viernes, diciembre 28, 2007

Mañana, en León



luces estroboscópicas en navidad: un homenaje a Charles Bukowski
LECTURA Y MÚSICA EN DIRECTO:
VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ
JORGE PASCUAL
SILVIA D CHICA
JOHN- FLAMENCO
MARCOS Y RAMÓN- JUNTOS EN ACCIÓN
Sábado 29 de diciembre a las 21:00 h. en el C.C.A.N. ( León ). Entrada libre.

Gris

No lo oculto: tenía ganas de pasar una temporada en mi ciudad natal. Lo que ocurre es que resulta muy diferente lo que uno cree que va a hacer y lo que luego, finalmente, hace en realidad. Unos días antes de venir a pasar las navidades me imaginaba a mí mismo dando paseos por las callejuelas del casco antiguo, haciendo varias visitas a mis parientes, entrando y saliendo de los comercios, yendo de un lado para otro. Pero luego llega la realidad, y esto es lo que uno hace: por el día, leer mucho; por la noche, ir a los bares. En este sentido, el Ávalon Café es como mi segundo hogar. Cada época de nuestra vida tiene un garito en el que pasar más horas que en el resto de locales. Por la tarde se engancha uno a los libros y se dice: “Saldré en breve, voy a leer un par de capítulos más”. Pero no sale. La farra nocturna, además, le deja a uno agotado para el día entero.
Me cuesta reconocer la ciudad en esas caminatas breves desde casa hasta los bares. A mí me parece (pero podría estar equivocado) que la ciudad tuvo una vez sus señas de identidad. Calles y edificios y baldosas que habían arraigado en nuestra memoria y que estaban bien, o por lo menos no desentonaban. En mi recuerdo, Santa Clara, una calle por la que evito pisar cuando hay gente, o sea casi siempre, es un lugar de baldosas de color rosado, de tonos salmón. Luego, cuando regreso y paso cerca de Santa Clara y miro hacia allí, la realidad me asesta un puñetazo. Y me doy cuenta: esa calle ya no es la misma, no tiene baldosas de color, sino que han sido sustituidas por el gris. Ese baldosín de la China, o de donde sea, que posee el tono de la tristeza y la tendencia a ensuciarse demasiado. Ese mismo tono apagado, que invita a la depresión cuando uno camina una noche laborable por la ciudad, es el mismo de San Torcuato. Y compruebo, compungido y un poco soliviantado, que es idéntico al de otras calles que estos días terminan de “arreglar”. Veo farolas que, como dice un amigo, no están mal, pero que estéticamente no pegan con su entorno. Veo plazas a las que robaron la alegría y la sustituyeron por un patrón, por unas señas de identidad que se repiten en otros puntos de la urbe. Veo luces en el suelo que me recuerdan a las pistas de un aeropuerto. Ese es el mundo hacia el que caminamos: calles idénticas, parques idénticos, fuentes y rotondas idénticas, mentes y actitudes idénticas. Ese tipo de igualdad, a la postre, es una basura. Parece que nuestros políticos creen que el futuro y el progreso consisten en cargarse los árboles, los jardines, las plazas y las farolas de toda la vida y sustituirlos por baldosas tristes, plazas mustias y columpios de plástico.
A pesar de que, en cada regreso a esta provincia, compruebo con mis propios ojos todos estos cambios, la memoria es caprichosa y un poco dictadora y, cada vez que evoco sus calles cuando estoy lejos, éstas vuelven a ser como eran antes de marcharme de aquí. Se detecta un contraste entre la estética actual y gris de la ciudad y el espíritu juvenil y entusiasta de las nuevas generaciones. Quiero decir que las nuevas generaciones, “los que vienen detrás”, tratan de añadirle colorido a la ciudad. Quieren hacer cosas, contribuir al sentido cultural de la ciudad, formar bandas de música o rodar cortometrajes o escribir libros que las instituciones locales jamás apoyarán, celebrar conciertos, enchufarle algo de vida a este sitio. Dicen las encuestas que a los ciudadanos les preocupa menos la despoblación. A mí todavía me preocupa, porque la historia de aquí consiste en movimientos migratorios y talentos desaprovechados que se largan. Pero, de ese asunto, quizá hablemos otro día.

jueves, diciembre 27, 2007

Deseo / Peligro


En la cartelera de estas fechas, agobiada de productos infantiles, se agradece el estreno de la nueva película de Ang Lee. Fiel a su estilo, el director te acaba atrapando en la sutil tela de araña que teje entre los personajes. Por cierto, es una de las pocas películas en que el acto sexual parece de verdad, y no una mera sucesión de postales. Recomendable.

Esta tarde, en Sevilla


Homenaje a Bukowski y Bambino. Información: aquí.

Esta tarde, en Valencia


Presentación del libro Estaciones desnudas, en el que colabora Safrika, nuestra amiga de Hank Over. Hoy, jueves, 27 de diciembre, a las 20:30 horas, en el local Ignacio Ellacuría, de Valencia. Más información sobre el acto, el libro y la presentación: aquí.

Guitarra y violonchelo

El viernes vine a Zamora, a pasar estos días navideños. Pero la víspera, el jueves por la noche, me despedí temporalmente de la ciudad, Madrid, acudiendo al directo que ofreció Brett Anderson en un teatro. Por lo general, cuando a alguien le dices que has ido a escuchar a Brett Anderson te responde que no sabe quién es. “¿Brett qué?” Bueno, no pasa nada, a mí me ocurría lo mismo hasta hace poco. A tu interlocutor le dices: “Es el vocalista de Suede”, y entonces todo el mundo lo entiende. Anderson aún sigue aplastado por el éxito de su antigua banda, Suede, y le será difícil que el público se aprenda su nombre. Su disco en solitario es bueno, pero la sombra de aquel grupo es todavía muy alargada.
El concierto empezaba más pronto de lo habitual. Abrían las puertas a las ocho y media hora después empezaban los teloneros. Aquella tarde en la ciudad se percibía el ambiente de locura propio de la víspera de las vacaciones. Más gente en el metro, vagones atestados, mucha prisa, un caos total que le inoculaba a uno ese estado de nervios que te obliga a volver cuanto antes a casa. Había que ir a la Casa de Campo para asistir al directo. Lo habían programado en un teatro cuya fachada parecía una iglesia. Una de esas iglesias modernas y horribles que dejan una sensación de vacío y de náusea en cuanto uno las ve. Yo no voy a la iglesia, salvo en ocasiones especiales como las bodas o los funerales, pero me gusta que el exterior sea (y parezca) antiguo, con manchas en las piedras y el tiempo haciendo su trabajo. Pero me estoy yendo por las ramas: el teatro de la Casa de Campo no es una iglesia moderna, sólo lo parece. El exterior, en fin, no me gustó. La primera sorpresa, al entrar en el patio de butacas, fue la escasa afluencia de público. Las butacas rodeaban el escenario en forma de U invertida. Y las butacas de los extremos de esa U estaban vacías. El concierto incluía un descanso hacia la mitad, que aprovechamos unos cuantos para cambiarnos de sitio y ver el escenario desde otra perspectiva. Al principio nos sentamos junto al lado izquierdo del escenario, en la primera fila. Pero desde allí hubo varios incordios visuales: un foco enorme, los músicos alejados de aquella zona, el enorme piano tras el que, cuando Anderson se sentaba a tocar, sólo se le veían las piernas. En el descanso nos fuimos al lado derecho, más cerca de los artistas y con buena visibilidad. Anderson no estaba solo, pero casi. Se hizo acompañar de la violonchelista Amy Langley. Él cantaba; y tocaba la guitarra y, a veces, el piano. De vez en cuando a las celebridades de la música les encanta ofrecer conciertos para unos pocos. Salas pequeñas, teatros confortables, sitios así, donde tal vez se sientan más cómodos, donde no afronten la responsabilidad de entretener a la masa, sino sólo a unos cuantos.
El directo tuvo un tono melódico y tranquilo, con canciones lentas. El piano y el violonchelo no hubiesen funcionado en una sala grande con el público en pie, berreando y bebiendo cerveza. Lo cierto es que Anderson y Langley dieron una lección. El sonido era perfecto, mucho mejor que en la mayoría de los garitos habituales de la ciudad en los que suelen programar conciertos. El público, aunque escaso, estaba entregado. Coreando algunos temas, aplaudiendo en cuanto Anderson enlazaba dos canciones. Las chicas estaban desatadas, soltándole piropos al cantante en inglés y en español. En el último tema, pidió a la gente que se levantara de sus asientos y se aproximara al escenario, con las manos apoyadas en la tarima y muy cerca de ambos músicos. Y, por cierto, pocos medios asistieron al evento.

miércoles, diciembre 26, 2007

Portadas exquisitas


Eleanor Rigby: A Novel, de Douglas Coupland. Inédita en España.

Citas. 69

A lo mejor, cuantas más sensaciones experimente una persona en su vida diaria, más tiempo parece que las sienta. Cuando uno se hace mayor, experimenta menos cosas nuevas, y por eso el tiempo parece más rápido.

Douglas Coupland, La vida después de Dios

tira los dados

si vas a intentarlo, ve hasta el
final.
de otro modo, no empieces siquiera.


si vas a intentarlo, ve hasta el
final.
tal vez suponga perder novias,
esposas, parientes, empleos y
quizá la cabeza.


ve hasta el final.
tal vez suponga no comer durante 3 o
4 días.
tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
tal vez suponga la cárcel,
tal vez suponga mofas,
desdén,
aislamiento.
el aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus
auténticas ganas de
hacerlo.
y lo harás
a pesar del rechazo y las
ínfimas probabilidades
y será mejor que
cualquier otra cosa
que pudieras imaginar.


si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
no hay sensación
parecida.
estarás a solas con los
dioses
y las noches arderán en
llamas.


hazlo, hazlo, hazlo.
hazlo.


hasta el final.
hasta el final.


llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es
la única lucha digna
que hay.


Charles Bukowski, lo más importante es saber atravesar el fuego

Lenguajes distintos

Creo que, en esto, todos estamos más o menos de acuerdo: una serie de televisión o una película inspiradas en un libro no superan la calidad y la enjundia de ese libro, salvo casos aislados y raros milagros. Hay, sin embargo, algo que mucha gente no tiene en cuenta: que el lenguaje visual y el literario son radicalmente distintos. Si las películas empezaran como las novelas, nos aburriríamos como ostras. Si las novelas cobijaran las hazañas y las locuras de las películas, no nos creeríamos las novelas. Si una novela empieza contándonos la infancia de un personaje que luego se convertirá en guerrero, y las batallas salen hacia la mitad del volumen, en el cine o en la televisión hay que empezar de otra manera, a lo grande, con espectacularidad: mostrando, en el inicio, una batalla legendaria de ese personaje y luego relatando la niñez del tipo merced a los flashbacks. En la literatura cuenta mucho el primer párrafo. En el cine, la primera secuencia. Es difícil que una primera secuencia recree de manera eficaz ese primer párrafo, en el que tal vez nos estén contando los pormenores de un personaje a lo largo de un siglo. Los lenguajes respectivos son muy diferentes. Hoy me propongo demostrar esto mediante “1408”, el relato corto de Stephen King convertido en película por el director Mikael Hafström.
Tomemos primero el cuento, incluido en el libro “Todo es eventual”. Aunque se divide en cuatro apartados, realmente está estructurado en dos partes y una especie de epílogo. En la primera parte, el protagonista, Mike Enslin, un escritor, mantiene una conversación con el gerente del Hotel Dolphin. Enslin quiere alojarse durante una noche en la habitación 1408, escenario de asesinatos, suicidios, presencias fantasmagóricas y otros terribles acontecimientos. El gerente trata de convencerlo para que no lo haga. En la segunda parte, King nos demuestra el poder maligno de esa habitación, y lo mal que lo pasa el protagonista, encerrado en ella. Conviene matizar que la primera mitad es superior al resto (la segunda parte y los apartados que conforman el epílogo). En la primera mitad es cuando el lector se sobrecoge. El gerente hace repaso de los suicidios y crímenes acaecidos en ese cuarto envenenado. Es el poder de la palabra. Simplemente, dos hombres hablando, con uno de ellos detallando sucesos espeluznantes. Cuando el lector se sumerge en el resto del relato ya está asustado. King lo ha preparado, al igual que a su protagonista, para entrar en la habitación 1408. Insistiremos en ello: la fuerza de este cuento reside en el primer tramo. Descripción de hechos terribles, que nos creemos porque la vida abunda en muertes extrañas, homicidios, gente que salta por la ventana o se ahorca. Pero luego aparecen los sucesos paranormales, y la palabra no basta. No nos da tanto miedo que nos describan cómo cambia el interior de un cuadro. Aquí sería más poderosa la imagen.
Tomemos ahora el filme, que protagoniza John Cusack. La parte esencial del cuento se desaprovecha. La conversación es breve, porque de lo contrario el espectador que desea ver efectos y apariciones se dormiría. El peso de la trama recae en la segunda mitad, más extensa que en el libro, es decir, en las tribulaciones de Enslin en la habitación. En los encuadres, los sustos, los efectos, la interpretación de Cusack. Si la película fuera igual que el relato, sería un largometraje sobre dos hombres hablando. Y eso no funciona en una película de suspense. Lo que da miedo, en la adaptación, no es lo que cuentan que ocurrió, sino el desarrollo de la locura. Esa escena en la que Cusack discute con una nevera, creyendo que dentro está el gerente.

lunes, diciembre 24, 2007

Cartel de The Informers


Basada en el libro de Bret Easton Ellis, Los confidentes. El reparto promete.

La vida después de Dios, de Douglas Coupland

Aún tengo mucho que aprender. Digo esto porque hasta hace poco no me interesaba leer a Douglas Coupland. Y ahora, cuando me apetece, es casi imposible conseguir sus obras. Encontré ésta que nos ocupa, y también jPOD, y tras leer el libro en un par de sentadas, quedé fascinado.
La vida después de Dios es un libro extraño y muy moderno. Está compuesto por breves relatos o fragmentos y anotaciones, que ocupan apenas media página, y que van acompañados de dibujos. Breves retazos que se dividen en temas y en capítulos, pero que vistos en su conjunto conforman una especie de novela sobre la soledad, la búsqueda de un sentido, la creencia religiosa en tiempos en los que ha desaparecido la fe. Un hombre solitario que conduce por carreteras solitarias, o que después de ser abandonado por su chica se plantea la vida de otro modo, o que huye del trabajo y sin pensarlo dos veces se va al bosque, acampa y se dedica a reflexionar. Una maravilla de libro. Y os dejo con uno de mis fragmentos favoritos:
Cuando se es joven, uno siente en todo momento que la vida todavía no ha empezado; que siempre está previsto que la "vida" comience la semana que viene, el mes que viene, el año que viene, después de las vacaciones; en cualquier momento. Pero luego, de repente, eres viejo y la vida no ha empezado como estaba previsto. Te descubres a ti mismo preguntándote: "Bien, entonces, ¿qué era todo eso, ese interludio, esa locura dispersa, todo ese tiempo que antes tenía?"

El brindis

Un día típico, ya sabes. Prisas, brindis, abrazos. Compras de última hora. Caminatas urgentes hasta casa. Las piernas azotadas por el calambre del deber. ¿A qué hora cenas tú? A las nueve, ¿y tú? Media hora más tarde. Y una noche aún más típica. La cena. La lombarda. El pavo. El cochinillo. Los turrones. El marisco. La carne y el pescado. Vino, champán, el postre. Cada cual su menú. En estas circunstancias y con unos cuantos años en la mochila, ¿qué se puede contar que no se haya dicho ya? Nada, probablemente. Nada en absoluto.
Es posible que, una vez asumas tu deber (ir a cenar en familia), empieces a refunfuñar de camino a casa, o durante la preparación de los platos, o mientras pones los cubiertos en la mesa. Refunfuñarás por dentro. Quizá sea tu secreto. Habrá más quejas individuales que menús familiares. El marido que aborrece a la suegra. La mujer que detesta a su cuñado. El chaval harto de los pescozones de la abuela. Los hermanos que llevaban años sin hablarse y son obligados a hacer las paces o, cuando menos, a soportarse durante la cena. Cientos de historias distintas pero, en el fondo, similares. Es la película de siempre, no te digo nada nuevo. Y no debes olvidar el momento melancólico. Esto atañe, por lo general, a las mujeres. El momento lacrimógeno y melancólico en el que se recuerda a los caídos, no por Dios ni por España ni cosas de esas, sino porque vino la Muerte y les asestó su zarpazo. Así de simple. El curso de la vida, y tal. Odias esos minutos en que las lágrimas se agolpan al borde de los ojos de ellas y empiezan a rememorar viejos tiempos. Probablemente alguien diga: “Venga, tengamos la fiesta en paz”, y se reanude la cena. Quizá tú compartas el sentimiento, pero callas. Lo tuyo va por dentro. Las muestras dramáticas prefieres dejarlas para los velatorios y para los dramas que ganan el Oscar.
Bien, pues mientras cenas y bebes vino y champán o agua o lo que sea que bebas, y mientras devoras los innumerables platos que luego te obligarán a odiar la comida, piensa en tu suerte. No vamos a ponernos sentimentales y a empezar a hablar de los pobres del Tercer Mundo que pasan hambre. No, hoy no. Porque la piedad debe empezar por la gente próxima y no por la remota. Hoy vamos a acordarnos de gente como tú y como yo. Personas normales y corrientes que llevan una vida acaso anodina. Tal vez se trate de tus vecinos. De hombres o mujeres a los que conoces. Mientras tú estás ahí, lamentándote en silencio, ellos cenan solos. Pero no sólo hoy o mañana o el último día del año, sino siempre y cada día de sus vidas. Gente que, por diversas causas, se ha quedado sola en el camino. Hombres que tal vez duerman en pensiones miserables y que esta noche comerán un bocadillo y echarán un trago de vinazo en compañía de chinches y cucarachas. Tipos que no tienen a nadie. Se quedaron sin amigos, sin familia. O están lejos de su ciudad y van a la deriva, sin nadie en quien apoyarse. Quizá la culpa sea suya, pero eso no es de tu incumbencia. Prostitutas que añoran sus hogares y a sus familias, que dejaron atrás, en una tierra remota, y cuyas sonrisas junto a sus compañeras no pueden encubrir su soledad. Porque se trata de eso. De soledad. No te dejes engañar. Lo de “Mejor solo que mal acompañado” sólo sirve para un rato, para unas horas. Porque la soledad tiene un límite, y más allá de sus fronteras sólo quedan el silencio, el tedio, el remordimiento. Así que coge tu copa de agua, o de vino, o de champán, o lo que bebas, y brinda en secreto por ellos y, sobre todo, por tu suerte. Por tu suerte, brother. Y luego, si te place, ve a emborracharte.

Full of Life


El gran John Fante, de quien hablo en el artículo de abajo, o en enlace directo pinchando aquí.

Lleno de vida

Un día de verano del año noventa y cuatro, Stephen Cooper, biógrafo del escritor John Fante, entró en casa de su viuda, Joyce Fante. Tras varias conversaciones, ella le permitió acceder a un cuarto en el que se amontonaban cajas y ficheros. Estos contenían cartas, anotaciones en libretas, revistas atrasadas, libros de oraciones, fotografías y un montón de manuscritos. Para Cooper, aquel material era un tesoro. Le permitía acceder a zonas inéditas del escritor, y le sirvió para elaborar su “Full of Life: A Biography of John Fante”. Gracias a los archivos que habían permanecido en el cuarto, creando polvo y sombra, Cooper descubrió numerosos relatos, algunos de ellos inéditos, que luego se publicaron en el volumen “The Big Hunger: Stories, 1932 – 1959”. El título proviene de “Hambre”, esa brillante novela de Knut Hamsun que ha contagiado a tantos autores y que, asimismo, inspiró parte de la obra de John Fante, creador del inolvidable Arturo Bandini. Fante es uno de mis escritores predilectos.
Anagrama nos sirve, cada poco tiempo, nuevas traducciones de sus novelas. Todas son soberbias, entrañables, embriagadoras. Pero, forzado a elegir, me quedaría con “La hermandad de la uva”, o con “Pregúntale al polvo”. Pero también es inolvidable el retrato de una infancia pobre en los rigores del invierno de “Espera a la primavera, Bandini”. El último libro traducido por la editorial fue “Al Oeste de Roma”, que reúne dos novelas cortas, “Mi perro idiota” y “La orgía”; la primera de ellas posiblemente sea una obra maestra. Aún faltan por traducir un par de títulos. Entre los cuales está “The Big Hunger”, que recopila sus relatos. Tras buscarlo durante meses en las librerías, sin éxito, al final lo compré en Iberlibro. He leído ya varias de las historias, en inglés y con el diccionario a mano. No es tan difícil como creía. Y Fante merece el esfuerzo. Aunque sólo he leído un puñado, y el prefacio de Cooper que resumo en las primeras líneas, me gustaría dar unas pinceladas sobre los mismos, dado que Fante cuenta con una legión de seguidores ávidos de su obra.
En estos primeros relatos del libro nos encontramos de nuevo con el gran Arturo Bandini en su infancia de italianos emigrados a Norteamérica. Esa infancia en la que figuran un padre albañil, borrachín y gruñón, una madre devota y soñadora, una abuela que insulta en italiano y una prole numerosa y agobiada por el frío, la estrechez de los dormitorios y las continuas discusiones de sus progenitores, disputas en las que a veces intenta mediar la abuela. La prosa de Fante es sencilla, pero eficaz. Cuenta historias tristes, pero salpicadas de humor. Nunca cae en el error de la moraleja, pero aprendemos algunas lecciones. En la narración, el protagonista reparte palos para todo el mundo, incluido él mismo, pero siempre los ilumina con un toque de piedad. La piedad lo salva. “Charge it” es un relato que luego incorporaría como capítulo en “Espera a la primavera, Bandini”, con ligeros cambios. Aquí, el padre, que ha criado a un montón de hijos, ya no gana suficiente para pagar la cuenta del colmado. La madre debe armarse de valor e ir cada tarde a pedir al tendero que le dé carne y fruta y lo añada a la factura. En “The Still Small Voices” asistimos a una noche en la vida de los Bandini. Todos tratan de dormir. Los padres discuten. La abuela llora. Los niños se quejan. El lector odia al padre y luego se apiada de él. Es el talento milagroso de Fante, y en eso radica parte de la belleza de sus historias. El eje que sostiene sus relatos siempre es la familia. Historias de padres y de hijos y de abuelas y de amigos en los que uno puede verse reconocido. Relatos que nos enseñan el valor de la familia y de la derrota.

Barrio olímpico

Para combatir la degradación de mi barrio y, supongo, llamar la atención de los medios y de las autoridades y que conozcan el problema, algunos vecinos crearon “Lavapiés Olímpico” hace ahora alrededor de un mes. Consiste en una campaña que apuesta por el humor en su denuncia. Había olvidado por completo el cartel que hicieron para la campaña, pero poco a poco me lo encuentro por ahí. Unos días atrás, al entrar a tomar un vino en La Redicha, me fijé en una copia de ese cartel, en la pared. Debajo, en un estante, algo que hasta entonces no había visto: una caja con una ranura para que la gente rellenara una papeleta con su deporte favorito de Lavapiés. El más denunciable, a su juicio. Otros tantos días atrás, al salir de casa, vi a dos chicas pegando copias de este cartel por el barrio. En los portales, en los escaparates, en los muros. Entre medias, incluso he visto que en algunos telediarios daban la noticia de esta campaña, una protesta que utiliza el humor.
A esta iniciativa se suma “Lavapiés no pasa”. Algunos amigos me dicen, a menudo, que si alguna vez se logra limpiar el barrio y devolverle su antiguo esplendor, ya no sería lo mismo. Que perdería su encanto. Ese encanto está muy bien cuando eres alguien que viene de paso, a hacer una visita a casa, o a tomar unas cañas, o al teatro, pero es muy distinto si vives aquí y tienes que aguantar el ruido nocturno, las broncas diarias, las aceras manchadas de cagajones, las esquinas y las ruedas de los coches llenas de orín, los hombres desesperados que duermen en el suelo, los destrozos en el mobiliario urbano, la panda de tíos que todas las noches canta un estribillo tribal bajo la ventana, las ambulancias que vienen a atender a quienes sufren el telele por culpa del alcohol, los camellos que te atosigan con su mercancía, los robos de bolsos en la calle o los inquilinos que se meten a pasar la noche en los portales o en las escaleras del edificio. No obstante, seguro que, si algún día todo eso desaparece, yo lo echaré de menos. Lo que quiere la gente, además, es que el barrio retorne a sus orígenes, cuando era una zona entre bohemia y castiza y estaba muy de moda para venir de tapas y ver el ambiente y merodear por sus calles.
Supongo que habrán visto el cartel de “Lavapiés Olímpico” en algún telediario. Hay varias modalidades, y citaré aquí unas cuantas: “Levantamiento de bolsos”, “Burocracia acrobática”, “Trapicheo con relevos”, “Esgrima urbano” o “Meada estilo libre”. De esta última modalidad tengo ejemplos diarios. Es raro el día en que no me topo, al salir del portal o asomarme al balcón, con algún fulano con el pájaro al aire, regando la acera, la parte posterior de un vehículo, una esquina o un pequeño árbol. Por eso evito caminar por las aceras de mi calle: la mitad de las baldosas están desprendidas, y antaño me llevaba la sorpresa de, al pisar alguna baldosa, que ésta se moviera y me salpicase el charco de pis que había debajo, mojándome las botas en incluso las perneras del pantalón. Unas horas antes de escribir estas líneas oí cómo una vecina abroncaba a un tío que había meado en la calle. El fulano se defendía diciendo: “No me lo diga a mí, señora. Que pongan servicios públicos”. Pero me temo que si aquí al lado instalaran servicios públicos, iba a ser aún peor: cada urinario se convertiría en una cueva de ladrones, con camellos dentro haciendo sus trapicheos, o mendigos tratando de protegerse del frío, o gente poniéndose un pico. Quienes entraran a orinar, alcohólicos y delincuentes en su mayoría, terminarían meando fuera de la taza, atascando el váter o muriéndose allí dentro.

viernes, diciembre 21, 2007

La Venganza del Inca. Antología de poemas con cocaína, de David González


Portada del libro del que hablo en el artículo de abajo, o en enlace directo pinchando aquí.
[Nota: Felices fiestas]

Pack Grindhouse


Hace unos días que tengo este pack. Espero saborearlo durante estas fiestas.

Ese hombre soy yo

¿De verdad las grandes batallas
existieron?
¿De verdad los hombres se han matado
entre sí, por la gloria o el amor?
¿De verdad existen los ideales?
¿Hay gente idealista?
¿De verdad esos hombres
han avanzado entre las huestes
enemigas,
abriéndose paso entre la sangre, el fuego
y el filo de la espada?
¿De verdad han existido esos hombres?
¿De verdad ha habido hombres héroes
y nobles?
Yo lo dudo.
Es ficción. Imaginación escritural
y cinematográfica.
Yo conozco al cobarde y al pusilánime,
al que enloda sin ningún empacho su nombre,
a quien las hazañas no le dicen nada.
Ése es el hombre que trato todos los días.
Ese hombre soy yo.

Eusebio Ruvalcaba, poema recogido de Unas letras

Beowulf


Lo reconozco: otra de mis debilidades es el cine de Robert Zemeckis. Un director que nos lo hace pasar en grande: Regreso al futuro y sus secuelas, Tras el corazón verde, La muerte os sienta tan bien, Forrest Gump, Frenos rotos, coches locos, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Náufrago... Sin embargo, no quise ver su anterior película. No me llamaba la atención. Caso distinto es el de Beowulf, rodada con la técnica de la captura de movimiento, y por la que se pasean (es necesario verla en VO) Ray Winstone, Crispin Glover, John Malkovich, Robin Wright Penn, Anthony Hopkins, Angelina Jolie, entre otros. Un divertimento épico que aglutina todas las características de las películas de este género: honor, romance, valentía, destino, tinieblas.