lunes, junio 23, 2008

107

Tras años de soñar con ello, por fin mi madre pudo reunir dinero para repararse la dentadura. Unos meses atrás me enseñó con una sonrisa uno de sus dientes, junto a los paletos, recién arreglado. Se había pulido una pasta, pero ya no se le caían a pedazos. El último viernes, justo antes de irse de viaje para un trabajo, se tropezó en la calle, se dio de morros contra el suelo y perdió ese diente. Lloró mucho. Se lo arreglaron de manera provisional, pero tendrá que reunir de nuevo el dinero para repararlo otra vez. De ahí, es mi único consuelo, al menos saldrá un relato. Un día de estos.

Bueno, bonito, barato

La otra noche, en vez de comprar kebab para llevar, decidimos comerlo dentro del garito. Del garito en el que sirven el mejor kebab que he probado nunca, muy cerca del piso. Así hay más opciones, dado que algunos platos no son para llevárselos a casa. Quizá por la hora o por el calor infernal de ese día, sólo encontramos a una pareja sentada a una de las mesas. Tras estudiar la carta vimos un plato apetecible que tenía casi de todo: cordero, arroz, pan pita, falafel (una especie de croqueta de garbanzos), patatas fritas, ensalada, queso feta, dolmadakaia (hojas de parra rellenas de arroz) y puede que algún ingrediente más. Hubo que pedir aparte el humus, ya que no lo incluía. El humus es una pasta de garbanzos aderezada con ajo, limón, aceite de oliva y pimentón. Le señalé una foto de la carta a uno de los tipos, pensando que eran platos individuales: “Dos Platos Mesopotamia”. Me miró: “¿Dos?”. Asentí. Fue a decírselo a otro de los dependientes (en estos locales, los camareros suelen ser también cocineros) y el moreno volvió de la cocina y me explicó que ese plato era para dos personas. Que deberíamos pedir uno, y no dos. “Dos mucho”, dijo. “¿Mucho?”. Asintió. Le dije que estaba de acuerdo. Un Mesopotamia para dos.
No hay muchas personas que, en un restaurante, te digan que te has pasado al pedir y recomienden menos cantidad. Salvo si les preguntas. Podía haber ganado más dinero, pero en cambio fue honesto. No le faltaba razón. Aquel plato gigante era para un regimiento. No ocurrió así el año pasado en un pequeño local de Estrasburgo, cuando pedí dos kebab grandes y fuimos incapaces de terminarlos. La mujer que me atendía no dijo nada. No me avisó. De haberlo hecho, tampoco sé si la hubiera entendido. Sé tanto de hablar francés como de fútbol (quizá aquí he exagerado: no sé nada de fútbol). Esta historia sobre la comida me ha recordado lo que alguien, no recuerdo quién, me contó hace unas semanas. Que en muchos restaurantes ya no está mal visto que quieras llevarte a casa las sobras de tu cena. Con amabilidad y comprensión, según parece, te las meten en un tupper y te lo llevas bajo el brazo. Para comer al día siguiente o para el perro. A mí me parece una gran idea. No se debe tirar la comida. Cuando veo tirar comida me duele el estómago: en mis años en Salamanca tenía siempre el dinero justo y apenas sabía cocinar, pasaba un poco de hambre y me alimentaba de arroz, macarrones, huevos y patatas. Cada vez que regresaba a casa, a Zamora, me comía hasta el mantel. El Mesopotamia de la otra noche costaba sólo diez euros.
De haberlo sabido, la última vez que estuvieron en Madrid mis colegas Alfonso X. Rabanal y Vicente Muñoz Álvarez (escritores que me recibieron muy bien en León), les hubiese llevado a este sitio. Porque recuerdo que, en una tarde soleada de domingo y con Lavapiés hasta los topes, fuimos a un hindú de menú sabroso, pero con camareros despistados en exceso. Nos pusieron una croqueta a cada uno y las cervezas que habíamos pedido. Nos entretuvimos hablando mientras los estómagos gemían de hambre y no nos dimos cuenta de que había pasado casi una hora sin que nos sirvieran el menú. Entonces uno de los camareros, que andaba de aquí para allá de guía para quienes entraban a comer, ante nuestra sorpresa nos retiró los cubiertos y los platos. Unos minutos después supimos que no iban a reponer el servicio, sino que se habían olvidado de nosotros. Conseguimos comer una hora después de entrar allí y de reclamar. Cuando al fin nos trajeron los platos, el tío de la mesa de al lado dijo: “¡Eh, oiga, que nosotros llevamos una hora y media esperando!”.

domingo, junio 22, 2008

Más carteles de The Spirit



El pozo

Algunas mañanas tienes la sensación de no salir jamás del pozo, ¿verdad? Abres los ojos, tratas de incorporarte y no sabes si presentar batalla o volverte a dormir, como al principio de “Pregúntale al polvo”, cuando Arturo Bandini (John Fante) debe escoger entre pagar al casero de la pensión que habita o marcharse: de momento, resuelve dormir otra vez. El pozo es distinto para cada uno. Puede ser lo que te pasa con esa chica que no te mira en el instituto. O con ese tipo que te gustaba y que sólo empieza a saber que existes cuando por fin te despuntan los senos. Puede ser ese muchacho de las barriadas que cada mañana sale de la chabola para ir a vender periódicos. Pero, en la mayoría de los casos, el pozo resulta más tenebroso o más escarpado cuando uno ya es adulto. El ring es el mundo y el boxeador que te utiliza de sparring es la vida. Y no creas que va ser fácil librarte de ella: su intención es machacarte la cara.
El pozo es la situación de ese individuo entre la espada y la pared: debe pagar lo que debe o lo echarán del piso en el que pasa sus noches. O la rutina de esa mujer negra que vimos en un documental yanqui: tiene dos trabajos para mantener a la familia y apenas se tiene en pie por echarle horas y no dormir. Sólo puede echar unas cabezadas en los asientos del bus que la lleva y la trae de casa al trabajo. El pozo significa no sólo lo malo, sino el intento imposible por cambiar las cosas. Ya conoces su funcionamiento: alguien se cae a un pozo e intenta trepar. Cuando lleva mediado un trecho, se resbala y se estampa contra el fondo. Pero vuelve a intentarlo. A veces vislumbra el borde y lo tiene a dos palmos de la mano. Entonces se cae. Es cuando un hombre (o una mujer) joven se enfrenta al quirófano por vez primera y ya ha oído las palabras del cirujano: “La única salida es operar”. Y se somete a la intervención, que tiene éxito, pero meses después siente dolor de nuevo y escucha esa palabra temida: recidiva. Aprende su significado, la busca en los diccionarios: “Reaparición de una enfermedad poco después del periodo de convalecencia”. Ahí lo tienes: creyó que había salido del pozo y volvió a caer. De vuelta al quirófano. Sucede cuando ese individuo, que estaba en rehabilitación y parecía escaparse de sus adicciones al alcohol y a las drogas, recae de repente y sin saber cómo y no hay dios que lo consiga sacar. Es ese pariente que se medica y cae una y otra vez en depresiones e intentos de suicidio. Hasta que logra matarse porque ya no puede luchar contra el pozo y entonces te llaman en la madrugada para anunciar su suicidio. El pozo es lo que vivió Raymond Carver en sus últimos tiempos. Tras años de alcoholismo y dolor, cuando por fin encontró a la mujer (Tess) que le ayudó a alcanzar una nueva vida y a limpiarse, le diagnosticaron un cáncer veloz que lo devoró.
El pozo supone luchar de continuo por un sueño (ni siquiera un sueño: sólo algo de salud y de felicidad) que tocas con los dedos, pero nunca agarras. Se evapora antes de parpadear. El pozo es ese abismo temporal en el que cae un vendedor ambulante. No vende mucho, pero cree que la próxima vez tendrá suerte. Empaqueta sus bártulos, viaja por carretera, se gasta su dinero en el transporte y en la licencia y en la comida y en la cena. Unos días después, ha sacado para una bolsa de pipas. Se ha gastado sus ahorros. Y no sabe cómo seguir adelante. El pozo es lo que le pasa a una madre divorciada que gana lo justo para sobrevivir en trabajos esporádicos. Ha logrado ahorrar algo para arreglarse, por fin, la dentadura que se le caía a trozos. Se gasta cuanto tiene. Pero por fin se ve bien. Soñaba con aquello. Unas semanas después, caminando por la calle, se tropieza y cae y se rompe dos dientes. Historias reales del pozo.

sábado, junio 21, 2008

Cartel del Joker



The Dark Knight

Citas. 86



Él era una historia, yo era un escritor, y esa era nuestra relación.

Peter Carey, Equivocado sobre Japón

Otro trailer de Burn After Reading



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Opuestos

Tiene uno la sensación de que, en los puestos de trabajo de cara al público en los que hay más de una persona atendiendo a los clientes, los jefes se encargan de poner a uno que sabe y a otro que no, a uno amable y a otro furioso, a uno torpe y a otro diligente. Sólo es una sensación. Pero tampoco sería raro que el encargado de selección de personal, o quien sea, eligiera a dos personas con pareceres incompatibles y totalmente opuestos para ponerse detrás de ciertos mostradores.
Miren, por ejemplo, una tarde en la que entré en una librería buscando un título difícil de encontrar (difícil para mí: ignoraba si lo clasificaban como Ensayo, Sociología o Comunicación). El libro en cuestión era “Yakusa. Una investigación sobre la mafia japonesa”. Yo prefiero decirlo con zeta, o sea, “yakuza”. El caso es que me acerqué a un mostrador, detrás del que había dos mujeres: “Hola, estaba buscando un libro. ¿Tienen Yakusa?”. La primera se quedó perpleja, como si hablara yo en japo. La segunda dijo: “Sí, sé cuál es. Un libro sobre la mafia japonesa. Espera, que miro en el ordenador”. Luego le indicó a la otra en qué sección podría estar, pero no estaban seguras de si quedaba algún ejemplar. Acompañé a la primera hasta los anaqueles y la mujer, a pesar de haber oído nuestra conversación, me dijo: “¿Cómo se titulaba el libro?”, y yo contesté “Yakusa”. Y ella, a su vez: “¿Yo acuso?”. Y yo: “No, no, no. Yakusa. Yakusa. Es que lo han titulado así. Viene de yakuza, con zeta”. Ella: “Ah. Pues no lo veo”. Me costaba comprender cómo habían unido a alguien tan incompetente con alguien que quizá se las sabía todas. En plan poli bueno y poli malo. En Correos me sucede mucho. Casi siempre me toca la señora de malhumor. Suelo pedir un sobre para enviar un libro y, cuando pretendo rellenarlo con los datos del remitente y destinatario, suelta: “¡Por favor, póngase a un lado para que yo pueda atender a otras personas mientras usted lo rellena!”. Como si uno fuera a tardar un mes en poner cuatro malditas líneas breves. Así, la vez inesperada en que me toca un tío amable en el mostrador, trato de moverme deprisa, de escribir rápido y ponerme a un lado, pero el tío dice: “Tranquilo, tranquilo. Rellénalo sin prisa. Tómate tu tiempo”. Es decir, ¿qué hacen esas dos personas trabajando codo con codo? Puede que para ti tenga sentido; para mí no lo tiene.
La tarde en que fuimos a escoger la dichosa televisión nueva, la tele que va a suplir la vejez y la ceguera del antiguo aparato, vimos dos modelos juntos. Muy parecidos. No quedaban claras todas las diferencias entre ambos, y como uno no es ningún experto en estas cuestiones, le preguntamos al fulano de más edad si podía ayudarnos. “Mire, nos gustaría saber cuáles son las diferencias entre estas dos televisiones”. Y, ¿qué creen que respondió el nota? Pues respondió, próximo al bostezo y un poco hosco: “Bueno… La primera diferencia es que son de distintas marcas. Esta de aquí es LG, y la otra es Panasonic. Es la primera diferencia. Bueno… Una tiene más precio que la otra”. Me hubiera gustado darle una colleja. No me quedó claro si pensaba que éramos ciegos o si no tenía ni puñetera idea de hacer su trabajo. Añadió algunas vaguedades más: esta era un poco más grande que la otra. Dije que lo pensaríamos y, cuando se alejó, interceptamos a otro dependiente. Le hicimos la misma pregunta. Y desplegó su habilidad para la venta, su conocimiento del tema, enumeró las diferencias (las que no se veían a simple vista), e incluso dijo: “Yo compraría esta de aquí. Y es más barata”. Sonriendo. Lo que decía antes: poli bueno y poli malo.

viernes, junio 20, 2008

Buen tiempo, de Joe Matt



Desde que leí Pobre cabrón tengo mono de Joe Matt. La otra tarde topé por casualidad con Buen tiempo, otra de sus novelas gráficas, y decidí comprarla. No es tan salvaje como aquella, en la que contaba sus neuras y desventuras con las mujeres, pero así comprobamos que Matt (protagonista de ambos títulos) no ha cambiado desde la niñez. Maniático, obsesivo, mentiroso, propenso a las pataletas y a los berrinches, amante de los cómics y un poco cabroncete (la crueldad suele ser típica de la mayoría de los niños). Buen tiempo transcurre en un fin de semana de los 70 en el que se reflejan algunas constantes de la infancia: las bicicletas, los cómics, el cine de terror, las chicas, los gamberros y la rebeldía ante la familia. Guiones muy buenos y dibujos perfectos.

El Sufrimiento de Circe

Al final, hice que
Tu mujer me conociera como
Un dios haría, en su propia casa, en
Ítaca, una voz
Sin un cuerpo: ella
Paró de tejer, su cabeza se volvió
Primero a la derecha, luego a la izquierda
Aunque era por supuesto imposible
Identificar la procedencia
De ese sonido: dudo
Que vuelva a su telar
Con lo que ella sabe ahora. Cuando
La vuelvas a ver, dile
Que así es como se despide un dios:
Si estoy en su cabeza para siempre
Estoy en tu vida para siempre.


Louise Glück, La diferencia entre Pepsi y Coca Cola

Spanglish

Parece que a numerosos lectores norteamericanos no les ha gustado la costumbre del escritor dominicano afincado en USA, Junot Díaz, de utilizar el spanglish en sus libros. Cuando Gabi Martínez le preguntó cómo se había recibido su última obra, dijo: “Ante mi novela, entre los lectores anglófonos ha habido mucha hostilidad y algún apoyo. La hostilidad me asombra. Es como si algunos quisieran volver el reloj atrás, negar la realidad de que los hispanos son una parte importante de América. No hay nada que pueda hacer por esos durmientes. Sólo seguir trabajando”.
Una de las virtudes del título al que se refiere, la aclamada obra “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”, premiada con el Pulitzer, es precisamente su apertura al lenguaje. Las páginas se contaminan, en el buen sentido, de expresiones y jerga utilizada por los latinos que viven en Estados Unidos y que han adoptado palabras inglesas pero adaptándolas a su propio ritmo y a su manera de escribirlas. Ejemplos: bróder (por “brother” o “hermano”), fokin (por “fucking” o “joder”), nerdo (por “nerd” o “friki”). Quizá el spanglish hablado en las calles suene mal, no lo sé. Pero en los libros de Junot Díaz enriquece a los personajes y a las historias, dado que uno no sólo aprende expresiones que desconocía, sino que ese empleo supone un reflejo de la realidad, de lo que se vive en los barrios de EE.UU. poblados por hispanos. Tal vez a esos lectores que menciona Díaz se les haya atragantado un hecho rotundo que se niegan a aceptar: lo latino crece a pasos de Polifemo. Lo latino está de moda: las canciones, los actores, las telenovelas, los escritores. No sé si en España se aceptará bien el spanglish de Junot Díaz. Tenemos un problema de base, que ya me canso de explicar a la gente. Y es que no sabemos la cantidad de palabras en español que utilizan los personajes de las películas norteamericanas. Y lo hacen porque son un reflejo de la realidad. A alguna gente en España le molesta que adoptemos términos anglosajones, y desconocen que en los USA ellos hacen lo mismo, pero al revés: adoptan lo hispano. Esa es una de las razones por las que siempre insisto en ver el cine en versión original subtitulada, para que el doblaje no me robe la verdad, es decir, que cuando sale en pantalla Brad Pitt en “The Mexican”, o Tommy Lee Jones en varias de sus películas, o muchos de los personajes de “Traffic”, emplean un montón de palabras en español. Y eso es intraducible. Aquí conviene evocar un ejemplo célebre. En “Pulp Fiction”, Butch (Bruce Willis) enseña frases en castellano a Fabienne (María de Medeiros) mientras están en una habitación. En el doblaje no le enseña español, para no liar a los espectadores, sino portugués, lo cual se convierte casi en una burla porque Medeiros es portuguesa. Años atrás me sentó mal que tradujeran “Don Quijote” al spanglish, pero es porque Cervantes pierde demasiado en otros idiomas.
Algunas evidencias son innegables. Y una de ellas es que el lenguaje muta, se transforma, sale de las escuelas y cae en las calles y en los bares y el pueblo lo malea y lo cambia a su antojo y acorde con sus necesidades. Por eso (y por otras razones, entre ellas el dominio narrativo, la fluidez de la prosa y la naturalidad para mezclar la historia y la cultura nerd) disfruté con “Drown (Los boys)” y con “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”. Aprender jerga nos enriquece como lectores y ciudadanos del mundo. Ojo, eso no significa que esté de acuerdo con chorradas de la índole de “miembras” y otros dislates de lo políticamente correcto. “Miembras” no se utiliza en la calle ni en ningún sitio. Es algo forzado, y lo forzado no encaja en lo que digo.

Portadas exquisitas


The Red Passport, libro de relatos de Katherine Shonk. Inédito en España.

jueves, junio 19, 2008

La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz


Un par de años atrás David González, uno de los lectores más voraces que conozco, me descubrió Drown (Los boys), de Junot Díaz. Una maravilla, así que esperaba con ansia su segundo libro, que ha tardado siglos en escribir. Y no me ha defraudado, sino que Díaz eleva el listón.
Óscar vive en Nueva Jersey con su familia y carece de la virilidad del dominicano medio. Es un nerd, un chaval gordo, con gafas y bastante loser. A través de su historia y la de su hermana, sus padres y sus abuelos, con saltos en el tiempo y varios narradores, Junot Díaz lleva al lector por las calles de Santo Domingo y Nueva Jersey desde los años 40 hasta mediados de los 90. Eso incluye adentrarse en la dictadura de Trujillo, a quien el narrador compara con el Ojo de Sauron. Incluye un tema que ya obsesionaba a Díaz: la condición del inmigrante, su desarraigo allá donde vaya y la necesidad interior de querer estar siempre en otro sitio. A Óscar lo llaman Óscar Wao como burla a la pronunciación de Oscar Wilde en dominicano. Óscar es el tío más obsesionado del mundo con las mujeres, pero no se come un rosco. Se enamora en cada esquina y cree que morirá virgen. Su familia sufrió la dictadura del trujillato, y sabe que arrastra una maldición (el fukú).
La novela está plagada de referencias al cómic, al cine y la televisión, a la literatura de fantasía y ciencia ficción, a los videojuegos: Dune, X-Men, Solomon Grundy, Sauron, El Señor de los Anillos, Ballard, los jedi, Star Trek, Jim Kelly, las Crónicas de la Dragonlance, Spiderman, Los Cuatro Fantásticos... A pesar del conocimiento que tenga uno de esa cultura, es necesario leer el libro con Google a mano. Son tantas las referencias y guiños utilizados que, cuando en el futuro hagan ediciones críticas de la novela, con notas al pie y diccionario, doblarán el número de páginas.
La jerga que emplea Díaz, basada en el spanglish, enriquece la lectura (y hay que quitarse el sombrero ante la labor de Achy Obejas, su traductora): jabao, fly bachatero, papichulo, fokin, jevas, pariguayo, jonronero, rapar, panas, tetatorio...
Sin más rollos, vamos con un fragmento (recomiendo leer esta entrevista que Gabi Martínez le hizo a Díaz):
¿Qué podía decir Óscar? ¿Que la culpa era de Sauron? ¡El tipo pesaba 307 libras, por amor de Dios! ¡Hablaba como una computadora de Star Trek! Pero la verdadera tragedia era que nunca conocí a alguien que tanto hubiera querido estar con una muchacha. A mí me gustaban las jevas, pero nadie, y quiero decir nadie, estaba tan metío con ellas como Óscar. Para él eran el principio y el fin, el Alfa y Omega, DC y Marvel. El tipo estaba tan enviciado que ni siquiera podía ver una jevita linda sin ponerse a temblar. Se enamoraba por nada -sólo en el primer trimestre, estuvo en el nivel de asfixie con al menos 24 jevitas diferentes. Por supuesto que nunca llegó a nada. ¿Cómo iba a llegar? ¡La idea de Óscar de cómo se enamoraba a una jevita era hablarle de juegos de rol! ¿Qué locura es ésa? (Mi momento favorito fue un día en la guagua de la línea E cuando le dijo a una morena que estaba buenísima, ¡Si estuvieras en mi juego te daría dieciocho puntos de carisma!)

Otro cartel de Transsiberian


Dirige Brad Anderson (El maquinista). A priori, promete.

Próxima parada: Logroño


Viernes, 20 de junio. Presentación de Resaca / Hank Over.
Con Lucas Rodríguez, Nacho Escuín y Patxi Irurzun.
A las 19:30 h. Edificio La Gota de Leche
C/ Once de junio, 2. Logroño

Cansancio en junio

Noto cansancio general en la gente de mi entorno, tanto en los ambientes literarios como en otros oficios. Es normal. Junio es un mes que agota. Un mes de transición, el último peldaño hacia el verano y el final de temporada, cuando nos obstinamos en mirar el calendario, deseando que los días pasen con menos lentitud y lleguemos cuanto antes a los descansos, las vacaciones, las salidas por ahí, las noches apacibles tomando Coca-Cola en una terraza. Cuando éramos estudiantes no veíamos el momento de terminar el curso. Los exámenes finales, la presión durante el estudio, los planes para julio, la previsión de ingreso en las academias para recibir clases particulares, las golondrinas volando libres en el patio del colegio o del instituto que a nosotros nos parecía cárcel. Todo aquello se nos subía a los hombros y el peso se hacía intolerable. Pasan los años y luego la gente descubre que es peor: ya no hay exámenes, pero deben afrontarse gastos, hipotecas, puñaladas en el trabajo, hijos, horas extras que nadie remunera… En fin, ya te sabes el cuento.
Unos días atrás escribíamos aquí sobre la necesidad de aguantar, porque empezaba a hacer buen tiempo y el verano estaba a un paso. Escribí el artículo con uno o dos días de antelación. Por supuesto, para afearme la columna, el día en que se publicó cayeron chuzos de punta. Lluvia, frío, viento. Al menos en Madrid, no sé en Zamora. Una de estas mañanas el clima nos volvió locos. El sol anunciaba un día espléndido. Se notaba calor. Un rato más tarde se nubló. Tuve que salir a hacer unos recados y, como desde la ventana creí que hacía fresco, me puse la chaqueta. Unos minutos después cambió el tiempo. Volvió a hacer calor y, a medio recado, ya estaba hecho una sopa por el bochorno. De regreso a casa iba a quitarme la chupa, pero entonces las nubes empezaron a mearse y me mojé en los últimos tramos. Creo que es por esos cambios por los que tantas personas pillan resfriados en junio. Si sales abrigado, hará calor. Si sales “a cuerpo” (como dice mi madre), hará frío. En ambos casos, es posible que llueva. Volviendo al principio, estos días, cuando contacto con algunos amigos y conocidos, casi todos me cuentan que están cansados. Para otra gente, en cambio, el inicio del verano significa el principio del trabajo. Me refiero a quienes, al entrar en julio o incluso ya en junio, tienen que dedicarse a diversos oficios: camareros en garitos de playa, monitores de campamento, socorristas, personal que empieza trabajos temporales en ciudades del extranjero… No lo tienen fácil.
Al cansancio suele sumarse, al menos en mi caso y creo que en el de mucha gente, la nula posibilidad de cambiar de aires. Desde Semana Santa sólo he hecho un viaje: un día en León. Entre visitas, eventos, compromisos y demás no he podido viajar a mi tierra desde entonces. Escaparse de la ciudad en la que vives aunque sea por un par de días es el remedio más relajante que hay para la cabeza. No sé si reconoceré Zamora cuando, en breve, pueda acercarme por allí. Y no lo digo en broma. Es una ciudad que muta más deprisa de lo que creemos, aunque para quienes viven allí no lo parezca. Se inauguran muchos negocios que quiebran a las pocas semanas. Pero vuelven a abrir otros nuevos. Cada poco tiempo hay obras en el pavimento, edificios que derriban, proyectos de remodelación urbana, cambios en el orden circulatorio y cosas así. Supongo que estas cuestiones se notan más desde fuera. Es como cuando, en la infancia, los parientes lejanos señalaban lo mucho que habíamos crecido durante el invierno: en casa nadie lo notaba.

miércoles, junio 18, 2008

Trailer de El curioso caso de Benjamin Button





Basada en el relato de F. Scott Fitzgerald, que cuenta la historia de un hombre que recorre el camino inverso en el tiempo: de bebé es un viejo y rejuvenece a medida que cumple años. Es una de las películas más esperadas de este año. Con Brad Pitt y Cate Blanchett. Dirige David Fincher. Trailer: aquí.

Cartel de Burn After Reading


Citas. 85



Costaba ser un buen católico, costaba mucho, y por eso yo había abandonado la Iglesia. Para ser un buen católico tenías que abrirte paso entre el gentío para ayudarle a Él a cargar con la cruz.
John Fante, Llenos de vida

Rediseño

Me parece que hoy es el día elegido para la nueva oleada de cambios en el diseño de MySpace. Un lavado de cara total, como suele decirse. No sé dónde he leído que Facebook ya le estaba comiendo terreno. Según leo en los periódicos digitales, los responsables de MySpace cambiarán “la página de inicio del sitio, la navegación, la edición de perfiles, las búsquedas y MySpace TV”. A mí me gusta MySpace porque hace tiempo un amigo me dijo cómo utilizar la página. Me explico: para él, por ejemplo, era una herramienta primordial para ponerse al día de las bandas de música actuales. El internauta entra en el portal del espacio de cierto grupo de pop y puede explorar sus influencias o las bandas y cantautores que dicho grupo ha añadido como “amigos”. A partir de ahí se tira del hilo y uno va descubriendo toda esa música que no sale en “Los cuarenta principales” ni en otras emisoras que usan la fórmula comercial. Por lo que he visto hasta ahora (pero no soy ningún experto, así que podría estar equivocado), en los comentarios que hacen los usuarios en el foro de cada página de MySpace no hay mal rollo. No hay insultos, ni injurias, ni descalificaciones, ni ataques anónimos. Tan sólo gente que comparte sus gustos y que se hace un poco de publicidad de portal en portal. Las bandas anuncian las fechas y los lugares de sus próximos conciertos y no hay anónimos que rieguen el foro de mala baba. Supongo que es porque, para colgar un mensaje, el propietario del portal debe añadirte como amigo y sólo lo hará si al navegar por tu página cumples ciertos requisitos o no eres un impostor. Por ejemplo, a mí una vez me la colaron con una página de spam de sexo. Desde entonces, cada vez que alguien me pide que lo incorpore a mi lista reviso su página para cerciorarme de que no se trata de spam o de algún chalado.
Me gusta MySpace porque brinda esa posibilidad de encuentro y descubrimiento de gente con gustos afines, pero necesita un lavado de imagen porque, como me dijo un colega informático una noche que comentábamos las ventajas e inconvenientes de esta red social, el diseño es horrible. Es una página confusa, y al tío que la visita por primera vez se le antoja un lío. No sabe muy bien qué cuentan allí ni para qué sirve. Ya sé que cada uno puede elegir el diseño personal de su página, pero el modelo es parecido en todos los casos. Es más, aquel colega me dijo que los informáticos odian el diseño de MySpace porque les parece horrendo. La estética es importante, claro, pero prima la funcionalidad. Y en MySpace hay alojadas miles y miles de personas.
Entre los peligros de MySpace, según contaron hace tiempo en las noticias, está el de los pederastas que acosan a las adolescentes. Según las estadísticas, hay unos veintinueve mil perturbados o delincuentes sexuales registrados en estos portales. Si de MySpace controlo algo (no mucho), de otras redes sociales como Facebook no tengo ni idea. Cada vez que en los portales en los que estoy alojado cambian el diseño o incorporan nuevas funcionalidades, me entra una pereza terrible. Porque supone adaptarse y esa adaptación lleva un tiempo. En algunas páginas, o te adaptas a los cambios o tu portal termina siendo inservible. Algo por el estilo me ocurrió con Blogspot. Pusieron todo el sistema de etiquetas y otros cambios menores y sólo te daban una opción: adaptarte. Espero que, con MySpace, no me lleve tanto tiempo amoldar la página a los cambios. Lo peor de estas herramientas es que, en España, aún quedan miles de personas que no saben ni que existen. Seguro que si a mi familia le nombro MySpace alguien me va a responder: “¿Mande?”.