lunes, mayo 07, 2007

El lujo de la cobardía

Cuando era niño entré a ver una película titulada “Querelle”. La dirigía Rainer Werner Fassbinder, que murió por sobredosis de drogas el mismo año en que ésta se estrenó. De Fassbinder, autor muy venerado en los festivales de cine y en las filmotecas y entre el sector afín a los malditos y provocadores, había visto “Todos nos llamamos Alí” y algún otro filme. No recuerdo haber aguantado la proyección completa de “Querelle”. Es probable que me saliera a la mitad, o antes. Pero tengo disculpa: protagonizada por Brad Davis, Franco Nero y Jeanne Moreau, contaba las andanzas de un marinero homosexual, e incluía escenas de sexo entre hombres, y yo sólo tenía doce años, quizá trece. Me empezaban a gustar las chicas. En “Querelle” no había chicas. El chaval que fui no entendía nada, y se salió del cine.
Años después supe que aquel filme estaba basado en una novela de Jean Genet, “Querelle de Brest”. Genet fue un escritor maldito, homosexual, provocador, carne de prisión, dicen que también ejerció de chapero. Escribió novelas, poemas, obras teatrales. Hijo de una prostituta, fue condenado en varias ocasiones por robo, y en la cárcel se dedicó a escribir libros. Puede que su título más conocido sea “Las criadas”, una pieza teatral etiquetada dentro de la corriente del absurdo. Hoy, tantos años después, puedo asistir a una película o una obra de Genet sin sentirme escandalizado, como en la infancia. En el Teatro Valle-Inclán, en la Plaza de Lavapiés, se representa estos días una obra de Genet, “Splendid’s”, que vi el miércoles pasado. Antes de ir, leí que Genet había destruido el material en el cincuenta y tres. En los setenta, Sartre y el editor de Genet encontraron una copia en un cajón. Escrita a finales de los años cuarenta, no fue publicada hasta el noventa y tres. En España nunca se había representado. En “Splendid’s”, con un reparto exclusivamente de hombres, se narra la desesperación de un grupo de bandidos que acaban encerrados en un hotel, mientras la policía bloquea las salidas. Han raptado a la hija de un millonario, pero cuando la obra arranca la chica yace muerta en una habitación. El asesinato de ella, a manos de uno de los bandidos, les despoja de su principal salvoconducto. Una vez muerta, saben que no tienen nada que ofrecerle a los policías, salvo rendirse o morir con las botas puestas. Como en una versión de “Reservoir Dogs” con toques homosexuales, los gángsteres, acorralados, atraviesan su particular calvario de miedo, desesperación, desobediencia al jefe y, por supuesto, crueldad. Son siete hombres a los que se ha unido un policía que quiere dejar el cuerpo y probar la otra cara de la moneda: la que representan quienes viven al límite y se saltan la ley. Al final, obligados a tomar una decisión, a punto de matarse entre ellos, con sólo una bala en cada arma, se cuestionan su valor. Uno de los personajes habla de permitirse, por una vez, “el lujo de la cobardía”.
La puesta en escena, que se limita a una sala con puertas, escaleras y pasillos, incluye explosiones, tiroteos y sirenas de policía. El montaje dura alrededor de una hora y media e incluye actores del Laboratorio de Teatro William Layton. Sin embargo, y pese a la calidad del texto, lamento decir que la obra no nos entusiasmó. A estas alturas aún no sé qué es exactamente lo que no nos convenció (iba con tres personas, y les gustó menos que a mí). Quizá fuese la dirección o, muy probablemente, los actores, que ese día flojeaban. El caso es que no logramos creernos cuanto nos contaban. Sobre todo porque a uno de ellos lo habían pintado para que pareciese un negro, como el Baltasar de las Cabalgatas de Reyes de provincias.