jueves, marzo 10, 2016

Glanbeigh, de Colin Barrett


Unos extractos de este libro de relatos, que hoy comento en Playtime (el enlace figura en otro post, más abajo):

No conoces mi pueblo, pero seguro que te suena.
[…]
Soy joven, y aquí los jóvenes no abundamos, pero es justo decir que somos los dueños del cotarro.
[…]
Nuestra rutina tiene la comodidad de la rutina pero también el misterio de la persistencia de esa rutina.
[…]
Ocurre con frecuencia en este pueblo; pronuncias el nombre de alguien y, como por arte de magia, aparece.

[Del relato "El chico de los Clancy"]

**

-¿Qué tal el pueblo? –pregunta su vieja.
-Bien –gruñe Bat.
-Seguro que sí. ¿A quién has visto?
-A Luke Minion. A unos del trabajo. Hegardy, la chica de los Moonan. Vi al pequeño de Peter Donnelly, Danny Duffy.
-Salió todo el mundo, parece –como Bat no contesta, añade–: ¿Ha ido bien?
-Sigo vivo –dice Bat.

[Del relato "En su propio pellejo"]

**

Me fui de la ciudad tras quemar mis contactos y destruir mis perspectivas, buscando únicamente un sitio donde recogerme y pasar el invierno.
[…]
Yo no estaba bien. Bebía, en exceso y con demasiada frecuencia, y había decidido echar el freno. En la ciudad me había bebido el trabajo, el dinero, un montón de amigos, una mujer, luego otra. Mi gato, un macho principesco y pardo llamado Ruckles, sucumbió de un ataque al corazón tras haberse comido una ampolla de cocaína humedecida que había desenterrado del fondo de mi armario mientras yo pasaba otra noche de juerga. De un modo vago y nostálgico, la muerte de Ruckles me hizo pensar en morir por mi propia mano. Empecé a estudiarme las manos bajo las luces en estrella de los bares –las muñecas frágiles y la piel amarillenta, los cortes y verdugones y las quemaduras rosadas y violáceas de origen desconocido– y caí en la cuenta de que llevaba tiempo embarcado en ese proyecto. O me iba a casa o me moría; irme a casa era un olvido al menos reversible.

[Del relato "Diamantes"]
 

[Sajalín Editores. Traducción de Celia Filipetto]