lunes, enero 19, 2009

Móviles con banda sonora

Entre las últimas y variadas modas de estos tiempos creo que no hay ninguna más molesta, horrenda y hortera que esa manía de los chavales de utilizar el teléfono móvil como si fuera un equipo de música. Sobre todo afecta, creo yo, a los usuarios de los transportes públicos: en el autobús, en el metro y en el tren de cercanías. También se da en la calle. Pero en la calle hay un sistema infalible para huir de ese ruido: cambiar de acera o alejarse del impertinente que nos tortura. En Madrid se cansa uno de esta moda. No sé si es frecuente en Zamora, dado que no hay red de metro y se utiliza menos el autobús, aunque cuando estuve por allí estas navidades no vi a nadie con la música del móvil a toda pastilla caminando por Santa Clara. Hay tanta aversión a estas tribus con teléfono musical que incluso han creado un grupo en Facebook: “Odio a la gente que cree que el móvil es un radiocasette”, que ya cuenta con más de cincuenta mil seguidores y suma más de mil mensajes para opinar del tema.
Supongo que esta moda nace de esa otra que nos importaron de otros países, y que aquí no funcionó o eso me parece a mí: la de los raperos con loro al hombro. En España los conocemos más por las películas. Pandas de individuos con un porteador que se echa el casete gigante al hombro y pone una cinta o un dvd con rap o con hip hop o con lo que sea que escuche esta peña. De ese modo, la música se extiende a otros ciudadanos y a los demás nos toca soportarla. Sin embargo, antaño había una diferencia: cada panda llevaba sólo un loro, lo cual suponía escuchar un único hilo musical. En la actualidad, lo que se ve en el metro es diferente: todos los chavales usan teléfono móvil desde la cuna, así que la mitad de una pandilla lleva música en el teléfono. Quiero decir que entras en un vagón, como le pasó a uno de mis colegas, y lo invade una horda de chavales y cada uno de ellos esgrime un móvil con la música puesta a un volumen matador. El resultado es incongruente dentro de la incongruencia. Me explico: si es incongruente ir por ahí con música en la mano, más aún lo es el hecho de juntarse varias personas con bandas sonoras diferentes. ¿No se vuelven locos? Cada uno tiene sus gustos musicales y ahí no deberíamos entrar. Pero no resistimos la tentación de hacerlo. Porque, si aún escucharan una música decente, que alegrara el oído, el resto de pasajeros tal vez no se molestaran tanto. A poca gente le disgustaría, por ejemplo, una canción beatle. El mayor incordio es que la banda sonora de esos móviles es muy hortera. Es lo que algunos califican de “música ratonera”. Y dicha melodía sólo gusta a unos cuantos. Al margen de los gustos, a algunos pasajeros les apetece leer en el vagón, o echarse siestas rápidas antes y después del trabajo, la típica cabezada para relajar los ojos tras tanto madrugón y tantas horas de oficina o de fábrica o de lo que sea. O les gusta disfrutar de una conversación. Y con los móviles sonando no pueden.
Prefiero a un buscavidas callejero que se mete en el vagón a tocar un acordeón o el tema principal de “El padrino” con un xilófono: al menos tratan de ganarse unas monedas. Los sufridos ciudadanos se preguntan por qué estos oyentes no se compran unos sencillos auriculares. No me vale la excusa del dinero: si uno tiene móvil, puede acceder a unos cascos. Tal vez sea una llamada de atención, como esos conductores que ponen chunda-chunda en el coche al máximo volumen y abren las ventanillas para que la ciudad entera sepa que tienen mal gusto (aunque ellos piensen que es bueno). Al final tengo que darles la razón a quienes dicen que, en esta vida, la suma de nuestros comportamientos depende de la educación. O algo así.

domingo, enero 18, 2009

Mi nombre es Harvey Milk


Gus Van Sant construye una de sus mejores películas, que en este caso gira en torno a la política, en la línea de El candidato o Todos los hombres del rey. Recordemos que Milk trata sobre el primer político abiertamente homosexual elegido para un cargo público en Estados Unidos (FilmAffinity). El reparto es impecable, pero destacan por motivos obvios Sean Penn y Josh Brolin. Sean Penn interpreta a Milk con mucha convicción. Sean Penn puede hacer cualquier papel. Siempre nos convence. Podría hacer de Madeleine o de Nelson Mandela y también nos lo creeríamos. Es un genio.

Vasos sucios en la madrugada, de Manolo D. Abad


Me gustaban los jueves y me gustaba esa hora para comenzar a beber. Al día siguiente no tenía que madrugar y mis estancias en el local podían prolongarse cuanto quisiera. Conversaciones y música, así como alguna partida se desarrollaban sin dificultad y hasta algunas noches podía olvidarme de la soledad de mi cama, la soledad buscada desde que Clara me dijera adiós para siempre y desapareciera de mi vida y de la ciudad.

Falta de medios materiales

El jueves pasado, en este periódico, leíamos el siguiente titular en la sección de noticias locales: “La Policía Nacional no puede utilizar tres vehículos al no contar con ITV”. Se referían a los coches que necesitan para efectuar las labores de vigilancia de paisano. Desde hace un mes esperan la inspección técnica de los mismos. Lo denunció el SUP (Sindicato Unificado de Policía) en Zamora. También denunciaron el tiempo que llevan sin recibir uniformes nuevos: tres años. En invierno, con las heladas brutales que castigan a la provincia de Zamora, los policías visten pantalones de verano por culpa de la falta de reposición de material. En la noticia dicen que deberían recibir, dos veces al año, los uniformes de invierno y de verano. No ha sido así. Están a la espera de obtener botas, pero sólo se las enviarán desde Valladolid cuando les cambien la vestimenta. Van con zapatos que no soportan el frío de estos días y con pantalones que no defienden de las temperaturas invernales.
La noticia me llamó la atención porque ya había oído hablar del tema. Estas denuncias y reivindicaciones sólo son la punta del iceberg. ¿Saben ustedes en qué condiciones tienen que trabajar los policías de Castilla y León? Además de esos uniformes viejos y de la falta de calzado, están otras cuestiones. Por ejemplo, la carencia de guantes anticorte. Por ejemplo, los chalecos antibalas. En la web de SUP hay un documento en pdf para que cada agente solicite guantes y chalecos porque es deber del empresario facilitárselos para que se cumplan las medidas de seguridad, como disponen en la ley de Prevención de Riesgos Laborales. Las cartucheras que les facilitan a los policías cuentan con un inconveniente mayúsculo: son fáciles de arrancar. Así, un tipo puede acercarse por detrás y llevársela de un tirón. Los chalecos antibalas se caen de viejunos. Con el tiempo, el kevlar se desgasta, caduca, y las balas son capaces de atravesarlo a unos metros de distancia. Las balas que reciben los agentes al entrar en el cuerpo sufren cierto deterioro con los años, debido al roce continuo. ¿Recuerdan el caso de la mujer policía, zamorana para más señas y perteneciente al cuerpo de caballería, que falleció al caerse del caballo porque no tenía casco? Luego los altos cargos trataron de darle el maquillaje oportuno en la prensa para que pareciese otra cosa distinta a la realidad: argumentaron que la chica se había negado a ponerse el casco, que sufrió un desmayo, etcétera. Tras aquel suceso, por la red corrió un mensaje en el que denunciaban ese maquillaje de la verdad y contaban algunas realidades del cuerpo de caballería que no interesan a los jefazos: la cantidad de material que unos policías “heredan” de otros, el peligro de ir en caballos viejos o enfermos o medio locos y otros ejemplos que denotan el incumplimiento de las medidas de seguridad.
El resultado principal de todo esto es que, como me dijo un policía, si uno quiere ir seguro, vestido de acuerdo a las mínimas condiciones de seguridad para trabajar en la calle frente a la delincuencia, tiene que comprarse él mismo la mitad del equipo. Como se lo cuento. Pagar el material correcto y adecuado de su propio bolsillo, con su sueldo: las botas, los guantes anticorte, el chaleco antibalas, la cartuchera que resista los tirones, y en ese plan. La Administración afirma que velará por “el uso efectivo y correcto” de los equipos de protección pero, mientras tanto, mientras se depuran responsabilidades y se maquillan ciertos errores de cara a la ciudadanía, ahí tenemos a los policías, gastándose su sueldo en equipo que cumpla las normas, jugándose el pellejo, esperando a que la gente sepa la verdad: el estado lamentable en que trabajan.

sábado, enero 17, 2009

Eduardo Chapero-Jackson


De Eduardo Chapero-Jackson me ha hablado Mario Crespo algunas veces, y también ha escrito al respecto en su blog (aquí y aquí). Me dijo que era imposible encontrar sus cortometrajes en la red y es cierto: no he conseguido ver o descargar ninguno de ellos. Ayer encontré un certero comentario sobre Chapero-Jackson en La Papelera de Juan Palomo (en El Cultural) que nos advierte de la ceguera propia que hay en España con los nuestros. Copio y pego:
Que España no trata bien a sus artistas es una verdad como un piano. De Los Ángeles llegan con frecuencia noticias que ponen en solfa nuestra capacidad para reconocer los méritos propios. Eduardo Chapero Jackson ha sido preseleccionado para los Oscar con su corto Alumbramiento y figura como favorito en varias quinielas. Chapero, que ya ganó el premio al mejor corto del cine europeo, no fue ni nominado a los Goya por este trabajo.

Sobrecarga

Podría ser un día cualquiera, pero es viernes y los viernes todos estamos más cansados. Me levanto dispuesto a encarar el mundo y cumplo con los blogs y el correo, pero luego me acomete una especie de pereza terrible. O tal vez sea la sobrecarga de noticias, eventos, estrenos, publicaciones y anécdotas con las que me desayuno, acompañado de varias tazas de té. Tal vez todo el repaso que doy a la actualidad, a la prensa y a las bitácoras, me haya dejado bloqueado para la acción. Quiero hacer un montón de cosas este fin de semana y no sé por dónde empezar. ¿Por dónde empiezo? Han abierto una exposición en el Museo Mapfre: una retrospectiva sobre Walker Evans, uno de los grandes fotógrafos de los Estados Unidos. Meses atrás reeditaron un libro en el que, junto a textos de James Agee, retrataba la América pobre y profunda. El libro es “Elogiemos ahora a hombres famosos”. Lo compré entonces y todavía no lo he leído. Se me acumulan las lecturas. Esta semana he leído tres libros: “La extranjera”, “Sida mental” y “Vía Revolucionaria”. Con “semana” me refiero a los días comprendidos entre el lunes y el jueves. Cuando se publiquen estas líneas espero haber leído uno o dos más. No se asusten: algunos de esos libros tienen apenas cien páginas, se leen en un rato. Volviendo al principio: quiero ir a ver la exposición de Evans en Madrid.
Estrenan varias películas apetecibles. Es buena temporada porque se acercan las ceremonias de los Goya y los Oscar y acaban de entregar los Globos de Oro y eso significa jugosos estrenos. Aún tengo pendientes “Mi nombre es Harvey Milk” y “Resistencia” y ya estrenan “Siete almas” y “La clase”. A priori “Siete almas”, la de Will Smith, no me interesa demasiado. Pero dirige Gabriele Muccino, el tipo que le dio a Smith su mejor papel, el de “En busca de la felicidad”. Siento aprecio por Muccino porque realizó una de mis películas favoritas del cine italiano de los últimos años: “El último beso”. Estrenan también “El truco del manco”, pero no sé si me apetece verla. Ahora vamos a mostrar los paralelismos y diferencias entre el cine norteamericano y el cine europeo y, por favor, que nadie se ofenda. Para la película española “El truco del manco” el director necesitaba a alguien con discapacidad y, efectivamente, fichó a alguien con discapacidad y el filme ha entusiasmado a la crítica. Para la francesa “La clase” reclutaron a alumnos de verdad y el protagonista es el auténtico profesor que escribió el libro en el que se basan. Nada de estrellas en ambos casos. En el cine norteamericano necesitaban a un tullido para “Valkiria”, la historia de un complot alemán para asesinar a Hitler, y contrataron a Tom Cruise, que simuló las taras de su personaje con ayuda de maquillajes: un solo ojo y una sola mano, y ésta sólo con tres dedos. Es decir: en el cine europeo se contrata a alumnos y discapacitados de verdad; en el cine yanqui contratan a estrellas y las maquillan. ¿Esto es bueno o malo? Pues depende, como siempre: acudir a alguien anónimo logra que las historias sean más creíbles para el espectador; pero eso jugará en su contra en la taquilla. O sea: que en USA apuestan por el dinero y en Europa apuestan por el arte.
Seguimos asistiendo a la masacre de Gaza. El jueves vi, en una librería, un libro de crónicas de mi paisano Agustín Remesal: “Gaza. Una cárcel sin techo”. Iba con prisa y al final no lo compré. Busco datos y me interesa porque no se trata de un ensayo escrito desde la comodidad de un despacho, sino que Remesal lo vivió. Es el resultado de su corresponsalía para televisión. Pero a fondo. Quiero ir a comprarlo. Es posible que, cuando estas líneas se publiquen, lo tenga ya en mis manos.

viernes, enero 16, 2009

Primer trailer de Planet 51


Es la película en la que anda metido mi primo (los directores son colegas suyos y él se encarga de dirigir el videojuego del filme, entre otras historias). La más cara del cine español, descrita como "una invasión alienígena a la inversa". Detrás está Ilion. Pero tuvieron que pedir presupuesto en Estados Unidos porque en España se arriesgan cuatro gatos. Por eso está rodada en inglés y con doblaje de Dwayne Johnson, Jessica Biel, Justin Long, Seann William Scott, Gary Oldman y John Cleese. El guionista es el mismo de Shrek. Una tarde, mi primo (José Manuel García) me enseñó el libro de bocetos que mostraban a las productoras. Llevan con este proyecto un montón de tiempo, luchando y sufriendo día a día. Estrenan en Navidad. Desde aquí, mi enhorabuena al equipo por este primer trailer.

Vía Revolucionaria, de Richard Yates


Demoledor retrato del matrimonio. Yates nos cuenta el declive de una pareja que vive en las casas con jardín de Revolutionary Road: sus sueños frustrados, el fracaso de sus ambiciones, la rutina de dos personas que viven una vida que no les gusta. El autor afila su mordacidad en el retrato de otros matrimonios que aparecen en la novela: el marido que se quita el audífono para no oír las interminables charlas de su mujer, el hombre enamorado en secreto de la protagonista... He aprovechado la reedición de Alfaguara para releerla. Es una prosa que recuerda un poco a las historias de Raymond Carver y John Cheever. Historias sobre gente que parece feliz, pero no lo es.
Sam Mendes ha dirigido la película con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. No puede estar a la altura porque tendría que ser algo más que una obra maestra. Pero tengo ganas de verla. Un párrafo del libro:
Y yo no siquiera quería tener un hijo, pensó, siguiendo el ritmo de sus paladas. ¿No es increíble? Yo no quería un hijo ni más ni menos que ella. ¿No era cierto que a partir de entonces toda su vida había sido una sucesión de momentos que él en realidad no había querido vivir? Aceptar un empleo aburridísimo para demostrar que podía ser tan responsable como cualquier otro padre de familia, mudarse a un apartamento discreto y demasiado caro para demostrar que como adulto que era creía en los fundamentos del orden y la buena salud, tener otro hijo para demostrar que el primero no había sido un error, comprar una casa en el campo porque ése era el siguiente paso lógico y tenía que demostrarse a sí mismo que era capaz de darlo, y por la sencilla razón de que estaba casado con una mujer que había conseguido ponerle para siempre a la defensiva, que le quería cuando era simpático, que vivía conforme a lo que le apetecía hacer en cada momento dado, y que de buenas a primeras –y esto era lo más jodido–, de buenas a primeras podía querer abandonar a su marido. Era tan ridículo y tan simple como eso.

Futurama: La bestia con un millón de espaldas


Otra de las películas de Futurama estrenadas directamente en dvd. Ya hablamos aquí de la primera: El gran golpe de Bender. En esta ocasión abundan los guiños a los juegos de los 80 y Bender vuelve a destacar como el personaje más grande de la serie. Lo mejor: la novia de Fry, una chica (a la que dobla Brittany Murphy en la VO) que mantiene una relación con otros cuatro hombres a la vez, y aún tiene tiempo para más. Si te gusta la serie, no te la pierdas.

poeSÍa contra la barbarie


133

Admirable broma-reflexión recogida del blog de “Hank Over”. Su autor es Oscar Sipán: “Decía George Orwell que sólo había un modo de hacer dinero escribiendo: casándote con la hija de tu editor. Los tiempos cambian: ahora hay que casarse con la hija de tu distribuidor”.

¿De dónde ha salido esa gente?

Va uno por ahí y se topa con ciudadanos cuyo comportamiento parece indicar que los han educado en una jaula de monos. Pero si los pusiéramos junto a un grupo de chimpancés comprobaríamos que éstos son más educados, más cívicos. Está esa clase de individuo que me encuentro casi a diario en las calles de Madrid. Suele ser varón, solitario, adulto ya entrado en años (algunos ya con canas y arrugas). Dicho individuo va caminando por la acera y, de repente, se para, se lleva una mano a la nariz, arquea el cuerpo hacia delante como si fuese a vomitar y, entonces, comprueba uno que se está sonando los mocos. Sin pañuelo. Las mucosidades y secreciones caen como un disparo sobre el suelo. ¡Plaf! Se puede oír incluso el impacto de la mocada sobre la acera. Suelen empezar por un agujero de la nariz. Luego, el otro. ¡Plaf!, otra vez. Se pasan el dorso de la mano por la napia para limpiar las salpicaduras y prosiguen su camino, como si tal cosa. No me imagino a una mujer haciendo eso. Las mujeres son más finas. Tienen sentido de la decencia. Casi todas: habrá excepciones, supongo. No me imagino haciendo eso a un caballero que se precie de serlo. ¿Tanto cuesta comprar un paquete de pañuelos de papel? ¿O llevar un pañuelo de tela con tus iniciales, metido en el bolsillo? Los hombres de antes, como mis abuelos, llevaban su propio pañuelo de iniciales bordadas en el bolsillo. Quedan pocos así.
Está esa mujer que va por los pasillos del supermercado. Empuja un carro de la compra, al pasar demasiado cerca de una estantería cae algo (una caja, un paquete de galletas, una bolsa de pan de molde), se asusta al escuchar el ruido tras de sí, se detiene, gira la cabeza, ve que ha caído con sus caderas un producto y, en vez de agacharse y colocarlo en su sitio, sigue adelante. Igual que si no hubiera pasado nada. Que ya se encargará de agacharse y recogerlo el reponedor de turno, o la cajera que esté de paso por allí. O quien sea. Ella no. Ella no se digna a doblar el espinazo para devolver a su lugar algo que ha tirado. Aunque sea por accidente. Está esa actitud que suelo ver tanto en las plantas de libros de Fnac. Un empleado joven (suelen ser jóvenes) está rellenando un anaquel con ejemplares recién salidos del almacén. Se le cae uno. O, peor, se le caen varios libros. Nadie se agacha. Nadie le ayuda. Cuando uno lo hace y va a recoger el libro para echarle un cable, el empleado está tan sorprendido por la actitud, por la ayuda, que da las gracias con un gesto de asombro. Lo dice como si fuera la primera vez que le sucede: que se le caigan los ejemplares y un desconocido le ayude.
Está, también, el fulano que acostumbra a dejar el coche delante de la puerta de un garaje. Fulano o fulanos, pues a cada rato es un tío diferente. Y lo peor no es que dejen el coche un par de minutos, sino que suelen desaparecer de la escena durante diez, quince, veinte minutos, o incluso media hora. Esa situación la observo varias veces al día en el garaje que hay bajo la ventana del cuarto donde escribo. Gente que viene del trabajo y no puede meter el coche en su plaza. Gente que va al trabajo y no puede salir del garaje, y tiene que tocar veinte veces el claxon hasta que el aludido desbloquea la salida. Y conductores maleducados que, cuando el otro les dice que lleva quince minutos esperando a que quiten el automóvil, aquellos contestan de malas maneras. Y encima se enfadan. Está, por supuesto, el espectador que, en el cine, enciende en diez ocasiones el móvil para enviar sus mensajitos. El maleducado que va al teatro. El que arroja desperdicios en el campo y en su ciudad. Y muchos maleducados más. Sería interesante saber de qué zoológico han escapado.

jueves, enero 15, 2009

Próximamente: Aquí comienza nuestra historia



Alfaguara publicará en abril este libro de relatos de un autor imprescindible: Tobias Wolff.

Prólogo de Ajuste de cuentos


Prólogo de Kutxi Romero para Ajuste de cuentos, de Patxi Irurzun:
EL TRAGASABLES
Bukowski escribió: “Lo que realmente importa es que nada tiene importancia”, y me pareció que sólo él podría llevar el peso de esa afirmación sobre los hombros.
Once años después de leer esa frase, en un bar, alguien la llevaba en volandas, sostenida tan sólo por una sonrisa. Alguien me lo presentó. Me dijo que se llamaba Patxi. Patxi Irurzun. Pensé al mirarle en cuánto me gustaría a mí agarrar por las solapas esa frase y estampársela en la frente a medio mundo. Supe que nunca podría. Esas palabras pesan demasiado para un peón de albañil. Pero esa es otra historia.
Con el tiempo hemos coincidido más veces, no muchas, seis o siete, y os juro por mis muertos que él siempre llevó encima la frase de Bukowski, pero no como un estigma, de eso nada, sin ningún tipo de resignación, la lucía como quien luce un tatuaje en los labios, para que no se oculte ni en verano ni en invierno. Y yo siempre pensaba lo mismo: Este tío o está como un cencerro o tiene los cojones de plomo. Y me daba envidia, porque yo siempre he tenido demasiado de lo primero y demasiado poco de lo segundo. He llegado a la conclusión de que él tiene mucho de las dos cosas, de que unta su pluma en la sangre que se derrama de las puñaladas que da la vida y así le ajusta cuentas, como diciendo: Ya hemos visto mi sangre, ahora vamos a ver la tuya, so hijaputa.
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La tragedia de Ribadelago



Fotografías cedidas a La Opinión de Zamora por el Archivo Histórico Provincial y la Subdelegación del Gobierno: aquí.

Dos grandes fingidores

Gregory House es un gran fingidor. En numerosos capítulos se inventa algo para conseguir sus propósitos: una dolencia, una enfermedad, una excusa para irse a casa. Se trata de un mentiroso que engaña para alcanzar un objetivo más o menos noble, dependiendo del caso: curar a un paciente, demostrar que tiene razón en sus teorías acerca de un enfermo, conseguir un capricho o que los demás se apiaden de él. Ha empezado la quinta temporada de “House” y yo llevaba esperándola mucho tiempo. Eché de menos la serie en los últimos meses del año. Aunque en esta última edición de los Globos de Oro Hugh Laurie no se haya llevado el premio, sigo fiel al doctor. En la cuarta temporada nos dejaron con el sabor amargo de un final sin concesiones. Moría la novia de Wilson (Robert Sean Leonard) en un accidente. Aquello dejaba en peligro la amistad entre House y Wilson. Nos gusta House, pero Wilson es el personaje de la serie que posee un corazón de oro. House es la clase de tipo que no quisieras tener como enemigo. Wilson es la clase de tipo que quisieras tener como amigo.
Resulta que, desde hace unas semanas, compagino la lectura de “Todo Sherlock Holmes” con otros libros. El personaje de Arthur Conan Doyle es la base sobre la que construyeron al doctor House. Disfruto estos días con los relatos y novelas de Conan Doyle sobre Holmes y, al mismo tiempo, con la quinta temporada de la serie. Veo las similitudes y las diferencias. Sherlock Holmes no trata tan mal a John Watson como lo hace House con Wilson. Incluso Holmes y Watson tienen sus fórmulas de respeto: se tratan de usted incluso compartiendo el techo y el alquiler de un piso. A veces uno piensa que Watson le aguanta demasiado a Holmes, que es huraño, que rehúye las relaciones con mujeres, que se pasa horas en silencio meditando o que recurre a disfraces y artimañas sin haber prevenido antes a su colega.
En “House”, como decía al principio, hemos visto varios capítulos en los que el doctor finge alguna dolencia o alguna enfermedad. A menudo con un único propósito: salvar a un paciente. A veces llega más allá y prueba en su organismo algo que resulta pernicioso para él, pero que lo acercará al enfermo y a sus síntomas. Tras ver el primer episodio de la quinta temporada, abrí mi ejemplar de “Todo Sherlock Holmes” y leí el relato titulado “La aventura del detective moribundo”. Comienza con un aviso al narrador, Watson: el señor Holmes está muy enfermo, en su casa, al borde de la muerte, y se niega a llamar a los médicos. Cuando Watson va a visitarlo, en efecto, lo nota en las últimas: molido, tembloroso, delirando. Pero Holmes, sin haberle dicho nada, se prepara para resolver un caso sin levantarse de la cama. Ruega a su colega que llame a un plantador al que conoce. Él es el único que sabrá resolver la extraña enfermedad que sufre. Dicho plantador es un hombre que ha enviado un veneno a Holmes, y confiesa el envío y un crimen anterior mientras disfruta creyendo que el detective está a punto de morir y lo despide en los que él cree son sus últimos minutos. Tras la confesión, Holmes revela sus cartas: ha fingido el envenenamiento mediante tres días de ayuno, que debilitan a cualquiera, y un poco de maquillaje en el rostro. Watson, escondido y ajeno a la treta, es testigo de la confesión. Y así es como detienen al plantador. El detective, en vez de ejecutar su plan contándoselo a alguien, guarda el secreto hasta la resolución del caso. Y así, tanto su fiel colega como su casera sufren durante unas horas pensando que va a morir. Esa clase de artimañas y fingimientos están bien captados en los abusos de House en la serie. Y nos preguntamos si ambos tienen corazón.

miércoles, enero 14, 2009

Patrick McGoohan (1928 - 2009)


Próximamente: Satori en París


Ediciones Escalera va a publicar en breve este libro de Jack Kerouac: Satori en París. Estaremos atentos. Más información: aquí.

Sida mental, de Lionel Tran


En una narración autobiográfica en un 95% (lo afirmó el autor en la prensa), Tran nos cuenta la vida en los pisos de protección oficial de las afueras de Lyon durante los años 70, 80 y 90. Violencia, crueldad animal, soledad del protagonista que sueña con matar gente, maltrato por parte de su madre, ausencia del padre, miseria, masturbaciones agresivas, vacío interior, una vida hueca (A menudo lloro en mi cuarto, donde paso toda la noche envidiando la vida de los otros que observo por la ventana). Lo más interesante es cómo Tran lo cuenta: breves fragmentos de frases cortas, desordenados cronológicamente, que van directos al estómago. Una muestra:
El papá de la abuela era alcohólico. El papá de la abuela hizo la guerra de los Balcanes. El papá de la abuela le pegaba a todo lo que se movía en la casa. La abuela cree que los hombres beben y que son violentos. A la abuela no le gustan los hombres. El marido de la abuela murió tres años antes de que yo naciera. Estropeó el mayo del 68 de mamá.

Prólogo de Mi vida en la penumbra


Prólogo de Alfonso Xen Rabanal para Mi vida en la penumbra, de Vicente Muñoz Álvarez:
Vinalia Trippers:
una generación en movimiento.

tanta humanidad
y tanta historia
a mis espaldas
y yo
en medio del caos
preguntándome
qué coño hago aquí.

Vicente Muñoz Álvarez, 38 poemash.
Edición de VINALIA BOLSILLO.

Era un fin de milenio... Eso, lo tengo claro.
Nacimos en el final ourobórico de un fascismo plagado de imágenes sin contenido. Crecimos en una eterna transición donde esas imágenes empezaron a ir muy deprisa. No teníamos a qué aferrarnos. Algo o alguien se había olvidado de nosotros después de endilgarnos una profusa ración de educación castrante, plena de miedos, de odios, de indecisiones ante la vida... Y estábamos rebotados.
Lo primero que aprendimos es que, en su simulacro, no existía la magia... Crecimos vacíos, sin ningún referente a nuestro lado. Nos educó la calle, el cine, los cómics... más tarde el rock. Todo muy visual, pero ninguna letra en este país que nos fuese afín, contemporánea... Y tuvimos que partir de cero... ajenos a aquellos que sólo cambiaron de máscara con la democracia, pero que seguían con su discurso clasista y académico...
Partir de cero, partir del vacío...
Fuimos los hijos sietemesinos de la democracia, lo único que teníamos era nuestra realidad, tuvimos que construir nuestra cultura de retazos, y, en cierto modo, muerto todo conato de revolución gracias a la mercadotecnia capitalista, sólo podíamos intentar describir nuestra realidad para descubrirnos, quizá reivindicarnos, en un sistema que pretendía purgar en nosotros todos sus fracasos...
En la huida sólo hay dos caminos: hacia dentro y hacia fuera.
[Seguir leyendo: aquí]