jueves, enero 18, 2007

Portadas exquisitas


Down and Dirty Pictures: Miramax, Sundance, and the Rise of Independent Film, libro de ensayos de Peter Biskind, traducido por Anagrama como Sexo, mentiras y Hollywood. Miramax, Sundance y el cine independiente.

Desconfianza (La Opinión)

Tomando unas cañas me contó un amigo la anécdota que había vivido en la calle. Caminaba por una acera y, de lejos, al fondo, vio cómo una mujer parecía preguntar algo a un transeúnte. La mujer llevaba algo en la mano. Pero el transeúnte no quiso detenerse. Hizo uno de esos gestos de alejamiento, que todos practicamos en la calle cuando se nos acerca un vendedor de relojes o una chica con un bloc para hacernos una encuesta: consiste en mover la mano, como si espantáramos a una mosca, y tal vez en decir que no, que no nos interesa, que tenemos prisa. La mujer trató de preguntar a otra persona. Según mi amigo se acercaba al lugar donde ella permanecía, creyó entender que necesitaba ayuda. Que estaba preguntando algo, pero nadie se paraba. Por fin, él llegó a su altura. Cuando la mujer se dirigió a él, mi colega se detuvo. A escuchar. Ella, muy amable, dijo: “Perdone, tengo una moneda de dos euros y necesito suelto para la máquina de la ORA. ¿Tendría cambio?” Mi colega se sorprendió. Todo el mundo había salido por piernas cuando ella se acercaba. No vestía mal, no mostraba síntomas de padecer nada contagioso ni de ser una atracadora. Era una mujer como usted o como yo, o como mi amigo: alguien metido en un aprieto porque no disponía de cambio. Mi amigo le dijo: “No faltaría más. Y, si es necesario, le presto el dinero”. Después de contárnoslo, apuntaba: “Me pareció increíble la desconfianza de la gente. Una pobre mujer que ni siquiera está pidiendo que le des dinero. Sólo pedía un favor. Cambio. Algo tan sencillo como eso”.
Este amigo del que hablo trabaja, además, en la radio. Antes estaba en Alicante, y ahora lo han trasladado a Madrid. En un especial radiofónico de Navidades se le ocurrió poner en práctica una idea, algo parecido al “Siente un pobre a su mesa”. Llamaba por teléfono desde la emisora, y escogía números al azar. A quien respondiese al teléfono le contaba una historia inventada: decía ser un individuo solitario, que se había pasado muchos años cenando solo en Nochebuena, y que, como no tenía a nadie, ni amigos ni familiares, se le había ocurrido llamar a alguien al azar y pedirle que le invitara a cenar con su gente. Para sentirse menos solo. Dado que él interpreta con mucha eficacia este tipo de papeles, las personas al otro lado del teléfono picaban el anzuelo. Pero ponían excusas, o le mandaban a paseo, o le decían que quién se creía que era. Nadie puso su granito de arena para eso que llamamos ser solidario. “Mucha Nochebuena y mucha felicidad y bondad y todo eso, pero nadie es capaz de ayudar al prójimo”, me dijo. Tras cada llamada, les aclaraba que se trataba de una broma para un especial de la radio. Entonces se relajaban: ya no había compromiso.
Estas dos anécdotas, en las que interviene el mismo amigo, revelan de manera muy clara cómo somos. En qué nos hemos convertido. Al personal le gusta, en estos tiempos, ir con la bandera de la solidaridad y lo políticamente correcto, trata de cambiar el lenguaje y manifestar que ya no debemos hablar de ciegos, sino de “discapacitados visuales”, ni decir gordos, sino “fuertes”, ni nombrar a los negros y a los blancos, sino llamarlos “afroamericanos” y “subsaharianos” y “caucásicos”, pero, a la hora de la verdad, aquí nadie se moja. Todo es palabrería vana, poses de cara a la galería y cartas a los directores de los periódicos demostrando lo correcto que es uno con el prójimo. Por culpa del miedo y la inseguridad y, sobre todo, la desconfianza, nos hemos convertido en esa clase de personas. No me excluyo. En ocasiones (no siempre, por fortuna) he huido de quien, en la calle, se me acercaba, tal vez a pedirme un favor.

miércoles, enero 17, 2007

Citas. 24



No quiero ver personas muertas: después no puedo recordarlas como vivas.

Adolfo Bioy Casares, El perjurio de la nieve

Visiones 2006. Contraportada


Ya tengo un ejemplar de Visiones 2006, pero aún no había colgado la contraportada. Pinchar en la foto para aumentarla.

Cambios de imagen (La Opinión)

Tenía la televisión encendida, como ruido de fondo, y entonces apareció un reportaje sobre un programa nuevo: “Cambio radical”. Levanté la vista del periódico, o del libro, o de lo que estuviera leyendo, y vi el publirreportaje. Las escenas pertenecían a la versión americana de tal programa. He de decir que me parecieron totalmente bochornosas. Seleccionaban a una mujer de aspecto vulgar; no era guapa, pero tampoco horrible. Mecánica de profesión y entrada en carnes. Iba vestida con ese chándal que les gusta tanto a los yanquis cuando se ponen a pasear al perro en las proximidades de sus casas con césped recién cortado. El pelo, sujeto en una cola de caballo. Se le adivinaba alguna adiposidad en la cintura, y la nariz era algo ganchuda, pero no hasta el extremo de necesitar cirugía plástica. Cuando le comunicaron que había sido seleccionada, se puso a gritar y le flojearon las rodillas. A mí me dio la impresión de que estaba sentada en el váter, con estreñimiento. Pero no: era alegría. Un equipo de expertos (peluqueros, entrenadores, cirujanos, y en ese plan) se la llevó a su base de operaciones. La familia deseaba suerte a la muchacha y la veía partir con la esperanza de que le devolvieran a una princesa.
Un montaje rápido mostró las escenas en las que a la mujer la empezaban a transformar. Le operaban la nariz, para que la curva fuese más suave. Le quitaban los michelines. Le metían silicona en los senos. Le arreglaban la papada y le cambiaban de peinado. Sin olvidar el sometimiento al ejercicio (o eso decían), un poco de maquillaje y un vestido con tirantes y zapatos de tacón. Cuando regresaba a los brazos de su familia, la aclamaban como suelen hacer los americanos, con mucho “Yeepa” y “Yiiiha”. En mi opinión, la chica parecía, sí, mucho más femenina (el truco era fácil: coger a una muchacha en chándal y zapatillas y con el cabello recogido y devolver a una tía vestida como si fuera a la fiesta de Nochevieja). Pero, en el fondo, igual de vulgar e incluso más horrible. Todo ese rollo de las operaciones podría haberse suplido sin gastar mucho dinero: bastaba con que ella misma cambiase de vestuario, y se pusiera a dieta unos días. Echen un vistazo a ese pastelón que se titula “Princesa por sorpresa” y demás comedias románticas algo vomitivas: el patito feo se convierte en cisne sólo con un corte de pelo y un vestuario sexy. No hace falta meter el bisturí. En algún otro canal, hace ya tiempo, recuerdo haber visto algún capítulo de la versión del programa en Estados Unidos. Resultaba aún más patético y bochornoso en el caso de los hombres. No solían pasar por el quirófano, pero sí por la peluquería y por una tienda de ropa. Al plató entraba un tipo con aspecto de “loser” y salía el mismo tipo con aspecto de “loser”, pero bendecido por el uso de las tijeras, la loción de afeitar y las pinzas. Un tipo como más limpio y al que habían depilado el entrecejo, afeitado la barba de cuatro días, acicalado para quitarle el peinado “turronero” y cambiado el habitual chándal por un traje con corbata. Ese era el cambio. Un ardid, vaya.
Quiero decir que estos cambios los puede hacer uno solo, sin necesidad de ponerse en manos de expertos ni aparecer en la tele ni hacer el ridículo. El cambio de imagen debe surgir de uno mismo. O, acaso, requerir la ayuda de una madre o de un colega con visión fresca y moderna. No piquen con estos programas. Por otro lado, nos confirman lo que la televisión siempre patenta: que lo que importa es la imagen, el aspecto exterior, el cómo nos ven los demás. Y a algunas personas no les hace falta un corte de pelo, sino un buen libro en las manos. Por poner un ejemplo.

martes, enero 16, 2007

Globos de Oro


Buen reparto de Globos, desde mi punto de vista. Han ganado algunos de mis favoritos: González Iñárritu por Babel, Eastwood por Cartas desde Iwo Jima, Scorsese por The Departed, Hugh Laurie por House, Desplat por El velo pintado. Ha habido sorpresas (el resucitado Eddie Murphy, el guionista de La reina, ningún premio para DiCaprio...) y premios cantados (Helen Mirren, Sacha Baron Cohen...) Almodóvar no podía ganar: se enfrentaba a Eastwood, que sigue siendo el más grande, le pese a quien le pese.

Lista de premios al completo, aquí.

Libro: América, América, de Xavier Moret


Moret advierte en las primeras páginas: Un viaje por los USA está forzosamente lleno de referencias al mundo de la música, al del cine y al de los libros. Por esa razón he disfrutado con este título, cuyo subtítulo es Viaje por California y el Far West. El autor viaja en un coche alquilado, en compañía de su mujer, de su hija y de una amiga de ésta, ambas adolescentes. Inevitablemente, se produce el choque cultural entre los adultos y las adolescentes. Donde los primeros ven las huellas de Dylan, de Blade Runner o de Sam Shepard, las segundas sólo saben de Nirvana, los McDonalds o la televisión.
Realizar este viaje, pues, en compañía de Moret, significa tropezarse a cada paso (en cada página) con montones de referencias. Cada rincón le recuerda a varias películas, discos y libros. Un viaje como los que yo mismo suelo hacer: haciendo alusión a las referencias culturales. Así, América, América no sólo trata de paisajes, tipos raros en las tiendas de souvenirs y librerías de los beat, sino que está impregnada de Kerouac, El graduado, Bukowski, Steinbeck, Eagles, Win Wenders, John Fante, El sueño eterno, Jim Morrison, Easy rider, Jack London, Tom Wolfe, Rebelde sin causa, Don McLean...

Portadas exquisitas


The New York Trilogy (edición de lujo), de Paul Auster, traducido por Anagrama como La trilogía de Nueva York.

Concursos estúpidos (La Opinión)

Los norteamericanos son únicos para inventarse extraños y estúpidos concursos. Leemos que una mujer de veintiocho años murió a causa de uno de estos concursos, en California. El lema elegido: “Aguanta tu pipí por una Wii”. Consistía en beber toda el agua posible sin ir al baño; el premio era una consola de Nintendo. Los organizadores repartían botellas de agua entre los concursantes; estos debían beber cada quince minutos. La chica en cuestión no ganó el premio. Pero luego se fue a casa con fuertes dolores y poco después la encontraron muerta. Las primeras investigaciones concluyeron que la mujer había fallecido “por intoxicación de agua”. Lo extraño es que a ninguno de los participantes le estallara la vejiga. Se trata de una noticia que he encontrado en varios diarios. Un concurso en el que uno debe beber mucha agua y aguantarse las ganas de orinar para que le den una consola constituye uno de los eventos más absurdos que he leído en mucho tiempo.
David Foster Wallace, gran narrador y hábil cronista de algunos sucesos curiosos del Medio Oeste americano, desvela algunos raros concursos y ferias en uno de los ensayos de su libro “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. De vez en cuando nos llegan noticias sobre esos concursos que inventan en Estados Unidos. También los encontramos en la narrativa (literaria y cinematográfica). Recuerden las célebres escenas de “Danzad, danzad, malditos”, en las que Jane Fonda y Michael Sarrazin sudaban sangre en un concurso de resistencia de baile para ganarse un dinero extra. Los participantes tropezaban, se desmayaban, lloraban, caían agotados. El concurso era inhumano. Al parecer, lo que cuentan en la película se inspira en la realidad: los concursos organizados en los años treinta, en plena época de la Depresión, para que la gente hiciera dinero de una manera rápida. Por cierto, el filme de Sydney Pollack se basa en una novela muy recomendable, que además es superior a su adaptación: “¿Acaso no matan a los caballos?” El autor es Horace McCoy.
En “La seguridad de los objetos”, la película basada en el libro de relatos del mismo título de A. M. Homes (aún inédito en España), se recoge una historia sobre concursos de resistencia. Y no me extrañaría que estuviese basada en la realidad. En un centro comercial colocan un coche que se convertirá en el premio del concurso. Sólo puede haber un ganador. Quienes anhelan participar deben inscribirse antes de la competición. El juego consiste en apoyar las manos en la carrocería y esperar, resistir. Cuando sólo quede una persona apoyada en el coche, le regalarán el vehículo. El personaje interpretado por Glenn Close quiere hacer algo por sus hijos. De modo que se apunta y pasa las de Caín cuando han transcurrido unas cuantas horas y empieza a ocurrirle de todo: agotamiento, sueño, dolor de huesos, etcétera. Una variante de los concursos de resistencia aparecía en la novela de culto de Stephen King, “La larga marcha”, donde sólo podía quedar un tipo en pie para ganar el premio. La historia estaba ambientada en el futuro, lo que le permitía al autor inventarse soldados que disparaban a los caminantes que se cayeran más de tres veces. Cuesta comprender la existencia de aquellos concursos, y otros de los que no tenemos noticia y serán peores. Cuesta entender que alguien esté dispuesto a jugar con su vejiga, a resistir días y noches sin pegar ojo y apoyado en el capó de un vehículo, o a romperse la crisma como a menudo vemos en televisión, sólo para ganarse unos billetes. O una consola. Demuestra que estamos dispuestos a cualquier sacrificio por un premio.

lunes, enero 15, 2007

Tripulantes. Contraportada

Hoy, día 15, Tripulantes debería estar en las librerías. Pero parece que ha sufrido otro retraso. Mientras tanto, adelanto aquí la contraportada. Pinchar en la foto para ver los nombres de los numerosos colaboradores. El libro promete mucho.

Esos detalles cotidianos (La Opinión)

Quizá alguien piense que mi estancia en Madrid es una tortura, a tenor de mis continuas quejas sobre el estado caótico y casi propio de posguerra de la ciudad, sobre el tráfico, la polución, la delincuencia, el mercado de la droga, las continuas peleas, la indigencia y la mendicidad, las colas para todo, el ruido, la música frecuente de sirenas de policías, bomberos y ambulancias, sobre los inconvenientes del metro (postura en la que me mantengo firme: hace unos días hubo un motín de viajeros en la parada de Conde de Casal, hartos de averías y huelgas). Es fácil que uno piense eso: que atravesar la capital constituye para mí un suplicio. Y en muchas ocasiones lo es, no voy a negarlo. He topado con más gente que quiere escapar de aquí que con gente que está contenta; suelen ser zamoranos, como yo. Pero existen otros momentos que uno no cambiaría, pequeños detalles que convierten la rutina en una aventura, aunque sólo sean detalles aislados, cotidianos, sin importancia.
Puedo caminar por la calle y toparme con unos cuantos actores, y sobre todo actrices, y exaltarme en secreto por culpa de la mitomanía que padezco y que no se me curará nunca, por fortuna. En un día puedo cruzarme, en un barrio al que he ido buscando una librería de viejo en la que tienen un libro de Nelson Algren, con Celia Blanco, cubierta casi hasta la nariz para protegerse del frío; y por la tarde, en una cafetería próxima a casa, ver a través de los cristales a la actriz María Adánez, sentada con unas amigas a una mesa. O puedo ir al cine y descubrir que, justo detrás, se nos ha sentado la misma María Adánez, o el actor Fele Martínez, o que en la misma fila está Tristán Ulloa. O ver entrar en esa sala a Javier Cámara, llevando del brazo a su madre. O caminar por mi barrio y descubrir, sentado en una terraza de una calle sucia, a Joaquín Sabina, o toparme por ahí con Nawja Nimri o Juan Diego Botto. O cruzarme en otros cines y otras tiendas con Ana Risueño, Ian Gibson, Elena Anaya, Achero Mañas. Me entusiasma, como conté el otro día, merodear por las casetas de la Cuesta de Moyano y preguntarles a los libreros y que sepan (no siempre, pero casi siempre) de qué libros les estoy hablando. Así como me entusiasma entrar en uno de mis templos: el edificio de Fnac, donde uno puede acabar loco y medio bizco de ver libros, tebeos, discos y películas, y donde curran chavales jóvenes que también saben de qué hablas cuando les preguntas por “Cara de ángel”, el clásico con Robert Mitchum, o que recuerdan si les queda en algún cajón una comedia de John Hughes.
Disfruto mirando las camisetas de las tiendas de Malasaña y Fuencarral. Pero sólo las camisetas diseñadas para “freaks” de mi calaña. Compro algunas y otras me las regalan. Las hay de Mazinger Z, Robert De Niro en “Taxi Driver”, Patán (el perro de Pierre Nodoyuna), “La Naranja Mecánica”, Bruce Lee, Frankenstein, Harry el Sucio, “Reservoir Dogs”, Jack Skellington, la Mirinda, “Leon. El profesional”, El Comecocos, Sloth, el logotipo de Superman o The Rolling Stones. Tampoco me disgusta meterme en Books Center, una librería de Luchana donde disponen de un sótano bien iluminado y lleno de saldos que ya no se encuentran en otra parte. He llegado a comprar cinco libros descatalogados por once euros. Bajar allí me acelera el pulso, como me ocurría de niño cuando me permitían bajar al sótano de La Ibense (en Zamora), donde almacenaban todos los juguetes que no cabían arriba. Disfruto en los conciertos y en los teatros. En los pubs, aunque los frecuento poco, y en las cervecerías de la Plaza de Santa Ana. Si no fuera por todo esto, la vida sería muy distinta.

Portadas exquisitas


The Disappointment Artist, libro de ensayos de Jonathan Lethem. No traducido en España.

Chigurh ya tiene rostro



Por fin aparece la primera foto de No Country for Old Men, la adaptación que están rodando los Coen Brothers del libro de Cormac McCarthy, traducido como No es país para viejos. Se trata del asesino Anton Chigurh, interpretado por Javier Bardem. En el libro daba un poco de miedo; aquí, todavía más.

domingo, enero 14, 2007

Citas. 23



Es una vida muy penosa enfrentarse todos los días con una hoja en blanco, rebuscar entre las nubes y traer algo aquí abajo.

Truman Capote a Lawrence Grobel, Conversaciones íntimas con Truman Capote

El mate (La Opinión)

Cierta tarde, en una visita a la casa de uno de mis amigos de Zamora, mientras me sentaba en el sofá, mi anfitrión desapareció en la cocina para regresar, minutos después, con un pequeño recipiente en forma de pera, como si hubiera vaciado el interior de una de estas frutas. Del recipiente surgía un canuto plateado. Sorbió del mismo y luego me ofreció la bebida. Lo sostuve entre las manos y bebí. El sabor de la infusión no era muy distinto del que uno extrae del palo de regaliz, sólo que más amargo. Se llamaba mate y lo había comprado en un reciente viaje por Argentina. Yo lo conocía de oídas: por dos o tres pasajes de la literatura y por las películas. Pero nunca lo había tomado. Me gustó y pronto comprobé que el sabor era adictivo. En Madrid he estado buscando ese recipiente y ese canuto (luego hablaremos de sus correspondientes nombres), sin éxito. Me proporcionaron la idea las bolsas de mate que venden en el supermercado que hay al lado de casa.
Estas navidades, por fin, me regalaron el equipo completo, por así decirlo, y he ido aprendiendo la terminología. Yerba mate es el nombre de la hierba empleada en las infusiones, que proviene de un árbol llamado “Ilex paraguariensis”; la mascaban los guaraníes, esos indios que salen en “La Misión”, y durante un tiempo estuvo prohibida por los jesuitas, quienes creían que su ingesta continua constituía un vicio y que la había inventado un demonio (pero luego ellos mismos la cultivaron). Mate es el recipiente, o sea una pequeña calabaza ahuecada, con bordes metálicos, y en la que se introducen las hojas (es el más común, pero existen otros tipos: de metal, de madera, de loza, etcétera). Bombilla es el tubo que se emplea para absorber el líquido; su parte inferior consta de diminutos agujeros que evitan el filtrado de las hojas. Curar el mate consiste en llenar la calabaza con hierba y agua caliente, dejarla reposar al menos un día y luego lavarla bien. Cebar es preparar la bebida. Y cebador es el tipo que se dedica a hacer el mate antes de pasarlo a sus invitados. Es decir, la teoría la he aprendido. Otra cosa es la práctica. Me he leído varios manuales de instrucciones para tomar mate y, de momento, sólo he tenido éxito en la curación de la calabaza. Lo que me vendría bien es ver cómo lo hace un cebador, ya sea mediante un vídeo o en persona. La primera vez, me temo, inflé de hierba el recipiente, y de algún modo se atascaron los agujeritos de la bombilla. Los primeros sorbos fueron buenos. Pero no duró demasiado. En algún momento, quizá moví el tubo, algo que bajo ninguna circunstancia debería hacerse. La segunda vez fue un desastre por completo. Olvidé uno de los puntos esenciales para cebar un mate: tras verter la hierba despedazada en el cuenco, se debe colocar la palma de la mano en el agujero del mismo y volcarlo, de modo que las partículas más finas se adhieran a la parte superior y no obstruyan el filtro de la bombilla. Si en el primer intento eché demasiado mate, en el segundo me quedé corto. Sólo me supo a agua caliente. Lo cierto es que no es tan fácil como parece: deben seguirse otras instrucciones que no voy a anotar aquí, para no hastiarles con el tema.
Supongo que a la tercera va la vencida. Si no lo consigo, y no aprendo a cebar para cuando vengan huéspedes a casa y quiera ofrecerles un par de rondas, en mi próximo viaje a Zamora recurriré a una de mis amigas: su madre es argentina y, por tanto, su familia sabe preparar mate. Alrededor del mate ha surgido todo un bagaje literario: leyendas, poemas, artículos, historias. Contiene propiedades medicinales y los guaraníes lo tomaban como alimento, tónico y estimulante.

sábado, enero 13, 2007

Libro: Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo


Esta es la portada del libro del que hablo en el artículo de abajo. También está relacionado con las fotos del árbol lleno de zapatos que colgué en otro post.

Se trata de un libro que no entusiasmará a todos, salvo a quienes no les importe la experimentación literaria. A mí me gustó, y lo mejor de todo es que la mayoría de las historias no se me quitan de la cabeza.

Proyecto Nocilla (La Opinión)

Acabo de leer uno de los libros más extraños que circulan por las librerías. Lo que más me alegra es que lo ha escrito un español, quien rompe con la (en muchas ocasiones) apolillada novela española. Lo ha escrito como si obedeciera a un arrebato, como si estuviéramos viendo una especie de película que a la vez es un documental, o como si hiciéramos zapping ante el televisor, o como si navegáramos por internet y pudiésemos saltar de una cita a un cuento y de ahí a un párrafo de un artículo y luego a una historia verídica. Pero ese arrebato está medido, estructurado con precisión matemática, igual que el experimento de un científico. La novela, si es que se puede ceñir a algún género, se titula “Nocilla Dream” y su autor es el gallego Agustín Fernández Mallo, poeta y físico y narrador vanguardista. No suelo fiarme de los suplementos literarios, demasiado bendecidos por los intereses, pero en esta ocasión lo hice: en El Cultural del diario El Mundo eligieron este libro como uno de los mejores del año. Por si fuera poco, al final, en la página pertinente de agradecimientos, Mallo incluye a personas con las que mantengo amistad (los zamoranos Máximo Hernández y Tomás Sánchez Santiago) y con las que en alguna ocasión me he cruzado, sea en persona o por correo (Pablo García Casado, Sergio Gaspar, Román Piña, Rafael Reig y Juan Bonilla), nómina de nombres que para mí avalan de sobra el del autor, aunque esto se descubre sólo al concluir la lectura del libro.
Me resultará difícil explicar qué es exactamente “Nocilla Dream”. Primero debo apuntar que, según Agustín Fernández, es la primera parte de una trilogía, a la que seguirán “Nocilla Experience” y “Nocilla Lab”, englobadas las tres bajo el título común de “Proyecto Nocilla”. El título proviene, en parte, de la canción de Siniestro Total, “Nocilla, ¡qué merendilla!”. A mí juicio, dicho título sugiere dos aspectos: mezclar un producto básico de nuestra infancia con una palabra en inglés para así resumir lo que el libro pretende (historias que transcurren, en su mayoría, en Nevada, pero escritas por un español); y definir el carácter onírico de esta “docuficción” imposible donde se cruzan referencias, países, cuentos y personajes. Hay un puñado de escritores jóvenes que no tienen miedo al riesgo, y que despliegan en sus libros las referencias que acumularon en su niñez, un conglomerado de cultura pop, un universo en el que cabe la influencia del cómic y de internet y en el que las páginas se nutren de citas literarias, musicales, televisivas y cinematográficas. Se me ocurren, por ejemplo, Michael Chabon, Javier Calvo, David Foster Wallace, Rodrigo Fresán, Sam Lipsyte, Dave Eggers o el propio Mallo, por citar unos cuantos. Me atrevería a decir que leerlos es una experiencia no muy distinta de ver una película de Quentin Tarantino o de Wes Anderson.
“Nocilla Dream” parte de la existencia de un solitario árbol, en el arcén de una carretera de Nevada, del que cuelgan numerosos pares de zapatos. Quien no se lo crea, que entre en mi bitácora, donde he incluido tres fotos. Alrededor de ese hilo conductor se entrelazan las historias: unas son reales y terminan convertidas en ficción; otras son ficción y convergen con las reales. Personajes que se cruzan o que existieron realmente, como Margaret Marley Modlin, pintora que vivió sus últimos años en Madrid, y múltiples citas y referencias: Michael Landon, Borges, El coche fantástico, los Sugus, “París, Texas”, Spiderman, Siniestro Total… Un disfrute absoluto en el que perdura el dominio narrativo del autor. Sólo me sobraron las citas y explicaciones científicas: pero eso es porque se trata de un lenguaje que ya no entiendo.

John Fante: La vida narrada con talento


POR ALESSANDRO BARICCO:
La novela Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) está montada sobre tres historias. Primera: un muchacho de veinte años sueña con ser escritor y, en efecto, lo logra. Segunda: un muchacho de veinte años, católico, intenta vivir pese al hecho de ser católico. Tercera: un muchacho de veinte años ítaloamericano se enamora de una joven hispanoamericana y quiere casarse con ella. Todo esto situado en California. Imagínense que amalgaman las tres historias, que hacen que confluyan los tres muchachos de veinte años (el escritor, el católico, el ítaloamericano enamorado) en uno solo, y lo que obtienen se llama Arturo Bandini. Agítenlo y obtendrán Pregúntale al polvo. Admitiendo, claro está, que ustedes posean un talento bestial. No sé si John Fante lo habrá hecho conscientemente, pero de hecho, él eligió para esas tres historias una andadura sorprendentemente geométrica: la historia del escritor termina bien, la historia del católico no concluye, se queda bloqueada en sí misma, y la historia del enamorado termina mal, por lo que el libro crece siguiendo el armónico estrabismo de un personaje que gana y pierde en equilibrio simultáneo. Si, a pesar de esto, al lector le queda la percepción de un libro profundamente doloroso y adolorido, es por la manera en que Fante, más o menos conscientemente, distribuyó las tres historias en el tejido del libro. [Continuar la lectura]

viernes, enero 12, 2007

Vinalia Trippers: Cuando las ratas no abandonan el barco


Por Ana Portolés (publicado en le cool):
Corrían los primeros 90 y el fenómeno fanzine andaba en pleno apogeo. Chicos y chicas de diferentes edades y desde diferentes puntos de España (entre ellos los barceloneses Hernán Migoya, Rubén Lardín o Julián Sánchez) enviaban sus trabajos a los P.O. Box de sus publicaciones preferidas para lograr ver sus escritos o dibujos junto al de otros autores noveles de inquietudes afines. Algunos crearon, sin proponérselo, una auténtica comunidad que poco tiempo después daría sus frutos… En 1995, el poeta leonés Vicente Muñoz Álvarez y sus secuaces de por entonces decidieron armarse de valor y crear la editorial Vinalia Trippers, cuyo fanzine homónimo de cuentos breves celebra estos días su 10º aniversario. Con este motivo, se publica un libro, Tripulantes, que recoge 50 relatos de 50 de sus colaboradores y un DVD documental, envuelto para regalo por la portada del genial Miguel Ángel Martín, ilustrador abanderado de Vinalia desde sus inicios. [Seguir leyendo; incluye una entrevista con Julián Sánchez, autor que participa en Tripulantes y de quien leí, hace tiempo, su libro A pesar de todo la cerveza no enmudece. En la foto, mis colegas Vicente y David]

Shoe Tree, Nevada


Estas tres fotografías son de un árbol de Nevada (un álamo, al parecer el único que hay por la zona) del que cuelgan, como en Big Fish, un montón de pares de botas, zapatos y zapatillas. Es el árbol del que parten las historias reales e inventadas y los documentos recogidos en Nocilla Dream, uno de los libros más raros que he leído en los últimos tiempos, y del que os hablaré este fin de semana en un artículo. Su autor es español y se llama Agustín Fernández Mallo. Se pueden ver más fotos del álamo, desde otros ángulos, tecleando en Google Images lo siguiente: "Shoe Tree Nevada".