viernes, julio 13, 2012

La jungla, de Upton Sinclair



Upton Sinclair escribió, hace ya algo más de un siglo, esta brutal novela de denuncia, que demuestra cómo los de arriba pisan siempre a los de abajo y se sostienen sobre sus hombros mientras se hacen ricos. La jungla, aunque publicada en 1906, mantiene una vigencia que resulta, hoy, escalofriante. Pocas cosas han cambiado. Upton Sinclair visitó los mataderos de Chicago y de ahí nació el libro, un trabajo que está a medio camino entre el reportaje periodístico y la novela de tragedias a lo Charles Dickens.

La jungla contiene (casi) todo lo que escuece en esta sociedad porque nos habla de: los trabajos miserables, la explotación laboral, la explotación infantil, la corrupción política, la miseria, las huelgas y las manifestaciones, las cargas policiales, los disturbios callejeros, los movimientos sindicales, la inmigración, el paro, el vagabundeo, la prostitución, la imposibilidad de llegar a fin de mes, el abuso del empresario y del capataz sobre el obrero, la especulación inmobiliaria… Y, sobre todo, mientras asistimos atónitos y compungidos a las desgracias de Jurgis y su familia de inmigrantes, nos adentramos en la carne, en montañas de carne, la carne que tratan en los mataderos, la carne de los cerdos y de las vacas y de otros animales, y las prácticas sin higiene de entonces (no muy distintas a las de ahora, en algunos aspectos: véase, tal y como aconseja César de Vicente en la presentación del libro, la película Fast Food Nation, y cómo digerimos la mierda que nos venden las grandes marcas de comida rápida). Este post es muy largo porque he añadido bastantes extractos del libro. Os recomiendo leerlos y, luego, ir corriendo a buscar La jungla:   

Desde el primer día de trabajo en su puesto de recogedor de tripas, había notado una cosa muy curiosa: el truco al que recurrían los capataces del killing floor cuando se encontraban con una ternera preñada. Todo el que sabe algo acerca del negocio de carnicería está enterado de que la carne de vaca recién parida, o que está a punto de parir, no es comestible. Ahora bien, todos los días llegaban a los mataderos muchas vacas en estas condiciones y, si los jefes hubiesen querido, habría sido muy fácil mantenerlas en establos hasta que se hallasen en buenas condiciones para ir al matadero. Mas, con el objeto de ahorrarse tiempo y forraje, se había dispuesto que las vacas en tales circunstancias recibieran el mismo trato que todas las demás. Cuando un obrero cualquiera advertía que la vaca estaba preñada, corría a advertírselo al capataz, quien entonces se acercaba a hablar con el inspector del Gobierno y ambos salín a dar una vuelta. En un abrir y cerrar de ojos el tronco de la vaca era abierto en canal, y las entrañas con el feto desaparecían. La tarea de Jurgis consistía en empujar toda aquella mezcla por la trampilla correspondiente, y en el departamento inferior separaban el feto de las entrañas y utilizaban la piel. Alguna vez, cuando abrían la vaca en canal, los terneros se ponían de pie y comenzaban a andar, de modo que había que matarlas allí mismo.

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Stanislovas llevaba algunos minutos contemplando tímidamente aquello, cuando un hombre se le aproximó y le dijo qué quería. El muchacho respondió en seguida: “¡Trabajo!”. Le preguntó qué edad tenía y Stanislovas contestó: dieciséis años. […] Y he aquí de qué manera y en qué momento quedó determinado el puesto que el pobre Stanislovas había de ocupar en el mundo hasta el fin de sus días. Él no se dio cuenta de lo que significaba: volvió a casa dando saltos para contarle a su familia la fortuna que iba a ganar. Hora tras hora, día tras día y año tras año, estaría obligado a permanecer sobre un espacio de un pie cuadrado, desde las siete de la mañana hasta mediodía y desde las doce y media hasta las cinco y media de la tarde, sin moverse y sin tener otro pensamiento que suministrar botes a la máquina. En el verano, el olor del material era nauseabundo y, en el invierno, los botes de hojalata le helarían los dedos en el sótano sin caldear donde trabajaba. Durante la mitad del año, todavía sería de noche cuando se dirigiese al taller y ya de noche cerrada cuando regresara a casa. De esta forma, el muchacho no sabría nunca cómo luce el sol los días laborables. Por todo esto, cada fin de semana llevaría a su familia tres dólares: lo que le correspondía a razón de cinco centavos por hora; nada más y nada menos que la parte que le correspondía de las ganancias totales que reciben los casi dos millones de niños que se ganan la vida trabajando en la tierra de la libertad.

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Ahora ya había llegado a comprender cómo andaban las cosas que le rodeaban: las leyes de la jungla. En realidad, la vida no era sino una lucha de cada uno contra todos, en la que el diablo se lleva a los vencidos. Era una guerra a muerte, librada sin respiro y la única salvación estaba en permanecer muy atento, preparado para pelear o salir huyendo. Era mejor viajar a oscuras, atacar desde a cubierto y si la víctima resultaba muerta, no había que pararse en lamentos: el que cae tampoco pide compasión, se arrastra hacia su agujero y para morir allí y punto. En otras palabras, se trata de meter dinero en la cartera.

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Uno debe estar convencido de que siempre se halla rodeado de poderes hostiles que conspiran continuamente contra nuestro dinero y que se valen de la máscara de las virtudes para ocultar sus lazos y sus trampas. Los escaparates de las tiendas están llenos de todas clases de mentiras para atraeros; las tapias en los caminos, los postes telegráficos, los faroles y las esquinas de las calles, todo está cubierto de carteles llenos de embustes. La gran compañía que os emplea os miente y miente al país entero. Todo de arriba abajo no es sino una inmensa patraña. El país entero es una mentira: una mentira su libertad, una trampa para los trabajadores pobres; su prosperidad no era sino una falacia creada por los empresarios ricos; su justicia, una falacia creada por políticos corruptos.

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Cuando el jamón ya estaba tratado era cuando llegaba al departamento de Ona. Allí lo cortaban unas cuchillas que iban a dos mil revoluciones por minuto y lo mezclaban con media tonelada de una carne distinta, de modo que desaparecía el olor y cualquier particularidad que diferenciara esta carne. Si la gente comía esa salchicha y moría de tuberculosis, los empresarios no llegarían siquiera a enterarse. Nunca se atendía a la carne que se cortaba para salchichas. Las salchichas que se importaban de Europa y que habían sido rechazadas allí, ya mohosas y blancas, se las trataba con bórax y glicerina, se volcaban en las tolvas y se procesaban de nuevo para consumo alimenticio. También se aprovechaba la carne que andaba tirada por el suelo, en la suciedad y el serrín, donde los obreros pisaban y escupían millones de gérmenes. Había, también, carne apilada en montones, sobre la que goteaba el agua que rezumaba de los techos y corrían las ratas por millares. La oscuridad que reinaba en aquellos antros impedía ver a dos pasos de distancia, pero un obrero que pasase la mano por estos montones de carne encontraba siempre la masa cubierta de excrementos secos de los roedores. Las ratas, en efecto, constituían una verdadera plaga que los patronos intentaban exterminar dejando pan envenenado en los almacenes. Así, las ratas morían a centenares y, después, éstas, el pan, el veneno y la carne iba todo junto a las tolvas de trituración. Y esto no es broma.


[Traducción de Antonio Samons. Revisión de Jorge Cano]