martes, marzo 02, 2010

Remainder

Sin embargo, explicar mi fascinación por él con nuestra experiencia compartida sería contar solo la mitad de la historia. Menos de la mitad. Ésa es la verdad; para mí ese hombre se había convertido en un símbolo de perfección. Tal vez había sido una torpeza caerse de su bicicleta, pero al morir junto a los postes en el asfalto hizo lo que yo quería hacer: se había fundido con el espacio a su alrededor, se había hundido y había fluido por él hasta que no hubo ninguna distancia entre los dos; y se había fundido también, con sus acciones, se había fundido hasta el punto de no tener más conciencia de ellas. Dejó de estar separado, eliminado, imperfecto. Cortó el desvío. Luego ambas, mente y acción se redujeron a una pura estasis. El punto en el que esto había ocurrido era la zona cero de la perfección, perfección absoluta: la que él había logrado, la que yo quería, la que todo el mundo quería pero que no sabía que quería y en cualquier caso no tenían ocho millones y medio de libras que les ayudara a conseguirla incluso si lo hubiesen sabido. Era un terreno consagrado, bendito, y cualquiera que lo ocupase de la forma en que él lo había ocupado, sería también bendecido. De manera que yo debía re-crear su muerte: para mí mismo, desde luego, pero también para el mundo en general. Nadie que comprenda esto puede acusarme de no ser generoso.


Tom McCarthy, Residuos