martes, julio 16, 2013

Una habitación en Holanda, de Pierre Bergounioux



En unas 90 páginas Pierre Bergounioux nos sirve una delicatesen: retrata a René Descartes en busca del silencio y de la soledad en Holanda para dedicarse a escribir el Discurso del método y sus Meditaciones metafísicas. La pirueta inicial es asombrosa y recuerda un poco al poder del cine para recorrer décadas en apenas unas escenas (en este caso serían pasajes o viñetas literarias): el libro arranca en la Galia acosada por los romanos y en su ejemplar resistencia y atraviesa el tiempo hasta llegar a Descartes, involucrando en la historia europea y su ruta hacia la racionalidad a reyes, filósofos, escritores y cardenales. Breve y magistral, ahí va un fragmento:

La evidencia de una vida enteramente dedicada al conocimiento sola la tenemos nosotros. Los espíritus independientes que pusieron los fundamentos de un saber puro dudaron en emanciparse de los marcos tradicionales, familiar, lingüístico, geográfico, social de donde el ser humano, desde siempre, ha obtenido lo esencial de su humanidad. La obra de Descartes contiene tantas elipsis, omisiones y silencios, o más, como demostraciones. No tenía tiempo y era consciente de ello. Pero ¿cómo no lamentar que sea tan conciso sobre el efecto que tantos hombres a los que conoció, tantos acontecimientos y países, en esos años de aprendizaje que lo ven cabalgar en compañía de la soldadesca, buscando el trato de los sabios y luego, de nuevo, marchar con la soldadesca? ¡Qué extrañeza nos produce, a nosotros, pero probablemente también a él, el trato alternado con asesinos profesionales, brutos entregados, entre combate y combate, al vino, a la mala vida, y con las escasas mentes ilustradas que entonces uno encontraba con toda seguridad, por poco que buscara, en las localidades europeas de cierta importancia, con las que se podía conversar inmediatamente, en latín, de los primeros principios y de los últimos fines!


[Editorial Minúscula. Traducción de David Stacey]