miércoles, febrero 11, 2015

El quinto en discordia, de Robertson Davies


Una de las frases que definen el espíritu de esta novela la escribe el narrador y protagonista, Dunstan Ramsay: Ésa es una de las crueldades del teatro de la vida: todos pensamos que somos protagonistas, y cuando se hace evidente que somos simples personajes secundarios o figurantes, raramente lo reconocemos.

Porque Ramsay, aunque cuenta la historia y parece ser el protagonista absoluto de la misma, en realidad es y siempre ha sido, como se encarga de espetarle una mujer, el quinto en discordia… es decir, alguien cuya participación resulta esencial, pero sin que sea el actor principal de un drama, o el protagonista de una ópera.

Otra de las frases que resumen el alma del libro la dice uno de los personajes centrales: Todos olvidamos muchas de las cosas que hacemos, sobre todo si no encajan con el personaje que hemos elegido.

El quinto en discordia arranca cuando el narrador tiene unos diez años de edad y va caminando por la calle. En ese momento, y tras discutir con su "amigo y enemigo de toda la vida", Percy Boyd Staunton, éste le lanza una bola de nieve, pero el muchacho la esquiva y la pelota acaba golpeando la cabeza de una mujer embarazada. Ella se cae, el golpe la aturde y acaba teniendo un parto prematuro, y el niño nace endeble y enfermizo. Es ese incidente tan mínimo, en apariencia tan trivial, el que marcará el eje del libro y el rumbo de los personajes. Porque nadie (salvo Ramsay y Staunton) sabe quién le lanzó la bola a la esposa del reverendo, y, mientras Staunton procura olvidar el incidente, el narrador se siente arrastrado por la culpa y, por eso mismo, se ve responsable de la mujer y de su estado de ánimo, que a partir de entonces será errático e irá en declive (hasta el punto de que, en la localidad en la que vive, la considerarán loca).

Robertson Davies pone a estos personajes (el narrador que esquiva la bola de nieve, el niño que da el golpe involuntario a la mujer, la mujer que cae y el hijo que nace prematuramente) en el tablero de juego de la vida y los hace moverse a través del tiempo y del espacio, mezclándolos con los ambientes propios de su época (la Primera Guerra Mundial, los nómadas del circo, la crisis económica de la postguerra, la prosperidad de quienes saben ver negocio en tiempos difíciles…). Hasta llegar a un final que me parece asombroso porque cierra el círculo que ha abierto al inicio. Uno de los temas centrales de esta novela es el que luego ha retomado Paul Auster en sus historias: el azar. Cómo el azar abre una cadena de acontecimientos que van cambiando las vidas de las personas. Cómo un pequeño acto lo trastoca todo.

Tengo este libro más o menos desde que lo publicaron (en torno a 2006). Como luego salieron dos entregas más (El quinto en discordia es el primer volumen de una trilogía, que continúa con Mantícora y El mundo de los prodigios), fui aplazando su lectura, me dio pereza empezarlo, se cruzaron otros libros… Pero hace poco Mario Crespo me recomendó su lectura, y añadió que era una novela del estilo a Stoner: es decir, la vida más o menos vulgar de un hombre corriente, y entonces me decidí a leerla. Robertson Davies fue, como lo demuestra aquí, un escritor muy capacitado para construir narraciones sólidas y de estructura clásica. 

No quiero terminar sin apuntar algo que me ha gustado mucho: que el libro recuerda bastante a las películas norteamericanas de los años 40; sus personajes sueltan esas peroratas que eran la base, antaño, de los buenos guiones. Os dejo con un ejemplo, lo que le dice una mujer al narrador:

-No, Ramsay, no puedo prometerte algo así. Eres demasiado mayor para creer en los secretos. Los secretos no existen; a todo el mundo le gusta hablar y todo el mundo habla. Desde luego, hay hombres, como los curas, los abogados y los médicos, de quienes se espera que no cuenten lo que saben, pero lo cuentan. Por lo general, lo cuentan, y si no, se convierten en tipos extraños y pagan un alto precio por su discreción. Tú has pagado ese precio. Tienes el aspecto de un hombre lleno de secretos: labios fruncidos, estirados, de mirada dura y cruel, porque eres cruel contigo mismo. Contar lo que sabes te ha hecho bien; ahora ya pareces más humano. Tal vez un poco nervioso esta mañana, porque no estás acostumbrado a que te falte la presión de tus secretos, pero pronto te sentirás mejor.


[Libros del Asteroide. Traducción de Natalia Cervera]