lunes, junio 29, 2026

El sheriff reticente, de Chris Offutt

 

“La ley de los cerros era una carga, un peso terrible, como un collar de cuero para una mula de trabajo. Él se mantenía leal a un modo de conducta que era irrelevante, que quizá siempre lo había sido. A los cerros les daba igual y a él le importaba demasiado. Quizá había llegado la hora de echar el freno”, escribe el narrador en esta novela, nueva entrega de la serie sobre el ex investigador de homicidios Mick Hardin, tras Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty y La ley de los cerros, todas leídas y recomendadas en este blog, con el mismo equipo de ases detrás: Chris Offutt (autor), Javier Lucini (traductor), Sajalín (editores), y la misma destreza para estructurar una historia que, además de seguir los patrones del género, nos habla sobre todo de la vida en esas regiones donde habitan tipos duros y mujeres de armas tomar, y del desarraigo con el que carga su protagonista, alguien en cuya vida todo “era provisional”, y que para mí sigue siendo lo mejor de la saga. Otro pelotazo de Al Margen. Un fragmento del segundo capítulo que describe la situación de Hardin en esta entrega:

Mick Hardin iba por la estrecha carretera asfaltada que atravesaba los cerros en el vehículo oficial del condado. Había aceptado el cargo de sheriff hasta que su hermana se recuperase del balazo sufrido en acto de servicio. Era el todoterreno de Linda y del retrovisor colgaba un ambientador con la silueta del Bigfoot. Reproducía la popular imagen de la criatura tomada de perfil en plano americano, a media zancada y con la cabeza vuelta hacia el fotógrafo por encima del hombro peludo. El cartón despedía olor
a pino, o a lo que el fabricante consideraba que olían los pinos, que era algo a lo que no olía ningún árbol que Mick conociese. Antes lo había olisqueado tentativamente para ver si subyacía algún otro aroma bajo la intensa tufarada química, quizá un vago efluvio de tierra añeja o musgo en descomposición. Pero nada, solo aquel olor artificial a desinfectante barato para inodoros.
Linda había decidido pasar la convalecencia bajo el techo de Shifty Kissick, y Mick se había mudado a casa de su hermana. Todo en su vida era provisional, incluido el rol de sheriff. Podía tomarse por una especie de metáfora de los cerros de la zona oriental de Kentucky, la transitoriedad permanente. Lo único inconmovible era la propia naturaleza: acérrima, hermosa, benévola y cruel.




[Sajalín Editores. Traducción de Javier Lucini]