arrugas, quizá sean las cosas más fuertes que he visto por la capital. El lema de este día es el siguiente: “Sin techo, sin derechos. Hoy también duermo en la calle”, y la campaña la organizan Cáritas, la Federación de Asociaciones de Centros para la Integración y Ayuda a los Marginados y la sección española de la Federación Europea de Asociaciones Nacionales que trabajan con Personas sin Hogar. Desgraciadamente, para concienciarnos de este y otros problemas, tiene que salir un vocalista cortándose la melena.

sábado, noviembre 11, 2006

Cobertura (La Opinión)

Me resulta difícil digerir la amplia cobertura que se le está dando al tipo este, Bisbal, por haberse cortado la melena por una buena causa. No me parece noticia que un fulano vaya al peluquero o se corte él mismo los rizos, como ha sido el caso. Y así lo hemos encontrado en la prensa e incluso en la televisión: "Bisbal se corta los rizos por una buena causa". Menudo sacrificio. Como en este país somos así, el personal se ha apresurado a decir: "Fíjate, qué valiente. Qué buena causa. Ha señalado un problema que nadie quería ver y lo ha hecho sacrificando sus célebres rizos. Así se hace. Es un artistazo". Paridas semejantes son habituales en España, donde nos venden una maniobra de marketing con el envoltorio de "la buena causa" y nos la creemos. No dudo que el cantante denuncie de verdad la utilización de menores en conflictos armados, no dudo que le reviente ver a un crío con un fusil al hombro, igual que a los demás. Sí, va a dar un donativo con lo que recauden por el vídeo. Pero sospecho que han aprovechado que necesitaba un cambio de imagen para meterlo en un videoclip, vender más discos y proporcionarle una cobertura brutal. En el marketing se suelen utilizar esta clase de estrategias. ¿Acaso no han visto "La cortina de humo"? Pues eso.
Hago la prueba: pongo en el Google Noticias el nombre de este cantante. Me da setecientas veintinueve entradas; o sea, setecientas veintinueve noticias en los últimos días. En cambio, recibo un triste comunicado: el compositor Basil Poledouris ha muerto, a la tierna edad de sesenta y un años. Y, en mis búsquedas por Google, sólo encuentro un puñado de medios que se hayan hecho eco de la noticia. Y no estamos hablando de ningún "mindungui". Cualquiera con buen oído le dirá que Poledouris era un maestro. Componía música para las películas y para la televisión. Cualquier amante de las bandas sonoras está estos días de luto. A la mayoría de los lectores no le sonará el nombre. Pero han oído sus temas docenas de veces. Cito algunos de sus más celebrados títulos: "El lago azul", "El gran miércoles", "Conan el Bárbaro", "Conan el Destructor", "RoboCop", "Amanecer Rojo", "Adiós al rey", "La caza del Octubre Rojo". Tengo un par de colegas que afirman que la mejor banda sonora de la historia es la de "Conan el Bárbaro". Yo ya había visto la película varias veces, pero no recordaba la música. Volví a escucharla hace unos años y hoy está entre los discos que escucho habitualmente. Luego busqué por algunos portales de música de películas y la opinión de estos amigos no es la única: para mucha gente es el mejor soundtrack que existe. Poledouris ganó algunos premios, pero jamás el Oscar. Ahora que ha muerto, seguro que le dan un premio póstumo: justo cuando ya no le va a hacer falta, pues en los cementerios no se necesitan para nada los galardones y las medallas. Este compositor le dio tanta fuerza a Conan con sus temas que, sin esa música, el guerrero de Cimmeria ya no es el mismo; al menos en el cine. Este verano, por cierto, Poledouris participó en la segunda edición del Congreso Internacional de Música de Cine Ciudad de Ubeda.
Algunas mañanas, que se le dé cobertura a maniobras comerciales como la de Bisbal haciendo de peluquero de sí mismo (ya sé que sus fans se me echarán a la yugular), y se releguen otras noticias más importantes, le pone a uno de malhumor. Ya lo criticó una vez Arturo Pérez-Reverte en un artículo: esa manía de las modelos, las petardas y los petardos de hacer un gesto, posar dos minutos para la foto con un niño famélico y ganar puntos en su currículum. Mientras otros están de luto por los rizos tirados al mar, algunos lo estamos por el músico de "Conan".

viernes, noviembre 10, 2006

Libro: Hogar, dulce hogar, de Sam Lipsyte


He aquí un libro divertidísimo, admirado por Eugenides y Palahniuk. Sam Lipsyte, de quien en España sólo conocíamos ese estupendo cuento titulado El brazo malo, presenta una novela que algunos han querido ver como La conjura de los necios de nuestro tiempo.
Lewis Miner, el protagonista, es un perdedor a quien no le han ido bien las cosas, un auténtico loser (Soy bastante feliz a mi estilo infeliz). Cuando recibe en su buzón la revista de su instituto, decide escribir cartas en las que ajustar cuentas con antiguos profesores y alumnos. Cartas que, por supuesto, no le publican. Muchos de los ex alumnos son, ahora, celebridades, tíos que han salido adelante en el deporte, la música o la medicina. Miner, en cambio, se gana el jornal inventando falacias para una compañía de refrescos (y él los camufla como datos históricos). Ha llegado a un punto en el que acepta su situación: Mis desventuras me han enseñado a codiciar las cosas pequeñas, a apreciar, en resumen, el bailar con la más fea. Mientras escribe esas cartas, tiene encontronazos con algunos de esos profesores y alumnos, hasta llegar a la fiesta de reencuentro del final del libro, donde descubre que la vida no consiste en el éxito o el fracaso, sino en apurarla hasta las heces: Mirad. Me gusta cascármela. Un montón. Como comida basura. Soy un gordo de mierda. Antes me decía a mí mismo que no me podía permitir la comida buena, pero probablemente no sea más que pereza. O sea, ¿cuánto vale una lechuga? ¿O unos espárragos? Bebo demasiado. He perdido a mi prometida. Me estoy enamorando de otra mujer y es probable que la pierda también. Solía ser listo para mi edad, pero envejecí. Últimamente leo un libro y luego no me acuerdo de una palabra. Pero las frases malas de las películas estúpidas las recuerdo durante semanas. ¿He mencionado lo a menudo que me la casco? (...) Os diré una cosa. Voy a vivir mi vida, no a dejar que mi vida acabe conmigo. O mejor dicho, voy a vivirla hasta que acabe conmigo.
A destacar: la inventiva constante del narrador y el ingenio de los diálogos, muy en la línea de la comedia americana.

Citas. 10



En España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban.

Ramón del Valle-Inclán, Luces de bohemia

Próximos eventos (La Opinión)

La semana que viene está cargada de eventos que me interesan. Dudo que pueda acudir a todos. Mi intención es buena, aunque luego las cosas se tuerzan por culpa del olvido o la falta de tiempo. Por si acaso no pudiera asistir a todo, dejo aquí constancia de esas citas: quizá a alguien que viva en la capital le apetezca apuntarse. Me ha llegado por correo electrónico la presentación de una novela en la Librería El Bandido Doblemente Armado, que está por Fuencarral. El libro es “La vendedora de tornillos o Tratado de las almas impuras”, de Pilar Bellver. No la conozco ni he leído nada suyo, pero tengo el libro en casa y del primer vistazo se concluye que tiene buena pinta. A la Librería El Bandido voy de vez en cuando, a darme una vuelta por las estanterías, que están bien surtidas y a veces se encuentran rarezas, como el día que topé con “Los Ángeles del Infierno” de Tom Wolfe, libro que en Salamanca me harté de buscar. Es posible que mi visita dependa de si me he leído la novela o no, y dudo que me dé tiempo. No hay cosa más fea que acudir a una presentación en la que alguien le dice al autor que su libro es buenísimo sin haberlo leído. Se nota demasiado, como cuando en la facultad nos inventábamos el análisis de los libros-ladrillo que nadie leía.
El cartero me trajo la invitación al estreno en Madrid de la obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca, “El mágico prodigioso”. Es la versión del zamorano y amigo Daniel Pérez, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. La cita es el miércoles por la tarde, en el Teatro Albéniz. Gente que vio este montaje en Zamora me ha hablado muy bien del mismo. En las paredes de los pasillos del metro madrileño ya cuelgan los carteles de la obra, en cuyo reparto figura Xavier Elorriaga, que a mí me parece uno de los grandes aunque se prodigue poco. Daniel ha adaptado el texto, según dicen, respetando a Calderón, pero haciendo más comprensible la obra para el público. No pude asistir al estreno en mi ciudad y ahora me ha llegado el momento de desquitarme. El primer día en que topé con uno de estos cartelones, en el metro, me paré para buscar el nombre de Daniel entre los créditos. Y sí, allí estaba. ¿Qué quieren que les diga? Me llenó de alegría. La obra permanecerá unas dos semanas en cartel.
El viernes comienza otra cita. Del diecisiete de noviembre hasta el veinticinco del mismo mes se celebra el Cinemad, la versión cinematográfica e independiente del Festimad. Es la edición número trece y la primera vez que me entero de la existencia de este festival. Acabo de consultar el programa y se me ha caído la baba. Quien quiera verlo al completo, que entre en la web de Cinemad. Apunto aquí lo más interesante, a mi juicio. Un maratón de la medianoche hasta la madrugada que abarca cuatro filmes: entre ellos, la última sensación de Sitges, “The Host”, “revival” del cine de monstruos dirigido por el autor de la brillante “Memorias de un asesino”, y una de Kim Ki-Duk, un asiático que me dejó maltrecho y extasiado con “La isla”; el problema es que para dicho maratón se requieren invitaciones por sorteo. La programación incluye cortometrajes de Nacho Vigalondo y de Koldo Serra, un ciclo sobre los “Nuevos malditos españoles”, películas inéditas de David Cronenberg y obras de Gus Van Sant, Elio Quiroga, Darío Argento, e incluso ponen esa maravilla de serie B titulada “Bubba Ho-Tep”, un divertimento basado en el cuento de Joe R. Lansdale, película que vi hace unas semanas y que rescata a un Elvis avejentado y con el rostro de Bruce Campbell. Algunas actividades coinciden. No obstante, procuraré entrar en un par de salas. Y el sábado, si nada se tuerce, una fiesta entre amigos zamoranos.

jueves, noviembre 09, 2006

La cima de Cormac McCarthy


El País, sobre The Road:
-Es el libro más oscuro de Cormac McCarthy, desde su negra portada hasta el paisaje sombrío que preside cada una de sus páginas, pero ha colocado al gran escritor norteamericano en las listas norteamericanas de best seller, superpobladas este otoño de libros nacidos para vender. The road ha sido saludada por la crítica como la obra maestra máxima del novelista magistral.
-El primer toque de atención sobre The road lo dio William Kennedy, el autor de Tallo de hierro, en su reseña de The New York Times Book Review. Kennedy no solamente elogiaba sin tasa la magnificencia literaria de The road, sino que señalaba que esta vez McCarthy había abandonado las complejidades sintácticas que generalmente hacen tan difícil su lectura para escribir en una prosa ritmada, de frases breves, nada abstrusas, y profetizaba que este libro iba a suponer para McCarthy muchísimos miles de lectores. William Kennedy acertó.
-The road transcurre en un mundo literalmente quemado por lo que sin duda fue un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo con él "el camino" del título. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan todas sus posesiones, atraviesan los lugares donde el padre pasó su infancia, recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío "capaz que quebrar las rocas".
El niño tiene aproximadamente 10 años y el mundo sufrió un apocalipsis antes de que él tuviera conciencia. El padre le lleva de la mano por gasolineras abandonadas, supermercados desiertos donde tratan de encontrar latas de alubias, restos olvidados de alimentos, una lata de Coca-Cola cuyas burbujas, nuevas para el niño, constituyen un instante festivo en medio de la desolación.
Reportaje completo en El País, aquí.
[Nota: Leo este estupendo reportaje sobre McCarthy, autor del que no me cansaré de recomendar Meridiano de sangre, una especie de Peckinpah literario, cuando aún falta una semana para que aquí pongan a la venta su anterior novela, No es país para viejos]

Bajo la lluvia, sin miedo a mojarse (La Opinión)

Aspiro a ser uno de esos tipos que no corren bajo la lluvia. Y, a veces, lo soy. Cuando te has mojado durante tres o cuatro minutos, no es necesario correr a refugiarse bajo el alero de un soportal. Pero la lluvia, después de un rato de disfrute, cansa y te aproxima a la pulmonía o, en todo caso, a un catarro. Llegas a tu edificio convertido en un pez. Cuando salgo de casa, en pos de un libro que tienen en una librería de viejo, según el registro de su página web, no cae ni gota. Hago una parada en La Central, la librería moderna que tienen dentro del Museo Reina Sofía. Las escaleras crujen bajo mi peso cuando subo al segundo piso. Me llevo un libro de José María Conget, autor del que he oído mucho hablar. Luego me encamino hacia la librería de viejo, que está, según he consultado en un callejero, junto al Retiro. Mi intención es ir a pie, pero entonces comienza a llover y me lo pienso mejor. Entro en el metro de Atocha.
Dos transbordos después, salgo en una calle en la que ignoro si he estado alguna vez. Pregunto al dueño de un kiosco por la avenida donde se ubica esa librería. Dice que la encontraré al final de la calle en la que estamos. “Pero al final, al final del todo, ¿eh?”, recalca. Eso significa que está más lejos de lo que pensaba. Mientras tanto, llueve aún con más fuerza. Decido no cobijarme bajo los portales ni arrimarme a las paredes. Una vez mojado, ¿qué importa? Y, además: mis botas son viejas y no llevo uno de esos peinados de peluquería. De camino por el paseo central rodeado de árboles, miro hacia los comercios y restaurantes que hay a mi derecha y a mi izquierda. Veo uno que me viene al pelo, creo: Bar El Paleto. Porque tengo algo de paleto urbano que fue paleto de provincias; y lo digo con orgullo y en el buen sentido. Unos metros más adelante encuentro el mismo nombre para otro local: Restaurante El Paleto. E imagino que, por esa calle, se habrán perdido muchos individuos como yo, en tiempos remotos y cuando se llevaba la chaqueta de pana. Cuando llego a la librería, el hombre que hay dentro, el dueño, está colocando los libros de un par de pilas que arrancan del suelo. Saludo y espero cerca de él a que termine su labor y advierta que necesito preguntarle sobre un libro. Cuando han pasado unos minutos y me cercioro de que el vendedor está a lo suyo y no va a hacerme caso, decido investigar por mi cuenta entre los anaqueles, que despiden polvo y olor a papel antiguo y a cubierta añeja. Un olor, por otra parte, espiritualmente alimenticio. Que el tío no me haya hecho ni caso contiene la pirueta del azar: mientras busco en la narrativa extranjera, topo con un volumen de “Relatos” de Hemingway. Nueve euros. Edición del setenta y cinco, cuando uno sólo era un cachorro. Luego encuentro, en su estante correspondiente, lo que iba a buscar: la novela “Días sin huella”, en la que se basó la película de Billy Wilder del mismo título. Edición del año cuarenta y seis. Me llevo ambos.
En metro he tardado demasiado, y a menudo me aburre meterme en sus vagones. Prefiero la calle, incluso con lluvia, con desesperados y ruido de sirenas. Sigo los límites del Retiro y, veinte minutos después, concluyo que me he perdido, no consigo divisar una parada de metro y no sé dónde estoy, y la lluvia me ha convertido en un amago de anfibio. Sigo caminando, con ampollas en los pies por culpa de la humedad. Sigo caminando hasta topar con algo reconocible. En mi trayecto, veo borrachos que se alojan en los portales, jóvenes mugrientos de uñas negras y sin techo, solitarios que abren una litrona mientras conversan consigo mismos. Todo está en su sitio, me digo. Incluso yo, allí bajo la lluvia, sin correr a refugiarme.

miércoles, noviembre 08, 2006

The Lost Weekend


Tuve la suerte de ver, hace años y con motivo de su reestreno en mi ciudad, The Lost Weekend en pantalla grande. Recuerdo que me cautivó. En España la titularon Días sin huella, sumaba unas cuantas nominaciones y ganó cuatro Oscar (película, director, actor, guión). A pesar del cartel de la izquierda, la película está rodada en un maravilloso blanco y negro. Pertenece a la etapa oscura de Billy Wilder y es, sin duda, una auténtica obra maestra.

Antes de Leaving Las Vegas y de Barfly y de Días de vino y rosas, The Lost Weekend analizó (como ninguna otra lo ha hecho) las consecuencias del alcoholismo. Es un devastador retrato de un escritor alcohólico, a quien interpreta un Ray Milland roto, enfermo y desastrado, en el mejor papel de su carrera.

Después de aquel reestreno en cine, la pasaron en televisión y me grabé una copia. Como no estaba en dvd, hace poco la descargué de internet. Este fin de semana volví a verla, y esta tarde iré a comprarme la edición en dvd, que salió a la venta hace unos pocos meses. No ha perdido vigencia y cuantas más veces la veo, más me gusta.

The Lost Weekend, como su título indica, cuenta el fin de semana de un escritor alcoholizado, Don Birnam (Milland), quien, pese a los esfuerzos de su novia, de su hermano e incluso de su barman, no logra salir del infierno en el que se ha metido. Lo único que importa es la botella. Para procurarse siempre el trago, Birnam esconde las botellas en los rincones más insospechados de la casa, es capaz de empeñar cualquier objeto de valor para procurarse unos dólares e ir al bar, capaz de suplicar por un chupito, de mentir y de robar.

Una de las escenas más dolorosas es cuando, atrapado por la necesidad de beber, coge su máquina de escribir y recorre las calles en busca de una casa de empeño. O aquella otra en la que despierta en un hospital, rodeado de locos y de enfermos. En el YouTube alguien ha colgado algunas de las escenas más impactantes: el primer trago de la película, la explicación a su barman de su sentimiento de grandeza al beber, la compra de un par de botellas, la súplica por un sorbo o la noche en que es acosado por las alucinaciones del delirium tremens. Sugiero no perdérselas, son muy cortas.

Wilder nos ofrece un retrato descarnado, el de un hombre que cae en el alcohol una y otra vez, un hombre que no ve para sí mismo un futuro y que cuenta en la barra del bar algunos pasajes de su pasado. Los diálogos son una delicia, y la música que compuso Miklós Rózsa contiene algunas alusiones al suspense y al fantástico cuando la cámara enfoca los vasos, los círculos viciosos que estos dejan en la barra o las pesadillas reales.

Dos días después de volver a verla, busqué el libro en el que está basada. Lo escribió Charles Jackson y creo que es autobiográfico. Por fin lo encontré en una librería de viejo, próxima al Retiro. Por doce euros conseguí este ejemplar cuya portada veis a la izquierda. Es una edición argentina del año 46. Otra joya.

Si alguien no ha visto esta película, debería saber que es de visión obligatoria.

El Fotogramas (La Opinión)

Este mes cumple la revista Fotogramas unos juveniles sesenta años. Junto al ejemplar de noviembre regalan un especial para celebrar el cumpleaños, y en la portada figura una flamante Audrey Hepburn, como no podía ser de otra manera. En la adolescencia yo militaba en las filas de seguidores de Marilyn Monroe, pero ahora prefiero a Audrey Hepburn, y no quiere decir que mis gustos se hayan estilizado, sino que tardé años en descubrir “Desayuno con diamantes” y “Dos en la carretera”, dos de las películas en las que uno querría vivir para siempre. Trae dicho especial, en sus páginas, muchos reportajes, viejas portadas, fotografías lujosas, anécdotas y artículos de algunos colaboradores. El artículo que me ha enganchado en seguida, nada más abrir el especial, es el de Jaume Figueras, porque apunta que todos nos movemos por la vida con frases recurrentes y una de las más típicas, a principios de cada mes, viene a ser la de “¿Ha salido el Fotogramas?” Con el artículo incluido, porque quienes llevamos años comprando esta publicación tenemos nuestros propios códigos y lenguajes y manías. Una de mis manías es ir preguntando en los kioscos antes de que empiece el mes, ya que a veces la revista sale a la venta antes de lo esperado y suelo comprar mi ejemplar cuando aún está caliente.
Esto de “¿Ha salido el Fotogramas?” es una frase que los míos están hartos de oír de mi boca. Si enfermaba en la pubertad y debía guardar cama y estábamos a primeros de mes, mandaba a mi madre cada mañana al kiosco, a ver si había salido el Fotogramas. Hubo un tiempo adolescente en que a un amigo y a mí nos dio por acudir a un gimnasio; y a principios de cada mes, a las ocho de la mañana, forzaba a mi colega a acompañarme primero al kiosco de La Farola, en Zamora, por ver si había llegado la revista. Allí, Chema añadía paciencia a su amabilidad, y me contaba que no la habían traído, que igual la mandaban al día siguiente. A mí esos aplazamientos de veinticuatro horas, o más, me dejaban en un estado deplorable de ansiedad y de nervios. Durante una etapa, otra de mis locuras fue controlar a mis padres mientras hojeaban la revista, no fueran a arrugarle las hojas. Hasta que comprendí, claro, que si el tiempo acaba haciendo arrugas en nuestros rostros, otro tanto habría de pasar con el papel. Y dejé de preocuparme. Como la vida es un tiovivo, y somos fieles a nuestras costumbres aunque cambiemos de escenario, me he mudado de ciudad, pero sigo comprando el Fotogramas. De mi venerado kiosco de La Farola he pasado al de la plaza de este barrio madrileño, que siempre apesta a orines caducos, a sueños rotos y a cerveza derramada.
Hay acontecimientos que nunca se nos borran de la memoria: cuando hicimos la Primera Comunión, cuando nos desvirgamos (o nos desvirgaron), cuando obtuvimos el carnet de conducir, cuando lo de las Torres Gemelas, cuando compramos nuestro primer Fotogramas. Mi primer número de esta biblia lo adquirí en el verano del ochenta y tres, por culpa de una portada con Han Solo en “El retorno del jedi”. Ha llovido desde entonces, sí. Creo que no me falta ni un número, aunque igual he perdido alguno con tanta mudanza. Como he dejado escrito por ahí, luego heredé los ejemplares de los años setenta, llenos de tías en pelotas, que me sirvieron de acicate para mis calenturas inaugurales; hace años arrojé estos números a la basura, y me quedé con mi propia colección. Ahora ando con ganas de venderla porque el papel se me sale de las orejas, pero un ropavejero del Rastro me ha dicho que no me la compra. No sé si venderla por internet o quedármela, ya que su valor sentimental es altísimo.

martes, noviembre 07, 2006

Primer paso. 24 Noviembre

Citas. 9


Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

Cinco minutos (La Opinión)

Hablábamos aquí el otro día de las colas que uno debe guardar en las grandes ciudades, mientras se van erosionando su tiempo y su paciencia, que son dos cosas que no deberíamos despilfarrar. Pues bien, luego recordé que hemos soportado peores colas en la universidad (al menos, en la privada). La diferencia es que, si uno hace cola en Correos o en la fotocopiadora de El Corte Inglés, sabe que le llegará el momento de ser atendido. Y eso no ocurría en la universidad, cuando íbamos a hacer la matrícula o a entregar los papeles para pedir la beca. No ocurría porque lo suyo era estar allí cuatro mañanas enteras, y que te tocara el turno justo cuando las secretarias cerraban la puerta del chiringuito. Había que volver a casa, muchas veces empapados de la lluvia tras haber hecho cola en la calle desde las ocho de la mañana.
Todos los años nos quejábamos los alumnos, o los aspirantes a alumnos, de esta situación. No era nada agradable presentarse a las siete u ocho, tras el oportuno viaje en autobús desde otra ciudad, y padecer varias horas guardando una cola de gente joven y harta y al final no conseguir matricularse. Tras varios viajes, intentos y madrugones, por fin lograba uno meterse en los despachos. Había muchos alumnos esperando a matricularse, sí. Pero el problema no estaba en la cantidad de chavales con los papeles en la mano, sino en los cafés que tenían que tomarse las secretarias, que eran numerosos y duraban demasiado. “Voy a tomar el café, chicas”, era la frase que uno se acostumbraba a oír. Cuando una volvía, se iba otra, y así iban haciendo interminables turnos de café que retrasaban la cosa de la matrícula. Aún era peor en la solicitud de becas. En el negociado de becas solían atender unas cuantas señoras con hábito de marujas, con el pelo muy lacado y las uñas bien limadas. Por lo general, los estudiantes las poníamos a parir en la cola de los pasillos, y hasta algún valiente se atrevía a denunciar la situación en voz alta y acababa discutiendo con ellas.
Por culpa de aquello, algún año me quedé sin beca. Iba a pedir los papeles. Los rellenaba en casa. Cogía el autobús al día siguiente, o a los dos días, dependiendo de lo que me hubiera costado reunir el papeleo necesario. Me presentaba allí y guardaba una cola de la que todos salíamos con barba y las uñas largas. A veces, cuando estaba a punto de entrar en la oficina, una señora echaba el cierre y se iban a comer, cumpliendo a rajatabla el horario, y por la tarde no abrían. De nada servía que uno le explicara sus continuos viajes hasta allí sólo con el propósito de presentar los papeles. Cuando uno lograba entrar en el negociado, que olía a café, a tabaco y a sacarina, siempre decían que faltaba un papel. Y vuelta a empezar. En una de esas, por culpa de las colas, los cierres y los retrasos, me quedé sin beca, por entregar la solicitud por debajo de la puerta fuera de plazo. Ya sabemos que los trabajadores deben cumplir unos horarios, y que hay que irse a comer, pero a uno le amargaban el curso por cinco malditos minutos. Me he acordado viendo “Pequeña Miss Sunshine”, pequeña joya sobre una familia tronada. Los protagonistas entran en un edificio para inscribir a su niña en un concurso y el plazo ha terminado hace tres minutos. Piden a la encargada que les haga el favor, que han sufrido lo suyo durante el largo viaje, etcétera. Pero la señora revenida del mostrador se niega a atenderles, hasta que otro trabajador interviene: “No importa, yo los inscribiré. Sólo son cinco minutos. No pasa nada”. Menos mal que entre aquella recua de empleadas de la universidad siempre había alguna que era amable, hacía la vista gorda y no tenía cara de marujona. Lo agradecíamos mucho.

lunes, noviembre 06, 2006

Cine inédito: The Notorius Bettie Page


Mary Harron (American Psycho, Yo disparé a Andy Warhol) dirige este biopic sobre la famosa pin-up Bettie Page, a quien interpreta Gretchen Mol. La vida de esta mujer incluye su conversión en icono pop, su paso por las páginas de Playboy, el peso del puritanismo y sus fotografías de contenido masoquista.
Si algo hay que agradecerle a Harron es: el empleo de una fotografía a veces en blanco y negro y a veces en color que recuerda a una época esplendorosa del cine, la sutileza mostrada en algunas escenas y la elección de Gretchen Mol para ajustarse a la cara y el cuerpo de Page.
Sin embargo, el producto final se resiente demasiado de esa sutileza (que, ya digo, en ocasiones viene bien: por ejemplo, cuando evita mostrarnos cómo un grupo de pandilleros la viola), y lo que era una vida sórdida y ambientada en el lado oscuro de USA termina siendo un biopic demasiado blando, una película superficial que no explora a fondo los placeres, las alegrías, los sinsabores y las penurias de Bettie Page. ¡Se me cae la baba de pensar lo que Tim Burton hubiera hecho con el mismo material, o lo que podría hacer el mismo Scorsese, de quien llegó a rumorearse hace años que pretendía rodar un filme basado en su vida!
Floja, pero puede verse por el uso de la fotografía y la actuación de Mol. [Cuando terminó, y como no me había dejado buen regusto, lo arreglé volviendo a ver Angel Face, con Robert Mitchum y Jean Simmons, que sí es una película de verdad]

Mera especulación (La Opinión)

Siento una debilidad especial por las obras de Martin Scorsese. Nacimos el mismo día de noviembre, en la universidad me licencié con un proyecto titulado “Obsesiones de Martin Scorsese a través de su cine” y compartimos gustos, pues me chiflan las historias de gángsters, de desesperados, de fracasados y de soñadores que luchan por convertir sus sueños en realidad. Esa veneración me obliga a no ser objetivo. Si Scorsese decidiera rodar las páginas amarillas o un plano de tres horas del careto de Bush mintiendo con esa sonrisa de bellaco rehabilitado, me lo tragaría. Acababa de ofrecernos la primera parte de ese maravilloso documental que es “No Direction Home: Bob Dylan”, y ya nos ha legado otra obra perfecta: “The Departed”, que no pongo aquí el vulgar título español con el que la han bautizado para no cabrearme.
“The Departed” es, como siempre en Scorsese y a pesar de lo que digan sus detractores, nervio puro. Planos sorprendentes, una banda sonora con temas míticos, diálogos al estilo clásico, actores principales y secundarios que lo bordan, un montaje de montaña rusa, un subtexto que no pillan los que sólo van a ver tiros y muertos, y un retrato a la vez fiel y a la vez exagerado de sus protagonistas (que pueden ser cómicos, taxistas, yuppies que quieren regresar a su casa, pandilleros condenados a besar la lona antes de ganar un round, mafiosos, boxeadores o individuos de la alta sociedad infieles a sus esposas). Entre mis títulos favoritos está “Gangs of New York”, algo que comparto con pocos cinéfilos. Pero “The Departed” va un paso más allá. Es el “Goodfellas” del siglo XXI, en versión irlandesa y con menos vértigo de montaje. Una joya. Con un reparto de viejas glorias y jóvenes valores que quita el hipo. Aunque se lleva la palma Jack, que así lo han llamado en el Fotogramas porque no se necesita añadirle el apellido para que sepamos quién es. Jack Nicholson y Scorsese son tal para cual porque ambos son excesivos y talentudos. No quiero extenderme más sobre la película para no destriparla y para que cada uno saque sus propias conclusiones. De lo que quiero hablar en las siguientes líneas es de Scorsese y el Oscar.
Cada vez que este autor presenta un nuevo título, apostamos que le darán el Oscar. Y, cada año que estrena, erramos. He estudiado mucho la obra de Scorsese (ya digo que presenté un proyecto, y para hacerlo tuve que leer la bibliografía que había entonces, que no era tan abundante como la que hay ahora, y leer artículos, entrevistas y ensayos, y ver las películas con el mando del vídeo en la mano para congelar algunas imágenes) y, pese a ello, continúo dándole vueltas a la razón por la cual se le escapa ese premio, que no tiene por qué ser el más importante porque el más importante ya se lo dieron, o sea, la Palma de Oro del Festival de Cannes. Creo que tengo una respuesta, mera especulación. Los filmes con Oscar a la Mejor Película suelen emocionar, hacen que las señoras, las chicas y los hombres salgan llorando a moco tendido, y podemos comprobarlo viendo “Million Dollar Baby”, “El retorno del rey”, “Gladiator”, “Titanic”, “El paciente inglés” o “Memorias de África”. Aunque hay lógicas excepciones, en estos títulos y en otros el protagonista o muere de manera muy dramática o vive una historia de amor que acaba mal. En las historias de Scorsese, no. Emocionan, pero a su manera. Están diseñadas con demasiada frialdad, y nadie acaba echando lágrimas. Sus antihéroes mueren de forma abrupta, brutal y áspera y cuando menos se lo espera el espectador, y no nos da tiempo a sobrecogernos. “El aviador” y “La edad de la inocencia” estuvieron cerca del Oscar, pero Hollywood prefiere más sentimiento.

domingo, noviembre 05, 2006

El talento de la evasión


Reportaje de Bárbara Celis en El País. Sobre J. D. Salinger, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy:
-McCarthy, autor entre otras de Todos los hermosos caballos, sólo ha concedido una entrevista en toda su vida, a The New York Times en 1992. Allí el escritor, de 69 años, declaró abiertamente su desinterés por el mundo literario y sus protagonistas y su entrega a una vida libre de ataduras que le ha llevado, más de una vez, a vivir en la miseria con tal de no transigir y aceptar, por ejemplo, invitaciones para comentar su obra en foros intelectuales.
-Ante la inminencia de su nueva obra, Pynchon se ha vuelto a poner de moda. En las librerías estadounidenses ya vuelven a resurgir sus libros. Se ha discutido sobre la veracidad o no de la sinopsis del libro, publicada en la librería online Amazon; sobre su extensión -se habla de 992 páginas y también de casi 1.200-; sobre su título, y cómo no, sobre su contenido y sus protagonistas.
-Salinger, autor del clásico El guardián entre el centeno, publicado en 1951, lleva desde aquel año huyendo de la prensa. La sensación de anonimato y oscuridad son la segunda propiedad prestada más valiosa de un escritor, proclamó hace varias décadas.
El reportaje completo, aquí.

Kavalier y Clay


Si alguien ha leído la estupenda novela de Michael Chabon, Las asombrosas aventuras de Kavailer y Clay (próximamente llevada al cine), o los cómics de El Escapista, también bajo los auspicios de Chabon, disfrutará con esta web: The Amazing Website of Kavalier & Clay. Portadas del libro, noticias, los orígenes de ambos personajes, artículos, próximos proyectos del autor, biografía... En suma, una gozada.
Los cómics, traducidos ya en España, no están mal. Pero no llegan a la altura de la novela, un magnífico fresco sobre los dibujantes de tebeos.

Citas. 8


La belleza hace verdaderos milagros. En una mujer hermosa, los defectos no nos repelen, sino que ejercen una extraordinaria atracción sobre nosotros. Incluso el vicio es un encanto en ellas.
Nikolai V. Gógol, La avenida del Nevá (incluido en La nariz y otros cuentos)

Aglomeraciones (La Opinión)

Dice uno de mis amigos que en Madrid no se puede hacer nada. Culturalmente hablando, aclaro yo; pero también respecto a otros órdenes, como pueden ser la compra o el tapeo o el deporte. Cuando llega el fin de semana, él procura buscarse las distracciones que a todos nos saben bien: teatro, cine, restaurantes. Pero es difícil acertar porque la capital es demasiado populosa y va a terminar pareciéndose a la urbe de “Blade Runner”. Me cuenta que pretende ir al teatro y el aforo está completo; para ir al teatro en esta ciudad hay que reservar entradas con una semana de antelación, salvo que uno quiera ponerse en la esquina derecha de la última fila y ver sólo medio escenario porque el otro medio lo tapa una columna. Él intenta ir al cine, pero aquí, salvo que lo tengas a cinco minutos de tu vivienda (como, por fortuna, es mi caso), hay que meterse en el coche, aguantar el castigo del tráfico, conducir con paciencia y el tiempo pegado a los talones, encontrar sitio en algún aparcamiento, afrontar las larguísimas colas para coger la entrada, llegar a la taquilla y ver que la sala donde uno iba a entrar ya está llena, decidirse por otra película, guardar otra cola en la puerta y otra más en el ambigú, si uno lleva sed y necesita un refresco, y luego soportar al becerro de la fila de atrás y al gigantón con cabeza de yunque que a uno le toca delante. Si quiere ir a un restaurante, se pasa media hora buscando en la guía algún garito con buen menú en el que haya mesa para dos o más; la gente va mucho a cenar y es un engorro si no has reservado, porque te quedas en la calle. Otra opción, que apuntábamos al principio, es la de irse de compras o de tapas o de excursión a un museo. Y el inconveniente es idéntico en todas partes: aguantar la cola. Creo que sólo he visto una vez la famosa Casa Labra sin una cola tan larga como el Monstruo del Lago Ness.
Este y otros colegas suelen contarme que resulta casi imposible hacer nada durante el fin de semana, a menos que lo tengas programado con siete u ocho días de antelación. Por eso la gente se escapa de Madrid el fin de semana. Y por eso algunos amigos míos, cuando van a Zamora, aprovechan para ir de cena, para ver los últimos estrenos de la cartelera, para tomarse unas tapas sin que tarden quince minutos en atenderte en la barra.
Es lo que hay. Si uno vive por aquí, debe aceptarlo. La oferta madrileña es variada, tan amplia que necesitaríamos varias vidas para asistir a todo. Y su problema es el exceso de ciudadanos que pululan por las calles y que quieren ir a los conciertos, a los restaurantes, a las discotecas, a los museos, a los cines, a las tiendas, a los bares, a los supermercados, a los teatros y al Rastro. En esta ciudad, en el único sitio donde no hay colas es para darles limosna a los mendigos (pero acabará poniéndose de moda, por suerte para ellos). Es la faceta a la que más me cuesta acostumbrarme. Eso de, por ejemplo, ir a sellar un sobre en Correos y que el tiempo total, desde que salgo de casa hasta que vuelvo, abarque una hora. Me cuesta acostumbrarme, pero ya lo he aceptado. Y, una vez que lo aceptas, lo demás viene rodado, aunque no te guste. Quienes venimos de ciudades pequeñas soportamos difícilmente las aglomeraciones. El colmo de este jaleo urbano es que, en las madrugadas del fin de semana, nos toca hacer cola para coger un taxi y regresar a casa, que las noches suelen ser frías y están llenas de desaprensivos. Ya lo dice Umbral, a quien leo mucho ahora que han abierto la hemeroteca de El Mundo: “Madrid, como todo conjunto urbano, tiene menos vida a medida que tiene más inmigrantes, más gente, más jaleo”.