lunes, junio 30, 2008

Toques de atención

A Bibiana Aído le han dado el timón de un barco (Ministerio de Igualdad), pero está a punto de estrellarlo contra los arrecifes. Cada día nos enteramos de una de sus nuevas ocurrencias y uno no da crédito. ¿De dónde sacan a esta gente? Parece un show. Puede que lo más sonado sea lo de “miembra”, palabro que a mí me suena fatal porque, si Aído repasa un poco su pronunciación, suena a “mi hembra”, expresión que podría tener connotaciones machistas para ella. Estas cuestiones son peliagudas. Se empieza imponiendo “miembra” y se acaba incluyendo “mujera” y “portavoza” en el diccionario. El problema de estas palabras es que no se utilizan en la sociedad, nadie las dice, y de ese modo nos las quieren imponer y hacernos perder el tiempo, como ha apuntado Alfonso Guerra. No me parece que luchar por la igualdad consista en eso. Yo también quiero la igualdad, pero no por caminos tan frívolos. “¿Qué has hecho hoy por la Igualdad, ministra, has trabajado mucho?”. “Uy, no veas, cantidad. Quiero que se acepte “miembra”, porque también se aceptó “fistro”, creo. Esa ha sido mi lucha de hoy”. Gran currada, ministra. Un cerebro lleno de ideas. Ya somos iguales.
En su siguiente paso propone crear una biblioteca sólo con libros escritos por mujeres. La propuesta no es mala. Al fin y al cabo, se trata de la especialización. Una biblioteca sobre feminismo igual que podemos crear una biblioteca sólo de ensayo o sobre la infancia o sólo de autores en lengua inglesa. El problema, a mi juicio, es que con las ideas de Aído no se fomenta la igualdad, sino que se elige a la mujer por encima del hombre (aunque yo creo que la mujer es superior al hombre, lo cual nos aleja de la igualdad y ahora no viene al caso). Me temo que Bibiana Aído, además, no se explica bien. Es célebre por meter la gamba, e incluso sus colegas de partido tienen que darle toques de atención: ¿hay algo más desagradable que eso en política? No aclara del todo sus propuestas, con lo cual surge la polémica y al día siguiente le toca salir a la palestra para deshacer malentendidos. Luego está lo de la vestimenta de los “árabes o musulmanes”, que ha enfurecido a los musulmanes que viven en España. Dice la ministra que ellos visten a la manera occidental y, ellas, no. Tal vez si se diera una vuelta por mi barrio comprendería su metedura de pata. Los árabes no musulmanes visten como en su tierra, ni más ni menos. Pantalón, zapato y camisa. Los musulmanes que veo a diario por estas calles van con toda la maquinaria: túnica, chanclas y un bonete. Y la barba, casi hasta los pies. Que yo sepa ésa no es una vestimenta occidental. Además, se mete con otras culturas, con otras costumbres.
Creo que luchar por la igualdad consiste en otras cosas. En mi campo, creo que está claro. Mis amigos David González y Vicente Muñoz Álvarez, por ejemplo, contribuyen a ello. El primero publicó hace algunos años “La verdadera historia de los hombres”, antología de homenaje a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, con poemas escritos sólo por mujeres (el mejor tributo a las víctimas es el que hagan otras mujeres). El segundo ultima estos días otra antología para Baile del Sol en el que recopila poemas de varias autoras. Es, supongo, la manera de mostrar y demostrarle al público que tenemos en España un buen número de escritoras contundentes y aguerridas, con los pies en la tierra y al margen de los circuitos comerciales. Porque, y eso es cierto, cuando uno repasa las antologías poéticas suele encontrarse con un gran número de hombres y pocas mujeres. Y aquí se trata de demostrar que hay muchas más, y muy válidas. Por ahí se empieza.

El extraño

Dado que a casi todo el mundo le apasiona el fútbol, y más ahora con esto de la Eurocopa, quizá se hayan preguntado cómo se siente un tipo a quien el fútbol no le interesa. No digo siempre, sino en estas finales y semifinales o como se llamen, cuando sólo hay clientes en los bares con televisión y, en los garitos sin ella, los camareros se quedan con las ganas de ver el partido y de tener alguien en la barra que haga gasto y les amenice la espera, hasta que termine la retransmisión y la gente salga a celebrarlo o a derramar lágrimas. Pues uno, en esas ocasiones, se siente habitante de una tierra extranjera: si no vas dando saltos de alegría ni le preguntas “¿Cómo van?” al primer desconocido con el que te topas ni te has puesto de capa una bandera, entonces no hablas su idioma. En la novela de Junot Díaz que recomendé hace poco, el narrador pregunta a su lector si quiere saber cómo se siente un X-Man, ya saben, un mutante de cómic. Para saberlo, dice: “(…) conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos”. Y añade: “Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho”. Pues así me siento yo, oiga, cuando hay fútbol. Un extraño, un bicho raro. Que conste: no me estoy quejando. Me lo tomo con humor y esas situaciones tienen su gracia.
Se me ocurrió ir a tomar unas cañas el jueves pasado por la noche, por Huertas. Un colega que vive por y para el fútbol me dijo por teléfono que los bares iban a estar petados por el partido. Sí, sé que es difícil de creer, pero le pregunté: “¿Hay un partido hoy? ¿Y quién juega?”. No sé a qué vino la segunda pregunta. Debió de ser el calor, que trastorna. O igual lo pregunté por cumplir. Mi colega está tan acostumbrado a mi ignorancia en materia deportiva que ya ni le hace gracia, o no se asombra. En efecto, al salir por ahí vimos dos clases de bares. Vacíos y llenos. En los llenos había un televisor al fondo, gente alborotada coreando la euforia posterior a los goles y muchas banderas y trompetillas. En los vacíos no tenían televisión, ya se lo habrán imaginado; a veces veíamos a dos o tres personas solitarias, acodadas en la barra. Esos son de los míos, pensaba yo. Vimos un bar sin tele donde servían patatas bravas, así que entramos. Los camareros, en plena madurez y con cara de ser amantes del fútbol, escuchaban con desconsuelo el partido en una radio del tamaño de un móvil de última tecnología. No me hagan mucho caso, pero creo que envidiaban a sus vecinos, los del local de enfrente, y no por la clientela excesiva que poblaba el local, sino porque todos estaban viendo el partido. Ellos, en cambio, se conformaban con escucharlo, no había otro remedio: como la gente de antaño, los camioneros en ruta y los viajantes de comercio.
En algunas plazas topé con algo insólito, que no había visto jamás: inmigrantes que, por la calle, vendían banderas y banderines de España. Se las saben todas. Cuando llueve y sales del metro, siempre hay un par de tipos que venden paraguas. Cuando aprieta el calor, no es raro que aparezcan dos o tres vendedores que ofrecen gafas de sol. Cuando sales de un concierto, agotado y sediento, aparecen con refrescos. Cuando vas por Malasaña, antes de entrar a los garitos te ofrecen cervezas de lata. Durante el partido me pregunté qué ocurriría si, en ese instante, alguien sacara los tanques a la calle para dar un golpe de estado. Lo más seguro es que la gente dijera: “Bueno, espera a que acabe el partido y luego nos ocupamos de eso, que va ganando España”. Cuando terminó el fútbol intenté sonreír. Si caminaba con semblante serio corría el riesgo de que me tomaran por ruso y me calentaran el hocico a golpes.

viernes, junio 27, 2008

Portadas exquisitas


On the road, de Jack Kerouac. Traducida en España como En el camino. [Nota: existen cientos de portadas americanas de este libro mítico. Ésta, obra de Anna Moseeva, fue candidata al Penguin Design Award 2008. La contraportada es idéntica, pero con otras palabras encontradas en las páginas del libro. Se puede ver aquí]

Estupor y temblores, de Amélie Nothomb


En 140 páginas, Amélie Nothomb, autora de ascendencia belga pero nacida en Japón, retrata el mundo empresarial en general y la empresa nipona en particular. Durante un año, entra a trabajar en un edificio como traductora y acaba bajando escalafones hasta convertirse en la limpiadora vespertina de los servicios de señoras y caballeros de la planta en la que trabaja. Aunque Amélie se centra en las humillaciones que le imponen y en el rígido sistema de valores oriental, donde el trabajo es lo primero (Y descubrí algo muy importante: que en Japón la existencia es la empresa, escribe), creo que su recorrido en clave de humor es aplicable a lo que sucede en numerosas empresas de España, al menos en Madrid, donde los trabajadores son sometidos a exasperantes horarios de oficina sin tiempo que dedicar a sus vidas privadas. Ella se lo tomó con humor para sobrevivir a la experiencia y luego contarlo en un libro.

108

De un mail de Carlos Salem rescato esta frase que me anoto y que me gusta bastante: sólo queda “Armarse de teclas y de birras y de unos pocos amigos que no salgan pitando al primer globo que se rompa y parezca un tiro”.

Skype

Christian Verdú, quien se ocupa de la gestión de contenidos digitales de Random House Mondadori en España, quiso convocar a unos cuantos autores para hacer una prueba piloto mediante el Skype. O sea, una entrevista on line que, una vez grabada y editada, se presentará en archivo de voz al grupo editorial, por si les gusta e interesa. De ser así, el archivo se colgará en mp3 en iTunes para que el personal pueda descargárselo, de manera gratuita, al iPod, al iPhone o al disco duro del ordenador. Tal propuesta sólo la aceptamos dos personas: David González y yo. Se trata de nuevas tecnologías y a la gente siempre le cuesta entender su funcionamiento y aceptar su inclusión en la vida cotidiana. A mí también me cuesta. De hecho, jamás había utilizado el Skype, y eso que lo tenía instalado en mi equipo. Pero de niño me enseñaron algo que jamás se me olvida: si no sabes, aprende. Y aprendí.
Primero explicaré cómo funciona, pues mucha gente aún desconoce este programa que le ahorraría un pastón en llamadas de teléfono (y no exagero), y luego pasaremos a la experiencia resultante del otro día y a la posible repercusión de este invento en el panorama literario. Las instrucciones son fáciles. Hay que descargarse el programa Skype; poniendo la palabra en Google se encuentra en seguida la página oficial. El archivo no llega a los cuatro megas, o sea, que ocupa muy poco espacio en el disco. Se instala. Luego hay que buscar por casa un micrófono. O aún mejor: unos cascos con auricular incorporado, como los que utilizan en las centralitas de teléfonos. Si no se tienen, se compran. Salen baratos. Después el usuario elige su nick y hace una llamada a otro internauta, de ordenador a ordenador y mediante el programa. No hay que marcar ningún número. Por ejemplo: David González me dijo cuál era su nick. Lo encontré con el buscador que incluye el programa y pinché en “Llamar”. Él aceptó la llamada y empezamos a hablar. Sé que es difícil de creer, pero no cuesta dinero (“de momento”, como puntualiza David). Puedes poner conferencias, tirarte horas hablando o crear un debate a tres o cuatro bandas, como hicimos gracias a Christian Verdú. Cuando nosotros estábamos ya charlando, Christian nos llamó a ambos. Así se desarrolló la entrevista, más parecida a una charla entre amigos. Cada uno en una punta (Gijón, Barcelona, Madrid), pero con un sonido tan claro que parecía que estábamos en la misma habitación. Sin gastar nada. Sin tener que desplazarnos. Estuvimos hablando durante unos cuarenta minutos, que supongo se reducirán en el montaje. Por mi parte, la experiencia fue agradable.
En las editoriales buscan cada día otras maneras de publicitar los libros mediante las nuevas tecnologías. Mondadori es una de las que va en cabeza, en España. Tiene su rincón en MySpace, encarga vídeos sobre sus títulos más sonados, pone en red las primeras páginas de algunos libros, etcétera. Si las entrevistas y promociones mediante Skype funcionan (y creo que lo harán, aunque no sé en qué plazo, dado lo reticentes que somos en este país a ponernos al día), veo a la mitad de los autores y editores preparando esas entrevistas sobre sus libros para luego colgarlas en la red. Es una manera ideal de promocionar un producto, de darlo a conocer. Es como una entrevista en la radio, pero sin gastar dinero. Es más fácil y accesible porque no tenemos que recurrir necesariamente a una emisora. Se puede colgar en la red y uno se la baja gratis. Y el entrevistador puede preparar un debate estando cada uno en una punta del país. No sé a ustedes, pero a mí me acomoda.

jueves, junio 26, 2008

Cazador blanco, corazón negro, de Peter Viertel


Llevaba años queriendo leer esta novela. La extraordinaria película que salió de ella (dirigida y protagonizada por Clint Eastwood) se cuenta entre mis favoritas de Eastwood, aunque mi lista de favoritas de Clint abarca unos 30 títulos. Peter Viertel escribió sobre la locura de los preparativos del rodaje de La reina de África, cuando John Wilson (John Huston camuflado con ese nombre) se empeñó en darle prioridad a la caza de un elefante antes que a la película. La novela de Viertel es una pequeña joya, especialmente en su reconstrucción de los diálogos y monólogos en los que está envuelto Huston/Wilson. Lecciones de vida y entusiasmo, puñetazos a lo establecido, rebeldía que tritura a todos los que le rodean y sufren sus apetencias de torturador psicológico. Lo mejor será que copie aquí un fragmento, que Viertel pone en boca de Wilson. Puedes imaginarte a Huston o puedes imaginarte a Eastwood. Un placer, en ambos casos, merced a la exacta prosa de Viertel:
Creo que hay dos maneras de vivir. Una consiste en arrastrarse, lamer culos e intentar agradar. Escribir finales felices, firmar los contratos que te ofrezcan a largo plazo. No correr nunca riesgos con nada. Pasar por la vida abrumado por las preocupaciones. Coger el tren y el barco. No volar nunca. No superar nunca los sesenta kilómetros por hora al volante, ni siquiera con neumáticos Life Guard. No salir nunca de Hollywood. Y ahorrar todo tu puto dinero. Ahorrar cada centavo que puedas. Para que cuando seas un cincuentón de aspecto saludable, mueras de un derrame cerebral porque lo que hubiera de salvaje en tu interior se te haya comido los músculos del corazón. Esa es una opción. Es agradable, cómoda y segura. Dormirás siempre en una cama limpia, y nunca enfermarás de sífilis, y tampoco crearás nada más allá de impecables e hipócritas personajes incapaces de proyectar sombra. La otra es la mía, o la que al menos he intentado que fuera la mía la mayor parte del tiempo. Al carajo con las consecuencias. Ande yo caliente, ríase la gente. Gástate el dinero. Vuela con Air France porque te sirven champaña. Rechaza contratos. Enfréntate al tío que puede cortarte el cuello y adula al pequeño hijo de puta indefenso que cuelga del hilo que tú manejas.

Trailer de RocknRolla


En su anterior película, Revólver, Guy Ritchie empezaba bien. Parecía un retorno a los tiempos de Lock & Stock y Snatch. Pero a medida que avanzaba el argumento te dabas cuenta de que el filme se le iba de las manos. Confundía, exasperaba. En su siguiente trabajo, a priori vuelve a hacer lo mismo (mafiosos y ladrones con mote, mucha caña y muchos tiroteos) de siempre. Esperemos que el resultado se acerque a Snatch y se aleje de Revólver (nunca tuve valor para tragarme Barridos por la marea). Trailer: aquí.

En estas cuatro paredes

Lo encontramos por internet.

Cincuenta metros cuadrados,
ningún pasillo
(lo que te provoca
no perder espacio),
luminoso
(tres ventanas
a dos patios interiores),
muebles de IKEA,
cama de matrimonio
(una delicia
después de meses
compartiendo
una cama de noventa).

Compramos una sartén,
una cazuela,
sábanas,
una cortina nueva
para el baño.

Llenamos el mueble
con libros,
el maletín de un juego de magia,
una gallina de madera,
un barquero
que anda si le das cuerda.

Una lámina de Van Gogh,
La Naranja Mecánica,
Chaplin,
Klimt.

Y poco después
el teléfono,
internet,
y hasta ahora,
que me doy cuenta
de lo vacío
que se queda
cuando tú no estás
y tengo que dormirme
cada noche
con el sonido de la radio
y el flexo
encendido.


Javier Das, en estas 4 paredes

El suceso

Me pregunto qué le ocurre al cineasta M. Night Shyamalan. De promesa del séptimo arte, de rompetaquillas y de mago del suspense ha pasado a ser alguien que decepciona al público y a la crítica. Mucho o poco, pero decepciona. Fui con bastantes expectativas a ver “El incidente”, penosa traducción del original, “The Happening”, expresión que se repite durante toda la película (en la versión en inglés) y que equivale a “el suceso” o “lo que está pasando”. Y salí pensando que, bueno, no estaba mal para matar hora y media de una tarde de domingo, pero el resultado final es flojo. La manera más sencilla de definirla es que estamos ante una película de gente que se tira de los tejados mientras otra gente corre para escapar del viento. Y ya está. No hay mucho más. Es una pena, porque su último largometraje contiene un par de momentos buenos, “marca Shyamalan”, como el habitáculo de una vieja medio loca o alguna de esas secuencias mediante las que el director sabe ponernos los pelos de punta.
No he visto las dos primeras obras de Shyamalan ni tengo intención de hacerlo. Empezó haciendo cine blando y luego se dio cuenta que lo suyo era otra cosa, algo a medio camino entre Steven Spielberg y Alfred Hitchcock. De ahí nace su primera maravilla: “El sexto sentido”, a la que sólo le encuentro una pega, y es que a mitad de película hay demasiadas pistas sobre lo que le ocurre de verdad al protagonista, Bruce Willis, de manera que uno se sabe el final una hora antes de que llegue. Un buen director suele conseguir que te den más miedo los actores que los fantasmas. Por eso, en “El sexto sentido” daba más miedo la cara del niño que las apariciones. También ocurre en el cine oriental de terror. Quienes de verdad te erizan el vello de la nuca son los niños de rostro blanco y las muchachas de cabellera negra, larga y espesa; quiero decir: los actores y sus caras y maquillajes, antes que los efectos digitales. Un año después Shyamalan hizo la que, para mí, es su obra maestra. Es una opinión muy personal, que no sé si alguien comparte. Me refiero a “El protegido”, otra traducción ridícula en relación al original, “Unbreakable”, referencia al cuerpo irrompible, inquebrantable, de su protagonista (de nuevo Bruce Willis). “El protegido” es una película perfecta sobre superhéroes. Un filme sobre héroes y villanos de cómic, pero sin disfraces ni mallas. Sólo pequeños apuntes: el chubasquero amarillo del protagonista, o el bastón de Don Cristal (Samuel L. Jackson), el antagonista, reverso tenebroso del bueno, nacido para ser enemigo quebradizo del superhombre. También me gustó “Señales”. Después de su estreno discutí con bastante gente que le negaba sus virtudes a la película. Pero creo que es eficaz. Al igual que “Unbreakable” es una peli de superhéroes sin parecerlo, “Señales” es una cinta de extraterrestres sin parecerlo. Quiere esto decir que el tal Shyamalan busca siempre otro modo de hacer las cosas.
A esas alturas ya sabíamos que el hindú nos ha acostumbrado al cine de trampa y cartón. Es lo que había en “El bosque”. Pero el artificio funcionaba. El batacazo llegó con “La joven del agua”, que a mí me pareció aburrida, un pan sin sal. Aunque tiene seguidores. Con “The Happening”, dice, ha querido orquestar una serie B de suspense y terror. Efectos clásicos y baratos, maquillajes y apenas efectos digitales. El problema es que la película no va más allá de lo que promete y anuncia. Insisto en que tiene sus momentos, y no me parece mala. Me parece floja, sin emoción. Los actores están desaprovechados y el guión contiene tantos huecos que uno no deja de plantearse un montón de preguntas que, por supuesto, no le responden.

miércoles, junio 25, 2008

Portadas exquisitas


Moral Relativism, de Steven Lukes. Inédito en España.

Bielastok o Lvov

En una ruinosa taberna al borde del camino
que apesta a vodka destilado en un pajar,
a cigarrillos de sémola que empalagan como el acre incienso
de una iglesia de pueblo, entre barriles de vino picado, aguado,
de pronto, las raídas y finas páginas de un devocionario,
y, sobre ellas, como flotando sobre toda esa fetidez,
la cabeza incorpórea de mi bisabuelo.

Embriagadas cacofonías, lagos de vómito,
océanos de obscenidades; los rostros
lascivos y picados de viruela de los campesinos
cuyo aliento cariado se coagula alrededor.
Y la violencia, una violencia brutal de escorpión,
sin más, sin objeto alguno, sin nada que ambicionar,
y, en medio, de nuevo los rezos, ese rostro atormentado,

su mirada desencajada, eso es todo lo que tengo
del lugar de donde vengo, la sangre de la que mana
mi propia sangre, y la escena ni siquiera es mía,
la obtuve de un poeta, el judío ruso luego
israelí Bialik, y de mi padre cuando hablaba
del padre de su padre agonizando en su miserable taberna,

enfrentándose, decía mi padre, a los furibundos cosacos,
pero mi padre fabulaba un poco, así que omito todo eso,
y comparto con el poeta sus antepasados, porque los míos
sólo querían olvidarse de su pasado de miseria
y pogromo, por eso no decían nada, como mucho
de dónde procedía alguien, un nombre perdido,

nada más, dejándome con menos raíces
que a un perro, sólo el padre del poeta
y la taberna de mi abuelo, esa pocilga,
como la llamó el poeta, abismo de silencio, añado yo,
y aquel alma, como la nieve, dijo el poeta,
con lágrimas de sangre, añadiría yo, para mí y los míos.


C. K. Williams, El canto

Citas. 87

¿Quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos. Mamma mia! Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho.
Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Óscar Wao

Ni mejores ni peores

Basta que nos juntemos unos cuantos zamoranos para que la infancia salga a relucir y activemos el chip de abuelos cebolleta. Reconozco que me entretienen esas conversaciones de regreso al pasado. Recordar ciertas cosas refresca el tarro. La otra tarde salió, una vez más, el tema de Las Viñas, hoy territorio convertido en viviendas. Pero antaño fue tierra para los chavales. Y cuando digo tierra es porque no había nada más. Cuando uno decía que iba a Las Viñas, o quedaba con colegas en Las Viñas, se refería a esa cuesta repleta de arena, hierbajos y piedras, donde se jugaba mucho al fútbol. Un descampado, vaya. Muchos de los tipos de mi edad que merodeaban por allí eran mis compañeros de colegio y muchos de ellos son aún hoy algunos de mis mejores amigos. Por eso, cuando nos ponemos a hablar del pasado, tenemos en común los mismos bares, los mismos parques, las mismas zonas. De vez en cuando iba a verlos por Las Viñas. Algunas veces acabábamos por la zona de las Tres Cruces, justo en los soportales de al lado de las cruces de piedra. Iba a visitarlos, pero casi siempre jugaban al fútbol y a mí no me interesaba ese deporte (podría añadir “ni ningún otro”, pero estaría faltando a la verdad, porque sí me metí a practicar varios deportes y fracasé, como ya he contado aquí otras veces para ponerme yo mismo en ridículo). Y, dado que no me interesaba el fútbol, tampoco hacía mucho presentándome en la zona, salvo saludar a los compañeros de clase.
Mi zona estaba en el entorno de La Marina y sus parques. Igual me equivoco, pero tengo el recuerdo de que la gente con la que me movía entonces era más macarra o bandolera. Alguno que otro ya no vive para contarlo, d.e.p. También se jugaba al fútbol, pero menos. Me parece a mí que nuestros intereses, entonces, estaban en las bicicletas y en las chicas. Subirse a las bicis para hacer la cabra. Recorrer otros barrios mientras los ancianos nos abroncaban. A veces llegaba alguien con una revista pornográfica y mirábamos sus páginas con una mezcla de asombro, pudor y avidez. A veces se nos sentaba en un banco del parque algún viejillo solitario, a hacernos preguntas guarras. A veces recorríamos ese mismo parque de noche, con las bicicletas, para espantar y molestar a las parejas que se estaban dando trato carnal entre la hierba y los arbustos. Creo que lo hacíamos por envidia. Éramos demasiado críos para las mujeres y nuestra solución consistía en no dejar hacer a otros lo que a nosotros mismos nos era negado por la edad y por la naturaleza y por las circunstancias. En aquella arena hosca de la zona de La Marina aprendimos a despellejarnos las rodillas y a caernos de la bici y a rompernos los cuernos, algo que ya no les pasa a los niños porque los padres les ponen cascos, rodilleras y todo el tinglado incluso para subirlos al triciclo (no exagero: lo vi el otro día). En esa época hacíamos vida en la calle. No teníamos ordenadores, ni videojuegos, ni internet, ni móviles. Sólo libros, bicicletas e imaginación. Quedarse en casa no servía de mucho. Así que nos lanzábamos a la calle, a ser gamberros.
Había un par de barrios cuyas pandillas inspiraban respeto. Uno de ellos era Pinilla. Su evocación estremecía a unos cuantos. Quiero decir que nos estremecía a todos. Cuando oíamos en la misma frase las palabras “pelea” y “Pinilla” se nos subía el escroto a la garganta. Entonces era mejor evaporarse, regresar a casa. A veces, mis amigos me cuentan las historias de Las Viñas que no viví. Y yo les cuento algo de nuestras pandillas macarras del parque y aledaños. Lo contamos, simplemente. No eran tiempos mejores ni peores. Sólo eran muy diferentes.

martes, junio 24, 2008

Across the Universe: Edición Coleccionista


Recomendé en su momento esta maravilla. Un musical que ofrece un recorrido por los años sesenta a través de las canciones de The Beatles. El pelo largo, el amor libre, las protestas, Vietnam, el asesinato de Luther King, el magic bus, la psicodelia, la música... La aparición de un par de ediciones en dvd, cargados de jugosos extras, es una buena oportunidad para no perdérsela.

Sexografías, de Gabriela Wiener


En un país (España, claro) en el que la mayoría de reporteros y columnistas escriben sin que los textos se empapen de sus experiencias y sentimientos, como si los redactara un robot o el tendero de la esquina, ya sea por miedo a contar su vida o a desnudarse emocionalmente ante el público, se agradece el trabajo de alguien que sí se implica, que se mete hasta las cachas en el asunto y sale de una pieza para contarlo. Me refiero a la autora de estas crónicas (reunidas en el presente libro junto a otras breves piezas): Gabriela Wiener, poeta y periodista del gonzo.
Wiener, como hiciera el Doctor Hunter S. Thompson, nos narra las vidas de otras personas, y para hacerlo se deja la piel. Se involucra y, al mismo tiempo, habla de sí misma: de su cuerpo, de sus tetas llenas de leche después de dar a luz e irse a hacer un reportaje, de sus apetitos sexuales, de sus sentimientos. En estas crónicas la autora, nacida en Lima pero residente en Barcelona, se lanza a la piscina: visita una cárcel, conversa con transexuales y los acompaña al trabajo, entrevista a Nacho Vidal, convive con un hombre y sus seis esposas, prueba la ayahuasca, acude a un club de swingers y a una granja de cerdos... Para saber más sobre su estilo afilado y valiente, recomiendo entrar en su blog. Y luego leerse estas Sexografías (el prólogo es de Javier Calvo).
El libro se presenta este viernes, 27 de junio, a las 20:30 h., en la librería el Bandido doblemente armado de Madrid.

Este viernes, en Gijón


Será la única presentación en Asturias de ambos libros: En las tierras de Goliat y la antología La Venganza del Inca. Antología de poemas con cocaína. A las 22:00 h. en el XIZ bar. Con David González.

Gestos del César

Apareció sin avisar. O eso dicen en los periódicos: que irrumpió en el Congreso. Caminó entre el público y los periodistas con esos aires de grandeza que sólo se dan quienes se creen superiores. Saludando a la galería. A veces, con una mano, se atusaba la melena por encima de las orejas. Con sonrisa ligera. Pero el espectáculo grotesco estaba por llegar. Empezó al subir a la tribuna. Caminaba como lo haría un adolescente en la cumbre de su éxito. A saltitos. Y luego fue repartiendo besos, abrazos y bendiciones. A algunos sólo les tocaba en el antebrazo, como para bendecirlos con sus yemas. En plan César. A unos les estrechaba la mano con un apretón formal. A otros, en cambio, les chocaba esas cinco como hacen los raperos, los colegas de toda la vida y los tíos que se saludan en los bares. Ya sabes, con el puño hacia arriba. A dos o tres les puso los dedos encima de las manos, como saludaríamos a una abuelita. Hubo quienes se quedaron descompuestos sin su saludo: ni siquiera levantó la barbilla en señal de afecto. La mayoría (no todos, si se fijan bien) le enseñó su mejor sonrisa Profidén, su mejor rostro de Smithers babeando ante el Señor Burns aunque el Señor Burns no haga ni caso de su joven pelotillero enamorado.
He visto el vídeo varias veces y contiene mucha miga. El final es apoteósico. El hombre de la melena negra se acerca a Acebes. Se abrazan, se chocan esos cinco, juntan sus mejillas como si fueran a darse un beso, y con una de sus manos el protagonista del evento le propina un par de cachetes amistosos en la nuca. Dos collejas de colega, de aprecio, de camaradería. Antes de eso ha lucido sonrisa, la que saben reflejar a la perfección los grandes caricaturistas de este país. Al darse la vuelta le queda uno: Rajoy. La sonrisa se le borra del rostro, le da la mano con algo de frialdad, o al menos sin el apasionamiento de los segundos previos, y musita unas palabras que no alcanzamos a desvelar. Pero que, en lenguaje de gestos, y si lo ven ustedes otra vez, significa algo del estilo a: “¡Hasta luego, Lucas!”. Aznar tiene innumerables defectos, pero sabe hacer algo: dosificar sus gestos. Lo tiene todo medido de cara a la galería. Sabe cuándo quiere ser graciosillo, cuándo mostrar enfado, cuándo pasear su entusiasmo y cuándo transmitir su indiferencia. Luego le preguntaron los periodistas si estaba enfadado con Rajoy y dijo que no. Pero el gesto no alberga dudas. Imaginen que están ustedes en la barra de un bar. Que llegan tres de sus amigos. Al primero, usted le da un abrazo. Al segundo, dos besos en las mejillas, una palmada en la espalda y una frase de regalo: “¡Me alegro de verte!”. Y, al tercero, le quita la sonrisa que destinó a los otros dos y sólo le estrecha la mano durante un segundo y manteniendo las distancias. Esos gestos se notan.
En declaraciones anteriores a ese Congreso Popular Rajoy había dicho que su relación con Aznar era muy buena, pero no intensa. Y Aznar no pasa una. Aznar cree que no se puede llegar más lejos porque Bush le puso una mano en el hombro como si fuera un maestro jedi apoyando a su joven padawan. Y Aznar se lo tragó. De hecho, en su “entrada triunfal en el Congreso del PP” se daba demasiados aires de grandeza. Hay algo en su actitud que nos empuja a pensar que se cree un tipo más juvenil por haberse dejado esa melena chusca. Se creía un teenager en la noche del baile de graduación, se creía Tom Cruise entrando en el escenario en “Magnolia”, cuando saluda como si él fuera lo mejor del mundo. En fin, que siempre es un placer (por las carcajadas que comporta) ver de nuevo a Aznar, sus salidas de tono, su bigote ya blanco y casi borrado de la faz, su melena conservadora y todo el conjunto.

lunes, junio 23, 2008

Equivocado sobre Japón, de Peter Carey


Peter Carey regresa a Japón, pero esta vez para ver el país a través de los ojos de su hijo adolescente. Y, ¿qué es lo que muestran? El Japón de la actualidad, el más moderno, el que representan los manga, el anime de Takahata, Miyazaki y Kitakubo, el cine de Kitano, la electrónica, los locales de fast food... De este breve libro autobiográfico llama la atención que un padre (Carey) aprenda a degustar y a aceptar lo que motiva a su hijo (Charley), en lugar de apartar la mirada y dedicarse a otros menesteres, digamos, más adultos. Resulta interesante el choque entre Oriente y Occidente, que se pone de manifiesto en esas entrevistas del autor con los dibujantes de manga y directores de cine: ellos no entienden bien sus preguntas y él no comprende del todo sus respuestas. La mirada del extranjero siempre es gratificante en la literatura, porque el extranjero suele descubrir o encontrar ciertos aspectos que sus habitantes ya no ven, o miran de otro modo.

La pequeña muerte

Algún francés
de mal follar
dijo una vez
que el sexo era la pequeña muerte.

Y me temo que hablaba de su sexo.

Porque la pequeña muerte acecha
en lo pequeño
en el número de teléfono que nunca marcas
aunque debas
en las frases que no sueltas a tiempo
en el telediario de las tres de la tarde
en las noticias de las nueve
en la reseca estepa de los sueños
que más temes.

La pequeña muerte da mordiscos a tu amor
con sus diente de sibila
se desayuna tus ganas de bautizar las mañanas
se nutre de tus fracasos a mediodía
y por la noche te acuna con sus brazos
de autocompasión podrida.

La pequeña muerte
como un pequeño perro feroz y faldero
una piraña solitaria en tu pecera
un miedo enano que nunca te decides a pisar
ciertos olvidos que te inventas
para poder recordar sin consecuencias.

La pequeña muerte sabe
que cuando callas
tus palabras se cocinan en su sopa de saliva
sentencias hervidas o al vapor
condimentadas con la sal que ya no sudas
y crece sin contar las calorías.

Esa muerte de bolsillo
esa pequeña y mala puta con los ojos pintados de ironía
se pone sus mejores bragas
medias tentadoras
zapatos nuevos
y taconea siempre a dos metros de ti
para que puedas escuchar sus pasos
que te acusan y perdonan.
Está en la cola del súper
no paga el viaje en el metro
se cuela en todos los autobuses
y se conoce de memoria el horario tu tren
de cercanías.

Sabe todo lo que pierdes
lo que te aterra conquistar
lo que bosteza cuando quisieras gritar
y no te atreves.
La pequeña muerte cotidiana
avanzadilla de la muerte grande
muestra gratis de la nada
que habita en tu cama en tu cocina
en el atasco de las horas punta
en esas vacaciones que no alcanzan
en la mirada feroz de las vecinas
en los ojos de los otros
de todos los otros
en la tela de araña
de tus propias pupilas

Esa pequeña muerte que nos asesina
poco a poco
día a día
y que no puedes matar cuando la buscas
esa pequeña muerte predadora de migas
ese inocente canario que nunca desafina
esa muertecita de mierda
esa alimaña:
esa enjaulada mascota
que se llama
rutina.


Carlos Salem, cedido por el autor