jueves, octubre 21, 2010

Escrito en un tren (y 2)

Sigo viajando en el tren entre Viena y Munich y el artículo que escribí mientras a ratos miraba el paisaje por la ventana y nos deteníamos en diversas estaciones (Linz, Traunstein, Salzburgo, etcétera) se ha extendido y he tenido que dividirlo en dos partes si quiero contar qué rastros encontré de Thomas Bernhard, un escritor cuya vida y cuya obra me obsesionan hasta extremos casi enfermizos o sólo destinados a los mitómanos incurables. Mientras escribo esto, recuerdo que, durante años, había visto los libros de este autor (al menos los publicados por Alianza, Anagrama y Alfaguara) en las bibliotecas, en la Biblioteca Pública de Zamora y también en su Biblioteca Municipal, y en la Casa de las Conchas de Salamanca durante mi etapa universitaria, y que siempre los había hojeado para dejarlos con algo de espanto porque no había división en párrafos y las oraciones eran tan extensas que sospechaba que podría agotarme durante la lectura. Y he empezado a leerlo hace poco, saboreando su prosa musical y repetitiva, y tal vez lo he leído cuando debía y no antes. Y ahora me obsesiona.
En las librerías de Salzburgo ni siquiera vi sus obras, y una tarde fuimos en busca de la calle que lleva su nombre. Está en un barrio, uno de esos barrios de las afueras en los que sólo hay casas, tal vez de obreros. La calle es absurda, horrible, pequeña y deprimente, y puede que sea el castigo de la ciudad por ser Bernhard tan crítico con los lugares en los que vivió. Resulta acorde que se la hayan dedicado en un suburbio, pero es intolerable que sea una calle tan triste, en la que apenas hay unas cuantas casas idénticas y un diminuto parque. En la fachada del Landestheater, frente a una de las casas en que vivió Mozart, sí hay una placa con su nombre y los títulos de algunas de sus obras teatrales. En la deliciosa Viena sus libros sí se ven en los escaparates. Estuvimos en el Café Bräunerhof, al que él acudía con asiduidad, y allí parecen venerarlo, a juzgar por las dos fotos grandes y en blanco y negro que han puesto y que muestran a Bernhard sentado en ese café: una, en el ventanal de cara al exterior; otra, en una de las paredes interiores. El café que sirven es exquisito.
Finalmente, se me metió en la cabeza visitar su tumba. Está en un cementerio del distrito de Grinzing, a las afueras de Viena. Cuando miramos la localización de las lápidas de famosos en el panel de la entrada, su nombre no aparecía. Luego imaginé por qué: Bernhard, tan misántropo y huraño con la sociedad, no quería que lo encontraran en vida y tampoco querría que lo encontraran en la muerte. Recorrimos el cementerio, buscando al azar la lápida, como Tuco cuando busca la tumba de Bill Carson en “El bueno, el feo y el malo”. Cuando estábamos exhaustos y a punto de desistir, vimos una excursión y le preguntamos al guía. Nos dio las indicaciones pertinentes, añadiendo que él había tardado una hora en hallarla. Su tumba es sencilla: una extraña cruz encabeza el lecho de hojas que la cubre; a los pies, en una pequeña placa, está escrito su nombre. Nada más: no hay fechas, ni el lugar de nacimiento, ni una frase, fiel reflejo de su naturaleza de hombre sumido en el desarraigo más absoluto. Luego he sabido que al principio no tuvo ni esa placa por deseo expreso del autor: era un nicho desconocido. Coloqué mi ejemplar de “Sí” junto a la inscripción e hicimos unas fotos. Seguramente los restos mortales del maestro Thomas Bernhard se habrán revuelto en su fosa por no dejarlo en paz. Encontrar el sitio en el que está enterrado es una proeza, un desafío. Y ahora, al saber que no quería que lo encontraran, me carcomen la pena y el frío.


El Adelanto de Zamora / El Norte de Castilla