Hace 7 horas
viernes, septiembre 15, 2017
miércoles, septiembre 13, 2017
Caminar, de William Hazlitt / Robert Louis Stevenson
Del texto "De las excursiones a pie" (William Hazlitt):
Una de las experiencias más placenteras de la vida es una excursión a pie. Eso sí, yo prefiero hacerlas a solas. Puedo disfrutar de la compañía en un salón, pero al aire libre la naturaleza es compañía suficiente para mí. Nunca me hallo en esos momentos menos solo que cuando me encuentro a solas.
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Denme el limpio cielo azul sobre la cabeza, el verde pasto bajo los pies, un camino sinuoso ante mí y tres horas de marcha hasta la cena… y entonces: ¡a pensar!
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El anonimato de una posada es uno de sus más notables privilegios: "dueño de un mismo, libre de nombre". Oh, ¡magnífico es retirar las trabas del mundo y de la opinión pública!; perder nuestra importuna, tormentosa e imperecedera identidad personal en los elementos de la naturaleza y convertirse en criatura del momento, libre de toda atadura; asirse al universo únicamente mediante un plato de mollejas y no deber más que la cuenta de la noche; no buscar más el aplauso para encontrar desprecio, ¡no ser conocido por otro título más que el de "el caballero del salón".
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Difícilmente encontraremos algo que muestre la cortedad de miras y lo antojadizo de la imaginación en mayor medida que el viaje. Con el cambio de lugar, modificamos nuestras ideas; más aún, nuestras opiniones y sentimientos. Podemos, de hecho, con un cierto esfuerzo, transportarnos a escenas antiguas y tiempo atrás olvidadas, y en ese momento la imagen mental vuelve a revivir; eso sí, olvidamos a aquellos que acabamos de abandonar.
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En el campo olvidamos la ciudad y en esta despreciamos el campo.
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No somos los mismos, sino otros, y quizá más envidiables individuos, cuando nos encontramos fuera de nuestro país. Estamos perdidos para nosotros mismos, así como para nuestros amigos.
Del texto "Caminatas" (Robert Louis Stevenson):
A lo largo de un día de caminata, como comprobarán, se produce una amplia variación en los estados de ánimo. Desde el regocijo inicial hasta la feliz flema de la llegada, el cambio es, sin duda, considerable. Al avanzar el día, el caminante se desplaza desde un extremo al otro. Se incorpora cada vez en mayor medida al paisaje material, y la borrachera de aire libre avanza en él a grandes zancadas, hasta que se apuesta junto al camino y observa todo cuanto le rodea como en un animado sueño.
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No controlar el paso de las horas durante toda una vida es, me disponía a argumentar, vivir para siempre. No se hacen idea, a no ser que lo hayan probado, de lo infinitamente largo que es un día de verano que únicamente medimos por el hambre y que solo concluye cuando uno comienza a adormilarse.
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Y pareciera que un esforzado paseo nos purgara, más que ninguna otra cosa, de toda estrechez de miras y de todo orgullo, permitiendo a la curiosidad desempeñar su papel con total libertad, como la de un niño o un hombre de ciencia.
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Vivimos con tal premura para hacer, para escribir, para acumular bártulos, para hacer nuestra voz audible durante un momento en el burlón silencio de la eternidad, que olvidamos esa cosa de lo que todo lo anterior no es más que fragmentos, a saber: vivir.
[Nórdica Libros. Traducción de Enrique Maldonado Roldán]
lunes, septiembre 11, 2017
El turista desnudo, de Lawrence Osborne
El viaje actual es como la comida rápida: incursiones breves e intensas que no dejan huella. En nuestra época, el turismo ha transformado el planeta en un espectáculo uniforme y nos ha convertido en extranjeros perpetuos que deambulan por la imitación de la imitación de un lugar al que una vez quisimos ir. Es la ley de los rendimientos marginales decrecientes.
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Todos los hoteles tienen el mismo aspecto porque los dirigen las mismas personas; todos los sitios se parecen porque se han concebido en función de los mismos intereses económicos. Todo se parece a todo lo demás, porque así se ha diseñado. Un día, el mundo entero será un gigantesco complejo turístico interrelacionado, llamado "Cualquier parte".
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Para volver a explorar la naturaleza del "viaje" es imprescindible descomprimir el viaje organizado actual. Los aviones también pueden usarse de forma anacrónica y que el pasajero se demore de un sitio a otro en lugar de apresurarse al destino final. Pues hasta en el viaje más absurdamente apresurado, el desplazamiento cuenta más que el destino: es un simple hecho psicológico. A fin de cuentas, ahí estaba la lógica del Grand Tour: era el movimiento en sí lo que estimulaba y despertaba el alma.
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Viajar nunca es fácil. Los contratiempos y el aburrimiento, los enlaces perdidos y las horas vacías son el precio que hay que pagar para dejar nuestra vida real y entrar en una vida ficticia. Además, esta vida provisionalmente ficticia también tiene sus ventajas. No hay que pensar en nada más que no sea la logística del viaje, con todos sus exasperantes detalles y su estupidez. Con el tiempo, incluso esos detalles cobran una importancia poética.
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La "exclusividad para masas", sea en spas o en complejos turísticos en general, se basa en un principio fundamental: hacer que el cliente se crea que está disfrutando en exclusiva de unos placeres propios de la realeza cuando en realidad lo están procesando a toda velocidad por una cinta transportadora levemente hedonista. Huelga decir que es preciso dar la sensación de que el tiempo avanza más despacio para así aumentar la sensación de recuperación. Hacer que una semana parezca un mes, por ejemplo, o que un día parezca una semana. A fin de cuentas, el análisis económico del tiempo que hemos interiorizado desde la infancia se rompe en pedazos en cuanto estamos ociosos y en el extranjero. Para la mayoría, la simple interrupción del trabajo ya consigue esa ilusión.
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En cuanto el cuerpo empieza a desmoronarse, las facultades mentales también se desmoronan poco a poco, como si nuestra estructura interna se hiciera añicos, igual que los trozos de yeso de una escultura barata.
[Gatopardo Ediciones. Traducción de Magdalena Palmer]
viernes, septiembre 08, 2017
Peregrinos de la belleza, de María Belmonte
La primera vez que vi este libro no supe si comprármelo porque hablaba de autores de los que sabía poco o o no había leído o ni siquiera conocía (Johan Winckelmann, Wilhelm von Gloeden, Axel Munthe, Norman Lewis, Kevin Andrews) o de los que he leído poco aunque conozco varias de sus andanzas (D. H. Lawrence, Henry Miller, Patrick Leigh Fermor, Lawrence Durrell). Un tiempo después supe que tenía que comprarlo por eso mismo: para conocer a esas personas, qué hicieron, qué escribieron o qué fotografiaron y cuál fue su relación con Italia y Grecia, según el caso.
Subtitulado precisamente "Viajeros por Italia y Grecia", en sus páginas María Belmonte, que además de escritora es viajera y traductora (y una grandísima lectora, como revela este libro), se adentra en la relación de cada una de esas personas con aquellas regiones. Cómo amaron los paisajes griegos e italianos, cómo se las arreglaron para vivir allí (fuera para siempre o durante algunos años), cómo las ciudades y las islas y las ruinas y los monumentos y el mar les sirvieron de inspiración o de escenario para sus fotografías, sus novelas, sus memorias, sus ensayos…
El conjunto es un libro espléndido, mediante el que María Belmonte logra que sintamos pasión incluso por los personajes que no conocíamos, y que apuntemos títulos para leerlos próximamente, y que la literatura y el Mediterráneo nos deslumbren aún más (si cabe). Cada capítulo está centrado en una de esas personalidades, y de vez en cuando, a veces como con timidez, aparece la propia autora, que ha viajado a esos rincones y ha hablado con la gente y lo cuenta, y, aunque sean breves, a mí esas apariciones tímidas me gustan mucho, me gusta saber que el escritor (en este caso la escritora) ha viajado y que no hizo todo el trabajo desde la silla.
Ya me he comprado su siguiente libro, Los senderos del mar, que espero leer pronto, y en el que cuenta su viaje a pie por territorios vascos. Aquí os dejo con un fragmento del inicio (y este enlace se puede leer la Presentación completa):
A lo largo de los años, fruto de lecturas y búsquedas incesantes, fui conociendo a los personajes que aparecen en este libro a los que he llamado "peregrinos de la belleza". Ellos han sido mis sagaces e ilustrados mentores, quienes han agudizado mi mirada, ensanchado mi percepción y guiado mis pasos por el Mediterráneo. He visitado las islas griegas de la mano de Larry Durrell, subido al monte Olimpo siguiendo a Kevin Andrews, que lo hizo cuando los alemanes no habían quitado todavía las alambradas en la Segunda Guerra Mundial, recorrido la misteriosa región de Mani con Paddy Leigh Fermor, conocido los rincones más secretos de Capri gracias a Axel Munthe… y tantas cosas más.
[Acantilado]
miércoles, septiembre 06, 2017
"El mudo" y otros textos, de Carson McCullers
Tras disfrutar con El corazón es un cazador solitario, lo más adecuado es averiguar cómo Carson McCullers trazó el esquema de dicha novela, cómo creó a los personajes y fue orquestando el rumbo a seguir por este libro. "El mudo" era el título que había pensado para su obra más célebre, y por eso este texto se titula así. Es el más extenso de los ocho que conforman el volumen. En los restantes se ocupa de las obras de Isak Dinesen, que le fascinaron; de la escritura y de la soledad como sello característico de los norteamericanos; de la literatura sureña y de los autores rusos que siempre la conmovieron. El prólogo, además, es de Rodrigo Fresán. En conjunto es el complemento ideal para cualquiera de sus novelas. Aquí van algunas citas:
Este libro se completará en todas sus fases. No se dejará ningún cabo suelto y al final habrá un sentimiento de conclusión equilibrada. La idea fundamental es irónica, pero al lector no se le deja con una sensación de futilidad. La obra refleja el pasado pero también indica el futuro.
[Del texto "El mudo"]
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El amor es el puente que lleva del yo al nosotros y ahí surge una paradoja sobre el amor entre personas. Amar abre una relación nueva entre personalidad y mundo. El amante responde de una manera nueva a la naturaleza y quizá hasta escriba poesía. El amor es afirmación; hace que se responda con síes y provoca el sentimiento de una comunicación más amplia. El amor expulsa al miedo, y en la seguridad de esa unión encontramos satisfacción, valor. No tememos ya las sempiternas preguntas obsesivas: "¿Quién soy?" "¿Por qué soy yo?" "¿Adónde voy?", y, una vez que hemos expulsado al miedo, podemos ser sinceros y caritativos.
[Del texto "Soledad…, una enfermedad americana"]
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Tenemos miedo cuando nos sentimos solos. Y hay otro miedo especial que atormenta al creador cuando se le ataca durante demasiado tiempo.
Porque la función paralela de una obra de arte es ser comunicable. ¿Qué valor tiene una creación que no se puede compartir? La visión que resplandece en los ojos de un loco no nos sirve de nada a los demás. De manera que cuando un artista se encuentra con que se rechaza su creación surge el miedo de que su imaginación personal haya retrocedido a un estado solitario e incomunicable.
[Del texto "La visión compartida"]
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El principal activo de un escritor es la intuición; un exceso de hechos dificulta la intuición. Un escritor necesita saber muchas cosas, pero hay muchísimas otras que no necesita saber: necesita conocer cosas humanas, aunque no sean "sanas", según el adjetivo con que se las califica.
[Del texto "El sueño que florece (Notas sobre la escritura)"]
[Seix Barral. Traducción de José Luis López Muñoz]
lunes, septiembre 04, 2017
Elogio del bistrot, de Marc Augé
Cuando yo era joven, ir solo al bistrot era uno de los primeros gestos de independencia; era una manera de indicar que se empezaba a ser adulto.
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Necesitamos relaciones superficiales. Lo que le decimos a otra persona en una conversación suele ser más importante por el hecho de estar compartiéndolo con alguien que por su contenido. La importancia radica en que nos dirijamos a otra persona, aunque no se entere de nada, o la respuesta no aporte nada al interlocutor. Hay palabras que no dicen nada y se pronuncian a propósito; es el intercambio lo que importa.
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Si uno recorre con la mirada cualquier gran café parisino a mediodía, verá que se parece a una película de cine mudo: es un trozo de vida, contrastada y diversa, y además sin subtítulos, a menudo acompañada en cada proyección de una música invasiva, algo molesta y desacompasada, que no se adapta a ninguno de los escenarios que se proponen.
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El bistrot es el lugar en el que se mezclan los estilos, la tragedia y la comedia, palabras que no dicen nada y silencios que expresan mucho, risas escandalosas, tímidos suspiros y tristezas inexplicables.
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Si el bistrot es un espacio novelesco es, en primer lugar, porque propone a la imaginación fragmentos de historias que están sucediendo en ese momento, de las que quien quiera puede imaginarse los antecedentes o lo que va a suceder sirviéndose de la lógica o la fantasía.
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En un mundo que solo parece consagrarse a la instantaneidad y la ubicuidad, donde la consigna es alimentarse a toda prisa, engullirlo todo sin pensarlo demasiado, donde las grandes cadenas de alimentación se expanden por todo el planeta, la paradójica existencia de los bistrot puede pasar por una forma de resistencia.
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Escritores de todos los orígenes, caminad por París, en solitario o en pequeños grupos. Invadid la capital. Liberadnos de la costumbre. Liberadnos de nuestra pereza. Del miedo y del hastío. Liberadnos de la memoria y del olvido. Del presente y del pasado. Cread el futuro con palabras nuevas. También con ideas e imágenes. Devolvednos la capacidad de lanzarnos a la aventura. Que, estimulados por vuestra presencia, los y las responsables de los bistrot parisinos vuelvan a ser los guardianes del Templo y os ayuden a percibir lo insólito y degustar lo maravilloso cotidiano que celebraba Aragon en 1926. ¡Que cada uno de los bistrot que os encontréis sea uno de vuestros objetivos en esta guerra relámpago y que algunos den nombre, en calidad de fortalezas reconquistadas, a vuestras victorias de hoy y de siempre!
[Gallo Nero. Traducción de Delfín G. Marcos]
viernes, septiembre 01, 2017
Apegos feroces, de Vivian Gornick
Que un libro cuente con el elogio de Jonathan Lethem suele ser, al menos para mí, una garantía. Y ya no digamos si firma el prólogo, como es el caso. Apegos feroces es el título de las memorias de Vivian Gornick, unas memorias que no son para nada al uso: no llega a las 200 páginas, no todo lo que cuenta es favorable para ella y su familia y suele partir de los paseos que se da con su madre por la ciudad para enlazar, por un lado, las conversaciones en las que a menudo acaban discutiendo y, por el otro, los recuerdos del pasado. La relación con su madre es el centro, el eje, sobre el que gravita el libro: de hecho, es un detalle que ya anuncia el título… hay apegos, pero no son de naturaleza suave, sino que incluyen el enfrentamiento, la aspereza. La relación con esa madre, aunque es levemente tóxica, al cabo también es gratificante. Ya lo comenta Lethem en la introducción y mi lectura lo garantiza: hay en algo en la manera de narrar de Gornick que hace que, a ratos, nos identifiquemos con ella y con esas tensiones familiares que no duda un segundo en relatar. Aquí van unos extractos:
Todas éramos criaturas de experiencias inmediatas, ninguna de nosotras postergaba la gratificación. Nettie decía que me estaba animando a sacarme partido para poder sacar buena tajada, pero de hecho era ella la que estaba enganchada a la práctica diaria de la seducción. Mi madre decía que necesitaba el amor para experimentar la vida en un plano superior, pero de hecho el luto por su amor perdido era el plano más alto de vida que ella había alcanzado. Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujese a la consecución de una vida femenina ideal y corriente. Y, de hecho, ninguna de nosotras lo logró.
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Durante el segundo año de mi matrimonio, el espacio rectangular hizo su primera aparición en mi interior. Estaba escribiendo un ensayo, un artículo de crítica del doctorado que, sin previo aviso, había dado como fruto una idea, una idea radiante y bien definida. Las frases comenzaron a abrirse camino en mi interior, pugnando por salir, cada una moviéndose ágilmente para sumarse a la precedente. De pronto me di cuenta de que una imagen se había adueñado de mí: vislumbré con claridad su forma y su contorno. Las frases intentaban ocupar la forma. La imagen era la totalidad de mi pensamiento. En ese instante, sentí que me abría en canal. Mi interior se vació para dar cabida a un rectángulo de aire limpio y espacio despejado, que comenzaba en mi frente y terminaba en mis ingles. En el centro del rectángulo, sólo mi imagen, esperando con paciencia para depurarse. Experimenté gozo cuando supe que nada más podría igualarlo. Ningún "Te quiero" del mundo podría tocarlo. Dentro de aquel gozo me sentía segura y erótica, emocionada y en paz, a salvo de cualquier amenaza o influencia. Comprendí todo lo que necesitaba comprender para poder actuar, vivir, ser.
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Siempre hemos paseado, ella y yo. Ahora no siempre salimos a pasear. Ahora tampoco discutimos siempre. Ya no siempre hacemos las cosas que solíamos hacer. Ya no existe un siempre. Las rutinas comienzan a resquebrajarse. Ese resquebrajamiento tiene sus propios placeres y sorpresas. De hecho, "sorpresa" es ahora la palabra clave entre las dos. No podemos depender del cambio, pero sí de la sorpresa. Sin embargo, tampoco podemos depender siempre de ella. Esto nos tiene entretenidas.
[Sexto Piso. Traducción de Daniel Ramos Sánchez]
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