jueves, octubre 12, 2006

Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura


El escritor turco Orhan Pamuk, que partía como uno de los favoritos en las quinielas, acaba de ser designado Premio Nobel de Literatura. En España, Mondadori publicó hace una o dos semanas su nuevo libro, Estambul: Memorias y la ciudad. Esto me recuerda que compré hace unos meses el único libro suyo que, por el momento, me ha llamado la atención, Nieve. Una de esas lecturas que uno va aplazando, y de la que todo el mundo habla maravillas. A ver si me pongo las pilas y un día de estos comienzo a leerlo. Me alegro de que lo haya obtenido, porque, como dicen en la prensa: "Considerado un vínculo intelectual entre Oriente y Occidente, el novelista fue procesado por mencionar en una entrevista la matanza de armenios y kurdos llevada a cabo por los turcos en 1915". Aunque yo hubiera preferido a Philip Roth. Foto y fuente: El País.

Fracaso y aversión (La Opinión)

En los bares suele hablarse de deporte. De fútbol y de baloncesto, siempre. De automovilismo, por estas fechas. Y Dios os libre de asistir a la conversación de dos fanáticos del atletismo, la natación y el lanzamiento de jabalina cuando estamos en las Olimpiadas. Durante esos diálogos, manifiesto mi repudio o mi indiferencia (depende de cómo tenga el día). Suelen preguntarme una y otra vez, con esa repetición propia de las pesadillas, por qué no me gusta el deporte. Incluso me lo pregunta gente a la que se lo he contado media docena de veces, y gente que ha leído en alguno de mis textos esas razones. Pero el hombre tiene tendencia al olvido, y más si el recuerdo atañe sólo al prójimo. Les comprendo: ni yo mismo consigo recordar de qué temas he escrito.
Así que vuelvo a aclarar aquí las razones de mi aversión al deporte. Dicha aversión proviene, precisamente, de fracasar en varios deportes. Dicen que, cuando un tipo fracasa en alguna actividad artística, acaba cejando y se convierte para el resto de su vida en un crítico (remunerado, eso sí) de esas artes en las que no logró adentrarse. Ya saben: el tío incapaz de pintar un cuadro, que luego se vuelve crítico de pintura. El hombre que jamás llevó a la pantalla esa película que cobijaba en la cabeza y, después, logra un empleo como crítico de cine. A mí me sucedió eso, pero con el deporte. Cuando jugábamos al baloncesto, en el colegio y en el instituto, jamás logré oler el balón. Nunca fui capaz de arrebatárselo al contrincante ni logré cogerlo cuando alguien fallaba una cesta y salía rebotado. Creo que, cuando algún chiflado confiaba en mí y me cedía un pase, alguna centella se encargaba de quitármelo antes de que las manos rozaran su superficie. En esa época sólo entraba en las tiendas de deporte para averiguar qué se sentía al tocar una pelota de baloncesto. No estaba mal, no. Pero aquellas curvas no se parecían a las femeninas, así que tampoco me llevé un disgusto. El fútbol lo practiqué mucho en la infancia, con mi hermano; y lo único que pude conseguir fue cabrear a mi abuelo porque mis chupinazos casi rompen todos los cristales de su negocio. En los campeonatos de natación de una de las dos piscinas a las que solía ir, quedé el último. Decir “el último” podría ser un eufemismo. Lo cierto es que llegaba a la meta cuando ya habían repartido los premios y al juez le había crecido la barba. Yo nadaba como si funcionara a pilas y éstas se estuvieran gastando. En el instituto nos instaban a jugar partidos de voleibol. No recuerdo que mis dedos rozaran la pelota. Y eso sí constituyó el mayor de los fracasos, pues en aquel tiempo era considerado un deporte para chicas. Lo del judo fue aún peor. De algún modo incomprensible me las arreglé para escalar peldaños e ir obteniendo cinturones de color: blanco-amarillo, amarillo-naranja, etcétera. Sospecho que a los maestros les venció la piedad porque, en los campeonatos de judo contra otros colegios, no duraba un segundo en vertical. Fue esa una temporada que sólo recuerdo en horizontal, mientras los rivales me arrojaban de espaldas a la colchoneta con la facilidad de quien tira un papel a la basura. Pasé algunos meses en un gimnasio. Se supone que levantando pesas, haciendo flexiones y soportando la agonía de las abdominales. Pero pronto empecé a cansarme y lo único que acabó interesándome fue sestear en la sauna.
Sólo pude destacar en las carreras de velocidad de las clases de gimnasia. Llegaba a la meta entre los tres primeros. A veces, el primero. Aquello me gustaba, pero más tarde me sinceré conmigo mismo: “Mientras no te persigan, ¿qué necesidad tienes de correr?” Esos fracasos me han convertido en lo que soy.

miércoles, octubre 11, 2006

Libro: El lamento de Portnoy, de Philip Roth


Una pésima portada para un gran libro. Las vicisitudes de Alexander Portnoy, gran onanista, mujeriego incorregible, vergüenza para sus padres, aquejado del Complejo de Edipo, capaz de meterla en un trozo de hígado crudo para saciar su apetito sexual adolescente, en una novela divertidísima en la que el propio Portnoy desvela sus recuerdos ante un psicoanalista.
La edición no está a la altura. Sólo la he encontrado en bolsillo, y se echa de menos: a) una traducción más fiel al castellano (por ejemplo, en ocasiones traducen "blow" como "soplar", cuando aquí lo traducimos como "mamar"; o "venirse", en vez de "correrse") y b) notas a pie de página, para que nos enteremos de algunos pormenores del judaísmo. Seix Barral planea reeditarla. Esperemos que la edición sea mejor. Por ejemplo, como el Zuckerman encadenado.

Habitaciones nuevas (La Opinión)

Tuvimos que hacer un viaje relámpago a Zamora. Apenas dos horas y media en la ciudad. El motivo: una visita rápida a un paciente recién ingresado en el Hospital “Virgen de la Concha”. El hecho de ser día laborable nos granjeó un trayecto sin tráfico y sin incidencias. Nada de retenciones. Nada de cortes de carretera por accidente. Nada de ambulancias. Sólo el viaje. Unas dos horas y media. Con esa duración, no le molesta a uno desplazarse hasta su provincia. En los viajes uno sueña con rodar por carreteras sin curvas, solitarias, despejadas, sin un solo coche, ni en el asfalto ni en el arcén. Soledad absoluta. Pero aquí no es fácil. Por esa razón, hay algunos vehículos circulando. Unos cuantos coches y varios camiones.
La tarde cae sobre la ciudad cuando llegamos. Cae con la melancolía y el sosiego de siempre. Directos al “Virgen de la Concha”. Atravesamos pasillos donde se cruzan los obreros con su casco, los médicos y las enfermeras con sus uniformes, los enfermos metidos en las camas, y éstas siendo empujadas por los auxiliares a través de un pasillo polvoriento. Utilizamos el ascensor. La planta que visitamos es nueva. Es decir, está reformada por completo. Cada habitación parece otro mundo, nada que ver con las antiguas instalaciones. Me entretengo escrutando el cuarto, mirando esto y aquello. En cierto modo, siento un poco de envidia retrospectiva: hubiera querido ese cuarto cuando fui ingresado allí, hace años. Las puertas, de color rojizo, son muy amplias. Los servicios se ven impecables. La televisión, que funciona echándole euros por una ranura, tiene pinta de futurista; como un televisor de ciencia-ficción. Un asiento abatible se me antoja lo bastante cómodo para que las siestas no sean un suplicio para quienes van a cuidar a los pacientes. Hay botones e interruptores por varias zonas de la pared. Interruptores que accionan el aire acondicionado, las diferentes luces del techo, la comunicación con (supongo) otras plantas u otros servicios. Incluso disponen de conexión a internet. Me imagino a un enfermo, a alguien recién operado de alguna dolencia sin gravedad, navegando por la red, con un ordenador portátil encima del pecho. Pudiendo comunicarse con el exterior, los infortunios se aligeran un poco. Ahora entiendo cómo un colega que estuvo aquí ingresado, hace unas semanas, me mandó un correo electrónico para contarme lo que le ocurría. Cuando lo recibí, no sospechaba que hubiese conexión en los cuartos; y olvidé preguntarle cómo lo había hecho.
Las habitaciones están pintadas en varios tonos. El color es muy importante para quien debe pasar las noches en los hospitales, atado a un gotero. Imaginen que los ingresan en un cuarto negro o gris. Al despertarse, verían la vida de un modo siniestro y pesimista. Los colores influyen. De ahí los tonos rojos, naranjas, claros. Alegría y pureza. Aunque, cuando uno está ingresado, en el fondo le da lo mismo, lo único que quiere es restablecerse y salir cuanto antes. Estos adelantos, desde luego, hacen la estancia más confortable. Pero, aunque hubiera a diario espectáculos de magia, conciertos de rock o strip-tease, el paciente no olvidaría su ansia de salir andando y volver a la vida que llevaba antes. Hay otros botones e interruptores. No se está nada mal allí dentro. Siempre que no estés enfermo, claro. El único problema es que las obras aún no han terminado. Supongo que el personal que trabaja dentro del edificio está hasta el gorro de utilizar cuartos alternativos, de atravesar el ruido y el polvo de algunos pasillos, de que la obra lleve años y años en desarrollo. Pero algún día acabará. Salimos. Zamora respira serenidad. Es de noche y regresamos a Madrid.

martes, octubre 10, 2006

Kensington Gardens


Hace unos días me compré la edición de bolsillo del libro de Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington.
Por supuesto, la portada que figura aquí al lado no es la misma. Esta pertenece a la edición anglosajona. Y, según tengo entendido, ilustra mejor que la española lo que significa el libro: Peter Pan, libros, los 60, Dylan, Lennon, el Sgt. Pepper's...
Siento envidia de las portadas de las ediciones inglesas y americanas de muchos libros. Siempre resultan más imaginativas y feroces (por ejemplo, en las novelas de terror no se ahorran dibujos de calaveras, lápidas y locos). Basta con echar un vistazo en Amazon y ver las portadas de los libros de Jack Ketchum, Deborah Eisenberg, Joe R. Lansdale, Matthew Klam, Joanthan Lethem (por citar algunos), y compararlas con el resultado final en España. Nada que ver. Me pregunto por qué.

Ajetreo (La Opinión)

Un fin de semana agotador. Mucho ajetreo. El teléfono suena y las citas con los amigos se multiplican. Unos quieren salir de copas. Otros, ir de cena. Algunos, de cañas. Al final, y con complejo de culpa, me apunto a todo, lo cual casi agota mis ahorros porque dar un paso en la capital comporta un gasto económico intolerable. Pisar la calle ya cuesta dinero. Pero la llamada de los colegas zamoranos es fuerte y uno no es capaz de dar la espalda. Estar con quienes son de tu misma tierra te aproxima un poco a tu provincia, de la cual estás lejos en cuerpo pero no en alma. Un recorrido por Malasaña comienza en Maderfaker, garito basado en la “blaxplotation” (cine de negros, para que me entiendan, muy apreciado por Tarantino). Maderfaker es la pronunciación del término anglosajón “Motherfucker”. Es el Maderfaker de marras un bar pequeño, pero matón. Música funky, soul, etcétera. Decoración retro en las paredes: consiste en fotogramas y afiches de viejas películas de actores afros: “Shaft”, “Cleopatra Jones”, “Drácula Negro”, “Super Fly”, “Penitenciaría”. En la pared conviven Samuel L. Jackson y Pam Grier, Richard Roundtree y Fred Williamson. Una maravilla. Cierro los ojos y vuelvo a la infancia, a esas películas de policías con chupa de cuero, patillas rizadas y pelo de micrófono, a esos boxeadores que ansiaban salir de la cárcel y se comían la miseria y el dolor, a esos ritmos “cool” que tuvieron su Oscar con Isaac Hayes. La infancia siempre vuelve, a cada paso que damos.
Una cena en un comedor italiano. Platos raros, pero exquisitos: raviolis rellenos de pera, espaguetis con almejas, gambas, calamares y mejillones y otras delicias. Pedimos una selección del menú y compartimos. Estamos cerca de la M-30 y el aire huele a la podredumbre del río y al polvo de las obras que nunca se acaban. Quienes viven en esa zona tienden la ropa y la recogen gris, por culpa de ese polvo que se mete en los pulmones y dificulta la respiración. No hay, al salir del restaurante, ninguna señal de pubs abiertos donde refrescar el gaznate, árido de los aliños de cuanto hemos saboreado. Sólo hay seis coches que derrapan en la carretera, con las ventanillas abiertas y la música saliendo a toda pastilla. Chavales que no tendrán más de veinte años y ya son candidatos a la estupidez, al esnifado de rayas y a morir en la carretera tras recorrer los garitos a lomos del alcohol y la cocaína. Los miramos con pena y odio.
El domingo, al ir a comprar el periódico, una ambulancia del Samur aparca en la plaza. Sus luces de emergencia salpican nuestros rostros y los de los mendigos que duermen en el suelo, encima de un colchón raído o de una chaqueta vieja y olorosa a vómitos. Los del Samur atienden a una alcohólica tirada en un banco. Uno de los borrachos pide que hagan algo. ¿Qué van a hacer? Soporta un cebollón de aúpa y algún día caerá en coma etílico. El tipo del kiosco nos cuenta la historia: “Vienen tres veces al día a atenderla. Y el amigo de ella quiere que hagan algo. Pero la única solución es que ella no beba”. Pasamos la tarde en el barrio de La Latina. Los domingos, las plazas, las aceras y los bares se saturan de gente joven. Veo, aquí y allá, actores jóvenes y famosos que toman cañas con sus amistades. Los camareros suelen ser bordes y están de mal humor. Entramos en una taberna donde pone, en la carta, “Chorizo de Zamora”. Quienes lo regentan, al menos, son amables. Hacemos patria y pedimos chorizo de mi tierra, sabrosísimo. El fin de semana concluye como si me hubieran dado una paliza. Alguien me cuenta: “Decía mi abuelo que en esta vida hay que aprovecharlo todo antes de ir para el otro barrio”. Sí, pero qué cansancio implica…

lunes, octubre 09, 2006

Cine inédito: Art School Confidential


Terry Zwigoff es uno de los directores de cine más corrosivos de Norteamérica. Así lo demuestran Crumb, Ghost World y Bad Santa. Zwigoff no se corta un pelo, y basta con ver Bad Santa, en la que ofreció un cuento navideño repleto de mala leche y con dos protagonistas que hacían polvo las ilusiones de los niños: un enano negro y rabioso y un blanco alcoholizado. No se queda atrás su nueva película, Art School Confidential, con un guión escrito por el genial Daniel Clowes (Ghost World, Daniel Boring, Bola 8), basado en su propio cómic.

En el filme que nos ocupa seguimos la trayectoria de un muchacho que quiere ser pintor y se mete en una escuela de arte. Allí dentro no tarda en recibir todas las lecciones y sopapos que envuelven a un mundillo tan hipócrita. El mejor consejo se lo da un viejo pintor que vive apartado del mundo, en un cochambroso apartamento: "Lo más importante es que sepas chupar pollas". Artistas que no lo son y no trabajan el cuadro, pero reciben el aplauso general; impostores y galeristas sin idea de sus trabajos; chicas que prefieren a la celebridad de la escuela. El retrato general es ácido, corrosivo, y Zwigoff demuestra de nuevo que es uno de los grandes del cine independiente.

En el reparto, que encabeza el joven Max Minghella (hijo de Anthony Minghella, que dirigió El paciente inglés), intervienen en papeles secundarios John Malkovich, Jim Broadbent, Ethan Suplee, Anjelica Huston y Steve Buscemi en un papel no acreditado.

La niña de los sustos (La Opinión)

En cada edificio siempre vive algún vecino raro que, por sus ruidos o por su comportamiento o por las palabras que suelta en voz alta, suele atemorizarnos un poco. He comentado varias veces la torre de babel que es el edificio que tengo justo en frente de donde vivo, pero no he hablado de la niña que vive al lado de estos vecinos, en lo que supongo será la escalera izquierda del inmueble. Porque juro que tal niña me asusta y me atemoriza, y llego a sentirme, en ocasiones, sobre todo en mis tardes de lectura, como “El quimérico inquilino”. Alguien me había advertido, cuando me enumeraron las desventajas del barrio, que la niña era “un loro”. Que no paraba de hablar en su cuarto, en verano y a veces en invierno, siempre con la ventana abierta. No le di demasiada importancia.
Pero poco después de vivir ya aquí, en mis momentos de lectura, con el balcón abierto, oía la voz de la niña. Hablaba y hablaba y hablaba. Resultó tan cansina que a veces me asomaba por la ventana, a ver si distinguía a su interlocutor, de quien sospeché que sería mudo (o muda) o que tendría una paciencia a prueba de bomba y de oratoria eterna. En ocasiones sólo podía ver un brazo y un hombro de la niña. Frente a ella no había nadie, pero eso no significaba que el oyente no pudiese estar en el suelo, por ejemplo. Una tarde, harto de que la retahíla de frases me impidiera centrarme en la lectura, volví a asomarme. La persiana estaba subida, la niña estaba fuera, en el balcón, y no hablaba con nadie o lo hacía consigo misma. O con un amigo imaginario, ese colega invisible y surgido de nuestra imaginación que todos tuvimos en la infancia. Pero luego lo comenté con otros vecinos: la niña ya no era tan pequeña como para andar con esos juegos, más propios de mocosos enanos. No, la muchacha bordea la pubertad. Como soy aprensivo y no paro de engullir historias de terror, una noche, en mis delirios, di en pensar que la niña discutía con un fantasma. Inventé una historia. Que hablaba con el espíritu de un chaval, muerto hacía años en la casa a manos de algún estrangulador amigo de la anterior familia que pobló la vivienda. El niño quería consuelo o venganza. ¿Qué esperaban? Me dedico a fantasear, así que… Los meses pasaron y fui abandonando esas ideas peregrinas y librándome del miedo a creer que mi vecina conversaba a diario con críos muertos. Lo adjudiqué a una infancia traumática que aún no se le había pasado. Hay niños que tardan en abandonar sus juguetes.
Pero, últimamente, el miedo y la indiferencia han cedido el paso al susto. No es lo mismo el miedo que el susto. Miedo te da el ogro de “La matanza de Texas” o encontrar a un psicópata en el rellano. Susto te lo puede dar cualquiera, desde tu primo a tu madre. Pero no significa que den miedo. Comienza así: algunas tardes, mientras gano el tiempo entreteniéndome en mis lecturas, oigo gritos que provienen de la ventana de la niña. Gritos brutales, de socorro y auxilio, como si la estuvieran apalizando o estrangulando. Abandono el libro y corro a asomarme, por si debo llamar a la poli. Porque nunca se sabe, en estos tiempos: los padres pegan a los hijos, los hijos matan a los padres, hay abusos sexuales, maltratadores en la cocina. Al mirar veo que no, que la niña está representando ella solita una obra de teatro o un culebrón de la tele. Pero una y otra vez me engaña. La otra tarde escuché más gritos, llamadas de socorro e incluso golpes. Y vi a la niña de perfil, tan tranquila, diciendo con voz de falsete: “No, déjame, él me ama a mí. No sé por qué me haces esto”. ¡Menudo susto! Ahora voy a escribir a la Academia para que le den el Goya a la Mejor Actriz del año.

domingo, octubre 08, 2006

Alex_Lootz


Alex_Lootz [La Ciudad de la Poesía] es una interesante revista que se puede descargar en pdf. En su último número, el quinto, encontramos un jugoso índice de poetas españoles y latinoamericanos. Entre ellos hay algunos amiguetes (mi paisano Ezequías Blanco, Miguel Ángel Gara, David González, Vicente Muñoz Álvarez) y algunos nombres muy conocidos (Antonio Orihuela, Luis Antonio de Villena, etc). Un poco de todo.

Ya lo dicen en el editorial: Entre los poetas que nos suspiran a continuación hay de todo: ilustres, provocadores natos, publicados por primera vez, vírgenes en poesía, estrellas mediáticas, consolidados, prodigios, malditos… en fin, ideas, intenciones, sensaciones y palabras tan diferentes, como los cuerpos de aquellos de los que surgen, que hacen de esta reunión de poetas un verdadero crisol del arte poético. Si os gusta la poesía, no os decepcionará la revista.

Lecciones de humildad (La Opinión)

Por suerte, todavía hay gente que las da. Las lecciones de humildad. Y me refiero a gente famosa. Quisiera comentar tres casos que me rondan por la cabeza (suelo poner tres ejemplos porque mi artículo siempre se compone de tres párrafos, algo que aprendí/copié de Juan José Millás). El primero que se me ocurre es el de Ramiro Pinilla, escritor vasco y octogenario, autor de una trilogía que, dicen, es asombrosa: “Verdes valles, colinas rojas”. Pinilla ganó, a principios de los sesenta y de los setenta, varios premios grandes. Luego, según he leído, se apartó del mundillo literario “por razones de cabreo”, aunque yo sospecho que lo apartaron. Alejado, pues, del circo de las letras, fundó su propia editorial, que distribuía sus libros por Bilbao. Se dedicó, además, a escribir esta monumental obra, editada en tres volúmenes. Las grandes editoriales, por supuesto, la rechazaron. Hasta que Tusquets confió en ella. Ahora le llueven las palmadas en la espalda, las críticas elogiosas, los premios (acaba de obtener el Nacional de Narrativa). Después de treinta años en la sombra, ignorado y casi inédito, España le da lo que merece. Porque este país las gasta así: le niegan el pan y la sal a un tipo como Pinilla, pero luego lo recompensan en la vejez, como diciéndole: “Te lo has ganado, chico, llevas toda la vida sin desfallecer ni bajar el bolígrafo, así que ahora es cuando te damos el aplauso más estrepitoso”. Y él da continuas lecciones de humildad: no se envanece, no nos manda a todos a la mierda, asume su trayectoria vital.
El segundo es un actor muy joven. Juan José Ballesta, un chico de barrio que a mí me deslumbró en “El Bola” y en “Planta 4ª” (me perdí “7 vírgenes”, y bien que lo siento). Según leo en la prensa, que la fama lo haya tocado en la adolescencia no ha hecho sino agravar un problema: que en los pueblos y en los barrios a los que va, los mozos le den de garrotazos cuando las chavalas se aproximan a besarlo y a pedirle autógrafos. Leo fragmentos de una entrevista en Fotogramas y leo un chat de El Mundo en el que el actor no pierde la amabilidad, la inocencia, la educación. Si es listo, y me temo que lo es, no caerá en los peligros en los que suelen caer los niños actores: la droga, el alcoholismo, el engreimiento. Todas sus últimas declaraciones son para quitarse el sombrero: tiene premios, talento, dinero y fama, pero no es el típico engreído que se aparta de las fans con brusquedad (como vi hacer a Dani Martín en el preestreno de su primera película). Asume lo suyo y suelta perlas como éstas: “Yo soy un chaval normal y corriente y no tengo nada que ver con mis papeles”, “Me lo pasé en grande comiendo canapés y pinchos de foie” (refiriéndose al Festival de San Sebastián), “A sus 88 años está hecho una rosa” (sobre Manuel Alexandre), “Las cosas las habla, no chilla a nadie. María es crema” (sobre María Valverde). Ahí está, con su naturalidad, su desparpajo y su inocencia. Otra gran lección.
Admiro tanto los cuentos del leonés Antonio Pereira que hace tiempo escribí, para una revista digital, un artículo sobre sus relatos. Él, de algún modo, debió leerlo. Como no maneja la red, puso a un amigo suyo en contacto conmigo. Me pedía mi dirección. Se la di y me ha llegado una tarjeta, escrita a mano por el propio Pereira: “Querido y alentador amigo: Muchas gracias por tu “A. P., el arte de narrar” en internet. Te escribo desde León, prolongando el verano. Espero que más adelante nos encontremos en Madrid. ¡Un cordial abrazo!” Es como un cuento, no sobra ni una coma. Y lo escribe alguien que merece todos los galardones y se ha molestado en mostrar su gratitud. Donde otros se dan humos, él rebosa humanidad.

sábado, octubre 07, 2006

Muere Eduardo Mignogna


Acabo de enterarme del fallecimiento del escritor y director de cine Eduardo Mignogna, nacido en Buenos Aires. Me lamento de ello porque recuerdo que me gustó mucho una de sus películas, Sol de otoño, una historia de amor entre dos abueletes, que protagonizaban Federico Luppi y Norma Aleandro. Y también porque en mi biblioteca conservo su mejor libro: La fuga, una novela-de-relatos de la que luego él mismo dirigió una película. Acabo de desempolvar el libro y repaso sus páginas. Recuerdo que era la historia (ficticia, aunque con fotos) de quince presos que se fugan de un penal; cada relato nos cuenta la historia de uno de esos presos y la suerte que corrieron tras escaparse de prisión. Es, insisto, un libro muy ameno y recomendable.

Bares para guiris (La Opinión)

Decidimos tomar una clara con limón por la zona de Huertas, por donde hace tiempo que no íbamos. Esta zona posee, supongo que como todo, sus ventajas e inconvenientes: por allí se ve mucha gente relacionada con la literatura, el teatro y el cine; es muy agradable pasear por las callejas del Barrio de las Letras y leer las inscripciones del suelo, en las que hay célebres citas y nombres de literatos famosos, y asomarse a los escaparates de las librerías de viejo; en Naturbier, que está en la Plaza de Santa Ana, tienen dentro una fábrica de cerveza natural, muy ligera al paladar, sabrosa e incluso saludable si se toma con medida; las terrazas suelen estar pobladas de turistas y propician mucho colorido a la plaza, en la que está la estatua de Lorca; hay garitos de diversas clases y armarios con traje a la puerta; y se dice que por el Café Central suelen pasarse Günter Grass y Mario Vargas Llosa cuando están en la ciudad (pero aún no he entrado: programan actuaciones musicales casi a diario y en la puerta cobran lo bastante para persuadirte de que debes dar media vuelta); pero, en Huertas, si pides algo que no sea cerveza, suelen endosarte un garrafón que podría matar a las ratas; en cada calle te acosan los chicos y chicas que trabajan de relaciones públicas, dándote tarjetas en las que prometen invitarte a chupitos y a copas, pero luego entras en esos pubs, por probar, y el engaño toma proporciones considerables; y la mayoría de las tabernas de pinchos y de cañas están consagradas a los guiris, algo que explicaré a continuación.
De modo que allí estuvimos, varios zamoranos comentando lo de las violaciones de nuestra tierra, y a todos nos latía la furia en las sienes. Hablamos de viejas anécdotas, de chicas que antaño nos contaron ataques, enumeramos las calles y los rincones de la ciudad donde nadie, ni siquiera un hombre, debería pasear solo. Entramos, primero, en El Buscón, un local regentado por camareros jóvenes y españoles y decorado en plan castizo. Es un sitio que me encanta y no es la primera vez que piso su interior. Sin embargo, al poco nos marchamos: podemos aguantar la decoración ibérica, y hasta nos gusta, pero toda la retahíla de pasodobles y tonadas folclóricas que sale de los altavoces para entretener a los extranjeros, acaba convirtiéndose en insoportable. Nos metemos en una cervecería restaurante, cuyas mesas y barras atienden unos cuantos sudamericanos amables; pero al rato tenemos que abandonar porque las rancheras, o lo que diablos sea lo que han puesto en el equipo de música, desquicia a cualquiera.
Finalmente, podemos conversar bien en O’Neills. Una cervecería tan amplia que parece un laberinto, con dos pisos, varias barras de madera, pasillos y escaleras, mesas y sillas y taburetes. También está consagrado a los guiris, con preferencia por la clientela joven de procedencia británica y alemana. Lo sé porque voy a menudo, o cuando puedo. Música anglosajona, ornatos anglosajones, libros en las vitrinas con títulos sobre canciones irlandesas y tradiciones inglesas. No es raro ver, en una noche de sábado, el local lleno de bigardos que hablan en inglés o en alemán y pegan voces y se dan rudas palmadas en los omoplatos y cantan a coro los temas populares de Coldplay, Oasis y Blur, y mientras tanto sostienen enormes jarras de cerveza rubia o negra. Suelen ser muy ruidosos, pero se sienten como en casa. Nosotros también, quizá gracias a la música. Nuestra cultura musical es otra, qué le vamos a hacer: desecha los pasodobles, las rumbas, la salsa, la bachata y toda esa música de merengue y chiringuito. Los guiris mayores prefieren los bares que acabamos de dejar atrás.

viernes, octubre 06, 2006

Mañana, sábado, en León


Sábado, 7 de octubre. 21:30 h. CCAN (C/ Puerta Castillo, 10. 2º): Vicente Muñoz Álvarez presenta su poemario Parnaso en llamas
Presenta: Alberto R. Torices (Club Leteo)
Poetas invitados: Nacho Escuín (Zaragoza), Roxana Popelka (Gijón), David González (Gijón), Lucas Rodríguez (Madrid) y Alfonso Rabanal (León). Acompañamiento musical a cargo de Silvia D. Chica a la voz y Lucas Rodríguez al didgeridoo. Proyección del corto de Roxana Popelka Conversaciones con Sandra. Durante la lectura, se terminará de rodar el corto TRIPULANTES. NUEVAS AVENTURAS DE VINALIA TRIPPERS, del videocreador Nacho Abad (Club Leteo)

Tres estrenos (La Opinión)

Lunes: “Palíndromos”, de Todd Solondz. Filme independiente del mismo autor de “Happiness”. Fiel a su costumbre, nos ofrece una galería de tarados, pedófilos y tullidos, o sea, el lado más amargo y negro de la sociedad americana. Como Solondz es un bicho raro, en su propuesta utiliza a ocho actrices para encarnar a un mismo personaje, Aviva, nombre capicúa de una muchacha que hará lo posible para quedarse embarazada, incluso huir de casa y hacer un viaje en el que no faltan los fanáticos religiosos ni los hombres que no dudan en acostarse con menores. Todo ello para demostrar que la vida de cada ser humano es idéntica a un palíndromo: nada cambia, uno puede mudar de aspecto físico, hacerse cirugía, envejecer, adelgazar o engordar, irse o quedarse, y seguirá siendo quien era, atado a sus obsesiones y a su identidad. “Aunque tengas trece o cincuenta (años), siempre serás la misma”, le dice un personaje a Aviva. Solondz acostumbra a meterle los dedos en la boca al espectador, para ofenderlo y provocarlo, y de cada cual depende aceptar o no sus historias. Si uno se acostumbra a que, cada pocos minutos, Aviva tenga una edad distinta, una cara distinta y a veces una raza distinta, lo demás viene como la seda. Yo me acostumbré.
Martes: “Salvador (Puig Antich)”, de Manuel Huerga. Un gran reparto, en el que sobresalen Daniel Brühl y Leonardo Sbaraglia. Un sólido guión, basado en el libro de Francesc Escribano. Una dirección hábil, una banda sonora con temas de Lluís Llach y con rock de los setenta. La historia de un tipo que plantó cara al franquismo y acabó sentenciado a la pena de muerte. Cine que nos sacude, que nos transporta a un tiempo en el que algunos aún usábamos pañales, cine necesario y valiente. Una patada al escroto de los revisionistas y de los viejos fascistas, que se apresuran a decir que no, que aquello no fue así. Una película diferente dentro del cansado cine español. Las hermanas de Puig Antich han apoyado el filme, aun a sabiendas de las licencias artísticas o narrativas propias del séptimo arte: “Se han tergiversado cosas, pero lo importante, no”. La última media hora de metraje es maestra, impecable: nos hace nudos en la garganta y en el estómago, nos vapulea y nos horroriza. No tanto por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta y por la música y los actores que Huerga emplea. Esa media hora está a la misma altura de los desenlaces de “Pena de muerte” y “Bailar en la oscuridad”. No lo dudo: de las tres que he visto esta semana, la mejor.
Miércoles: “Nueve vidas”, de Rodrigo García. Construida como una novela-de-relatos, pero en película; influida por Carver, “Vidas cruzadas” y la teoría del iceberg de Hemingway. Nueve atisbos de vida, de nueve mujeres que luchan, sufren, aman y padecen: madres, hijas, enfermas, ex novias, viudas. Nueve, porque es el número de vidas de un gato en la cultura anglosajona. Juntas, conforman el retrato de la existencia de cualquier mujer y sus posibilidades: la maternidad, la ruptura sentimental, la enfermedad y los hospitales, el funeral donde resucitar las heridas, la cárcel, las relaciones paterno-filiales, el amor, la infidelidad y, de postre, el cementerio. Aparecen más de nueve mujeres, y muchos hombres: tanto los actores como las actrices dan pequeñas lecciones de interpretación. Me entusiasmaron Elpidia Carrillo, Jason Isaacs, Sissy Spacek, William Fitchner y Robin Wright, compañera y musa de Sean Penn, más guapa y mejor actriz cuantos más años cumple. García logra dar un giro maestro a la dirección: cada episodio está rodado en un único plano secuencia. Es evidente que ha heredado de su padre el talento para contar historias.

Cosas de los premios

El sábado pasado, 30 de septiembre, fallaron el Premio Ciudad de Torrevieja de Novela. Hoy, jueves por la noche, en la Casa del libro ya tienen la ficha, la portada, el argumento y el precio del libro ganador y del finalista. Si esto no es rapidez, no sé lo que será...

jueves, octubre 05, 2006

Colección Truffaut


En dvdgo están de oferta. No lo podía creer cuando vi este pack de 12 películas a sólo 31 euros, más gastos de envío. Así que lo he pedido ya. Creo que las ofertas duran hasta el día 8 de este mes.
Las películas de este pack son: Tirad sobre el Pianista · Besos Robados · Las Dos Inglesas y el Amor · La Piel Suave · Los Cuatrocientos Golpes · Jules y Jim · Domicilio Conyugal · El Amor en Fuga · El Último Metro · La Mujer de al Lado · Vivamente el Domingo · Una Chica tan Decente Como Yo

Textamentos


David me recomendó que leyera a un colega suyo, Francisco Rodríguez Criado. Como me fío de sus gustos literarios, leí su nuevo libro y varios de sus artículos para la prensa. Me gustaron mucho: el autor posee destreza, ingenio y humor. Él los llama "textamentos" (mezcla de "textos" y de "testamentos"). Os recomiendo estas piezas breves, pero también su última obra, que acabo de leer de una sentada: Un elefante en Harrods, conjunto de 25 cuentos y miniaturas, todos ellos repletos de tintes humorísticos, anacrónicos y surrealistas. Un ejemplo: El relato El herniado trata de un hombre cuyo oficio consiste en llevar a hombros a los viajeros a sus lugares de trabajo, ejercicio por el cual le ha salido una hernia; es una de las historias más divertidas de este libro.

Además, he descubierto que él y yo pensamos igual en esto del columnismo. Por eso, le tomo prestado medio textamento, el titulado Ombligos, con el que estoy totalmente de acuerdo:

Javier Ortiz recordaba en este periódico, tiempo atrás, el consejo de un antiguo subdirector: “Uno nunca debe escribir sobre sí mismo”. Sabio consejo para quien, como Ortiz, es periodista, pero cuando se busca transgredir la frontera del periodismo para hacer literatura a uno le asiste el legítimo derecho a convertir su yo en material literario. Alguno dirá que eso es ombliguismo (egocentrismo), pero es que, metro en mano, no media mucha distancia entre el ombligo y los dos motores que empujan al escritor a encarar el folio en blanco: el corazón y la mente. Frente al buen periodista que ofrece la noticia con objetividad está el escritor que hace de lo más subjetivo (su yo) la noticia. García Márquez forjó un excelente periodismo novelado en Noticia de un secuestro o en Relato de un naufragio. Nada que objetar, pues, a ciertas bodas entre periodismo y literatura.

Solas en la madrugada (La Opinión)

Tras concluir mis quehaceres literarios de la mañana, leo las noticias locales y entro en el mediodía con un cabreo. Según la cabecera de este periódico en su edición de ayer, martes: “Investigan tres denuncias por violación en los dos últimos meses en la zona de Tres Cruces”. La furia matutina, es obvio, deriva de mi aversión profunda a esta clase de agresiones y abusos sexuales. Es un tema que siempre me ha sacado de mis casillas. Y no es nuevo en mi ciudad, lamentablemente. Las hijas o las hermanas o las novias o las mujeres de cada cual pueden salir perjudicadas tras el encontronazo con uno de estos depredadores, que por regla general no sólo están salidos, sino también suelen ser machistas y violentos y están reprimidos. Estos ataques, que se producen con cierta regularidad en Zamora, no suelen salir en la prensa. Por fortuna, ayer la noticia encabezaba la sección de local. Y creo que no suelen salir en la prensa porque la sensación de vergüenza de quienes sufren esos abusos o intentos de abuso confluye en el silencio y en el secreto profesional de quienes atienden estos casos.
En cierta ocasión hablé en este espacio de ello: gente que a uno le cuenta agresiones, un amigo de una amiga, un colega que conoció a una chica, un familiar a quien le dijeron algo. No son rumores. Incluso conozco chicas de la ciudad que han estado a punto de sufrir el zarpazo de estos fulanos, y hablo de antaño, cuando yo vivía allí. Tipejos o tiparracos que aparecen, de pronto, surgidos de la nada, a veces emboscados entre la niebla propia del invierno, y que a las tantas de la mañana piden fuego y, si la chica es de natural desconfiada y no hace caso, no dudan en seguirla, hasta que logra ponerse a salvo dentro del portal antes de que el extraño se cuele.
Según contaban en este diario, la última muchacha, agredida en la madrugada del sábado al domingo pasado, describió al fulano: unos veinticinco años, moreno y extranjero. Se sospecha que pueda ser el responsable de las tres agresiones. Ronda, dicen, por las Tres Cruces, zona que a la luz del día está repleta de gente y de coches y en la que se notan el ajetreo y el tráfico, pero que de madrugada suele ser un desierto. Lo sé porque durante unos años la estuve recorriendo en las madrugadas del fin de semana, de regreso a casa. Cuando, en vez de caminar por la avenida de las Tres Cruces, atajaba por las calles adyacentes, sólo se oía el eco de mis pisadas. Un territorio propicio para depredadores. Lee uno estas cosas y siente furia. Una furia que no desembocaría en palabras, sino en retorcerle un poco el cuello al culpable, lo justo para que se le quitaran las ganas de andar violando a mujeres. Para colmo, por la zona de las Tres Cruces viven algunas de mis amigas y conocidas. La policía ha recomendado que las chicas de esa zona no vayan solas a casa a altas horas. Cuando vivía en Zamora, a veces discutí con amigas para que no se fueran solas a casa. Coge un taxi, llévate a un amigo de confianza, vete a tu barrio sólo cuando se vayan otras chicas. Pero no te adentres en las calles de madrugada, con niebla y sin compañía. El problema es que las mujeres jóvenes suelen reírse de estos consejos, se lo toman a chacota, o piensan que ellas jamás se toparán con un psicópata, porque creen que eso sólo sale en las películas, en los telefilmes de Antena Tres y en las noticias sobre los suburbios de las ciudades americanas. El problema no está sólo en las Tres Cruces: está en los bosques, en los parques, en las orillas del río, en cualquier callejón oscuro y solitario. También piensan, cuando uno suelta estos consejos nada gratuitos, que uno está carca, anticuado. Lástima que la realidad me dé la razón.

miércoles, octubre 04, 2006

Libro: Trainspotting, de Irvine Welsh


Un libro salvaje, narrado a varias voces. Que leo años después de haber visto la película. Una galería de personajes alucinados, envueltos en las situaciones más sórdidas. Un mundo de yonquis, seropositivos, alcohólicos, violentos, ladrones y camellos. Aunque aparecen muchos más personajes que en el filme, Danny Boyle se quedó con los mejores: Rents, Sick Boy, Begbie y el mítico Spud (los cuatro aparecen en la portada de mi edición de bolsillo, que es la de la imagen adjunta). Probablemente los pasajes más divertidos son los que se encarga de narrar Spud, un pobre diablo que casi nuna sabe por dónde se anda. Muy recomendable.

PD: Y, por fin, sé qué significa el término "trainspotting": Hobby consistente en observar compulsivamente los trenes y anotar su número y características para luego darse importancia entre otros aficionados. Es objeto de ridículo generalizado en Gran Bretaña, como grado cero de los hobbies o la forma más fútil de pasar un tiempo con el que no se sabe qué hacer (N. del T:)

Votantes (La Opinión)

Tan seguros están en el Partido Popular de Zamora del triunfo de su candidata a la alcaldía que dicen que el candidato del Partido Socialista será un magnífico jefe de la oposición. Ellos están convencidos de su éxito en las elecciones, y yo también. De momento, no albergo ninguna duda: ganará el PP, por costumbre, por olvido del pueblo y porque estamos hablando de una ciudad con población mayoritariamente de la tercera edad y de derechas, dos factores imprescindibles a la hora de ganar en las urnas en esta provincia.
Lo dicho en las líneas anteriores no significa que uno aconseje al resto de los partidos el abandono de la lucha. Desde luego, cada partido debe pelear y mostrar su mejor cara o su programa, si lo tiene, incluso aunque esté casi asegurada la derrota (alguien políticamente correcto no diría derrota ni triunfo, pero recuerden que quien escribe esto no es políticamente correcto). Pero seamos claros: la mayoría de los votantes que viven en Zamora quieren lo que de momento se les da, a saber, una ciudad tranquila en la que pongan muchos bancos de cara a la pared, donde se sienten los jubilados a olvidar; en la que apenas se note la presencia de la juventud en los actos, en los conciertos y en otras ceremonias relacionadas con la cultura (aunque, de cara a las elecciones, el Ayuntamiento sí está prestando ahora algo de apoyo a los jóvenes y sus actividades culturales); en la que se opte por construir plazas ridículas, réplicas unas de otras, pero bien iluminadas; en la que se vea a los gobernantes, de vez en cuando, alumbrar interminables proyectos en el centro de la ciudad, mientras bajan a saludar y a hacer promesas a los vecinos de los barrios bajos, aunque luego no las cumplan; en la que las fiestas locales sean flojas y apenas se perciba el escaso dinero empleado en ellas, pero que es una circunstancia que podrá perdonarse siempre que la Semana Santa se practique en orden y sin calles cortadas por las obras. Etcétera.
Tampoco significa lo anterior que los candidatos de la oposición sean buenos o malos, mejores o peores, ni que la candidata del PP sea mejor o peor. Porque no lo dudo: unos y otros estarán a la altura, o eso se espera de ellos y de sus programas electorales. Pero decíamos que está, en primer lugar, la costumbre. Algunos ciudadanos ni siquiera se molestan en votar. Suelen creer que su voto no cambiará las cosas. Algunos ciudadanos no quieren mudar de costumbres mientras les siga yendo bien gracias a los cargos a dedo y a los enchufes. Somos miembros de una ciudad acomodada, y eso constituye un peligro, pero no sólo en materia política. En segundo lugar, el olvido del pueblo: el olvido en política. Los ciudadanos, por lo general, ni siquiera logramos acordarnos de lo que sucedió hace dos semanas en el ruedo político; y menos recordamos, pues, lo que ocurría meses atrás. Se nos olvidan pronto los éxitos y los fracasos municipales, pero sobre todo se nos olvidan los segundos. Y en tercer lugar, y como cité al principio: estamos ante una población envejecida que sólo piensa en términos de bienestar y tranquilidad y bancos en los parques bien iluminados; ya no le preocupa tanto el futuro como antes, salvo en lo que respecta a los nietos o hijos que terminan haciendo la maleta y largándose a otras provincias a trabajar. Además, algo esencial: el cambio de candidato a la alcaldía, por parte del PP, trae aire fresco: al menos a priori. Lo cual supone un punto importante. No dudamos, pues, de la valía de unos y otros, pero el PP zamorano tiene las de ganar. Incluso aunque pusieran de candidato a un muñeco de trapo.