miércoles, junio 18, 2008

Cyd Charisse (1921 - 2008)


martes, junio 17, 2008

Cartel de Vicky Cristina Barcelona


Portadas exquisitas


Escape From Alcatraz, de J. Campbell Bruce. Inédito en España.

Yakuza. Una investigación sobre la mafia japonesa, de Jérome Pierrat y Alexandre Sargos


Lo han titulado Yakusa, pero yo prefiero el término antiguo: Yakuza. Pierrat y Sargos realizan un competente trabajo sobre la mafia de Japón, para lo cual han investigado mucho y conversado con algunos de estos gángsters. Tatuajes, meñiques cortados, códigos de honor, tradiciones, negocios clandestinos... Todo eso se repasa aquí. El libro es bueno, aunque me hubiera gustado que se incluyera el "making of", por así decirlo: o sea, cómo llevaron a cabo la investigación, las dificultades que tuvieron y cómo lograron que los yakuza se abrieran a ellos. Vamos con un fragmento:
La técnica de ejecución tradicional consiste en enviar a tres hombres: un motorista, un asesino y un confirmador. Se suelen repartir en dos vehículos, una moto y un coche. El asesino va con el motorista, mientras que el confirmador va en el coche y puede tener dos funciones: la primera es supervisar el trabajo del teppodama. En otros tiempos lo remataba en caso de que el primero fallara, pero ya no se hace. En la actulidad hay una diferencia sutil, y es que su segundo papel consiste en sustituir al asesino si lo matan antes de dar en el blanco. El teppodama se sacrifica para cumplir con su deber.

106

Uno de los entretenimientos favoritos de la gente en mi ciudad es inventar historias, falsear la realidad. De vez en cuando me llegan esos rumores. El último dice que soy un yonqui de pelo largo que vaga por Zamora a punto de caerse. Me declaro yonqui de la literatura, pero me parece que el inventor de esa leyenda y yo no coincidimos. Mientras otros piensan que aún vivo allí y que recorro la ciudad como un fantasma en pos de drogas, aquí sigo, en Madrid, luchando a brazo partido contra las teclas, leyendo cuanto puedo y riéndome del patético esfuerzo de esos inventores de bulos.

El convite

Me invitan a una boda. Una boda de ricos, de gente con títulos nobiliarios. Me pongo el traje, el único que tengo. Al menos conservo dos corbatas distintas, por aquello de cambiar. Hace meses que no me cortan el pelo porque hace meses que no voy a Zamora y, por tanto, no puedo acudir a mi peluquería de cabecera. Me miro al espejo antes de salir de casa. Con el cabello tan largo y el traje parezco un gitano que va a cantar flamenco. Renuncio a entrar en la iglesia. Durante la ceremonia voy con dos amigos al bar de la esquina. Hay un partido de fútbol. Desde lejos se sabe quién soy yo: el único tipo que está de espaldas a la televisión.
El convite se celebra en un club de campo, a las afueras de la ciudad. Tenemos que ir en coche. Veo jardines, campos de golf y de tiro, vegetación frondosa, valles y colinas, fuentes de lujo y coches de millonarios. Antes de entrar en la casa me siento como si me acercara a la mansión Playboy. Busco a Hugh Hefner con la mirada. En cuanto entro y veo a los ricos, casi todos en torno a los setenta, y apenas un puñado de jóvenes, creo estar dentro de una novela de F. Scott Fitzgerald. Pero yo no soy uno de ellos. Hay un cóctel previo a la cena. Sirven lo habitual: refrescos, cervezas, vino tinto. Pero con un añadido que no he visto en otras bodas: dos hombres preparan mojitos en una mesa. Estamos al aire libre y no estoy cómodo. No pego ni con cola. Pero hay una receta infalible para soportar estas ceremonias: emborracharse. No comemos muchos canapés, pensando en la sucesión interminable de platos que servirán luego. Pero no es así. La carta incluye un entrante (tres langostinos con una cucharada de arroz) y un plato (dos filetes pequeños con guarnición). Y el postre. Nos quedamos con hambre. Nadie nos pregunta si queremos repetir. En cambio, hay bebidas alcohólicas de sobra: cerveza, vino tinto, vino blanco, champán, las copas de la barra libre. Descubro que, en efecto, es igual que en las historias de Fitzgerald, “El gran Gatsby” o “Suave es la noche”: los ricos beben mucho y comen poco. Por eso se pillan esos ciegos. El camarero que nos toca es un señor que se molesta cada vez que le pedimos algo. Pedirle un vaso con hielo para el café le pone de mala leche. Cree que le tomamos el pelo.
Vamos a la barra. Por allí hay macetas y plantas para gigantes, retratos del Rey, colmillos de elefante, cabezas de ciervo, cientos de trofeos, sofás y estanterías que cobijan libros antiguos. Estoy seguro de que los libros son atrezzo. Ya sabes: cartón hueco, para aparentar. Descubro que las mujeres de los ricos se aburren y por eso se desmelenan. A un amigo y a mí, los únicos varones de la fiesta con pelo largo, nos invitan a bailar en un corro de señoras. Diez o doce señoras entre los cincuenta y los setenta y nosotros dos allí, bailando lo que nos pongan. Es lo mejor del día: me agrada ver a gente mayor con marcha en el cuerpo. Luego se cansan y se sientan. Le digo a una señora, para halagarla: “Vamos, chicas, hay que seguir bailando”. Me responde: “Lo de chicas es por Las Chicas de Oro, ¿no?”. Hacía años que no me daban un corte tan bueno. Dado que todo el mundo ha comido poco y ha bebido mucho, la resaca del día siguiente será espantosa, terrible, un paseo por los infiernos. No conseguimos que el novio baile o se desmelene. No conseguimos que no echen el cierre a las dos de la mañana. No consigo entender qué hago yo allí. Pero disfruto de la juerga y la novia está muy guapa. No pertenezco a ese mundo. Prefiero mi mundo, que no es tan estirado, que no se refugia tanto en las apariencias. Prefiero las bodas de la clase trabajadora, donde prima el entusiasmo de vivir antes que el boato.

Stan Winston (1946 - 2008)



A los que no sepan quién era el mago Stan Wiston, uno de los mejores creadores de efectos especiales y criaturas de Hollywood, les recomiendo entrar en su web.

lunes, junio 16, 2008

El ladrón de chicles, de Douglas Coupland


Explicar esta novela no es sencillo, pero podemos intentarlo:
  • Roger y Bethany trabajan en Staples, grandes almacenes de material de oficina. Roger tiene cuarenta y tantos y trata de superar un montón de fracasos. Bethany tiene veintitantos y es gótica y está afectada por la cantidad de gente de su familia que ha muerto.
  • Roger y Bethany se escriben e-mails para conocerse. Aprenden a respetarse.
  • Roger está escribiendo una novela, Glove Pond: una puesta al día de la obra ¿Quién teme a Virigina Woolf?, de Edward Albee. Por si quedaran dudas, hay alusiones a Albee, a Richard Burton y a Elizabeth Taylor (protagonistas de la película del mismo título). No faltan alusiones a la prosa de John Cheever. Bethany lee la novela y los lectores también.
  • En Glove Pond hay dos escritores que escriben sendas novelas sobre Staples. Una de ellas es un calco de la vida de Roger.
  • Además de las cartas de Roger y Bethany leemos las misivas de otros personajes que nos ayudan a entender a los protagonistas.

Como es habitual en Douglas Coupland, existe un interés en superar el desgaste del tiempo, en afrontar la muerte y los fracasos que nos acompañan en la vida. Pero lo mejor (aparte de su naturalidad para escribir) es que Coupland sabe captar nuestro tiempo, el espíritu de una época, y entendemos sus referencias: YouTube, los e-mails, Los Simpson, QuickTime, Google... Y llena las páginas de perlas. Aquí van algunas:

-La vida siempre te mata al final, pero primero te impide conseguir lo que te propones.

-Tenía casi treinta años, edad suficiente como para empezar a tener pesadillas por las noches ante la posibilidad de tener un trabajo basura toda la vida.

-La gente tiene muchas maneras diferentes de abandonarte. A la gente se le va la pelota. Te abandonan. Les dejas de gustar. Se pierden en su propio mundo y nunca vuelven. O, simplemente, claudican. Y sí, se mueren.

-Como permitas que tus sentimientos salgan a la luz, la gente te va a hacer mucho daño. Usarán tus sentimientos en tu contra. Algo que en su día fue privado y sagrado para ti se transformará en un arma de doble filo. Algo tan precioso podría resultar dañado. Acabarás por sentir dolor.

-Es extraño cómo las cosas te van abandonando una a una, ¿no es así? Como los viejos amigos. El entusiasmo. La energía. (...) Ahora mismo, escribir me mantiene cuerdo.

Soldado del año 1975

En el avión
que va de Benguela a Luanda
tumbado en unas parihuelas
un joven soldado de Santiago


por la mañana un proyectil le reventó la cabeza

de un gancho cuelga un gotero
el herido se convulsiona
delira
quizá cuente cómo fue


nunca supimos
hasta dónde llegó finalmente
porque cuando aterrizamos en Luanda
no dijo una palabra más



Ryszard Kapuściński, Poesía completa

Portadas exquisitas

105

Hace unos cuantos años tuve un foro. El otro día decidí borrarlo por completo, no sin copiar para mis archivos la mayoría de los mensajes (no los míos: los de otra gente). La lectura de esos mensajes me sirvió para recordar esos tiempos. Salvo dos o tres personas que entraban con asiduidad, casi siempre se metía gente a insultarme. Personas de mi ciudad. Me insultaban por escribir en el periódico. Me insultaban por escribir todos los días. Me insultaban por publicar. Me insultaban por hablar de cultura. Me insultaban cuando alguien alababa alguna columna. Me insultaban por anunciar en el foro mis colaboraciones y actividades literarias. Me insultaban creyendo, en su ingenuidad, que el foro me proporcionaba beneficios económicos. Siempre es en la propia tierra donde le tratan peor a uno.

Money, money

Caminas por ahí, por la ciudad. Cada tanto te asalta alguien, ya sabes cómo funciona eso. Pero, aún así, te lo voy a explicar, ¿ok? Un tipo te hace señas desde lejos, para que te detengas. Te detienes. Un español. Te pregunta si le prestas alguna moneda para llamar. No, no tienes pelas. No puedes decirle que no tienes suelto porque los jetas acostumbran a soltar, con todo el morro: “No te preocupes: llevo cambio”. Sigues caminando. Ese día u otro, da lo mismo. Se acerca un extranjero. Le cuesta hablar en tu idioma. Te detienes, quizá necesite ayuda para encontrar una dirección u orientarse. Te pide algo suelto. Sigues. Aparece un vagabundo. Te pide dinero. Entras en el metro. No falta alguna persona que te pregunta si puedes comprarle un periódico. Si quieres comprar una suscripción a no sé qué. Sales del metro. Entras en un bar. A tu lado desfila gente que quiere venderte rosas, que quiere venderte discos y películas pirateadas, que quiere venderte gafas de plástico y un yoyó ridículo, que quiere venderte mecheros que deposita en la mesa junto a una tarjeta que explica su vida, obra y milagros, que pone ante ti un libro autoeditado de poesía y te explica que sólo quiere la voluntad. Al salir, no faltan las mujeres que te detienen para que te suscribas a algo. Da igual lo que sea, lo importante es que pongas talegos por medio. En cuanto oímos las palabras “voluntad” y “cuota” salimos corriendo. Es una tontería dejarse embaucar.
Te vas a casa. Llaman por teléfono. Te sugieren cambiar de móvil. Cuelgas. Llaman otra vez. Ese, u otro día. Intentan venderte algo. Cuelgas. Llaman a la puerta. Dos mujeres. Les dices que no quieres saber nada de encuestas, que estás ocupado. Tranquilo, no te asustes, te dicen, no hacemos encuestas. Pero tú ya estás harto y te lanzas. Si no son encuestas, ¿qué queréis venderme? Llegan en tromba sus preguntas. ¿Tienes internet? ¿Tienes teléfono fijo? ¿Tienes televisión? ¿Con qué compañía? ¿Y no te interesa cambiar? Pues mire, no. Un no rotundo. Un no con mayúsculas. Que aleje de tu puerta a toda esa gente que no te deja en paz.
Todos quieren lo mismo. Dinero. Todos piden lo mismo. Dinero. Todos luchan por lo mismo. Dinero. Nos hace falta a todos, claro, pero no nos ponemos tan pesados. Tiendes a pensar que, si en mitad de la calle te cayeras al suelo y te quebrases el tobillo y pidieras ayuda a los transeúntes, no faltarían personas que, a cambio de socorro, te pedirían dinero. ¿Cuánto me da? ¿Qué saco a cambio? Es como en la novela japonesa de la que hablaba el otro día, “Out”: una mujer mata a su marido y quiere deshacerse del cadáver. De sus presuntas amigas, sólo una de ellas la ayuda sin trueques, sólo porque son amigas y quiere sacarla del brete. Las demás piden dinero. Las novelas negras encierran el espíritu de la época: es decir, que lo que mueve la maquinaria siempre es el dinero. En el género negro suele primar la pasta por encima del amor, la fidelidad, el honor y la amistad. Como en la vida real. Quienes sólo buscan seducir a la chica, pierden. Sólo ganan quienes ambicionan el botín. Y no todos. La mayoría acaba cosida a balazos. A veces vas por ahí y te dan ganas de dar más propinas a los camareros, de soltar más monedas a los mendigos y a los borrachos. Pero luego piensas que tú también tienes tus propios problemas, que necesitas dinero y que no es fácil ganarlo. En “Llenos de vida”, la novela de John Fante, el autor le da una propina excesiva a un mozo. Su padre se escandaliza. Le dice: “No sabes lo que haces. El dinero cuesta de ganar. Lo necesitas, necesitas hasta el último centavo para comprar zapatos, para comprar leche y pan. Para tu mujer, para el niño”. Los viejos saben de qué va el cuento.

domingo, junio 15, 2008

Cartel de Roman Polanski: Wanted and Desired


Californication

La noche en la que programaron los dos últimos capítulos de la cuarta temporada de “House” supuso para mí una sorpresa. No sabía que la temporada llegaba a su fin. No quería aceptar que alguna vez concluiría; hasta que pongan en marcha la siguiente tanda de capítulos. Al día siguiente revisé la programación de Cuatro, para saber si “House” tendría algún sustituto a su altura. Ponían una de las miles versiones de “Betty, la fea”, que no me interesa. Pero también programaban, por fin, una de las series de las que más se ha hablado en los últimos meses: “Californication”, cuyo título ya se ganó la polémica porque sus responsables lo tomaron de una gran canción de los Red Hot Chili Peppers. Aguardaba este estreno desde hacía meses. Pero Cuatro la había programado para los jueves, más allá de la medianoche: el primer capítulo empezó casi a las doce y media de la madrugada. No pensaba verla porque entonces uno se acuesta más tarde de lo habitual y madrugar supone un suplicio.
La noche del jueves iba a apagar la televisión cuando empezó el episodio piloto de “Californication”. Me dije que sólo vería los primeros minutos, por curiosidad. El protagonista es David Duchovny. Los episodios pilotos son fundamentales para conocer una serie, tal y como decían en “Pulp Fiction”. Si el piloto es malo o no gusta, la serie se va al carajo sin esperar al segundo episodio. Si es bueno, la historia prosigue hasta que los espectadores se cansen. A partir de ahí oscilará: capítulos mejores y capítulos peores. Pero el piloto marca el rumbo. Al comienzo aparecía Duchovny, un poco desaseado, con una apariencia contraria a su Fox Mulder de “Expediente X”. Entraba en una iglesia, pedía ayuda a Dios y, en mitad de sus ruegos, irrumpía una monja en la escena. Hablaban. La monja decía que le iba a hacer una “fellatio”. Se arrodillaba. Yo pensé: “No puedo creerlo. Es imposible que hagan eso en una serie norteamericana”. Duchovny, o sea su personaje, se incorporaba en la cama. Lo de la iglesia era un sueño provocado por la chica que había dormido con él y que le estaba trabajando los bajos para despertarlo. Por eso Cuatro la había puesto en horario de madrugada. Por eso y por la ración de tacos, los continuos desnudos de las chicas que se acuestan con el protagonista y la acidez que destilan los guiones. El conjunto no es tan sofisticado como “House”, y apuesta más por lo soez y lo provocativo, pero mola. Se nota que el éxito de un personaje perdedor, sin afeitar, maleducado e irónico (Hugh Laurie haciendo de Gregory House) ha llevado a los guionistas y productores a encontrar algo parecido. Y Duchovny ganó el Globo de Oro por este papel. Al principio, además, suena la canción de The Rolling Stones que se escuchaba a menudo en “House”: “You Can't Always Get What You Want”. Hay, pues, unas cuantas similitudes.
“Californication” sigue a un escritor torturado por varios fracasos: sufre bloqueo artístico, está separado de su pareja y tiene una hija para la que no es buen ejemplo, se droga y bebe más de la cuenta, no se cuida mucho, se pelea con frecuencia con la gente (riñas físicas y verbales). Es un mujeriego empedernido y no ha escrito una línea desde que estrenaron la película basada en su exitosa novela, que Hollywood ha traicionado y machacado sin piedad. El personaje se llama Hank Moody. Quizá me esté volviendo loco, pero Hank podría ser un guiño a Hank Chinaski, y Moody a Rick Moody, o sea, referencias a un personaje literario y a un escritor. El primer episodio me ha gustado. Hay un escritor, hay éxito y fracaso, hay alcohol y mujeres, hay cine y novelas y un lenguaje soez. Es un cóctel perfecto. Tendré que grabar la serie.

sábado, junio 14, 2008

The Gum Thief


Mañana o pasado hablaré de este libro, El ladrón de chicles. David González tenía razón: es muy bueno, uno de los mejores de su autor. Mientras tanto, os dejo con un fragmento:
Creo que todo lector que se precie tiene hecha una lista de libros favoritos tan excepcional como sus huellas dactilares. Siempre desconfío de los jóvenes que, cuando les preguntas quién es su escritor favorito, dicen Henry James o alguien igual de obsoleto. Imagínate que le preguntan a un joven quién es su músico favorito y te responde que es Vivaldi. ¿Te lo tomarías en serio? Creo que a medida que te haces mayor, tiendes a acercarte a los clásicos, pero no son ésos los libros que te han proporcionado esperanza por el mundo en la misma medida en que lo puede haber hecho tu libro favorito.

Más carteles de The Spirit




El rostro tras el teléfono

Leyendo la prensa tropiezo con una noticia que habla sobre los verdaderos rostros de las operadoras (y operadores) de los teléfonos de las líneas eróticas. El asunto parte de un libro de un británico afincado en los Estados Unidos, titulado “Phone Sex”. Su autor se llama Phillip Toledano y en los periódicos y en la web del libro se pueden ver algunas de las fotografías de unos cuantos operadores. Por supuesto, y como uno ya sospechaba, no tienen nada que ver con las caras de esos anuncios eróticos que encontramos en revistas y en periódicos, donde cuelgan fotos de modelos y de actrices porno para que la gente se caliente, pique y llame al número del anuncio, tal vez creyendo que va a hablar con una mujer explosiva (o con un hombre explosivo) y de medidas perfectas, y que luego resulta ser un cardo o un trolebús, tal y como indican la mayoría de las imágenes que Toledano muestra en ese libro, o al menos en las fotos que permite ver en su página web. Nada de lo que anuncian existe, pero está bien tener pruebas reales, tangibles, y no sólo intuiciones y sospechas. Hay señoras que no caben por la puerta de sus casas, literalmente, y mujeres feas y envejecidas. Nada que ver con rubias neumáticas ni con chavalas de veinte años. Deberían echar un vistazo a este reportaje quienes gastan el dinero en llamar a dichos teléfonos. Se les diluiría el sueño y la esperanza con la rapidez de una vela derritiéndose dentro de un horno.
Las fotografías, según cuenta el autor, han sido tomadas en sus lugares de trabajo, es decir, en sus casas particulares. Se trata de gente casada, con estudios, con familias a las que alimentar y sin ninguna relación con los cuerpos y los rostros que ponen en los anuncios. Lo interesante, sin embargo, sería introducir un apartado en el que se vieran los rostros de quienes llaman, desesperados por una cita o por mitigar la soledad o por lo que sea por lo que el personal decide gastarse la pasta en esas llamadas de teléfono. Si han visto “Vidas cruzadas”, la libre adaptación que hizo Robert Altman de algunos relatos del maestro Raymond Carver, recordarán que este tema se trataba en una de las historias. Aparecía un personaje cuyo trabajo era atender llamadas guarras. Lo interpretaba la actriz Jennifer Jason Leigh. En una de las escenas, mientras suelta las habituales frases subidas de tono con el infinito cansancio de quien hace un trabajo rutinario y aburrido, sujeta el auricular entre el hombro y el cuello y le cambia los pañales a su hijo. En una ocasión es su marido en la ficción (el ya fallecido Chris Penn) quien observa cómo ella responde al teléfono y las cosas que dice a sus interlocutores. A pesar de la rutina y del cansancio, y de que ella no tiene nada que ver con lo que se imaginan quienes la telefonean, aquello crea un problema entre la pareja. El marido se siente celoso e impotente. Esa historia de Altman es una buena muestra de la verdad tras el envoltorio, de lo que hay en realidad tras una ficción que crean, a partes iguales, las empresas y la imaginación de los hombres solitarios. O en “Cosas que nunca te dije”, donde quienes contestaban al Teléfono de la Esperanza eran tipos tan fracasados como quienes llamaban pidiendo ayuda.
Estos engaños, estas confusiones entre la imaginación y la realidad son frecuentes en internet. Cuando algún amigo me dice que ha conocido por chat a una chica, y que “conectan” (en ambos sentidos), tiendo a desconfiar. Y digo: “No las has visto en persona, ¿cómo sabes que no es un loco de cincuenta años con bigote?”. En todos esos casos, es gente interpretando un papel. Son personajes.

viernes, junio 13, 2008

Hank Moody (David Duchovny)


Anoche vi el episodio piloto de Californication. Me gustó. Hablaré del tema en un próximo artículo.

Odio se proyectará en Sonorama 2008


Escrito por David Refoyo:
Quique González. Vetusta Morla. Josele Santiago. Krakovia. Love of Lesbian. Sidonie. NajwaJean... de alguna manera compartiremos cartel con estos artistas y muchos más en el Sonorama 08. "Odio" estará allí. Proyectado ante cientos de personas. La primera parada. Luego habrá otras. Cuantas más mejor. Lo importante es no quedarse quieto.
Mucha suerte, pues, a David y a Mario.

Portadas exquisitas


The Electric Kool-Aid Acid Test, de Tom Wolfe. Traducido en España por Anagrama como Ponche de ácido lisérgico.