Hace 54 minutos
lunes, abril 08, 2013
domingo, abril 07, 2013
viernes, abril 05, 2013
Costas extrañas, de J. M. Coetzee
Leí este compendio de ensayos literarios hace varios meses. De hecho, muchos de los libros que leí en torno a navidades aún están esperando a que tome las correspondientes notas o los recomiende en este blog o, simplemente, copie algunos extractos. La falta de tiempo, en unos casos, y la pereza, en otros, han logrado que acumule títulos repletos de pequeños papeles amarillos que marcan ciertas páginas. En esas recomendaciones atrasadas hay autores como William Gaddis, Rafael Chirbes y Thomas Wolfe, y algunos libros de cine escritos por críticos españoles, a veces en solitario y a veces en colaboración con una o más personas. Poco a poco irán apareciendo por aquí.
Costas extrañas es otra muestra del extraordinario talento de J. M. Coetzee en cualquier ámbito. Aquí es el de la crítica, el del ensayo sobre ciertos escritores y sobre ciertos libros, ensayos escritos y publicados entre 1986 y 1999. Durante su lectura, claro, se plantea el mismo problema con los volúmenes de esta clase: si el autor habla de una novela que conoces, o si analiza a un poeta del que has leído parte de su obra, entonces disfrutas el doble (es el caso de los textos dedicados a Daniel Defoe, a Cees Nooteboom, a Franz Kafka, a Jorge Luis Borges, entre otros); si, por el contrario, eres un profano en tal o cual autor, el interés decae aunque Coetzee se ocupa de convertirse en un ejemplar cicerone, encajando datos, fechas, anécdotas y juicios muy respetables (es el caso de los textos dedicados a autores que no he leído, como Marcellus Emants, A. S. Byatt, Amos Oz o Doris Lessing). Así que lo dejo a la elección de cada cual. En los primeros casos disfruté mucho; en los segundos, a ratos me aburrí un poco por mero desinterés en tornos a los escritores tratados. Y pese a ello ya estoy deseando leer los ensayos agrupados en Mecanismos internos.
[Debolsillo. Traducción de Pedro Tena]
Costas extrañas es otra muestra del extraordinario talento de J. M. Coetzee en cualquier ámbito. Aquí es el de la crítica, el del ensayo sobre ciertos escritores y sobre ciertos libros, ensayos escritos y publicados entre 1986 y 1999. Durante su lectura, claro, se plantea el mismo problema con los volúmenes de esta clase: si el autor habla de una novela que conoces, o si analiza a un poeta del que has leído parte de su obra, entonces disfrutas el doble (es el caso de los textos dedicados a Daniel Defoe, a Cees Nooteboom, a Franz Kafka, a Jorge Luis Borges, entre otros); si, por el contrario, eres un profano en tal o cual autor, el interés decae aunque Coetzee se ocupa de convertirse en un ejemplar cicerone, encajando datos, fechas, anécdotas y juicios muy respetables (es el caso de los textos dedicados a autores que no he leído, como Marcellus Emants, A. S. Byatt, Amos Oz o Doris Lessing). Así que lo dejo a la elección de cada cual. En los primeros casos disfruté mucho; en los segundos, a ratos me aburrí un poco por mero desinterés en tornos a los escritores tratados. Y pese a ello ya estoy deseando leer los ensayos agrupados en Mecanismos internos.
[Debolsillo. Traducción de Pedro Tena]
jueves, abril 04, 2013
miércoles, abril 03, 2013
Poesía completa, de Thomas MacGreevy
No recuerdo haber oído hablar de Thomas MacGreevy, pese a que recibió alabanzas de uno de mis escritores favoritos, Samuel Beckett, entre otros. Bartleby Editores viene a cubrir este hueco con la traducción y publicación de este volumen que agrupa su obra completa, poco extensa (la obra titulada Poemas y los escritos dispersos de Otros poemas). De la traducción y las notas se encarga mi paisano Luis Ingelmo, siempre competente, e incluye un texto de presentación de Michael Smith y un epílogo de Anthony Cronin. El libro, por cierto, está en edición bilingüe, algo que siempre se agradece. Os dejo con tres poemas:
Sabía que tu muerte era la mía
mas mi corazón te quería muerta.
Nos amamos con locura. Dolor
sentía al partir y miedo al verte
otra vez. Nos unía un falso lazo.
Dolían encuentros y despedidas.
Pudimos disfrutar de la inocencia
natural de nuestro amor. Cometimos
un error: presente o no, al otro siempre
atormentar pedía el corazón.
La muerte sola -senil, eso dices-
nos podrá apaciguar. Aquí la espero.
**
GOLDERS GREEN
Un cadáver yacerá en la abadía de San Lachtin.
Muerto, ya no añorarás nuestra tierra,
ni la lluvia de sus bajos cielos grises;
otro, en algún sitio como este
para convertirse en minúsculas cenizas.
Qué sinsentido la esperanza de que halle
un momento de reposo en la tumba,
sople el viento desde donde sople.
**
HOMENAJE A LI PO
Combatí la fiebre,
compuse un poema,
creí poder dominar mi corazón, en exceso inmaduro:
hay que ser clásico.
Me dispuse entonces, sereno,
a gozar del claro día,
mas nos cruzamos de nuevo,
nos vimos de nuevo,
he vuelto a caer enfermo.
[Bartleby Editores. Traducción de Luis Ingelmo]
martes, abril 02, 2013
Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner
La primera fase de mi investigación implicaba despertarme entre semana en un ático apenas amueblado, el primer piso que vi al llegar a Madrid, o dejarme despertar por el ruido de la plaza Santa Ana, incapaz de asimilarlo del todo en mis sueños, y luego poner la cafetera oxidada al fuego y liarme un porro mientras esperaba a que saliera el café. Cuando el café estaba listo abría la claraboya, del tamaño justo para colarme por ella subido de pie en la cama, y me tomaba el café y el porro en el tejado con vistas a la plaza donde los turistas se sentaban a las mesas metálicas con sus guías de viaje y el acordeonista ejercía su oficio. A lo lejos: el palacio y largas hileras de nubes. A continuación mi proyecto exigía volver a entrar por la claraboya, cagar, ducharme, tomarme las pastillas blancas y vestirme. Luego cogía la bolsa, que contenía una edición bilingüe de los Collected Poems de Lorca, dos libretas, un diccionario de bolsillo, los Selected Poems de John Ashbery y drogas, y salía rumbo al Prado.
**
Desde el Prado solía ir paseando hasta un pequeño café llamado El Rincón, donde comía un bocadillo, de pan duro y chorizo, y acostumbraba a ser el único comensal, a menos que hubiera turistas, puesto que todavía faltaba para la hora de almorzar de los españoles. Luego caminaba unas manzanas hasta El Retiro, el mayor parque de la ciudad, buscaba un banco, sacaba las libretas, el diccionario de bolsillo y el Lorca, y me colocaba.
**
A medida que caía la noche la Plaza Santa Ana comenzaba a llenarse de turistas, y también se veían algunos madrileños, que se saludaban con dos besos en las mejillas, aunque no superaban en número a los extranjeros hasta mucho después. Se oían diversos idiomas, los más agradables para mí, el inglés americano o australiano; sillas que arañaban la acera y cubertería arañando platos; vasos que se recogían de las mesas metálicas y se cambiaban de sitio y, normalmente, un violinista de inofensiva torpeza.
[Mondadori. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz]
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Desde el Prado solía ir paseando hasta un pequeño café llamado El Rincón, donde comía un bocadillo, de pan duro y chorizo, y acostumbraba a ser el único comensal, a menos que hubiera turistas, puesto que todavía faltaba para la hora de almorzar de los españoles. Luego caminaba unas manzanas hasta El Retiro, el mayor parque de la ciudad, buscaba un banco, sacaba las libretas, el diccionario de bolsillo y el Lorca, y me colocaba.
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A medida que caía la noche la Plaza Santa Ana comenzaba a llenarse de turistas, y también se veían algunos madrileños, que se saludaban con dos besos en las mejillas, aunque no superaban en número a los extranjeros hasta mucho después. Se oían diversos idiomas, los más agradables para mí, el inglés americano o australiano; sillas que arañaban la acera y cubertería arañando platos; vasos que se recogían de las mesas metálicas y se cambiaban de sitio y, normalmente, un violinista de inofensiva torpeza.
[Mondadori. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz]
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