viernes, abril 04, 2008

En la azotea

En mi barrio, entre las calles de Tribulete y Mesón de Paredes, se ubica el edificio de las Escuelas Pías de la UNED. Puede accederse al mismo desde Tribulete o desde el otro lado, en la Plaza de la Corrala. Cuando cruzo esta plaza, a menudo veo gente que entra en tropel al edificio, y a veces supongo que todas esas personas van a la biblioteca. Pero no tienen pinta de ir a la biblioteca, ni de entrar a clase. La otra tarde entendí, por fin, el motivo. Unos amigos de Madrid nos llevaron al Gaudeamus Café, que es un local situado en la azotea de la cuarta planta de dicho edificio. Mientras caminábamos hacia allí, nuestro guía dijo que había una terraza desde la que podían verse los tejados de Lavapiés. Supo de su existencia porque lo había visto en un reportaje de televisión de una cadena local. A mí ni me sonaba, y es obvia la razón: no está anunciado en la puerta. Parece que uno entra a estudiar o a coger libros, pero luego sube en el ascensor (o por los peldaños de madera) y se topa con un local amplio y una gran terraza. Desde allí se ven los tejados del barrio y se disfruta del crepúsculo y a menudo se ven aviones que cruzan el cielo. Se divisan los tejados con su tristeza de barrio mestizo y las fachadas con su ropa tendida. El edificio fue rehabilitado unos once años atrás: aún quedan ruinas que han acoplado al paisaje de manera magnífica, y de cuyas vistas se puede disfrutar desde esa terraza.
Cuando la noche se cierne sobre la ciudad, en las mesas de la azotea apenas se ven las caras. Tuvimos que pedir velas porque algunos querían comer algo y eran incapaces de ver lo que había en los platos. Siento predilección por los sitios en los que puedo gozar de la penumbra. Cuanta menos luz tiene un bar, más me gusta. Sólo el frío de finales de marzo nos impedía disfrutar del todo. Es un sitio estupendo para conversar. El amigo que nos llevó es asturiano de nacimiento, madrileño de adopción y militar de profesión. Recuerdo que estuve en su boda, y que los compañeros le hicieron el pasillo de sables en alto al salir de la iglesia. Es sargento, como mi colega de Zamora del que hablo a veces. Nos contó que, dentro de unos meses, lo enviarán a Afganistán. Pertenece al Ejército de Aire. Le dije que ese amigo mío acababa de regresar de allí, y que no recomendaba a nadie la visita; que había estado cerca de Herat. Él me respondió que a su tropa la enviarían al norte del país, y que creen que verán algunas de las ruinas en las que los talibanes convirtieron las esculturas que consideraron prohibidas y pecaminosas. Tengo amistades distribuidas en distintas profesiones (de la medicina, informática, derecho, diseño gráfico, desarrollo de videojuegos, aeronáutica, música, funcionariado de prisiones, etcétera), pero son aquellas en las que mis colegas se juegan la vida las que me merecen más respeto y admiración: las profesiones de soldado y policía. Cuando alguien te dice que va a ir a Afganistán o que regresa de allí en calidad de militar en misión de paz, ya no puedes superarlo.
En otra de las conversaciones, una amiga me preguntó si en el barrio ya reinaba la tranquilidad. Es una pregunta que me hacen a menudo. Es difícil de contestar. Sí y no. Sí en el entorno en el que vivo, porque ha sido tomado por la policía (a diario están por la plaza y alrededores, lo cual rebaja las tensiones y las peleas). No en el resto del barrio, del que a veces llegan noticias de apuñalamientos y disturbios. Me dijo que así era mejor, que al menos la plaza quedaba libre de camellos, de alcohólicos y de basura, pero que era una pena tener que vivir en un sitio tomado por las patrullas para evitar altercados. Desde allá arriba, el cielo de Lavapiés era formidable.