jueves, mayo 04, 2023

sábado, abril 22, 2023

Días de fiesta, de Jo Ann Beard

 

Aquellos a los que nos fascinó Los chicos de mi juventud, el libro de Jo Ann Beard también publicado por Muñeca Infinita, estamos de enhorabuena porque la editorial nos trae (con traducción de Inga Pellisa) Días de fiesta, un conjunto de 9 textos misceláneos que rompen las fronteras entre el ensayo y la ficción. Aunque 7 de ellos pueden considerarse más próximos al ensayo casi puro (digo “casi” porque contienen especulaciones y conjeturas respecto a cómo se sintieron otras personas ante ciertos bretes de la vida), hay 2 en los que la autora ya nos avanza que son relatos (“La tumba de la lucha libre” y “Lo que buscas te busca a ti”), y añade: Son también ensayos, cada uno a su (secreta) manera, y los ensayos son también relatos.

Algunos son autobiográficos, por ejemplo el último, el que da título al libro, “Días de fiesta”, en el que la escritora va mezclando e intercalando líneas temporales y recuerdos para hablarnos de sus amigas, una de ellas enferma (acabaría muriendo), del primer marido (que la abandonó por otra), de sus momentos de ansiedad, de sus viajes…

En otros nos cuenta historias ajenas. Uno de los mejores es “Werner”, historia real de un hombre cuyo edificio empezó a arder… El hombre consiguió salir y se salvó, de una manera tan increíble que prefiero que el lector la descubra por sí mismo.

Otro, éste bastante duro, relata la historia que le sucedió a una mujer llamada “Cheri” (título del  relato): los padecimientos desde que enferma de cáncer, su calvario con las terapias, los efectos secundarios físicos tras una intervención quirúrgica, sus recaídas. No es que entre en muchos detalles sobre el suplicio de la enfermedad, pero Jo Ann Beard se las arregla para que sintamos la situación de esta persona: desvalida, agotada, temerosa del desgaste físico, sin esperanzas hasta el punto de contactar con el célebre doctor Jack Kevorkian (sí, el de las eutanasias: recomiendo el telefilme que protagonizaba Al Pacino). Al final de un párrafo dice la narradora:

No existir es imposible de imaginar, descubre, porque para imaginar, uno debe existir. Lo más que consigue es visualizar el mundo tal y como es, pero sin ella. E incluso así, es ella la que lo está visualizando.  

En “Cerca” nos habla de la escritura, y también de los patos a los que intenta salvar de los depredadores. Anoto un extracto:

A escribir se aprende leyendo, tanto la obra de autores publicados como de nuestros compañeros, y empleando nuestro poder de penetración y creatividad para analizar lo que leemos y averiguar por qué funciona cuando funciona y qué es lo que falta cuando no.

Jo Ann Beard tiene un don para elaborar ensayos narrativos con pinceladas de imaginación y saltos en el tiempo mediante los que enhebra un discurso en el que se conjugan los recuerdos y las reflexiones y una cercanía a las personas que, cuando se trata de gente que sufre, nos transmite todo su dolor. Por cierto, su actual marido es Scott Spencer, escritor del que Muñeca Infinita publicará en breve su novela Amor sin fin, de la que en los 80 Franco Zeffirelli hizo una adaptación protagonizada por Brooke Shields (y en la que aparecían unos jovencísimos Tom Cruise y James Spader como secundarios).



[Muñeca Infinita. Traducción de Inga Pellisa]

Trailer de Kandahar

 

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Cartel de Still: A Michael J. Fox Movie

 


En Aleteia: Super Mario Bros: La película

 

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Cartel de Stan Lee

 


martes, abril 18, 2023

El buen hermano, de Chris Offutt

 

 

Ésta es la primera novela que escribió Chris Offutt y ya es evidente su dominio de los materiales, por así decirlo: la estructura, las descripciones de los paisajes, la evolución del personaje principal, la trama, la recreación de esos tipos medio paletos que no conocen otras latitudes que su pueblo, el río y el bosque más cercanos, y sobre todo los magníficos diálogos, que serían ya mismo carne de película noir si alguien le pusiera interés y pasta.

En The Good Brother, con traducción de Javier Lucini, conocemos a Virgil Caudill cuando acaban de matar a su hermano Boyd. Otro tipo del entorno lo asesinó y nadie sabrá nunca el motivo. La ley no escrita de Kentucky dice que, si matan a alguien de tu familia, tienes la obligación de vengarlo. Porque el sheriff no hará nada, más allá de ocuparse en algunos interrogatorios. Virgil trabaja como basurero y no le guían grandes aspiraciones. Tal vez ascender a capataz, quizá casarse algún día con Abigail, poco más. Pero a su alrededor crece la presión: todo el mundo comenta que debería ejecutar a ese fulano que corre suelto por ahí, que debería vengarse ya mismo.

En esas primeras páginas comprendemos su agobio y conocemos a su hermano asesinado, Boyd, por las palabras que otros le dedican: es ese gran personaje de la narrativa (literaria y cinematográfica) al que tardamos en ver, como Kurtz en Apocalypse Now, o a quien nunca conocemos de primera mano porque al entrar en la historia ya está muerto, como la madre de los personajes de Mientras agonizo. Offutt consigue erigir un gran personaje, pendenciero, audaz, hablador, aventurero, como un Neal Cassady de los 90, sólo utilizando las palabras y los recuerdos de otros.

En un momento de la novela Virgil decide marcharse sin comunicárselo a nadie y cambiar de aires, también de identidad. Escondido en Montana, apuesta por cambiarlo todo, por renunciar a quien era y convertirse en otro: un nombre distinto, otros documentos, sin pasado, sin amigos, sin familia. Un entierro de su anterior yo. Con esto empieza también la extrañeza: aprende cómo es esa especie de muerte simbólica y renacimiento, lejos de su tierra y de sus seres queridos. En este nuevo paisaje afronta el frío, la nieve, la soledad, la falta de charla de sus habitantes.  

Y en esa región conoce a un grupo de tipos obsesionados por las armas, atentos a las conspiraciones del gobierno y defensores de una libertad que empieza por el derecho a estar armado y a establecer la supremacía de los hombres blancos, actitudes con las que Virgil (ahora convertido en Joe) no está de acuerdo. Éste es otro de los grandes aciertos del libro. Porque aquí Offutt está retratando a los que luego se convertirían en esos votantes de Trump que esgrimen armas y que entraron en el Capitolio con banderas, disfraces y maneras violentas. Hombres de ideas equivocadas que repudian a los extranjeros y que sólo piensan en defenderse con rifles y pistolas. La clase de tipos que John G. Avildsen retrató de manera eficaz en su filme Joe (Tarantino explica muy bien la película en su libro de ensayos). Como suele decirse: de aquellos polvos vienen estos lodos. Aquí va un trozo del parlamento de Virgil ya convertido en Joe, víctima del desarraigo y la añoranza:

Es como si mi mundo tuviese un agujero por el que se hubiese escapado la vida. Ya no puedo caminar sobre una tierra que se conoce mis pies de memoria. Echo de menos acercarme al arroyo y divisar mi cerro natal, aguardando mi regreso. Echo muchísimo de menos estar en el bosque. Recolectar ginseng y setas. Llevo un año sin ver luciérnagas, sin ver el rocío. Aquí los colores no varían mucho. Los cerros persisten en un verde oscuro, en invierno se vuelven blancos y luego vuelta a lo oscuro. No hay pájaros cantores ni chotacabras. Podría zamparme piscinas de sopa de alubias con pan de maíz. Echo de menos la carne de cerdo como no te puedes hacer una idea. Creo que por aquí nunca han oído hablar de los puercos.
Pero, sobre todo, echo de menos a mi familia. A mamá. A Sara y a todos los demás. También a Boyd, aunque esté muerto. No dejó rastro en este territorio. Por aquí solo está vivo en mi cabeza.




[Sajalín Editores. Traducción de Javier Lucini]  

Next Goal Wins: primer cartel

 


Jeanne du Barry: 2 carteles

 



En Aleteia: El misterio de la lanza sagrada

 

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Mauro Muñiz Urquiza ("Don Mauro") (1964 - 2023)

 


Hypnotic: 2 carteles

 



Cartel de The Boogeyman

 


Marta Agudo (1971 - 2023)​

 


jueves, abril 13, 2023

El hombre de la bata roja, de Julian Barnes

 

 

¿Es injusto empezar por la bata, en vez de por el hombre que la lleva? Pero la bata, o más bien su representación, es como recordamos hoy al hombre, si es que lo recordamos. ¿Cómo se habría sentido a este respecto? ¿Aliviado, divertido, una pizca insultado? Depende de cómo interpretemos su carácter desde nuestra distancia.

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El arte dura más que el capricho individual, el orgullo familiar, la ortodoxia social; el arte siempre tiene al tiempo de su parte.

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Un dandi necesita los ojos de los demás del mismo modo que un gran orador necesita oyentes.

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Hay un momento en que se produce un cambio en la naturaleza de la fama literaria. Hasta entonces, un escritor famoso era un escritor que se hacía famoso escribiendo. Wilde fue el primero en concebir la idea de hacerse famoso antes y ponerse a escribir después. Hacia finales de 1882 solo era “aún” un poeta menor y un conferenciante asiduo. Pero también era famoso en dos continentes y en consecuencia estaba en el mejor momento para una carrera literaria.

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Mi primer encuentro con el doctor Pozzi ocurrió por medio de la formidable imagen de Sargent. La etiqueta en la pared me informó de que era ginecólogo. No me había topado con él en mis lecturas sobre el siglo XIX francés. Después vi en una revista de arte que “no solo era el padre de la ginecología francesa, sino también un incorregible adicto al sexo que habitualmente intentaba seducir a sus pacientes femeninas”. Me intrigó esta evidente paradoja: el médico que ayuda a las mujeres pero también las explota. El hombre de ciencia que proporciona consuelo y alivio del dolor físico y mental y cuyas técnicas innovadoras salvaban vidas femeninas, que auxiliaba a un mayor número de pacientes pobres que ricas, pero que en su vida privada se comportaba como una caricatura de un francés refinado.

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¿Qué induce al presente a tener ese afán de juzgar el pasado? Siempre hay neurosis en el presente, que se cree superior al pasado, pero no logra deshacerse de la persistente inquietud de que pudiera no serlo. Y por detrás de esto asoma otra pregunta: ¿con qué autoridad lo juzgamos? Somos el presente, existe el pasado: a la mayoría esto suele bastarnos. Y cuanto más retrocede el pasado, tanto más atractivo se vuelve simplificarlo. Por grave que sea nuestra acusación, nunca contesta, permanece en silencio.  



[Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika]

Indiana Jones and the Dial of Destiny: nuevo trailer

 

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Renfield: 2 carteles

 



Pablo G. Bao (1950 - 2023)

 


Cartel de Guardians of the Galaxy Vol. 3

 


Cartel de Barbie

 


Fool's Paradise: primer cartel

 


Sangre de dragón, de Christoph Hein

 

Un pintor, que había llegado con una chica inusualmente hermosa, se puso a hablar sobre el arte.
-Ya no somos sino voyeurs –decía–, y sólo si somos voyeurs, somos artistas. Todo el otro arte está muerto, se ha acabado, mierda burguesa. El único objeto del arte que vale la pena es lo asocial, el individuo marginal. Durante siglos lo importante han sido las opiniones y los problemas de los pequeños burgueses. Falaz música de sobremesa que debía mantener a unos parásitos para que dirigiesen sus mezquinas cuitas. Sin embargo, el arte es anarquía. Es el azote de la sociedad. La única estética válida es la del horror, la medida de todo el arte es el grito estridente. Debemos convertirnos en seres asociales para darnos cuenta de lo que somos, de dónde venimos y adónde vamos. La mugre, este es mi mensaje para vosotros.

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Las mujeres, creo, se toman el sexo más a la ligera, con menos esfuerzos. De forma más natural, porque su órgano sexual es también herramienta de trabajo. Dar a luz es un trabajo. Eso impide tanto las visiones que transfiguran como las ideas angustiosas. Un comportamiento que también inquieta a los hombres porque se desvía de la norma, su norma, lo normal. Por eso lo combaten y lo castigan. Para mantener fuera de peligro el ritual de su fe, de sus ideas sobre el sexo, y afirmarlo como el único válido condenan todo lo demás que no se somete a ellos ni a sus fantasías. Un ritual necesario. Un exorcismo del miedo. Prisioneros en el mundo de sus ideas.

**

Tampoco me apetecía nada conocerlo más a fondo. ¿Para qué iba yo a preocuparme de sus problemas, traumas y miedos? No me interesan los abismos ni los destinos de la gente. Ya estoy demasiado ocupada con lo que tengo que hacer, conmigo, con mi trabajo. Puedo prescribir pastillas y poner inyecciones. El resto no es asunto de la medicina. No soy un confesor. No receto consuelo. Darle ánimos a alguien me parece temerario o insincero. Yo misma tengo problemas. Sólo me interesan raras veces y bajo ciertas condiciones. En cierto sentido únicamente cuando no me controlo y me abandono. Cuando me entrego a mis estados de ánimo. De todas formas, los problemas verdaderos son insolubles. Los arrastramos con nosotros a lo largo de toda nuestra vida, ellos son la vida, y de algún modo también morimos de ellos. La generación de mis abuelos tenía un dicho para esto: “Cuando miramos un mal a la cara, deja de ser un mal”. Tengo otras experiencias. Aquello que uno teme, lo mata a uno. Para qué, pues, prestarle atención. Y ayudar a los demás no podemos de ningún modo. Esto no es cínico, sino todo lo contrario.

**

En casa intenté tomar conciencia de que había cumplido cuarenta años, pero no se me ocurrió nada. No tenía importancia, nada había cambiado. Deseé que algo ocurriera, que me pasara algo, pero no podía decir qué.
En marzo se inició el horario de verano. Hubo que adelantar una hora los relojes, y en aquellos meses tal vez fue eso lo más emocionante que ocurrió en mi vida.
No me afectó. Pero de todos modos era una injerencia en el tiempo, la interrupción de un decurso imperturbable, regular. En mi vida no hay ese tipo de injerencias radicales. Transcurre con la misma absurda regularidad con que se mueve el péndulo de un reloj de pared, como el que había en casa del tío Gerhard en G. Un movimiento que no lleva a ningún sitio, que no conoce ningún tipo de sorpresas, desviaciones, horarios de verano ni irregularidades, y cuya única sensación es el inmovilismo que en algún momento se produce.  



[Saymon Ediciones. Traducción de Juan José del Solar]

Cartel de The Mother

 


Ryūichi Sakamoto (1952 - 2023)

 


Cartel de Sanctuary

 


jueves, marzo 30, 2023

Meditaciones de cine, de Quentin Tarantino

 

 

Tenía tantas ganas de leer Cinema Speculation, título original de este libro, que lo he dosificado para que me durase alrededor de un mes: leyendo en torno a un texto cada noche laborable. Además es un conjunto de ensayos que requieren una lectura lenta, sin prisas, porque, aunque el director analiza unas pocas películas, también es cierto que cita muchísimas obras y no todos hemos visto la suma de títulos citados (incluso aunque hayamos visto la mayoría, Tarantino nos lleva la delantera). Para recuperar unas cuantas películas (por ejemplo: Sisters, Rolling Thunder o Daisy Miller), me sirvió de ayuda el canal temático de Movistar titulado Universo Tarantino, aunque sólo duraba un mes y no me dio tiempo a ver todo su repertorio.

Como su título original indica, más que meditar Tarantino se dedica a especular. Por ejemplo: ¿cómo hubiera sido Taxi Driver de haberla dirigido Brian De Palma? Se recogen aquí análisis de largometrajes rodados en los años 70 (con dos excepciones: la primera y la última película del libro datan del 68 y del 81) porque Tarantino tiene predilección por el cine de esa década: ¿y qué cinéfilo en su sano juicio no? Fue una época totalmente opuesta a la que estamos viviendo ahora: había más libertad en las artes, en las opiniones, se rodaba cine comercial que hoy no se podría rodar. Incluso las películas flojas eran potentes, impactantes, con un pulso cinematográfico y un ritmo que se han perdido (o casi: sobreviven algunos maestros que tratan de hacerlas como entonces, y Tarantino es uno de ellos).

En esos análisis y especulaciones no se limita a alabar las películas elegidas. Señala tanto los aciertos como los errores (según su muy particular opinión, of course: no siempre está uno de acuerdo con sus veredictos). Lo esencial es que las ha escogido porque le impactaron lo suficiente para que dejasen huella en su propia obra. También porque son películas con las que sus directores dieron un giro: por utilizar a un personaje que hasta entonces era inusual, por contratar a un actor que dio otro enfoque al cine policiaco, porque el director aplicaba la comedia a una novela clásica y en teoría rígida, porque marcaron tendencia… La mayoría son duras, violentas, en torno a policías, a delincuentes, a hombres vengativos dispuestos a cualquier cosa con tal de saldar sus deudas, a presidiarios y a fugitivos.

Antes de los análisis comienza con un capítulo autobiográfico en el que señala su deuda con su madre, que le llevaba a los cines de barrio a ver películas muy diversas (tanto para todos los públicos como no aptas para menores), comenzando así su pasión y su adiestramiento. Y termina con otra deuda: la de un amigo de su madre, un hombre negro que le acompañó a los cines durante un año y medio. El conjunto de textos es espectacular porque Tarantino, además de controlar los ámbitos cinematográficos (cada capítulo está surtido de anécdotas históricas, de lecturas, de charlas y entrevistas con algunos de los cineastas mencionados), domina la narrativa, sabe cómo contar y cómo embrujarnos cada vez que empieza una frase. Así comienza:

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el Tiffany Theater contaba con un bien cultural inmueble por el que se distinguía de los demás grandes cines de Hollywood. Para empezar, no estaba situado en Hollywood Boulevard. A excepción del Cinerama Dome, de la cadena Pacific Theatres, que se alzaba imponente en la esquina de Sunset con Vine, las otras grandes salas de Hollywood se encontraban todas en el último refugio turístico del Viejo Hollywood: Hollywood Boulevard.

Por el día aún se veía pasear a los turistas por el bulevar, camino del Museo de Cera de Hollywood, mirándose los pies y leyendo los nombres en el Paseo de la Fama (“Mira, Marge, Eddie Cantor”). Hollywood Boulevard atraía a la gente por sus cines mundialmente famosos (el Grauman’s Chinese Theatre, el Egyptian, el Paramount, el Pantages, el Vogue). Sin embargo, cuando el sol se ponía y los turistas regresaban a sus Holiday Inn, Hollywood Boulevard quedaba en manos de la gente de la noche y se transformaba en
Hollyweird, “Hollyraro”.

En cambio, el Tiffany estaba en Sunset Boulevard y, para colmo, en Sunset Boulevard al oeste de La Brea, con lo que oficialmente pertenecía al Sunset Strip.


[…]

Los filmes contraculturales producidos entre 1968 y 1971, fueran buenos o no, eran apasionantes. Y tenían que verse con más gente, a ser posible todos colocados. Pronto el Tiffany se apartaría de ese ambiente, porque las películas alucinógenas realizadas a partir de 1972 eran más bien creaciones trasnochadas para un nicho de mercado.

Pero si el Tiffany tuvo un año especial, fue 1970.

Ese mismo año, cuando yo tenía siete, asistí por primera vez a una sesión en el Tiffany. Mi madre (Connie) y mi padrastro (Curt) me llevaron a un programa doble:
Joe, ciudadano americano, de John G. Avildsen, y ¿Dónde está papá?, de Carl Reiner.



[Reservoir Books. Traducción de Carlos Milla Soler]

En Aleteia: Living

 

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miércoles, marzo 29, 2023

Un hombre soltero, de Christopher Isherwood

 

 

Tiene el lamentable aspecto de un nadador o un corredor extenuado, y sin embargo ni se plantea detenerse. La criatura que contemplamos seguirá luchando hasta caer. No porque sea heroica, sino porque no concibe otra alternativa.

**

El supermercado aún está abierto; no cerrará hasta medianoche. Emite una luz radiante que ofrece amparo contra la soledad y las tinieblas. Uno podría pasar horas allí, a salvo de la inseguridad, meditando acerca de la gran oferta de comestibles. ¡Santo cielo, cuántos hay! Tantas marcas en envases relucientes que nos prometen algo delicioso. Los artículos de las estanterías nos llaman a gritos: ¡llévame!, ¡llévame!; y la mera competencia de sus reclamos puede hacernos creer que se nos desea, incluso que se nos ama. Pero ¡cuidado!, porque de vuelta en tu solitaria habitación descubrirás que el halagador duende de la publicidad te ha tomado el pelo; que lo que queda no es sino cartón, celofán y comida, y la decepción te quita el apetito.

**

La alternativa –es decir, volver a poner él mismo todas las cosas en su sitio– le parece uno de los trabajos de Hércules, pues ya ha caído sobre él la abrumadora desgana de la tristeza. La desgana que hace que uno se quede en la cama hasta ponerse enfermo.



[Acantilado. Traducción de María Belmonte]

Renfield: 2 trailers

 

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Asteroid City: primer cartel

 


Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood

 

 

-¿En qué he cambiado?
-Es difícil de explicar… Parece como si no tuvieras energía ni ganas de llegar a ninguna parte. Eres tan diletante… Me molesta.
-Pues lo siento.
Pero mi pretendido tono frívolo sonó algo forzado. Sally contempló ceñuda sus diminutos zapatos negros.
-No debes olvidar que soy una mujer, Christopher. A todas las mujeres les gustan los hombres fuertes y decididos que luchan por sus objetivos. Una mujer quiere ser maternal con un hombre y proteger su lado débil, pero también debe tener un lado fuerte que ella pueda respetar… Si llegas a interesarte por una mujer, te aconsejo que no le permitas ver que careces de ambición. De lo contrario te despreciará.

**

-Nunca volveré a encontrar un caballero como usted, Herr Issyvoo… Siempre tan puntual en el alquiler… No acierto a comprender lo que le impulsa a marcharse de Berlín así, tan de repente…
No serviría de nada explicárselo o hablar de política. Ya se está adaptando a mi partida, como lo hará a cualquier nuevo régimen. Esta mañana la he oído hablar fervorosamente del Führer con la mujer del portero. Si alguien le recordara que votó a los comunistas en las elecciones del pasado noviembre, seguramente lo negaría ardientemente y con la mayor buena fe. Se limita a aclimatarse, como un animal que muda el pelaje en invierno de acuerdo con la ley natural. Miles de personas como Fräulein Schroeder están haciendo lo mismo. Después de todo, sea cual sea el gobierno que detente el poder, están condenadas a vivir en esta ciudad.




[Acantilado. Traducción de María Belmonte]


Air: nuevo cartel

 


Cartel de To Catch a Killer

 


viernes, marzo 24, 2023

Como un cielo en nosotros, de Jakuta Alikavazovic

 

 

Este libro breve (apenas 100 páginas) y fascinante forma parte de una colección francesa titulada “Ma Nuit au Musée” (es decir, “Mi noche en el museo”), donde hombres y mujeres enfocan su texto en torno a la experiencia de pasar una jornada nocturna en un museo de su elección. Jakuta Alikavazovic eligió el Louvre y preside su texto con una cita de David Markson de La amante de Wittgenstein, lo que nos indica de entrada buen gusto e inquietud por lo anómalo (me entenderán quienes hayan leído esa novela).

La noche sin dormir en aquel lugar, rodeada de cariátides y de pinturas célebres, da pie a reflexiones y servirá a la autora para indagar en lo artístico pero también en la relación con su padre, un hombre amante de los museos y oriundo de Yugoslavia que solía hacerle esta pregunta: “¿Y tú cómo te las ingeniarías para robar La Gioconda?”, y esto permite a la autora hablar de robos de cuadros célebres, de espectadores de huecos donde estuvieron las pinturas robadas, de esculturas clásicas y de artistas como Robert Smithson. Un libro para tratar de comprender el arte y a su padre y a sí misma. Unos extractos:  

La noche del 7 al 8 de marzo de 2020 la pasé sola en el Louvre. Sola y, al mismo tiempo, de todo menos sola.
En la sección de Antigüedades. En la sala de las Cariátides. Eso sí, a lo largo de la noche tuve que mover de sitio la cama plegable que había llevado, pues los lugares tienen alma, los lugares tienen vida, sobre todo a oscuras, y ocurre que precisamente los más visitados, los más recorridos, una vez vacíos, se despliegan y se vengan, a su manera, ahuyentando a quienes tienen la osadía de demorarse en ellos.
O tal vez esos lugares perciban que no tenemos la conciencia del todo tranquila. Que no tenemos el corazón del todo tranquilo.  

**

Me preguntó si era
la escritora, y esa pregunta todavía despierta en mí cierto orgullo, un orgullo del que me avergüenzo al instante, pues, aunque no siempre sabemos a ciencia cierta quién escribe en nuestro fuero interno, sí sabemos –al menos yo lo sé– quién se avergüenza. Solo una parte de nosotros puede escribir, solo una parte de nosotros puede estar orgullosa, pero la vergüenza la experimenta todo nuestro ser. La vergüenza nos une mucho más que cualquier otra cosa.  

**

Y era fácil ser infantil con mi padre. Todos los niños lo adoraban, pues era paciente, alegre y sabía cómo hablarles. Pero en realidad no era una cuestión de habla ni de lenguaje. Más bien sabía amoldarse al tiempo de los niños, el tiempo de la infancia, tan rico, tan lento, un tiempo tan largo que aún no sabemos exactamente qué es el tiempo: nos movemos por él igual que surcamos el aire que respiramos, sin la menor intuición de que algún día pueda abarcarse. Al comprender esa temporalidad única que la mayoría de nosotros perdemos más adelante, mi padre comprendía las alegrías y las tragedias, las acogía, las respetaba. Se ponía a la altura de los niños. Literalmente, por lo que a mí respecta. Cuando, rondando los cuarenta años, tuvo que operarse de los meniscos, culpó de su desgaste a la velocidad con la que solía correr antaño, a sus carreras desenfrenadas, a menudo descalzo por las carreteras de un país que yo apenas conozco. En cambio, a mí enseguida me vinieron a la mente los días que pasaba a mi lado. De rodillas. A mi altura. ¿Fue su infancia o fue la mía la que dañó los delicados y frágiles discos de sus rodillas?

**

Los museos nos han acostumbrado a la idea de que las obras de arte se han hecho para que las veamos. Que están hechas para la luz, para las miradas. Nuestra pasión por lo visible se ha convertido en una pasión por la visibilidad. Las pantallas –esas pantallas miniaturizadas hasta el punto de caber en nuestros bolsillos, en nuestras manos– han hecho por nuestros cuerpos y nuestras caras lo mismo que los museos han hecho por las obras de arte. Los hombres que, como mi padre, tienen secretos y los guardan casi parecen pertenecer a otro mundo. Es otra forma –temporal, moral, más que geográfica–de ser extranjero. Extranjero en una época en la que nuestro gusto por la exposición se ha desplazado hacia el exhibicionismo.




[Muñeca Infinita. Traducción de Vanesa García Cazorla]   

Cartel de Personality Crisis: One Night Only

 


En Aleteia: No tendréis mi odio

 

Aquí

Cartel de Champions

 


domingo, marzo 19, 2023

Abierto toda la noche, de Charles Bukowski

 

 

UN PERÍODO DE DESCANSO

yacía en su cama y era un gran
novelista, poeta y autor
de relatos.
a menudo le decían a las visitas que estaba
en un "período de descanso"
y las
despachaban.

fue a verlo una mujer
que era autora de relatos y
novelista.
la mujer escribió sobre su
visita
en un relato breve.
decía que la trató
con crueldad,
no agradeció la
visita.
que quizá no era
tan grande
después de todo.
en su relato
escribió que
"era un hombre muy
amargado".

luego él murió de tuberculosis
y el relato de la mujer
se publicó.

era D. H. Lawrence
y ella
ha sido
olvidada
con razón.

a los buitres rara vez se los bendice con
la inmortalidad.

**

CHINASKI

se parodia, se sentimentaliza.
está otra vez en un cuartito,
siempre en un cuartito, con la puerta cerrada,
dejando el mundo
fuera.
con más de 70 sigue intentando superar su infancia brutal
y nunca ha llegado a entender de verdad a
las mujeres.
su escritura es irregular
si bien potente
e incluso en sus mejores momentos se aprecia
cierta sensación de redundancia,
de nada nuevo.
lo han imitado hordas
de escritores
a los que su estilo sencillo les parece
atrayente.
ahora tiene una casa, piscina,
spa, un buen coche
y una esposa que le da
vitaminas.
es un recluso
y si lo abordas en el
hipódromo
lo más probable es que
pase de ti o te insulte.
sus únicas visitas por lo visto son
estrellas de cine,
directores y
entrevistadores.
cuando muera
quizá se le otorgue
un lugarcito
en el mundo de la literatura
donde permanecer enfurruñado a la
sombra de Céline, Hemingway, Jeffers
y Henry Miller.
Dios tenga en su gloria su alma
agnóstica y
alcohólica
y ahora pasemos
a cosas más
interesantes.



[Visor Libros. Traducción de Eduardo Iriarte]

Mission: Impossible - Dead Reckoning Part One: primer cartel

 


Dubravka Ugrešić (1949 - 2023)

 


En Aleteia: La voluntaria

 

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Lance Reddick (1962 - 2023)