Hace 10 horas
miércoles, mayo 22, 2013
martes, mayo 21, 2013
Estampas del Valle, de Rolando Hinojosa-Smith
Rolando Hinojosa-Smith es estadounidense pero escribe en lengua española. Sus personajes pululan por el Valle del Río Grande y nos recuerdan un poco a los textos de Juan Rulfo. Sin embargo la prosa es más barroca, algo caliente y visceral, y también humorística en ocasiones, y a mí me ha hecho pensar en algunas de las novelas de Camilo José Cela (uno de los grandes escritores contemporáneos, pese a su mala fama), tanto por la relación de personajes broncos y a veces estrafalarios que van y vienen por las narraciones como por ese estilo que me gusta tanto, consistente en preguntar algo sobre el personaje y responderlo a continuación, como si el narrador diera la voz a dos criaturas a las que no da nombre (eso lo hacía Cela a menudo). De ello hay una muestra en el fragmento de abajo (y aprovecho para comentar que es una pena que este autor apenas se conozca más allá de los Estados Unidos):
EMILIO TAMEZ
A Emilio Tamez le falta la oreja derecha. No nació así, se la cortó el menor de los Murillo en la cantina de don Florentino.
¿Como una rebanada de pan?
Así; igualito.
Emilio Tamez cojea, resultado de un accidente cuando tendría unos once años. El Emilio andaba saltando de vagón en vagón cuando se resbaló en un pedazo de bróculi y ¡zas! al suelo, cabrón. A pesar de las sobadas y el aceite volcánico, la pierna izquierda le quedó más corta que la otra.
Ahora, para compensar, cojea de la pierna izquierda y no oye por el oído derecho. Emilio sabe leer y escribir en inglés y español; con todo eso, no se le quita lo pendejo.
¡Hazte un lado, chueco, jijo-de-la-chingada!
[Xordica Editorial]
EMILIO TAMEZ
A Emilio Tamez le falta la oreja derecha. No nació así, se la cortó el menor de los Murillo en la cantina de don Florentino.
¿Como una rebanada de pan?
Así; igualito.
Emilio Tamez cojea, resultado de un accidente cuando tendría unos once años. El Emilio andaba saltando de vagón en vagón cuando se resbaló en un pedazo de bróculi y ¡zas! al suelo, cabrón. A pesar de las sobadas y el aceite volcánico, la pierna izquierda le quedó más corta que la otra.
Ahora, para compensar, cojea de la pierna izquierda y no oye por el oído derecho. Emilio sabe leer y escribir en inglés y español; con todo eso, no se le quita lo pendejo.
¡Hazte un lado, chueco, jijo-de-la-chingada!
[Xordica Editorial]
viernes, mayo 17, 2013
Cubierta de CINE XXI. Directores y direcciones
En breve saldrá a la venta este diccionario de cine, coordinado por Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda, un proyecto que compila numerosos microensayos de varios autores. Es uno de los proyectos en los que he colaborado. Si mal no recuerdo, creo que escribí 27 textos sobre otros tantos directores contemporáneos. Pronto daré más datos.
jueves, mayo 16, 2013
The Wanderers. Las pandillas del Bronx, de Richard Price
Una de mis películas predilectas en la infancia fue The Wanderers, largometraje del siempre interesante Philip Kaufman, que por regla general suele adaptar novelas en sus guiones. El libro en el que se basa, obra del gran Richard Price (recordemos: Clockers, La vida fácil, The Wire…), ha tardado casi 40 años en publicarse en España. Es como si, de alguna manera, yo lo hubiera estado esperando media vida.
The Wanderers, la novela, es un retrato de las últimas boqueadas de la adolescencia de un grupo de chavales del Bronx, previo ingreso a una juventud en la que tendrán que empezar a tomar decisiones (matrimonios, hijos, trabajos o estudios universitarios: el libro está ambientado en los 60, cuando no sonaba raro que la gente se casara con 17 o 18 años), uno de esos retratos que tan bien se les dan a los autores norteamericanos (pensemos en Rebeldes y La ley de la calle, de S. E. Hinton, o pensemos en El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, por citar unas pocas). Richard Price, mediante su habitual y precisa economía de medios (en su prosa predominan los diálogos, las descripciones breves, los detalles de las acciones de los personajes… pero no suele haber reflexiones del autor o monólogos interiores), nos invita a conocer los años de un grupo de muchachos de ascendencia italoamericana, metidos en peleas con otras bandas, en trifulcas de escuela, obsesionados con los ligues y las fiestas y con perder la virginidad y con escuchar una y otra vez la música de Dion o The Four Seasons.
Pero Price no se queda sólo ahí: sin duda uno de los aspectos más interesantes es la relación que los personajes protagonistas mantienen con sus padres (la mayoría son padres autoritarios, que apalizan a sus hijos o los tienen dominados bajo un influjo pernicioso) y el nudo de decepción que los va carcomiendo cuando sus objetivos, ya logrados, no se parecen nada a sus sueños. Aunque, en general, la película se parece mucho, hay algunos detalles que las alejan: el filme es, quizá, más divertido, y el libro más dramático. Si la película acababa con un toque de nostalgia (uno de los protagonistas observando a Bob Dylan mientras canta, en un garito, “Los tiempos están cambiando”), la novela termina con un toque bastante crudo y pesimista (una violación y la disolución definitiva de la banda). Pero no sabría cuál elegir. Porque la película tiene algo que la prosa nunca podrá igualar: las canciones; en el libro se citan las canciones, pero en el filme las oímos, las tarareamos. William S. Burroughs definió perfectamente esta gran, electrizante novela, con la siguiente frase: “Un retrato conmovedor de una juventud confusa”. ¿Quién no ha estado alguna vez en el pellejo de Richie, Perry, Eugene, Joey o Buddy cuando se obsesionan con tocarle las tetas a una chica en la primera cita, o cuando convencen al que parece mayor para que les compre alcohol, o cuando se abrazan a sus amigos cantando el tema que los identifica, como en el siguiente fragmento?:
Cuando las primeras notas de piano de “The Wanderers” llenaron la sala, la gente empezó a bailar otra vez. Joey se giró hacia sus cuatro amigos y empezó a cantar. Uno tras otro, todos se pusieron a cantar.
.
Vago de ciudad en ciudad.
Voy por la vida sin preocuparme.
Joey cantaba y lloraba a la vez. A Perry le entró una gran tristeza que le hormigueaba por la cabeza y los hombros. Richie estaba aterrado por lo que no sabía. Eugene se conmovió con las lágrimas de Joey, pero tenía más de media mente puesta en Nina Becker. Buddy rodeó con los brazos el cuello de Richie y de Joey y apretó tanto como pudo, como si cuanto más apretara, más cosas seguirían igual. No tardaron en estar todos con los brazos rodeándose el cuello unos a otros, con los dedos clavados en la carne, tratando de formar un círculo que nada –escuela, mujeres, niños, bodas, madres, padres– pudiera penetrar.
[Mondadori. Traducción de Marc Viaplana]
Nota al pie: escribí este texto ayer mismo; después busqué alguna reseña sobre el libro y me encontré con esta magnífica crítica de Kiko Amat, de quien ya sabíamos que es un apasionado admirador de Price. No me sorprende que ambos hayamos elegido el mismo fragmento de la novela para cerrar nuestras respectivas recomendaciones.
The Wanderers, la novela, es un retrato de las últimas boqueadas de la adolescencia de un grupo de chavales del Bronx, previo ingreso a una juventud en la que tendrán que empezar a tomar decisiones (matrimonios, hijos, trabajos o estudios universitarios: el libro está ambientado en los 60, cuando no sonaba raro que la gente se casara con 17 o 18 años), uno de esos retratos que tan bien se les dan a los autores norteamericanos (pensemos en Rebeldes y La ley de la calle, de S. E. Hinton, o pensemos en El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, por citar unas pocas). Richard Price, mediante su habitual y precisa economía de medios (en su prosa predominan los diálogos, las descripciones breves, los detalles de las acciones de los personajes… pero no suele haber reflexiones del autor o monólogos interiores), nos invita a conocer los años de un grupo de muchachos de ascendencia italoamericana, metidos en peleas con otras bandas, en trifulcas de escuela, obsesionados con los ligues y las fiestas y con perder la virginidad y con escuchar una y otra vez la música de Dion o The Four Seasons.
Pero Price no se queda sólo ahí: sin duda uno de los aspectos más interesantes es la relación que los personajes protagonistas mantienen con sus padres (la mayoría son padres autoritarios, que apalizan a sus hijos o los tienen dominados bajo un influjo pernicioso) y el nudo de decepción que los va carcomiendo cuando sus objetivos, ya logrados, no se parecen nada a sus sueños. Aunque, en general, la película se parece mucho, hay algunos detalles que las alejan: el filme es, quizá, más divertido, y el libro más dramático. Si la película acababa con un toque de nostalgia (uno de los protagonistas observando a Bob Dylan mientras canta, en un garito, “Los tiempos están cambiando”), la novela termina con un toque bastante crudo y pesimista (una violación y la disolución definitiva de la banda). Pero no sabría cuál elegir. Porque la película tiene algo que la prosa nunca podrá igualar: las canciones; en el libro se citan las canciones, pero en el filme las oímos, las tarareamos. William S. Burroughs definió perfectamente esta gran, electrizante novela, con la siguiente frase: “Un retrato conmovedor de una juventud confusa”. ¿Quién no ha estado alguna vez en el pellejo de Richie, Perry, Eugene, Joey o Buddy cuando se obsesionan con tocarle las tetas a una chica en la primera cita, o cuando convencen al que parece mayor para que les compre alcohol, o cuando se abrazan a sus amigos cantando el tema que los identifica, como en el siguiente fragmento?:
Cuando las primeras notas de piano de “The Wanderers” llenaron la sala, la gente empezó a bailar otra vez. Joey se giró hacia sus cuatro amigos y empezó a cantar. Uno tras otro, todos se pusieron a cantar.
.
Vago de ciudad en ciudad.
Voy por la vida sin preocuparme.
Joey cantaba y lloraba a la vez. A Perry le entró una gran tristeza que le hormigueaba por la cabeza y los hombros. Richie estaba aterrado por lo que no sabía. Eugene se conmovió con las lágrimas de Joey, pero tenía más de media mente puesta en Nina Becker. Buddy rodeó con los brazos el cuello de Richie y de Joey y apretó tanto como pudo, como si cuanto más apretara, más cosas seguirían igual. No tardaron en estar todos con los brazos rodeándose el cuello unos a otros, con los dedos clavados en la carne, tratando de formar un círculo que nada –escuela, mujeres, niños, bodas, madres, padres– pudiera penetrar.
[Mondadori. Traducción de Marc Viaplana]
Nota al pie: escribí este texto ayer mismo; después busqué alguna reseña sobre el libro y me encontré con esta magnífica crítica de Kiko Amat, de quien ya sabíamos que es un apasionado admirador de Price. No me sorprende que ambos hayamos elegido el mismo fragmento de la novela para cerrar nuestras respectivas recomendaciones.
miércoles, mayo 15, 2013
Lo que yo llamo olvido, de Laurent Mauvignier
En apenas 50 páginas (por lo que no me atrevería a calificarla de novela, sino de relato largo), y con una sola frase sin principio ni final (como si hubieran arrancado todo este fragmento del soliloquio del narrador), el francés Laurent Mauvignier nos cuenta un suceso que podríamos encontrar en las páginas de un periódico: un hombre roba una lata de cerveza en un supermercado y los seguratas le dan una paliza de muerte (en el sentido literal: el tipo fallece). Hay tensión en el relato, y se lee y se disfruta en media hora; por cierto: me lo regaló un poeta, uno de mis mejores amigos. Os dejo con el inicio:
y lo que ha dicho el fiscal es que un hombre no debe morir por tan poca cosa, que es injusto morir por una lata de cerveza que el tipo ha conservado en las manos lo suficiente para que los seguratas puedan acusarlo de robo y jactarse, después, de haberlo identificado y elegido entre los otros, la gente que está allí comprando, tiene tiempo para intentar, eso mismo, intentar, correr hacia las cajas o amagar un gesto para resistírseles, porque así podría advertir lo que son capaces de hacer los seguratas, lo que saben, e incluso bajar los ojos y acelerar el paso, si decide escapar caminando muy rápido, sin dejarse llevar por el pánico ni salir corriendo, conteniendo el aliento, los dientes apretados, un movimiento, cosa que ha hecho, no tratar de negar cuando los ha visto llegar y ellos se han, no diré lanzado sobre él, porque se acercaban lentos y tranquilos, sin abalanzarse en absoluto, como habrían hecho, dijéramos, unas aves de presa, no, no han hecho eso, por el contrario, se han detenido ante él, todos ellos muy silenciosos, más bien lentos y fríos cuando lo han rodeado y él no ha pronunciado una sola palabra para protestar o negar porque, sí, se había bebido una lata y habría podido darles las gracias por dejar que se la acabara, no ha dicho una palabra y en sus ojos se ha plasmado abiertamente el miedo pero nada más, entiendes, tan sólo tenía ganas de beberse una cerveza, ya sabes lo que son las ganas de beberse una cerveza, quería refrescarse el gaznate y quitarse ese sabor a polvo que tenía dentro y que no lo abandonaba […]
[Editorial Anagrama. Traducción de Javier Albiñana]
y lo que ha dicho el fiscal es que un hombre no debe morir por tan poca cosa, que es injusto morir por una lata de cerveza que el tipo ha conservado en las manos lo suficiente para que los seguratas puedan acusarlo de robo y jactarse, después, de haberlo identificado y elegido entre los otros, la gente que está allí comprando, tiene tiempo para intentar, eso mismo, intentar, correr hacia las cajas o amagar un gesto para resistírseles, porque así podría advertir lo que son capaces de hacer los seguratas, lo que saben, e incluso bajar los ojos y acelerar el paso, si decide escapar caminando muy rápido, sin dejarse llevar por el pánico ni salir corriendo, conteniendo el aliento, los dientes apretados, un movimiento, cosa que ha hecho, no tratar de negar cuando los ha visto llegar y ellos se han, no diré lanzado sobre él, porque se acercaban lentos y tranquilos, sin abalanzarse en absoluto, como habrían hecho, dijéramos, unas aves de presa, no, no han hecho eso, por el contrario, se han detenido ante él, todos ellos muy silenciosos, más bien lentos y fríos cuando lo han rodeado y él no ha pronunciado una sola palabra para protestar o negar porque, sí, se había bebido una lata y habría podido darles las gracias por dejar que se la acabara, no ha dicho una palabra y en sus ojos se ha plasmado abiertamente el miedo pero nada más, entiendes, tan sólo tenía ganas de beberse una cerveza, ya sabes lo que son las ganas de beberse una cerveza, quería refrescarse el gaznate y quitarse ese sabor a polvo que tenía dentro y que no lo abandonaba […]
[Editorial Anagrama. Traducción de Javier Albiñana]
martes, mayo 14, 2013
Retrato de un hilo, de Francisco Javier Irazoki
ORACIÓN NEGRA
En mi calle vive el mendigo
que recoge en su voz
las heridas de los hombres que pasan por su lado.
Nuestro dolor desciende
a las botellas que él apura
y, cuando la tarde termina,
el mendigo bate los harapos,
se pone de pie en la acera mojada
por una lluvia acre
e inicia la plegaria negra:
un canto que era el río
creado por los transeúntes.
La oración del mendigo
está entreverada de ironías y blasfemias,
y se impone a los ruidos de la noche.
Llega a los edificios altos
y se cuela por las últimas ventanas.
A la mañana siguiente,
la nieve sucia del canto cuelga de los alambres
y ha cuajado sobre los coches,
y en los sorbos de café pervive
su punzada.
**
RESURRECCIÓN INCONSCIENTE
En el patio de vecindad,
un coche fúnebre con las puertas abiertas.
No sé quién ha muerto.
Paso las horas
a la espera de que aparezcan
los vecinos amenazados por el adiós.
Espío el desfile de hombres, mujeres y niños
que caminan con indiferencia cotidiana,
absortos, impasibles o risueños,
pero que ante mí exhiben
la señal de los supervivientes.
Mi mente cose
sus impecables trajes, deshilachados
por una garra oscura.
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