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miércoles, abril 17, 2013
martes, abril 16, 2013
Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard
En 1989 diagnosticaron un cáncer de próstata a Anatole Broyard, conocido por su labor de crítico literario en el suplemento cultural de The New York Times. Broyard ya se había obsesionado muchos años atrás cuando su padre murió de cáncer de vejiga, y de esa dolorosa experiencia que es la pérdida de un ser querido a temprana edad salió el texto titulado “Lo que dijo la cistoscopia” (incluido en este volumen). Anatole murió en 1990 y hasta entonces se dedicó a tratar literariamente su condición de enfermo. La presente edición ha sido preparada por su viuda, que incluye un prefacio, y que cuenta con un prólogo del célebre Oliver Sacks (aprovecho para recomendaros El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), amén de la traducción de uno de los más grandes traductores de este país, el fallecido Miguel Martínez-Lage.
Ebrio de enfermedad es una obra esencial en el apartado del género sobre enfermedades (la bibliografía que he leído sobre el tema es amplísima). Pero también me parece un libro que cualquier amante de la literatura debería leer, esté o no obsesionado con la muerte y la enfermedad (como lo estoy yo). La viuda de Broyard dice en el introito que su marido “era un narrador soberbio” y estoy completamente de acuerdo. El libro que nos ocupa recoge varios textos de Broyard sobre el cáncer, sobre la literatura alrededor de la muerte y de la enfermedad, sobre las relaciones entre médico y paciente, e incluso las notas de su diario de sus últimos meses de vida. Antes de dejaros con el montón de citas que copié, advertir que Ebrio de enfermedad, al contrario de lo que pueda parecer, es una obra más optimista que pesimista, en la que su autor se empeñó en mostrarnos que el enfermo debe hacer de su dolencia un estilo:
La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece. Ahora entiendo por qué los románticos tenían tanto afecto por la enfermedad: el enfermo lo ve todo como si fuera una metáfora. En esta fase me encuentro encandilado con mi cáncer. Es algo que apesta a revelación.
**
Estar enfermo es una extraña mezcla de lo sublime y de lo patético, de comedia y terror, con intervalos de sorpresa.
**
En las situaciones de emergencia siempre inventamos relatos. Describimos lo que está pasando como si así pudiéramos poner coto a la catástrofe. Cuando se enteró la gente de que yo estaba enfermo, me inundaron con relatos de sus propias enfermedades, así como de los casos vividos por amigos suyos. El relato, la narración, parece ser una reacción natural a la enfermedad. La gente sangra relatos, y yo me he convertido en un banco de sangre de relatos.
El paciente ha de empezar por tratar su enfermedad no como un desastre, un motivo para la depresión o el pánico, sino como un relato. Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor.
**
Así como un novelista convierte su angustia en relato o novela con el fin de estar en condiciones de controlarla al menos hasta cierto punto, una persona enferma puede hacer a partir de su enfermedad un relato, una narración, como medio para tratar de desintoxicarla. La metáfora era uno de mis síntomas.
**
¿Qué se le pasa a uno por la cabeza cuando está tumbado, encharcado de tintura radiotópica, bajo una máquina desmesurada que le examina todos los huesos en busca de las pruebas de la traición? La máquina tiene cierto atractivo de película de terror: estando bajo ella uno se convierte en el monstruo de Frankenstein expuesto a la tormenta eléctrica.
**
No sabe uno en realidad que está enfermo hasta que se lo dice el médico. Cuando un médico le dice a uno que está enfermo no es lo mismo que si le diera permiso para estar enfermo. Uno se gana a duras penas su enfermedad. Uno siempre será un mero aficionado en el campo de su enfermedad. Aficionado o amateur, porque lo amará. Saber que uno está enfermo es una de las experiencias más trascendentes de la vida. Uno cuenta con seguir en marcha para siempre, cuenta con ser inmortal. Freud dijo que todos los hombres están convencidos de su propia inmortalidad. Yo desde luego lo estaba.
**
Dentro de cada paciente hay un poeta que intenta salir.
**
Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía. Es un trastorno, una locura. En la crítica literaria se habla continuamente del trastorno sistemático y enloquecedor de los sentidos. Eso es lo que le ocurre al enfermo.
**
No hay que rendirse a la enfermedad: aféitate, péinate, viste de manera atractiva, sé agresivo, no pasivo. Es el cambio en el enfermo lo que avergüenza a sus amigos, y es ahí donde comienza toda la inhibición.
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Aunque llegó a llenar unas cuantas páginas con sus manos, con sus fuerzas menguantes, nunca llegó a terminar su novela, nunca alcanzó esa satisfacción final. Era cualquier cosa menos un fracasado, porque el estilo es el hombre, y la literatura no lo es todo.
**
Volví a sentarme con mi padre y a cogerle de la mano. Tenía los ojos cerrados. “Un día, dos días…”. Había llegado el momento. De repente tomé conciencia de lo que eso significaba y me vi al borde de la desesperación, como contempla el solitario explorador del Ártico la infinita extensión de hielo. Quería llorar –sentí que me encogía por completo–, pero no podía. No podía llorar por mi padre, y al darme cuenta de esto se me llenaron los ojos de lágrimas.
Ebrio de enfermedad es una obra esencial en el apartado del género sobre enfermedades (la bibliografía que he leído sobre el tema es amplísima). Pero también me parece un libro que cualquier amante de la literatura debería leer, esté o no obsesionado con la muerte y la enfermedad (como lo estoy yo). La viuda de Broyard dice en el introito que su marido “era un narrador soberbio” y estoy completamente de acuerdo. El libro que nos ocupa recoge varios textos de Broyard sobre el cáncer, sobre la literatura alrededor de la muerte y de la enfermedad, sobre las relaciones entre médico y paciente, e incluso las notas de su diario de sus últimos meses de vida. Antes de dejaros con el montón de citas que copié, advertir que Ebrio de enfermedad, al contrario de lo que pueda parecer, es una obra más optimista que pesimista, en la que su autor se empeñó en mostrarnos que el enfermo debe hacer de su dolencia un estilo:
La enfermedad es ante todo un drama que debiera ser posible disfrutar a la vez que se padece. Ahora entiendo por qué los románticos tenían tanto afecto por la enfermedad: el enfermo lo ve todo como si fuera una metáfora. En esta fase me encuentro encandilado con mi cáncer. Es algo que apesta a revelación.
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Estar enfermo es una extraña mezcla de lo sublime y de lo patético, de comedia y terror, con intervalos de sorpresa.
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En las situaciones de emergencia siempre inventamos relatos. Describimos lo que está pasando como si así pudiéramos poner coto a la catástrofe. Cuando se enteró la gente de que yo estaba enfermo, me inundaron con relatos de sus propias enfermedades, así como de los casos vividos por amigos suyos. El relato, la narración, parece ser una reacción natural a la enfermedad. La gente sangra relatos, y yo me he convertido en un banco de sangre de relatos.
El paciente ha de empezar por tratar su enfermedad no como un desastre, un motivo para la depresión o el pánico, sino como un relato. Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor.
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Así como un novelista convierte su angustia en relato o novela con el fin de estar en condiciones de controlarla al menos hasta cierto punto, una persona enferma puede hacer a partir de su enfermedad un relato, una narración, como medio para tratar de desintoxicarla. La metáfora era uno de mis síntomas.
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¿Qué se le pasa a uno por la cabeza cuando está tumbado, encharcado de tintura radiotópica, bajo una máquina desmesurada que le examina todos los huesos en busca de las pruebas de la traición? La máquina tiene cierto atractivo de película de terror: estando bajo ella uno se convierte en el monstruo de Frankenstein expuesto a la tormenta eléctrica.
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No sabe uno en realidad que está enfermo hasta que se lo dice el médico. Cuando un médico le dice a uno que está enfermo no es lo mismo que si le diera permiso para estar enfermo. Uno se gana a duras penas su enfermedad. Uno siempre será un mero aficionado en el campo de su enfermedad. Aficionado o amateur, porque lo amará. Saber que uno está enfermo es una de las experiencias más trascendentes de la vida. Uno cuenta con seguir en marcha para siempre, cuenta con ser inmortal. Freud dijo que todos los hombres están convencidos de su propia inmortalidad. Yo desde luego lo estaba.
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Dentro de cada paciente hay un poeta que intenta salir.
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Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía. Es un trastorno, una locura. En la crítica literaria se habla continuamente del trastorno sistemático y enloquecedor de los sentidos. Eso es lo que le ocurre al enfermo.
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No hay que rendirse a la enfermedad: aféitate, péinate, viste de manera atractiva, sé agresivo, no pasivo. Es el cambio en el enfermo lo que avergüenza a sus amigos, y es ahí donde comienza toda la inhibición.
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Aunque llegó a llenar unas cuantas páginas con sus manos, con sus fuerzas menguantes, nunca llegó a terminar su novela, nunca alcanzó esa satisfacción final. Era cualquier cosa menos un fracasado, porque el estilo es el hombre, y la literatura no lo es todo.
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Volví a sentarme con mi padre y a cogerle de la mano. Tenía los ojos cerrados. “Un día, dos días…”. Había llegado el momento. De repente tomé conciencia de lo que eso significaba y me vi al borde de la desesperación, como contempla el solitario explorador del Ártico la infinita extensión de hielo. Quería llorar –sentí que me encogía por completo–, pero no podía. No podía llorar por mi padre, y al darme cuenta de esto se me llenaron los ojos de lágrimas.
[La Uña Rota. Traducción de Miguel Martínez-Lage]
sábado, abril 13, 2013
Cubierta de Los viajeros de la noche
Mi próximo libro, un poemario.
Ilustración de cubierta: Julia D. Velázquez.
Prólogo: Vicente Muñoz Álvarez.
Editorial Origami.
viernes, abril 12, 2013
Mi primo, mi gastroenterólogo, de Mark Leyner
Unos días antes de salir esta obra a la venta me dijo José Luis Amores, traductor y editor de Leyner, que esta vez no las tenía todas consigo, pues se trata de un libro muy raro, que se aparta de lo que estamos acostumbrados a leer. Sin embargo no suelo dejarme llevar por lo que dicen los propios editores: pensé que igual exageraba. Y luego tuve que darle la razón.
Mi primo, mi gastroenterólogo es una locura total, una mezcolanza postmoderna de historias increíbles y fantásticas y una amalgama de guiños cómicos al pop. Es cierto que, al principio, tardé un poco en adaptarme a las desquiciadas historias que el autor va contando, incluso en las primeras páginas llegué a pensar: “¿Qué demonios es esto? No lo entiendo”. En el tercer capítulo o tercer bloque de relatos, entonces, le cogí el tranquillo y me empezó a entusiasmar y a divertir. En realidad, si uno tiene cierto bagaje como lector habituado a las anomalías literarias, Leyner no es tan raro. De hecho, encuentro conexiones o influencias entre Mi primo… y dos obras que me fascinan: El almuerzo desnudo (William S. Burroughs) y La exhibición de atrocidades (J. G. Ballard). Aunque los dos autores utilizan estructuras diferentes en esos dos libros, quien los haya leído sabrá a lo que me refiero: a menudo el lector se pierde o le es difícil asumir el grado de paranoia de los relatos, pero la experiencia es inolvidable… la prosa de Ballard y la de Burroughs contagian y ocurre algo parecido con Leyner; en su obra no faltan la ciencia ficción, el toque surrealista, la sobredosis de información…
Se supone que estamos ante una sátira sobre la tele, y el resultado está muy próximo a lo que supone sentarse ante el televisor e ir haciendo zapping por los miles de canales que nos saturan y nos ofrecen reality shows, ficción, docudramas, anuncios, telediarios… Si uno hace eso y cambia cada 15 o 20 segundos, al final de la jornada tendrá un montón de historias en la cabeza. Digo “se supone” porque para mí leer este libro se acerca más a la experiencia de pasear por el muro de actualizaciones de Facebook (siempre y cuando todos los que tenemos como “amigos” sean capaces de iluminarnos con sus anécdotas y sus cuentos y sus estados de ánimo). En el mundo de Leyner hay hombres calvos que se arrancan costras de la cabeza, científicos que pueden escanear nuestro ADN para saber la fecha de fallecimiento, personas que tienen cara de anciana y cuerpo de nadador olímpico, extrañas criaturas mutantes, doctores que dicen a sus pacientes que ya están muertos y que tendrán que sacarles el alma del cuerpo… Quizá el capítulo que más me hizo reír fue el 6, "La provocación de un pelo suelto en un peinado por lo demás perfecto": cuenta la historia de un tipo cuyo coche explota porque le han puesto una bomba… pero, como en los dibujos animados de la Warner, no muere y sale a comprobar el capó, vuelve a entrar, arranca y explota de nuevo, vuelve a salir, inspecciona el vehículo, entra y explota otra vez, y así. A menudo Leyner se salta a la torera la puntuación y abandona el uso de las mayúsculas.
Pero todo el rollo que yo cuente aquí no os servirá de nada porque cada uno debe contar con su propia lectura, su propia visión. Por ello os recomiendo la reseña que acaba de publicar Joan Flores y os dejo con algunos ejemplos de esta novela o conjunto de relatos:
La corrupción era una epidemia, alcanzando su apoteosis absoluta cuando el padrino paralítico de 94 años de la familia de mafiosos que controlaban el crimen organizado en Luisiana fue coronado Miss Universo en Taipés, Taiwán, y premiado con un anillo de rugby, una tiara, un Renault, 8000 dólares en efectivo y el equivalente a un año de cosméticos Avon gratis.
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Mientras se acercaba la fecha de mi ejecución, hubo problemas en el corredor de la muerte. A un preso se le denegó su petición de última comida –beicon y huevos cocidos, tostada de pan de centeno y patatas fritas– porque excedía los límites de colesterol establecidos por la Unidad Operativa para el Estilo de Vida y el Bienestar en las Prisiones dirigidas por el Presidente.
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¡Dios, estos supositorios de mezedrina que me dio el Yogi Vithaldas son buenos! Mientras plancho unos pantalones de tenis dicto un haiku en el magnetófono y después salgo pitando para arreglar un desagüe atascado en el lavabo del baño y luego hago tres minutos de puching ball antes de hacer el origami de una mantis religiosa y después leo un artículo en la revista High Fidelity mientras remuevo el coq au vin. ¡Estos supositorios de mezedrina son fantásticos!
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¿sabes quién soy? en mi tarjeta american express pone simplemente: vertebrado perecedero, no follar después de la fecha impresa en la base
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[…] el tipo tenía todo tipo de problemas físicos: era mitad humano, mitad topo y parte cyborg, supongo, porque tenía un pene con la punta de fibra de nylon y testículos de carburo de tungsteno de larga duración y tenía que ponerse inyecciones de células de feto de cordero y tomar baños de asiento de ácido clorhídrico todos los días o la mitad topo superaría a la mitad humana y los tratamientos lo ponían bastante malhumorado y caprichoso […]
[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]
Próximamente: El plantador de tabaco [nueva edición]
De John Barth. En Sexto Piso.
Curiosamente es uno de los libros que estoy leyendo; alterno su lectura con la de las novedades. Cuando salga esta edición también la compraré: la de Cátedra, que es la que tengo y la única existente en España, es un poco incómoda de manejar. Y éste es un libro que debe figurar en cualquier biblioteca de un amante de la literatura con mayúsculas.
Filth: primer cartel
Han adaptado Filth, o sea, Escoria, la novela de Irvine Welsh que, por cierto, tengo en mi biblioteca pendiente de lectura. Será un buen momento para leerla, antes del estreno.
jueves, abril 11, 2013
Nocturnos. Antología de los poetas y sus noches: 2ª edición
Acaba de salir la nueva edición de esta antología en la que participé hace tiempo. El diseño de cubierta es nuevo y se ha ampliado la nómina de autores. Más: aquí.
La muerte salió cabalgando de Persia, de Péter Hajnóczy
“He aquí un espantoso papel en blanco en el que debo escribir”, pensó. Se encontraba ya algo mejor; intentaba trabajar.
Había estado borracho desde mediados de julio hasta finales de noviembre, salvo breves interrupciones, y no había escrito ni una sola línea. Poco antes se había enredado en una relación extraña y ambigua con una joven de diecinueve años, una relación que alguien ajeno –con toda razón– hubiera calificado de delirante. Para colmo, aquel asunto se había cobrado mucha sangre, sobre todo la de su esposa y la suya propia: la chica salió relativamente ilesa del asunto.
Ahora se dedicaba a hojear las notas tomadas durante la borrachera y a mirar las doscientas setenta páginas pasadas a máquina, y sabía que tendría que tirarlas, que como mucho podría aprovechar uno o dos párrafos, y unas cuantas frases.
**
Confiaba secretamente en que él no terminaría muriéndose por intoxicación de alcohol, enloquecido o suicidándose, y en que sería tal vez él quien se salvara gracias a un capricho del destino, y que su misión sería vivir y escribir, narrar y relatar sus visiones en un tono seco y sordo de culpa, siempre manteniéndose a cierta distancia de aquellas visiones que constituían su propiedad exclusiva y de las que daría testimonio.
Encendió un cigarrillo y bebió sólo la mitad del vino que había en el vaso. Ahora no le temblaban las manos, aunque sudaba y su corazón latía arrítimico. Se inclinó sobre su cuaderno de espiral bolígrafo en mano.
[Acantilado. Traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo]
Había estado borracho desde mediados de julio hasta finales de noviembre, salvo breves interrupciones, y no había escrito ni una sola línea. Poco antes se había enredado en una relación extraña y ambigua con una joven de diecinueve años, una relación que alguien ajeno –con toda razón– hubiera calificado de delirante. Para colmo, aquel asunto se había cobrado mucha sangre, sobre todo la de su esposa y la suya propia: la chica salió relativamente ilesa del asunto.
Ahora se dedicaba a hojear las notas tomadas durante la borrachera y a mirar las doscientas setenta páginas pasadas a máquina, y sabía que tendría que tirarlas, que como mucho podría aprovechar uno o dos párrafos, y unas cuantas frases.
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Confiaba secretamente en que él no terminaría muriéndose por intoxicación de alcohol, enloquecido o suicidándose, y en que sería tal vez él quien se salvara gracias a un capricho del destino, y que su misión sería vivir y escribir, narrar y relatar sus visiones en un tono seco y sordo de culpa, siempre manteniéndose a cierta distancia de aquellas visiones que constituían su propiedad exclusiva y de las que daría testimonio.
Encendió un cigarrillo y bebió sólo la mitad del vino que había en el vaso. Ahora no le temblaban las manos, aunque sudaba y su corazón latía arrítimico. Se inclinó sobre su cuaderno de espiral bolígrafo en mano.
[Acantilado. Traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo]
I Concurso de Monólogos
Copio y las bases de este concurso, ya que me han pedido que le dé un poco de difusión:
ABIERTO EL PLAZO DE INSCRIPCIÓN PARA EL I CONCURSO DE MONÓLOGOS EN EL BAR DE YLLANA
PARA APUNTARSE ESCRIBIR A: 1concursodemonologos@gmail.com
El Concurso empieza ya este mes, el viernes día 25 de Abril.
-Cada viernes compiten 4 monologuistas
-Se puede uno apuntar para cualquier viernes hasta que se completen los cuatro participantes de ese día (si está completo se puede elegir otro viernes).
De momento hay plazas para el 25 de Abril.
Los monólogos pueden ser propios o de otro autor, de humor o dramáticos, con una duracción de 3 a 10 minutos, máximo.
Espero que te apuntes.
POR FAVOR DIFUNDELO Y SI SABES DE ALGUIEN A QUIEN LE PUEDA INTERESAR.
I CONCURSO DE MONÓLOGOS
EN EL BAR DE YLLANA PREMIO 100 euros
BASES
1) Al mismo podrán concurrir cualquier persona, con el único requisito de ser mayores de edad en el momento de la inscripción, cuyo plazo finaliza el 10 de juio de 2013.
2) Los monólogos tendrán una duración mínima de 3 minutos y una máxima de 10, pudiendo pertenecer al género de comedia o al de drama, ya que no se establece distinción de categorías. Del mismo modo, el monólogo representado puede ser de la autoría del participante o de terceras personas, en cuyo caso se mencionará el nombre del autor o autores.
3) Se valorará tanto la originalidad y calidad del texto como la puesta en escena. Su representación puede demandar vestuarios especiales, o acompañamiento musical, siempre que pueda ejecutarse en un espacio reducido, de aproximadamente 6x5m.
4) La representación de los monólogos tendrá lugar en El Bar de Yllana c/ Pez 40, los viernes a las 21:00 y distribuidos en diferentes sesiones. En cada sesión participarán varios concursantes, entre los que se designará un finalista. Estos finalistas concursarán en la sesión final, y entre ellos se designarán los ganadores de los premios :
Primer Premio: 100 euros y diploma conmemorativo.
Segundo Premio; diploma conmemorativo.
Tercer Premio: diploma conmemorativo.
5) El método para elegir tanto a los finalistas como a los ganadores será el mismo, basado en tres fuentes: por una parte, el voto del público; por otra, el de un Jurado designado por la organización y formado por personalidades vinculadas a la cultura, y finalmente la propia organización emitirá su voto. En caso de empate será el público quién decida.
6) La organización se reserva el derecho de modificar el calendario de actuaciones, o hacer semifinales, si es necesario informando a participantes y finalistas. También se reserva la opción de publicar los monólogos concursantes en el formato de libro, previo consentimiento de los participantes y sólo en el caso de que ellos sean los autores.
7) La participación en el concurso implica la aceptación de estas bases.
Madrid, Abril de 2013
PARA APUNTARSE ESCRIBIR A: 1concursodemonologos@gmail.com
El Concurso empieza ya este mes, el viernes día 25 de Abril.
-Cada viernes compiten 4 monologuistas
-Se puede uno apuntar para cualquier viernes hasta que se completen los cuatro participantes de ese día (si está completo se puede elegir otro viernes).
De momento hay plazas para el 25 de Abril.
Los monólogos pueden ser propios o de otro autor, de humor o dramáticos, con una duracción de 3 a 10 minutos, máximo.
Espero que te apuntes.
POR FAVOR DIFUNDELO Y SI SABES DE ALGUIEN A QUIEN LE PUEDA INTERESAR.
I CONCURSO DE MONÓLOGOS
EN EL BAR DE YLLANA PREMIO 100 euros
BASES
1) Al mismo podrán concurrir cualquier persona, con el único requisito de ser mayores de edad en el momento de la inscripción, cuyo plazo finaliza el 10 de juio de 2013.
2) Los monólogos tendrán una duración mínima de 3 minutos y una máxima de 10, pudiendo pertenecer al género de comedia o al de drama, ya que no se establece distinción de categorías. Del mismo modo, el monólogo representado puede ser de la autoría del participante o de terceras personas, en cuyo caso se mencionará el nombre del autor o autores.
3) Se valorará tanto la originalidad y calidad del texto como la puesta en escena. Su representación puede demandar vestuarios especiales, o acompañamiento musical, siempre que pueda ejecutarse en un espacio reducido, de aproximadamente 6x5m.
4) La representación de los monólogos tendrá lugar en El Bar de Yllana c/ Pez 40, los viernes a las 21:00 y distribuidos en diferentes sesiones. En cada sesión participarán varios concursantes, entre los que se designará un finalista. Estos finalistas concursarán en la sesión final, y entre ellos se designarán los ganadores de los premios :
Primer Premio: 100 euros y diploma conmemorativo.
Segundo Premio; diploma conmemorativo.
Tercer Premio: diploma conmemorativo.
5) El método para elegir tanto a los finalistas como a los ganadores será el mismo, basado en tres fuentes: por una parte, el voto del público; por otra, el de un Jurado designado por la organización y formado por personalidades vinculadas a la cultura, y finalmente la propia organización emitirá su voto. En caso de empate será el público quién decida.
6) La organización se reserva el derecho de modificar el calendario de actuaciones, o hacer semifinales, si es necesario informando a participantes y finalistas. También se reserva la opción de publicar los monólogos concursantes en el formato de libro, previo consentimiento de los participantes y sólo en el caso de que ellos sean los autores.
7) La participación en el concurso implica la aceptación de estas bases.
Madrid, Abril de 2013
martes, abril 09, 2013
lunes, abril 08, 2013
Hacer el amor, de Jean-Philippe Toussaint
La Editorial Siberia arranca con dos propuestas muy interesantes y en ediciones de lujo (pastas duras, cubiertas atractivas, papel de calidad, buenos traductores). Yo ya he leído las dos. Empecemos por ésta, Hacer el amor, donde a pesar de su título (aunque los personajes sí hacen el amor) en realidad nos adentramos en la dolorosa ruptura de una pareja. El narrador y su novia, Marie, viajan a Tokio por motivos laborales. Nada más llegar a la ciudad ambos saben que lo suyo se ha acabado. Por circunstancias que nunca nos son reveladas, él acaba de dejarla. Pero aún comparten la habitación, la estancia en Tokio, los últimos jirones de lo que ya está muriendo, la última vez que se tocan y se acuestan aunque la tristeza y lo inevitable ya hayan irrumpido entre los dos: porque eso es lo más cautivador del libro, la manera en que se nos describe cómo una pareja que ha estado junta durante años trata de despedirse, de pasar página, de alejarse. Y por eso posponen el momento del adiós, lo alargan entre las lágrimas de ella y el deseo de él: salen a divertirse en la noche, beben y caminan bajo la lluvia y bajo la nieve, se meten mano en plena calle. Cualquiera que haya vivido una ruptura después de años de relación se sentirá identificado.
El segundo aspecto que más me ha gustado atañe a la descripción de Tokio. Un Tokio con lluvia y con nieve, con neones cuyas luces invaden el dormitorio del hotel, con leves terremotos que acentúan la sensación de ruina sentimental de la pareja, con cierto caos y cierto enigma que nos recuerda un poco a la película Lost in Translation (la descripción del hotel; el deambular del narrador por el edificio, en plena noche, aunque en vez de bajar al pub del hotel sube al último piso, a bañarse en la piscina a una hora en la que nadie más lo hace; las incursiones de ambos por la ciudad, buscando algo que comer).
Y en tercer lugar está la prosa. Toussaint describe acciones y personajes y lugares continuamente, pero sin caer en el tedio o en la monotonía. Y lo hace mediante una prosa muy cuidada, exquisita. A lo que ayuda la competente traducción de David Martín Copé. Hacer el amor, por cierto, es la primera entrega de una trilogía sobre dicha pareja; los otros dos libros se publicaron antes. Para saber más os emplazo a este artículo de Fernando P. Fuenteamor. Y os dejo con varios extractos:
Pero no hice nada, no la besé, no la besé una sola vez aquella noche; nunca he sabido expresar mis sentimientos. Vi la lágrima disiparse sobre su mejilla y cerré los ojos pensando, en efecto, que quizá ya no la amaba.
**
Era tarde, puede que pasadas las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación, atravesada aún por largas estelas de luz roja y sombras negras que dejaban sobre las paredes el rastro de su paso. La cara de Marie, inclinada en la penumbra, con los cabellos desordenados en el tumulto de las sábanas deshechas, de los albornoces y los vestidos enmarañados a nuestro alrededor, permanecía como retirada de nuestro abrazo, abandonada en la esquina de un cojín, con los labios apretados, sin renunciar en ningún momento a esa terrible expresión de angustia grave y muda que yo conocía.
**
Y disfrutando de mi perspectiva excepcional sobre la ciudad, deseé con todas mis fuerzas que llegara ese terremoto tan temido, que sobreviniera al instante, en aquel preciso segundo, y que lo hiciera desaparecer todo allí mismo, ante mis ojos, reduciendo Tokio a cenizas, ruinas y desolación, acabando con la ciudad y con mi cansancio, el tiempo y mis amores muertos.
**
A medida que avanzábamos el barrio se iba animando, cada vez había más bares, más neones, coches que rodaban con lentitud por calles desiertas, olor a sopa y a tako-yaki, sex-shops, sótanos vigilados por captores de clientes y gorilas, tipos pequeños con las chaquetas cruzadas o grandullones con trenzas, cara de pocos amigos y grandes parkas rellenas de plumas.
**
Y a pesar de mi inmenso cansancio esperaba que no amaneciera en Tokio ese día, que no amaneciera nunca más y que el tiempo se detuviera en ese momento, en aquel restaurante de Shinjuku donde nos sentíamos tan bien, cálidamente envueltos en la ilusoria protección de la noche, porque sabía que la llegada del día traería consigo la prueba de que el tiempo pasaba, irremediable y destructor, y que había pasado sobre nuestro amor.
**
Nos amábamos pero ya no nos soportábamos más. Es lo que ocurría con nuestro amor: aunque en general nos hacíamos más bien que mal, el poco daño que nos hacíamos se había vuelto insoportable.
**
La vejez es uno de los estados más difíciles de asociar con uno mismo, o al menos –ya que yo no era aún realmente viejo, iba a cumplir cuarenta años dentro de unos meses– el final incontestable de las características de la juventud legibles en los rasgos de la propia cara.
[Editorial Siberia. Traducción de David Martín Copé]
El segundo aspecto que más me ha gustado atañe a la descripción de Tokio. Un Tokio con lluvia y con nieve, con neones cuyas luces invaden el dormitorio del hotel, con leves terremotos que acentúan la sensación de ruina sentimental de la pareja, con cierto caos y cierto enigma que nos recuerda un poco a la película Lost in Translation (la descripción del hotel; el deambular del narrador por el edificio, en plena noche, aunque en vez de bajar al pub del hotel sube al último piso, a bañarse en la piscina a una hora en la que nadie más lo hace; las incursiones de ambos por la ciudad, buscando algo que comer).
Y en tercer lugar está la prosa. Toussaint describe acciones y personajes y lugares continuamente, pero sin caer en el tedio o en la monotonía. Y lo hace mediante una prosa muy cuidada, exquisita. A lo que ayuda la competente traducción de David Martín Copé. Hacer el amor, por cierto, es la primera entrega de una trilogía sobre dicha pareja; los otros dos libros se publicaron antes. Para saber más os emplazo a este artículo de Fernando P. Fuenteamor. Y os dejo con varios extractos:
Pero no hice nada, no la besé, no la besé una sola vez aquella noche; nunca he sabido expresar mis sentimientos. Vi la lágrima disiparse sobre su mejilla y cerré los ojos pensando, en efecto, que quizá ya no la amaba.
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Era tarde, puede que pasadas las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación, atravesada aún por largas estelas de luz roja y sombras negras que dejaban sobre las paredes el rastro de su paso. La cara de Marie, inclinada en la penumbra, con los cabellos desordenados en el tumulto de las sábanas deshechas, de los albornoces y los vestidos enmarañados a nuestro alrededor, permanecía como retirada de nuestro abrazo, abandonada en la esquina de un cojín, con los labios apretados, sin renunciar en ningún momento a esa terrible expresión de angustia grave y muda que yo conocía.
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Y disfrutando de mi perspectiva excepcional sobre la ciudad, deseé con todas mis fuerzas que llegara ese terremoto tan temido, que sobreviniera al instante, en aquel preciso segundo, y que lo hiciera desaparecer todo allí mismo, ante mis ojos, reduciendo Tokio a cenizas, ruinas y desolación, acabando con la ciudad y con mi cansancio, el tiempo y mis amores muertos.
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A medida que avanzábamos el barrio se iba animando, cada vez había más bares, más neones, coches que rodaban con lentitud por calles desiertas, olor a sopa y a tako-yaki, sex-shops, sótanos vigilados por captores de clientes y gorilas, tipos pequeños con las chaquetas cruzadas o grandullones con trenzas, cara de pocos amigos y grandes parkas rellenas de plumas.
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Y a pesar de mi inmenso cansancio esperaba que no amaneciera en Tokio ese día, que no amaneciera nunca más y que el tiempo se detuviera en ese momento, en aquel restaurante de Shinjuku donde nos sentíamos tan bien, cálidamente envueltos en la ilusoria protección de la noche, porque sabía que la llegada del día traería consigo la prueba de que el tiempo pasaba, irremediable y destructor, y que había pasado sobre nuestro amor.
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Nos amábamos pero ya no nos soportábamos más. Es lo que ocurría con nuestro amor: aunque en general nos hacíamos más bien que mal, el poco daño que nos hacíamos se había vuelto insoportable.
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La vejez es uno de los estados más difíciles de asociar con uno mismo, o al menos –ya que yo no era aún realmente viejo, iba a cumplir cuarenta años dentro de unos meses– el final incontestable de las características de la juventud legibles en los rasgos de la propia cara.
[Editorial Siberia. Traducción de David Martín Copé]
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