martes, marzo 24, 2015

Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro


Hasta ahora no había leído a Kazuo Ishiguro, uno de los autores contemporáneos más prestigiosos de la literatura británica (aunque nació en Nagasaki, escribe en inglés y es considerado como un miembro del British Dream Team), pero sé que repetiré. Lo único que conocía eran las dos películas basadas en las que tal vez sean sus novelas más célebres: Lo que queda del día y Nunca me abandones.

Vi Nunca me abandones cuando se estrenó, a principios de 2011, y, aunque me pareció una buena película (o ése es mi recuerdo de ella), no recordaba sus características: esto es, que parte de una situación fantástica, en la que se clona a la gente para que, cuando uno enferme, se pueda recurrir a su copia y extraer los órganos precisos para hacer trasplantes y prolongarle la vida. Lo que la novela y la película describen es la rutina de esos clones en las escuelas de formación a las que asisten, donde se les enseñan cosas como el cuidado de la salud, el sexo como algo que no tiene consecuencias (ellos no pueden tener hijos: son estériles), y su importancia para esas personas, a las que llaman "posibles" (el posible de Ruth, uno de los personajes, sería el origen del que han extraído su modelo), mientras los propios clones son considerados "donantes". Todo esto lo aproxima, como ya se figurarán quienes no la hayan leído, a Blade Runner: los donantes de Kazuo Ishiguro no son muy diferentes a los replicantes de Ridley Scott por cuanto se hacen preguntas sobre su fecha de caducidad y sobre las opciones a las que están sometidos; son, también como los replicantes, esclavos (aunque en principio no lo parezca).

La novela está narrada por Kathy, la joven que se convertirá en cuidadora de los donantes antes de pasar ella misma a donar sus órganos cuando llegue el momento. Kathy nos describe la vida en el internado y las relaciones de amor y amistad que mantiene con Ruth y Tommy. El estilo de Ishiguro es muy sutil, pues la información nos va siendo revelada con cuentagotas y, a priori, parece una novela sobre el aprendizaje. Pero ese aprendizaje, vamos descubriendo poco a poco, es más sombrío y siniestro de lo que pensábamos. En el ambiente del internado siempre se percibe una atmósfera enrarecida por los secretos que nadie les cuenta a los internos, a los clones o futuros donantes: esos secretos que, como cuando éramos niños, nos obstinamos en descubrir para no vivir engañados. Una gran novela, pues, cuya lectura depara una rara melancolía: leerla tiene algo que, inevitablemente, recuerda a ese tiempo en que el íbamos abandonando la adolescencia con nostalgia.


[Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika]