sábado, mayo 31, 2008

Cartel y trailer de Valkyrie


Dos buenas noticias

Una buena noticia para quienes viven en Zamora o están allí este fin de semana: el estreno, mañana en el Teatro Principal, de la obra “El guía del Hermitage”, con un extraordinario Federico Luppi interpretando al protagonista. Pero no es algo que descubramos a estas alturas: Luppi siempre está muy bien en sus papeles. No le van a la zaga sus dos compañeros de reparto en la obra de Herbert Morote: Ana Labordeta y Manuel Callau. Dirige Jorge Eines. Recomiendo que vayan a verla, si pueden y les cuadra. Yo la vi en Madrid y escribí al respecto, de modo que no voy a repetir el artículo.
Otra buena noticia, de hace unos días: el próximo rodaje en tierras zamoranas de la nueva película de Daniel Monzón, titulada “Celda 211” y basada en la novela de Francisco Pérez Gandul. Monzón me parece un director interesante y proclive al riesgo, aunque me falta por ver su segundo largometraje, “El robo más grande jamás contado”. En “El corazón del guerrero”, su ópera prima, se atrevió a hacer algo que nunca se había hecho en España (o se había hecho mal y a lo barato, en producciones casposas con financiación hispano-italiana): una película de magia y espada, de fantasía y aventuras, del estilo a Conan, con la cual nos lo hizo pasar en grande en su momento. Creo que esa osadía no se la perdonaron muchos, y me refiero a quienes sólo quieren un cine español con historias ancladas en la guerra civil. Monzón dio un paso adelante. No vi su segunda obra, así que paso a la tercera: “La caja Kovak”, que no está nada mal, y que además contaba con un espléndido actor que, aunque jamás ha dejado de trabajar, está un poco desaprovechado: Timothy Hutton, en el papel de un escritor de ciencia ficción metido en intrigas varias. Y no debemos olvidar que Monzón contó con el veterano David Kelly, a quien hemos visto como uno de los abuelos de “Charlie y la fábrica de chocolate”. Kelly construyó en “La caja…” un villano memorable. “Celda 211” va a rodarse, principalmente, en la antigua cárcel de Zamora, que es una prisión legendaria por la cantidad de tipos famosos que estuvieron presos allí. Hoy está cerrada, pero de niño me daba miedo pasar cerca, cuando iba con la familia al campo o cruzaba por la carretera en bicicleta. Solía creer que por los alrededores merodeaban reclusos recién fugados, un miedo que nos inoculó el cine, pero también la prensa con sus historias de hombres que escapaban de aquella fortaleza. Parece que el único nombre confirmado para la película, a estas alturas, es el de Luis Tosar. Otro intérprete de lujo, capaz de romperte el corazón (“Flores de otro mundo”), de inspirar lástima (“Los lunes al sol”), de dar miedo (“Te doy mis ojos”, “Miami Vice”) o de provocar repulsión (“Casual Day”). Yo suelo recomendar uno de sus trabajos menos conocidos, “La vida que te espera”, junto a Marta Etura y Juan Diego.
Me alegra este asunto del rodaje en Zamora. Unas cuantas personas hemos mantenido siempre que la ciudad posee bastantes lugares dignos de figurar en series y en películas. Sobre todo si uno se dedica a buscar exteriores por el casco antiguo, la zona del Duero y sus puentes, etcétera. No sería mala idea rodar secuencias de suspense o de terror, ya fueran para el cine o para la televisión, en torno a las inmediaciones de La Catedral. Sobre todo si se ruedan en pleno invierno y en noche de lunes, con el paisaje emboscado en la niebla, en el silencio y en la soledad. Pero se ha rodado muy poco en la provincia. Si quieren saber los títulos, búsquenlos en esta herramienta indispensable: la web IMDb (The Internet Movie Database).

viernes, mayo 30, 2008

Varios trailers





Choke

Burn After Reading

Vicky Cristina Barcelona

Al otro lado del río, de Jack Ketchum


Jack Ketchum es autor de una de las novelas más salvajes y macabras que he leído nunca: La chica de al lado. La he recomendado varias veces, así que no volveré a repetirme. Ketchum es muy respetado y leído en USA, pero en España apenas es conocido. Hasta ahora, sólo se había publicado el título anterior. La otra tarde, por casualidad, topé en una librería con la traducción de The Crossings, recién editada en España, considerada por Stephen King como la mejor obra de este autor y bautizada aquí como Al otro lado del río.
Es una novela muy breve, de 108 páginas. Breve y contundente. Es un western. Pero no al uso, gracias a sus toques macabros y salvajes, propios de este escritor especializado en el género de horror. Su lectura me ha recordado a Meridiano de sangre, una de las obras maestras de Cormac McCarthy, por sus personajes crueles y su ración de gore, aquí en pequeñas pinceladas: asesinatos, violaciones, torturas y tiroteos. No está nada mal. Un fragmento:
Yacía sobre su espalda, con las piernas abiertas, desnuda desde la camisola hacia abajo. El que Elena llamaba Fredo estaba encima de ella con las rodillas apoyadas en sus antebrazos a la altura de los codos. Con las manos le sostenía la cabeza levantada -lo que debía ser muy doloroso para sus brazos, los músculos de su cuello y de su espalda- y se la movía rítimicamente hacia arriba y hacia abajo en dirección a su cadera desnuda y colgante. El indio Gustavo le sostenía las piernas abiertas por los tobillos, mientras el tercer hombre -un americano, a juzgar por su fino y largo pelo enmarañado- estaba arrodillado a un costado.

Esta tarde, en Zumárraga


Esta tarde, en la Casa de Cultura de Zumárraga (Guipúzcoa), mi amigo Pello Biain presenta, junto a Andoni Salamero, el nuevo libro de Josi Labajos. Habrá un hueco para recitar poemas y para la música. Labajos es profesor de música y vocalista y compositor de la banda Josi y Los Javis, donde también toca la guitarra eléctrica y la acústica.


Josi Labajos no sólo es músico. También ha escrito dos poemarios. El primero se titula Por tierra de nadie, y salió publicado en 2004. El segundo, Cercanías (Entrelíneas Editores), que incluye fotos en blanco y negro de Oskar Pereira, ha salido estos días a la venta y es el que presentarán esta misma tarde. ¡Suerte, compadres!

El domingo, en Madrid


Firma de autores de Baile del Sol

Del Viernes, 30 de mayo al 15 de Junio, estaremos en LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID en la caseta 348 junto a nuestro distribuidor en MAIDHISA. Allí, diferentes autores firmarán sus ejemplares:

  • Eduardo Milán y Jorge Riechmann. Viernes, 30 de 18,30 a 21,30 h.
  • Hebert Abimorad. Sábado, 1 de 11,30 a 14,30 h.
  • Ana Pérez Cañamares y Deborah Vukusic. Jueves, 5 de 18,30 a 21,30 h.
  • Matías Escalera y Lucas Rodríguez. Viernes, 6 de 18,30 a 21,30 h.
  • Inma Luna. Sábado, 7 de 11,30 a 14,30 h.
  • Verónica García. Martes, 10 de 18,30 a 21,30 h.
  • Miguel Ángel Alloggio y Nicolás Melini. Miércoles, 11 de 18,30 a 21,30 h.
  • Mada Alderete Vicent y Zara Gonzalo. Jueves, 12 de 18,30 a 21,30 h.
  • Roxana Popelka y Ángel Petisme. Viernes, 13 de 18,30 a 21,30 h.
  • Sergio Arrieta y Eduardo Rodríguez Montelongo. Sábado, 14 de 11,30 a 14,30 h.

Andan sueltos

Los chiflados andan sueltos por las calles o en los platós de televisión. Yo suelo encontrarme a algunos por el barrio. Comparecen en mi calle y ni siquiera es necesario irse más lejos para toparse con sus arrebatos. Cerca de casa, una vez, mientras me dirigía hacia una tienda de cómics, vi de frente a un señor con pinta de chiflado y de beodo. Vi que sonreía. Que me sonreía a mí, para ser exactos. Como si me conociera de toda la vida, y juro que jamás lo había visto. Cuando estuvo a un palmo me lanzó la mano para que se la estrechara. Me pareció más un borracho que un loco, así que primero esquivé sus cinco dedos y luego a él y le dije que no le conocía.
Otra noche entré con unos cuantos amigos zamoranos en un garito nocturno y nos pusimos a hablar, acodados en la barra. Entonces se metió a la fuerza entre dos de nosotros, para hacerse hueco, un fulano de mala catadura con quien me había cruzado no menos de tres veces en otros bares. Un tipo de mirada ida, al que calculo unos cincuenta tacos, y que cuando uno está tomando algo en las tascas del barrio acostumbra a acercarse a pedir cigarros, porros o monedas. Y no se trata de un tío desastrado, de un mendigo o de un vagabundo, sino de un hombre bien vestido pero al que, seguramente, le falta un tornillo. Cuando le dices que no tienes ni cigarros, ni porros, ni monedas, te mantiene la mirada durante unos segundos y es ahí donde ves sus límites: le falta una chispa, una provocación, para que su cabeza explote y se convierta en La Masa, pero sin su musculatura. Luego se aleja y les pide a otras personas. Aquella noche a la que me refiero se introdujo a la fuerza entre un amigo y yo, y depositó en la barra una mano con tres o cuatro euros. Yo le miraba atónito. Mi nariz casi rozaba su mejilla. Con sus ojos de Bela Lugosi le dijo a la camarera: “Un tercio”. Y palmoteó la barra con las monedas. Ella respondió que no: iban a cerrar (era cierto) y ya no servían. El tipo repitió la operación, pero más agresivo: “¡Un tercio!”. Y su mirada y su gesto y su voz y su palmada sobre la barra se hicieron más rotundos: “¡Ponme un tercio! ¡Un tercio! ¡Un tercio!”. Yo pensé en “Alguien voló sobre el nido del cuco”, cuando uno de los pacientes protesta porque le han quitado el tabaco: “¡Dame mis cigarrillos! ¡Son míos y los quiero!”. Al final intervino el camarero, quizá novio de la chica, y le pidió que se fuera, que estaba cerrado. En sus ojos volvió a asomar esa expresión, midiendo a los camareros, como si estuviera a punto de sacar una pistola del cinto y repartir pólvora. Lo peor eran sus uñas: uñas de bruja, muy largas, afiladas, gruesas como conchas de mejillón, rellenas de roña y de basura. Luego se marchó.
Hace unos días salíamos de casa y nos abordó un chaval. Un individuo joven con el gesto de quien habita ya las estrellas. Se empeñó en ponerse a mi lado, casi pegando su cuerpo contra el mío. “Hola”, decía. Y algo más que no entendí. Ya había visto su cara varias veces por el barrio, hablando solo o dando la brasa a los transeúntes, como “El Turu” en los viejos tiempos: esa clase de tipo. Me tendió una mano. “Quiero presentarme”, soltó, con sonrisa de lunático. Una cosa es esquivar a un borracho, y otra muy distinta tratar con alguien cuyos ojos viven en otro mundo, porque el segundo puede tener arrebatos de violencia. Le estreché la mano y dijo: “Hola, soy vuestro cuñado”. Respondí: “Encantado”. Pareció darse por satisfecho y dejó de seguirnos. Tres metros después me soltó un señor que había observado la escena: “Hay que tener valor para darle la mano a un psicópata. No sé cómo anda suelto por la calle”. La mano, al tacto, resultaba blanda, húmeda, como una merluza muerta.

jueves, mayo 29, 2008

Marginales, de Vicente Muñoz Álvarez y Mik Baró


Cuenta Vicente, en el prólogo, que lleva años gestando la versión definitiva de estos Marginales. Y la espera ha merecido la pena, aunque ya se conocían versiones reducidas, hoy muy difíciles de encontrar. En los textos de este libro V.M. da rienda suelta a todas sus obsesiones literarias relacionadas con el terror, el gótico, el simbolismo, los freaks y los inadaptados. El volumen está dividido en cuatro partes: Visionarios y malditos, Elementales, Místicos y profetas, y Monstruos y prodigios. Por sus páginas merodean lunáticos, borrachos, psicópatas, sirenas, faunos, sátiros, penitentes, ascetas, leprosos, exorcistas, zombis y toda clase de criaturas ancladas en la mitología, la leyenda y lo marginal.
A V.M. le ha salido un libro de ambiente siniestro y malsano, y desde luego muy apetitoso, con olor a absenta, flores que se pudren y humo de pipa (hay que leerlo para entender estos guiños). Sin más preámbulos, os dejo con uno de los relatos más sórdidos, y con una de las ilustraciones de Mik Baró, que ha hecho un trabajo magnífico [el libro se presenta esta tarde en León; para pedidos por correo: hectorescobar@telefonica.net]:

EL COPRÓFAGO

Era un viejo cansino y taciturno. Le veía casi todas las mañanas recogiendo en las esquinas y en los parques excrementos, su boca siempre llena de inmundicia y el aire de quien vive aislado entre el bullicio. Su expresión era lánguida y su aspecto desastrado, aunque no era ni harapiento ni mendigo. Todos en el barrio nos preguntábamos la razón que le llevaba a tal extremo y nos compadecíamos de su desgracia, procurando ocultar la aversión que nos inspiraban sus manías. A menudo pretendimos disuadirle para abandonar aquel hábito malsano, dándole limosna y ofreciéndole alimentos que él rechazaba mascullando una jerga hostil. Los niños se asustaban al verle masticar aquel sustento ignominioso y huían cabizbajos a sus casas.
Durante años fue asidua en el vecindario su presencia, hasta el punto de llegar a sernos en cierto modo familiar. Pero nadie, nunca, logró sonsacarle una palabra que diera luz a su secreto.
Un día le encontramos inmóvil sobre un banco del jardín. Solo y ligero de equipaje. Sus únicas pertenencias eran el bastón que usaba como apoyo al caminar y un par de excrementos cuidadosamente envueltos en papel de periódico.
Eso es cuanto de él pudimos saber.

Cartel de The Edge of Love


The Edge of Love es una película sobre el poeta Dylan Thomas (Matthew Rhys) y su relación con su mujer Caitlin (Sienna Miller) y una amiga de la infancia, Vera (Keira Knightley), casada con William Killick (Cillian Murphy).

20 segundos

Unas miradas
que se encuentran
en un café desierto,

un lunar
en tu cuello
que es capaz
de volverme loco,

y 20 segundos

para encender un pitillo,
dar un trago al vino blanco
y ver cómo llega un tipo

que te besa
con la mitad de ganas
que lo hubiera hecho yo.



Pablo Casares, Poemas para cruzar el desierto

Mañana, en Fuenlabrada


Os recuerdo que David González intervendrá en dos recitales:
-A las 13:20 h., en el I.E.S Federica Montseny
-A las 20:00 h., en el salón de actos del ayuntamiento, junto a: Ana Pérez Cañamares, Roxana Popelka, Teresa López (Luna), Gsus Bonilla, Andres Ramón Pérez (Kebrantaversos), Federico Otálora (Mos), Luisa Fernández, Pilar Gil, Julián Rodríguez (RRR), María Jesús Silva (Ada), Resu Bonilla y Esteban Gutiérrez (Baco).

Vistazos al futuro

De vez en cuando conviene echar un vistazo a la sección de noticias sobre nuevas tecnologías, sobre informática y aparatos de última generación. Porque es como mirar hacia el futuro, hacia lo que el futuro nos traerá. Muchas personas, a pesar de la presencia cada día más constante de internet en nuestras vidas, insisten en dar la espalda a los cambios tecnológicos. Tal vez no se dan cuenta de que, en muy pocos años, a la fuerza tendrán que utilizar ciertos aparatos. Hoy apenas se ven, en los bares, cafeterías y restaurantes, cajas registradoras como las de antes, sino ordenadores. Se hace la cuenta en el ordenador, en la pantalla se registran los pedidos en relación al orden de las mesas y, además, se controla la música que suena por los altavoces y, supongo, la iluminación del local. Otros establecimientos utilizan el ordenador y la conexión a la red: librerías, taquillas de cines y teatros, tiendas de ropa, etcétera. A mí me parece fascinante leer esas noticias porque me hablan de mundos con los que ni había soñado porque no los creía posibles o porque salían en las historias de ciencia ficción y las calificaba de invenciones descabelladas.
Bill Gates y su consejero delegado de Microsoft ya han presentado la nueva y próxima versión de Windows, que funcionará mediante pantallas táctiles. Y con eso no se refieren sólo a poner el índice sobre la pantalla y pulsar ciertos botones planos, como sucede en algunos cajeros automáticos y en los monitores de muchas cafeterías, sino a que (cito textualmente, según recojo la información de agencias que sale en los periódicos) “permitirá navegar por un mapa en internet con el dedo o tocar el piano en un teclado virtual en la misma pantalla”, además de la posibilidad de “mover fotos por la pantalla con el dedo”. No sé si recuerdan una de las películas más importantes de los últimos años: “Minority Report”, de Steven Spielberg. En ella, los protagonistas manejaban las imágenes virtuales con los dedos, algo que también hemos visto en “Iron Man”, y los periódicos se actualizaban mientras uno los leía en el metro. Y acabaremos haciendo eso, pasando las páginas de un diario digital y viendo el álbum de fotos de nuestro disco duro simplemente moviendo los dedos, como directores de orquesta, igual que hacían Tom Cruise y Colin Farrell en “Minority Report”, que me parece una obra revolucionaria porque, para prepararla, Spielberg consultó a los mejores futurólogos del mundo, que habían estudiado cómo sería el planeta dentro de unos años en cuanto al transporte, las comunicaciones, la arquitectura y otros ámbitos importantes. En unos años no será raro que vivamos en ciudades que estén a medio camino entre “Minority Report” y “Blade Runner”, otro filme innovador.
Se habla estos días del riesgo de un posible “11-S electrónico”, un atentado masivo por la red que arrasaría con la economía electrónica y provocaría numerosos desequilibrios. J. G. Ballard, en su libro de ensayos y reseñas “Guía del usuario para el nuevo milenio” escribe sobre algunos de los posibles adelantos que traerá el futuro a nuestras vidas. Entre ellos, habla de cómo serán los coches: sin volante, con paneles y botones para teclear las coordenadas de viaje y ajustes para que el hombre no asuma tantos riesgos. Cada día manejamos menos dinero en efectivo. Algunas mañanas, cuando los políticos convocan ruedas de prensa, en la portada de los periódicos puedo acceder a vídeos que televisan en directo esas ruedas de prensa. Así, uno lee o escribe ante el ordenador, escuchando la tele en directo, y luego pone la radio en el iTunes, y compra algún producto. Es lo que hay y tenemos que adaptarnos.

miércoles, mayo 28, 2008

Sopa de miso, de Ryu Murakami



Win Wenders dijo en Cannes que quería adaptar esta novela con Willem Dafoe de protagonista. Ya conocía el otro libro publicado por Ryu Murakami en España (Azul casi transparente), y lamento decir que Sopa de miso no está a la misma altura. Tiene una parte decepcionante y otra que resulta muy provechosa.

La parte decepcionante es que, como thriller, no funciona. Uno sabe lo que va a pasar desde la primera línea. No hay tensión. En este sentido, me recuerda un poco a Lunar Park, que empezaba muy bien y se convertía en un fiasco. Sólo funciona cuando, en un pasaje, asistimos a una masacre que recuerda a las mejores páginas de American Psycho.

Pero la novela esconde un as. La historia sigue a un norteamericano (el psicópata) que visita Tokio y que quiere quemar la noche, y para ello contrata los servicios de un guía japonés (el narrador). Así, juntos recorren garitos, bares de alterne, peep shows y "pubs de chicas en lencería". Y ahí es donde sí funciona el libro, en la descripción de personajes y costumbres a los que quizá el lector occidental no está acostumbrado. Y también en la crítica que Murakami hace al sistema, una sociedad obsesionada con lo material y siempre en busca de mitigar su soledad. Es, en suma, una recomendación a medias.

Mañana, en Madrid


Presentación de Errata Naturae Editores

Próximamente: Afortunada de mí


Poemario de Denise Duhamel
Prólogo de Thomas Fink
Traducción de Dagmar Bucholz y David González
T. Fink dixit: En su obra están siempre presentes referencias culturales claramente relacionadas con su país. Y por la omnipresencia de la cultura pop norteamericana en el mercado global y la importancia de las influencias hispanas en ella, estas referencias pueden trasladarse perfectamente al idioma español.
Más información en la nueva web de Bartleby Editores.

Crónicas de fin de siglo

Lánguidas mañanas tristes al filo de otro tiempo,
cuando te levantabas con resaca
y al desayunar leías el periódico buscando algún trabajo,
cuando preparabas hipotéticas oposiciones
y soñabas con proyectos locos para contener dentro
………la náusea,
cuando sentías algunas veces ganas de morir
y te sobreponías fumando
………o bebiendo
………o adorando falsos dioses,
cuando tu única aspiración era soportar la vida
y al salir te veías reflejado
en los ojos cansados de los transeúntes.
Nadie sabía con certeza lo que iba a suceder mañana,
pero todos quemaban con prisa su presente.
Se oían palabras como:
………CRISIS, DESPILFARRO O CONTAMINACIÓN
y de cuando en cuando
alguien se cargaba a siete o diez pobres diablos
para ser luego acribillado a balazos por la policía.
El mundo era un retrete donde la gente
……….vomitaba sus desgracias
y los niños envejecían en sus casas
con la resignación de los vencidos.

Se trataba, en cualquier caso, de esperar.


Vicente Muñoz Álvarez, Poemas para cruzar el desierto

103

En El Corte Inglés me encuentro al ex alcalde de Zamora. No sé si me reconoce. Espero que no. Al verlo me cercioro de lo que escribí hace poco en un artículo: el hombre termina pareciéndose a su caricatura. Y el antiguo edil se parece cada vez más al retrato humorístico que Guillermo Tostón le hacía para el periódico. Sólo le falta el bocadillo con letras sobre la cabeza.

La parodia española

Tarde de farra en Huertas. Tapeamos un poco antes de entregarnos a la noche, metiéndonos en bares donde tienen cabezas de toro colgadas en las paredes y carteles y símbolos que pregonan su condición de bares españolísimos, que son los que más entusiasman a los guiris. Olores a salsa brava, a ración de oreja y a fritura. De camino a uno de los garitos de tapas más emblemáticos, La Tía Cebolla, recordamos que esa misma noche se celebra el siempre hortera y trasnochado Festival de Eurovisión, un show que durante años me ha parecido caspa pura. Nos decimos que, hombre, ya puestos, luego habrá que ir a casa para ver la esperada actuación del “Chiki Chiki”. Aunque sea para echar unas risas y asistir a algo histórico.
Es justo al entrar por la puerta de La Tía Cebolla cuando nos fijamos en el televisor que hay al fondo, a un par de metros por encima del suelo. El bar está lleno. No hay una mesa libre y apenas un hueco en la barra, y todo el mundo está mirando a la pantalla de la tele. Más o menos como cuando entras en una tasca y hay fútbol y el personal está viendo, con mucha atención, los últimos minutos de un partido. Pues igual. Pero no es fútbol. Es Eurovisión, y entramos en el momento en que David Fernández da vida a su personaje ante las cámaras del mundo. Ya es casualidad. Así que lo vemos allí, de pie, antes de pedir las cañas y de coger sitio en el único hueco de la barra. Uno de los camareros quita la música de fondo y sube el volumen de la televisión. Para hacer la broma, supongo, apaga la tele durante un segundo y los clientes pitan y protestan. Vuelve a encenderla. Cuando el “Chiki Chiki” acaba, la gente que hay en el bar vitorea, silba, aplaude. Es ese viejo entusiasmo que ya conocemos y que significa esto: “¡Ánimo, que somos españoles!”. La gente bebe cañas de cerveza y jarras de sangría y come las raciones de paella a las que convidan con la consumición. Una ración pura y dura de España. Habrá gente a la que esto le moleste. Pero si estuviéramos, en vez de en Madrid o en Zamora o en León, en un pub de Londres o en una cervecería de Berlín, se nos llenaría de orgullo hasta el alma.
Se ha hablado hasta la saciedad del tal Rodolfo, y existen opiniones para todos los gustos. Es posible que yo sea una de las pocas personas que no han escrito acerca del tema en los periódicos y hoy quiero hacerlo. A mí el “Chiki Chiki” no me parece mal, dentro de los criterios que rodean a su confección (un producto, un invento de varios amigos, una higa a la horterada de Eurovisión), si me lo permiten. La primera vez que lo vi en la tele no entendía nada, pero mi familia me explicó que era una broma de Buenafuente and company. Entonces me hizo gracia, aunque luego he sufrido la saturación absoluta: me he cansado de verlo y oírlo, y de escuchar chistes al respecto y versiones diferentes. ¿Por qué digo que no me parece mal el “Chiki Chiki”? Primero, porque lo considero un simple divertimento. Y segundo, y he aquí lo más interesante, porque se trata de una parodia. España es un país cuya tradición viene de la parodia. Empezando por “Don Quijote de la Mancha”, que parodia a las novelas de caballerías. A partir de ahí, el resto es parodia. Aquí parodiamos a los superhéroes: “Superlópez”. A los agentes secretos: “Mortadelo y Filemón” y “Anacleto”. Pajares y Esteso fueron una burla de los playboys. “Torrente” parodia a los filmes de acción al estilo de “Cobra”. Busquen en películas, novelas y tebeos españoles y encontrarán la parodia. Puede que el único gran personaje hispano, opuesto a la parodia y exportable sea “Alatriste”. Este es un país donde sabemos jugar con el humor. ¿Qué problema hay?

martes, mayo 27, 2008

El tesoro de Sierra Madre



Anoche volví a ver este clásico de John Huston, animado por Indiana Jones y los homenajes de Spielberg en su saga del arqueólogo. Años atrás leí el libro de B. Traven y luego alquilé la película, o la cogí de la biblioteca. Ahora me la he comprado y puedo disfrutarla en VO. Me fascina el reparto (Bogart, Walter Huston, Tim Holt), los personajes polvorientos y al borde de la locura, los rostros horribles de los bandidos, la dirección de John Huston, la música de Max Steiner, la historia sobre cómo el oro y la codicia envenenan a los hombres. Ganó 3 Oscar; merecía más.

Jabones

pensad en ella:

una cholita,
de unos treinta,
de ascendencia vasca,
iribarren,

fabrica
jabones
con agua de plata,
agua de lluvia,
esencias
y una planta
que crece
sin que nadie la siembre.

fabrica
jabones
que luego vendemos
en el mercado de trueque.

porque no hay trabajo hace mucho tiempo
y comer
es muy complicado:
un paquete de arroz
cuesta lo mismo
que un par de zapatos nuevos.

por eso todo el mundo quiere irse.

por eso y porque la represión policial es brutal.

así que pensad en ella, pendejos,
pensad en laura
la próxima vez
que os lavéis
las manos.

David González, Poemas para cruzar el desierto

Este jueves, en León


Presentación de Marginales, de Vicente Muñoz Álvarez y Mik Baró:
Jueves 29 de mayo de 2008.
Instituto Leonés de Cultura. A las 20:30 h.
Intervendrán:
Héctor Escobar (editor),
Alberto R. Torices (escritor) y
Vicente Muñoz Álvarez (autor).

Sidney Pollack (1934 - 2008)


Ha muerto de cáncer Sidney Pollack, aunque el año pasado lo vimos en plena forma en la película Michael Clayton. Dirigió cintas extraordinarias entre los 60 y los 70 (Camino de la venganza, Danzad, danzad, malditos, Las aventuras de Jeremías Johnson, Yakuza, Los tres días del cóndor...), se adaptó bien a los 80 con la comedia (Tootsie) y el drama oscarizable (Memorias de África), pero no superó la prueba de los 90, donde sólo hizo filmes flojos (Habana, La tapadera, Sabrina, Caprichos del destino). La intérprete elevó el nivel, pero ya no era lo mismo que en los viejos tiempos.

Catedrales

El viernes empieza la Feria del Libro de Madrid. Creo que esperaré hasta entonces para comprarme la ración de novedades que tengo apuntadas en una lista, caso del último libro de Frédéric Beigbeder, la reedición de “La fábrica de avispas” o el tocho de Vikram Chandra, “Juegos sagrados”, del que me han hablado muy bien. Entre otros. Esperaré para beneficiarme, así, del diez por ciento de descuento que hacen los libreros durante esos días, dado que son muchos los títulos pendientes de comprar y no quisiera arruinarme de golpe.
Entre esas novedades está, por supuesto, el último libro de Julio Llamazares, titulado “Las rosas de piedra”. Llamazares es uno de los pocos escritores españoles consagrados que aún leo. Su bibliografía es afortunada: “La lluvia amarilla”, “Tras-Os-Montes”, “Cuaderno del Duero”, “Nadie escucha”, “El río del olvido”, “La lentitud de los bueyes”, “El cielo de Madrid”, etcétera. Sin embargo me falta por leer la que quizá sea su obra más conocida: “Luna de lobos”. Como vi la película hace años, he aplazado su lectura. Pero volvamos a “Las rosas de piedra”. Se trata del primer tomo de un proyecto en el que, por lo que yo sé, Julio Llamazares lleva trabajando muchos años, probablemente desde que empezó el siglo. Consiste en un recorrido por España a través de sus catedrales. Y Llamazares no es escritor que viaje desde el sofá, agarrado a las enciclopedias y sin salir a la calle, sino todo lo contrario. Lo suyo, como demuestran sus libros y sus artículos y sus reportajes, es coger el coche y viajar por el país, parando en los pueblos, comiendo en los restaurantes de carretera o en las cafeterías de las plazas mayores de las aldeas, caminando por sus calles y, sobre todo, charlando con los paisanos, que son quienes le cuentan las historias locales, las leyendas, los chismes y los rumores. En este sentido, Llamazares fue quien mejor supo continuar aquello que tan bien hacía Camilo José Cela: convertirse en “el viajero” y luego contarlo en una narración espléndida.
Durante el fin de semana, merodeando por las librerías, vi que “Las rosas de piedra” ya estaba a la venta. Estuve a punto de comprarlo pero al final lo dejé para el viernes. Lo primero que hice al coger el volumen fue buscar el índice. Sospechaba que Julio Llamazares haría un recorrido, aunque fuese breve, por La Catedral de Zamora. Y, en efecto, hay un capítulo dedicado a La Catedral. Me parece que a la Feria del Libro de Zamora asistirá el autor, lo cual supone una buena oportunidad para los lectores de escucharle. Hace años visitó la ciudad y dio una conferencia o una charla y estuvimos allí, fue en el salón de actos de alguna entidad bancaria. No es habitual que Julio Llamazares conceda entrevistas o se involucre en debates y firmas, así que, si yo viviera allí, no me perdería su participación en la feria, haga lo que haga. Estoy convencido de que su visión de La Catedral es limpia, sosegada y muy detallista, como corresponde a un escritor de su calibre. Desde que empecé a leer su obra he visto que todo lo hace bien: artículo, novela, cuento, reportaje, memoria, poema. Sólo encuentro una lacra, y es que meses atrás se sometió a una entrevista de Sánchez-Dragó. Pero nadie es perfecto, claro. Sobre “Las rosas…” él mismo ha escrito: “La razón de que haya elegido las catedrales para este viaje es muy transparente: la atracción que me han producido siempre esos fantásticos edificios que constituyen las cajas negras de nuestra historia. Conocerlas de verdad y no de paso, vivir dentro de ellas un día para sentir toda su belleza, al tiempo que se descubren sus secretos y leyendas”.

lunes, mayo 26, 2008

Cartel y trailer de Hancock


A priori, la idea de un superhéroe (Hancock, interpretado por Will Smith) alcohólico, desaseado y bastante patoso, es atractiva. El trailer no está mal: aquí.

Mañana, en Barcelona


Poemas para cruzar el desierto, de Varios autores. Edición de Ángel Sierra


Una antología muy recomendable que agrupa a 30 poetas. Los poemas, numerosos en cada caso (lo cual se agradece), van precedidos de una foto del autor, su bibliografía y su poética. El prólogo y la edición es de Ángel Sierra. Abre el surtido un poema de Roger Wolfe. En días pasados he colgado algunos textos de esta antología y esta semana colgaré unos cuantos más. Pero prefiero enumerar los poetas que salen en el libro; creo que los nombres hablan por sí mismos y en la lista se encuentran muchos de mis favoritos:
Claes Andersson, Tim Bherens, Cristina Peri Rossi, Pablo G. Bao, Luis Felipe Comendador, Eladio Orta, Michel Gaztambide, Karmelo C. Iribarren, José Antonio Martínez Muñoz, Eduardo Errasti, José Fernández de la Sota, Mariano Calvo Haya, Juanjo Barral, Elena Castillo, Manuel Vilas, Ignacio Recio, David González, Antonio Orihuela, Vicente Muñoz Álvarez, Violeta C. Rangel, José Luis Ducid, Vicente Luis Mora, Pepe Ramos, Pablo Casares, Pablo García Casado, David Méndez, Juan Miguel López, Marcos Díez Manrique, Vicente Gutiérrez Escudero y Carlos Martín Tornero.
[Gracias a Carlos Martín por el regalo]

Citas. 84



La gente nunca te odia por tus debilidades; te odia por tu poder.
Woody Allen, Adulterios. Tres comedias de un acto

Cuando Dios se olvide de mi cuerpo

El servicio
de urgencias.
Que se muera
tu compañero
de habitación.
Ver a hombres
llorar. Controlar
lo que meas
cada día.
Aguantar.
No escribir
sobre flores.
Esperar
que ella llegue
a salvarte
los huevos.
Quedarte sin tabaco
un domingo
en medio del desierto.
Que te despierten
a las seis
de la mañana.
Ponerles buena cara
a tus verdugos.
Responder
a preguntas estúpidas.
Tener que meneártela
con guantes
para hacer un cultivo
de semen
sin un puto recuerdo
que llevarte a la boca.
Repetirte un millón de veces
que no hay dolor
para poder creértelo
y que te metan
el dedo por el culo.


Eduardo Errasti, Poemas para cruzar el desierto

Despertares

Adoro esos momentos en los que escuchas una canción o ves cierta escena de alguna película o de una serie de televisión o incluso de un musical y ese fragmento de música, de escena o de obra te envía directamente de regreso al pasado. Estaba viendo un cortometraje protagonizado por Harold Lloyd, disfrutando con sus torpezas, sus humoradas y sus acrobacias. Ambientado en un tren, hacia la mitad del corto Harold se levanta después de “nueve horas y setenta y seis pesadillas” en su litera, tal y como reza uno de los letreros propios del cine mudo. Se dirige a los baños y allí encuentra tres lavabos con sendos hombres que parecen sanos y descansados, cada uno ocupando su cubil en pleno proceso de afeitado. Se han embadurnado las caras de espuma y manejan las cuchillas y, aunque no hay sonido, se nota que están felices y quizá silbando. Es una mañana plena de satisfacciones. A Harold se le nota cansado y además no tiene neceser y no va a afeitarse. Sólo quiere lavarse los dientes con un cepillo plegable que guarda en un bolso de la chaqueta.
Esta simple escena tuvo la facultad de transportarme al tiempo en que teníamos, no sé, dieciséis, diecisiete, dieciocho años, cuando todos los veranos nos plantábamos en el Camping El Folgoso, allá en Sanabria, y pasábamos unos días locos que incluían autostop, excursiones a las localidades más próximas, baños nocturnos, borracheras criminales, bailes en las verbenas y visitas a los bares más concurridos. Es decir, todo aquello que los padres desaconsejan hacer a los chavales. No me arrepiento de nada: ese tiempo ya ha pasado y que me quiten lo bailao, disfruté de lo mío y es lo que me llevaré en el chaleco, como suele decir un medio pariente que tengo en Zamora.
Pues bien, este es el recuerdo. Recuerdo ingrato, pero que ahora evoco con una sonrisa. Nos levantábamos de las tiendas de campaña muy pronto. A las ocho o las nueve, creo. No porque quisiéramos, sino porque había veraneantes madrugadores que, en las tiendas familiares de al lado, encendían las radios y las televisiones (sí, en el campo: como te lo cuento), se ponían a cantar y a conversar a gritos con la parienta. El sol, además, nos daba puñetazos, colándose entre el follaje, la tela de las tiendas y del saco de dormir. Entonces íbamos a los servicios comunales. Rotos, molidos, bostezando, con cara de haber escapado del infierno. Y aquello, durante unos minutos, era nuestro infierno particular. Habíamos dormido una o, tal vez, dos horas. Nos despertábamos con la más intolerable de las resacas. Sin afeitar, con el pelo sucio, sudados tras dormir en una tienda estrecha igual que si fuéramos sardinas en lata. Con dolor de cabeza y de ojos, mal aliento, sed y hambre. Cansados de bailar y de caminar por el arcén de las carreteras haciendo dedo. Cansados de hacer el tonto y no comer ni un rosco. A nuestro alrededor se dispersaban, cada uno instalado en su lavabo, hombres sanos, padres responsables, tipos mayores que dormían con sus novias, gente que había sobado sobre un colchón y no sobre las piedras duras del bosque, que no tenía que compartir la tienda con los amigos. Todos se afeitaban, tras haber descabezado un sueño largo y reparador. Y, a su lado, nosotros. Críos que pretendían incendiar la noche y, a la mañana siguiente, parecían recién salidos de las catacumbas. Nos mirábamos en el espejo con tristeza, con cansancio. ¡Qué caretos, santo Dios! Aquellas mañanas suponían pasearse por el infierno. El despertar no era placentero, sino una tortura. Nos lavábamos los dientes y nos íbamos a la playa, a desayunar bollos y leche condensada y a apaciguar el dolor de cabeza con el agua saludable de Sanabria.

domingo, mayo 25, 2008

Cartel de Savage Grace


Savage Grace. Adoro a Julianne Moore.

Seguro que esta historia te suena

Al fondo de la barra
una mujer; una
mujer en principio
como tantas: que fuma,
bebe, ríe, charla, y se echa
la melena para atrás;
ya digo, como tantas.


...........................Hasta que su
mirada se cruza acaso
con la tuya
–o a ti te lo parece–,
y por un breve
instante
el tiempo se detiene,
y esa mujer es única,
y todo cambia,
y todo puede pasar.

Todo.

También
–como sucede
casi siempre–
que no pase
absolutamente nada.



Karmelo C. Iribarren, Poemas para cruzar el desierto

Indiana Jones

Uno de los secretos del éxito de la saga de Indiana Jones, que gusta a todo el mundo, a espectadores de cualquier edad, es (amén del talento de la suma de sus responsables) el reciclaje de los clásicos, adaptado a los nuevos tiempos y con una pequeña dosis de leyendas y repercusiones sobrenaturales. Para la confección del doctor Henry Jones, junior, quien posee dos identidades distintas (profesor de arqueología y buscador de tesoros), como los héroes del cómic, Steven Spielberg y George Lucas y Lawrence Kasdan y Philip Kaufman desempolvaron los vestigios de los aventureros del cine clásico, aventureros que aparecían en “Las minas del Rey Salomón”, “El tesoro de Sierra Madre”, “Cuando ruge la marabunta”, “El hombre que pudo reinar”, “El secreto de los incas”, los primeros títulos de James Bond. De hecho, cada película de Indiana Jones obedece a un patrón argumental que lo asemeja a la saga de Bond, pero a la vez lo aleja merced al carisma y al sarcasmo que le imprime Harrison Ford a su héroe: un prólogo vertiginoso, una pausa ambientada en la universidad en la que Jones da clases, el leit motiv de la trama, las pistas, los mapas, los viajes en avión alrededor del mundo, las chicas, los villanos, el romance, las persecuciones y el clímax final.
Roman Gubern apunta en “Las máscaras de la ficción”, en su capítulo de análisis de la saga de Indiana Jones, que “El esquema narrativo de estas películas, a las que resultan enteramente aplicables los modelos estructurales propuestos por Vladimir Propp para los cuentos infantiles, está asentado en el itinerario-búsqueda, en el que el héroe debe superar una serie de pruebas para conseguir su objetivo. Como en las viejas leyendas, el objetivo es algún tesoro que significa poder, pero también conocimiento o sabiduría”. En cada filme sus autores se ocupan siempre de mostrarnos que los tesoros no están contenidos en las joyas, el oro o las reliquias, sino en algo menos tangible pero más importante: la fe, el saber, la salvación, incluso el reencuentro con los seres queridos, como en la tercera parte. Nos gusta Indiana Jones, además de la sabiduría narrativa de Spielberg y su habilidad para el reciclaje de los clásicos de aventuras y fantasía, por sus meteduras de pata, por su figura de perdedor que suele salvar el pellejo de milagro, por su humor en situaciones desesperadas, porque no siempre triunfa sobre sus adversarios ni obtiene cuanto busca dado que le falta la codicia propia del villano (recordemos la frase que le dicen al inicio de “Indiana Jones y la última cruzada”, cuando aún es adolescente: “Hoy has perdido, chico. Pero no tiene por qué gustarte”). Su sombra basta para evocar la emoción: sombrero, látigo, cazadora de cuero, pistola y zurrón. Y luego están los títulos elegidos, propios de los seriales y de las novelas pulp: “En busca del arca perdida”, “Indiana Jones y el templo maldito”…
“Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” sirve a Spielberg de grata excusa para devolvernos al Héroe (testarudo, vulnerable y encantador) con mayúsculas, pero también para homenajear varios títulos: “Salvaje”, “Tarzán”, “American Graffiti”, “Cuando ruge la marabunta” y unos cuantos filmes sobre la guerra fría y la ciencia ficción de los cincuenta. Con un montón de años encima, Ford/Jones sigue siendo igual de loco e intrépido cuando se lanza a repartir. La cuarta parte es un festival de carreras, persecuciones, guiños, comicidad, peleas a puñetazos, toques fantásticos, equilibrio y química entre los personajes. Lo dijo Carlos Boyero: se trata de “un espectáculo noble y para todos los gustos”. Salvo un par de fantasmadas, el artefacto es redondo y eficaz y concentra las obsesiones de Spielberg. Y hasta ahí puedo leer.

sábado, mayo 24, 2008

Euskadi y Resaca





Beodisea in Bilbo, por Vicente Muñoz Álvarez
Cara B de la beodisea, por Patxi Irurzun
Lo que me traje de Euskadi, por David González

El sarampión

tenía siete años.
tenía mucha fiebre.
estaba pasando el sarampión.
de pronto
me despertó sobresaltado
el repugnantemente familiar
sonido del Infierno.
me levanté tambaleante.
abrí la puerta.
la bota militar del hijoputa
de mi padre
aplastaba la cara de mi madre
contra el suelo.
volví a cerrar la puerta
y me metí en la cama
abrazado a la fiebre
al sarampión
a todo lo que en ese instante
pudiera darme un mínimo
refugio.

aquello ya pasó.

el sarampión persiste.



Pablo G. Bao, Poemas para cruzar el desierto

Cartel de Odio


Una producción de Pablo Crespo / Mario Crespo / David Refoyo
Estreno en Zamora el día 6 de junio

Notas al pie

  • Nota 1: Últimamente no leo mucho el periódico. Y acabo de enterarme de que ayer salió una columna titulada Titanic PP, de uno de mis compañeros del diario. Juro que no he copiado la idea para mi columna de hoy. Si luego lees ambas, lo cierto es que no tienen mucho que ver. Por otro lado, esa relación entre un partido que se hunde y un barco que se perdió en el fondo del mar la hemos visto todos, creo.
  • Nota 2: A veces la edigión digital de La Opinión de Zamora falla, y por eso en contadas ocasiones mi artículo no aparece. Pero sí aparece en la edición impresa. Lo digo porque algunos amigos me han preguntado por qué salía tal o cual artículo en mi blog y no en la versión digital. Pues por eso, porque lo digital no es perfecto. Mis artículos salen siempre, de lunes a domingo. En La Opinión de Zamora han habilitado, además, la opción de los comentarios. Los lectores pueden, pues, alabarme o criticarme, según los gustos y las manías. No sé si alguien lo hace porque nunca los leo ni los leeré. Que a nadie le parezca mal, es una cuestión simple: creo que, si alguien quiere de verdad comunicarme algo, me escribirá un mail. De tú a tú, cara a cara, sin anónimos ni máscaras.
  • Nota 3: Sigo haciendo amigos en MySpace, despacio y sin prisas. Probando, probando.

Titanic: versión alternativa

La historia nos presenta un inmenso barco en su momento crítico de gloria (el Partido Popular, en nuestra versión), al que sube un hombre que quiere comerse el mundo o ser el rey del mismo, llamado Jack y con la cara de Leonardo DiCaprio (Alberto Ruiz-Gallardón en la visión alternativa). Es un hombre que se inmiscuye entre el pueblo porque forma parte del pueblo y recorre el barco mezclándose con la plebe a la que pertenece (Gallardón cuando recorre Madrid en moto), pero también con los ricos, que son quienes pueden facilitarle otra vida. No tarda en trabar relaciones con una chica de buena familia, Rose, con los rasgos de Kate Winslet (Mariano Rajoy, ya sé que es mucho imaginar). Rose tiene una madre, Ruth (Manuel Fraga), que está todo el día encima de su hija y que quiere lo mejor para ella porque es zorra vieja y al principio quiere unirla con otra persona. Así que su propósito es arrojarla al malo de la función, porque en todo barco debe haber al menos un malvado a bordo, al que apodan Cal, a quien interpreta Billy Zane (y Esperanza Aguirre, en este montaje apresurado). Cal, o Aguirre, hará lo posible por impedir los amores entre Jack y Rose, o entre Leo y Kate, o entre Alberto y Mariano, que viene a ser más o menos lo mismo si es que a estas alturas los lectores no se han perdido. Cal y Jack (Espe y Al) acaban odiándose.
Alberto y Mariano afrontan una relación un poco tormentosa, pero Leo, o Al, o Jack, es elegido alcalde de la ciudad y, entonces sí, entonces se encarama a lo alto y pronuncia eso de: “¡Soy el rey del mundo!”. Cree estar en la cima del universo, pero sólo está en un barco. El argumento incluye una secuencia en que la chica se suelta la melena: en el caso de Rose, enseñando un seno para que lo pinte Jack (lo cual nos regocija); en el caso de Mariano, soltando algún chiste para que lo ría Alberto (lo cual nos sonroja). La trama nos muestra a los personajes paseando sus éxitos y sus miserias por el Titanic (el PP). Hay, también, una señorona oronda y resabiada a la que llaman Molly Brown, que interpreta Kathy Bates (María San Gil) y que es de las primeras en abandonar el barco cuando el barco se hunde y que salta al bote salvavidas con mucha elegancia y modales pero pensando: “¡Ahí os quedáis, majos!”. Porque el barco amenaza con hundirse, a pesar de lo que dijera la prensa: que el Titanic era lo más avanzado en tecnología y eficacia, que si iba a vencer a otros transportes, etcétera. El Titanic, durante su travesía, choca con un iceberg (la victoria del Partido Socialista en las elecciones) y todo se desmanda. Se desmanda la tripulación, el barco se empieza a ir al carajo y sálvese quien pueda y aquí paz y después gloria.
Los más listos, o los más ávidos de vivir, se preocupan por saltar al agua o darse el piro en los botes salvavidas. Ya hemos dicho que Molly, o San Gil, coge una de las primeras chalupas, aunque se le ha adelantado parte de la tripulación (Acebes y Zaplana saltan los primeros, adelantándose a las mujeres y a los niños, y es célebre la frase que pronuncia Zaplana antes de salvar el pellejo: “Hoy se acaba una etapa”). Luego está el capitán del barco, un tío de barba gris que se llama Smith (José María Aznar) y que, pase lo que pase, dice que se queda en el barco, aunque se hunda, y se agarra al timón. Billy Zane, o Espe, persigue como loco o loca a la parejita, a Leo y Kate, o a Al y Mar. Luego se cansa y se va. El casco se hunde sin remedio y los de la orquesta ponen la banda sonora. Ya saben: “Caballeros, fue un placer tocar con ustedes”. En breve, y tras muchos peligros y riesgos, Leo/Jack/Al cae, se congela el culo y sabe que está acabado, pero que siempre será fiel al barco y a su amada, que se salva. Fin.

Creatura nº 28


Sumario: Conan, entrevistas con Sor Kampana y Amable Rodríguez, poemas, relatos, viñetas, mitología celta, Redd Kross, Joe Strummer y los contenidos habituales, que también pueden verse en Creatura Digital.

viernes, mayo 23, 2008

Portadas exquisitas


Niños de 35



M. lo dijo a la salida de Indiana Jones: "La sala estaba llena de niños de 35 años, todos emocionados". Uno de ellos era yo, claro. Durante dos horas he vuelto a ser un crío, y eso está bien: te reconcilia con la aventura y lo pasas en grande. Ya hablaré de la película en algún artículo del fin de semana. Prometo no desvelar más de lo que se sabía, que era muy poco.

Darme de alta

Recupero con cierto regocijo
la libertad
la independencia
la autonomía
todas esas cosas que los psicoanalistas aconsejan

Voy al cine Verdi y no te extraño
recorro nocturnamente las calles que recorríamos
y no te busco en los portales donde escandalosamente nos besábamos

Ni elijo la última fila del cine
para no mirar la película
sino tus ojos

No me hundo en ti
como en un naufragio
dorada playa donde solía reposar
como una gaviota fatigada

Es más:
a las tres de la mañana
cuando escucho el ruido del camión de la basura
no recuerdo que a esa hora
cada noche
nos amábamos hasta el escándalo
y la fatiga

En cualquier momento
la psico me da el alta.


Cristina Peri Rossi, Poemas para cruzar el desierto

Adulterios. Tres comedias en un acto, de Woody Allen


Portada del libro del que hablo en el artículo de abajo, o en enlace directo: aquí.

Hamlet con Prozac

Pocos artistas tienen esa capacidad inagotable de Woody Allen para ensamblar en el mismo discurso el humor y la profundidad filosófica. Con la mano derecha Woody Allen escribe algo que te hace reír, que provoca carcajadas o sonrisas; con la mano izquierda escribe otra cosa que te obliga a reflexionar, a plantearte la vida y la muerte. La única faceta que no me entusiasma de este director y guionista y escritor es cuando se pone demasiado serio y quiere emular a Ingmar Bergman. Por ejemplo, “Septiembre” y “Otra mujer”. Demasiado profundas y dramáticas, aunque la primera de ellas la vi con dieciséis años y quizá no era la época adecuada. Tal vez debería revisarlas.
Hoy quiero escribir no del cine de Allen, sino de las obras que, poco a poco, está publicando Tusquets. Una labor editorial que a mí se me antoja importantísima y que no sé si los entendidos le están dando la relevancia que merece. Tusquets publica sus mejores guiones (aunque se le han escapado algunos, que editó Ocho y Medio), sus cuentos y perfiles y sus obras de teatro. Guardo en mi biblioteca el volumen “Cuentos sin plumas”, lo leí hace años y es una maravilla. Risas y filosofía. De vez en cuando compro algunos guiones. En cuanto a las obras de teatro, ya tenía “Sueños de un seductor”, adaptada luego al cine. La otra tarde, aprovechando que acaba de salir en bolsillo y, por tanto, me ahorro unos euros, compré “Adulterios. Tres comedias en un acto”. Por lo que sé al respecto, en España una compañía, al menos, ha representado este conjunto de obras breves. El anterior libro de Allen, “Pura anarquía”, tuvo algunas malas críticas, pero yo me lo pasé en grande leyéndolo. Quizá no era tan bueno como los volúmenes que integran “Cuentos sin plumas”, pero en absoluto me pareció desdeñable. Y es que Woody Allen es eficaz y genial incluso cuando es flojo (véase “Scoop”); y en esos casos es flojo, me temo, por voluntad propia, porque le gusta echar el freno y bajar el listón, tirar de comedia desenfadada y ligera y hacérnoslo pasar bien sin muchos quebraderos de cabeza. No podemos culparle.
“Adulterios” agrupa tres obras, tituladas “Riverside Drive”, “Old Saybrook” y “Central Park West”. Hay pocos personajes, y contienen todas las señas de identidad de Allen: son neuróticos e hipocondríacos, van al psiquiatra, se comen el coco pensando en la muerte, manejan el cine y la literatura en sus discursos. En las tres obras nos presenta distintos enredos: parejas que ponen al descubierto sus mutuas infidelidades. Aunque el tono es cómico, hay mucha miga. Allen disecciona las relaciones y se pregunta qué lleva a un matrimonio en apariencia feliz a burlar a sus costillas liándose con otras personas. Lo mejor es que estas obras están llenas de perlas. De réplicas ágiles y de frases jocosas. Hal, un personaje, argumenta: “Lo que quiero decir es que en un matrimonio tiene que cultivarse la frescura, un matrimonio tiene que renovarse. De lo contrario, no hay música en la relación, y la música lo es todo”. Carol y Phyllis discuten porque la primera se ha liado con el marido de la segunda, quien exige explicaciones. Carol dice: “Él se me acercó… Yo estaba mirando los fuegos artificiales y me susurró al oído: ¿Puedes comer conmigo la semana que viene sin decirle ni una sola palabra a Phyllis? Bueno, ya puedes imaginarte, me sorprendió un poco”. Y Phyllis responde: “Por supuesto. Seguro que empezaste a lubricar”. Hal también apunta: “Ahí fuera hay millones de personas tan atormentadas como Hamlet en todos los aspectos. Son como Hamlet, pero tomando Prozac”. Creo que esta frase con un toque de humor resume a la perfección la obra de Woody Allen: Hamlet con Prozac.

jueves, mayo 22, 2008

Hoy es el día




El martes pasado fui a comprar la BSO de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, ya que tengo los discos originales de las películas anteriores; ese día salió a la venta y, al llegar a Fnac, un encargado me dijo que sólo quedaban dos copias. ¿Cuántos discos venden tanto el día de salida, en estos tiempos? Indiana Jones obra milagros. Y yo ya tengo las entradas para el estreno de hoy, en VOS. He esperado demasiados años para aplazarlo un día más. Mientras tanto, me quedo con lo que dijo Carlos Boyero sobre el filme:

Y el lujoso experimento no le ha fallado. Esta divertida película es lo que pretendía ser, alcanza su objetivo con poderío y fluidez, mantiene las esencias primitivas, entretiene, hace reír, se percibe que el guionista David Koepp se ha ganado el mareante sueldo, que sigue admirando la pericia técnica y la capacidad inventiva de Spielberg, ese camaleón que lo sabe todo del cine, con apabullante brillantez en cualquier género que aborde.

El espectáculo no decae. El sentido del humor y de la parodia tampoco. Las persecuciones son la bomba, los gags funcionan. (...) Y aquí el divertimento está magistralmente logrado. Imagino que esta película va a arrasar. En la gran pantalla, en el espacio natural para sus características. Se lo merece.

[Artículo completo: aquí]

Día 30 en Fuenlabrada

Recital poético
Salón de Actos del Ayuntamiento de Fuenlabrada
(C/ Hungría s/n)
Viernes, 30 de mayo, 20:00 horas
En carne viva
Autores:
David González / Ana Pérez Cañamares
Roxana Popelka / Teresa López (Luna) / Gsus Bonilla
Andrés Ramón Pérez (Kebrantaversos)
Ceferino Otálora (Mos) / Luisa Fernández / Pilar Gil
Julián Rodróguez (RRR) / Maria Jesús Silva (Ada)
Resu Bonilla / Esteban Gutiérrez (Baco)

ESFERAdeLETRAS

La última vuelta

Hoy es mi cumpleaños.
He llegado a la edad de la jubilación.
Quizás sea buen momento
para arrancar de nuevo,
esta vez en serio.

Tim Bherens, Poemas para cruzar el desierto

Obra selecta, de Jack el Destripador



A pesar de lo que indica la portada, la verdadera autoría de este libro corresponde a Javier Terrisse y a Gonzalo Torné, quienes han escrito un inquietante y espléndido ensayo sobre los crímenes de Whitechapel que aúna con destreza la historia, el reportaje y la ficción. Aunque lo camuflen como prólogo, el auténtico sentido y el interés de este título residen en el trabajo conjunto de ambos, que aderezan las páginas con fotografías y dibujos de la época y algún mapa. Al final del volumen encontramos una selección de 20 cartas firmadas por Jack The Ripper, en inglés y en castellano, y las imágenes originales de esas misivas. Los crímenes de aquel misterioso tipo se recrean con todo lujo de detalles y sus evisceraciones ponen los pelos de punta.

Made in Zamora

Sacar adelante los proyectos culturales en Zamora supone, las más de las veces, un esfuerzo heroico, hercúleo, casi próximo a la locura. Todo son escollos. Grupos de música que no encuentran sitios donde ensayar y menos aún donde tocar y que suelen ser ninguneados en los programas de festejos del Ayuntamiento, siempre más preocupado por el folclore y el sabor local (que no sé muy bien qué demonios significa eso). Artistas a quienes les cuesta un horror conseguir un hueco en las salas de exposiciones, cuyos responsables parecen preferir todo cuanto viene de fuera, de otras provincias. Escritores y cineastas que empiezan sus carreras soportando el ruido de las puertas cuando se las cierran en las narices. Escasez de ayudas. Inquina y mala baba de un alto sector de la población cuando, finalmente, esas personas consiguen algo de atención y salen en el periódico o en la televisión local hablando de sus proyectos, en los que hubo mucha ilusión y poco dinero. Libreros que van agotándose poco a poco, año tras año, en su lucha por llevar algo de literatura a la ciudad, y que empiezan a cansarse de organizar ferias y días de firmas porque las cuentas, a la postre, no compensan. Ya leímos lo que dijo Luis González, uno de los libreros de cabecera de nuestra ciudad y presidente de AZAL, refiriéndose a la próxima edición de la Feria del Libro de Zamora: “Casi me da vergüenza decir los pocos que salimos con los libros a la calle”. A mí también me la da, así que no enumeraré las librerías que participan en la feria. Luis está cansado, parece. Y no me extraña. Demasiado ha hecho ya.
A pesar de esos sinsabores, a uno le gusta comprobar desde la distancia cómo algunos jóvenes no se rinden. Todavía tienen ilusión y eso es bueno. A veces no queda otra cosa. A pesar de la escasez de casetas participantes en la Feria del Libro me gustaría mencionar un par de cosas, un par de citas que no deberían perderse quienes vivan allí. En la Feria del Libro se presentará “Urnas de Jade: Leyendas”, el libro del salmantino David Prieto. Podemos decir que Zamora y Salamanca son primas; y que David y yo, a quien no conozco personalmente, compartimos antología en el volumen “Visiones 2006” que, lo confieso con rubor, aún no he leído. Será el día cuatro de junio. No sé si podré ir a participar en la presentación de “Urnas de Jade”, pero sé que, de momento, allí estará, junto a él, Faustino Vélez, quien me surtía de tebeos cuando yo vivía en la provincia, gracias a sus consejos y a su tienda “Melniboné Cómics”.
Y vamos a hablar también, aunque el evento no pertenece a la Feria del Libro (pero se celebra en las mismas fechas), del cortometraje que en la noche del seis de junio se estrenará en la ciudad. Me refiero a “Odio”, que lleva gestándose no sé ya cuánto tiempo, y que supone llegar a la meta después de un circo de sinsabores y luchas y aplazamientos. “Odio” dura alrededor de diez minutos. Está basado en el poemario del mismo título de David Refoyo, sobre quien he escrito en este periódico, y el guión y la dirección corresponden a Mario Crespo, documentalista, colaborador ocasional de este diario e hijo del escultor Tomás Crespo Rivera. Mario vive en Madrid, como uno de tantos zamoranos exiliados. Nos conocimos este año. Primero por mail, luego en persona. Me parece un gran tipo. “Odio” es un corto independiente. Repito: independiente. ¿Qué significa eso? Que ellos solos y su equipo han tenido que currárselo, poner el dinero y sufrir. Made in Zamora: significa el ninguneo de las instituciones. Típico de nuestros lares: salir adelante sin apoyos económicos. Tampoco sé si podré ir al estreno. Pero sé que hay talento y buenas intenciones.

miércoles, mayo 21, 2008

El día de la langosta, de Nathanael West


Dicen que es la mejor novela sobre Hollywood, junto a El desencantado y El último magnate. Nathanael West elabora aquí un cruel esbozo de la meca del cine en los años 30, donde vemos a un grupo de "pobres diablos" que se mueven en un fondo de cartón piedra y falsas ilusiones: un pintor que acepta un trabajo como diseñador de decorados, un contable gris que va a la deriva (llamado, por cierto, Homer Simpson, aunque Matt Groening jura que ese nombre y el de su personaje amarillo es una coincidencia), un enano gruñón, un cowboy que trabaja ocasionalmente en los westerns, un anciano que sirvió al teatro burlesco... Todos desean a la hija del anciano, una muchacha que quiere ser actriz y, mientras lo consigue y no, trabaja como extra y, a veces, se prostituye. El retrato de esa aspirante es un calco de lo que les sucede a muchas chicas que van a California soñando con el estrellato y terminan chapoteando en el fango.
La novela transcurre entre fiestas locas, peleas salvajes de gallos, paseos por los estudios donde ruedan las películas y cenas en restaurantes. Pero es el último capítulo del libro el que alcanza la perfección y por el que merece la pena adentrarse en la novela. Nos lo han contado cien veces pero, si alguien lo desconoce, que deje de leer: en este último episodio, el pintor se ve atrapado por la furia de una muchedumbre que aguarda la llegada de las estrellas al estreno de una película, y la muchedrumbre furiosa y frustrada por los sueños perdidos lo arrasa todo a su paso, como una plaga de langosta. Veamos unos fragmentos de ese final:
Tod se daba cuenta de cómo cambiaban en cuanto formaban parte de la multitud. Hasta que llegaban a ella andaban con paso inseguro, casi furtivo, pero en cuanto se integraban se volvían arrogantes y belicosos.
(...) Durante toda su vida habían sido esclavos de alguna tarea pesada y monótona, detrás de mesas de oficina y mostradores, en los campos y entre toda clase de máquinas tediosas, y habían ahorrado cada centavo y soñado con el ocio del que disfrutarían cuando llegase la hora. Y luego, ese día llegaba. Recibían una pensión semanal de entre diez y quince dólares. ¿A dónde iban a ir sino a California, la tierra del sol y las naranjas?
Una vez allí, descubrían que el sol no es suficiente. Y se cansaban de las naranjas, de los aguacates y hasta de las granadas. No ocurre nada. No saben qué hacer con su tiempo libre. No están mentalmente preparados para el ocio, ni tienen el dinero o la resistencia física que exige el placer.

Cartel de Choke (Asfixia)


Basada en la novela de Chuck Palahniuk.

Citas. 83

(William S.) Burroughs fue siempre considerado un inconformista que vagaba por las tierras agrestes de la novela más allá de los límites de la respetabilidad. Pero ésta es una medida de nuestro propio conformismo, y en los años venideros los escritores de verdadero mérito y originalidad se asemejarán a Burroughs y no a las dignidades literarias que el British Council envía en avión alrededor del mundo. La ficción actual está dominada por novelistas de carrera, con los resultados que cabe esperar siempre que los arribistas dominan una profesión, y es posible que los grandes escritores del futuro tengan que llevar una vida tan desordenada y contra toda regla como la que revelan estas fascinantes cartas. Sólo entonces serán capaces de escaparse de esta asfixiante monocultura que amenaza con sepultarnos.
J. G. Ballard, Guía del usuario para el nuevo milenio

La mujer ciega

Caminábamos por la calle, despacio. Nos alejábamos de Sol, en dirección a la zona de Tirso de Molina. A mi izquierda, unos pasos por delante de nosotros, vimos a una mujer ciega con un bastón. Tanteaba la acera con la punta y había tomado el mismo rumbo y también iba despacio. Se detuvo. Supongo que sintió que alguien venía de frente, y que ese alguien pasaría en breve por su lado. Era una señora. Cuando la señora se aproximó, la ciega dijo: “Perdone, ¿en qué dirección está la parada más próxima de Metro?”. La señora (ya lo habrán adivinado porque, de lo contrario, este artículo no existiría) pasó de largo sin contestar. La ciega no lo había dicho en voz baja porque nosotros, que estábamos más lejos, la oímos de sobra. Tras pasar de largo la otra, la mujer del bastón masculló un asombrado “¡Joder!”. No era para menos. Prosiguió su camino, en dirección contraria a Sol y, por tanto, alejándose del Metro. Estuve tentado de tocarle en el hombro y resolver su duda, pero supuse que se sobresaltaría, de modo que nos apresuramos para pasar a su lado, por ver si, con suerte y al sentirnos cerca, nos hacía la pregunta. No dio tiempo porque, de frente, llegó alguien más y le preguntó y esa otra persona, al contrario que la señora, sí se detuvo para responder.
Esta historia real se parece a la que conté aquí hace tiempo, aquella que me relató un amigo que vio cómo una mujer intentaba parar a los transeúntes para preguntarles si podían cambiarle en monedas para la máquina de la ORA y los ciudadanos respetables pasaban de largo y la rehuían. No es la primera vez que veo ejemplos de esta clase. A veces son las señoras quienes lo sufren. Ves a una anciana perdida y trata de preguntar algo en el pasillo del supermercado o en la calle o en los andenes de las estaciones, y el personal hace lo mismo. Pasan de largo, se hacen los suecos, esquivan a quien pregunta. Nadie quiere problemas, nadie quiere involucrarse. En Madrid es un suplicio preguntar la hora o la dirección de una calle. Por lo general, la gente sale espantada. Tienes que ir con la mejor de tus sonrisas Profidén, en actitud casi sumisa y acercándote despacio. Luego está el caso contrario. El caso de la gente que te aborda no para preguntar, sino para sablearte. Y no estoy hablando de mendigos que exigen una limosna, sino de esos ciudadanos corrientes que te piden fuego, un cigarro, un papel de liar, una moneda suelta, y que, tras detenerte un segundo y decirles que no, que lo sientes pero que no tienes fuego, o que no fumas, o que no utilizas papel de liar, o que no tienes un céntimo encima, te miran como si fueras un impostor, un mentiroso. A la gente de la calle le cuesta horrores creerse la verdad, que no fumas, que careces de mechero y que no sueles llevar calderilla.
Pero el caso más grave, hasta ahora, es el de la ciega a la que rehusaron responder una pregunta. Como aquel hombre ciego y extraviado en las fiestas de Chueca de hace unos años, que pasaba entre la muchedumbre y eligió mi brazo para que lo guiase hasta el Metro. ¿Saben qué les digo? Que no soy una hermanita de la caridad, y que soy egoísta a mi manera, pero el ciego escogió bien entre aquella gente, porque lo acompañé hasta donde me pidió. El problema es que el personal de la calle huye de quienes consideran diferentes, salen corriendo como si estuvieran apestados. Y por eso hay algunos días en que el cuento de lo humanos que somos todos me parece una burda patraña. Cuando nos ponen bombas, sí, sale a flote la solidaridad y lo mucho que nos apoyamos y demás cuentos chinos. Pero eso se olvida tres días después y el hombre vuelve a ser un depredador egoísta y receloso.

martes, mayo 20, 2008

Primera imagen: Viggo Mortensen en La carretera


Basada en la novela de Cormac McCarthy, que ya recomendamos aquí y aquí. Dirige John Hillcoat, autor de The Proposition (que no estaba mal, sin ser redonda); la banda sonora es de Nick Cave y Warren Ellis, igual que en el filme citado. Releeré el libro antes de su estreno en noviembre.
[Por cierto: también están en producción las adaptaciones de La oscuridad exterior y de la obra maestra Meridiano de sangre, ambas de McCarthy]

Cartel de The Happening



The Happening. Después de la flojísima La chica del agua, M. Night Shyamalan estrena otra película; le deseamos más suerte.

Resaca en Euskadi


El tour no se detiene. Más información, donde siempre: Hank Over.

La última hora, de David Benioff


En 2002 David Benioff adaptó su propia novela para que Spike Lee dirigiese con buen pulso 25th Hour (bautizada en España como La última noche). Leo ahora la novela, sobre las últimas horas de un hombre antes de entrar en la cárcel y la adaptación es tan fiel que apenas encuentro alguna diferencia. Quien ya conozca la película volverá a encontrarse los mismos diálogos, situaciones y monólogos. Así que lo dejo a la elección de cada cual. Copio un sabroso pasaje:
–La primera vez que fui a la cárcel, tenía catorce años, era un chico pequeño y delgado. Tenía mucho miedo. Cuando acabé de cumplir condena, ya tenía barba. Era un hombre hecho y derecho. Volví a mi pueblo, encontré a mi madre y le di un beso. Ella se puso a gritar –Uncle Blue sonríe–. No me reconoció. He estado en tres prisiones diferentes, Montgomery, en tres países diferentes. ¿Sabes lo que aprendí?
Monty niega con su cabeza y espera la respuesta.
–Aprendí que la cárcel no es un buen lugar para vivir.
(…)
–Cuando llegues a Otisville, Montgomery, tienes que saber quién es quién. Encuentra a alguien a quien nadie proteja, un hombre sin amigos. Dale una paliza hasta reventarle los ojos. Que los demás piensen que estás un poco loco, pero que también eres respetuoso, respetuoso de la gente importante. Eres un chico atractivo. No te será fácil. Pero recuerda, yo tenía catorce años la primera vez. Y sobreviví –Asiente con la cabeza y mira fijamente a los ojos de Monty–. Hacemos lo que tenemos que hacer para sobrevivir.

Jesucristo Superstar en España

En cuanto supe que los responsables de “Jesucristo Superstar, el musical”, que se representa estos días en un teatro de la Gran Vía, adaptarían el vestuario de los personajes a tiempos más modernos que los que aparecían en la película de Norman Jewison, con la incorporación del chándal, el cuero negro y las zapatillas de deporte, lo confieso, me negué en redondo a ir a verlo. Soy un fanático de este musical y aún más del filme que protagonizaron Ted Neely y Carl Anderson. Tenía miedo de los cambios. Miedo a encontrarme con un Jesús de Nazaret demasiado moderno, y ya lo era bastante en la obra. Unas cuantas personas intentaron convencerme: habían oído buenas críticas y su intuición les decía que el musical iba a estar a la altura. Me apeteció ir cuando uno de mis amigos zamoranos, músico para más señas, dijo que había visto la obra y era una maravilla. Su perspectiva me animó, me dio impulso. Porque “Jesucristo Superstar” es mi musical favorito, la mejor ópera rock de todos los tiempos.
Corrían los años setenta en Zamora. Yo era un crío y dormía en un cuarto anexo al salón de la casa de mis abuelos. A la hora de ir al sobre, mi tía pinchaba en un viejo equipo con tocadiscos alguno de estos lp’s: los álbumes rojo y azul de The Beatles, “La guerra de las galaxias” orquestada por John Williams y, por supuesto, la banda sonora de “Jesus Christ Superstar”. A veces abría el volumen doble de este último y me pasaba minutos observando las fotos, hechizado por la mezcla de épocas. Vi la película numerosas veces a una edad en la que ni siquiera comprendía sus anacronismos y sus intenciones revolucionarias. El filme de Norman Jewison, que tengo por ahí grabado en una vieja copia de vhs, ni siquiera está editado en España en dvd, algo que escapa a mi entendimiento porque el musical tiene muchísimos seguidores.
“Jesucristo Superstar, el musical”, en su adaptación a estos tiempos, no ha perdido un ápice de su magnetismo, de su fuerza, de su encanto. Los soldados siguen llevando metralletas, pero su vestuario es contemporáneo. Los sacerdotes no visten túnica, sino traje, corbata y sombrero. Es lo mismo, pero adecuado a nuestra época. Herodes ya no es un tipo que monta un vodevil carnavalesco en la playa, rodeado de sombrillas, sino un ilusionista con aires de presentador de music-hall, y es capaz de hacer trucos de magia mientras canta, lo cual me dejó asombrado; no suelo asistir a espectáculos de magia y, cuando veo la ilusión ante mis ojos, soy incapaz de intuir los secretos del truco. Este musical de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, dirigido por Stephen Rayne, es potente en la versión actual que se representa en el Teatro Lope de Vega. Como me sucede cada vez que la música o el cine me envían de vuelta a la infancia, se me puso la piel de gallina con las canciones, o al menos con mis preferidas. Aunque la banda sonora y la película de Jewison son insuperables, la adaptación española es sobresaliente. Parece que parte del reparto ha cambiado o se alterna desde su estreno, así que por eso y por razones de espacio sólo citaré la actuación del argentino Gerónimo Raunch, quien interpreta a Jesús a la perfección y cuyo tono de voz me recordó un poco a Ted Neely. Lástima que la banda sonora que venden en el teatro no recoja su intervención. Raunch alcanza niveles impresionantes, sobre todo en la oración del huerto de los olivos. O en el última acto, atado a una cruz que se eleva poco a poco por medio de cables, mientras las luces del escenario se concentran en su cuerpo torturado y crece la penumbra a su alrededor. Una estampa sobrecogedora y digna del género de terror. Muy bien, ya digo.