Hace 20 horas
jueves, diciembre 12, 2013
martes, diciembre 10, 2013
Diez de diciembre, de George Saunders
Hoy es diez de diciembre, como el título de este libro, fecha que aprovechan los editores de Alfabia y su traductor Ben Clark para presentarlo esta tarde en Barcelona. De George Saunders ya hemos hablado en dos post anteriores y no es necesario que ahondemos otra vez en sus rasgos característicos. Pero digamos que, años después de que se publicaran Pastoralia y Guerracivilandia en ruinas, hemos comprobado que Saunders está en plena forma, e incluso sus virguerías narrativas van un paso más allá (véanse “Los diarios de las Chicas Sémplica” o “Diez de diciembre”). Aunque no todas las historias transcurren en parques temáticos ni todas están ambientadas en futuros inciertos, sus personajes siguen siendo los mismos tipos perdedores, aplastados por el sistema laboral, condicionados por el consumismo, deseosos de una oportunidad para cambiar las cosas.
El sentido del humor de Saunders tampoco ha cambiado. En el relato “Al Roosten” leemos lo siguiente:
Era un almuerzo en el que se subastaba a Famosos Locales. Y un Famoso Local era cualquier pringado lo suficientemente zopenco como para contestar que sí cuando telefoneaba la Cámara de Comercio.
Esas ideas sólo pueden provenir de alguien con una imaginación tan loca como Saunders o Donald Barthelme, a quien podríamos considerar uno de sus maestros o (a mí me lo parece) una de sus influencias. Sin embargo, todas esas ideas desternillantes tienen su origen en la América profunda: en EE.UU. hay subastas y concursos tan disparatados que, en realidad, la narrativa de Saunders es en el fondo una burla hacia esos inventos (basta leer algunas crónicas de David Foster Wallace para saber cómo se las gastan por allí, o incluso ver algún episodio del show televisivo Crónicas carnívoras).
En las historias de Saunders, nadie parece estar a salvo de la humillación. Ni siquiera los hijos se libran del escarnio de las madres, como prueba este pasaje del mismo relato:
“¿Cuál es el problema, Al?” había dicho Mamá.
“Todo el mundo me llama gordo y marimandón”, había dicho él. “Además, dicen que soy un chivato”.
“Bueno, Al”, había dicho ella, “eres un mandón, estás gordo y me imagino que puedes llegar a ser bastante chivato. Pero ¿sabes qué más eres? Tú tienes lo que se llama valentía moral. Cuando sabes que una cosa está bien, la haces, cueste lo que cueste”.
A Mamá a veces se le iba. Una vez dijo que podía ver, por su forma de subir corriendo las escaleras, que sería un gran escalador. Una vez, cuando logró un notable bajo en matemáticas, ella había dicho que debería ser astrónomo.
Bendita Mamá. Siempre le había hecho sentir especial.
En Diez de diciembre encontramos diez cuentos. El primero, “Vuelta de honor”, quizá sea el más flojo o el que menos me enganchó. Pero luego todo va in crescendo, como demuestran “Cachorro” (en el que, como en la cubierta, hay un niño atado a un árbol, con una escudilla para comer, igual que si fuera un perro), “Escapar de La Cabeza de Araña” (en el que varias personas son conejos de indias a los que inyectan medicamentos de prueba mientras los observan relacionándose entre ellos) o "Mi debacle como hidalgo" (sobre un parque temático). “Exhortación”, uno de esos relatos experimentales que tanto le gustan al autor, consiste en el memorándum que envía el director de una empresa a sus empleados y, como es habitual en Saunders, el tono del superior es propio de quien despliega amenazas encubiertas bajo una redacción plagada de ejemplos y chistes. Saunders también es un maestro en el análisis de mentes que no funcionan como debieran, como en los relatos “A casa” (el regreso de un veterano de guerra al hogar) y “Diez de diciembre” (en el que un viejo salva a un niño).
Pero he querido dejar para el final el cuento más perfecto, o al menos con el que más me he divertido: “Los diarios de las Chicas Sémplica”. El relato consiste en las entradas de diario de un padre de familia. Pero no es el clásico diario que luego se publica. Es uno de esos diarios en los que uno se come palabras y abusa de las abreviaturas porque no tiene tiempo o ganas, pero sin embargo quiere consignar cuanto le sucede durante el día. ¿Quién no ha escrito algo así en la niñez o en la adolescencia? Cuando tuve mi primera novia, hice algo parecido: cada noche contaba cuatro cosas, con abreviaturas, saltándome palabras, en un estilo que Saunders ha captado a la perfección. La diferencia estriba en que el narrador no es un chaval con picores, sino un hombre con toda la barba, un padre de familia con 40 años, metido en un atolladero económico (y, pese a ello, ha comprado varias Chicas Sémplica, que son orientales adaptadas para adornar un jardín… sí, es otra distopía de Saunders). Aquí van dos ejemplos de este descacharrante cuento:
Limitaciones frustran mucho.
Hay tanto que quiero hacer y experimentar y darle a mis hijos. Tiempo pasa tan deprisa, chicos creciendo a toda velocidad. Si ahora no, ¿cuándo? ¿Cuándo les daremos esplendidez y sensación de generosidad? Nunca hemos estado en Hawái ni hecho esquí acuático con paracaídas ni almorzado en chiringuito cerca de océano llevando grandes sombreros de paja comprados en un arrebato. Así que me preocupo: criados en penuria ¿no se volverán muy cautos? Tampoco es verdad que se estén criando en penuria. Aun así, hay cosas que queremos y no podemos permitirnos. Si niños enseñados a ser demasiado cautelosos, debido a penuria, ¿no se los comerá el mundo con patatas? Me gustaría comprar gran baúl, decorarlo como tesoro enterrado, enterrarlo, hacer mapa, esconder mapa, conducirles a mapa sin que se den cuenta. Entonces, cuando traigan mapa, decir: Ridículo, no seáis soñadores, sed cautelosos, sed conservadores, el mundo es cruel. Y, cuando persistan y realmente encuentren tesoro, ¿no será esa una excelente lección sobre la importancia de perseverar? ¿Pero cómo hacerlo? ¿De dónde sacar semejante baúl? ¿Qué meter en baúl que no cueste mucho? ¿Cómo cavar agujero tan grande y cuándo? Siempre ocupado fines de semana.
Y, un poco más adelante:
Cuando niños nacieron, Pam y yo abandonamos todo (sueños de juventud sobre viajar, vivir aventuras, etc., etc.) para dedicarnos a ser buenos padres. No ha sido una vida emocionante. Ha habido muchas cosas pesadas. Nos hemos quedado hasta muy tarde, muchas noches, agotados, porque quedaban tareas por hacer y había que hacerlas. En más de una ocasión hemos sonreído con agotamiento/enfado, despeinados + cansados, caquita de bebé y/o vómito de bebé en nuestra camisa o blusa, mientras otro sujetaba cámara, pelo con greñas porque cortes de pelo caros, gafas pasadas de moda que se caen porque nunca tenemos tiempo de llevar a que ajusten montura.
Y después de todo eso, mira dónde estamos.
Es desafortunado.
Como vemos, por debajo del humor siempre hay una capa de tristeza, de ambiciones frustradas, de deseos insatisfechos. Los personajes de George Saunders están en consonancia con esta época de crisis y depresiones. Ah, y por cierto: gran traducción del poeta Ben Clark.
[Ediciones Alfabia. Traducción de Ben Clark]
lunes, diciembre 09, 2013
La gran belleza
Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.
Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche
Ésta es la cita que abre Viaje al fin de la noche, la obra maestra de Céline, y que también utiliza el cineasta y escritor Paolo Sorrentino al inicio de su memorable película La gran belleza. A partir de ahí, uno sabe que todo puede ir hacia arriba, intuye que el filme no va a decepcionarle. Y Sorrentino no sólo cumple las expectativas, sino que las desborda.
La gran belleza es felliniana por los cuatro costados. Es una película por la que pululan los personajes desencantados, los freaks de la burguesía, las rarezas de la sociedad, llena de secuencias absolutamente deslumbrantes que sacuden al espectador y que a veces carecen de explicación lógica. La gran belleza sigue los pasos del escritor y periodista Jep Gambardella (Toni Servillo, en una de las mejores interpretaciones del año), una especie de trasunto de Tom Wolfe (reportero al que ya le sobran amistades, dinero y lujos, y que siempre viste con trajes elegantes) que, sin embargo, acaba estando más cerca del Hank Moody de Californication (porque Jep escribió un único libro en su juventud, que le trajo fama, gloria y premios… pero no ha sido capaz de escribir otro libro). La cámara sigue sus pasos a partir de la noche en que celebra su 65 cumpleaños, momento en el que empieza a plantearse la existencia y el sentido de las cosas, en medio del ruido ensordecedor de las fiestas de los ricos y su frivolidad regada con champán y espolvoreada con cocaína.
Jep siempre se levanta por la tarde, hace alguna entrevista y acaba la noche en restaurantes de lujo o en fiestas privadas en las que confluyen millonarios, condes de alquiler, empresarios, culturetas y en general gente de la alta sociedad, y de madrugada pasea por una Roma maravillosa, que decepciona a sus habitantes, pero que al mismo tiempo sigue siendo bellísima, una Roma en la que hay sorpresas en cada esquina (una jirafa en mitad de las ruinas, una actriz famosa paseando en el silencio de la noche, un individuo que posee las llaves de los edificios más célebres de la ciudad…). Es en ese marco, de fiesta en fiesta, de viejo amigo en viejo amigo, de aquí para allá, donde Jep Gambardella va a tratar de responder a la pregunta que todo el mundo le hace: ¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro?
El protagonista es una especie de Bartleby de Vila-Matas, alguien que ha dejado de escribir, pero ni él mismo está seguro de las razones para no hacerlo. Y su periplo por esta Roma asombrosa es la respuesta a otra pregunta: ¿Qué pasó con Marcello, el periodista de La dolce vita de Fellini? Porque, en esencia, La gran belleza es un retorno a ese mundo, en el que nada parece haber cambiado (las fiestas de madrugada, la locura y el derroche, el cotilleo y el dinero como dios que todo lo domina… y los ricos, ya envejecidos, se han adaptado a la nueva música y a los adelantos tecnológicos), pero todo ha cambiado a peor (todos ellos han madurado mal, su decadencia es notable, su frivolidad es hiriente). En ese escenario sólo queda buscar algo, algo valioso o bello que dé sentido a la vida y se oponga al vacío.
La película es deslumbrante de principio a fin, está dominada por esa alegría, esa exaltación de vivir que veíamos en filmes como Ocho y medio o La dolce vita, y con una cámara inquieta que actúa de voyeur. En ese sentido, casi toda la historia está matizada por el humor y por los contrastes. Al principio de La gran belleza el espectador ve a un grupo de turistas, y a un coro de mujeres que cantan rompiendo el silencio del entorno de un edificio de las afueras, y todo es plácido y bonito… hasta que esa secuencia es quebrada por una fiesta nocturna en un ático, esa fiesta de los ricachones que rompe el equilibrio y destruye la armonía. Es sólo uno de los contrastes del largometraje de Sorrentino. Es sólo uno de los aciertos de este filme, plagado de deliciosas locuras: un sacerdote obsesionado con las recetas de cocina, un cirujano que cobra un pastón por cada inyección de bótox, una santa que sólo come raíces, una niña que pinta cuadros mientras sus padres explotan su potencial, una enana que dirige una famosa revista, un muchacho aterrado por la muerte y las citas al respecto de los grandes escritores… Incluso sale una mujer voluminosa que recuerda a la Saraghina de Ocho y medio.
De Sorrentino sólo conocía su extraña y notable película This Must Be the Place (Un lugar donde quedarse), que protagonizó Sean Penn. Por casa tengo su novela Todos tienen razón. Su nueva película me ha dejado tan KO que esta misma semana voy a leer su libro.
sábado, diciembre 07, 2013
El atlas de ceniza, de Blake Butler
El año pasado unos cuantos lectores nos apasionamos con Nada. Retrato de un insomne, esa especie de memoria-ensayo en la que Blake Butler hablaba de sus dificultades para dormir, de la escritura y de otros autores que escribían sobre el tema. Con El atlas de ceniza el autor da un giro radical. Ya no estamos ante un ensayo voluminoso con pasajes autobiográficos. Ahora es una novela de relatos o novela de episodios independientes, de algo menos de 200 páginas, totalmente encuadrada dentro de la ficción apocalíptica.
Blake Butler va al grano y, cuando empieza la narración, el planeta ya está inmerso en un Apocalipsis. No se nos cuentan las razones, las causas que originaron este mundo de pesadilla, fustigado por las lluvias (de orugas, de grava, de cristales, de estiércol, de dientes… como en Magnolia, en cuyo clímax caían ranas del cielo, aquí puede venir cualquier cosa de arriba), con sus habitantes sometidos a los cambios climáticos y a las mutaciones y a las plagas de insectos y a los incendios y las inundaciones y la podredumbre. La estructura que sigue el autor es más o menos la siguiente: alterna relatos breves o capítulos cortos (en los que nos cuenta cómo se desarrolla cada lluvia) con otros episodios más extensos (en los que asistimos a las tribulaciones de diversos personajes: padres de familia, embarazadas, hijos o hijas que vagan por el mundo, individuos enfermos o deformes, como Randall: Randall tenía una cabeza del tamaño de varias cabezas juntas, un bulbo gigantesco y borboteante de pelo podrido que resplandecía bajo cierta luz). La pesadilla del paisaje y de la carne enferma se sucede casi en cada línea, con descripciones perfectas de lo que amenaza y destruye a la Tierra y a los hombres y a los animales, con una prosa directa y, me atrevería a decir, con cierto tono casi poético.
Todo lo narrado recuerda en ocasiones los mundos perturbadores de cineastas como David Lynch. Por ejemplo, en el relato o capítulo titulado “Los desaparecidos”, el narrador se traga sus propios dientes, empiezan a salirle llagas por el cuerpo, duerme con fiebre… En la escuela, los alumnos enferman, y la habitación del protagonista se llena de criaturas:
Los bichos continuaban infestándome el dormitorio. Algunos tenían ojos enormes. Otros tenían dientes. Desde mi cama de enfermo, aprendí sus dinámicas. Abrían túneles en el suelo. Los vi devorar mi abrigo de invierno. Los vi llevarse mi batería pieza a pieza.
Y también es acosado por sueños extraños:
Otra noche soñé con mi madre. No tenía pelo. Tenía los ojos negros. Entraba por la ventana de mi dormitorio y se quedaba flotando en el aire. Me quitaba la porquería de la piel a besos. Sus mejillas se llenaban con los latidos. Ella me llenaba de luz.
En “El vestido que le salió a mamá del estómago”, una madre va comiendo hilo y trozos de sábanas y de cortinas y de lo que pille para crear un vestido para su hija dentro del estómago. Cuando la hija recibe el vestido, decide darse un larguísimo paseo en el que ocurren cosas como éstas:
Soñó que daba marcha atrás al tiempo para ver cómo sus padres adelgazaban y rejuvenecían, mientras la tierra se renovaba y se limpiaba. Caminó de forma caprichosa. Pisó agua. Vio un millar de pájaros, vio rayos garabatear el cielo y vio a los pájaros caer en tropel. El mundo estaba menguando. El cielo era de tiza. Se sentía más vieja a cada hora que pasaba.
Las descripciones apocalípticas siempre son precisas y siniestras, como en “Lecho marino”:
La arena se les resquebrajaba bajo los pies. La orilla estaba cubierta de porquería y apisonada, con pálidos panales de espuma seca en el punto álgido al que habían llegado las olas. Cáscaras agrietadas de medusas varadas en tierra y carne de caracola sin caparazón recocida por el sol, reseca, deshecha. Gaviotas enteras con los cráneos picoteados y arrasados por los ácaros y los gusanos.
O, por ejemplo, en este pasaje de “Exponencial”:
Me metí a hurtadillas por el pasillo con las paredes deformadas por el agua y el papel de pared de Paisley convertido en pasta. El moho se había extendido sobre nuestro retrato de familia. La lámpara del techo estaba infestada de huevos que tapaban la luz. Yo tenía la cabeza vendada de gasa. Llevaba varios meses usando la misma venda, hasta que la tela se me había puesto toda marrón a la altura de la boca por culpa del flujo constante de pus y mucosidad.
Esta distopía ha sido, para mí, una lectura fascinante. Es posible que lo vuelva a releer en breve. Ojalá la editorial siga publicando más libros del autor.
[Alpha Decay. Traducción de Javier Calvo]
viernes, diciembre 06, 2013
Orugas
Colgaban en forma de sogas serpenteantes de carne segmentada: gordas y espinosas, cubiertas de moho reluciente. Algunas eran tan grandes como mi antebrazo. Otras eran lo bastante pequeñas para metérsete por el oído. Yo nunca las había visto de tantos colores. Las hojas de los árboles estaban todas comidas, llenas de esqueletos que se enroscaban y estiraban el cuello en pleno verano. Aquellos que habían intentado hacer frente al granizo y lo habían conseguido ahora no salían de casa y tenían las pieles llenas de lesiones en forma de huellas de dientes. Los tanques de bronce patrullaban la ciudad. Existía preocupación nocturna acerca de qué comer. Uno se lo imaginaba todo infestado. Aparecían bichos acurrucados hasta en la última grieta: entre las sábanas, en el horno. Había noches en que yo me arrancaba a mordiscos los bultos de las uñas. Oí hablar de un viejo que había quedado enterrado en su sótano. Oí hablar de jovencitas ahogadas mientras dormían. Quistes de grasa y nódulos incrustados y tumores de lodo rojo. No había piel que estuviera a salvo. No había noche que resultara sencilla. La tasa nacional de suicidios se cuadriplicó. Se ilegalizó la venta de aspirinas, cuerdas y cuchillas de afeitar. Aparecieron otras tácticas menos limpias: una noche un centenar de personas se tiraron al vacío desde un hotel situado en un rascacielos. La gente se empezó a preguntar qué quería _____. Las ondas radiofónicas se llenaron de predicadores: cómo arrepentirse, qué nos podía salvar, a quién había que mirar, qué había que pensar. De noche prácticamente se podía oír el murmullo de nuestras oraciones: mil millones de bocas balbuceantes juntas para sí mismas. Entretanto, a aquellas alturas, las ciudades ya estaban cubiertas de crisálidas, carpas de seda que cubrían carreteras enteras y casas enteras. Nuestra puerta principal ya estaba sellada por panales de abejas. Cada vez que algo se movía crujían los capullos. Esperamos. Parpadeamos en la noche. Al final, el gran desvelamiento: diez mil millones de mariposas zumbando bajo el sol, haciendo tanto ruido al aletear que no te dejaban pensar.
Blake Butler, El atlas de ceniza
miércoles, diciembre 04, 2013
El consejero [película], de Ridley Scott
Si atendemos al post previo sobre El consejero, veremos que, siendo un guión una herramienta de trabajo, el texto escrito por Cormac McCarthy tiene, no obstante, varios altibajos y elementos endebles; junto a ellos hay pasajes logrados. Lo cual depara un "libreto" raro, misterioso… un perro verde. Y la película no es menos. Es otra cosa rara e irregular en la que hay momentos de altura junto a escenas flojas.
En el post anterior citaba a Hilario J. Rodríguez (no en vano es uno de los mejores críticos de cine del país) y vuelvo a citarlo aquí. Decía él, y estoy de acuerdo, que los Coen se habían adaptado al paisaje característico de Cormac McCarthy en su versión de No es país para viejos; pero, en el caso de Ridley Scott, no ha sido así: es él quien lleva el mundo de Cormac McCarthy a su terreno, lo que acaba dando una película casi típica de Scott con diálogos de McCarthy. Esa diferencia es sustancial. Y, pese a ello (es mejor la opción de los Coen, sin duda), Scott se las arregla para esquivar algunas de las debilidades del guión: parte de esos diálogos insustanciales han desaparecido de la película, supongo que por decisiones finales de montaje; los momentos que en el texto nos costaba entender, aquí, en cambio, son comprensibles gracias a la imagen, a la puesta en escena de Scott y al modo en que los resuelve en apenas unos segundos. Por ejemplo: el prólogo; Scott ha cortado la mitad de ese diálogo de enamorados, y eso es beneficioso para la película porque no aportaba gran cosa. Otro ejemplo: el parlamento del vendedor de diamantes del principio, que en el texto parecía un filósofo, aquí queda reducido a un mero vendedor de diamantes, y se agradece porque su alegato sobre los dioses y los judíos tampoco es esencial para la trama.
Como decía, la película también es irregular. Pero hay un detalle que lógicamente no está en el guión y, a medida que el metraje avanza, va instalando el mal rollo en el espectador: la música, que subraya El Mal del que hablaba en el post anterior, y que aparece en esos momentos puntuales en los que un personaje habla del cártel o de los verdugos. Y ese elemento va creando un clima, una sensación de ambiente malsano y de tensión latente que a mí, particularmente, me apasiona. Y esto desemboca en los últimos 20 minutos. La película vale la pena por esos minutos finales, donde se desata la locura pero donde tenemos que imaginar lo que no se ha mostrado. Ahí es donde Ridley Scott consigue momentos impactantes, que no quiero citar porque serían spoilers.
En el reparto, plagado de estrellas, para mí destacan Michael Fassbender (aunque su personaje de pichón es casi un mero comparsa de cuanto dicen otros personajes, sin embargo en el último tramo de la peli tiene oportunidad de desplegar toda su eficacia dramática), Cameron Díaz (su papel de bruja maquiavélica será recordado durante mucho tiempo, gracias a sus perversidades), Brad Pitt (tampoco es que se luzca demasiado, pero me fascina su capacidad de pasar de héroe guaperas en Guerra Mundial Z a dealer hortera y capullo en El consejero sólo con un cambio de vestuario y un bigote) y Rubén Blades (en una intervención breve, pero jugosa).
En suma: ambos, guión y filme, son irregulares, imperfectos, con altibajos. Tal vez porque, como dice el vendedor de diamantes: Este negocio es muy cínico. Solo buscamos la imperfección.
[Y, ahora, os propongo un juego: buscar las similitudes entre Revenge (Tony Scott) y El consejero (Ridley Scott); ahí lo dejo]
El consejero [guión], de Cormac McCarthy
Mi primera lectura de este guión me provocó perplejidad y decepción a partes iguales. Es una cosa rara, me dije; demasiado rara. Como fanático de algunos libros (no he leído todos) de Cormac McCarthy, intenté desentrañar qué había querido decir, por qué había escrito lo que había escrito. A un tipo que ha escrito Meridiano de sangre, Sutree, La carretera o No es país para viejos le debemos un respeto. Tras esa primera lectura, digo, me quedó la impresión de haber entendido pocas cosas. McCarthy ha optado, al contrario de lo que es frecuente, por enseñarnos las bambalinas del tráfico de drogas y los asesinatos de Ciudad Juárez. Es decir, él no muestra los momentos en los que se cierran las operaciones, no muestra a los hombres importantes cuando toman decisiones drásticas, no muestra las torturas o algunos de los asesinatos (que debemos conformarnos con imaginar). Esa cantidad de elipsis y misterios e historias no cerradas (al menos para el público y/o el lector) pueden favorecer a una novela (pensemos en toda la acción que no se muestra en la novela No es país para viejos), pero perjudican a una película.
El guión de El consejero contiene demasiados enigmas y unos cuantos agujeros. Pero la razón es obvia: McCarthy es escritor, no guionista; para empezar, el guión (hablo de lo que se ha publicado) carece de las acotaciones propias del género (ej: EXTERIOR NOCHE, primer plano del protagonista, etc); y luego contiene un montón de diálogos triviales, casi absurdos (pienso en el prólogo del guión, no de la película: luego, en el post correspondiente sobre la peli, lo explicaré), que pocas veces aportan sentido a la trama. Es como si el autor hubiera querido implicarse en el juego de Mátalos suavemente o Pulp Fiction, es decir, conversaciones frívolas… pero, en el caso de las dos películas citadas, esas conversaciones eran más potentes y aportaban más de lo que parece. Y, junto a esos diálogos triviales, hay algunos monólogos (siempre en boca de personajes secundarios) bastante memorables, especialmente hacia el final.
Como decía al principio, dado que a McCarthy le debemos respeto absoluto, volví a leerme el guión, esta vez centrándome más en los diálogos y menos en la descripción de acciones. Entonces empecé a entender algo. Me gustó un poco más, sin apasionarme. Tiene tantos altibajos que parece una montaña rusa. Luego entendí que McCarthy nos está hablando de algo que le interesa mucho: la codicia. Cómo la codicia acarrea consecuencias graves. Y cómo una persona debe arrastrar sus culpas y afrontar sus errores, le guste o no, sea capaz o no. Junto a esa codicia hay algo que flota por ahí: El Mal, así, con mayúsculas (tomo esa idea de la conversación que tuve con Hilario J. Rodríguez acerca del filme). Un Mal que acecha, que está latente, y que podemos despertar o no, dependiendo de nuestro modo de vida. McCarthy, decidido a centrarse fundamentalmente en los peones y en algún alfil del juego de ajedrez de la droga (pero no en los reyes), introduce sin embargo un elemento muy interesante: la reina. La reina, Malkina, cuyo nombre ya nos dice mucho acerca de su personaje porque suena al Mal y a Maquinar. Esto no es ninguna tontería porque al autor le interesan el castellano y los juegos de palabras y significados, como vemos en partes del guión que no aparecen en la película de Ridley Scott. Dicha reina, por cierto, recuerda un poco a la Salma Hayek de los Salvajes de Oliver Stone. Ese papel principal de la mujer es acorde con los tiempos y tiene un interés básico en numerosas películas actuales: el papel de la fémina cogiendo las riendas y demostrando su poder.
Por otro lado, no olvidemos algo importante: un guión es una base, una estructura, un esqueleto. Equipararlo a una novela o a una obra de arte es arriesgado, y eso sólo lo haría un lector memo. Es como ver los huesos de Monica Bellucci y decir que no te gustan. Lógico: porque no has visto la carne que lleva encima; porque no has visto la película. Y lo dice alguien que ya ha leído muchos guiones: el guión es una herramienta de trabajo, los cimientos sobre los que el director y su equipo van a crear algo. Y, paradójicamente, el guión acaba siendo el factor más importante de casi todas las películas.
Pese a sus abundantes debilidades, en esta segunda lectura apunté algunas frases dichas por los personajes que a mí me han atraído:
Las cosas están y de un día para otro ya no están. Echarlas de menos es confiar en que volverán. Pero las cosas no vuelven.
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Lejos de mi intención desarrollar el tema, pero lo único que en el fondo debería preocuparnos es la angustia de nuestros compañeros de viaje en este tren con destino al infierno.
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La vida es estar en la cama contigo. Todo lo demás es simple espera.
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Si tu definición de amigo es alguien que moriría por ti, entonces tú no tienes amigos.
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Solo sé que el mundo en el que intenta usted enmendar sus errores no es el mundo en el que fueron cometidos. Está en una encrucijada y piensa qué camino debe elegir. Pero no hay nada que elegir. Aquí no existe más que la aceptación. La elección se hizo tiempo atrás.
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En ninguna parte existe un corazón tan puro como el del depredador. Yo creo que si algo define al cazador es más lo que se ha librado de ser que lo que ha acabado siendo. No hay distinción entre lo que es y lo que hace. Y lo que hace es matar.
[Mondadori. Traducción de Luis Murillo Fort]
martes, diciembre 03, 2013
Londres, una biografía, de Peter Ackroyd
Es una ciudad que siempre se destruye y siempre se regenera, que se devasta y se renueva, adquiriendo su textura histórica a partir de las aspiraciones provisionales del transcurso de las generaciones; es un mito perdurable, así como una realidad fugaz, un escenario de muchedumbres, rumor y olvido.
Ésta es una de las definiciones más acertadas del voluminoso libro que Peter Ackroyd le dedicó a esta ciudad (que compré en una caja que también incluye su Londres bajo tierra, ya comentado en este blog). El verano pasado estuve una semana en Londres y éste fue uno de los dos libros que metí en el equipaje. Lo he estado leyendo desde entonces, a ratos, según me apeteciera. Es una obra notable, un ensayo que nos descubre cada rincón de aquella ciudad y cada episodio histórico que merezca la pena ser narrado. Ackroyd nos habla de sus ríos, de las muchedumbres, de la gastronomía, de los crímenes, de los bombardeos, del teatro, de la arquitectura, de los barrios… En fin, aquí cabe casi todo, desde el punto de vista tanto histórico como urbano. Quizá mis pasajes favoritos sean aquellos en los que nos cuenta y nos describe cómo era la chusma de antaño, cómo la miseria era habitual en las calles y deparaba enfermedades y calles inundadas de barro y mierda. Porque Peter Ackroyd no es un mero consignador o alguien que se conforme con recopilar datos e historias: su estilo de escritura es preciso, y por ello se agradece la lectura; esto es obvio: de no escribir así, estaríamos ante un manual del instituto y nos aburriría en las primeras páginas.
El autor lo publicó en el año 2000, así que este siglo ya no entra (y, en cuanto al s. XX, Ackroyd se detiene tras la recuperación de la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial). Esta "biografía" de Londres es el mamotreto ideal para sumergirse en una ciudad fascinante. Lo malo es que las últimas páginas ya me pesaron (y, además, el tamaño del libro es considerable, tanto a lo alto como a lo ancho), lo cual suele ocurrirme con unos cuantos tochos, como un par de capítulos de Los miserables o las 200 últimas páginas de El plantador de tabaco (páginas, insisto, que pesan tanto como si nos tocara caminar con el autor subido a hombros). Empecé con una definición del autor sobre la ciudad y os dejo con otra:
Londres supera cualquier límite o convención. Comprende cada deseo o palabra que alguna vez se haya pronunciado, cada acción o gesto realizados, cada afirmación cruel o noble expresada. Es ilimitable. Es la ciudad infinita.
[Edhasa. Traducción de Carmen Font Paz]
The Wolf of Wall Street: 2 nuevos carteles
Por alguna razón que se me escapa, los carteles que estamos viendo de esta película son más bien horrendos. Y no lo entiendo... porque, por regla general, Martin Scorsese cuenta con diseñadores que le han hecho algunos de los mejores afiches de la historia del cine (ejemplos: Taxi Driver, Casino, Uno de los nuestros, La edad de la inocencia, Infiltrados, Shutter Island, Toro salvaje, No Direction Home: Bob Dylan...); esperemos que aparezca, a última hora, algún otro cartel que, al menos, sea rompedor.
lunes, diciembre 02, 2013
Guerracivilandia en ruinas, de George Saunders
Tengo en mi biblioteca un montón de libros (a priori imprescindibles) cuya lectura voy aplazando por diversos motivos: porque se cruzan otros títulos nuevos, porque quedan enterrados bajo pilas de novedades y los olvido, porque algunas obras necesitan “su momento”, porque me gusta alternar los libros de un mismo autor y dejar siempre algo suyo para otra ocasión… Es el caso de Guerracivilandia en ruinas: creo que lo fui posponiendo porque mi edición de bolsillo tiene una letra diminuta, y porque en España sólo había dos libros traducidos de Saunders (hasta ahora, ya que acaban de publicar Diez de diciembre, que empezaré a leer hoy mismo). Dado que ya tenemos una nueva obra suya, hace días releí Pastoralia y unos días después leí el volumen que nos ocupa. Y puedo decir que incluso éste me ha gustado más. Los temas y los escenarios son parecidos a los de Pastoralia: la deshumanización del hombre sometido a trabajos absurdos, los parques temáticos, los centros comerciales, los tipos que quieren dar un giro a su vida, los poderosos que humillan a sus subalternos…
Guerracivilandia en ruinas contiene siete relatos. O, mejor dicho, seis relatos y algo parecido a una novela corta que cierra el libro. Para demostrar el inmenso talento de Saunders y su originalidad, bastaría con leer el cuento “Descargando para la señora Schwartz”, que contiene elementos que recuerdan un poco a Philip K. Dick y otro poco a la película ¡Olvídate de mí! (aunque la peli es posterior al relato), sin olvidarnos de los Días extraños de Kathryn Bigelow: en dicha historia, un tipo alquila módulos de “holografía interactiva”, lo que significa conectarse a aparatos que ofrecen una experiencia de realidad virtual; y una de sus posibilidades es despojar de recuerdos al usuario o trasplantar recuerdos ajenos a otra persona.
En el primer relato, que da título al libro, “Guerracivilandia en ruinas”, transcurre en un parque en el que se representa la guerra civil americana; un escenario en el que se pasean los fantasmas de la vieja época y en el que los gamberros hacen de las suyas. En este texto asistimos a momentos como éste, en el que vemos cómo el narrador, un trabajador que ha renunciado a sus sueños, debe despedir a otro empleado:
Así que hago venir al señor Grayson. El señor A. le pregunta si se equivocó en el cálculo inicial o si es que ha recibido datos nuevos. El señor Grayson admite que se equivocó. El señor A. le hace salir al pasillo, y nosotros nos quedamos hablando.
-Se lo dirás tú –dice el señor A.–. Yo me estoy haciendo demasiado viejo para las crueldades.
Coge su bastón y su busca y dice que si lo necesito está en el Gran Bosque.
Yo vuelvo a llamar a Grayson y lo despido, le doy unos Kleenex y esquivo unos cuantos golpes y antes de darme cuenta ya se ha largado por la puerta y yo me voy a por una pita.
¿Es esta la vida que yo había imaginado para mí mismo? Por Dios, no. Yo quería ser saltador de altura. Pero tengo dos de los hijos más encantadores que han nacido nunca. Llego por la noche, los veo dormir vestidos con sus peleles considerablemente caros y pienso: Aquí hay un par de niños que no tienen que preocuparse por morirse de frío ni por que los echen a los lobos. Tendrías que ver cómo se les iluminan los ojitos cuando llevo algún regalo a casa. Puede que no conozcan la importancia del dinero, pero tengo la intención de encargarme de que nunca tengan que conocerla.
En “El presidente de doscientos kilos” hay un hombre con ese peso del que toda la oficina se burla; tanto, que una de sus compañeras acepta salir con él una noche para ganar una apuesta. Aquí, como en el ejemplo anterior, encontramos a un hombre en declive, alguien que no logra sus metas y se martiriza por ello:
-¿Me odias? –pregunta Freeda.
-No –le digo–. De verdad que me lo pasé bien la noche que salimos juntos.
-Dios, yo no –dice ella–. Todo el mundo nos miraba sin parar. Me provocaba malestar el que pensaran que estaba contigo de verdad. ¿Me entiendes?
No se me ocurre nada que decir, de forma que asiento. Luego me retiro a mi cubículo con los ojos húmedos para divertirme un rato con las facturas. No soy un mal tipo. Solo me gustaría dejar de tener esperanzas. Me gustaría poder decirle a mi corazón: Ríndete. Quédate solo para siempre. Siempre te quedará la ópera. Siempre te quedará el bizcocho de ángel y los niños del vecindario cantando villancicos y la imagen de las hojas en otoño sobre un tejado mojado. Pero no. Mi corazón es una especie de pescador idiota e insaciable.
En “Recompensa”, el último relato del libro, de extensión próxima a una novela corta, el protagonista y su hermana trabajan en un Centro de Ocio haciendo diversas labores (sirvientes, recogedores de mierda, etc); a sus treinta y pico, él es virgen y ella es prostituta; por si fuera poco, ambos pertenecen al grupo catalogado como Defectuosos, gente con malformaciones (colas, garras en los pies, ojos en el cogote…), detestada por los Normales. El narrador también detesta su situación:
Por las noches Connie me cantaba hasta que me quedaba dormido y me decía que no me preocupara, porque mi verdadero yo estaba bien a salvo en mi interior. La quiero mucho, pero ahora que veo las cosas con distancia sé que no tenía ni idea de qué estaba hablando. Mi verdadero yo estaba en leotardos, moviendo el esqueleto para una pandilla de ricos de vacaciones y borrachos como una cuba. Mi verdadero yo estaba echando de menos a mi madre mientras exhibía mi discapacidad a cambio de unas roñosas monedas.
Y, un poco más abajo, refiriéndose al trabajo de su hermana:
La suerte de Connie no era mejor que la mía. Por entonces estaban de moda en la Aldea Rural los paseos románticos en carros de heno. El trabajo de Connie consistía en correr detrás de un caballo llamado Doncella Marian con una pala y un cubo de plástico. El contacto constante con las heces la ponía enferma. Cuando no llegaba a su cuota de heces diarias, la hacían quedarse a recoger mierda con la pala por las noches.
Unos relatos muy recomendables, que muestran cómo es realmente la sociedad mediante la distopía. Como dijo Thomas Pynchon, George Saunders nos cuenta las historias que necesitamos para entender el tiempo en el que vivimos. La mala noticia es que este libro espléndido ya no se encuentra fácilmente. La buena es que Alfabia recuperará la obra de Saunders, lo que, supongo, incluirá sus títulos inéditos (traducidos por Ben Clark, poeta y amigo).
[Debolsillo. Traducción de Javier Calvo]
Guerracivilandia en ruinas contiene siete relatos. O, mejor dicho, seis relatos y algo parecido a una novela corta que cierra el libro. Para demostrar el inmenso talento de Saunders y su originalidad, bastaría con leer el cuento “Descargando para la señora Schwartz”, que contiene elementos que recuerdan un poco a Philip K. Dick y otro poco a la película ¡Olvídate de mí! (aunque la peli es posterior al relato), sin olvidarnos de los Días extraños de Kathryn Bigelow: en dicha historia, un tipo alquila módulos de “holografía interactiva”, lo que significa conectarse a aparatos que ofrecen una experiencia de realidad virtual; y una de sus posibilidades es despojar de recuerdos al usuario o trasplantar recuerdos ajenos a otra persona.
En el primer relato, que da título al libro, “Guerracivilandia en ruinas”, transcurre en un parque en el que se representa la guerra civil americana; un escenario en el que se pasean los fantasmas de la vieja época y en el que los gamberros hacen de las suyas. En este texto asistimos a momentos como éste, en el que vemos cómo el narrador, un trabajador que ha renunciado a sus sueños, debe despedir a otro empleado:
Así que hago venir al señor Grayson. El señor A. le pregunta si se equivocó en el cálculo inicial o si es que ha recibido datos nuevos. El señor Grayson admite que se equivocó. El señor A. le hace salir al pasillo, y nosotros nos quedamos hablando.
-Se lo dirás tú –dice el señor A.–. Yo me estoy haciendo demasiado viejo para las crueldades.
Coge su bastón y su busca y dice que si lo necesito está en el Gran Bosque.
Yo vuelvo a llamar a Grayson y lo despido, le doy unos Kleenex y esquivo unos cuantos golpes y antes de darme cuenta ya se ha largado por la puerta y yo me voy a por una pita.
¿Es esta la vida que yo había imaginado para mí mismo? Por Dios, no. Yo quería ser saltador de altura. Pero tengo dos de los hijos más encantadores que han nacido nunca. Llego por la noche, los veo dormir vestidos con sus peleles considerablemente caros y pienso: Aquí hay un par de niños que no tienen que preocuparse por morirse de frío ni por que los echen a los lobos. Tendrías que ver cómo se les iluminan los ojitos cuando llevo algún regalo a casa. Puede que no conozcan la importancia del dinero, pero tengo la intención de encargarme de que nunca tengan que conocerla.
En “El presidente de doscientos kilos” hay un hombre con ese peso del que toda la oficina se burla; tanto, que una de sus compañeras acepta salir con él una noche para ganar una apuesta. Aquí, como en el ejemplo anterior, encontramos a un hombre en declive, alguien que no logra sus metas y se martiriza por ello:
-¿Me odias? –pregunta Freeda.
-No –le digo–. De verdad que me lo pasé bien la noche que salimos juntos.
-Dios, yo no –dice ella–. Todo el mundo nos miraba sin parar. Me provocaba malestar el que pensaran que estaba contigo de verdad. ¿Me entiendes?
No se me ocurre nada que decir, de forma que asiento. Luego me retiro a mi cubículo con los ojos húmedos para divertirme un rato con las facturas. No soy un mal tipo. Solo me gustaría dejar de tener esperanzas. Me gustaría poder decirle a mi corazón: Ríndete. Quédate solo para siempre. Siempre te quedará la ópera. Siempre te quedará el bizcocho de ángel y los niños del vecindario cantando villancicos y la imagen de las hojas en otoño sobre un tejado mojado. Pero no. Mi corazón es una especie de pescador idiota e insaciable.
En “Recompensa”, el último relato del libro, de extensión próxima a una novela corta, el protagonista y su hermana trabajan en un Centro de Ocio haciendo diversas labores (sirvientes, recogedores de mierda, etc); a sus treinta y pico, él es virgen y ella es prostituta; por si fuera poco, ambos pertenecen al grupo catalogado como Defectuosos, gente con malformaciones (colas, garras en los pies, ojos en el cogote…), detestada por los Normales. El narrador también detesta su situación:
Por las noches Connie me cantaba hasta que me quedaba dormido y me decía que no me preocupara, porque mi verdadero yo estaba bien a salvo en mi interior. La quiero mucho, pero ahora que veo las cosas con distancia sé que no tenía ni idea de qué estaba hablando. Mi verdadero yo estaba en leotardos, moviendo el esqueleto para una pandilla de ricos de vacaciones y borrachos como una cuba. Mi verdadero yo estaba echando de menos a mi madre mientras exhibía mi discapacidad a cambio de unas roñosas monedas.
Y, un poco más abajo, refiriéndose al trabajo de su hermana:
La suerte de Connie no era mejor que la mía. Por entonces estaban de moda en la Aldea Rural los paseos románticos en carros de heno. El trabajo de Connie consistía en correr detrás de un caballo llamado Doncella Marian con una pala y un cubo de plástico. El contacto constante con las heces la ponía enferma. Cuando no llegaba a su cuota de heces diarias, la hacían quedarse a recoger mierda con la pala por las noches.
Unos relatos muy recomendables, que muestran cómo es realmente la sociedad mediante la distopía. Como dijo Thomas Pynchon, George Saunders nos cuenta las historias que necesitamos para entender el tiempo en el que vivimos. La mala noticia es que este libro espléndido ya no se encuentra fácilmente. La buena es que Alfabia recuperará la obra de Saunders, lo que, supongo, incluirá sus títulos inéditos (traducidos por Ben Clark, poeta y amigo).
[Debolsillo. Traducción de Javier Calvo]
domingo, diciembre 01, 2013
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