viernes, agosto 07, 2020

Ubik, de Philip K. Dick



-Podemos arreglárnoslas perfectamente sin gente como usted –dijo el altavoz.
-El día menos pensado, la gente como yo se rebelará –le contestó, airado, Joe–, y habrá llegado el fin de la tiranía de la máquina homeostática. Habrá llegado el día de los valores humanos, de la piedad y del calor afectivo; ese día, cualquiera que como yo las haya pasado moradas y necesite un café para tenerse en pie y seguir funcionando mientras deba funcionar, podrá tomar su café caliente tanto si tiene un contacred a mano como si no. –Levantó la miniatura de jarra de leche y la posó inmediatamente en el mostrador–. Además, esta leche o crema, o lo que sea, está agria.
El altavoz permaneció callado.
-¿Es que no piensa hacer nada? Para reclamar el contacred no le faltaban palabras.

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Von Vogelsang buscó malhumoradamente en el interior de su toga de tweed y sacó un billetero de falsa piel de cocodrilo en el que metió los dedos.
-Vivimos en un mundo cruel en el que la única ley es la de la competencia despiadada –dijo Joe cogiendo el dinero.

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-¿Está usted cansado de tanta insipidez? ¿Se ha apoderado la col hervida de su universo gastronómico? –dijo Runciter con su voz áspera de siempre–. ¿No consigue librarse de ese viejo olor apagado y rancio de lunes por la mañana, por más centavos que introduzca en la cocina? Ubik pondrá fin a su problema: Ubik resucita el sabor de la comida, devolviéndole la frescura y restituyendo a cada plato su delicioso aroma de siempre. –Una lata de espray de vivos colores reemplazó a Glen Runciter en la pantalla–. Una pulverización invisible de Ubik, producto de precio por demás económico, ahuyentará todos sus temores obsesivos de que el mundo esté convirtiéndose en leche agria, magnetófonos gastados y ascensores antiguos, amén de otras manifestaciones de degeneración no vislumbradas todavía. […]

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Estaba regido por una alquimia funesta que culminaría en la tumba.


[Minotauro. Traducción de Manuel Espín]