Hace 54 minutos
lunes, marzo 18, 2013
El atlas de las nubes
No sabía si ir a ver esta película hasta que Jordi Carrión habló de ella en Facebook para recomendarla. Hasta entonces no lo tenía claro: la novela no me entusiasmó y la película obtuvo bastantes críticas negativas. Ahora puedo decir que ha merecido la pena aunque el producto resultante no sea perfecto. Vayamos por partes:
-Años atrás, antes de que se pusiera de moda, compré los libros que la desparecida editorial Tropismos publicó del británico David Mitchell. El primero me fascinó: me refiero a Escritos fantasma, que espero reediten pronto. Aún no he leído el tercero (El bosque del cisne negro), pero sí el segundo: El atlas de las nubes. La estructura de este libro es todo un logro, así como las conexiones e influencias que Mitchell suele establecer entre los personajes incluso aunque entre ellos medien décadas, a veces siglos. En dicha novela cuenta varias historias cuyos personajes se influyen entre ellos. El problema era que algunas de esas historias eran sublimes (por ejemplo, las que transcurren en 1849 y 2144), otras eran interesantes o entretenidas y algunas me aburrieron bastante. Por eso, y es una impresión muy personal, en general el libro me inquietó y me hizo bostezar a ratos: las ganas de acabar ciertos capítulos me depararon una lectura ardua.
-En la adaptación al cine, dirigida por los Wachowski y Tom Tykwer, esto no sucede. Y es gracias al montaje: se trata de un montaje muy dinámico (a lo The Wire, alternando muchas historias y escenas en poco tiempo), en el que no te da tiempo a aburrirte con alguno de los episodios porque en seguida pasan al siguiente, y así en un lapso de cinco minutos has estado en la Inglaterra contemporánea y saltado a un futuro lejano (2144) y a otro aún más lejano (2321) y vuelto deprisa al San Francisco de los 70, etcétera. Ese montaje fragmentario y veloz es, por cierto, el que yo intenté (en literatura) en mi novela Vivir y morir en Lavapiés. Dicha alternancia de secuencias, personajes, escenarios y épocas, sin embargo, dificulta un poco la comprensión en los primeros minutos (y es la causa de que muchos espectadores salgan del cine sin enterarse de lo que han visto). Cuesta meterse en El atlas de las nubes, cuesta adaptarse y seguir el hilo, es cierto. Pero poco a poco se consigue: no estamos ante una peli de filmoteca, sino ante un intento de blockbuster. Cuando uno sale del cine debe recomponer en su cabeza los fragmentos y unirlos con paciencia. Es una experiencia que enriquece. Y, aunque uno no se entere, debería reconocer que la película es un festín para los sentidos: los paisajes, la puesta en escena, los efectos visuales, la banda sonora, algunos diálogos…
-El mayor inconveniente de El atlas… no es su duración (casi tres horas que no se notan), sino la suma de sus maquillajes, prótesis y pelucas. Cada uno de los actores interpreta a varios personajes, a veces son personajes con peso en la trama, otras veces son meros figurantes y en ocasiones apenas se les vislumbra. En algunos casos, muy pocos, los maquillajes están tan logrados que uno no reconoce al actor o a la actriz: por ejemplo, se me escaparon un par de papeles de Susan Sarandon, y Hugh Grant está irreconocible como el guerrero Kona. En la mayoría de esos casos son horrendos, cómicos hasta el punto de recordarnos a las caretas de Muchachada Nui y La hora chanante, con narizones gigantes, pelucas a las que casi se les ve la etiqueta y maquillajes en los que, queriendo hacer pasar a un actor por mujer (por ejemplo, Hugo Weaving), realmente parecen travestis con trastornos de la piel. Esto que digo tiene más importancia de la que crea quien no haya visto la película, pues en algunas escenas pierde credibilidad. No sé qué ocurre en el cine contemporáneo para que, en los últimos años, los maquillajes se noten más falsos que antaño; vean J. Edgar, sin ir más lejos.
-Otro de los aciertos del filme, aunque para algunos espectadores sea uno de sus errores, es la teoría que plantea sobre el tiempo y la vida, según la cual nos vamos reciclando, vivimos otras vidas paralelas y, si morimos, sólo estamos cerrando una puerta que nos facilita el camino hacia otra puerta con la que acceder a otros mundos. Según el escritor y los directores, todo está conectado, y lo que alguien haga o diga en el siglo XIX podría influir en el siglo XXII, etcétera.
-Años atrás, antes de que se pusiera de moda, compré los libros que la desparecida editorial Tropismos publicó del británico David Mitchell. El primero me fascinó: me refiero a Escritos fantasma, que espero reediten pronto. Aún no he leído el tercero (El bosque del cisne negro), pero sí el segundo: El atlas de las nubes. La estructura de este libro es todo un logro, así como las conexiones e influencias que Mitchell suele establecer entre los personajes incluso aunque entre ellos medien décadas, a veces siglos. En dicha novela cuenta varias historias cuyos personajes se influyen entre ellos. El problema era que algunas de esas historias eran sublimes (por ejemplo, las que transcurren en 1849 y 2144), otras eran interesantes o entretenidas y algunas me aburrieron bastante. Por eso, y es una impresión muy personal, en general el libro me inquietó y me hizo bostezar a ratos: las ganas de acabar ciertos capítulos me depararon una lectura ardua.
-En la adaptación al cine, dirigida por los Wachowski y Tom Tykwer, esto no sucede. Y es gracias al montaje: se trata de un montaje muy dinámico (a lo The Wire, alternando muchas historias y escenas en poco tiempo), en el que no te da tiempo a aburrirte con alguno de los episodios porque en seguida pasan al siguiente, y así en un lapso de cinco minutos has estado en la Inglaterra contemporánea y saltado a un futuro lejano (2144) y a otro aún más lejano (2321) y vuelto deprisa al San Francisco de los 70, etcétera. Ese montaje fragmentario y veloz es, por cierto, el que yo intenté (en literatura) en mi novela Vivir y morir en Lavapiés. Dicha alternancia de secuencias, personajes, escenarios y épocas, sin embargo, dificulta un poco la comprensión en los primeros minutos (y es la causa de que muchos espectadores salgan del cine sin enterarse de lo que han visto). Cuesta meterse en El atlas de las nubes, cuesta adaptarse y seguir el hilo, es cierto. Pero poco a poco se consigue: no estamos ante una peli de filmoteca, sino ante un intento de blockbuster. Cuando uno sale del cine debe recomponer en su cabeza los fragmentos y unirlos con paciencia. Es una experiencia que enriquece. Y, aunque uno no se entere, debería reconocer que la película es un festín para los sentidos: los paisajes, la puesta en escena, los efectos visuales, la banda sonora, algunos diálogos…
-El mayor inconveniente de El atlas… no es su duración (casi tres horas que no se notan), sino la suma de sus maquillajes, prótesis y pelucas. Cada uno de los actores interpreta a varios personajes, a veces son personajes con peso en la trama, otras veces son meros figurantes y en ocasiones apenas se les vislumbra. En algunos casos, muy pocos, los maquillajes están tan logrados que uno no reconoce al actor o a la actriz: por ejemplo, se me escaparon un par de papeles de Susan Sarandon, y Hugh Grant está irreconocible como el guerrero Kona. En la mayoría de esos casos son horrendos, cómicos hasta el punto de recordarnos a las caretas de Muchachada Nui y La hora chanante, con narizones gigantes, pelucas a las que casi se les ve la etiqueta y maquillajes en los que, queriendo hacer pasar a un actor por mujer (por ejemplo, Hugo Weaving), realmente parecen travestis con trastornos de la piel. Esto que digo tiene más importancia de la que crea quien no haya visto la película, pues en algunas escenas pierde credibilidad. No sé qué ocurre en el cine contemporáneo para que, en los últimos años, los maquillajes se noten más falsos que antaño; vean J. Edgar, sin ir más lejos.
-Otro de los aciertos del filme, aunque para algunos espectadores sea uno de sus errores, es la teoría que plantea sobre el tiempo y la vida, según la cual nos vamos reciclando, vivimos otras vidas paralelas y, si morimos, sólo estamos cerrando una puerta que nos facilita el camino hacia otra puerta con la que acceder a otros mundos. Según el escritor y los directores, todo está conectado, y lo que alguien haga o diga en el siglo XIX podría influir en el siglo XXII, etcétera.
viernes, marzo 15, 2013
2020, de Javier Moreno
La Navidad siempre me había parecido un tiempo extraño. Un tiempo que era la inminencia de algo que casi siempre acababa decepcionándonos. Un espectáculo de magia al que nos convocaba puntualmente el calendario y tras el cual siempre quedaba una chistera vacía.
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El lenguaje de la miseria está hecho de gruñidos y monosílabos. La pobreza empieza por la precariedad de la sintaxis.
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Los chinos son una raza indudablemente superior. Los chinos son una raza con paciencia. Y el éxito de una civilización se mide por la paciencia. La paciencia de los chinos es la roca en la que rompe la exasperación del resto de civilizaciones.
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La crisis lo ha cambiado todo. La realidad había descubierto sus costuras y a través de ellas asomaba un magma de posibilidades. Tenían razón los que pregonaban que la crisis era una época de oportunidades. La miseria siempre ha sido una oportunidad al alcance de cualquiera.
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Todos tenemos algo que ver con los chinos. La historia es como un tablero de Monopoly. Los que solo creen en el dinero crecen rápido y se desinflan más rápido todavía. Los que creen en la eternidad duran un poco más, edifican templos, fundan burocracias, pero acaban estancándose y decayendo. Solo los que creen que el tiempo es cíclico logran perpetuarse. Ellos son los que se acaban haciendo con todo el tablero. Puede que estén a punto de retirarse del juego, pero aguantan, observan a los ganadores, descubren sus puntos flacos y aguardan el momento propicio para levantarse y cobrar fuerzas renovadas. Ahora lo saben todo de su enemigo. El tiempo corre hacia atrás, las agujas giran en sentido inverso. El derrotado sabe ahora cómo resolver las contradicciones, cómo salvar los obstáculos. El victorioso intentará aferrarse a la estrategia que lo llevó al éxito sin darse cuenta de que sus pasos ya están calculados y neutralizados de antemano por su víctima.
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Lo cierto es que, por motivos que más tarde aclararé, acabé siendo uno más de los sin techo que buscan cobijo en los aviones abandonados en las inmediaciones de la T4. Quizá ya conozcan la historia. Aviones comerciales y jets privados cuyos propietarios quebraron o no pudieron hacerse cargo del alquiler de las plazas que los aparatos ocupaban en el aeropuerto y a los que un cálculo elemental de costes y beneficios llevaron a la conclusión de que resultaba preferible abandonar a su suerte. Todo esto ocurrió en la primavera de 2018.
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Una población adoctrinada con los más altos valores de la tolerancia y el pacifismo y apesebrada en un redil mediático y cultural de mediocridad en manos de unas élites económicas y políticas sin escrúpulos educadas en la competitividad y en la ley del más fuerte. Eso era España. Ni siquiera había pastor. Los lobos se habían puesto a cuidar directamente de las ovejas.
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Un hijo viene al mundo para distanciarte de la mujer. La esposa desaparece para convertirse en madre. Y el hombre piensa que la exigencia es lo menos que se puede pedir a quien ha venido al mundo para echarte de la cama y provocarte insomnio y modificar hasta lo irreparable el cuerpo que servía para tu placer. Pero ama a sus hijos, los ama a pesar de todo. Por encima de todo.
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Empecé a escribir solo por curiosidad, por espíritu contradictorio. Un hombre que no se contradice es un hombre incompleto.
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La ficción había ocupado el lugar de lo real. Y a nosotros nos tocaba pagar por el espectáculo.
jueves, marzo 14, 2013
Antonio Pérez Morte (1960 - 2013)
ESCOMBROS
Sólo desilusión nos queda a esta altura de la vida,
el recuerdo obsesivo del continuo sangrar de la utopía,
del hombre en cenizas que agoniza.
Tan sólo desilusión, escombros, ruina.
Tan sólo soledad y una mentira.
**
LA CICATRIZ TRANSPARENTE
Sólo queda el recuerdo,
es decir, la cicatriz transparente.
Vivir amnésico
el resto de la muerte,
y paladear cada renuncia.
Sólo queda
esperar el milagro
de perder la razón
y volverse masoquista,
para gozar el dolor
que cada día nos brinda.
**
Escribo para evadirme del desastre,
para reencontrarme conmigo.
Para huir. Para volver.
Escribo como respiro.
Hoy, en Madrid
20:00 horas. Librería Tipos Infames (Calle San Joaquín, 3). Presentación de la novela 2020, con la presencia del autor, Javier Moreno, acompañado de Jorge Lago y Peio Riaño.
19:00 horas. Fnac Castellana. Presentación de la novela Historia de una mirada, con la presencia de la autora, Rebeca García Nieto, acompañada de Alberto Olmos y Miguel Ángel Moreno.
miércoles, marzo 13, 2013
Oz, un mundo de fantasía
Sam
Raimi es un director siempre interesante que, sin embargo, no ha vuelto a hacer
nada tan rotundo e impactante como Un plan sencillo (año 1998). Para mí hay dos
Raimis: el Sam Raimi que arriesga y que pertenece a una primera etapa de su carrera (y aquí estarían la trilogía de Evil Dead, de
la que mi favorita siempre será Terroríficamente muertos; y estarían, además, Darkman,
Rápida y mortal y la citada Un plan sencillo) y el Sam Raimi plegado a la
industria en una segunda etapa (la trilogía de Spiderman, de la que mi favorita siempre será la 2ª
parte; Premonición, Entre el amor y el juego y Arrástrame al infierno: no he
visto ninguna de las dos últimas por pereza y desgana).
Oz, un mundo de fantasía, es evidente, entra
dentro de la 2ª etapa: no por cronología, sino porque Raimi ha hecho como Tim
Burton y se ha adaptado totalmente a la industria y a los trabajos de encargo. De
hecho, cuando estábamos en el cine, esperando a que empezara la película, me dio la impresión de que alguien quería repetir el
éxito de la versión Burton de Alicia en el País de las Maravillas: es decir, tomar un cuento clásico
infantil/juvenil, darle la vuelta y crear algo nuevo, respaldado con un
director de culto capaz de manejar un blockbuster. Luego vi que uno de los
productores es el mismo de Alicia. Pero hay diferencias: mientras Alicia es la
peor película de la filmografía burtoniana, Oz se deja ver. Partiendo de lo que
nos cuentan (casi en píldoras) en el primer libro sobre el pasado del Mago de
Oz, Raimi ha reconstruido lo que podría ser la juventud de dicho personaje. El trabajo
de James Franco es indispensable en esta película porque le aporta carisma y el
humor adecuado para que sepamos que estamos en un filme del director de El ejército de las tinieblas, y que por
tanto no hay que tomárselo todo muy en serio.
A Raimi, igual que a Zemeckis, se le nota el oficio. Y su trío de lobas recuerda un poco al que juntó George Miller para Las brujas de Eastwick. Disfruté con Oz, me entretuvo durante dos horas y hay secuencias que podrían perdurar (la reparación de la muñeca de porcelana, el prólogo en blanco y negro, el momento en que el Mago decide timar a sus enemigos con trucajes e ilusión)… pero, para que nos entendamos, echo de menos al Raimi de antaño, el de la primera etapa (y, ojo, me encanta su trilogía sobre Spiderman, pero es tan irregular que no llega a la altura de Evil Dead).
A Raimi, igual que a Zemeckis, se le nota el oficio. Y su trío de lobas recuerda un poco al que juntó George Miller para Las brujas de Eastwick. Disfruté con Oz, me entretuvo durante dos horas y hay secuencias que podrían perdurar (la reparación de la muñeca de porcelana, el prólogo en blanco y negro, el momento en que el Mago decide timar a sus enemigos con trucajes e ilusión)… pero, para que nos entendamos, echo de menos al Raimi de antaño, el de la primera etapa (y, ojo, me encanta su trilogía sobre Spiderman, pero es tan irregular que no llega a la altura de Evil Dead).
Padre
Padre no ha leído nunca a Joyce,
Ni a Flannery O’Connor,
Padre no ha leído nunca a Carver.
Padre trabajaba de sol a sol
Como una bestia de carga.
A padre no le gusta Beethoven
Sufre de los hombros.
No le gustan Mozart, Telemann o Mahler
No soporta el dolor de espalda.
Padre trae el pan a casa
Y no tiene tiempo para mariconadas.
Padre no distingue el Art noveau del Dadaísmo
Y no conoce el pensamiento
De Kierkegaard o de Engels.
Cuando el cielo está nublado
A padre le aplasta el peso de su sombra.
Cuarenta años
Para comprender y admirar a padre,
A mi padre
Que trabajaba de sol a sol.
Mucho leer
Para no saber nada.
Jorge Espina, Asturcones. Treinta y un poetas de Asturias, de Varios Autores
martes, marzo 12, 2013
El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon
Aunque
tengo en casa todos los libros de Chabon traducidos en España, aún no los he
leído todos. Mi favorito sigue siendo Jóvenes prodigiosos; y luego Las
asombrosas aventuras de Kavalier y Clay. Compré en su momento su ucronía El
sindicato de policía yiddish, pero fui aplazando su lectura (en parte por
pereza y en parte por la disparidad de críticas que tuvo). Ahora que tengo ya
entre manos su nueva novela, el tocho Telegraph Avenue, de la que haré una reseña para
El Cuaderno, me ha parecido oportuno leer por fin este libro. No quiero
extenderme porque a estas alturas ya se habrá dicho de todo sobre El sindicato…
Para mí es una novela irregular: algunos pasajes me parecen impecables, propios
de ese hábil narrador que es Chabon; otros, en cambio, me aburrieron o me
hicieron perder el interés. Sobre todo porque al principio cuesta habituarse al
universo planteado por Chabon, en el que los judíos han sido destinados a
Alaska tras la Segunda Guerra Mundial. Los Coen estuvieron a punto de adaptarla
al cine y no sé si seguirán en ello o habrán abandonado el proyecto. Por sus
páginas desfilan muchos personajes estrambóticos, que encajan con el universo
Coen, y contiene diálogos con bastante humor que reflejan el homenaje del
escritor al género negro. Os dejo con la brillante descripción del
protagonista, el detective Meyer Landsman:
Landsman es un tipo duro, a su
manera, con tendencia a hacer apuestas arriesgadas. Lo han llamado tipo duro e
insensato, lo han llamado momzer y chiflado hijo de puta. Se ha enfrentado a
shtarkers y a psicópatas, le han disparado, le han dado palizas, lo han
congelado y lo han quemado. Ha perseguido a sospechosos entre murallas
centelleantes de tiroteos urbanos y en las profundidades de bosques infestados
de osos. Alturas, multitudes, serpientes, casas en llamas, perros entrenados
para odiar el olor de los policías, todo se lo ha quitado de encima sin
esfuerzo o bien ha actuado pese a ello. Pero cuando se encuentra a sí mismo en
espacios sin luz o cerrados, algo en el alma animal de Meyer Landsman se
retuerce. Solo lo sabe su ex mujer, pero el detective Meyer Landsman le tiene
miedo a la oscuridad.
[Traducción de Javier Calvo]
Flight (El vuelo)
Quería
ver Flight por dos razones: la dirección de Robert Zemeckis (una de mis
debilidades) y la interpretación de Denzel Washington (que sigue siendo uno de
los grandes). El tema, el argumento, la película en sí… no me interesaban
demasiado. Y me he llevado una pequeña sorpresa porque, aunque no se trate de
un peliculón, Zemeckis te engancha desde el principio. Para empezar, la
película la han vendido mal. En los trailers y en los anuncios tratan de
mostrarnos una historia de juicios y de viajes en avión y de catástrofes. Y,
aunque Flight tiene algo de eso, en realidad es un filme sobre el alcoholismo. Una
especie de Leaving Las Vegas, con un hombre obstinado en autodestruirse; un
hombre que acaba envuelto en la telaraña de sus mentiras. Mientras uno ve
Flight piensa: “Este tío (Zemeckis) tiene oficio, se le nota, aún sabe cómo
contar una historia para el público adulto tras sus años dedicado a la
animación”.
Ese oficio, sin embargo, no resiste el empuje de cierto tufillo
conservador que jode un poco el resultado final. Daré dos ejemplos (y son
SPOLIERS): Hollywood está muy pendiente de quiénes fuman en sus películas, y es
notorio que, en ésta, sólo fumen tres personajes marcados por la cercanía de la
muerte o adictos a diversas sustancias (la adicta a las drogas que sobrevive a
un mal viaje, el piloto que se machaca con alcohol y cocaína y lo que se
tercie, el enfermo de cáncer de pulmón), y esos tres personajes confluyen en
una escena, los tres con sus pitillos; el segundo ejemplo atañe a la conclusión
de la película, ya que, inevitablemente, acaban saliendo los conceptos de
culpa, redención, etcétera. Por lo demás, ya digo: Zemeckis sabe contar la
historia de un piloto que salva a casi todo el pasaje del avión pero del que se
descubre que lo hizo drogado y bebido, lo cual plantea interesantes debates; y,
por si fuera poco, Washington hace un gran trabajo.
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