miércoles, diciembre 21, 2022
viernes, diciembre 16, 2022
La casa de los náufragos, de Guillermo Rosales
-Aquí estarás bien –dice mi tía.
La miro. Me mira duro. No hay piedad en sus ojos secos. Bajamos. La casa decía “boarding home”. Es una de esas casas que recogen la escoria de la vida. Seres de ojos vacíos, mejillas secas, bocas desdentadas, cuerpos sucios. Creo que sólo aquí, en los Estados Unidos, hay semejantes lugares. Se les conoce también con el nombre de homes, a secas. No son casas del gobierno. Son casas particulares que cualquiera puede abrir siempre que saque una licencia especial y pase un curso de paramédico.
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Salgo del cuarto tapándome la nariz. Voy hasta mi habitación y me tiro en la cama. Miro al techo azul, descascarado, cubierto de diminutas cucarachas. Éste es mi fin. Yo, William Ferguson, que leí a Proust completo cuando tenía quince años, a Joyce, a Miller, a Sartre, a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Albee, a Ionesco, a Beckett. Que viví veinte años dentro de una revolución siendo victimario, testigo, víctima. Bien.
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Ésta es, quizá, la zona más pobre del guetto cubano. Aquí vive gran parte de aquellos ciento cincuenta mil que llegaron a las costas de Miami en el último y espectacular éxodo de 1980. No han podido levantar cabeza aún, y puede vérseles a cualquier hora, sentados en las puertas de sus casas, vestidos con shorts, camisetas de colores y gorras de peloteros. Llevan gruesas cadenas de oro al cuello con esfinges de santos, indios y estrellas. Beben cerveza de lata. Arreglan sus autos semiderruidos y escuchan, durante horas, en sus radios portátiles, estruendosos rocks o exasperantes solos de tambores.
[Ediciones Siruela]
martes, diciembre 13, 2022
Redención, de David Refoyo
La noticia nos sorprendió en mitad del estribillo. No había móviles ni WhatsApp. Solo un spoiler preciso habría amortiguado el golpe, pero el lenguaje aún no latía entre mis dedos. Llevabas muerto más de doce horas. Mi amigo: muerto.
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Quién eliminó la muerte de nuestra educación sentimental. Quién decidió que nos quedáramos en casa de una prima mientras enterraban al abuelo. Quién pensó que era más prudente jugar en el parking del hospital que verlo morir. Por qué nos impidieron comprobar la voracidad del cáncer. Por qué no nos llevaron al velatorio para abrazar a las viudas. Por qué los paños calientes. Por qué crecimos sin herramientas para afrontar la pérdida. Por qué hoy todavía
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Con once años sufrí un accidente de bicicleta y comprendí el daño. Pude morir como podemos morir todos en cualquier momento. El asfalto duele. Si una bicicleta a veinte kilómetros hora, cómo un coche descontrolado. Tal vez cien, ciento veinte. ¿Cuánto dolor puede soportar un cuerpo antes de desplomarse?
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Entrégame la paz y despeja mi camino. Si escribo, me acuso. Las viejas sentadas a la puerta me juzgarán como la nieve Marcelina a los almendros. No lo olvides, amigo, no acudí a tu funeral. La arena salpicó hasta mi salón. Han pasado dieciocho años y, si escribo, suplico: perdóname.
[La Bella Varsovia]
viernes, diciembre 09, 2022
Los matones del Ala, de Daniel Woodrell
Segunda novela de la trilogía de los pantanos de Daniel Woodrell, después de Bajo la dura luz. Volvemos a encontrarnos con René Shade, boxeador retirado e inspector de policía, y protagonista de la anterior entrega, quien tiene que investigar el atraco a un local en el que varios peces gordos (de la mafia y la política) jugaban su partida de cartas. Aunque para ello tenga que utilizar métodos sucios. Detrás del robo están varios tipos que pertenecen al Ala, “una hermandad de convictos blancos, una especie de cártel con implantación a nivel nacional que se mantenía en contacto gracias a condenas de tres a cinco años y privilegios en las visitas carcelarias”.
Woodrell es un escritor seco y preciso: va al grano, no se anda con rodeos, cuenta la trama con los elementos imprescindibles y durante la lectura parece que estamos ante una película de cine negro ambientada en esos territorios húmedos y pantanosos que a mí me recuerdan a largometrajes de mi predilección como La presa, El corazón del ángel o Atrapados sin salida (No Mercy). Aquí le bastan menos de 200 páginas para demostrarnos, por enésima vez, que la novela policiaca es la que mejor retrata el turbio mundo que hay tras la política cuando se asocia con la mafia y esa parte de la sociedad que sólo sabe vivir sirviendo a unos intereses relacionados con el poder, la droga y el crimen. No se las pierdan, disfrútenlas en una tarde de lluvia y esperemos que la tercera parte salga pronto. Con esta contundencia termina el capítulo 1:
Al hombre del pelo plateado cuya nuca le había servido para apoyar la escopeta lo tenía a mano, así que se abalanzó sobre él y le asestó un golpe con su acero azulado en aquella elegante nariz de sangre azul, y cuando oyó el crujido y el reventón, supo que a aquel caballero se le iba a quedar una napia de la que contarían chistes en el bar del club hasta el fin de sus días. Con gran satisfacción, vio al tipo caer de rodillas; chorreones rojos le ensuciaban el elegante traje de seda. Entonces dio un pequeño giro, blandió el arma amenazadora y todos los hombres se tiraron en plancha sobre la alfombra cubriéndose en vano la cabeza con las manos. Jadick, en señal de desprecio, disparó sobre el elegante tablero de la mesa e hizo saltar por los aires cartas, vasos de whisky sour, un litro de Rebel Yell, un bote de bicarbonato y los pensamientos de todos los que estaban boca abajo en el suelo. El tapete azul quedó lleno de desgarrones, inservible para futuras partidas de póquer. Mientras salía por la puerta, Jadick gritó:
-¡El universo está en deuda conmigo, hijos de puta, y pienso cobrármela!
[Sajalín Editores. Traducción de Diego de los Santos]





















