Cuando camino por la calle, especialmente en el barrio en el que vivo, suelo tropezar con mobiliario que la gente ha arrojado fuera de sus casas. Es muy frecuente ver en las aceras, como creo que ya conté una vez, un muestrario completo de colchones, somieres, cabeceros de dormitorio, armarios, sillas de madera o de oficina, mesas rotas, cómodas, e incluso lavabos, váteres y grifos sueltos. El conjunto ofrece una sensación de naufragio. Da la impresión de que un barco ha encallado y vomitó por una grieta del casco todo el arsenal de su menaje. Acostumbro a señalar la diferencia de costumbres entre esta ciudad en la que habito ahora, Madrid, y mi ciudad natal, Zamora. En mi tierra jamás había visto un tropel de muebles tirados de cualquier manera en la calle. Cuando un mueble envejece o no lo queremos, allí se lleva a un contenedor, o se llama al Centro Reto para que lo recojan en una furgoneta o en un camión, o se carga en un coche y se deja en los vertederos de basuras de las afueras de la ciudad. En Madrid es frecuente lo contrario.
Suele darse esta conducta cuando nuevos inquilinos ocupan un piso de alquiler y encuentran los muebles viejos, que probablemente se dejó el anterior habitante. Vacían las habitaciones, sacan a la calle las camas y los armarios y los plantan en la acera, y vuelven a llenarlas con sus propios muebles. O, en algunos casos, prefieren dejar espacios vacíos. Ocurre, por ejemplo, con las familias que viven hacinadas en algunas casas. Los hindúes suelen meterse en tropel en los pisos, y necesitan espacio para todos los habitantes. Duermen en literas, o en el suelo, encima de las alfombras. Una de las familias que vivía frente al edificio en el que yo estoy, una familia sudamericana, emigró hace días. Su lugar lo ha ocupado una familia numerosa de hindúes. Y cuando digo numerosa me quedo corto. Al menos habré visto a ocho personas, o más, y la mitad son niños. Durante un par de días han sacado a la calle todo el mobiliario. Armarios, cortinas, sillas, cómodas, dos o tres colchones de tamaño cama de matrimonio, etcétera. Las ponen al lado del portal, o enfrente. Ensucian, estorban, pero de estos muebles, de estos desperdicios, se sirve a su vez otra gente. Una vez vino un tipo a casa a hacer un chaperón, un técnico joven, y me contó que él solía rescatar de la calle el mobiliario abandonado que se encontraba. Como era un manitas, sabía arreglar los aparatos y reutilizarlos, y no se gastaba un chavo en ir de compras. Había reciclado ordenadores, sillas, electrodomésticos y demás aparatos que ahora funcionaban en su piso, a pleno rendimiento. Antes del verano tuve que deshacerme de la silla de oficina que utilizaba para escribir, ya que empezaba a desarmarse. Y me dije: “Allá donde fueres, haz lo que vieres”. La deposité en la acera, junto al contenedor. Pero no lo hice un día cualquiera, sino ese día del mes en el que se supone que una cuadrilla pasa por el barrio con un camión que va recogiendo el mobiliario usado. Que es lo que debería hacer todo el mundo: desprenderse de sus muebles en la fecha de recogida.
Los vagabundos, y las personas en paro que viven en pisos repletos de soledad y podredumbre, también se nutren de estos despojos. Los colchones que tiraron los hindúes no tardaron en ser aprovechados por los alcohólicos de la plaza. Supongo que los divisaron desde lejos, en su abandono vertical, apoyados en la fachada, y vinieron a buscarlos. Duermen encima de ellos, hasta que alguien, la autoridad competente, supongo, decide hacer limpieza y hace desaparecer esos colchones.