miércoles, noviembre 12, 2008

Verónica, de Julio Valdeón Blanco



Julio Valdeón regresa a la novela con su prosa salvaje y sus argumentos sobre el lado oscuro del ser humano, con una trama en la que hay una mujer fatal (la chica del título), además de snuff movies, algunos cadáveres, drogas y sexo, policías y camellos y paseos por tres ciudades: Madrid, Marbella y Tánger. El propio Julio ha hablado en una entrevista de su interés en el horror. Y lo encontramos, y también crudeza en estado puro. Sin concesiones a la galería. Un fragmento:

Salí de paseo. Tomé taxis. Volví a sentarme. Bebí a gollete. Tragué pastillas. Sufrí alucinaciones. Declamé los versos prohibidos de los poetas malditos a los que aún no conocía. Subí a la habitación de una rubia flaca y con buenas tetas para echar un porvito, treinta euros la hora. Vomité nada más salir de su asquerosa casa. Me hice Marbella y alrededores por todas sus costuras, y todo en cuarenta y ocho horas, ya digo, y seguía igual, abandonado, peor, muerto de frío y coraje.

Alma sucia, de Vara, en Filmets 2008




Enhorabuena a José Manuel Vara. Programa del festival (pág. 170): aquí.

Ciudad subterránea

Al parecer ya han colocado máquinas de preservativos en varias estaciones de Metro de Madrid. La idea no es mala: siempre es conveniente protegerse, utilizar la capucha. Yo aún no las he visto. Van a instalar unas ciento cincuenta máquinas en total en la red de metro, en zonas frecuentadas por jóvenes, lo cual hará que unos cuantos pongan el grito en el cielo. Confieso que las máquinas de gomas nunca me gustaron. Siempre me han parecido demasiado caras las cajitas que venden, aunque el pack de las estaciones sale así: tres unidades por un euro. Me acuerdo de una ganga: la ortopedia que había en Zamora cuando yo vivía allí (supongo que sigue abierta). Vendían tres cajas de preservativos por mil quinientas pesetas. Daba un poco de corte comprar todo el pack, pero salía muy rentable. A mí en mi ciudad solía darme vergüenza ir a por gomas a la farmacia o a esta ortopedia. Ya sabes lo que pasa en las ciudades pequeñas: mencionar el sexo o comprar un anticonceptivo es una especie de escándalo. Te miran con lupa, te juzgan, te etiquetan. Recuerdo un artículo que escribí sobre la masturbación, hace años. Los padres de algunas amistades se escandalizaron, hubo algo de polémica. Así que, en aquellos tiempos, cogía la bolsa que me daban en la ortopedia, que abultaba mucho, y trataba de esconderla bajo el abrigo. O repartía las cajas por los bolsillos. Cualquier cosa era válida con tal de no ser visto. Zamora tiene algo del Springfield de “Los Simpson”.
En la red de metro hay cosas que no entiendo. Entiendo que instalen estas máquinas. Pero no entiendo que tengan tantos cajeros automáticos que no funcionan. O que, simplemente, están apagados. Por ejemplo: los de Caja Duero. Son los que yo utilizo. Instalaron uno en la estación de Lavapiés y nunca lo han encendido. Lleva meses así. Un cajero apagado ni siquiera decora. El otro día estaba en Callao, en la estación. El único cajero desenchufado era de Caja Duero. Tampoco entiendo por qué en unas estaciones los cajeros están dentro y en otras están fuera. Me explico. En el primer caso quiere decirse que, si uno necesita efectivo, tiene que sacar un ticket y atravesar el torniquete para llegar a la máquina. En el segundo caso, los cajeros están unos metros antes del torniquete, cerca de las taquillas o junto a las escaleras.
Y no entiendo que a los vigilantes les toque espantar a los músicos ambulantes. Bueno, lo entiendo en la medida en que cumplen una normativa: está prohibido tocar en los vagones y en los andenes. Pero es precisamente en esos lugares donde algunos de esos músicos pueden amenizarnos el aburrido trayecto. Tiene más sentido que toquen en un vagón que a la entrada, en la frialdad de los pasillos y las escaleras. Una tarde, en el tren en el que viajábamos, entró un tipo alto con pinta de ruso. Llevaba un instrumento extraño. Tan extraño que jamás en mi vida lo había visto, e ignoraba que existiera. Era una variante del xilófono, con cuerdas. El individuo se puso a tocar la melodía principal de “El padrino” y los viajeros alucinamos porque lo hacía muy bien. En la siguiente parada se asomó un vigilante y el músico dejó de tocar. Cuando arrancamos, tocó un poco más y pasó la gorra. No dejan que en el interior de los vagones toquen sus instrumentos. Y sin embargo tenemos que aguantar la publicidad del Metro de Madrid que ponen en los televisores: un soniquete que repite las virtudes del servicio, hasta que llega uno a odiarlo. Cajeros automáticos, bibliometros, teles, máquinas de condones, tiendas y kioscos, músicos ambulantes, top manta… La red de metro es una ciudad subterránea. Sólo falta que alquilen espacios para dormir.

martes, noviembre 11, 2008

Nuevos carteles de Watchmen


Aquí puedes ver el resto.

Citas para los próximos días












Son demasiadas las citas para esta semana y la que viene. Y probablemente se me olviden unas cuantas. Trataré de enumerarlas:

-Martes, 11: Presentación de Bukowski Club: Jam session de poesía 06-08 en Fnac

-Miércoles, 12: "Acercando orillas" en el Bukowski Club. Autores de Baile del Sol

-Jueves a Sábado: Jornadas de Pravia

-Jueves, 13: Presentación de Vasos sucios en la madrugada, de Manolo D. Abad

-Viernes, 14: Recital en el Bukowski Club. Varios autores

-Viernes, 14: Presentación de Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero, de Inma Luna, en Fnac de Leganés

-Viernes, 21: "Acercando orillas" en el CCAN de León. Autores de Baile del Sol

La vida me persigue, de Itzíar Mínguez Arnáiz


Una recomendación de Karmelo Iribarren. Este poemario es diferente a otros que he leído. Recorre las últimas veinticuatro horas de la vida de un hombre que decide suicidarse. A medio camino entre la novela, la poesía y el diario, el narrador va desgranando sus sentimientos mientras el plazo que se ha fijado se agota. Aparecen los recuerdos, las despedidas, los secretos, las últimas conversaciones. Es la tragedia de un tipo cansado de vivir. El talento de Itzíar logra que no nos domine la melancolía y así los textos no caen en la tristeza, sino en una cierta celebración de lo que se ha vivido. Os dejo con un poema:
07:35

Me detengo

Nos miramos como tontos
O mudos
O dormidos

Hasta que Lolo me dice
Enseñándome el diente
Que vaya cara tengo

Le invito a que se mire al espejo
Y le aclaro que por lo menos yo tengo excusa
No he pegado ojo

Lolo no entiende a los jóvenes de hoy

Yo tampoco

Y se vuelve a reír
Con su diente de otro mundo

Luego te bajo el dinero
Le recuerdo
Porque no me gustaría morir con deudas
Esa es la razón

Me invita a desayunar
Y me cuenta que está jodido
Y cansado
De tanto trabajar
Y que no se jubila
Porque no sabría qué hacer

Yo le miro al diente
Y asiento
Y a punto estoy de invitarle
A morir conmigo

Fotos de For Your Pleasure






Expo de Miguel Ángel Martín en San Sebastián. Más imágenes: aquí.

Territorio afgano

Hace un año un amigo mío estuvo destinado en Afganistán. Para más señas: zamorano y colega desde la infancia, desde los primeros cursos del colegio. La gente se sorprende cuando comprueba que seguimos saliendo juntos tantos amigos, en panda, desde que nos conocimos en la escuela. Unos meses después de regresar él, por fin, a España, enviaron a Afganistán a otro amigo soldado. A éste lo conocí en Madrid, y en dicha ciudad tiene su casa. Cuando el otro día me conecté a internet y vi en las noticias que habían muerto dos soldados españoles en un ataque suicida, me dio un vuelco el corazón. Pero no era él. Ni estaba entre los heridos. Fue un alivio, pero también lo sentí mucho por los españoles asesinados. Van allí a jugarse el cuello y nunca se les agradece lo suficiente. Regresan golpeados por la visión de la muerte, del hambre y la miseria y luego comprueban que en nuestro país a la gente le da igual. No es muy diferente a lo que ocurrió con la guerra de Vietnam y que hemos visto en numerosas películas del género: el tío que regresa con el pelo largo y al que ni siquiera reconocen su condición de héroe, como le sucedía a John Rambo en “Acorralado”. Y lo digo totalmente en serio. De vuelta, además, les da el bajón.
Mi colega llegará este viernes a España, tras su estancia de varios meses en aquella tierra, al norte del país. Antes de su partida coincidí con él y su pareja en una boda. Los dos sabíamos que en Afganistán hay más tomate del que nos cuentan. Ocurren unas cuantas historias que nadie nos revela. Que se silencian. Resumiendo: en aquel país los soldados españoles tienen que tirar de gatillo más de lo que les gustaría. La mitad del tiempo, se aburren. La otra mitad se les hace un nudo en la garganta cuando deben explorar pueblos apartados y tierras silenciosas y caminos áridos en los que el enemigo puede estar al acecho. Recuerdo el día aquel de la boda. Es justo decir que él y yo y un par de personas más no entramos a la iglesia, sino que nos fuimos a tomar una caña al bar de la esquina. Tras la ceremonia y mientras la pareja se hacía fotos con la familia, entramos en una cafetería para hacer tiempo hasta la cena. Hablábamos de Afganistán. De su viaje. En breve le tocaba hacer el petate e ir allí a jugarse la piel. A unos metros de la cafetería estaba El Corte Inglés. Sección librería. Dije: “Ahora vuelvo”. Entré en la tienda y busqué un libro que había leído unas semanas atrás. “Una oración por la lluvia. Historias de Afganistán”, del reportero Wojciech Jagielski. Un documento impresionante sobre ese territorio. Las crónicas de este periodista tras viajar al país durante casi diez años. Para mí es una guía útil de lo que significa aquello: los talibanes, los muyahidines, las guerras continuas, el sistema de castas. Compré un ejemplar, le pedí a la dependienta que me lo envolviera para regalo, volví a la cafetería y se lo entregué a aquel amigo. Le dije que le serviría para conocer lo que allí se cuece de verdad. Para conocer el presente, pero sobre todo el pasado. El por qué de la situación actual. Creo que le sorprendió mi gesto, por inesperado, pero le gustó. Espero que lo haya leído. Que le acompañara en los ratos de soledad o en las noches con insomnio, si las ha padecido. No tardaré en saberlo.
Estos días regresan a España los contingentes de soldados que se marcharon hace unos meses. También deberían recibir homenajes cuando regresan enteros. Son quienes están dando la cara. Quienes se la juegan. En nuestro país da la sensación de que a nadie le importa. Es una sensación, ya digo. Pero no se aleja mucho de la verdad. Lean el libro de Jagielski si quieren conocer la vida en Afganistán.

lunes, noviembre 10, 2008

Tony Soprano


Ya he empezado a ver la 2ª temporada.

Sobre Resaca / Hank Over


Copio y pego del blog; el post lo ha escrito Vicente Muñoz Álvarez:
Llevaba unos días de bajón y angustia, queridos drugos, agobiado por la crisis, el trabajo, la paranoia y la sinrazón... Vender zapatos en un momento como este es como disparar al enemigo con los ojos vendados desde las trincheras... Pero no more: no more desgaste, complicidad, no more banderas blancas ni frustración ni lágrimas de cocodrilo... Hay una guerra, esto es una guerra, y vamos a seguir luchando... Desde las altas esferas nuestro editor nos comunica que la primera edición de Resaca/Hank Over está ya prácticamente agotada... Aún podéis encontrar algún ejemplar perdido en vuestras librerías, pero a efectos de distribución nuestra antología está ya agotada... En tan sólo medio año lo hemos logrado, hermanitos (aunque como nos razone nuestro editor, la crisis retrasará la segunda edición -de bolsillo-, de momento hasta la primavera), y por ello, desde aquí, desde mi keli, a las 7:50 a.m., antes de salir con mi furgo a pelear a la calle, os doy la enhorabuena y las gracias a todos los que, directa o indirectamente, habéis hecho posible esta gesta: antologados, simpatizantes, lectores, colaboradores y amigos... Nada hubiera sido posible sin vuestra ayuda y por ello os estoy personalmente agradecido. Y entretanto, el contador de nuestro blog sigue acumulando visitas (124.000) y recibiendo visitantes (80.000) cada día que pasa... He mudado esta mañana definitivamente de piel, me he levantado al fin con el pie derecho, sé que estáis cerca, no me rindo, no tiro ninguna toalla, mi chica me sonríe y manda municiones desde la distancia y el bueno de Hank, desde las alturas, nos alienta y nos guía... Gracias a todos por ser & estar: seguimos on the road !!! v.

Mañana, en Sevilla


Sin poetas no hay paraíso

Íbamos de camino a un acto poético. Perfopoesía. No haría falta aclararlo: la suma de poesía y performance. Pero no una performance de esas donde no se entiende nada, sino un recital acompañado de algunas diapositivas. El acto era en un bar de Lavapiés que a veces frecuento: La Escalera de Jacob. Al salir de casa vimos a varias personas abandonando nuestro garaje. Nos fijamos. Entre ellos distinguimos a dos actores. Dos caras familiares: Manolo Caro y Álex García. Ya, probablemente no os suenen. ¿Y si los llamo por los nombres de sus personajes televisivos? El Gitano y Moreno, de “Sin tetas no hay paraíso”. Así que tengo vecinos que conocen a dos actores. Era jueves y en una hora y media iba a empezar otro capítulo de esta serie. Hace unas semanas que sigo la segunda temporada de este culebrón con disfraz de lumpen. “Sin tetas…” reúne todas las señas de identidad del género de canallas: mafia, prostitución, narcotráfico, striptease, porno, adicción al juego y a la droga, policías. La mezcla funciona, la serie tiene muchos seguidores. Las mujeres quieren verla porque adoran a Miguel Ángel Silvestre (El Duque). Los hombres, por el despliegue de carne y sensualidad de su reparto femenino.
Pero es que también engancha. Lo comentaba con alguien el otro día: es una de las pocas series españolas con un alto nivel técnico. Y cuenta con unos cuantos intérpretes buenos. Unos días atrás vi “Los años desnudos. Clasificada S”, la película sobre el destape de la transición. Quise verla porque sabía que me iba a recordar a mi infancia: el Fotogramas con sus portadas de chicas en bolas, los bigotazos, las patillas, los jerseys con pinta de viejunos, el aire trasnochado a polilla y alcanfor que había dejado la dictadura en la vida cotidiana… Y en esta película sale Luis Zahera (aclaro: es El Pertur en “Sin tetas no hay paraíso”). Me sorprendió con su papel. Me gusta este tipo. También ha intervenido en “Celda 211”, el filme que se rodó en Zamora.
Entramos en La Escalera de Jacob, planta baja. Perfopoesía de Ben Clark. A Ben Clark, ya lo he dicho por ahí, me lo recomendó David González. Clark tiene sangre británica, pero nació en Ibiza. Ahora estudia en Salamanca. Leí su poemario “Los hijos de los hijos de la ira”, que habla de nosotros, de quienes somos hijos de los hijos de la guerra civil. Una generación a la que no se le perdona que no haya sufrido las penurias y el hambre de nuestros antepasados. “Tenéis todas las comodidades”, se nos reprocha, como si hubiéramos elegido época para nacer. Y de eso habla el libro de Ben. Y de amor, claro. También me interesaba asistir al acto porque se suponía que allí podría comprar los nuevos libros de Ben Clark y de Gonzalo Escarpa: “Cabotaje” y “No haber nacido”. Pero fui a hablar con ambos y dijeron que aún no habían salido ejemplares de la imprenta. Estuvimos en el bar con Manuela Temporelli, poeta y madre de la actriz y amiga Violeta Pérez (no se la pierdan en “Princesas” y “El patio de mi cárcel”). Escarpa presentó el recital. Fue un lujo porque tiene naturalidad en el escenario. Tiene gracia y desparpajo. Nos divertimos mucho. Ben Clark es otro cachondo. Sus poemas son serios, pero él les dio un toque de humor. Los leía en un portátil. De fondo, imágenes y palabras. Hacia la mitad quiso leer tres poemas ajenos que le parecían malos. Leyó uno que había encontrado en internet, de título “Cuitas por tus tetas”. Lo que nos lleva de vuelta al principio. A las tetas. Al paraíso. A la obsesión natural y humana por el seno. Cuando acabó el acto, breve y contundente, nos fuimos deprisa a casa porque estaba empezando “Sin tetas no hay paraíso”. Sin poetas, tampoco.

domingo, noviembre 09, 2008

Portadas exquisitas


The Lazarus Project, de Aleksandar Hemon. Inédito en España.

“Necesita un exorcismo”

Suele decirse que ninguna adaptación de novela o cuento supera al original. Que la película siempre es inferior. Y no es cierto. Hay casos aislados de filmes que engrandecen la fuente original. No he leído “El padrino”, pero dudo que supere al clásico de Coppola y sus secuelas. De hecho, todo el mundo cita las películas y pocos hablan de la novela de Mario Puzo. Hoy traigo un ejemplo en el que puedo afirmar con rotundidad (es una opinión muy personal) que la película “El exorcista” me parece superior a la novela.
Tiempo atrás leí “La semilla del diablo”. La única novela de Ira Levin que tengo. Me sorprendió gratamente. Luego volví a ver la película de Roman Polanski. Es una adaptación fiel y magnífica. Para mí hay un empate: me gustó tanto el libro como me había gustado el filme. Con una salvedad: el final de Levin es más explícito que el de Polanski, porque describe al bebé. Polanski prefirió sugerir, dejarlo a nuestra imaginación. O no se atrevió a mostrarlo, no sé. Tras aquella lectura compré con optimismo “El exorcista” de William Peter Blatty. El largometraje de William Friedkin es tal vez la cinta que más escalofríos me ha dado, junto a “El resplandor” y alguna más. Se trata de uno de esos casos de lecturas aplazadas. Tenía miedo de que me diera miedo. Suelo estar solo en casa la mayor parte del día y el género de terror construye fantasmas en nuestra mente que luego nos abocan a las pesadillas. A principios de esta semana me decidí a leerla y me duró un par de asaltos. Es un best-seller y, como tal, se digiere con facilidad, entretiene y atrae. Pero no me dio miedo. Quizá si lo hubiera leído de noche, metido en la cama o algo así, hubiese cerrado el libro con terror. Sólo en una ocasión increíble me dio tres vueltas el corazón y se me erizó el vello de la nuca y sufrí un escalofrío. Ocurrió como lo cuento a continuación. Leí el parlamento de la madre de la niña poseída, cuando dice al padre Karras: “Necesita un exorcismo. ¿Lo hará usted?”, y al saltar a la siguiente línea, ya sugestionado por el diálogo, algo hizo ruido dentro del armario. Pero no se asusten, no soy partidario de creer que hay espíritus que mueven los muebles. En estos casos aplico la racionalidad. Abrí el armario y vi lo que había provocado el ruido. Un macuto vacío, tal vez mal colocado en su balda, se cayó de su sitio, quedando atrapado entre la puerta y las camisas colgadas de sus respectivas perchas. Una tontería, pero leyendo ese libro pegué un bote. Coloqué el macuto en su sitio y proseguí la lectura.
La novela abunda en pasajes bien descritos que Friedkin trasladó con mucha fortuna a la pantalla. Por ejemplo: la ya clásica imagen en la que el padre Merrin (el exorcista en cuestión) llega a la casa de la poseída es un calco fotográfico de lo que Blatty nos cuenta con palabras. Sé que esas imágenes tan poderosas y esos diálogos y esas descripciones provienen del autor del libro. Sin ellas, la película no existiría o daría menos miedo. Pero “El exorcista”, el filme, tiene algo que a mí me causa más terror, y que la novela no tiene, no puede tener: las voces, los ruidos, incluso los efectos especiales y maquillajes. El punto más importante del terror es el sonido (y el silencio). La película suele aterrorizarme, aunque hace años que no la veo. Con el libro no me ha ocurrido, aunque reconozco su poder para meternos dentro de la historia y hablarnos de posesiones, ritos satánicos, misterios y profanaciones. Y soy consciente de que la novela tiene más seguidores que la película. No digo que sea mala. Digo que no he sentido el impacto que el filme me provocó.

sábado, noviembre 08, 2008

Nuevo cartel de Watchmen


El lunes, en Zamora


Café literario con Tomás Sánchez Santiago, un lujo de hombre, de poeta y de escritor. Un gran amigo.

León Blues

La ciudad en la que paseo huele a funeral...
La gente tiene la vista cansada de odiar,
pero aún no lo saben...
Morirán sin saberlo,
pues es ésta una ciudad fría
acostumbrada a curar
la carne muerta...
La gente que pasea
tiene en la mirada
el odio frío
del que intuye
que es hora de cerrar
los escaparates en los que viven
y regresar
a la puta realidad
delante del espejo
en el que odian
la vida
y se odian...

La gente que pasea
en esta ciudad
lo hace como el cortejo
fúnebre y solitario
de sí mismos


Alfonso Xen Rabanal, Inédito

Símbolo de esperanza

Al hilo de la elección de Barack Obama como próximo presidente de los Estados Unidos, quisiera hacer algunas reflexiones (probablemente banales). Dar dos o tres pinceladas de la impresión que tengo tras su aplastante triunfo sobre los republicanos. Desterrado de su trono el señor Bush, no sé, incluso podríamos ver una luz de esperanza en el horizonte. Hasta ahora, la definición más acertada la ha dado uno de los españoles que viven y trabajan en USA: Antonio Banderas. Ha dicho: “Hicimos historia después de ocho años de prehistoria”. Deberíamos salir a celebrarlo. A brindar por el triunfo del primer afro sentado en la Casa Blanca. Quien ocupará el trono del que se ha considerado el peor presidente de la democracia. Las elecciones norteamericanas son importantes para todos porque sus presidentes deciden el rumbo del mundo (o corrijamos: normalmente suelen ser los que hay detrás quienes toman las decisiones; Bush era un tonto útil, una marioneta).
El señor Bush abandona por fin el puesto y deja tras de sí una estela de barro. Le deja a Obama un país y una situación mundial con la que lidiar con pulso de artificiero, le lega un pantano cuajado de errores y chapuzas. En otros países me gusta comprobar las reacciones de los candidatos que pierden la batalla por los votos. En Francia, por ejemplo, hay deportividad. En Estados Unidos, para mi sorpresa, también la hubo. “Era mi oponente y ahora es mi presidente”, ha anunciado John McCain. Lo llaman humildad, creo. Lo llaman acatar los resultados de la democracia. Lo llaman atenerse con deportividad a lo que el pueblo ha votado. Igualito que en España, ¿verdad? En España jamás tendremos esa nobleza, esa naturalidad para saber perder. Para asumir la derrota. En España no. Aquí en seguida se saca la navaja trapera, se desconfía, se cree que no es cosa de la democracia sino de las conspiraciones. Aún tenemos muchas lecciones que aprender. Que algunas de ellas nos las dé un país con tan poca historia a sus espaldas es lamentable, pero cierto. No sólo McCain ha tenido ese gesto. Obama lo ha felicitado por su lucha y por su sacrificio. Quizá alguien diga que son gestos de cara a la galería. Quizá lo sean. Pero se agradecen.
Obama es una apuesta firme. Por muy mal que lo haga, jamás lo hará peor que Bush. Y aquí es donde los fachillas pondrán el grito en el cielo, en cuanto lean la frase. Porque el mensaje de sospecha y suficiencia de estos señores es algo así como: “Sí, enhorabuena, Obama ha ganado. Pero veremos, veremos qué hace”. Mientras dicen eso, se frotan las manos a la espera del tropiezo. Juzgarán el mínimo error de Obama con lupa. Aunque pasaban por alto los fangos en los que Bush ha ido metiendo a su gente y a medio planeta. Así funciona, chico. Mal que les pese, Obama representa el cambio, el oxígeno, la apuesta por un símbolo de las razas marginadas. Y es en este punto en el que unos cuantos se llevarán las manos a la cabeza. Los que vivieron bien con Franco se tiran de los pelos: pensaban que jamás iban a ver a un presidente negro (o mulato) en la Casa Blanca. Para ellos es el demonio. Termino con una imagen que no he olvidado, de los tiempos en que vivía en Salamanca. Fui al kiosco y vi a una chica norteamericana buscando las portadas de los periódicos. Estaba nerviosa. Cuando vio que había ganado Clinton sonrió. Suspiraba de alivio. Porque en aquellos tiempos no utilizábamos internet, los estudiantes no teníamos móviles y el único contacto con el exterior era la prensa fresca y la cabina de teléfonos. La sonrisa de esa chica, su alivio, se ha multiplicado estos días en miles de rostros. Bye, bye, Bush.

viernes, noviembre 07, 2008

Cartel y trailer de Book of Blood


Basada en dos relatos de Clive Barker pertenecientes a los Libros de Sangre. Aquí.

El nombre del mundo, de Denis Johnson



Se acaba de publicar en España Árbol de Humo, la premiada novela de Denis Johnson sobre Vietnam. Hace tiempo leí (y luego releí) Hijo de Jesús, el libro por el que Johnson siempre será recordado. Es hora de ponerse con el resto de su obra traducida en castellano: Ángeles derrotados y El nombre del mundo. He empezado por esta última, una novela breve y, de acuerdo con lo que dice Rodrigo Fresán en el prólogo, "difícil de clasificar".

El nombre del mundo es la narración en primera persona de Michael Reed, un profesor que cuatro años atrás perdió a su mujer y a su hija en una accidente. Reed es una especie de fantasma. Acude con frecuencia a un museo para ver siempre el mismo cuadro, tiene conversaciones imaginarias con el vigilante y está atrapado en un atolladero: él mismo. Se ha convertido en un solitario. Todo parece cambiar cuando conoce a la joven Flower Cannon: en una cena, primero, y más tarde en una performance en la que ella se rasura el pubis ante el público. Reed se siente fascinado por Flower sin saber si está buscando que renazca el deseo o que renazcan las figuras de su mujer y de su hija.

Se agradece la traducción de Fresán, que mantiene la poesía de la escritura de Denis Johnson en este libro extraño. Copio un diálogo que sostienen Reed y Cannon:

-Te admiro –le dije.
Ella respiró profundo para decir algo pero pareció cambiar de idea. Al final dijo:
-¿Por qué?
-Porque haces cosas locas sin necesidad de estar loca para hacerlas.
-Si piensas que no estoy loca, entonces estás loco –dijo.
-Recuerdo algo que dijiste una vez… Estoy casi seguro que me mirabas fijamente cuando lo dijiste y tal vez por eso lo recuerdo tan claramente. Dijiste: “¿Cuerdo? o ¿lerdo?”. Vale, pero esa no es la cuestión. El motivo por el que la mayoría de nosotros parecemos tan cuerdos es que colgamos de los bordes de nuestra razón apenas sostenidos por nuestras uñas. Pero tú no.
-Y tú tampoco.
-La mayoría, dije.
-Tú no. Tú no estás colgado. Estás atado. Atado al mástil como Ulises.
-Seguro que así era.
-Pero ya no.
-No.
-Demuéstrame que ya no estás atado, Michael Reed.
-Tú. ¿Eres una sirena? ¿Una hechicera?
(…)
-Soy una chica –dijo ella.

Buen viaje

la primera vez ocurre que te miras en el espejo
y tu cara ya no es tu cara.
lo mismo sucede con las palmas

de tus manos

o con los dedos.

después, debes acercarte a tu mejor amiga
y decirle que hace tiempo que dejó de ser
tu mejor amiga.

y no esperar que llore.

también tienes que asumir que la definición
de las cosas ocultan su significado,
y que, tal vez,
tu padre se viene demasiadas veces abajo
y tu madre es feliz

pero sólo a ratos.

has de comprender que tropezar y caer
de rodillas,
no es lo mismo que arrodillarse.
que a veces,
la tragedia es la sonrisa perversa
del camino equivocado.

debes decidir si existes
y no olvidarlo.

y puede que, algún día,

con suerte
con mucha suerte

aprendas a atarte fuerte los cordones

antes de dar

el siguiente
paso.


Ester García Camps, Bukowski Club: Jam session de poesía 06-08

Viajar así es un incordio

Bajé al metro y el tren estaba hasta los topes. Entró una señora, casi con calzador. Cuando logró llegar al centro del vagón, junto a una de las barras de sujeción, la pobre estaba asfixiada. Empezó a protestar: “¡Jesús, así no se puede ir!”. Tenía razón, viajar así es un incordio. Sobre todo para los trabajadores que van a la oficina a primera hora de la mañana, con su traje recién planchado o el vestido que termina lleno de arrugas. Sobre todo para las mujeres que entran con su carrito de bebé, y para los niños que quedan medio sepultados por un bosque de piernas de adultos, y para quienes deben caminar con muletas o con un perro lazarillo. Pero, ¿cuál sería la solución? La mujer dijo: “Tendría que venir aquí el alcalde, para que supiera lo que es viajar así en el metro”. Tal vez deberían poner más trenes, y que en algunas paradas viniera un tren cada minuto, en lugar de uno cada cinco o seis minutos. Pero ya sabemos lo que pasa: significa más dinero. La gente se apretuja en los vagones, no hay otro remedio. Y no es agradable. Te contagian sus resfriados. Hueles el sobaco del tío de al lado (y el tío de al lado huele el tuyo, claro). Te sometes a una intimidad no deseada. Te pisan las botas. Te empujan para salir y te empujan para entrar.
Se da otra situación muy curiosa en el metro. Entras en un vagón. Suele estar lleno. Encuentras un hueco de pie, junto a la puerta, quizá agarrado a la barra vertical. Las puertas se cierran. El tren sigue circulando. Y es entonces cuando la gente de alrededor se pone nerviosa. “Perdone, ¿va a salir?”, te preguntan. A mí me lo preguntan casi siempre. Al personal le entran los nervios. Tú te fijas en que entre la puerta de salida y esa señora que te hace la pregunta sólo hay un obstáculo: tú. “Sí, voy a salir”, le dices, y parece suspirar aliviada. “Ah, vale”, se queda tan contenta. O le dices: “No”. Y no te mueves y la mujer se pone más nerviosa. En el metro hay una regla de conducta, no escrita, en la que si te preguntan si vas a salir se supone que debes cambiarle el sitio a esa persona o apartarte para que esté más cerca de la puerta, aun a riesgo de soltarte del pasamanos y perder el equilibrio en la próxima curva. Algunas personas, cuando la respuesta es “No voy a salir”, insisten tanto que te ves obligado a ese desplazamiento, a cambiarles el sitio. Te dan ganas de decir: “Señora, estoy flaco, no le será difícil salir en cuanto lleguemos a la próxima parada. Y aunque estuviera gordo, mis dimensiones nunca alcanzarían el ancho de la salida”. No sé muy bien qué es lo que temen esos viajeros, y hay muchos. Supongamos que tienen miedo a no salir a tiempo, a no bajar cuando toca. Tampoco sería el fin del mundo si así ocurriera: basta con pararse en la siguiente y tomar el tren de vuelta. Tienen miedo y tienen prisa.
En este microcosmos que es el metro madrileño hay otra situación en la que uno discierne el (mal) comportamiento de la gente. El tren llega a una estación, se abren las puertas y, antes de que pueda desembarazarse de su cargamento de pasajeros, las personas que esperan en el andén se abalanzan hacia los vagones. Quieren meterse en el interior antes de que salgan los otros. Se obstinan en entrar como sea. Y por ello se producen situaciones como ésta: el anciano que protesta y se enfada (con razón) porque no le dejan salir, la mujer a la que van empujando hacia el fondo los que entran mientras ella lucha por abandonar el tren, las personas que se golpean hombro contra hombro al ir en sentido contrario. No se saben lo de “Antes de entrar, dejen salir”. Quizá sea el metro el lugar de la ciudad donde uno observa con más frecuencia la mala educación de la gente. El lugar que potencia los cabreos de todo hijo de vecino.

jueves, noviembre 06, 2008

Los Soprano. 1ª temporada



Fascinante. Web oficial: aquí.
Y la web española: acá.

Esta tarde, en Madrid


Copio y pego:
HIPERVERSOS: PERFOPOESÍA Y LATERALIDAD
Segunda sesión: BEN CLARK
Ben Clark, ibicenco-galés afincado en Salamanca, es gestor cultural, poeta y colaborador habitual en prensa. Ganador del XXI Premio de poesía Hiperión por su obra “Los hijos de los hijos de la ira”. Subcampeón del Campeonato del Mundo de Poetas Pesados.
Coordina: Gonzalo Escarpa
Jueves 6 de noviembre de 2008. 21.30 h.
La Escalera de Jacob. C/ Lavapiés, 11 (Madrid)
A este autor me lo recomendó hace tiempo David González. Os dejo con un poema de Los hijos de los hijos de la ira:
VII
(Alberca Blues)

Nada da tanto miedo como el frío.
Recuerdo la primera vez que unidos,
respirándonos mutuamente –suerte
de extraña criatura entre la lluvia–
sentimos el poder de nuestro abrazo.

La noche en que sentimos que la noche
nada podía hacer para matarnos.
Que habíamos vencido.

Que el plomo caería desde un luto
altísimo y nosotros allí, como
si nada; como quien oye llover.

Habíamos vencido y como siempre,
siendo primos hermanos la alegría
y el olvido, olvidé el miedo que daba
estar en una calle tiritando,
como estoy hoy sin ti.

Nada da tanto miedo como el frío.

Es hora de embriagarse (con poesía)


Blog y web de esta publicación, donde se pueden descargar todos los números.

Un minuto de silencio

Hombres, hoy os pediré un minuto de silencio,
el mismo que tardo en acabar de leer este poema,
para que honréis a las mujeres,
pero no a las mujeres que amáis,
sino a las que no habéis amado.
Cada uno sabe.
Pues mañana, quizá en este instante, ya mismo,
son la vida y la muerte de alguno de vosotros.
Recordad, varones, que ellas fueron Lisístrata
y que en el fondo, continúan siéndolo.
Que son la cuna de la especie,
y os pido que si os acostáis borrachos con ellas,
rescatéis cinco minutos de sobriedad
para recordar su nombre,
aunque aquella noche lo escuchaseis por vez primera.
Respetadlas y hacedlas merecedoras de toda gratitud,
porque ellas a lo largo de la historia
sólo conocieron la parte mala.
Que si ofendéis a una, ofendéis a media humanidad.
Y os ruego ese minuto por todo vuestro pasado.
Cada mujer sabe.
Cada hombre también.


Marta Fernández Martín, Bukowski Club: Jam session de poesía 06-08

Un capo en el diván

Consulto la ficha de “Los Soprano”, la serie de televisión de David Chase. En la sección de premios indican que ha ganado cinco Globos de Oro, ha recibido otros ochenta y dos galardones y ha sido nominada otras doscientas once veces. Miro esta ficha porque por fin he empezado a ver “Los Soprano”, que tanta gente me recomendó. Prefiero verla así, del tirón: dos o tres episodios al día. Mi problema con las series siempre fue el mismo, o sea, tener que esperar una semana para ver el capítulo siguiente. Aunque me he acostumbrado con “House”.
Lo que más me sorprende de “Los Soprano”, que es una auténtica maravilla en todas sus facetas (dirección, guiones, interpretación, puesta en escena, banda sonora, montaje, etcétera), es su humor. Esperaba algo así como una serie a lo Scorsese, seca y dura, implacable y sin frases que nos hicieran reír: aunque en la mafia de Scorsese hay cierto humor negrísimo. Pero en realidad la serie de David Chase es un cruce entre “Uno de los nuestros” y “Una terapia peligrosa”. Es decir: un capo va al psiquiatra, como hacía De Niro en esta última película, pero no olvida sus deberes. Me gusta el equilibrio entre lo humorístico y lo dramático. Uno se ríe, pero dos minutos después ve a Tony Soprano estrangulando a un soplón (a “una rata”) con una cuerda y se acaban las risas. En el reparto todas las caras resultan familiares, empezando por el gran James Gandolfini, un tipo que me los puso de corbata en “Amor a quemarropa”, en esa escena en la que apalea a Alabama. O Lorraine Bracco, que ya fue la abnegada esposa de Ray Liotta en “Uno de los nuestros”. En cuanto a los secundarios, a la mayoría de ellos los hemos visto en películas de gangsters, en filmes del propio Scorsese, de Abel Ferrara, de Spike Lee, de Sidney Lumet, de Woody Allen. Los mafiosos que rodean a Tony Soprano admiran las películas de Coppola y Scorsese e incluso citan frases de Al Pacino y de la saga de los Corleone. En la serie no hay únicamente un recorrido por “el trabajo” de “la familia” italoamericana en Nueva Jersey, sino que el alma de cada guión está en la familia verdadera, en los problemas domésticos que a diario debe afrontar Tony en su relación con su tío, sus hijos y su mujer. David Chase sabe que no se puede hablar de una saga de capos sin meter el bisturí en el ámbito familiar.
Otra de las gratas sorpresas es la inclusión de dos personajes antes citados: la madre y el tío de Tony Soprano, ambos septuagenarios. Livia, la madre, es conducida a una residencia de ancianos por su hijo y contra su voluntad. Livia aprovechará su experiencia de esposa de mafioso en la sombra, ahora ya viuda, para recomendar a Junior, el tío de Tony, los pasos que debe seguir. Su personaje tiene algo de Lady Macbeth: una mujer que vierte sus consejos en los oídos de quienes mandan. Así, ella misma se convierte desde la residencia en alguien con poder, pero nadie lo sabe. Aquí entra la sutileza del guión. Si Livia dice que “se debería hablar” con Fulano, está sugiriendo que habrá que darle un susto o una paliza. Junior es un hombre ambicioso: quiere ir un paso más allá que otros jefes. Su papel es vital para entender los mecanismos del género: es la clase de hombre que sabe distinguir entre el trabajo y la familia. Primero están los negocios. Así se lo hace saber a su sobrino tras una pequeña discusión: “La próxima vez que vengas, más vale que lo hagas armado o no vengas”. “Los Soprano” hizo historia hace tiempo. Sólo he visto los primeros capítulos y ya estoy enganchado a las andanzas de Tony, un tipo que sabe que es más difícil lidiar con una madre anciana que con las bandas rivales.

miércoles, noviembre 05, 2008

Otro cartel de Gran Torino


Bukowski Club: Jam session de poesía 06-08


Esta antología es una muestra de lo que los miércoles por la noche se hace en el Bukowski Club, regentado por la hospitalidad de Inés Pradilla & Carlos Salem: la gente se apunta, sale a leer sus poemas y respeta a los demás. Me ha gustado encontrar en el libro a unos cuantos amigos, a personas que he conocido un par de semanas atrás y a poetas a los que no había leído. La nómina de autores es extensa, y, para verla, os remito a este post de David González. La antología se presenta el día 11 de noviembre, martes, en Fnac de Callao; intervendrán Ana Rosetti y el propio Salem. Ya avanzo desde aquí que ese día tengo entradas para un concierto, y tal vez sólo pueda ir a saludar. Pero lo importante es que ya tengo el libro, que lo he leído y lo recomiendo.
Voy a colgar un poema de alguien a quien no conozco. Por ejemplo, éste de Francisco Cenamor:
AVENTURAS DE BARRIO

mis aventuras son de aquí de barrio
de amores imposibles cuando descubres a la chica
que en el tren te mira a los ojos cada mañana
haciendo cola en el banco con su novio
de miradas furtivas en la misa de once
que acaban en una cita en el discobar
de bares con olor a frito donde se niegan penaltis
de goles marcados al sábado
como si en ello nos fuese la vida
de aceras por descubrir
ínsulas extrañas do luchar contra los coches
los nuevos gigantes sancho
de valiente muerte juvenil
sobre las ruedas del fin de semana
de equipo de piernas para sillas de ruedas
de mujeres con depresión
que se asfixian subiendo al cuarto piso
de david ecologista intentando abatir
a goliath ministerio de obras públicas
de cola del paro y ley de extranjería
de olmos y plátanos por palmeras y lianas

sin salir de mi ciudad
el mundo se ha convertido
en una apasionante aventura.

123

Leyendo el blog de Carla Badillo, encuentro entre los comentarios lo que ella dice sobre mí: “JAB es uno de los que no tienen mordazas en la boca”. Ella sí que sabe. Gracias, Carla.

Historias asombrosas

Me llegan ecos desde Zamora: gente que no se cree algunos de los episodios que cuento sobre Madrid, o que piensan que he utilizado la imaginación al relatar las historias que veo, comparto o me suceden a mí. Por si no lo saben, es más difícil ponerse a imaginar una historia que contar lo que uno ha visto el día anterior, y además, si lo hiciera, si me pusiera a pergeñar anécdotas falsas para el periódico tendría problemas con mi director y con mi conciencia. Eso es lo que le pasó al periodista Stephen Glass (hay película al respecto: “El precio de la verdad”).
Le he estado dando vueltas al tema y sospecho que esto tiene una explicación. Porque la vida en dos ciudades tan opuestas como Zamora y Madrid es muy distinta. En Zamora se vive sometido a otro ritmo. No parece que el tiempo transcurra ni parece que exista algo que pueda sacar a la gente de su letargo. Hasta que ocurre lo inesperado y pilla a sus habitantes desprevenidos: cuando hay tiroteos, asesinatos a sangre fría, persecuciones o accidentes que marcan a los ciudadanos. Es entonces cuando quienes viven allí se preguntan cómo ha ocurrido aquello, si nunca pasa nada. Nunca pasa nada: hasta que ocurre, que diría el otro. Esas cosas suceden, no salen sólo en los telediarios y en las películas. Zamora, sin embargo, se mueve a otro ritmo, casi podríamos afirmar que con lentitud, y ello desemboca en cierta monotonía. En las ciudades grandes, como Madrid, el asunto es muy distinto. Madrid es una ciudad tan enloquecida y sobrenatural que puede suceder cualquier cosa. Y sucede. Y te estalla en los morros, quieras o no quieras, te guste o no te guste, te lo propongas o no. Si uno ha vivido en mi ciudad, o todavía vive allí, existen dos maneras de reaccionar ante lo insólito: no creérselo; o asombrarse mucho. Lo primero es síntoma de algunos de sus habitantes. Lo segundo me ocurre a mí, que no logro quitarme la boina (y tampoco quiero). Quienes llevan más tiempo que yo viviendo en Madrid o Barcelona ya no se sorprenden. Es como aquella tarde en que, caminando junto a mis colegas, se cruzó por delante el mismísimo Willem Dafoe. A mí casi me da un ataque. Insistí en que era el actor. Y ellos lo comprobaron. Y dijeron: “Bueno, sí, ¿y qué?”.
Es la magia de Madrid. Su condición de hacha de doble filo: puede cruzarse en tu camino lo mejor, pero también lo peor. Las situaciones que he vivido aquí jamás pensé que podría vivirlas, que estaban destinadas a las novelas y a los noticiarios de países remotos. Sólo aquí pueden ocurrir estas historias que en este rincón o en mi blog voy contando. Que un tipo llame a mi timbre preguntando por Joaquín Sabina. Que atraviese la plaza próxima a mi calle y vea en un banco a David Trueba y a Ariadna Gil y me dirija al supermercado y esté allí, comprando, Marta Belaustegui. Que vea pasar a mi lado a Ian Gibson. Que vaya al cine y en la cola, detrás de mí, o luego en la fila de atrás, estén algunos de los actores españoles que admiro. Sólo aquí puede suceder que venga mi madre de visita y ese día veamos desde el balcón una reyerta multitudinaria en la que un tipo empuña un machete. Que camine por ahí y me encuentre sin saberlo con una batalla de cascotes entre fascistas y antifascistas, con los antidisturbios en medio. Que oiga jaleo junto al portal y la secreta esté bregando con un camello. Que baje a comprar el pan y me encuentre con Fele Martínez. Que un extraño viva en nuestro edificio, escondiéndose por las noches en las escaleras de acceso a la terraza. Que un traficante me ofrezca hachís, speed y una pistola. Y mil historias más. Yo me asombro, mis amigos no se extrañan y algunos en Zamora no se las creen.

Esteban Gutiérrez Gómez: Manifiesto por el cuento


MANIFIESTO POR EL CUENTO
(carta abierta a todas las publicaciones periódicas)

¿Qué motivó que el cuento como nuevo género literario hubiese tenido dos espectaculares apariciones primero en el siglo XIX y después en el XX?
Curiosamente la respuesta es la misma: la publicación de los mismos en revistas y diarios.
Los cuentos modernos, nacen primero en los periódicos y luego se convierten en libros que los recopilan.
Poe, Chejov, London escribían sus cuentos para periódicos. Carver, Cheever, Fante, Bukowski, y toda la generación del realismo sucio americano de mediados del siglo XX, adelantaban sus publicaciones con cuentos en periódicos. La nueva generación americana del desarraigo publica en fanzines y diarios locales, algunos incluso nacionales con gran tirada, antes siquiera de presentar su primer libro de cuentos.
¿Qué coño ocurre en España con el cuento?
¿Ningún periódico es capaz de liberar una columna para acoger un cuento moderno?
Se trata de dar oportunidades a gente desconocida, pero fielmente cuentistas, no de ofrecer una columna a escritores consagrados que publican como cuento el recorte de un amago de novela.
El cuento es un género narrativo mayor, quizá el más complejo en su elaboración a pesar de su aparente sencillez, que requiere una excelente técnica de relojero para lograr que en el lector surja el efecto deseado.
El cuento es corto por definición, y muy intenso, y el buen cuento marca un antes y un después en la mente del lector que ha sentido como un terremoto bajo sus pies.
El cuento explota en la cabeza, anida en el alma y enseña a ver la vida desde otra perspectiva.
El cuento aguanta sin respirar tres estaciones de cercanías y varias de metro, el lector viaja, sí, pero no en el vagón.
El cuento es el género literario más acorde con el mundo presuroso y alocado actual. Y lo es por dos motivos: 1. Su minimalismo intrínseco; y 2. En su interior guarda una bomba intelectual.
Demos una oportunidad al cuento.
Cada año más cuentistas se suman al movimiento. Mucho tienen que ver en ello las escuelas de creación literaria y talleres que se han multiplicado por cien en los últimos tiempos.
El cuento como paso de la nada a la novela ya no es un simple ejercicio de preparación. Muchos de los cuentistas modernos son conscientes de que han encontrado en el relato corto su distancia.
El cuento, el buen cuento, es un reto.
Los cuentistas son a su vez devoradores de cuentos, fagocitan y degluten relatos con la esperanza de descubrir una nueva forma de tallar ese “diamante” en bruto que es la idea previa a la composición.
Demos una oportunidad al cuento.


Esteban Gutiérrez Gómez.
Cuentista.
http://ellaberintodenoe.blogspot.com/
http://bacovicious.blogspot.com/
http://esferadeletras.blogspot.com/index.html

martes, noviembre 04, 2008

Creaciones danesas



Pincha en las imágenes para ampliar. O aquí.

Portadas exquisitas


Las mismas cajas

Las mismas cajas
que trajeron mi libro
desde la imprenta,
ahora me sirven
para mudanza.

Te prometo
que me he dejado
los cuernos,
la vida,
el alma,
en estos dos años.

He luchado,
he peleado
y he hecho todo
lo que estaba
en mi mano.

Y si hemos llegado
a este punto
no es por rendición,
por tomar un camino fácil,
por cerrar la puerta
de un portazo.

Si no que a veces,
como en la vida misma,
aunque te tapen las heridas
ya has perdido
demasiada sangre.



Javier Das, Inédito

Bajo el volcán, de Malcolm Lowry


Pensó o dijo:
«Bueno, tal vez mañana sólo beba cerveza. No hay nada como la cerveza para reponerse, y un poco más de estricnina, y luego al día siguiente sólo cerveza… estoy seguro de que nadie se opondrá a que beba cerveza. La mexicana es particularmente rica en vitaminas, según creo… Porque puedo prever que será todo un acontecimiento esta reunión nuestra y luego, quizá cuando mis nervios vuelvan a estar como siempre, dejaré de beber del todo. Y después, quién sabe». Se detuvo junto a la puerta. «¡Quizá pueda volver a trabajar y termine mi libro!»

El cónsul

Es la noche del viernes. La noche que precede al Día de Todos los Santos o Día de Muertos. Los jóvenes celebran, en esas horas, la noche de Halloween, que cada año tiene más presencia en el país. Podríamos afirmar que media España está a favor de esta tradición de Halloween y la otra media en contra. A mí, me van a perdonar, ya me da igual. Me da lo mismo que los chavales se disfracen de brujas y diablos y muertos o que no lo hagan y se queden en casa. No es algo que me vaya a cambiar la vida, lo celebren o no lo celebren. Caminamos por Huertas, por el Barrio de las Letras, buscando acomodo en un garito. La calle está petada de tíos vestidos de esqueletos, o sea, van disfrazados de lo que todos seremos algún día. Las mujeres van disfrazadas de diablesas. Cuernos rojos, tridente, capucha, capa negra. Chicas guapas con uniforme de pecado: algo así como la tentación hecha carne. Repito que me da igual. Esa noche hubiera sido para mí la misma, con disfraces o sin ellos. A mí me interesa un poco más el Día de Muertos de México. Por lo que he visto y leído me parece más sugerente, más siniestro y más sentido que Halloween, que siempre será Michael Myers con careta y cuchillo de cocina para intentar trinchar a Jamie Lee Curtis.
El Día de Todos los Santos cayó en sábado. Y, para que comprueben cómo actúa el subconsciente, les voy a contar algo. El jueves anterior intentaba averiguar qué libro me apetecía leer. Puse sobre la cama alrededor de quince libros y fui cogiendo uno por uno para echar un vistazo a las primeras frases. Me decidí por “Bajo el volcán”, la mítica novela de Malcom Lowry cuya lectura llevo aplazando alrededor de diez años, desde que comprara en un viaje a Madrid un ejemplar viejo de la edición de Bruguera en la Calle de los Libreros. Pero el que estoy leyendo, finalmente, no es aquel libro gastado, sino la reedición en bolsillo de Tusquets, que me parece más cómoda para los ojos. Empecé a leerlo ese jueves, y fue el viernes a media tarde cuando advertí que el sábado era el Día de Muertos en el que transcurre la novela. Doce horas de ese largo día en que el cónsul Geoffrey Firmin se bebe la ciudad mexicana de Quauhnáhuac, al amparo de los volcanes que dominan el paisaje en lo alto del valle. Ya, ya sé que muchos no se lo van a creer, pero empecé a leerlo sin saber la fecha que se acercaba porque, entre otras cosas, soy despistado para estos días señalados con rojo en el calendario. Fue una coincidencia. Tampoco hay que darle más vueltas.
Había aplazado la lectura de la novela por su fama de libro difícil. Estoy de acuerdo: lo es. Lowry escribe con una prosa densa, con digresiones, frases largas, multitud de guiños y símbolos (hubiera agradecido una edición con notas al pie), con pensamientos de algunos personajes involucrándose en mitad de los pasajes. Me está costando un poco leerlo, y quizá cuando se publiquen estas líneas lo haya terminado. La gente no se atreve con “Ulises”, pero a mí me costó menos meterme en el libro de James Joyce que en éste. Lo curioso de “Bajo el volcán” es que a ratos, como digo, la lectura es ardua y en otras ocasiones se me antoja fabulosa. Y, cuando cierro la novela y me dedico a otras cosas o salgo a dar una vuelta, el recuerdo del cónsul me llega librado de la prosa espesa y sólo me quedan instantáneas y metáforas. Lowry sabe crear imágenes cargadas de poesía y simbolismo: el cónsul suspirando por un trago, el cadáver a un lado del camino, la atmósfera de infierno, el volcán envuelto en nubarrones, el entierro de un niño, la anciana visionaria que sirve en una cantina, la celebración de la muerte, el amor que se evapora entre Firmin e Yvonne. El cónsul es inolvidable.

lunes, noviembre 03, 2008

Sólo quiero caminar


Ayer vi Sólo quiero caminar. Tiene virtudes y defectos, no es tan redonda como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Pero hay que verla. Si tuviera que elegir algo, me quedo con los personajes de Diego Luna y Ariadna Gil y la imagen perturbadoramente sexy de Pilar López de Ayala, sucia y despeinada, empuñando una pistola (la imagen es de Fotogramas).

VII

Un viaje a Méjico
a los lugares mágicos y divinos
dices siempre.
Sueñas en voz alta mientras escribes:
visitar Querétaro y la leyenda,
Michoacán también y el lugar
en el que dios humilló a los ingleses
en poco más de seis segundos.
Lejos
muy muy lejos
ése ha de ser nuestro lugar
tumbados en la arena fina
dejando que sean otros
quienes den las puñaladas.



Ignacio Escuín, Americana

122

La nómina de mis enemigos se incrementa cada día. Y todos viven en Zamora, me temo.

De paso

El emigrante, lo sea por gusto o por necesidad, a menudo se siente como si no perteneciera a ningún sitio. Hablo por experiencia propia, pero sé que a otros les ocurre lo mismo. Quien se muda a otra ciudad no suele perder la conexión con su tierra, con el lugar en el que se ha criado, al que pertenecen su infancia, su adolescencia y su formación: siempre quedan atrás los recuerdos, los amigos y la familia. Algunas personas no volverían a su tierra si no fuese para cenar con sus padres o con sus hermanos en Navidad: porque echan anclas demasiado sólidas en países lejanos, o porque creen que ya no pertenecen a su ciudad o a su pueblo, o porque salieron quemados de allí. Los hay que, transcurridos unos años de exilio y de renegar de su tierra, acaban reconciliándose con ella (prefiero no citar a nadie famoso), lo cual sin duda les granjea premios y homenajes. En Madrid es habitual encontrarse con gente de Zamora, o sea, mi ciudad. En algunos eventos, en fiestas de cumpleaños, en conciertos, siempre hay alguien que pregunta, asombrado: “¿Y todos sois de Zamora?”.
Cuando vives en un sitio en el que no naciste ni te has criado, la gente se obstina en preguntar de dónde eres. Quieren saber tu historia, los pasos que diste en el camino para llegar a donde has llegado y vivir donde vives. Al final todo el mundo da tumbos. Unos más que otros. Suele sucederme en Madrid que la gente a la que acabo de conocer o conozco desde no hace mucho crea que no vivo allí: “¿Pero tú no vives en Zamora?”. No, vivo en Madrid. Algunas personas también se descolocan cuando me ven por mi tierra, frecuentando bares o restaurantes: “¿Estás viviendo aquí, verdad?”. No, aquí ya no vivo, pero vengo una vez al mes. En mi caso particular, la gente aún se lía más porque vivo en una ciudad y escribo artículos para otra. Eso siempre despista a la gente. Quizá no han asumido que, con internet, las cosas han cambiado. Puedes vivir en Barcelona y colaborar en un periódico de Londres. Ya no es necesario que mandes el texto por fax o que vayas a pie a la redacción para entregar el original, quizá manchado de tachaduras. Esto ya no se lleva, pero los de la vieja escuela, los que siguen utilizando máquina de escribir y tippex, aún lo hacen.
Cuando se acercan las fechas emblemáticas (pongamos por caso: Semana Santa, Navidad), y los ciudadanos se vuelcan en actos en los que te consideras un intruso porque ese no es tu lugar de origen, estás deseando irte. Quieres volver a tu tierra porque sólo allí te reencontrarás a quienes habitaron tus primeros años. No aguantarías pasar la Nochebuena en una ciudad que no es la tuya. O puede que te haya tocado hacerlo por motivos de trabajo o paternidad. No acabas de encontrar tu lugar porque sospechas que, en el fondo y salvo que eches raíces muy sólidas (descendencia, etcétera), algún día volverás a tu tierra para la jubilación, los años de retiro y el alejamiento de las calles en las que te movías para ir a trabajar. Pero, cuando vuelves a casa por Navidad o por Semana Santa, tampoco logras desprenderte del sentimiento de estar de paso. De ser un viajero. De ser el tío que, tras la farra de Nochevieja, se sube al coche o al autobús y vuelve a largarse. Hasta la próxima. Hasta dentro de un mes o de un año. O de cuando toque. Así que el emigrante tiene un pie en el pasado (su tierra, donde están sus raíces y su formación), otro en el presente (la ciudad en la que se ha establecido y donde trabaja) y una duda sobre su futuro (¿Pasaré aquí la vejez o volveré a mis orígenes?). Uno se siente como si estuviera de paso en todas partes. Como si ya no perteneciera a ningún sitio en concreto.

domingo, noviembre 02, 2008

Cartel y trailer de The Reader


Basada en El lector, la novela de Bernhard Schlink. Aquí.

Carteles de The Boat That Rocked





Biblioteca Nacional

Nunca había entrado en la Biblioteca Nacional de Madrid. Esta es una circunstancia común a muchas personas, entre las que me cuento: cuando uno vive en tal o cual ciudad no se dedica a recorrer los rincones y museos que ansían visitar los turistas. No. Por el contrario, cuando uno se instala en una ciudad o sigue viviendo en su tierra de origen, prefiere conocer otros lugares: los bares, los restaurantes, los sitios de ocio, los grandes almacenes… Todo eso que nos acompaña de algún modo a diario y nos hace más tolerable la rutina de los días. En la Biblioteca Nacional trabaja Mario Crespo. Ya he hablado de él en algunas ocasiones (y las que vendrán). Mario es zamorano, a veces colabora en este periódico, estrenó hace poco el cortometraje “Odio”, ha dirigido el anuncio para la campaña de abonados del Fútbol Sala Zamora y también escribe relatos. Le prometí una visita al edificio en el que trabaja y lo he ido aplazando durante meses; también es común a los mortales nuestro aplazamiento cotidiano: “Ya iré la semana que viene”, se dice uno, y retrasa la fecha y pasan los años.
Entramos por la puerta trasera y visitamos áreas abiertas al público y áreas restringidas y áreas en las que sólo pueden entrar los investigadores (con carnet). En la Sala Cervantes, la mujer que estaba de vigilancia nos sometió a escrutinio. “¿Trabaja usted aquí?”. Y él, mostrando su pase: “Sí, yo trabajo aquí. Será un vistazo rápido”. Es en esa sala donde un investigador robó dos mapamundis del siglo XV de un incunable de Ptolomeo, y poco después los encontraron en manos de un anticuario de Sidney, en Australia. El (falso) investigador era César Gómez Rivero y pudo sustraer también varias páginas de otros libros. La historia salió en la prensa. No recordaba esa noticia y Mario me refresca la memoria. También me explica que su trabajo no es muy diferente del que hace el Señor Lobo (Harvey Keitel) en “Pulp Fiction”. Ésta era la carta de presentación de Keitel: “Soy Winston Lobo. Soluciono problemas”. Su cometido no es el de deshacerse de cadáveres como en la película de Tarantino, sino eliminar y corregir errores en los archivos. Ponerle signaturas a libros en árabe, por ejemplo. Volver a clasificar libros y manuscritos y revistas que ya no caben en los depósitos y que envían a la Biblioteca de Alcalá de Henares. Cosas así.
Me gusta el edificio por dentro. Es un laberinto. Si él me dejara abandonado en cualquier sala, no sabría encontrar la salida. Un laberinto con espacios no siempre bien aprovechados. En la sala de lectura vemos a los investigadores trabajando en las amplias mesas individuales, de sólida madera. La mayoría ha llevado su ordenador portátil. Atravesamos pasillos y salas, subimos y bajamos escaleras. Entramos en un depósito de monográficos (techo bajo, poco espacio entre los anaqueles) y se me ilumina la mirada. Veo libros raros, ya difíciles de conseguir. Y no estoy hablando de libros de hace siglos, sino de ejemplares de los últimos años. Estoy un rato curioseando. Me pica la nariz por el polvillo que desprenden. Tengo alergia. Le digo a Mario que continuemos la visita, pues si por mí fuera me pasaría toda la mañana revisando títulos. Puedo aguantar un montón de horas en pie, leyendo los lomos. Insisto, me gusta el edificio: los tesoros que encierra, los retratos de escritores, los volúmenes encuadernados a la vieja usanza, el aspecto laberíntico, su atmósfera como de fortaleza con zonas prohibidas y restringidas y vigiladas. Encierra joyas. Pero necesito ver el día en que todo esté digitalizado y uno pueda investigar desde casa. Luego, desayunamos en La Taberna del Gijón. Mi guía y amigo es muy hospitalario. Afuera, aire helado.

sábado, noviembre 01, 2008

Cartel de Coraline


Basada en el libro de Neil Gaiman. Dirige Henry Selick (Pesadilla antes de Navidad).

Citas. 96

Al mismo tiempo recordó haber oído que los lobos nunca cazaban en manadas. Sí, por cierto. Cuántas concepciones de la vida se basaban en errores parecidos, cuántos lobos sentimos que nos pisan los talones, mientras que nuestros verdaderos enemigos pasan junto a nosotros con piel de oveja.
Malcolm Lowry, Bajo el volcán

Google Street View

Una de las herramientas más sorprendentes de la red es Google Maps, como casi todo el mundo sabe. Quienes no lo sabían y lo han descubierto recientemente, alucinan con la posibilidad de moverse por encima de los tejados gracias al satélite. Sé de algunas personas reacias a introducirse en el mundo de internet que, cuando al final eran convencidas (por sus hijos, las más de las veces) para hacerlo y navegar un poco, se sorprendían por este artefacto que permite recorrer algunas ciudades. Ahora Google dispone en España de una nueva herramienta dentro de su sección de Google Maps: Street View, algo así como “Vista de la calle”. Consiste en un paseo virtual a pie de calle. Ya no hay vistas a pie de pájaro, sino a la altura de los ojos de una persona. Permite ángulos de trescientos sesenta grados. Según leo en una noticia, es un montaje de fotos hechas desde un coche.
En seguida pincho en la herramienta para buscar mi calle. Entro en ella. La estoy viendo como si alguien la estuviera filmando en directo. Sólo lo parece, porque los vehículos y las personas están quietos, igual que en esas cintas futuristas en las que todo se detiene y el protagonista puede caminar entre humanos y animales congelados en el tiempo. Busco mi portal. Se discierne el número con claridad. Busco el balcón. También se ve, desde abajo. Miro las ventanas de los vecinos. La puerta del garaje. Tiro hasta la Plaza de Lavapiés con el cursor y las flechas que ayudan a recorrer el camino. Puedes aumentar o disminuir la foto. A los coches les han borrado la matrícula. A las personas, los rostros. Pero aún así uno se podría identificar. De hecho, hay páginas web y foros donde la gente dice que ha encontrado su foto. Me busco por la plaza (nunca se sabe). No estoy. Dos mujeres hindúes atraviesan la plaza. Hay un par de personas en el banco próximo al puesto de lotería, como siempre. Me gustaría saber en qué fecha fue tomada. En el centro aparece el parque para los niños. Ha sido construido hace muy poco, así que ya sé que las imágenes fueron tomadas este año. Me acerco al kiosco (todo esto es un paseo virtual: seguimos ahí dentro, navegando por Google Street View) y reviso sus paredes. Suelen tener carteles de actuaciones musicales y teatrales. En efecto: un cartel anuncia flamenco. Las fechas de las representaciones engloban parte de julio y parte de agosto. Las fotos, pues, fueron hechas en verano. Doy una vuelta alrededor de la plaza. Desde otro ángulo, en el banco de la plaza al que aludo ya no hay gente sentada. Está vacío. De momento, sólo se incluyen vistas de cuatro ciudades españolas: Madrid, Valencia, Barcelona y Sevilla.
Street View ha generado polémica en varios países. Porque a veces los fotógrafos han pillado a gente haciendo lo que no debía o lo que ellos no querían que nadie supiese (al menos no públicamente: algo lógico, cada uno debe preservar su intimidad). A partir de ahora, tendré en cuenta este medio de manejarse por las calles. Lo tendré en cuenta un poco antes de ir a sitios de Madrid a los que nunca he ido. Para facilitar las rutas, para identificar los lugares y las calles. No obstante, parece que el programa no está definido del todo. Deben corregir algunos errores. En las vistas de mi barrio las matrículas están borradas, pero he encontrado algunos foros donde se aclara que, por ejemplo en Barcelona, se ven con claridad las matrículas, lo cual vulnera nuestra privacidad. Ese es el mayor problema. Que se pueda identificar a personas y matrículas con claridad. Seguro que lo mejoran. Eso espero.