miércoles, octubre 25, 2023

Aurelia, Aurélia, de Kathryn Davis

 

Hay momentos en la vida en los que creemos estar a punto  de transformarnos en algo. En aquel entonces yo tenía dieciséis años, había devorado El cuarteto de Alejandría y me creía adulta.

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La primera vez que estuve en Alejandría era una estudiante de bachillerato de dieciséis años que vivía en Filadelfia; la segunda, una mujer casada de veintitrés que vivía en una isla griega. Intentaba aprender griego demótico ayudándome de un diccionario de bolsillo y de una hermosa edición en dos volúmenes de la poesía de C. P. Cavafis.

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“A veces preferiría ser no tanto una imaginación, sino una persona”, escribí. La verdad es que no sabía ni dónde estaba ni qué era. Vivía en un cuerpo, pero había una parte de mí que, como Virginia Woolf, parecía capaz de funcionar sin él.

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En el autobús de vuelta desde Nueva York me abismé en el terror, el espacio de tiempo que abarca desde que nacemos, nos enamoramos, amamos a alguien y vivimos una vida con esa persona hasta que al final nos encontramos con la muerte.

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Nunca me había imaginado en la cima de una montaña en Terranova. Pero en aquel entonces tampoco me imaginaba en la cama con un marido moribundo.

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“He caminado hoy por las montañas. Hacía un tiempo húmedo y toda la región estaba gris. Pero el camino era suave y, a trechos, muy limpio. Al principio llevaba el abrigo puesto, pero pronto me lo quité, lo doblé y me lo colgué del brazo. Andar por aquel maravilloso camino me producía cada vez más placer; tan pronto echaba cuesta arriba como volvía a bajar bruscamente”.
Robert Walser escribió más de cincuenta relatos sobre el paseo; este es un extracto de “Pequeño paseo”, uno de los más breves y, como toda la prosa de Walser, imposible de clasificar, aunque Susan Sontag lo intentó diciendo que era “un cruce entre Stevie Smith y Beckett”. Los relatos de Walser se consideran ficción, pero está claro que el narrador es la misma persona que el autor.

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Cuando hay que convivir con un moribundo, es difícil distinguir entre lo fútil y lo imposible.

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Aurelia, Aurélia. Se produce una suerte de tránsito desde el rincón de nuestra mente donde reside la memoria, tan firmemente asentada como la casa en la que crecimos, y la herramienta operativa del pensamiento, diseñada para transportarnos a nosotros y nuestros recuerdos a otro lugar, como si cruzáramos el océano en un barco. Al principio el barco seguía apareciendo en el horizonte, una abstracción, como el Kahana, pero, luego,  de cerca, llegaba la concreción, una visión del yo concreto en un momento concreto, requisito indispensable para satisfacer la necesidad que tiene la memoria de alojarse en un huésped que la aleje cuanto pueda de la nostalgia.    



[Muñeca Infinita. Traducción de Vanesa García Cazorla]

Trailers de Leave the World Behind

 

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Richard Roundtree (1942 - 2023)

 


Napoleon: nuevos carteles

 



En Aleteia: Siobhan Fallon y sus dos nuevas películas

 


Cartel de Occupied City

 


viernes, octubre 20, 2023

Diarios (tomo III). A ratos perdidos 5 y 6, de Rafael Chirbes

 

Nadie parece tener tiempo para leerse las quinientas páginas que hace falta leer antes de empezar a hablar de un escritor, pero todo el mundo tiene tiempo para quedarse media hora viéndolo en la tele, o para echar una ojeada a la página que, en el periódico, habla de él. Tendrían que prohibirnos a los escritores decir nada que no fuera por escrito, y negarnos a los novelistas el derecho a verter una solo opinión, o un comentario, sobre la novela que hemos escrito. Si quieres saber de qué trata, léetela.

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No puedes ejercer la piedad con nadie. Ves una vida a la deriva y no puedes cambiarla, alterar su curso, solo verla pasar. Lo único que de verdad cambia la vida de alguien es la violencia. Ejerces violencia sobre alguien y le cambias la vida.

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Uno querría que sus libros tuvieran éxito, pero que fuera un éxito secreto y apacible (lo cual es una aporía), un éxito que no tocara tus hábitos, ni te obligara a comportarte de distinta manera en el bar, ni te exigiera hacer declaraciones en los periódicos, ni ver tu carota en papel impreso. Eso es pedir la luna. Si lo pienso, en realidad eso es lo que he conseguido, casi la luna: mis libros siguen vivos y no me ha golpeado la fama con sus puños.   

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Como una buena parte de los libros que conservo son buenos, es lógico que me entren ganas de releerlos casi todos, lo cual me sitúa ante la brevedad del tiempo que, aun pecando de optimista, me queda por delante. Eso significa melancolía a espuertas, desánimo, y una angustiosa pregunta: ¿cómo ser capaz de escribir sin volver a leerme todo eso que he olvidado y es extraordinario? Letras de un desmemoriado.

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La edad te enseña a entender un poco mejor a los demás, a medida que se te va emborronando tu propia imagen.

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En el caso de que encuentren lo innombrable, ¿me veo con ánimos para operaciones, quimios y demás torturas?, ¿tengo suficientes ganas de vivir como para que digan de mí eso que dicen de todos los que se prestan al destace médico: está peleando como un jabato contra el cáncer, le ha plantado cara hasta el último momento, un pequeño y admirable héroe?, ¿de verdad quiero pelear como un jabato?, ¿ser un héroe de hostias cómo duele esto y qué náuseas produce y qué horror, y voy y lo aguanto? Todo eso, ¿para qué? Si lo mejor ya ha pasado, si haber cumplido sesenta y cinco años después de una vida de traca no está nada mal, si placeres, aparte del de la lectura (y alguna ráfaga de música que me pone los pelos de punta, o me sume en la melancolía), no me queda ninguno.



[Anagrama]

Trailer de American Fiction

 

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Cartel de Sly

 


Trailer de The Boys in the Boat

 

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Cartel de Origin

 


Burt Young (1940 - 2023)

 


Saltburn: nuevo cartel

 


miércoles, octubre 18, 2023

Sin reproches, de Daniel Woodrell

 

Tercer y último volumen de La Trilogía de los Pantanos (Bajo la dura luz, Los matones del Ala y Sin reproches), del que no podemos contar mucho por si alguien aún no ha leído los anteriores. Aunque se pueden leer de manera independiente, digamos que, esta vez, adquiere protagonismo el padre de los Shade, John X.: un hombre que ha ido dejando hijos y ex mujeres y cornudos a su paso, mientras se bebía todo el whisky del mundo. John se reencontrará con sus hijos mientras un mafioso de poca monta le pisa los talones.

Esta tercera novela contiene menos violencia y tensiones, como si fuera un libro de transición en los personajes, que tratan de cerrar sus historias y asentarse sin líos. Predomina la destreza de Woodrell para los diálogos y para retratar a toda esa gente cuya máxima ambición en la vida parece consistir en asegurarse el bebercio de cada noche y continuar sobreviviendo día a día sin demasiadas aspiraciones. Aquí va un fragmento:
 
-Sé que me odias –dijo–, pero no sé por qué.
-Sí que lo sabes.
-Bueno, ha llovido mucho desde entonces. Pero lo importante es que seguimos aquí, al pie del cañón, ¿no te parece?
Stew resopló.
-Eso no es lo importante ni de lejos.
-Ya lo veo. Soy un hijo de puta, ¿es eso?
-Eres superficial y ya está. Superficial de cojones. Para ti y los de tu calaña, la vida consiste en buscar comodidades materiales.
-¿Y eso es ser superficial?
-Superficial de cojones.
-¿Quieres decir que jugar, beber y follar son comodidades materiales?
-Claro que sí, desde luego.
-Entonces tienes razón. Soy un hijo de puta superficial.




[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo]

Cartel de The Zone of Interest

 


Próximamente: Mi trabajo todavía no está acabado

 

De Thomas Ligotti. En Valdemar.

Cartel de Eileen

 


Napoleon: 2 carteles

 



Piper Laurie (1932 - 2023)

 


Unos meses de mi vida, de Michel Houellebecq

 

El suceso más mediático, pero no el más grave, de mi último trimestre de 2022 fue la polémica que suscitó mi entrevista con Michel Onfray en el número especial de la revista Front Populaire. Tiendo a ver en ella, más que una controversia de serias implicaciones, un avatar de mis sempiternos berrinches con los musulmanes. Empleo adrede esta palabra infantil para subrayar ante todo lo estúpidas que son estas disputas, estupidez, no vacilo en confesar, de la que en gran medida soy responsable.
Es particularmente cierto en el primer episodio, que dio lugar a un juicio en 2002, el año siguiente de la publicación de
Plataforma, a raíz de una entrevista en la revista Lire. Es innegable que soy el principal culpable, de algunas de mis frases emana una agresividad que en la práctica nunca llego a sentir, pero perseguirme por «incitación al odio racial» tampoco era muy pertinente. Era innecesariamente ofensivo, y sobre todo estaba totalmente fuera de lugar. Como todo el mundo sabe, el islam no es una raza, sino una religión practicada en las cuatro esquinas del mundo por los grupos étnicos más diversos.

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El año 2022 terminó mal para mí. Los dos últimos días que pasé en Ámsterdam, a pesar del encanto de la ciudad y el interés de sus museos, incluso a pesar de E. (una E. asiática que apareció por arte de magia, y setenta y tres veces más atractiva que la Pava), no habían conseguido borrar los dos últimos días en compañía de la Cucaracha.

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Hasta mi regreso a París, el 31 de enero, no entré de verdad en el infierno. Hoy sigo en él; es un infierno múltiple.



[Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika]