lunes, febrero 06, 2006

Las firmas y la calle (La Opinión)

Parece que en algunas ciudades (Zamora entre ellas) salieron a la calle los políticos del PP, con la intención de recoger firmas para apoyar un referéndum contra el estatuto catalán. Es el enésimo intento de Mariano Rajoy, ese señor con labios triangulares, por hacer el ridículo en España, aunque él lo revista de valentía y de iniciativa. Tengo derecho a pedir firmas donde me dé la gana, dicen que dijo; pero ignoro si, en el momento de soltar esa frase, se estaba limpiando la roña de las uñas con una cheira con cachas de nácar. Respecto al ridículo: no hay más que echar un vistazo a eso de las firmas por internet, que está trayendo cola. Un día tienen no sé cuantas mil firmas, y al día siguiente menos, y en ese plan. Porque el sistema es bastante chapucero: puedes poner el dni de otra persona e inventarte los apellidos, o escribir un apodo, o el nombre de algún personaje de dibujos animados. Esto sólo sirve para hacer ruido, para que Rajoy asome a los micros y proclame (rociando las alcachofas y las grabadoras de los reporteros con unas gotas de saliva) que ya llevan millones de firmas recogidas en la web. ¿Ese ruido de qué sirve? Pues de poco, mire usted. Sirve para que el abuelillo de turno, de derechas de toda la vida, se lo crea a pies juntillas y salga corriendo a la calle a poner su firma en un papel, ya que carece de conexión a la red o no sabe navegar. Sirve para que varios analfabetos se lo traguen; y con analfabetos (es una manera de hablar) no me refiero a quienes no saben leer o escribir, sino a quienes escuchan una declaración de su ídolo, se la creen y no se preocupan de averiguar si es o no es verdad. Léase: toda esa gente que, en las elecciones, vota a ciegas.
Ahora les ha dado, le ha dado a este hombre “fuerte” de su partido, por querer escuchar al pueblo. Pero el pueblo habló cuando tenía que hablar: por ejemplo durante el inicio de los ataques a Irak, y también durante las elecciones. No hicieron caso entonces, cuando la gente levantaba la voz para ser oída, para protestar por la alianza de Mister Aznar con los otros muchachos de las Azores (¡vaya trío de la caspa!), en aquellos días en los que Mister Aznar estaba sordo, o sólo era capaz de oír los cantos de sirena macho de Bush y Blair, y sin embargo son ellos, estos días, quienes se obcecan en salir a la calle y fatigar las aceras para escuchar al pueblo.
La calle, sin embargo, no es lo suyo. Aunque hayan adoptado las pancartas, las manifestaciones y las firmas callejeras y el contacto con el pueblo. Lo explicaba el otro día en un artículo Laura Rivera, de forma muy clara y contundente. Por lo general (aviso: estoy generalizando) el votante del PP, al menos el votante joven, suele tener un perfil definido y escrupuloso: jersey Lacoste sobre los hombros, melenilla engominada hacia atrás, un par de cochazos en el garaje de papá, algún “o sea” en los labios, y un botellín de agua mineral en la mano cuando sale de cañas. Y esta gente no pega en la calle. Basta con observar a Zaplana, un señor con moreno de rayos uva, con sonrisa de triunfador pijo, con el peinado intocable de los horteras de barrio rico. No hay más que ver a los políticos del partido en esta ciudad, y en parte de nuestra provincia: sus rostros, sus actitudes, sus formas, su educación, pegan con otro entorno distinto al de la calle, por ejemplo el de los restaurantes de lujo y el de los campos de golf y el de los clubes náuticos y privados. Lo cual no significa que me caigan mal: dos o tres de ellos a veces, a mi entender, aciertan, porque lo que importa es el trabajo diario y no la apariencia. Algo que, sin embargo, no acaba de asumir el tal Rajoy, preocupado por las salidas de tono, el ruido, la algarada, por dar la nota antes que por trabajar.

Recomendación: Freaks of the Heartland, de Steve Niles y Greg Ruth


Otra novela gráfica escrita por Steve Niles. De los dibujos se encarga Greg Ruth.
Un niño que nunca ha salido de su pueblo, en el corazón de la América profunda, sufre las broncas de un padre déspota que mantiene a su otro hijo, un freak de rostro parecido al del Hombre Elefante, encadenado en el granero. Por la noche, ambos muchachos se juntan y sueñan con escapar.
Hábil y estremecedor relato sobre esos hijos distintos que muchos padres condenan a vivir en cuartos oscuros, en sótanos, en jaulas o en graneros. Historias que no sólo han sucedido en la América profunda: también en España.
Niles vuelve a tirar de los clásicos y su predilección por las criaturas propias del fantástico y del terror. Los dibujos de Ruth, a través de ciento cincuenta y dos páginas en color, ofrecen un muestrario de los secretos y rarezas de los americanos de pueblo. Son magníficos, y gracias a ellos ha obtenido el respaldo del público y de la crítica.

domingo, febrero 05, 2006

Perdido en La Mancha (La Opinión)

Por fin he asistido al mejor homenaje a "Don Quijote", después de soportar tanta morralla y tantas ideas chuscas con las que nos han martirizado los meses pasados. Y, sin embargo, data de hace varios años. Lo he visto en dvd: el documental "Lost in La Mancha", una especie de "making of" o "cómo se hizo" (si lo prefieren), de una película que no llegó a rodarse jamás. Es decir, y en el colmo del surrealismo: el diario de rodaje de algo que nunca existió, y que se quedó en boceto, en migajas, en el fantasma de una película que pudo haber alcanzado ciertos toques de genialidad.
Me explico. Terry Gilliam, antiguo componente de los Monty Python, director de cine, guionista y dibujante, es un entusiasta de esta obra de Cervantes, pues, según sus palabras, el mundo de Don Quijote conecta con el suyo, con el terreno que más le gusta: aquel que oscila en las fronteras entre la realidad y la ficción. Porque Gilliam, si han visto "Los caballeros de la mesa cuadrada", "Brazil", "El Rey Pescador" o "Doce monos", posee una visión retorcida, fantasiosa y extraña de la vida y del arte. Las personas y los objetos, y hasta las situaciones, cobran cierta locura si se observan a través de sus ojos (esto es, a través de la cámara). Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Gilliam suele ver gigantes donde hay molinos, y que nunca queda claro si está un poco chiflado o si le gusta interpretar ese papel, dado que estas son dos de las interpretaciones sobre el estado psicológico de Alonso Quijano desde que sale al mundo hasta que muere. El caso es que este hombre llevaba una década, o así, tratando de materializar un viejo proyecto: su peculiar versión de "Don Quijote". Algo que suele acarrear problemas de presupuesto, aplazamientos casi eternos y desgracias varias: recordemos la versión inacabada y en blanco y negro de Orson Welles. Quizá porque Gilliam era consciente de la imposibilidad de adaptar en un largometraje de dos horas un libro tan extenso, tan complejo y tan rico, se le ocurrió una variante, su propio homenaje: en el argumento de su guión, el hidalgo y su escudero se cruzaban con un hombre que había viajado en el tiempo. Lo tituló "The man who killed Don Quixote". Extraigo estas declaraciones suyas, recogidas en el libro "Terry Gilliam. El soñador rebelde": "Don Quijote es una pesadilla. Es un proyecto muy difícil de llevar a cabo (...) Es una responsabilidad enorme traducir al cine una obra como la de Cervantes. La gente espera mucho de ti, y no digamos en España".
Al final, el director empezó a acariciar el sueño: logró financiación, reunió a varios actores (Jean Rochefort como Quijano, Johnny Depp como el viajero del futuro, e intervenciones de Ian Holm y Danny DeVito, entre otros), preparó un plan de rodaje en España. Pero no pudo ser, por culpa del catálogo de maldiciones y desgracias que asolaron al equipo en la fase de preproducción y en los primeros planos. "Lost in La Mancha" nos muestra el descenso de Gilliam a los infiernos del fracaso. Les ocurrió de todo: enfermedades del actor principal, retrasos, tormentas, cielos nublados, ruido de aviones militares. En muchas imágenes vemos a un director entusiasta, feliz y obsesionado por el personaje, soltando frases de Don Quijote en voz alta, haciendo caricaturas de su rostro. Pero, a medida que las desgracias se suceden, comprendemos que él, idealista y emprendedor como el caballero, se ha convertido en alguien que ve un proyecto colosal donde sólo está la nada, la nebulosa, el vacío. Y cuando, como Don Quijote, acepta la verdad y claudica, cuando vuelve a casa y asume la realidad, Gilliam, por así decirlo, muere por dentro, pues mueren sus sueños.

sábado, febrero 04, 2006

Pinchazos y disculpas (La Opinión)

Una noticia curiosa, que no ha trascendido demasiado: por las calles de un barrio de Madrid va un fulano pinchando las ruedas de los coches. Creen que utiliza una navaja o similar. Pero, a cada vehículo con los neumáticos atravesados por el acero, el tío gracioso le pone una nota en el parabrisas. Según leo, en algunos periódicos, parte de la nota dice así: "Cada coche parado es un respiro para el cielo, las modas no matan pero contribuyen a la muerte del ser humano. La educación, la salud y el compromiso real con el resto de los seres humanos son nuestros deberes fundamentales". Y, para que el conductor se cerciore de que el autor es educado, acaba con esta perla: "Siento los trastornos que te ocasionará el pinchazo. No es nada personal". Ya imagino los comentarios de los afectados: "Pues si no es nada personal, métete la navaja en el ojo de la retaguardia". Desde la Jefatura de Policía añaden que se trata, probablemente, de un perturbado.
Lo de ir cargándose los coches por ahí no es nada nuevo. Ni exclusivo de las grandes ciudades, que acumulan mayor número de tíos raritos, pues en Zamora, sin ir más lejos, salen de vez en cuando, y de debajo de las piedras de algún arroyo infecto, varios "chalaos" que trabajan en eso: arrancar espejos retrovisores, pinchar neumáticos, torcer los parabrisas, rayar el capó o alguna puerta. Esa actitud callejera está tan generalizada que cobrará, si nos descuidamos, el rango de moda. Hay muchachos que no salen de casa a ligar con mozas o a echarse unas risas: prefieren dedicarse al destrozo. Dicha actitud, tan educativa, logrará que en unos años sólo puedan aspirar al oficio de mamporreros (y no me refiero a los dobles y a los actores de las películas de kárate, sino a los que alivian a los cerdos con una mano).
Yo no tacharía de perturbado al tío que ha pinchado esas ruedas y añade la nota de disculpa. Al fin y al cabo se ve que tiene educación, que sabe redactar unas líneas explicando sus motivos y que está luchando por terminar con la contaminación del aire. Lo que sí tiene de perturbado, si es que consideramos que tiene algo, es ese idealismo, ese afán quimérico por creer que rajando algunos neumáticos salvará el cielo. Ahí, mire usted, sí que podemos decir que le falta un verano. Pero no por lo demás: ya digo que, en los estropicios, incluso las disculpas y la buena educación se agradecen. No me parece el tipo más extraño del que se haya tenido noticia. Por las calles deambula gente para todo. Siempre que salgo a recorrerlas no faltan energúmenos de cualquier índole: el individuo que camina solo y ofrece a los transeúntes un monólogo a voces, sazonado con insultos, juramentos, profecías y maldiciones varias; la panda de chavales que dedica sus energías a tronchar farolas y señales de tráfico; el personaje que sujeta en las manos un par de muñecas Barbie y conversa con ellas y con los maniquíes de los escaparates; el que improvisa, en un minuto, una tribuna en mitad de la acera y se sube a ella para proclamar el Apocalipsis; el hombre borracho que intenta meter en un carrito de supermercado todo cuanto encuentra, desde colchones y trapos hasta cajas de cartón, muebles desportillados y bolsas de plástico; la señora o el señor que suelen escudriñar hasta el último resquicio de las papeleras; el grupete de amigos que va buscando bronca, pero nunca se atreverían a luchar sin ayuda contra alguien de su tamaño; el gracioso que gusta de poner en los muros declaraciones como "Mari Pili me la pela" o "Manolete pasó por aquí el sábado. Llámale".

viernes, febrero 03, 2006

Recomendación: 30 días de noche, de Steve Niles y Ben Templesmith



Este cómic causó furor en su momento. Luego hicieron un par de secuelas. La adaptación al cine está al caer, a punto de rodaje y con producción de Sam Raimi. El responsable es el guionista Steve Niles, un enamorado de todo aquello que huela a clásicos del terror y del fantástico, pues los personajes de sus tebeos y de sus guiones suelen ser asesinos, vampiros, zombies, esqueletos, freaks y monstruos varios, extraterrestres, superhéroes míticos, investigadores de lo paranormal... Su web no tiene desperdicio.

El argumento de 30 días de noche es sencillo: una manada de vampiros asedia un pueblo de Alaska en el que no aparece el sol durante un mes de invierno. Y por esa sencillez tal vez no guste a los fanáticos del cómic (a mí sí me agradó). Pero lo mejor de todo está en la atmósfera sugerida por Niles y creada por Templesmith: predominio de tonos grises, blancos, negros y rojos a causa de la nieve, la oscuridad y la sangre; expresionismo en el trazo, donde a veces es más importante el rostro desencajado de los vampiros y de sus víctimas que la exactitud realista; un ambiente malsano y macabro, surtido de violencia. El retrato de los chupasangres recuerda un poco a Nosferatu y a Los viajeros de la noche, las películas de Murnau y Kathryn Bigelow. La única pega es que sabe a poco, se queda uno con ganas de más. Pero para eso están sus continuaciones, que he incorporado a mi biblioteca y leeré en breve.

Los últimos de su oficio (La Opinión)

Un nostálgico artículo de Benjamín Charro, en este periódico, nos refería la despedida del oficio del último zapatero de Lumbrales, en Salamanca, pues se jubila. Profesión noble que incluso un hombre famoso que lo tenía todo, el actor Daniel Day-Lewis, escogió aprender en su retiro actual, lejos de las candilejas de Hollywood. Dicho artículo me ha hecho recordar esos oficios artesanos, tradicionales, pacientes, que los padres van pasando a los hijos y estos, a su vez, a los nietos de los primeros, para que no críen polvo las viejas herramientas ni se clausuren las costumbres.
De vez en cuando, en mis paseos por algunos barrios de Madrid en los que aún se perpetúa este tipo de trabajo artesanal (el del zapatero, el del escultor, el del carpintero, el del afilador de cuchillos, el del restaurador de esos libros frágiles y con un par de siglos a cuestas), he visto locales donde aún trabajan, con minuciosidad y olor a cuero, a papel, a virutas o a metal, esos hombres, de los que ya van quedando pocos. Ahora todo te lo resuelven en los grandes almacenes, y en el mismo edificio, y, moviéndote hacia arriba o hacia abajo por las escaleras mecánicas, puedes comprar la comida, hacer el encargo de que te arreglen el calzado, echar una carta certificada, probarte una camisa, pedir copia de tus llaves, llevarte libros y películas, etcétera. Por un lado nos beneficia el hecho de que, al tenerlo todo al alcance de la mano, quizá perdemos menos tiempo. Por otro lado nos perjudica, o al menos a mí me perjudica, asumir que no ofrece el mismo servicio una persona que ha mamado el oficio desde crío, gracias al magisterio de sus antepasados, que alguien a quien contratan de nuevas y que lo mismo podría estar de botones que de charcutero. En mi caso, la compra de los libros, lo noto a diario: predominan los vendedores de libros, pero no los libreros, esos hombres que saben guiarte por los anaqueles y por la historia de la literatura, y que saben dónde guardan un ejemplar de este o aquel título, y se conocen de sobra lo que exhiben en el escaparate (ya he contado varias veces, aquí, la anécdota de cuando pedí a una señorita un libro y me dijo que no lo habían recibido, y tuve que toser, carraspear, y decirle que me perdonara, pero que el libro estaba puesto en el escaparate, y ella asumió su derrota, y su descuido o su ignorancia, con una excusa banal).
Esos locales que, desde el exterior, huelen a oficio antiguo, sin duda me recuerdan a los de mi ciudad. Algunos de ellos están en la Calle de Balborraz. Fue cerca de allí, lo recuerdo ahora merced a las palabras del artículo citado al principio, donde hace muchos meses entrevisté a una pareja de tallistas, padre e hijo. Pero más bien no fue una entrevista, ese género tan formal y estipulado, sino una charla entre tres personas. Una charla en la que, más allá del currículum de ambos y de los engranajes de su oficio y del muestrario de las últimas obras para las cofradías de Semana Santa, uno notaba, especialmente, la raigambre de eso tan noble que es la transmisión de un oficio de padres a hijos, y el cuidado artesano que los dos habían puesto en el tallado de la madera desde que eran críos. Los oficios que se llevan en la sangre y se pasan de padres a hijos, o que nuestros abuelos aprendieron por su cuenta pero no pudieron transmitir a sus descendientes (no por falta de ganas de unos y de otros, sino porque todo muere, y sobre todo los oficios pacientes y tradicionales), son sin duda los mejores, los más exactos y auténticos. Permitan que, como último ejemplo, mencione a mi abuelo carpintero, fallecido años atrás, de quien a veces sospecho que por sus venas corría una sangre con aromas a barniz de la madera y a viruta fresca.

Un gran acierto (Literaturas.com)


Hace algunos meses hablaba, en este mismo rincón, del cada vez más desolador panorama de las presentaciones literarias. Cerraba mi artículo así: “Algo habrá que hacer para despertar un poco el interés de los lectores, para que se aproximen a las presentaciones y lecturas y descubran nuevos libros. Algo habrá que hacer para llenar las butacas, pero, además, para que nadie bostece”.
Pues bien, me temo que alguien ha dado con la clave que algunos estábamos esperando: la presentación audiovisual.
Cuando, en una tarde del mes de diciembre, Nacho Fernández (el hombre que mueve los hilos de esta revista) nos anunció que la presentación de los primeros títulos de su editorial independiente, Literaturas Com Libros, sería audiovisual, pensé en un vídeo monótono, en el que veríamos al autor del libro frente a la cámara, recitando a palo seco cuanto pensaba de su obra, al estilo de esas revelaciones vergonzosas y patéticas que hacen los del “Gran Hermano” en el confesionario.
No fue así. Y debimos haberlo previsto, porque Faroni es un visionario, aunque no lo crean. El vídeo resultó ser un montaje perfecto en el que se ensamblaban palabras escritas y habladas, música relajante, fragmentos de cada libro, planos de los autores, cortes de sus declaraciones.
Es lo que tiene lo audiovisual: entretenimiento e información. Uno atendía a lo que contaba cada escritor, sin caerse al pozo del tedio. Por supuesto, también fue gracias a la agilidad del montaje. Que las editoriales no pretendan hacer este experimento poniendo al personal una cinta montada a la manera de Antonioni o Tarkovsky: no funcionaría, y es probable que los espectadores quemaran la sala en un acto de rebelión.
No hubo bostezos, la duración estuvo ajustada a la paciencia del espectador, no flotó en el ambiente esa incomodidad propia de cuando el público no se atreve a hacer preguntas y el autor se siente cohibido por el hecho de hablar ante un auditorio.
Nadie debe pensar que un vídeo aleja a los lectores del autor de la obra: los escritores, y el propio editor, estaban presentes en la sala. Si a alguien le surgía alguna pregunta, sólo tenía que acercarse y hacerla. Y charlar luego, en la sala, tomando un vino.
Creo, pues, que la idea fue un gran acierto y podría significar el futuro de las presentaciones literarias.
(Este texto pertenece al número de febrero de la revista Literaturas.Com)

jueves, febrero 02, 2006

Recomendación: Los mosqueteros (2. Veinte años después), de Alejandro Dumas


Han transcurrido veinte años, pero a los mosqueteros no se les pasan las ganas de aventura. Sólo se acentúan sus defectos y sus virtudes.
D'Artagnan es aún más ingenioso e intrépido. Athos, más noble y afectuoso. Porthos, más grandullón e ingenuo. Aramis, más ácido y sutil. Hay nuevos enemigos y tramas de mayor complejidad que en la novela precedente.
Es un volumen, este de Ediciones Cátedra, imprescindible. Incluye, entre sus páginas, las ilustraciones de Maurice Leloir y R. de La Nézière. Y su lectura, qué duda cabe, te devuelve a la infancia y a la adolescencia.

Oído por ahí (La Opinión)

En una copistería, en la tercera planta del edificio de unos grandes almacenes. La encargada farfulla a la señora que está atendiendo: “Pues sí se lo han hecho tan bien en otro sitio, no sé por qué no va a ese otro sitio”. La señora, que se está armando un lío con varias fotocopias de partituras de música, unos folios en blanco, un tubo de pegamento, unas tijeras y varios recortes: “No, si no fue a mí; a quien se lo hicieron me lo ha encargado y yo he venido aquí. Pero siga atendiendo, siga atendiendo. Ya voy yo preparando esto”. Y “esto” consiste en recortar algunas líneas de la partitura, pegarlas en folios con la barra de pegamento y hacer fotocopias. El siguiente en la cola es un tipo con abrigo de cuero, de Pakistán, o por ahí, un poco tímido. Quiere fotografías de carnet. Se van a hacer las fotos al cuarto anejo. Se les oye. La dueña: “Oiga, debería quitarse el cuero, porque, si no, la foto va a quedar muy oscura. Además, que usted ya es oscuro…” Sale el chico, le recortan las fotos, paga y se va. Pero llega un señor con aire de extraviado: “¿Es aquí donde se cobran los décimos de lotería?” Igual podía haber preguntado si despachaban arenques. La dueña responde: “No, aquí no. Vaya al fondo, a la derecha”. Aparece una anciana, muy anciana, de negro, también con cara de despistada. La dueña: “¿Qué tal le va?” La anciana: “Brrjlmbdlñfkjbk”. La dueña: “¿Qué dice, que se ha caído de un cuarto piso?” La anciana: “No, no… Nngrrgefnwfefr”. Ignoro el asunto, no es inteligible. Pago y me voy, pero busco con los ojos si el edificio incluye un manicomio.
En la cola del supermercado. Tres marujas conversan. Maruja uno: “Ay, chica, ¿qué quieres que te diga? Nosotros tenemos en casa varias botellas de cava y, oye, no pensamos abrirlas”. Maruja dos: “Bueno, mujer, si eso… no pasa nada. Si está muy rico”. Maruja uno: “No, no, no. No pienso abrirlas. Nosotros, el champán. El cava, para ellos”. Maruja dos: “Eso son tonterías, mujer. A mí eso me da igual”. Maruja tres: guarda silencio, salomónica ella. Me gustaría acercarme y revisar la compra de la maruja uno: seguro que sus productos suman, al menos, tres marcas catalanas; pero es de esas personas que creen que lo catalán sólo es el cava y el fuet. Poco después, bebo una copa de cava durante la cena. Cerca del supermercado, en la calle. Dos viejecitas caminan por la acera estrecha, y al pasar junto a un restaurante hindú, una de ellas vuelca, por descuido, la pizarra con el menú que han colocado a la entrada. Se detiene y retrocede y, mientras se dispone a agacharse para recogerla, proclama: “Si es que lo ponen tan fuera…” Otra de ellas la coge por un brazo y trata de disuadirla: “Déjalo, mujer, déjalo. Vámonos, vámonos”. Como si tuvieran miedo. Como si una no tuviera educación. Un camarero hindú sale y, silencioso, levanta el cartel.
En la tienda de alimentación de un chino. Un negro pone el dinero junto a la caja y dice: “Pan. Barra”. El oriental, que jamás habla, y es imperturbable como un gángster de novela negra con costurones en el rostro, va a coger una barra. El cliente, quizá cabreado por el pan que va a elegir el otro, insiste: “No, ésa no. No, no, tampoco ésa. Blanca. No, más blanca, la más blanca. Arriba. Más blanca. Ésa, sí.” En las tiendas, de alguna manera, los chinos, los africanos, los hindúes y los árabes consiguen entenderse manejando un español que cojea, pero que sirve para que, más o menos, comercien unos con otros. En una tienda de ropa, esta vez en mi ciudad, y en navidades. “Perdone, ¿tienen camisetas blancas de manga corta?” Dependienta, como si fuéramos seres de otro planeta: “No, hijo, no. Eso, igual para marzo…”

miércoles, febrero 01, 2006

Disturbios en Lavapiés (La Opinión)

Son las ocho de la tarde y salgo a comprar un cartucho de tinta. En el barrio hay animación: peatones, vecinos, compradores, alcohólicos, camellos. Cuando bajo por la Plaza de Lavapiés suben dos policías en moto, y no le doy importancia. Entro en varias tiendas, pero en ninguna venden artículos de impresora. Recorro la calle Argumosa y, vencido, las manos vacías, regreso a casa por un atajo. Mi intención es atravesar una calle estrecha y repleta de videoclubes, fruterías, cafés y bazares, que desemboca justo arriba de la plaza y a unos metros del lugar en el que vivo. Al término de esta vía veo gente, de toda edad, raza y condición, observando el eje más conflictivo: el que une el banco de los borrachos, dos de las esquinas de los camellos y el principio de mi calle, ese triángulo de violencia. Diviso, allí, a un par de policías rodeados de personas que silban o abuchean, y una de las motos volcada. “Mal asunto”, me digo. Pregunto a un chico qué ha ocurrido, pues tengo que ir a casa y debo pasar por allí. Me cuenta: “Ha venido la policía a hacer una detención, y la gente ha empezado a abuchear, y la poli se ha calentado. Están pidiendo refuerzos. Pero yo creo que se están pasando, no es para tanto”. Entonces vemos, atravesando la plaza hacia arriba, a un pelotón de policías antidisturbios, porra en mano y el ceño fruncido. “Sé cómo acaba esto; ahora es cuando empiezan a repartir estopa, lo he visto en los telediarios”, pienso, y le digo adiós al tipo en el instante en que los agentes descargan sobre el personal. Porque tienes que moverte, antes de que las porras te alcancen, aunque no hayas hecho nada.
Mi intención es bajar la plaza, pirarme hacia el metro. Algunos de los tipos que abucheaban reciben porrazos. Un chaval con una funda de guitarra a la espalda huye plaza abajo. Tras él corren varios policías, y se para y levanta los brazos, se rinde. Le baten los lomos. Los agentes avanzan hacia donde estamos los curiosos y mirones. Es cuestión de segundos resolver mi papeleta. Si eres tonto, sales corriendo y te miden las costillas. Si eres listo, te quedas quieto y pones cara de estar a lo tuyo. Y tú eres listo, o eso crees. En cualquier caso, sospecho que me van a santiguar las espaldas.
Veo que sacuden a quienes corren, así que me detengo y me apoyo contra una pared, saco el móvil y llamo a alguien, para disimular, pero no coge el teléfono porque está en el metro. Las personas que tengo a ambos lados salen pitando. Me quedo ahí, con el escroto en la garganta, preparado para recibir la paliza, esperando para saber si me van a machacar o no. Con el móvil en la oreja pongo cara de ser un tipo que está a su aire, que pasaba por allí (y es la verdad), que no va a moverse del sitio porque no es culpable. Se aproxima un policía, con la porra en la mano, y le miro, con sangre fría y sin mover una ceja, y él dice: “Caballero, por favor, salga de aquí, o al final le van a dar a usted”. Suelto: “Muchas gracias”, y me protege un metro, la distancia que me falta para salir de la plaza, doblar la esquina y evaporarme por donde he venido. Allí topo con un poli gigante, que está tatuando su porra en los riñones de un sudamericano. Lo tritura, y cae al suelo, grita y llora. Paso al lado del poli, caminando despacio, sudoroso y tranquilo (en apariencia), el móvil en la oreja, alejándome. Doy un rodeo y miro la escena de lejos. Hay cinco furgones, y numerosos coches y motos, y aparecen los del Samur. Luego me entero: el detenido era un marroquí, y la gente increpaba a los agentes para que no lo calentaran tras esposarlo. Hacían su trabajo, pero luego se pasaron. Es un polvorín: delincuentes y tipos que no deberían imprecar a la policía y policías que no deberían zurrar a los curiosos. Y menos a quienes vivimos allí.

martes, enero 31, 2006

Recomendación: Mini Letras



Curiosa colección: libritos de unas sesenta páginas, que, más que otra cosa, constituyen una guía de autores. Recogen una selección de cuentos, o de artículos, o de ambos.

Su gran virtud (además del precio: dos euros) es que, si te gustan los textos de los escritores, no dudarás en buscar los originales.

De momento me he comprado, como dije en un artículo anterior, los de Julio Llamazares, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías. También hay títulos de Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo o Juan José Millás.

Demasiada protección (La Opinión)

Cuando sacamos latas de refresco de una máquina solemos observar primero la superficie del bote, justo en torno a la lengüeta que hay que levantar para beber. En muchos casos, esa superficie ha acumulado una capa de polvo y suciedad. En otros, si una de las latas próximas ha reventado, también se nota una mancha pegajosa. Pero no pasa nada. Uno coge el extremo inferior de la camiseta y limpia la superficie, o le quita el polvo con un dedo, o, si es muy finolis, saca un pañuelo y lo deja como los chorros del oro. Y luego bebe a morro, que para eso son las latas. Y tan rico.
Pero el otro día vi en televisión a un individuo, de cuyo invento daban cuenta en una noticia. Era uno de esos hombres que, seguramente, no duermen pensando en chorradas, y le dan vueltas a la cabeza para solucionarlas, como si arreglaran el mundo. Sospecho que se hará rico. ¿Qué inventó? Una tapa de plástico, similar a las que cubren y protegen los envases de los flanes, adaptada para las latas de refresco y las cervezas. El tipo enseñaba el funcionamiento a las cámaras. No es muy complicado, ya se harán cargo. Sacas la cerveza de la máquina que la dispensa, retiras la tapa y compruebas que, gracias a ella, no hay polvo, ni suciedad, ni una mancha. Y te pones a chupar del frasco. Esa era la noticia: un tío que ha inventado una tapa que impide la acumulación de roña en los botes. Luego contaban que el invento era esencial porque, al parecer, cuando pegas los labios a la lata, y aunque le hayas pasado por encima la camiseta, el dedo o el pañuelo, te tragas microbios como para alicatar tres cuartos de baño.
Pues a mí estas cosas me exasperan. No tengo nada contra los inventores, ni creo que el precio de los botes suba demasiado cuando esa lámina de protección empiecen a aplicarla en nuestro país, ni nada por el estilo. Lo que me dio ciertas náuseas es esa obsesión contemporánea por proteger al hombre de los supuestos males y amenazas contenidos en los alimentos, los objetos, el aire. Nuestros nietos acabarán saliendo a la calle en burbujas de plástico, para evitar incluso que los toque el agua fresca de la lluvia o les caiga encima un copo de nieve, que igual enferman, oiga. A los críos de hoy se les intenta apartar de todo aquello que les pueda perjudicar el cutis, pero que, para nuestros antepasados, supuso su aprendizaje, la manera de convertirse en hombres duros, la escuela de la vida. Ahora les prohíben jugar con objetos que puedan tragarse, escuchar un taco en la tele, ver un seno al bies en una película, acudir a los funerales de sus parientes, tocar y probar todo cuanto tenga un mínimo riesgo de contagio. Llegará el día en que no les dejen ir a la playa a bañarse, por temor a que vean las tetas que se doran al sol. He oído a padres quejarse de la rigurosa disciplina a la que algunos pediatras quieren someter a los críos. Se les protege tanto que, de aquí a unos años, no serán fuertes, sino incapaces de sobrevivir al frío, a la lluvia, al aire. Habrá chavales que, por primera vez en su vida, quieran desobedecer y beban de una Fanta sin su tapa de plástico, y caigan fulminados porque se les posó en la lengua un microbio que su organismo desconocía. Pero, de siempre, ¿quiénes son lo más fuertes, los que sobreviven y duran cien años? Según me consta, quienes menos precauciones han tomado: esos curtidos abuelos de pueblo, que desayunan aguardiente y sopas de ajo, que soportan largas jornadas de curre a la intemperie, con las uñas surtidas de una roña que no les mata cuando las clavan en la loncha de jamón serrano de la merienda y se la comen, que fuman Ducados desde niños, que soportan las heladas, la suciedad, los madrugones y la mierda del asno sin pestañear.

lunes, enero 30, 2006

Marinero de secano (La Opinión)

Entré, para tomar una caña y algún condumio, en una de esas cafeterías madrileñas que llevan en pie varios siglos. Céntricas, amplias, olorosas a tortilla, a café y a asientos de cuero, con una clientela fija, por cuya barra desfila una recua de camareros ya talluditos, que se afeitaron por primera vez el bozo muchos años antes de que naciesen mis padres; suelen ser camareros a la antigua usanza, bien uniformados, con el cabello peinado hacia atrás, pajarita roja y camisa blanca, y es posible que un bigote ralo que no oculta la falta de algún colmillo. Suelen decir: “Buenas tardes, ¿qué desea el caballero?” y “¿Alguna cosita para picar?”, con excesiva formalidad y educación. Tienen la suerte de que una de esas empresas americanas, que se comen el mercado en medio mundo, no haya comprado el garito; porque, de lo contrario, una de dos: o los echaban a la calle para reclutar mozos, o les obligaban a calzarse la gorrita típica, a lo yanqui. Ya saben: esa gorra que a los pobres currantes de algunos grandes almacenes y de los restaurantes de fast food de este país les obligan a ponerse si quieren servir pizzas, hamburguesas y perritos calientes. Y a esos trabajadores, muy jóvenes, no les hace ninguna gracia que les encasqueten el gorro con visera, entre otras cosas porque en España nos gusta escoger cuándo nos tapamos la berza y cuándo no.
Sentados en un taburete de esos que van fijados al suelo, y pesan una tonelada, pedimos un par de cañas con limón y una tapa de añadidura. Al lado había una señora merendando un sándwich, que despachaba con cuchillo y tenedor; ella sola, bien a gusto y con finura. Al poco se sentó a su diestra (pero ella se fue en seguida), a la barra, uno de esos tipos peculiares cuyas biografías a uno le encantaría conocer. Un individuo casi invisible, de tan enteco, chupado de carnes y de rostro. Tan veterano como los camareros, o más. Provisto de gafas, de una perilla frondosa y de arrugas que le adelgazaban aún más los pómulos. Llevaba una gorra de marinero, de color azul oscuro y visera corta. El vivo retrato del Capitán Haddock, o, mejor: su sombra. Un marinero en tierra. Uno de esos hombres que necesitan cada pocos minutos el agua salada, pero no para zambullirse dentro, sino para navegar sobre ella, pues, por lo general, a los pescadores y marinos les encanta el mar o la mar, pero no por los baños. Pidió una taza de café y un plato de churros, y allá que estuvo, embaulando churros a las nueve de la noche, con una sonrisa de pícaro y de marinero en tierra.
No es raro ver a tipos solitarios sentarse a la barra de una cafetería a tomar su chocolate con churros, aunque parece una actividad más propia para realizar en familia, o al menos en pareja. En otro tiempo, en mi ciudad, los observaba a las siete de la mañana de algunos domingos: de chaval, cuando iba en contadas ocasiones de caza y, al alba, nos abrigábamos las manos y la garganta con un chocolate caliente antes de partir; y, años después, cuando tomé el papel de golfo que se acuesta de día, a esa hora en que la gente respetable ya ha comprado el periódico y sacado al perro de paseo. Tampoco es raro toparse con esta especie de marineros de secano, ya de vuelta de todo, acaso añorando el mar o la mar, y sus rutinas aventureras a bordo de los pesqueros y las chalupas. Pero sorprende verlos así, alejados de las costas, en lugares en los que los imagino sintiendo esa claustrofobia típica de quienes echan en falta mirar hacia un horizonte salado. Siempre que los encuentro, pienso en los peces que, aún vivos, sacan fuera del agua, y que se van asfixiando con lentitud y agonía.

domingo, enero 29, 2006

Despilfarro de ilusión (La Opinión)

Según datos del Instituto Nacional de Estadística: en los últimos diez años la universidad española ha perdido, al menos, cien mil alumnos. No me extraña. Y no sólo por el aumento del fracaso escolar. También, creo yo, porque las cosas han cambiado. Hoy una gran parte de los licenciados va de cabeza al paro, y luego a gastarse los cuartos en currículos y en sobres y sellos, y unos años después terminan metidos en empleos que maldita la relación que tienen con cuanto estudiaron. El abogado se convierte en mozo de pizzería, el periodista se mete a funcionario, el físico acaba montando una tienda de ropa, el historiador se presenta a los exámenes para policía. En ese plan. No hay trabajo para todos y, además, impera la especialización. A los chavales, que salen tan contentos con su título bajo el brazo (es una manera de hablar, porque ya sabemos que el título cuesta un riñón y tardan siglos en servírtelo desde que apoquinas), ¿qué les espera? Ofertas de trabajo en las que las empresas les piden, como requisitos indispensables para ir a la entrevista, dos o tres años de experiencia en otra empresa, vehículo propio y carnet de conducir, redacción perfecta, manejo de veinte programas informáticos, un mínimo de tres idiomas, conocimientos de publicidad y marketing… Requieren a un tipo con la experiencia de un anciano, pero que sea joven, emprendedor, dinámico y con acné. Al final el muchacho, tras perder el tiempo en trabajos temporales y mal pagados, decide pasar de todo y meterse a otro oficio, el que sea. No todos corren la misma mala suerte, desde luego.
Con esos mimbres, y el bajo nivel de los programas de estudio en las escuelas, no me extraña que descienda el número de universitarios. Por otra parte, y aunque en las empresas se exija especialización, múltiples conocimientos y experiencia de unos cuantos años, tampoco en las universidades enseñan demasiado. Quiero decir que se entretienen con muermos y zarandajas. Y no lo digo yo, lo dice el director de la Cátedra Unesco, Francisco Michavila: “El sistema universitario español despilfarra la ilusión de los estudiantes”. Y señala, como uno de los problemas, el excesivo empeño en las enseñanzas teóricas en detrimento de las prácticas, menos baratas que las primeras. En ese aspecto, incluso puedo hablar por experiencia; un ejemplo: algunos profesores se obstinaban en obligarnos a leer los libros más peñazo de la profesión, tochos intragables y soporíferos, cuya prosa de cemento espantaba a los muertos. Nosotros, por supuesto, no los leíamos, y nos conformábamos con echar un ojo a la sinopsis, leer el prólogo y el final e inventar el resto en unas redacciones donde jugaba su baza la fantasía. Pero la jugada no le salió tan rana al profesor de turno: no leyendo los libros, aprendíamos a ensamblar en esos trabajos la paja, los hechos y la imaginación. Tres requisitos con los que hay que contar en el periodismo, y añadirles gramática, para que críen juntos y den piezas sólidas (y, si no, léanse “A sangre fría”).
Michavila insiste en que deben fomentarse las prácticas, el trabajo en equipo, las tutorías, etcétera. Sostiene que, durante el periodo universitario, “los jóvenes se domestican y se orientan de acuerdo con los intereses de los profesores”. No miento si digo que a mí no me enseñaron mucho. Las grandes lecturas con las que me formé tuve que buscarlas por mi cuenta: comprando y leyendo periódicos, visitando librerías de viejo, recorriendo las bibliotecas. Pocos nos enseñaron de verdad, pocos nos hicieron ejercitar la habilidad mental. Pero esos pocos lo hicieron bien, a fe. Al fin y al cabo la universidad es, hoy, un negocio como otro cualquiera.

sábado, enero 28, 2006

Un par de novelas gráficas (La Opinión)

David Fincher, director de “Seven”, “The game” y “El club de la lucha”, prepara la adaptación de una novela gráfica titulada en España “Torso. El descuartizador de Cleveland”. Es probable que la película tarde en estrenarse un año, o así. Pero investigo acerca de dicha novela gráfica, o cómic en un único volumen de tapa dura: el título me es familiar. Al ver la portada española lo recuerdo: lo he visto en una librería de saldos. Sus autores son Brian Michael Bendis y Marc Andreyko. “Torso” cuenta las investigaciones de Eliot Ness para atrapar a un asesino en serie. Voy a esa librería de saldos, en la que dedican una parte del local a los tebeos, en busca de un ejemplar. Lo quiero leer porque la historia y los dibujos (negros, misteriosos) me atraen, y no sólo porque Fincher lo incluya en sus próximos proyectos.
También quiero comprarlo antes de que la demanda crezca. Cuando anuncian la adaptación de alguna de estas historietas gráficas se obtienen dos situaciones: durante el rodaje se agotan todos los ejemplares; después, cuando se aproxima la fecha de estreno, se reedita, y es posible que los editores suban el precio, le coloquen otra portada o una pegatina, y cambien el formato. “V de Vendetta”, de Alan Moore, es uno de los últimos casos: lo compré mientras rodaban la adaptación; ahora lo han reeditado con un tamaño de lápida y cuesta más caro. Suelo guiarme, en cuanto a los cómics, por su conversión en películas. A este respecto, “V de Vendetta” es una maravilla: sus páginas poseen algo de papel atrapamoscas, pues, en cuanto uno posa los ojos sobre ellas, ya no puede soltar el tomo. Busco, pues, este “Torso”. Repaso con la mirada tantos cómics, tebeos, novelas gráficas, libros sobre dibujantes y biografías varias, que se me nubla la vista. Abro algunos volúmenes, miro las viñetas y el trazado de los dibujos. Suelo buscar historias sórdidas, sucias, sangrientas, raras, no aptas para menores, con argumentos y personajes propios de novela negra. Me duele que el cómic esté tan devaluado en ciertos círculos culturales. La mitad de los que hoy venden encierran mayor calidad que muchas de esas novelas-con-misterio-templario que se encaraman a la cima de las listas de best-sellers. Aparte de llevarme esta obra de Bendis, compro tres libritos de Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y Julio Llamazares. Los denomino “libritos” porque ésa es su naturaleza: una nueva colección (Mini Letras) que recoge selecciones de relatos o de artículos de distintos autores. Los cojo porque, con el tiempo, estos tomos serán una rareza. Pese a su precio (dos euros), me molesta de dichos cuadernillos, de unas sesenta páginas, su tipo de letra: demasiado grande, indicada para ancianos y cegatos.
Al salir de allí, decido ir a una de las grandes librerías, de varios pisos y guardianes en las puertas, con la intención de escudriñar las mesas de novedades. A los diez segundos de poner el pie en el local pasa lo de siempre: uno de los guardias de seguridad se me pega al culo. Es una de las razones por las cuales detesto estas librerías, aunque compre en ellas. No les basta con colocar en las puertas los detectores, que pitan si uno se larga sin pagar: además, ponen a hombres-perro que custodian los anaqueles y desconfían de uno. Es posible que el hombre que está a un palmo de mí, observándome mientras hojeo los ejemplares, no haya leído nunca un libro. Por eso pensará que todos los lectores visten gabardina, peinan canas y requieren gafas. En cuanto avistan a alguien más o menos joven, con el pelo crecido y chupa de cuero, lo olfatean. Por eso no puedo estudiar el volumen a mi antojo, leer con calma el argumento y las páginas iniciales. Por eso no puedo concentrarme.

viernes, enero 27, 2006

A veces quebrantan el sosiego (La Opinión)

Zamora vuelve a alzarse sobre sus murallas y, así, otra de sus noticias recorre los informativos nacionales. Noticia de una tragedia, por supuesto. Sólo de ese modo podemos ser célebres, estar en boca de todos o, al menos, de unos cuantos. Los materiales de los que se compone dicha noticia contienen palabras que suelen sentirse confortables en las páginas de sucesos: disparos, sangre, ajuste de cuentas, etnia gitana, drogas, extranjero, negro, huida. Provienen de las informaciones oficiales, pero también de los rumores. Son palabras muy acostumbradas a pasearse por las crónicas húmedas de sangre. La noticia ya la conocen: dos tiros en la cabeza de un chico gitano, de veintitantos años, que iba a buscar a su familia a una hamburguesería. En pleno centro de la ciudad, a media tarde (las agujas del reloj, dicen, ya pasaban de las ocho), a unos metros del edificio donde viví hace años.
Sin embargo, lo que suele preocuparnos en estos casos es la posibilidad de haber estado allí un minuto antes, o de haber presenciado los hechos. De pensar que pudimos ser testigos. Y la sospecha de que, con el cuerpo cerca del suceso, se escapara hacia nosotros una bala, o que jamás nos repusiéramos del shock propio de toparnos con un delito de sangre, al observar en directo y sin tapujos un tiro a quemarropa. Uno de mis amigos acababa de pasar dos minutos antes por el lugar de los hechos. Incluso oyó los tiros desde su casa. La gente que merendaba en la hamburguesería confundió las detonaciones con el ruido de los petardos. En navidades esto ocurre continuamente: las noches de fiesta las atraviesan los chavales con sus estampidos de pólvora barata, y a veces no sabemos si el estruendo proviene de un petardo, de un revólver o de una bomba. Cualquier día veremos a los niños poniendo cartuchos de dinamita para demostrar su júbilo navideño. Estas noticias, aquí se ha dicho ya, nos obligan a retroceder en el tiempo, a sopesar posibilidades. ¿Qué hubiese ocurrido si hubiera pasado por allí dos minutos después? ¿Me crucé con el autor de los balazos? ¿Cambia mi estimación del escenario tras lo ocurrido?
La gente se sobrecoge y tiene miedo. Porque el tiroteo a bocajarro no sucedió en barrios marginales o apartados, lejos de la clase media y alta; no sucedió en Las Llamas, ni en El Rabiche, ni en alguno de los bosques de la periferia, ni en un garito de mala muerte. Ocurrió en la calle que separa un parque céntrico, el de La Marina, y dos establecimientos muy visitados: un videoclub y una hamburguesería. Durante unos días habrá perjuicio para sus dueños, pues los clientes atemorizados se impiden a sí mismos volver a esos escenarios. Pero, con suerte, el miedo se calmará: está escrito que los tiroteos y otras tragedias pueden ocurrir en cualquier lugar, a cualquier hora del día, en el momento más inesperado. De lo contrario no serían disparos entre bandas y entre justicieros, sino tiro al plato. La ciudad, con su pálpito sosegado, con su ritmo de otro tiempo (de un tiempo antiguo, en el que no caben las prisas), con su bienestar de provincia donde se vive bien, tiene no obstante, y de vez en cuando, estos arranques de violencia: homicidios, robos, maltratos conyugales, asesinatos, violaciones, abusos sexuales, cuchilladas, peleas a la puerta de las discotecas, tiroteos en los clubes de alterne. Como en todas partes, como en todos los lugares donde conviven los hombres. Pero en Zamora, templada y apacible, estas tragedias suenan más alto, precisamente por su condición de ciudad donde, a priori, nada ocurre.

jueves, enero 26, 2006

Aislados (La Opinión)

Cuentan que un hombre murió en uno de los trenes del metro de Brooklyn. Iba sentado, como cualquier otro pasajero. Sufrió un ataque al corazón y se fue al otro barrio. La noticia no es que aquel ciudadano muriese, sino que estuvo siete horas en el vagón sin que nadie advirtiera que estaba muerto. Los otros viajeros pensaron que estaba dormido. Uno va en el metro, y observa a personas con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el cristal que hay a su espalda, y siempre piensa que están agotadas de sueño y de cansancio, que sólo han bajado los párpados unos minutos, para reponerse un poco entre parada y parada. Da repeluzno saber que puedes viajar en el metro (o en el autobús, o en el tren) y que el fulano sentado a tu derecha sea un cadáver fresco, al que aún no le han salido las larvas.
En “Collateral”, aquella magistral obra de Michael Mann, contaban una historia similar. El protagonista, un asesino de pelo cano llamado Vincent (Tom Cruise) advertía al conductor de un taxi, Max (Jaime Foxx), sobre los peligros de la gran ciudad. Decía que, en Los Ángeles, habitan diecisiete millones de personas, siendo la quinta economía más grande del mundo, pero nadie conoce a nadie; y que había leído sobre un tipo que falleció en el metro, sentado en su vagón, y viajó por los subterráneos de la ciudad durante seis horas, hasta que alguien se dio cuenta de que era un fiambre. Anécdota que, posteriormente, tendrá su importancia en el relato. Sea real o inventada la historia que referían en esa película, lo cierto es que no se diferencia demasiado de la noticia que han recogido los medios. Pero no debemos olvidar que las ciudades están surtidas de leyendas urbanas. Dos o tres años atrás corrió una anécdota sobre un trabajador de una empresa de publicidad de Nueva York. Un lunes, a primera hora de la jornada laboral, estaba en su oficina, que compartía con otros veinte empleados. Sufrió un paro cardiaco y se quedó en el sitio. Era el primero en entrar en la oficina y el último en abandonarla (ya saben: la clase de tipo consagrado a su trabajo, que no admite otra clase de vida). Y, el sábado, los encargados de la limpieza comprobaron que estaba tieso. La autopsia reveló que llevaba muerto cinco días. Bien. Pues esta historia, según se descubrió poco después, era falsa. No existía la empresa de publicidad, y tampoco existía el hombre: la empresa había sido inventada y, el apellido del tipo, tomado del listín de teléfonos. Una leyenda urbana, de esas que corren al galope por la red y nos asustan o nos escandalizan hasta que alguien las desmiente. Igual que los reportajes que urdió Stephen Glass en The New Republic: al final descubrieron sus mentiras. Glass sí existió, pero sus reportajes eran un compendio de invenciones, trampas y datos erróneos (como los de Jayson Blair para The New York Times).
La primera historia, la que no pertenece al cine, ni a las trolas periodísticas, ni a las leyendas urbanas maquinadas para ser colgadas en internet, sí parece cierta. Y todas, verdaderas o falsas, ponen en tela de juicio la soledad, el aislamiento, la frialdad de las grandes ciudades, donde a veces no hay demasiada diferencia entre los vivos y los muertos. No es uno el primero que se pregunta, cuando ve en los soportales, en las esquinas o en los bancos de las calles, a individuos tirados y envueltos en harapos, si éstos respiran o no. El caso es que ninguno nos atrevemos a destapar la solución, a resolver el enigma. En una ciudad pequeña dudo que esta frialdad, este aislamiento, esta desconfianza, se diera. Y menos aún en un pueblo, donde todos se conocen, y cualquier paso que uno da lo saben hasta las gallinas del corral.

miércoles, enero 25, 2006

Santa Clara (La Opinión)

Según parece, uno de los asuntos que más están dando de qué hablar en Zamora es el inicio de las obras de Santa Clara. No es para menos, si atendemos al hecho de que dicha calle peatonal es, como apunta con cierta sorna un amigo mío, nuestra Gran Vía, aunque modesta y de andar por casa. Santa Clara, nos guste o no, es importante para la ciudad. Por allí se va de compras, y a pegar la hebra, y a que el domingo te vean lo guapo que te has puesto, con tu traje o con tu vestido, estrenados para la ocasión. Por Santa Clara acabamos yendo todos, aunque sea de paso, aunque sea para hacer negocios, para caminar un poco, para ir al banco o para escuchar las melodías de los músicos callejeros. Por Santa Clara, oiga, mire usted, paseó incluso ese dictador con voz de pito que soportaron los españoles durante tantos años. Rescato ahora la foto de esos espléndidos volúmenes de “Historia de Zamora”, que cualquier oriundo de la ciudad debería tener en los estantes de su biblioteca: se le ve alegre, marcial, tripudo y con boina. Fue en el cuarenta y tres. Estoy convencido de que algún nostálgico del Régimen tiene copia de la imagen en su casa, enmarcada y con velas.
Pero a lo que íbamos: Santa Clara. El problema, según se desprende del periódico, reside en si las obras de reurbanización (que los operarios acaban de empezar allí) estarán terminadas para Semana Santa. Supongo que alguna gente, contraria a esas fechas, celebraría que así fuese, que las obras no finalizaran a tiempo y tuviesen que modificar los itinerarios. Grave error. Y, si esto ocurre, a más de uno se le va a caer el pelo. Sospecho que el alcalde y sus muchachos andarán preocupados, pensando que, en las semanas previas a esos días, igual hasta tienen que ponerse el casco y arrimar el hombro. Apuntaba que es un grave error aplaudir la prórroga de las obras, en caso de que se diera. Porque la Semana Santa también es como Santa Clara: le guste o no, amigo, es necesaria. Necesaria por tradición, por cultura, por reputación, por aumento del turismo y del comercio. No decimos que la Pasión no se celebre si llega el Viernes de Dolores y aún hay polvo, máquinas y socavones en la calle. Pero no es lo mismo, dado que algunos de los mejores desfiles (y de los más populares) circulan por Santa Clara. Y en absoluto nos imaginamos esa arteria de la ciudad sin que el personal pueda pasar por ella en los días de fiesta de la Pasión. ¿Dónde meteremos, entonces, a tantos turistas que salen a darse un garbeo?
Huele a alarma, y no es para menos. Si durante esos diez días se amputa la calle más transitada, lucrativa y famosa de la capital, entonces se restringen o se cambian los itinerarios, disminuyen las ventas, se invierten las costumbres, y nos vamos al garete. Y es lo que le faltaba a Zamora: que incluso la Semana Santa ya no se celebrara en condiciones. Que, incluso en eso, saliésemos perdiendo. Porque repito: le guste o no, es necesaria. Igual que esa calle. También lo son otras zonas a las que el cabildo suele dar la espalda: la Plaza de Alemania, la Avenida de Príncipe de Asturias, San Andrés, etcétera. Quizá acaben a tiempo, antes del Domingo de Ramos: asunto distinto será el resultado, que nos atemoriza, dados los antecedentes (léase San Martín, por ejemplo). Por otra parte, me han entrado ganas de ver las obras. Aún recuerdo cuando Santa Clara no era peatonal e hicieron las obras. Conservo sólo una imagen, casi borrosa y casi en blanco y negro, o en sepia, pues así es el pasado en nuestra memoria: una calle atestada de vehículos y con aceras angostas. Las personas más jóvenes que uno no sólo no atesoran esos recuerdos: la mayoría desconoce el dato.

martes, enero 24, 2006

Galaxia: Segunda época


La Revista Galaxia, tal y como la conocemos, llega a su fin. No desaparece, pero cambia, como explicaba su director, León Arsenal, en una nota en el foro de la web: "Os comunicamos oficialmente que el número 18, el próximo, de la revista Galaxia, será el último de esta primera etapa. Los editores han decidido reconvertir la revista en un suplemento de una nueva publicación dedicada a la ciencia y la tecnología, de próxima aparición y con una tirada de alrededor de 50.000 ejemplares" (Sigue leyendo).
Será una publicación trimestral, dedicada sólo a la ciencia-ficción. Cambia (o muere) por falta de publicidad. Es una lástima. Acabo de comprar el último número y supone, en cierta manera, una despedida. Publicaban relatos, ensayos, críticas, noticias... No olvido que incluyeron cuentos de mi cosecha en los números 4, 9, 13 y 16, magníficamente ilustrados.
A partir de ahora, esas dieciocho revistas se convertirán en reliquias, ansiadas por los buscadores de rarezas. Y, si no, al tiempo.

Redada (La Opinión)

El viernes, en torno a la una de la madrugada, veo por el barrio tres o cuatro coches de policía, en fila. Unos metros más adelante diviso otros dos vehículos, patrullando por la zona. Ignoro de qué se trata, pero no me sorprendería que fueran asuntos de droga o de reyertas. Al día siguiente, por la tarde, hay una redada en un garito árabe en el que se puede tomar té y fumar una shisha. Dado que entro en ese momento en el portal, puedo observarlo desde la ventana del piso. Distingo un gran despliegue policial: un coche, un furgón, dos motos.
Algunos de los agentes entran en el local, y salen de vez en cuando. El resto de policías espera fuera, en la puerta, mientras conversan con los chavales que siempre merodean por allí, trapicheando. Les hacen preguntas, y supongo que ya están hartos de pedirles los documentos, y ellos de que se los pidan. Unos y otros se muestran muy tranquilos, lo cual indica que es probable que en el interior del garito no haya droga. Porque eso es lo que buscan. Al cabo de un rato uno de los policías sale y se dirige al furgón aparcado enfrente. Abre la puerta trasera y saca un perro, un pastor alemán bien atado con correas. Entra con el perro en el local. Nunca he visto actuar a estos animales mientras olfatean equipajes, salvo en televisión. Tampoco ahora lo veo porque, desde arriba, es imposible discernir el interior de la tetería. He visto perros adiestrados, en el metro, a los que hace poco comenzaron a hacer circular por los andenes, para evitar el vandalismo, las peleas y las pintadas. Aún así, sigue habiéndolas: supongo que por falta de canes o por falta de personal. Continúo observando la redada. De vez en cuando sale alguno de los agentes y se pone a conversar con los de fuera. A veces oigo lo que dicen, y, otras, no oigo nada en absoluto. Unos minutos después de haber entrado con el pastor alemán, aparece uno de los policías. Sujeta en la mano izquierda una de esas linternas kilométricas que suelen llevar y, en la derecha, un objeto sobre el que inmediatamente enfoca el haz de luz de la linterna. El objeto es un cuchillo, muy afilado, de mango negro. El tipo parece reprender a los árabes que están en el exterior, en la acera. Luego saca un mechero y aproxima la llama al mango. Quema un poco y luego huele la vaharada. Les dice que han encontrado el cuchillo en el váter, en los servicios. Es de esperar que lo requisen, y acaso que pongan alguna multa.
También devuelven el perro al furgón. Y siguen dentro. Los minutos pasan y, como a partir de cierto instante casi todos los agentes entran en el local, en la puerta no queda nadie. Empiezo a aburrirme, y no veo el desenlace; media hora más tarde vuelvo a asomarme y han desaparecido los furgones, las motos, los coches. Durante dos días examino la prensa, en busca de noticias. Pero nada. Aunque tampoco había visto en la redada muchos curiosos, y menos alguien con aspecto de reportero. No obstante, dudo que encontrasen material: quienes trapichean en la calle son demasiado astutos para que los cacen. Durante esos tejemanejes, como ya he contado aquí en alguna ocasión, dejan la droga debajo de los coches o de las furgonetas que más cerca estén del vendedor. Por eso veo a tantos tipos agachándose detrás de los vehículos y metiendo la mano bajo los mismos, durante un rato, como si estuviesen palpando. Dudo, por otra parte, que, al menos en ese garito que registraron, se den trapicheos: parece un lugar demasiado pequeño y con ventanas hacia la calle, y, además, suelen hacerse en la calle, en las esquinas, junto a la oscuridad de algunos portales.