
miércoles, marzo 24, 2010
martes, marzo 23, 2010
Hollywood Babilonia I, de Kenneth Anger

Albert Dekker decidió de una vez por todas demostrar que era el Mayor Retorcido de Todos Los Tiempos, el personaje que había interpretado en la vida real y el único en el cual creía. Para su última actuación, este actor de carácter, de sesenta y dos años de edad, eligió su vestuario favorito: ropa interior femenina de seda. Y, con sumo cuidado y lápiz de labios carmesí, escribió en su abotargada anatomía las últimas críticas aparecidas sobre él, todas ellas adversas. Después, en una alegre pirueta, se las arregló para ahorcarse llevando sus gemelos favoritos ceñidos a las muñecas. En esta ocasión practicó su solitario pasatiempo preferido, en su cuarto de baño hollywoodiense. Ocho años antes, había ya revelado su desencanto al crítico Ward Morehouse al reflexionar sobre una carrera que abarcaba cuatro décadas: “El teatro es un lugar terrible para crearse un futuro. Te ponen en una estantería durante años. Te sacan, te cepillan y después te devuelven a ella”.
[Traducción de Jorge Fiestas]
Creatura nº 50

El Charolito
Se trata de un hijo de la otra orilla, digamos que de la parte baja del tobogán de la vida; crianza de negra cuna y linaje confuso; pellejo delator y un paso endiablado, el suyo, que repiquetea en las calles aún calientes, culpa del último sol de la tarde. A todo esto, y según su reloj de pulsera, pasan diez minutos de la medianoche. El perfil de la luna asoma ya entre dos casas y, a lo lejos, unos ladridos le informan sobre su condición de extraño.
Montero Glez, Sed de champán
lunes, marzo 22, 2010
Miguel Ángel Martín en el Louvre

Push, de Sapphire

Push está narrado en primera persona por Claireece Precious Jones, una adolescente marcada por la mala suerte, la tragedia y el dolor: es negra y pobre, lo cual disminuye sus posibilidades de abrirse camino en el lugar en el que vive; es bastante voluminosa, lo cual le acarrea burlas en la escuela y en la calle; su madre le propina palizas, lo cual incrementa su odio hacia el mundo; fue violada de niña por su padre, con lo cual tiene dos hijos que a la vez son sus hermanos; apenas sabe leer y escribir, lo que dificulta aún más sus opciones. Todo cambia cuando asiste a una clase de Enseñanza Secundaria Alternativa, donde la señorita Rain la enseñará a manejarse con las palabras y a sentir aprecio por algo que dará sentido a su vida: la escritura. Lo más fascinante de este libro, escrito por la poeta Sapphire, es la psicología del personaje: conserva a la vez la ingenuidad de una niña y la sabiduría de quien ha tenido que madurar a fuerza de golpes y abusos. Cuenta las cosas como las contaba Holden Caulfield: sin pelos en la lengua, ensartando errores gramaticales y arrebatos de poesía. Sí, es una historia de superación. O de dar el primer paso hacia la superación. Pero no se anda con sentimentalismos y ahí radica su fuerza. Un fragmento:
La señora Rain dice que critican El color púrpura porque acaba como un cuento de hadas. Bueno, a mí me parece que hay historias de esas que pueden ser verdad. La vida a veces sí va a mejor. A la señora Rain también le encanta El color púrpura, pero dice que el realismo también tiene sus cosas buenas. ¡Y dale con “ismos”! A veces tengo ganas de decirle a la señora Rain que ya vale con tanta mierda de ISMOS… Pero es mi profesora y no le digo que se calle ni nada parecido. No entiendo lo que quiere decir “realismo”, pero sé perfectamente lo que es la REALIDAD, y si se me permite decirlo la realidad es una putada.
[Traducción de Jesús Zulaika]
_052
el agua recorre mi barba
y cae sobre el suelo,
junto a mis pies desnudos,
me miro al espejo,
fijamente,
los ojos rojos,
marcadas ojeras,
dolor de cabeza,
un horrible sabor
en la garganta,
arañazos
por todo el cuerpo
y carmín
en los pezones,
se me antoja una noche larga,
una noche para olvidar,
como casi todas,
me lavo las manos,
ensangrentadas
como la luna,
como las aceras de tu barrio,
ensangrentadas
como la porcelana del baño,
como mis pantalones,
como mis recuerdos,
me seco las manos
en una toalla de blanco inmaculado,
como ella antes de conocerme,
antes de caer en mis manos,
cuando aún estaba viva.
Choche, de su blog La inexistencia estomacal
La montaña del dios caníbal
domingo, marzo 21, 2010
Desaparecer en Facebook
Fuimos a un café
En una mesa cercana a la nuestra, una mesa verde, metálica y descuidada, estaba una actriz que salía en Al salir de clase, te hacía mucha gracia que nos encontráramos a alguien famoso en un lugar donde no lo era, porque podías espiarle, y saber como es realmente. Estaba con otra chica que me juraste que era de alguna otra serie. Las observabas con un disimulo descarado. Yo también.
La calle estaba llena de gente, gente que sube, gente que baja. Vuelven a casa, o tal vez hayan quedado con algún viejo amigo. Siempre me ha gustado inventarme la vida de los demás, lo hago en metro a diario desde hace años. Cuando veíamos a alguien que nos llamaba la atención, empezábamos muy deprisa a ponerle un trabajo, a decorarle una casa, soltero o casado o viudo, ciudad de origen, edad... Le cambiábamos de vida a todo el que por allí pasaba. De ese modo nos encontramos con un dependiente de una ferretería que se vino a vivir desde Oporto hace más de 20 años cuando se casó con una gorda bigotuda y que iba al único bar de la ciudad donde se podía comer una francesinha con mucha cerveza, también nos encontramos con un estudiante de medicina con la habitación muy ordenada que iba a buscar a su novia a la cual había dejado de querer porque no se la chupaba bien, y vimos a un asesino a saldo que volvía a casa de un trabajo y que tenía ganas de ayudar a sus niños a hacer los deberes... así con una docena de vidas. Nos reímos. Mucho.
Cuando el frío empezó a calar en los huesos decidimos volver hasta el hotel. Te cubrí con mi chaqueta, y pasé mi brazo por encima de tus hombros; tú te acurrucaste apoyando tú cabeza sobre mi pecho.
Marcus Versus, Habitación 804 (Inédito)
sábado, marzo 20, 2010
Muerte a crédito, de Louis-Ferdinand Céline
Me ha costado acabar este libro de Céline. No sé si recomendarlo o no.
No recomendaría su lectura de principio a fin, de cabo a rabo. Agota, supera al lector, lo hastía a ratos, lo impacienta. En algunos fragmentos, con tantas interjecciones y puntos suspensivos y tacos e idas de olla, no sabe uno muy bien qué le está contando el autor. Le deja claro que Céline ya lo había expresado casi todo en esa obra maestra: Viaje al fin de la noche.
Sí recomendaría leer pasajes al azar, abrirlo aquí o allá para empaparse de algún fragmento. Porque la escritura bronca, salvaje, sin afeites, al grano, que ofrece Céline es una gozada. Es inmenso su dominio del idioma, de la jerga callejera, del exabrupto. Céline escribía en plata, por así decirlo. Llamaba a las cosas por su nombre. Y su furia como domador del lenguaje es fabulosa. Algunos pasajes asombran y son como latigazos. Céline te motiva, te despierta, te arranca de la cama o del sofá como si te estuviera mordiendo en las entrañas.
Con este libro, Carlos Manzano (el traductor) se afianza en su condición de héroe: ha sabido transmitir la riqueza y la música del lenguaje brutal de Céline. El prólogo, además, es de Constantino Bértolo. Insisto: que cada lector decida por sí mismo. Y lo repito: recomendaría leer pasajes al azar, o cogerlo de vez en cuando, para no cansarse. La narración arranca así:
Aquí estamos solos otra vez. Es todo tan lento, tan pesado, tan triste… Pronto seré viejo. Y por fin se habrá acabado. Ha venido tanta gente a mi habitación. Han hablado. No me han dicho gran cosa. Se han ido. Se han vuelto viejos, miserables y lentos, cada cual en un rincón del mundo.
[Traducción de Carlos Manzano]











