"En lo que me concierne, no soy un escritor, soy alguien que escribe…" (Thomas Bernhard)
A la larga, me conformé con un enfoque antropológico. Estaba en el vientre de la bestia: observar, escuchar, aprender. Al fin y al cabo, aquel empleo cumplía su finalidad. Había dinero para el alquiler y para el Cognex, el nuevo fármaco para el alzhéimer. Y no solo eso: para sobrevivir a las arenas movedizas de Niedecker, debía centrar toda mi atención en el trabajo, lo que me dejaba menos tiempo para darle vueltas y vueltas a Bailey.
Aquel primer verano, al salir de trabajar, me iba a recorrer los pasillos de Century 21, no para comprar, sino sencillamente aliviada de que no se requiriese nada de mí. Me daba la sensación de estar moviéndome entre dos formas de demencia, entre dos círculos del infierno. El alzhéimer no tenía sentido ni significado ninguno, ni tampoco la vida empresarial, salvo si contabas la creación de valor para los accionistas.
[Muñeca Infinita. Traducción de Esther Cruz Santaella]
Entre Manolo Tarancón y yo preparamos, meses atrás, este libro que reúne los relatos del gran David González (coincidiendo con la fecha en la que se cumplen 3 años de su muerte). Y, os lo aseguro, es un pelotazo. Dejo aquí el enlace a la tienda de Efe Eme por si alguien quiere pillarlo ya (5% de descuento y gastos de envío gratuitos), y copio y pego de la web de la editorial:
El universo narrativo de David González es tan amplio que parece inabarcable, encumbrándose entre los denominados autores malditos o de culto. Fue capaz de encontrar ese hueco que refleja como un espejo el respeto que compañeros y críticos siguen brindándole tras su fallecimiento. Así lo constatan los elogios de escritores y crítica.
Huellas en el polvo recoge la casi totalidad de su obra en prosa, tan afilada como su poesía, tan clara en su expresividad que hiere al leerla. Textos en los que narra sus experiencias vitales: una infancia difícil, años en la cárcel, el escarceo con las drogas y una vida siempre al límite. Vivencias y reflexiones plasmadas con un dominio insultante de su estilo, transgresor y único, demostrando que la literatura es libre y no se atiene a reglas, tal y como pensaban sus venerados Céline, Burroughs, Bukowski o Neal Cassidy, a los que cita sin pudor junto a decenas de artistas que le inspiraron. En estas páginas, repletas de jerga y lenguaje cotidiano, encontramos la cruda experiencia en prisión, su vida callejera, amistades, drogas, situaciones al límite y la enfermedad. Dividido en dos partes, Huellas en el polvo reedita su obra en prosa e incluye textos inéditos y relatos extraídos de fanzines y de antologías, en un ejercicio titánico por mostrar al lector todas las caras de su narrativa.
David González vivió la marginalidad en sus carnes, pero supo llevarla a la literatura con ferocidad y realidad cuando era preciso, con sensibilidad y sentimiento cuando el relato lo requería. Estas páginas así lo atestiguan. Y con ellas se pretende rendir homenaje a un autor de enorme talento que no debe ser olvidado.
Se suman un prólogo de José Ángel Barrueco y un epílogo de Vicente Muñoz Álvarez, dos escritores que lo conocieron a fondo y recorrieron con él el mundo que vibra en estos relatos.
A punto de salir sus memorias, me faltaba por leer este ensayo de mi admirado Geoff Dyer en el que explora los finales en la vida y en muchas obras artísticas. Mediante fragmentos breves enlaza canciones, cuadros, películas y novelas, pasa del tenis a la filosofía, de la pintura a la poesía. Bob Dylan, Turner, Nietzsche, Martin Amis, Annie Dillard, Kerouac, Eve Babitz, Don DeLillo, John Coltrane... Todo cabe aquí. A menudo no estoy de acuerdo con sus opiniones (sobre todo en lo referente a ciertos libros), pero esto no mengua mi admiración por su trabajo. Un fragmento:
La jubilación en el mundo en el que crecí, el mundo del trabajo mal pagado, a menudo desagradable y sin recompensa, era algo que mis familiares comenzaban a esperar desde una edad sorprendentemente temprana. Era una forma de ascenso, prácticamente una ambición. En el mundo del que he acabado formando parte, la jubilación es algo casi inaudito, o al menos rara vez admitido. Si te has retirado, ya no eres capaz de escribir o te resulta imposible publicar lo que has escrito, te lo guardas para ti; te quedas con el manuscrito porque nadie lo quiere. Y en cualquier caso, si parte del trabajo es estar sentado en una silla en casa con los pies en alto leyendo, entonces la diferencia entre trabajo y jubilación es imperceptible, incluso si ya empiezas a leer —aunque es algo que desaconsejo, haga el tiempo que haga— con una manta sobre las rodillas.
[Random House. Traducción de Damián Alou]
Yoga es un libro raro pero satisfactorio. Comienza con las intenciones de Carrère de escribir sobre la práctica del yoga pero ese libro en curso se le ramifica: va a un centro de terapia, pierde amigos en el atentado a Charlie Hebdo, entra en una depresión, etcétera. Al final escribe una obra en la que el yoga es sólo una rama del árbol: lo importante es cómo se autoanaliza, cómo se tortura, cómo aprende que debería ser mejor persona. En el texto va enlazando otros temas: la lectura de un cuento de George Langeelan (que casualmente yo leí semanas atrás), la reflexión sobre sus propios libros, el terrorismo, Carl Seelig y sus paseos con Walser (volumen que casualmente releí hace poco), Simone Weil, la meditación, el budismo... Un fragmento:
Ya que hay que empezar por alguna parte el relato de aquellos cuatro años en los que intenté escribir un librito risueño y sutil sobre el yoga, afronté cosas tan poco risueñas y sutiles como el terrorismo yihadista y la crisis de los refugiados, me sumergí en una depresión melancólica tan grande que tuvieron que internarme cuatro meses en el hospital Sainte-Anne, y perdí, por último, a mi editor, que por primera vez desde hace treinta y cinco años no leerá un libro que yo he escrito, ya que hay que empezar, pues, por alguna parte elijo la mañana de enero de 2015 en que, al cerrar mi bolsa, me pregunté si sería mejor llevar mi teléfono, del que de todas formas tendría que desprenderme allí donde iba, o dejarlo en casa. Opté por lo más radical, y apenas abandoné nuestro edificio me resultó excitante haber quedado fuera del alcance de los radares.
[Anagrama. Traducción de Jaime Zulaika]
Stephen King da giros en cada novela. Ésta no es de terror, aunque tiene pasajes de tono sobrenatural e influencias de autores legendarios del género (véanse las dedicatorias: a Mary Shelley, Bram Stoker, Lovecraft, Shirley Jackson, etcétera). Revival es la historia del crecimiento de un muchacho, que empieza a tocar la guitarra a los 14, se mete en bandas, se enamora, cae en las drogas, se recupera, madura y envejece... Sería una vida igual que la de cualquier otro músico si no fuese porque de niño conoce a un sacerdote obsesionado con la electricidad y sus supuestos poderes curativos... Un tipo con el que irá encontrándose varias veces a lo largo de las décadas. La novela abarca desde los años 60 hasta la principios del siglo XXI y en ella caben muchos temas: el fanatismo, el envejecimiento, la música, el miedo a la muerte... Para mí, de las más logradas de los últimos años. Un fragmento del inicio:
Pero a veces entra en nuestra vida una persona que no encaja en ninguna de esas categorías. Es el comodín que nos sale muy de vez en cuando en una partida de naipes, a menudo en momentos críticos. En el cine se conoce a esta clase de personaje como el quinto en discordia, o agente del cambio. Cuando este elemento aparece en una película, sabemos que está ahí porque lo ha puesto el guionista. Pero ¿quién escribe el guión de nuestras vidas? ¿El destino o el azar? Quiero creer que es este último. Quiero creerlo con toda mi alma.
[Plaza & Janés. Traducción de Carlos Milla Soler]
Top 2025: la lista de películas, documentales y series de televisión que más nos gustaron a unos cuantos durante el año anterior, servidas en el magnífico blog del escritor Juan Francisco Ferré. Bajo estas líneas pueden verse mis elecciones mediante carteles. El link al post: aquí.