Hace 7 horas
viernes, julio 12, 2013
jueves, julio 11, 2013
Hombres salmonela en el planeta porno, de Yasutaka Tsutsui
-Así que ésas son las cosas que usted considera que son grandes noticias, ¿no?
-¿Y no lo son? –respondí yo confundido.
Negó con la mano con un aire de irritación.
-No, no. Por supuesto, podrían convertirse en grandes noticias. Por eso se informa puntualmente de ellas. Pero, al mismo tiempo, informamos sobre la vida de un oficinista normal y corriente. Cualquier cosa se puede convertir en una gran noticia si los medios informan de ella –dijo él asintiendo con la cabeza–. El valor informativo sólo surge cuando se informa de algo. Pero usted, al venir hoy aquí, ha destrozado por completo su propio valor informativo.
[Del relato “Rumores sobre mí”]
**
Hace tan sólo quince o dieciséis años que empezó el movimiento antitabaco. Y sólo hace seis o siete, a lo sumo, que empezó a intensificarse de verdad la presión sobre los fumadores. Nunca pensé que en tan poco tiempo me convertiría en el último fumador de la Tierra. Pero quizá las señales ya estaban ahí desde el principio. Yo era, hasta cierto punto, un novelista de éxito y, por ello, me pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo en casa. En consecuencia, tenía pocas oportunidades de ver o sentir por mí mismo los cambios que atravesaba la sociedad.
[Del relato “El último fumador”]
[Atalanta. Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo]
-¿Y no lo son? –respondí yo confundido.
Negó con la mano con un aire de irritación.
-No, no. Por supuesto, podrían convertirse en grandes noticias. Por eso se informa puntualmente de ellas. Pero, al mismo tiempo, informamos sobre la vida de un oficinista normal y corriente. Cualquier cosa se puede convertir en una gran noticia si los medios informan de ella –dijo él asintiendo con la cabeza–. El valor informativo sólo surge cuando se informa de algo. Pero usted, al venir hoy aquí, ha destrozado por completo su propio valor informativo.
[Del relato “Rumores sobre mí”]
**
Hace tan sólo quince o dieciséis años que empezó el movimiento antitabaco. Y sólo hace seis o siete, a lo sumo, que empezó a intensificarse de verdad la presión sobre los fumadores. Nunca pensé que en tan poco tiempo me convertiría en el último fumador de la Tierra. Pero quizá las señales ya estaban ahí desde el principio. Yo era, hasta cierto punto, un novelista de éxito y, por ello, me pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo en casa. En consecuencia, tenía pocas oportunidades de ver o sentir por mí mismo los cambios que atravesaba la sociedad.
[Del relato “El último fumador”]
[Atalanta. Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo]
miércoles, julio 10, 2013
Karoo, de Steve Tesich
Tenía muchas ganas de leer Karoo, la novela que el guionista Steve Tesich no pudo publicar en vida (murió a los 53 años). Tesich escribió los guiones de varias películas de los 70 y los 80 (las más célebres son El ojo mentiroso y El mundo según Garp, donde adaptó a John Irving). Karoo (con una cubierta exquisita de Miguel Brieva) se ha convertido en una especie de libro de culto, fundamentalmente en Francia, donde recibió el Premio Mémorable 2012 de la Asociación de Librerías Independientes. Para mí, sin embargo, ha resultado un libro irregular, desigual, fascinante a ratos y aburrido en ocasiones.
La primera mitad (más o menos) me parece admirable, con sentencias y situaciones plagadas de un humor corrosivo. El protagonista, Saul Karoo, es un “reparador” o “reescritor” de guiones: un tipo, como tantos hay en Hollywood, al que contratan para que arregle los guiones de otros, les quite la paja y los deje listos para funcionar. Se trata de un hombre metido de lleno en varios fracasos, víctima de los achaques propios de la mediana edad, y que sufre extrañas enfermedades y síntomas increíbles, entre ellos el de no ser capaz de embriagarse por mucho alcohol que beba (y eso le lleva a fingir sus borracheras, para que nadie se sorprenda). Cada diálogo, cada descripción del narrador Karoo, nos hace reír y nos mete de lleno en lo que significa no ser más que un revisor de guiones que convierte algo artístico en algo comercial (un tema que a mí me interesa bastante por su vinculación al cine). Sin embargo, hacia la mitad del libro la vida de Karoo empieza a tomar otro rumbo. No es exactamente una redención (el tipo es incapaz de cambiar e incluso de tener sentimientos auténticos de amor), pero se le parece. En ese momento la novela deja de ser tan divertida; Karoo ya no es tan atractivo como personaje y empieza a hacer otras cosas, a apostar por una mujer y por su hijo adoptivo. Y, para mí, la segunda mitad cae en picado. Se estrella. Y tuve prisa por acabarla. Os copio un extracto magnífico del principio (y atención a lo que dice, ya que el propio Tesich murió de un ataque al corazón, y me huelo que, en parte, el personaje principal está inspirado en él mismo):
Estaba claro. Yo tenía la edad en que todo se estropea. La probabilidad de que alguien de mi edad desarrollara cáncer de próstata era elevada. Y también otros cánceres. De bazo. De páncreas. De pulmón, claro. De pulmón, por supuesto. Después de tantos años de fumar. Pero el cáncer no era la única amenaza. El asesino número uno de los hombres blancos de mi franja de edad era la patología del sistema cardiovascular. Después de tantos años de fumar, de beber y de zampar raciones suicidas de chuletas de cordero y patatas fritas de sartén. Arterias obturadas. Como líneas telefónicas obturadas. Y todo el tiempo, por muy bien que lo hiciera todo, se me iban muriendo docenas de millares de neuronas, de manera que, incluso en el caso de que consiguiera evitar los ataques al corazón y los distintos tipos de cánceres, me esperaba la recompensa de la senilidad.
[Seix Barral. Traducción de Javier Calvo]
La primera mitad (más o menos) me parece admirable, con sentencias y situaciones plagadas de un humor corrosivo. El protagonista, Saul Karoo, es un “reparador” o “reescritor” de guiones: un tipo, como tantos hay en Hollywood, al que contratan para que arregle los guiones de otros, les quite la paja y los deje listos para funcionar. Se trata de un hombre metido de lleno en varios fracasos, víctima de los achaques propios de la mediana edad, y que sufre extrañas enfermedades y síntomas increíbles, entre ellos el de no ser capaz de embriagarse por mucho alcohol que beba (y eso le lleva a fingir sus borracheras, para que nadie se sorprenda). Cada diálogo, cada descripción del narrador Karoo, nos hace reír y nos mete de lleno en lo que significa no ser más que un revisor de guiones que convierte algo artístico en algo comercial (un tema que a mí me interesa bastante por su vinculación al cine). Sin embargo, hacia la mitad del libro la vida de Karoo empieza a tomar otro rumbo. No es exactamente una redención (el tipo es incapaz de cambiar e incluso de tener sentimientos auténticos de amor), pero se le parece. En ese momento la novela deja de ser tan divertida; Karoo ya no es tan atractivo como personaje y empieza a hacer otras cosas, a apostar por una mujer y por su hijo adoptivo. Y, para mí, la segunda mitad cae en picado. Se estrella. Y tuve prisa por acabarla. Os copio un extracto magnífico del principio (y atención a lo que dice, ya que el propio Tesich murió de un ataque al corazón, y me huelo que, en parte, el personaje principal está inspirado en él mismo):
Estaba claro. Yo tenía la edad en que todo se estropea. La probabilidad de que alguien de mi edad desarrollara cáncer de próstata era elevada. Y también otros cánceres. De bazo. De páncreas. De pulmón, claro. De pulmón, por supuesto. Después de tantos años de fumar. Pero el cáncer no era la única amenaza. El asesino número uno de los hombres blancos de mi franja de edad era la patología del sistema cardiovascular. Después de tantos años de fumar, de beber y de zampar raciones suicidas de chuletas de cordero y patatas fritas de sartén. Arterias obturadas. Como líneas telefónicas obturadas. Y todo el tiempo, por muy bien que lo hiciera todo, se me iban muriendo docenas de millares de neuronas, de manera que, incluso en el caso de que consiguiera evitar los ataques al corazón y los distintos tipos de cánceres, me esperaba la recompensa de la senilidad.
[Seix Barral. Traducción de Javier Calvo]
Nayagua. Revista de poesía
En esta revista, que se puede leer en la red (no sé si se podrá descargar: yo aún no he encontrado el modo), en la página 274 hay un breve texto que Carmen Camacho me pidió que escribiera para presentar Disociados, la antilogía que publicó Ya lo dijo Casimiro Parker, y que contiene poemas de El Ángel, Karmelo C. Iribarren, Roger Wolfe y David González. Aquí.
martes, julio 09, 2013
Una puerta que nunca encontré, de Thomas Wolfe
Charles Bukowski sigue siendo uno de mis autores de cabecera. Sin embargo, nunca debí hacerle caso cuando criticaba a Thomas Wolfe. Las diatribas de Buk sobre Wolfe me mantuvieron apartado de este autor durante años. Hace poco quise intentarlo y leí El niño perdido, que me gustó mucho, y ahora hago lo propio con Una puerta que nunca encontré. Ambas novelas son breves y autobiográficas y han sido traducidas por Juan Sebastián Cárdenas y editadas por Periférica. Thomas Wolfe es legendario por sus tochos. Por eso prefería empezar por algo menos ambicioso, con menos páginas. Ya recomendé el primer título citado y hoy recomiendo el segundo (y ya he comprado sus dos célebres mamotretos para empezar a leerlos un día de éstos: El ángel que nos mira y Del tiempo y el río y he encargado su ensayo Historia de una novela en una librería de segunda mano).
Thomas Wolfe murió a los 37 años y antes dejó una obra deslumbrante. Una puerta que nunca encontré (editada por primera vez por Caralt en 1990, con el título de No hay puertas) se divide en cuatro recuerdos del narrador, en los que el desasosiego impera en su vida porque nunca logra adaptarse, nunca consigue encontrar esa puerta en la que sentirse a gusto, ya sea entre ingleses o entre trabajadores del barrio en el que se muda a vivir. En esta novela también se habla, como en El niño…, de la pérdida; en este caso, de la pérdida de su padre: el propio Wolfe perdió a su padre cuando era muy joven y eso le afectó profundamente. Me he dado cuenta de que en la lectura de Thomas Wolfe lo importante no es el argumento (algo que siempre exigen los malos lectores como requisito esencial de una novela), sino la seducción de su prosa, su exuberancia, la manera que tiene de retratarlo todo, de obsesionarse con el detalle, de hacerlo todo grandioso y a la vez triste. Os dejo con algunos extractos:
¿Dónde reposará el hombre cansado? ¿Cuándo llegarán a casa los corazones solitarios? ¿Qué puertas se abren para el vagabundo y en qué lugar, en qué tierra y en qué momento?
¿Dónde? ¿Dónde hallarán el consuelo definitivo los corazones desfallecidos, dónde quedarán el tumulto, la fiebre y la angustia para siempre silenciados?
¿Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre.
**
Es maravilloso ver con cuánto entusiasmo algunos hombres y mujeres de bien, personas que nunca han tenido que estar solas en toda su vida, ponderan las bondades de la soledad. Yo hablo con conocimiento de causa. He estado solo buena parte de mi vida, más solo que nadie que yo conozca.
**
Así supe que mi padre no había de volver, y que la vida que un día conocimos se había roto, la habíamos perdido para siempre. Así supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre.
**
Pero sabemos que los niños desaparecidos, los ancianos desaparecidos, nuestros padres, nuestros hermanos, los llevados a toda prisa al cementerio para ser rápidamente enterrados, permanecerán aquí cuando este mundo hecho de cemento o de hormigón no sea más que ruinas. Sabemos que el polvo de los amantes enterrados durará más que el polvo de las ciudades.
[Periférica. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas]
Thomas Wolfe murió a los 37 años y antes dejó una obra deslumbrante. Una puerta que nunca encontré (editada por primera vez por Caralt en 1990, con el título de No hay puertas) se divide en cuatro recuerdos del narrador, en los que el desasosiego impera en su vida porque nunca logra adaptarse, nunca consigue encontrar esa puerta en la que sentirse a gusto, ya sea entre ingleses o entre trabajadores del barrio en el que se muda a vivir. En esta novela también se habla, como en El niño…, de la pérdida; en este caso, de la pérdida de su padre: el propio Wolfe perdió a su padre cuando era muy joven y eso le afectó profundamente. Me he dado cuenta de que en la lectura de Thomas Wolfe lo importante no es el argumento (algo que siempre exigen los malos lectores como requisito esencial de una novela), sino la seducción de su prosa, su exuberancia, la manera que tiene de retratarlo todo, de obsesionarse con el detalle, de hacerlo todo grandioso y a la vez triste. Os dejo con algunos extractos:
¿Dónde reposará el hombre cansado? ¿Cuándo llegarán a casa los corazones solitarios? ¿Qué puertas se abren para el vagabundo y en qué lugar, en qué tierra y en qué momento?
¿Dónde? ¿Dónde hallarán el consuelo definitivo los corazones desfallecidos, dónde quedarán el tumulto, la fiebre y la angustia para siempre silenciados?
¿Quién es el dueño de esta tierra? ¿Queríamos la tierra para acabar vagando por doquier? ¿Tanto la necesitábamos que al final no pudimos hallar sosiego en ella? Quien necesite la tierra que se haga con ella. Quien se haga con ella habrá de quedarse en su sitio, descansará en un pequeño espacio, vivirá en un pequeño lugar para siempre.
**
Es maravilloso ver con cuánto entusiasmo algunos hombres y mujeres de bien, personas que nunca han tenido que estar solas en toda su vida, ponderan las bondades de la soledad. Yo hablo con conocimiento de causa. He estado solo buena parte de mi vida, más solo que nadie que yo conozca.
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Así supe que mi padre no había de volver, y que la vida que un día conocimos se había roto, la habíamos perdido para siempre. Así supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre.
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Pero sabemos que los niños desaparecidos, los ancianos desaparecidos, nuestros padres, nuestros hermanos, los llevados a toda prisa al cementerio para ser rápidamente enterrados, permanecerán aquí cuando este mundo hecho de cemento o de hormigón no sea más que ruinas. Sabemos que el polvo de los amantes enterrados durará más que el polvo de las ciudades.
[Periférica. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas]
lunes, julio 08, 2013
Carver Country, de Raymond Carver & Bob Adelman
Para quienes, como yo, son fanáticos de la obra y del universo de Raymond Carver, es necesario tener este volumen. Las imágenes de Bob Adelman capturan los parajes que inspiraron a Carver, las casas de rehabilitación, los elementos de su mesa de trabajo, las personas con las que tuvo amistad o parentesco, los arroyos a los que iba a pescar, e incluso algunos objetos que aparecen en sus relatos (teléfonos, retretes exteriores, cosas así…); y también aparecen muchas fotografías del propio autor, sentado a la orilla del agua, o fumando, o mirando a la cámara con desafío o solemnidad, o tecleando en su máquina de escribir…
Como Bob Adelman y Tess Gallagher sabían que un libro compuesto sólo de imágenes no sería lo bastante atractivo (y únicamente son suposiciones mías), incluyen poemas, cartas y fragmentos de relatos. Este último punto es lo único que le reprocho a esta obra tan bien editada: que hayan metido sólo pedazos de cuentos, en vez de los textos completos; porque, rotos de esa manera, pierden un poco su sentido. Hubiera sido mejor conformarse con incluir uno o dos cuentos en vez de extractos de relatos. El libro se abre con un prólogo de Olivier Cohen (su editor francés) y se cierra con un epílogo de Tess Gallagher (su viuda). Pese a ese reproche, Carver Country supone un placer para el lector. Os dejo con un poema:
Regalo
No valdría otra palabra. Porque eso es lo que fue. Un regalo.
Un regalo, estos diez últimos años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando y siendo amado
por una buena mujer. Hace once años
le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y no iba a ninguna parte
salvo al final de la pendiente. Así que,
de alguna manera, cambió de vida.
¡Dejó de beber! ¿Y lo demás?
Después de eso, todo lo demás era un regalo, cada minuto
de vida, de alguna manera, hasta -e incluido-
el instante en que se lo comunicaron,
bien, algunas cosas se fueron quebrando
y componiéndose dentro de su cabeza. "No lloréis
pro mí", les dijo a sus amigos.
"Soy un hombre afortunado.
He vivido diez años más de los que yo o cualquiera
hubiera esperado. Un auténtico regalo.
No debéis olvidarlo".
[Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika]
Como Bob Adelman y Tess Gallagher sabían que un libro compuesto sólo de imágenes no sería lo bastante atractivo (y únicamente son suposiciones mías), incluyen poemas, cartas y fragmentos de relatos. Este último punto es lo único que le reprocho a esta obra tan bien editada: que hayan metido sólo pedazos de cuentos, en vez de los textos completos; porque, rotos de esa manera, pierden un poco su sentido. Hubiera sido mejor conformarse con incluir uno o dos cuentos en vez de extractos de relatos. El libro se abre con un prólogo de Olivier Cohen (su editor francés) y se cierra con un epílogo de Tess Gallagher (su viuda). Pese a ese reproche, Carver Country supone un placer para el lector. Os dejo con un poema:
Regalo
No valdría otra palabra. Porque eso es lo que fue. Un regalo.
Un regalo, estos diez últimos años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando y siendo amado
por una buena mujer. Hace once años
le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y no iba a ninguna parte
salvo al final de la pendiente. Así que,
de alguna manera, cambió de vida.
¡Dejó de beber! ¿Y lo demás?
Después de eso, todo lo demás era un regalo, cada minuto
de vida, de alguna manera, hasta -e incluido-
el instante en que se lo comunicaron,
bien, algunas cosas se fueron quebrando
y componiéndose dentro de su cabeza. "No lloréis
pro mí", les dijo a sus amigos.
"Soy un hombre afortunado.
He vivido diez años más de los que yo o cualquiera
hubiera esperado. Un auténtico regalo.
No debéis olvidarlo".
[Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika]
Joaquin Phoenix en Inherent Vice
Así aparece el actor en la última película de Paul Thomas Anderson, inspirada en la divertidísima novela Vicio propio, de Thomas Pynchon.
viernes, julio 05, 2013
Antes del anochecer (Before Midnight)
Advertencia: sólo debería leer mi comentario sobre estas películas de Richard Linklater quien ya las haya visto; de lo contrario, se tragará un par de spoilers como castillos.
Pues bien, por fin se estrenó la última entrega de esta serie de películas sobre Jesse y Céline (no me atrevería a llamarlas “secuelas” porque esto va más allá). Es curioso cómo me han acompañado a lo largo de 20 años: cada una de ellas me ha pillado en un momento sentimental distinto; he viajado por los mismos rincones que los protagonistas y visitado los mismos cafés y plazas y librerías; me han fascinado por igual, devolviéndome siempre la idea de que una película perfecta y sobria no necesita de efectos especiales, de grandes presupuestos ni de tramas laberínticas… Richard Linklater sabe que bastan un buen guión y dos o tres buenos actores para sacar adelante proyectos que nos hablen del amor, la pasión, el azar, los cruces de caminos, el paso del tiempo y la culpa de subirse (o no subirse) a ciertos trenes.
En Antes de amanecer (Before Sunrise), que transcurría en Viena, los personajes rondaban los 20 años y estaban a medio hacer. Vivían el ideal romántico, tenían todo el tiempo del mundo y un futuro en blanco. La vida estaba llena de posibilidades y sólo había que elegir aunque te equivocaras: ya habría tiempo de rectificar.
En Antes del atardecer (Before Sunset), ambientada en París, Jesse y Céline, el norteamericano y la francesa, tenían 30 años y sus vidas ya estaban encauzadoas: las parejas, los trabajos, el inicio de la madurez. En ese momento tomar decisiones ya no era un juego, sino una responsabilidad: el tiempo de la juventud se iba agotando. Jesse ya estaba casado y tenía un hijo, pero no era feliz en su matrimonio. Aún quedaba una posibilidad de coger el tren.
En Antes del anochecer (Before Midnight), ambientada en el Peloponeso, ambos viven juntos. Tienen dos hijas. Están de vacaciones en Grecia, alojados en la casa de un escritor anciano llamado Patrick (trasunto del escritor y viajero Patrick Leigh Fermor, pues entre otras cosas la mansión donde se alojan perteneció realmente a Fermor, algo que indican en los créditos finales). Jesse no se ha librado aún de su pasado, ni nunca se librará: su hijo vive en Chicago con su ex mujer, y ese cabo suelto dominará casi toda la película y determinará los diálogos de la pareja. Jesse y Céline se han convertido en una pareja convencional, pero ahora cargan con los problemas habituales: los celos, las decepciones, los primeros síntomas de la decadencia física, el agobio de tener que dedicarse a tiempo completo a sus empleos y a los niños, los caminos que no eligieron…
La película (más madura, más reflexiva y más crepuscular que las anteriores entregas) es un reflejo duro, casi cruel, de lo que significa cumplir 40 años, estar casado (o al menos vivir una vida matrimonial) y tener hijos. En cierta manera es un espejo para mi generación, y muestra (aunque parezca un tópico) cómo somos los hombres (juguetones, obsesionados con el sexo y las mujeres, infantiles, pero con creencias firmes) y cómo son las mujeres (formales, más serias, preocupadas por el orden, la limpieza y lo correcto, y sobrecargadas de duda y de culpa). Y cómo la pareja, a lo largo de los años, acumula por igual alegrías y desilusiones. Y cómo se pasa, en un instante, de una situación que roza lo sexual a una disputa que activa una llamada de teléfono. O cómo una frase mal entendida puede devenir en horas de discusiones.
Richard Linklater se las compone para ofrecernos largos planos secuencia que Ethan Hawke y Julie Deply, con su habitual solvencia, saben llenar, con diálogos que no tienen nada que envidiar a los de Woody Allen (por poner un ejemplo). Aquí volvemos a encontrarnos con la frescura y el tono de improvisación de las dos películas previas, aunque nada más lejos de la verdad: según sus responsables, ensayaron hasta el hartazgo.
No sé cuál de las tres películas elegiría, cuál me ha gustado más. Lo que tengo claro es que ésta es, probablemente, la que me dejará más huella (y no olvido que es uno de los mejores filmes de 2013). Porque ya no trata del ideal romántico, sino de las consecuencias del amor en la vida real. Veremos qué ocurre dentro de otros diez años…
Pues bien, por fin se estrenó la última entrega de esta serie de películas sobre Jesse y Céline (no me atrevería a llamarlas “secuelas” porque esto va más allá). Es curioso cómo me han acompañado a lo largo de 20 años: cada una de ellas me ha pillado en un momento sentimental distinto; he viajado por los mismos rincones que los protagonistas y visitado los mismos cafés y plazas y librerías; me han fascinado por igual, devolviéndome siempre la idea de que una película perfecta y sobria no necesita de efectos especiales, de grandes presupuestos ni de tramas laberínticas… Richard Linklater sabe que bastan un buen guión y dos o tres buenos actores para sacar adelante proyectos que nos hablen del amor, la pasión, el azar, los cruces de caminos, el paso del tiempo y la culpa de subirse (o no subirse) a ciertos trenes.
En Antes de amanecer (Before Sunrise), que transcurría en Viena, los personajes rondaban los 20 años y estaban a medio hacer. Vivían el ideal romántico, tenían todo el tiempo del mundo y un futuro en blanco. La vida estaba llena de posibilidades y sólo había que elegir aunque te equivocaras: ya habría tiempo de rectificar.
En Antes del atardecer (Before Sunset), ambientada en París, Jesse y Céline, el norteamericano y la francesa, tenían 30 años y sus vidas ya estaban encauzadoas: las parejas, los trabajos, el inicio de la madurez. En ese momento tomar decisiones ya no era un juego, sino una responsabilidad: el tiempo de la juventud se iba agotando. Jesse ya estaba casado y tenía un hijo, pero no era feliz en su matrimonio. Aún quedaba una posibilidad de coger el tren.
En Antes del anochecer (Before Midnight), ambientada en el Peloponeso, ambos viven juntos. Tienen dos hijas. Están de vacaciones en Grecia, alojados en la casa de un escritor anciano llamado Patrick (trasunto del escritor y viajero Patrick Leigh Fermor, pues entre otras cosas la mansión donde se alojan perteneció realmente a Fermor, algo que indican en los créditos finales). Jesse no se ha librado aún de su pasado, ni nunca se librará: su hijo vive en Chicago con su ex mujer, y ese cabo suelto dominará casi toda la película y determinará los diálogos de la pareja. Jesse y Céline se han convertido en una pareja convencional, pero ahora cargan con los problemas habituales: los celos, las decepciones, los primeros síntomas de la decadencia física, el agobio de tener que dedicarse a tiempo completo a sus empleos y a los niños, los caminos que no eligieron…
La película (más madura, más reflexiva y más crepuscular que las anteriores entregas) es un reflejo duro, casi cruel, de lo que significa cumplir 40 años, estar casado (o al menos vivir una vida matrimonial) y tener hijos. En cierta manera es un espejo para mi generación, y muestra (aunque parezca un tópico) cómo somos los hombres (juguetones, obsesionados con el sexo y las mujeres, infantiles, pero con creencias firmes) y cómo son las mujeres (formales, más serias, preocupadas por el orden, la limpieza y lo correcto, y sobrecargadas de duda y de culpa). Y cómo la pareja, a lo largo de los años, acumula por igual alegrías y desilusiones. Y cómo se pasa, en un instante, de una situación que roza lo sexual a una disputa que activa una llamada de teléfono. O cómo una frase mal entendida puede devenir en horas de discusiones.
Richard Linklater se las compone para ofrecernos largos planos secuencia que Ethan Hawke y Julie Deply, con su habitual solvencia, saben llenar, con diálogos que no tienen nada que envidiar a los de Woody Allen (por poner un ejemplo). Aquí volvemos a encontrarnos con la frescura y el tono de improvisación de las dos películas previas, aunque nada más lejos de la verdad: según sus responsables, ensayaron hasta el hartazgo.
No sé cuál de las tres películas elegiría, cuál me ha gustado más. Lo que tengo claro es que ésta es, probablemente, la que me dejará más huella (y no olvido que es uno de los mejores filmes de 2013). Porque ya no trata del ideal romántico, sino de las consecuencias del amor en la vida real. Veremos qué ocurre dentro de otros diez años…
jueves, julio 04, 2013
Relatos de Kolimá. Volumen V. El guante o RK-2, de Varlman Shalámov
La serie de Relatos de Kolimá está llegando al final. Me parece una gesta por parte de la editorial, en estos tiempos: traducir seis volúmenes de un autor ruso que jamás será tan célebre como Pasternak o Dostoievski, pero que sin embargo es uno de los más grandes escritores de la literatura, como demuestran todos estos textos que Minúscula ha ido publicando. Según anuncian en la contracubierta de esta entrega, la sexta y última ofrecerá ensayos de Shalámov sobre su experiencia.
En el Volumen V encontramos 21 relatos, si no he contado mal. Y en ellos, como ya sucedía con los otros libros, destacan la sobriedad estilística del autor, su precisión narrativa, la fuerza de su estilo siempre despojado de sensiblería. Tal vez mi favorito de todos sea “El guante”, en el que Shalámov dice cosas como ésta:
Primero hay que devolver la bofetada y solo luego dar la limosna. Hay que recordar antes el mal que el bien. Recordar todo lo bueno durante cien años, y todo lo malo, durante doscientos. Bien lo sabía él, que las pasó putas durante tanto tiempo en los campos de trabajo y en las condiciones más adversas.
Varlam Shalámov atravesó varios infiernos helados y de ellos extrajo una sabiduría esencial para sus libros. Dice en el Vol. V:
¿Qué sabemos del dolor ajeno? Nada. ¿Y de la felicidad de los demás? Aún menos. Hasta de nuestro propio dolor intentamos olvidarnos, y la memoria es concienzudamente débil en lo que se refiere al dolor y la desgracia. Saber vivir es saber olvidar, y nadie lo sabe tan bien como los habitantes de Kolimá, como los presos.
En uno de los relatos, “Noches atenienses”, habla de cómo en los gulags pisoteaban los cuatro deseos básicos para el hombre (según la relación establecida por Tomás Moro): el hambre, el sexo, la micción y la defecación. De cómo las autoridades impedían que la satisfacción de esos deseos les procurase algo de felicidad. Shalámov habla de las cortapisas para cada caso. Pero insiste: lo peor es pasar hambre; no hay nada igual. Leamos lo que dice al respecto:
Es más importante vencer el hambre. Y todos tus órganos se ponen en tensión para no comer demasiado. La tuya es un hambre de muchos años. Divides con dificultad el día en el desayuno, la comida y la cena. Durante largos años, todo lo demás no existe en tu cerebro, en tu vida. Comer algo suculento, hasta hartarte, comer como es debido, es algo que no puedes hacer: tienes ganas de comer todo el tiempo.
[Editorial Minúscula. Traducción de Ricardo San Vicente]
En el Volumen V encontramos 21 relatos, si no he contado mal. Y en ellos, como ya sucedía con los otros libros, destacan la sobriedad estilística del autor, su precisión narrativa, la fuerza de su estilo siempre despojado de sensiblería. Tal vez mi favorito de todos sea “El guante”, en el que Shalámov dice cosas como ésta:
Primero hay que devolver la bofetada y solo luego dar la limosna. Hay que recordar antes el mal que el bien. Recordar todo lo bueno durante cien años, y todo lo malo, durante doscientos. Bien lo sabía él, que las pasó putas durante tanto tiempo en los campos de trabajo y en las condiciones más adversas.
Varlam Shalámov atravesó varios infiernos helados y de ellos extrajo una sabiduría esencial para sus libros. Dice en el Vol. V:
¿Qué sabemos del dolor ajeno? Nada. ¿Y de la felicidad de los demás? Aún menos. Hasta de nuestro propio dolor intentamos olvidarnos, y la memoria es concienzudamente débil en lo que se refiere al dolor y la desgracia. Saber vivir es saber olvidar, y nadie lo sabe tan bien como los habitantes de Kolimá, como los presos.
En uno de los relatos, “Noches atenienses”, habla de cómo en los gulags pisoteaban los cuatro deseos básicos para el hombre (según la relación establecida por Tomás Moro): el hambre, el sexo, la micción y la defecación. De cómo las autoridades impedían que la satisfacción de esos deseos les procurase algo de felicidad. Shalámov habla de las cortapisas para cada caso. Pero insiste: lo peor es pasar hambre; no hay nada igual. Leamos lo que dice al respecto:
Es más importante vencer el hambre. Y todos tus órganos se ponen en tensión para no comer demasiado. La tuya es un hambre de muchos años. Divides con dificultad el día en el desayuno, la comida y la cena. Durante largos años, todo lo demás no existe en tu cerebro, en tu vida. Comer algo suculento, hasta hartarte, comer como es debido, es algo que no puedes hacer: tienes ganas de comer todo el tiempo.
[Editorial Minúscula. Traducción de Ricardo San Vicente]
miércoles, julio 03, 2013
El partisano Johnny, de Beppe Fenoglio
Quien quiera adentrarse en esta voluminosa novela (638 páginas), escrita con una prosa densa, debe tomárselo con calma. Principalmente por el tratamiento del lenguaje por parte del autor. Beppe Fenoglio, en este libro con huellas autobiográficas, hizo algo similar a lo que ahora conocemos por spanglish (español + inglés): salpicar su prosa italiana con el inglés. Pero dejemos que la traductora lo explique: El contagio se produce de varias formas: intercalando frases o expresiones inglesas (no siempre gramaticalmente correctas, de ahí que el inglés fenogliano haya recibido el apelativo de “fenglese”) o mediante la fusión del léxico inglés con el léxico italiano, cuyo resultado es una notable cantidad de híbridos que adquieren sentido solo y únicamente en el texto original […]. De ahí lo complicadísimo de su traducción (aunque las partes inglesas no se han traducido, para rescatar algo del tono original) y la dificultad, en algunos párrafos, de su lectura. Sin embargo, pese a esos esfuerzos por parte del lector, a menudo se encuentra uno con sentencias tan apreciables como ésta:
La única manera de resarcirlo, pensaba ahora, sería querer a su hijo como su padre lo había querido a él: el padre no recibiría nada, pero las cuentas cuadrarían en el libro maestro de la vida.
Quienes quieran meterse en las botas de los partisanos que combatían contra los fascistas en la Italia de la Segunda Guerra Mundial, dudo que encuentren un libro más detallista y completo que éste sobre el tema. Os dejo con uno de los fragmentos que más me conmovieron:
Lo golpeaba con una lúcida ceguera, exactamente en los ojos y en la boca. Jamás se había sentido tan furioso, tan destructivo, tan necesitado de odio y de sangre, de otra sangre y de otras deformaciones, precisamente en el instante en que la sangre salpicaba y las deformaciones aparecían. A cada golpe, reajustaba con una precisión feroz la cabeza inclinada y, mientras golpeaba, le decía a gritos que iba a hacerle papilla la cara, y se aplicaba a la labor con una lucidez salvaje. Desde muy lejos, le llegaban las voces de Pierre y de Ettore, diciéndole que bastaba, que iba a matarlo si seguía a puñetazos con él, que ya estaba bien. Pero Johnny continuaba golpeándolo al tiempo que respondía con amistosa diligencia:
-No tengáis miedo, no pienso matarlo, solo le voy a quitar para siempre los rasgos humanos.
[Sajalín Editores. Traducción de Pepa Linares]
La única manera de resarcirlo, pensaba ahora, sería querer a su hijo como su padre lo había querido a él: el padre no recibiría nada, pero las cuentas cuadrarían en el libro maestro de la vida.
Quienes quieran meterse en las botas de los partisanos que combatían contra los fascistas en la Italia de la Segunda Guerra Mundial, dudo que encuentren un libro más detallista y completo que éste sobre el tema. Os dejo con uno de los fragmentos que más me conmovieron:
Lo golpeaba con una lúcida ceguera, exactamente en los ojos y en la boca. Jamás se había sentido tan furioso, tan destructivo, tan necesitado de odio y de sangre, de otra sangre y de otras deformaciones, precisamente en el instante en que la sangre salpicaba y las deformaciones aparecían. A cada golpe, reajustaba con una precisión feroz la cabeza inclinada y, mientras golpeaba, le decía a gritos que iba a hacerle papilla la cara, y se aplicaba a la labor con una lucidez salvaje. Desde muy lejos, le llegaban las voces de Pierre y de Ettore, diciéndole que bastaba, que iba a matarlo si seguía a puñetazos con él, que ya estaba bien. Pero Johnny continuaba golpeándolo al tiempo que respondía con amistosa diligencia:
-No tengáis miedo, no pienso matarlo, solo le voy a quitar para siempre los rasgos humanos.
[Sajalín Editores. Traducción de Pepa Linares]
Rayuela en El Cuaderno
En el número 47 de El Cuaderno nos pidieron que escribiéramos un texto sobre la impresión que nos causó la lectura de la Rayuela de Julio Cortázar, de cuya publicación se cumplen 50 años. Puede leerse/descargarse aquí.
lunes, julio 01, 2013
El caracol obstinado, de Rachid Boudjedra
Turbadora narración sobre un hombre solitario y paranoico que, en primera persona, relata sus dos obsesiones: la exterminación de las ratas de la ciudad (él es “jefe del departamento de desratización”) y las apariciones casi fantasmales de un caracol que cree que le persigue (suele verlo en la calle). Todo ello puesto al servicio de una metáfora sobre la asfixia a la que el régimen argelino somete a sus ciudadanos. Quizá sea sólo cosa mía, pero veo en esta novela conexiones con las películas más oscuras de Lynch o Cronenberg: personajes recluidos en los laberintos de su propia cabeza, alucinaciones y zozobras mentales, imágenes que se inmiscuyen en una borrosa frontera entre la realidad y el sueño. Os dejo con dos fragmentos:
También hay ruidos extraños dentro de mi cráneo, parecidos a las roeduras de los ratones. Me vuelven a la mente las insinuaciones de la nodriza, pero ya sé que tiene mala lengua. Ninguna rata se me ha quedado atascada en el cerebro. Bien que lo sé yo. Les hago la vida imposible. Tendré que recuperarme. Tengo el insigne honor de ocuparme de la limpieza de la ciudad.
**
Pero no debo perder de vista la lucha contra las ratas. Voy aprendiendo cada día más cosas referentes a ellas. Leí en algún sitio que, al cabo de tres años, una pareja de ratas de campo tenía una descendencia media de 2.500.000 de individuos. El día que di con esta estadística tuve tanto miedo que quise esconder el trocito de papel en el que la había apuntado en el bolsillo de las emociones. Efectivamente estaba sobrecogido. En aquel entonces me desanimé por completo.
[Cabaret Voltaire. Traducción de Souad Hadj-Ali Mouhoub]
También hay ruidos extraños dentro de mi cráneo, parecidos a las roeduras de los ratones. Me vuelven a la mente las insinuaciones de la nodriza, pero ya sé que tiene mala lengua. Ninguna rata se me ha quedado atascada en el cerebro. Bien que lo sé yo. Les hago la vida imposible. Tendré que recuperarme. Tengo el insigne honor de ocuparme de la limpieza de la ciudad.
**
Pero no debo perder de vista la lucha contra las ratas. Voy aprendiendo cada día más cosas referentes a ellas. Leí en algún sitio que, al cabo de tres años, una pareja de ratas de campo tenía una descendencia media de 2.500.000 de individuos. El día que di con esta estadística tuve tanto miedo que quise esconder el trocito de papel en el que la había apuntado en el bolsillo de las emociones. Efectivamente estaba sobrecogido. En aquel entonces me desanimé por completo.
[Cabaret Voltaire. Traducción de Souad Hadj-Ali Mouhoub]
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