martes, julio 23, 2013

X-Men: Days of Future Past: primeros carteles





Bambi contra Godzilla, de David Mamet



Así que los productores se quedan, disfrutan de una larga vida y, por qué no, que Dios los bendiga. Observan a los seres inferiores fabricar ladrillos y sugieren, a intervalos regulares, que los fabricantes de ladrillos empiecen a recoger su propia paja.
Y estos productores propugnan la herejía.
Venden todas las partes del cerdo menos el chillido. Y luego venden el chillido.
He visto, con mis propios ojos, lo siguiente: un cartel en la mesa de catering donde se servía un tentempié, cerca ya del final del rodaje: LOS CHICLES SON SÓLO PARA LOS PRINCIPALES MIEMBROS DEL REPARTO.
He visto subastada en eBay la ropa que han llevado los actores de una película, y su valor incrementado por ir la ropa marcada con el nombre del actor: “Compre los pantalones de Ricky Jay”; “Compre los vaqueros de Rebecca Pidgeon”. Las ganancias van a parar al bolsillo de los productores.
He visto a algunos productores cargar en el presupuesto de la película salarios para sus queridas, para su lacayo ausente, para viajes y alojamiento inexistentes, para servicios nunca prestados, para comidas incomibles del elenco y del equipo a precio de manjar, para intereses bancarios imaginarios, y así sucesivamente.


[Alba Editorial. Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer]

Más carteles de Elysium



Trailer de Austenland


Dennis Farina (1944 - 2013)


Getaway: dos nuevos carteles



lunes, julio 22, 2013

Próximamente: Kerouac y la generación beat


De Jean-François Duval. En Anagrama.

Gótico carpintero, de William Gaddis


Leí esta novela, una de las grandes obras del norteamericano William Gaddis (de quien ya recomendé aquí Ágape se paga), en las últimas navidades. Pero es uno de esos libros cuya reseña he ido aplazando durante meses por una sencilla razón: el fragmento que quería copiar para este blog era larguísimo y siempre me daba pereza ponerme a ello. Es un diálogo tan largo, dura tantas páginas, que no sabía por dónde cortarlo. Al final he encontrado la solución: me he centrado en un pasaje en el que dos de los personajes hablan de la escritura mientras se meten mano. Los corchetes del principio y del final son míos, lo que significa que el diálogo era más extenso y decidí interrumpirlo ahí.

Gótico carpintero es otro ejemplo de la maestría de William Gaddis para dominar el lenguaje. En este caso estamos ante una novela fundamentalmente construida con diálogos (hay narración, pero ocupa poco espacio), en los que el autor ha reflejado con brillantez cómo hablamos de verdad, en la vida real (con interrupciones propias y ajenas, con abundantes digresiones, falta de concordancia, etc). El resultado es ejemplar y asombroso, y, en palabras de Joan Flores Constans, que escribe en Revista de Letras: “Gaddis no es un autor de fácil lectura ni, por supuesto, al alcance de todos los lectores; requiere un esfuerzo constante, línea a línea y palabra a palabra. La prosa de Gótico carpintero es una maraña de caminos que parecen no llevar a ninguna parte, extrañeza que acentúa una irregular puntuación que acerca la expresión al lenguaje oral y fuerza a una lectura alternativa con la que el autor persigue un ritmo irregular y asincopado” (crítica completa: aquí). Y os dejo con el fragmento:

-[…] ¿Crees que por eso la gente escribe esas cosas? Novelas, digo.
-Por rabia… –relajó la pierna y la acercó a ella.
-No o quizá solo por aburrimiento, o sea yo creo que por eso mi padre se inventaba todas esas cosas, porque estaba aburrido, leyéndole a una niña pequeña sentada sobre su regazo se aburría y por eso siempre estaban cerca de él… –su mano siguió adelante, se detuvo acariciando unos pelos en su perezoso avance–. Por lo que acabas de decir, sobre ser prisionero de las esperanzas del otro. Y sobre la decepción. O sea yo creo que la gente escribe porque esas cosas no salen como se supone que tienen que salir.
-O porque nosotros no salimos como suponíamos. No… –abrió las piernas para la yema de un dedo de ella que le rizaba los pelos–. No, todos quieren ser escritores. Creen que algo que les ha sucedido es interesante porque les ha sucedido a ellos, oyen hablar del dinero que se gana escribiendo algo barato, cualquier cosa sentimental y vulgar sea un libro o una canción y están deseando convertirse en superventas.
-Ah. ¿Crees que es por eso? –su mano ahora había subido hasta la ingle de él, abierta, como para pesar lo que encontró allí–. Porque o sea yo no lo creo, o no creo que se conviertan en superventas –dijo, pesando la idea con la voz como si lo hiciera por primera vez–. O sea toda esa pobre gente que escribe libros malísimos y canciones horribles, y las canta. Creo que lo hacen lo mejor que pueden… –su mano se cerró allí suavemente–. Por eso es tan triste.
-Sí… –cambió de postura casi a hurtadillas, intentando librarse de los pantalones–. Tienes razón, ¿no?
-Y después cuando no les sale bien… –agarró con más fuerza la repentina hinchazón–. Cuando lo intentan y no les sale bien…
-Sí ése es el, cuando lo, eso es peor sí… –con el pulgar empujó la trabilla del cinturón hacia abajo con tanta prisa como había metido la pierna en la pernera–. Eso es, ¿no? Eso es lo peor sí, hacer mal algo que para empezar no valía la pena hacer, eso es…
-Porque tú podrías ¿no? –y quitó la mano–. Escribir cosas maravillosas, digo, podrías ¿no? Porque tus manos… –le cogió la que tenía más cerca–. Las he estado mirando. Han hecho tantas cosas… –y la levantó delante de él.
-Sí, ya lo sé –dijo él, hundiéndose de nuevo.
-Porque ¿nunca has querido? Escribir digo. O sea todos los lugares en los que has estado y todas las románticas, todas las cosas de que hablaste anoche delante de la chimenea, sobre la primera vez que encontraste oro en África cuando eras tan joven y pensaron que estabas loco. Y todos los lugares en los que has estado. O sea como Maracaibo todos suenan tan, todos suenan tan misteriosos y… […]


[Sexto Piso. Traducción de Mariano Peyrou]

Dos carteles de Edge of Tomorrow



Trailer de Metallica Through the Never


Seventh Son: nuevos carteles







viernes, julio 19, 2013

Zona, de Geoff Dyer


LA PELÍCULA: Stalker está fechada en 1979, pero no se estrenó en España hasta 1984. En esa época, cuando yo aún era niño, en uno de los cines de mi familia esta película de Andrei Tarkovski se estuvo anunciando durante meses, puede que años. Lo recuerdo perfectamente: en el rincón más sombrío del vestíbulo, en una zona casi siempre en penumbra, justo al lado de los servicios de caballeros, una vitrina mostraba el cartel español de Stalker (lo he puesto abajo, al final del post). Aquel cartel, raro e incomprensible (no quedaba muy claro si anunciaba una peli de terror o de suspense o de ciencia-ficción o de filmoteca), solía darme miedo. O quizá "miedo" no fuera la palabra. Me inquietaba, me jodía, cada vez que iba al servicio, toparme con ese cráneo calvo y esa mirada como de hombre prematuramente envejecido. Lo que no recuerdo es si llegué a ver la película cuando, finalmente, se estrenó. Tal vez entrara, viese unos minutos, no comprendiera nada y me saliese. En cualquier caso, antes de leer el libro de Geoff Dyer sobre Stalker, la vi (o revisé) en dvd hace unos días. Es una experiencia extraña. Se trata de un filme distinto, muy tedioso a ratos, con planos deslumbrantes, una obra poética y misteriosa que roza la ciencia-ficción pero va más allá, alcanzando significados profundos y abriendo las puertas a los enigmas. Lo que más me gusta es cómo Tarkovski filma el agua y el tiempo. El argumento es sencillo: en una vasta extensión de tierra rusa cayó hace tiempo un meteorito; el lugar, prohibido, se conoce ahora como la Zona; se dice que allí hay una Habitación donde se cumplen los deseos de quienes han fracasado y han perdido la esperanza; los stalkers son hombres capaces de guiar a las personas hasta esa Zona, donde el paisaje muta y es imprevisible. El protagonista, al que llaman Stalker, se convierte en el cicerone de un Profesor y un Escritor que han perdido la fe.

EL LIBRO: Si Stalker es, más bien, aburrida (y lo es, debemos reconocerlo; lo que no quita su valor cinematográfico y su embrujo y cómo la película aún da vueltas en tu cabeza después de verla), por el contrario Zona es un divertimento. Quiero decir con esto que se trata de la clase de libro que a mí algún día me gustaría escribir: parte del análisis de una película de culto y luego avanza… porque te habla del director, de los problemas de rodaje, de algunos significados del filme, y después va enlazando con citas literarias (Tony Judt, J. M. Coetzee, Miguel de Unamuno, Milan Kundera, Rilke, Don DeLillo…) y con alusiones cinematográficas (Herzog, Angelopoulos, Soderberg, Antonioni, von Trier…) y, además, cuenta experiencias propias (dónde vio Dyer la película, cuáles fueron sus primeras impresiones, por qué necesita escribir este libro…). El escritor británico va contando la película casi plano a plano, y al mismo tiempo descifra algunos de sus puntos oscuros y nos aclara algunos detalles que en televisión se nos escaparon. El subtítulo de Zona es: Un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación. Es uno de los libros de cine más admirables que he leído. ¿Es necesario ver Stalker antes de leerlo? Quizá no. No estrictamente. Pero tras leer este ensayo querréis verla. Aunque os aburra. Tendréis la necesidad de hacerlo. 

Os dejo con algunos fragmentos:

A Antonioni le gustaban las tomas largas, pero Tarkovski las llevó un paso más allá. “Si se aumenta la duración media de un plano, te aburres, pero si sigues alargándolo, despierta tu interés, y si lo haces todavía más largo, emerge una cualidad nueva, una intensidad especial de la atención”. La estética de Tarkovski resumida. Al principio puede darse cierta fricción entre nuestras expectativas temporales y el tiempo de Tarkovski, y dicha fricción aumenta en el siglo XXI a medida que nos alejamos cada vez más del tiempo-Tarkovski hacia el tiempo-imbécil en el que nada dura –y nadie puede concentrarse en nada– más de un par de segundos. Pronto la gente no será capaz de ver películas como La mirada de Ulises de Theo Angelopoulos ni de leer a Henry James porque no tendrá la concentración necesaria para pasar de una escena interminable a la siguiente.

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(A veces pienso que el amor de los escritores por el dinero es más puro que el de los banqueros o el de los gestores de fondos de riesgo; solo los escritores serios aprecian de verdad la deliciosa e improbable perfección de que les paguen).


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Una vez más se deja sentir la imposible paradoja de la relación de Stalker con la Zona. La tónica de su vida es la esperanza, pero la Zona solo dejará pasar a aquellos que han perdido toda esperanza. Los stalkers, como descubriremos más tarde, tienen prohibido entrar en la Habitación. Prohibido, quizá, por su fe –su esperanza– en ella.

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Stalker no puede verse en la televisión por la sencilla razón de que la Zona es cine; en la tele ni siquiera existe. La prohibición se extiende más allá de Stalker, abarca cualquier cosa con algún valor cinematográfico. No importa si el televisor es de alta definición: el buen cine debe proyectarse. Es la diferencia, como explica John Berger, entre contemplar el cielo (“¿de dónde iban a venir las estrellas del cine más que del cielo?”) y fisgar dentro de un armario.

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Si bien es posible que Tarkovski se viera como un stalker –un mártir perseguido que nos lleva de viaje a la Zona donde se revelan verdades absolutas– también terminó identificándose con el destino.  



[Mondadori. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz]



Cartel de Ain't Them Bodies Saints


300: Rise of an Empire: otros dos carteles



Trailers de Europa Report


Cartel de Extracted


miércoles, julio 17, 2013

Próximamente: La infancia de Jesús


De J. M. Coetzee. En Mondadori.

Fukushima. Vivir el desastre, de Takashi Sasaki


Cada catástrofe natural trae aparejadas miles de pequeñas historias de héroes, de víctimas y de mártires. Son las más interesantes porque reflejan los detalles y no se quedan en lo general (como, por ejemplo, ocurre en los telediarios). Ésta es una de ellas. El autor, Takashi Sasaki, es un profesor de Español y Pensamiento Español que vive ya retirado, junto a su mujer enferma, y que suele escribir un diario en su blog, bastante célebre ya por entonces (cuando sufrieron el terremoto y el tsunami de 2011). A Sasaki le pilló aquello a una edad avanzada y con una esposa aquejada de demencia; pero no por ello huyó: prefirió quedarse en casa y contar sus penurias en la bitácora. Lo que se ha publicado son esas entradas de su blog, las que comienzan en marzo de 2011 y abarcan cinco meses. La historia de Sasaki, no lo olvidemos, no es la de un tipo joven que recorre los parajes devastados para ayudar (a la manera de, por ejemplo, el Zeitoun de Dave Eggers), sino la de un anciano que ya se mueve con dificultad, pero está dispuesto a presentar batalla a las autoridades por su mala gestión. Aquí van dos extractos:

A veces la gente se maravilla, o se compadece, de que sea capaz de escribir casi todos los días mientras cuido a mi mujer, hago la comida, lavo la ropa… En realidad, escribiendo, trato por todos los medios de obtener mi fuerza vital, mi ritmo, dentro de un día a día que, si no escribiera, se derrumbaría ruidosamente ante mis ojos. Dicho de forma más aparente, el escribir como equivalente del vivir (sí, demasiado aparente ha resultado la frase).

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Desde hace un par de días, será por este tiempo tan revuelto, o por el cansancio acumulado, me duelen las caderas y lo estoy pasando mal. No es uno de esos lumbagos que te impiden andar, andar sí que ando, pero imagínense ustedes lo que es arrastrar a mi mujer hasta el supermercado: parecemos una pareja de cangrejos avanzando de lado, una pareja de cangrejos viejos, eso es lo que parecemos.



[Satori Ediciones. Traducción de F. Javier de Esteban Baquedano]

300: Rise of an Empire: nuevos carteles




Pacific Rim: trailers y escenas


Machete Kills: noveno cartel


Hay tantos libros publicados...

Hay tantos libros publicados sobre la crianza de los niños, tantas predicciones sobre los patrones que detectarás y los ruegos a los que te verás sujeto… Los psicólogos te darán consejos en magacines matutinos; las madres del parque discreparán de esos consejos; los parientes tratarán de poner palos en las ruedas de aquello en lo que hayas decidido creer; la calma del pediatra puede llegar a convertirse en perplejidad mal disimulada, y el humorista del programa de medianoche ridiculizará, sin duda, a la criatura cuya existencia tanto te importa.

Ann Beattie, Retratos de Will

Trailer de Apartment 1303


Dos carteles de Pioneer



martes, julio 16, 2013

Cartel y trailer de 12 Years a Slave


Ya podemos ver imágenes de la nueva película del director Steve McQueen (responsable de dos de los mejores filmes de los últimos años: Hunger y Shame). Atención al reparto: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Lupita Nyong'o, Sarah Paulson, Brad Pitt y Alfre Woodard. Cuenta la historia real de Solomon Northup, que narró sus desventuras como esclavo en un libro. El sur que podemos ver en las escenas me ha recordado un poco a Django Unchained. El trailer: aquí.

Una habitación en Holanda, de Pierre Bergounioux



En unas 90 páginas Pierre Bergounioux nos sirve una delicatesen: retrata a René Descartes en busca del silencio y de la soledad en Holanda para dedicarse a escribir el Discurso del método y sus Meditaciones metafísicas. La pirueta inicial es asombrosa y recuerda un poco al poder del cine para recorrer décadas en apenas unas escenas (en este caso serían pasajes o viñetas literarias): el libro arranca en la Galia acosada por los romanos y en su ejemplar resistencia y atraviesa el tiempo hasta llegar a Descartes, involucrando en la historia europea y su ruta hacia la racionalidad a reyes, filósofos, escritores y cardenales. Breve y magistral, ahí va un fragmento:

La evidencia de una vida enteramente dedicada al conocimiento sola la tenemos nosotros. Los espíritus independientes que pusieron los fundamentos de un saber puro dudaron en emanciparse de los marcos tradicionales, familiar, lingüístico, geográfico, social de donde el ser humano, desde siempre, ha obtenido lo esencial de su humanidad. La obra de Descartes contiene tantas elipsis, omisiones y silencios, o más, como demostraciones. No tenía tiempo y era consciente de ello. Pero ¿cómo no lamentar que sea tan conciso sobre el efecto que tantos hombres a los que conoció, tantos acontecimientos y países, en esos años de aprendizaje que lo ven cabalgar en compañía de la soldadesca, buscando el trato de los sabios y luego, de nuevo, marchar con la soldadesca? ¡Qué extrañeza nos produce, a nosotros, pero probablemente también a él, el trato alternado con asesinos profesionales, brutos entregados, entre combate y combate, al vino, a la mala vida, y con las escasas mentes ilustradas que entonces uno encontraba con toda seguridad, por poco que buscara, en las localidades europeas de cierta importancia, con las que se podía conversar inmediatamente, en latín, de los primeros principios y de los últimos fines!


[Editorial Minúscula. Traducción de David Stacey]

Trailers de The Conjuring


I, Frankenstein: primeros carteles




Trailer de Therese


Edge of Tomorrow: primer cartel


Cory Monteith (1982 - 2013)


viernes, julio 12, 2013

Historia de una novela, de Thomas Wolfe


Hace ya muchos años, conversando con Juan Manuel de Prada, me dijo algo que nunca olvido (y estoy parafraseando): que el problema del escritor es que quiere escribirlo todo, contarlo todo, reflejar cuanto ha visto, oído, experimentado o leído. Algo así me comentó. Esa tarea resulta imposible y la empresa suele ser heroica, casi hercúlea. Y entonces el escritor debe domar sus impulsos y luchar contra la obra que lleva dentro, que casi siempre es monstruosa. Esto último lo refleja a la perfección el gran Thomas Wolfe en este breve y magnífico ensayo (74 páginas, que se quedan en alrededor de 60 si exceptuamos el prólogo del traductor y las páginas de cortesía).

Historia de una novela, que lleva por subtítulo El proceso de creación de un escritor, es uno de esos libros ya difíciles de encontrar y poco conocidos, pese a que Mario Vargas Llosa lo citara al inicio de sus Cartas a un joven novelista. Es un ensayo autobiográfico que necesitaría una urgente reedición. Sus páginas nos sirven para comprender el estilo tan torrencial y excesivo de Thomas Wolfe, por qué era así y por qué escribía novelas que requirieron tantas amputaciones. En uno de los pasajes, Wolfe afirma que su memoria es algo prodigioso, fuera de lo común: que es capaz de recordarlo absolutamente todo, y no sólo en lo que se refiere a las caras, los diálogos y los escenarios, sino cualquier detalle mínimo (el ruido de una puerta, el susurro de una hoja, el modo en que el sol iluminaba un cuarto, los colores y los tamaños de las habitaciones en las que durmió, el chirriar de una silla…), y que su cometido consistía en expresarlo mediante la escritura; a mí me ha recordado a esas películas de superhéroes en las que el protagonista es consciente de todo cuanto hay a su alrededor y casi se vuelve loco antes de dominar su poder (pensemos, por ejemplo, en Superman o en Spiderman).

Pero también debemos imaginar a Wolfe subido a esa ballena que era cada uno de sus libros (especialmente el segundo, Del tiempo y el río), a punto de ahogarse con ella, arrastrado hacia la locura y hacia el desánimo. Esa metáfora no es gratuita ni la he inventado yo: a algo similar se alude en el ensayo. Wolfe cuenta cómo empezó a escribir, cómo conoció el éxito de la crítica y el desprecio de los habitantes de su pueblo, y cómo esa segunda novela se convirtió para él en un monstruo indomable, compuesto por millones de palabras que sólo pudo recortar con la ayuda de su editor, el legendario Maxwell Perkins. Wolfe era el escritor total, consumido por su trabajo y entregado en cuerpo y alma a esa misión: escribir sin descanso y sin medida.

En fin, que son sólo 60 páginas, pero dan mucho juego. Al menos a mí me lo han dado. Es un ensayo que debería leer cualquiera que se dedique a la literatura o tenga intención de hacerlo. He tomado muchas notas y aquí os las dejo: 

Soy sólo un escritor profesional; ni siquiera un escritor hábil. Soy sólo un escritor que está en camino de aprender su oficio y descubrir el tono, la estructura y la articulación del lenguaje que tengo que hallar para realizar la obra que me he propuesto.

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Como Joyce, yo escribía de cosas que conocía, de la vida inmediata y apoyándome en hechos que me habían sido familiares en la niñez. A diferencia de Joyce, yo carecía de experiencia literaria. Nunca antes había publicado nada.

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Empero, mi libro, los personajes con los que lo había poblado, el colorido y la atmósfera del universo que yo había creado, me tenían poseído, y así escribía y escribía con esa viva pasión con que escribe un joven que no ha sido publicado y que no obstante está seguro que todo lo que hace es bueno y saldrá bien. Esta es una cosa curiosa y difícil de explicar, aunque fácil de comprender para cualquier escritor. Yo anhelaba la fama, como la anhela todo escritor joven; sin embargo, la fama era algo radiante, halagüeño y sumamente incierto.

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Recurrí por último al editor que me había descubierto y trabajado conmigo y le pregunté si podía predecir el destino que tendría mi obra y el juicio que recibiría. Me contestó que apenas podía decirme nada, que no podía profetizar ni saber qué ventajas me reportaría. Dijo: “Todo lo que sé es que no podrán dejarlo pasar en silencio, no podrán ignorarlo. El libro encontrará su camino”.

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En primer lugar, no había previsto algo que se vuelve absolutamente claro después que uno ha escrito un libro, pero que resulta imprevisible cuando aún no se ha escrito. Ello es que se escribe un libro no para recordarlo, sino para olvidarlo. Esto se me hacía evidente ahora. Tan pronto como el libro estuvo en prensa empecé a olvidarlo, quería olvidarlo, no quería que la gente lo mencionara o me preguntara por él. Lo que deseaba era que me dejaran solo y no me dijesen una palabra acerca del libro. Y sin embargo, ansiaba desesperadamente su triunfo.

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Mi libro fue catalogado como una novela autobiográfica. Protesté contra este término en el prefacio que le escribí, sosteniendo que cualquier trabajo serio de creación es necesariamente autobiográfico y que había pocas obras más autobiográficas que Los viajes de Gulliver.

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Como dije, tengo la convicción de que todo trabajo creador serio tiene que ser en el fondo autobiográfico, y que un hombre tiene que usar materiales sacados de su propia experiencia si quiere crear algo que posea un valor sustancial. Pero asimismo estoy convencido de que a menudo el escritor joven es guiado por su inexperiencia al hacer uso de materiales vivos que son, tal vez, demasiado crudos y directos para los propósitos de un trabajo artístico. Lo que un escritor joven hace es algo parecido a confundir los límites entre exactitud y realidad.

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No hay nada comparable a la entrega al arte; nada comparable a esa época en que el artista puede trabajar en una atmósfera placentera, libre de las agonías que otros hombres conocen; mas si el artista no la encuentra, tampoco debe sentarse a esperarla; no puede aguardar por ella indefinidamente para trabajar.

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Un escritor joven, sin público, no siente la presión del tiempo del mismo modo que un escritor que ya ha sido publicado y tiene que empezar a pensar en programas, temporadas de publicación, en la terminación de su próximo libro.

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Por donde quiera, en esos años, vi la evidencia de una incalculable ruina y sufrimiento. Mi propia gente, los miembros de mi familia, estaban arruinados; habían perdido todo su bienestar material y lo que habían conseguido reunir a lo largo de toda una vida en lo que fue llamado la Depresión. Y esa calamidad general golpeó de un modo u otro la vida de casi todos los que conocía. […] Vi actos de repugnante violencia y crueldad, la arrogancia de los poderosos; una autoridad cruel y corrupta pisoteando despiadadamente las vidas de los pobres, los débiles, los infelices y los indefensos de la tierra.

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Cuando la obra de un hombre ha brotado de él por espacio de casi cinco años como lava ardiente, cuando a todo, incluso a lo superfluo, se le ha dado fuego y pasión, se ha fraguado al rojo vivo con las energías creadoras, es muy difícil convertirse de pronto en un frío cirujano, en un implacable extirpador.

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Lo que había escrito acerca del tren era bueno. Pero lo que tenía que afrontar, la amarguísima lección que todo el que quiera escribir debe aprender, es que un escrito puede ser en sí la pieza más acabada que uno haya hecho jamás, y no obstante no tener cabida en el manuscrito que se quiere publicar. Esto es algo muy duro, pero hay que afrontarlo, y nosotros lo afrontamos.


[Editorial Pliegos. Traducción de César Leante]

Trailer de Breaking the Girls




Richard Ford: entrevista en La Nación


-Pero ¿cómo es el tema con las reseñas?

-Muy simple. No las leo. Las buenas no me dejan lo suficientemente contento y las malas me dejan realmente mal. Y sí, se me pasa por la cabeza golpear al que las escribió. Pero Kristina disfruta leyéndolas y ocasionalmente me cuenta algún parrafito que piensa que me gustará. Nunca es suficiente. Ni las buenas me dejan medianamente feliz. Respecto a escribir reseñas yo, muchas veces me lo han pedido y siempre me he negado. No creo tener un sano juicio. Además, la mayor parte de los libros no son buenos para empezar, y encima uno puede estar de un humor de perros el día que lee un libro en particular, escribir para defenestrarlo, y tiempo después arrepentirse. Efectivamente pienso que un libro nuevo es como un joven haciendo dedo al costado de la ruta. Si no vas a poder ayudarlo subiéndolo a tu lado, no lo pises con una mala reseña; ignóralo y sigue tu camino.

Más: aquí.