martes, junio 20, 2006

Aquel ejemplar que amarilleaba (La Opinión)

Los hermanos Coen ya están rodando su nueva película, con Javier Bardem al frente de un espectacular reparto que incluye a Tommy Lee Jones, Woody Harrelson y Josh Brolin (si eras un adolescente en los años ochenta sabrás que Brolin fue uno de los protagonistas de “Los Goonies”; si no lo eras, recordarás a su padre, James Brolin). Se trata de “No Country for Old Men”, adaptación de la última novela de ese extraordinario escritor llamado Cormac McCarthy, una especie de William Faulkner moderno, pero cruzado con la violencia que imprimía Sam Pechinpah a sus películas. Es una de las novelas cuya traducción al castellano con más ansia espero, y que creo que ha pasado un año desde que la publicaron en los Estados Unidos. Hasta tal punto que todas las semanas repaso las novedades literarias en busca de la noticia de la aparición de esta novela. Supongo, no obstante, que no tardarán mucho en publicarla (que sea llevada al cine garantiza su traducción y comercialización). La obra de McCarthy en España la publicaron las editoriales Debate, Seix Barral y Mondadori. En los últimos años han reeditado algunas de sus historias en bolsillo.
He leído tres o cuatro de sus libros, y tengo algunos más en casa. Las primeras páginas de “Unos caballos muy lindos” (así titularon la primera edición de este libro, pero tras estrenarse la película volvieron a cambiarle el título: ahora se conoce por “Todos los hermosos caballos”), las primeras páginas, decía, son algo pesadas, narrándonos su autor la cabalgada eterna de dos cowboys por los yermos paisajes del Oeste. Prefiero recomendar la que está considerada como su mejor obra, y prometo que su lectura a nadie aburrirá. Me refiero a “Meridiano de sangre”. Una reciente encuesta del New York Times la eligió como una de las mejores novelas norteamericanas de los últimos veinticinco años. Me parece que hace años escribí sobre ella, no sé si en este periódico o en alguna revista digital. Compré mi ejemplar en el quiosco de La Farola, en Zamora. Había estado expuesto en el escaparate durante meses, de tal manera que el sol había curtido la portada blanca de Editorial Debate, y ya amarilleaba. Como si fuese un libro que nadie quería, de un autor que nadie conocía, y a mí ambos suelen darme pena, el libro que no encuentra lectores y el autor ignorado. En alguna revista leí que “Meridiano…” contaba una historia desgarradora, sangrienta, un gore literario, un cruce entre Peckinpah y Faulkner. Y la compré, claro. No la había visto en ninguna parte, salvo en el escaparate del quiosco. Cuando le pedí el libro, su dueño, honrado, quiso persuadirme de que no lo comprara: no quería vender un ejemplar devorado por el sol, pero no le quedaban más y preferí llevármelo. Advierto que es una obra para estómagos duros: la descripción de las continuas matanzas de hombres, mujeres, ancianos, niños y animales no es agradable, pero la obra merece la pena.
Supongo que si la adaptación de “No Country…” es buena y hace taquilla se revalorizará el nombre de McCarthy. Pudo suceder con la película de los caballos, pero no tuvo éxito. Supongo que si eso ocurre, y es de esperar que ocurra, el viejo y raro Cormac empezará a vender sus libros como churros, en España. Dicen de él que fue vagabundo en su mocedad, que es un hombre enigmático y se niega a conceder entrevistas. La combinación de los diálogos de McCarthy, la habilidad narrativa de los Coen y el talento de Tommy Lee Jones y Bardem puede ser explosiva. Bardem también será el protagonista de otra adaptación: “El amor en los tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez.

lunes, junio 19, 2006

Vivienda (La Opinión)

En algunas paredes he visto un símbolo similar al que aparece en el cómic y en la película “V de Vendetta” (ambos extraordinarios, el origen y su adaptación): el círculo negro que contiene dentro la V roja, ambos hechos con ese spray de los graffiteros. Pero en las paredes y muros no es la “V de Vendetta” la que podemos ver, sino la “V de Vivienda”. Por si hubiera alguna confusión, bajo la V lo aclaran, pone Vivienda. Esta es una de las consignas del colectivo del mismo nombre, un colectivo de jóvenes que reclaman un acceso digno a la vivienda. Porque este se ha convertido en uno de los problemas más preocupantes de la actualidad, junto a la precariedad laboral. De vez en cuando el colectivo protesta, convoca sentadas, manifestaciones y caceroladas, lucha contra la especulación inmobiliaria, el mamoneo, el abuso de los políticos. Mientras estos jóvenes toman la calle y se movilizan (ya no estamos hablando del botellón, ni de la fiesta, ni del esparcimiento), los especuladores se ajustan satisfechos el nudo de la corbata en sus paraísos fiscales. Critican a los jóvenes de ahora por su desidia, por su aparente falta de inquietudes y valores, pero he aquí que una muchedumbre se echa a la calle y exige arreglar el problema y más de cuatro se ponen nerviosos. Tal vez por eso, en la concentración de la Puerta del Sol de este colectivo, el mes pasado, hubo porrazos de más. Doscientos heridos por golpes de las fuerzas antidisturbios. Pero la policía siempre cumple órdenes de arriba.
Los jóvenes españoles, revela la prensa, se dejan más de la mitad de su sueldo en la vivienda. Lo contaba el otro día un chico en la televisión, un tipo al que metieron el micrófono para que opinara del tema: los precios del alquiler no paran de subir, pero los sueldos apenas aumentan. El término empleado para etiquetar o definir a esos jóvenes es el de “la generación de los mileuristas”, pero el término no se ajusta por completo a la realidad: muchos ni siquiera llegan a percibir mil euros de sueldo al mes, ya quisieran. Esa es una de las razones, la principal (pero no la única, desde luego), por la que los jóvenes de los últimos tiempos viven y envejecen junto a sus padres, en la misma casa. Sin embargo muchos adultos no son capaces de comprenderlo, o no se molestan en averiguar las causas de esa, siempre aplazada, mudanza que no llega. Se conforman con los habituales tópicos, las frases hechas, los lugares comunes: “A los quince años yo ya había hecho la maleta para irme de casa”, “Nosotros nos buscábamos la vida muy pronto”, “Los jóvenes de ahora estáis mal acostumbrados”, “Se os da todo y queréis más”, “Los chavales se han vuelto muy vagos”, etcétera.
Creo que no conozco a nadie que viva en casa de sus padres por mero capricho. En cuanto uno tiene quince años, o así, está deseando emigrar del cobijo familiar. Recuerdo los tiempos felices en que estudiábamos en Salamanca. Cuando acabamos la carrera se nos vino todo abajo: tras varios cursos viviendo sin los padres, no queríamos volver a vivir con ellos. Nos había gustado aquello de estar a nuestro aire. Es una cuestión de libertad, de empezar a hacerse mayor, que comienza en cuanto uno sale del nido. Pero, al acabar la universidad, la mayoría chocó contra un muro, un muro hecho de trabajos temporales y mal pagados, de precios brutales en el alquiler de los pisos. Por culpa de esos precios nada asequibles, de las hipotecas imposibles y los contratos basura, además, resulta muy difícil que quien desea emanciparse pueda irse a vivir solo a un piso. Le toca convivir con otros para pagarlo.

domingo, junio 18, 2006

Libro: El río del olvido, de Julio Llamazares


Leer a Julio Llamazares siempre es un placer. Aún más cuando su alter ego ("el viajero") se dedica a viajar por los pueblos y las montañas, tomando nota de la gastronomía, los paisajes y los paisanos que encuentra en el camino.
En El río del olvido nos narra sus seis jornadas a pie siguiendo el Curueño. Bellísimo libro, en la línea de los imprescindibles Cuaderno del Duero y Tras-Os-Montes.
Por cierto, acaban de reeditar Escenas de cine mudo. Lo leí hace tiempo, y ahora aprovecharé para comprarme un ejemplar.

Una guía digital (La Opinión)

Para quienes viven fuera de la provincia de Zamora, pero nacieron o crecieron allí, no resulta tan fácil acceder a cierta información sobre ella. No me refiero a las noticias, sino a los eventos en general: conciertos, exposiciones, fiestas, presentaciones, conferencias. Para quienes habitan la ciudad es fácil. Basta con salir a la calle y fijarse en los cristales de las puertas de los comercios, en los escaparates y en los muros donde se amontona la publicidad: no faltan los carteles anunciadores, ni escasean en los bares las guías y las agendas, pequeñas y ligeras pero muy útiles, para quien desee programar la semana entre los diversos actos que se ofrecen. Y, aun así, y pese a esa información, unos cuantos ciudadanos no se enteran de lo que se cuece, o se enteran tarde y mal, cuando ya no pueden asistir a determinada presentación o a tal concierto. Una de dos: o ciertos eventos se anuncian poco, menos de lo que deberían; o el personal no se entera de lo que vale un peine, ni aunque le pongan el peine ante las narices.
Ahora bien, si eso le ocurre a alguien que habita en la ciudad, que recorre sus calles a diario, sea para ir al trabajo o a la escuela o a dar un paseo o a hacer un recado, ¿qué no le sucederá a quien vive fuera? ¿Es posible que el emigrado se entere mejor que el propio ciudadano del calendario de actos? Lo dudo. Pese a los esfuerzos, a menudo no encuentra uno la información. Hace tiempo un fulano (anónimo, desde luego, dado que la red es un privilegio para los cobardes) me reprochó que, si no me enteraba al dedillo de lo que acontece y se celebra en la ciudad, acaso fuera consecuencia de no leer el periódico. Lo leo en la web, como tantos zamoranos residentes en Madrid y en otras ciudades de España y del resto del mundo. Pero no es lo mismo echarle un vistazo a un diario de papel que hacerlo en pantalla. Con el primero, en unos minutos, pasando las hojas, te pones al día. No así en la red, que requiere más tiempo, aunque la moda sea leer la prensa en el ordenador. Sólo si, en internet, registras cada diario de arriba abajo y de izquierda a derecha, podrás estar al día. Mi obligación, lo admito, sería hacerlo. Pero no es la obligación de los demás. A veces hacen una pausa en el trabajo, en la oficina, y miran con prisa el periódico digital. No tienen tiempo para más, o prefieren administrar de otro modo sus ratos libres que observando con lupa la prensa, tarea más propia de jubilados en la biblioteca. A esa dificultad para estar informado (no olvidemos que hay que consagrar bastantes minutos al día), debemos añadir lo difícil que es enterarse de las cosas a pesar del adelanto en las comunicaciones, y aún más si uno vive fuera. Y entenderemos entonces al emigrado, al zamorano que siente rabia cuando no sabe con certeza qué actos habrá durante el fin de semana que tiene previsto viajar a la ciudad, o en qué eventos podrá involucrarse en sus vacaciones.
Todo esto lo digo, también, porque es frecuente encontrarse en los foros de la red a gente que pregunta qué actividades han programado para las Ferias y Fiestas de San Pedro, o cuándo comienza tal o cual festival, o a qué espectáculos gratuitos y casi clandestinos y poco anunciados podrá asistir. Y viven en la ciudad. Ahora imaginen a quienes están fuera. Sólo es posible enterarse si uno lee el periódico a diario. Necesitan una guía de consulta rápida en internet. Por ejemplo, la web del Ayuntamiento carece de información sobre San Pedro. Es cierto que hay algunos portales al respecto, pero quizá se han anunciado poco o aún no están maduros. En suma: lo que desearían los emigrados es información fiel y puntual sobre los actos de la ciudad, igual que esas guías que se cogen en los bares, pero en formato digital.

sábado, junio 17, 2006

Reza lo que sepas (La Opinión)

Esta tarde, a las siete, en un local sin nombre de Madrid, los poetas Nacho Escuín y David González ofrecen una lectura de poemas de sus nuevos libros: “Pop” y “Reza lo que sepas”, respectivamente. No conozco la obra de Escuín, pero sí la de David, y también lo conozco personalmente y lo celebro como escritor y amigo. Tras mantener correspondencia electrónica, y alguna conversación por teléfono (Marichu García y yo pudimos charlar con él, hace tiempo, en el programa cultural de Radio Zamora), el año pasado vino a la capital a presentar “La verdadera historia de los hombres”, una compilación de textos de escritoras de la que hablé entonces. La sala donde lo presentó estaba justo en la calle en la que vivo. Una de esas alegres coincidencias. Más tarde se volatilizó, desapareció de las tertulias, de las lecturas, de las presentaciones, del circo literario. Ignoro, porque no lo aclaraba en el correo electrónico que envió a las amistades, si huía de sí mismo o de alguien o de algo. No importa. Lo que importa es que ha vuelto a la carga, con más furia y menos piedad, saltando limpiamente por encima de las cabezas de sus enemigos, cuyo número aumenta a medida que él crece como poeta y como persona (y a medida que publica, pues las envidias ajenas comienzan sólo cuando uno deja de ser inédito). Aún no sé si podré acudir esta tarde al evento. Por eso prefiero hablar ya, ahora, de su nuevo libro.
En la quinta página de “Reza lo que sepas” me estampó la dedicatoria, que agradezco y que incluye la frase “con el deseo de que nunca tenga que rezar lo que sepa”. Es un libro en cuyas páginas se van alternando los poemas, las citas, los relatos, las notas, los dibujos (de Miguel Ángel Martín y Mik Baró). Una especie, o esa es mi impresión, de trayecto por el lado oscuro y menos complaciente del propio David, un análisis de sí mismo, de su identidad y sus raíces, un autorretrato en varios episodios, como si se mirase al espejo para ahondar en su interior (“La cara es el espejismo del alma”, escribe al principio), y lo que viera fuese un compendio de pecados, dolor, egoísmo. Algunos temas son comunes a su obra: la presencia hosca del padre, su sombra en muchos rincones de la biografía; el paso por la cárcel y los “palos” previos; la tragedia de cada vida, que concluye con la muerte pero, antes de llegar a ella, soporta el sufrimiento; la supervivencia física y moral; la relación con las mujeres. En la última parte conjuga la poesía con el estudio o ensayo de otros poetas, menos conocidos y siempre valientes, y que en todo caso conforman una parte de los héroes literarios y cotidianos del autor: Carl Sandburg, Vachel Lindsay…
En cada obra David González demuestra coraje, se arroja por precipicios nada complacientes, en saltos mortales y sin red, como un suicida o un corsario que, en lugar de tener incrustada una espada entre los dientes, llevase una navaja (la cheira de Albacete que utiliza en el intento de atraco del relato “Detrás de la iglesia”). “Reza lo que sepas” no es una excepción, va más allá, hasta el punto de que uno se sobrecoge ante tanto dolor, tanta miseria, tanta angustia, tantas tensiones: la brutal paliza que recibe en prisión (“Iba a morir, pensé, y no había a mi lado nadie que me amara”), los amigos y ex novias que dieron con sus huesos en el abismo de la toxicomanía (“Se suicidó hace unos meses, de una sobredosis en casa de su camello, a la edad de treinta y nueve años”), la violenta relación con su padre (de huella bukowskiana, pero no por ello menos realista). De elegir una palabra para definir esta obra, así se lo dije a David, escogería letal. Un libro letal. No apto para lectores de Gala.

viernes, junio 16, 2006

Mañana, en Madrid: Presentación de Reza lo que sepas

Día: Mañana, Sábado 17 Junio
Lugar: Local en C/ Jesús y María, 21 (Metro Tirso de Molina o Lavapiés, aunque la línea de Lavapiés está cerrada por obras)
Hora: 19:oo h (Corregido: Gracias, Clifor)
Junto a D.G. estará Nacho Escuín, presentando su libro Pop
(Mañana hablaré del primer libro citado)

Prisas y matices (La Opinión)

No somos nadie colgándonos medallas. Los españoles, sí, pero ahora me refiero a los zamoranos. Ayer estaba merodeando por entre la información que sirven al minuto en la red, en los diarios digitales que se actualizan cada pocos minutos, y entonces hallé una noticia que, lo reconozco, me animó la mañana. Topé con varios titulares al respecto (supongo que la información provenía de agencias), y cito aquí tres de ellos: “Un queso zamorano, considerado como el mejor del mundo en un certamen americano”, “El queso Señorío de Montelarreina, elegido el mejor del mundo” y “Un queso de oveja de Lácteas Castellanoleonesas gana el concurso mundial en EE.UU.” La noticia me alegró mucho, pues he dicho varias veces que la tierra le tira a uno, y suele haber escasez de buenas noticias (no en la provincia, sino en los medios de comunicación, que sólo hablan de ella cuando la nublan las tragedias).
Quise satisfacer un poco más mi curiosidad, enterarme de los pormenores, saber dónde había sido celebrado dicho certamen. Nada más fácil, en la red, que tirar de un hilo e ir desenredando la madeja. Averigüé que el certamen se celebró en Wisconsin, y se llamaba o se llama World Championship Cheese Contest. O sea, un campeonato mundial de quesos. Hasta ahí, correcto. Pero me apeteció entrar en la página web del campeonato de quesos de Wisconsin, a ver qué contaban. En Estados Unidos proliferan los campeonatos y ferias de cualquier cosa, como el Concurso Juvenil de Cabras Pigmeas, el Campeonato de Pulsos del Medio Oeste o el Certamen Clásico de Mugidos Célebres (no me he inventado ninguno: el lector puede encontrarlos en el libro de reportajes “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, de David Foster Wallace). No es mi intención restar méritos a un concurso americano, sólo apuntar que en aquella tierra existen campeonatos de todas las clases, desde los más vulgares y chabacanos hasta los más respetables. Navegué por la página web, que incluye un muestrario de imágenes en las que salen los miembros del jurado, con gorra, probando y analizando los quesos. Luego pinché en las clasificaciones, y pensaba ver a Zamora en primer lugar, flamante y premiada. Pero los tres premios principales correspondían a quesos de Suiza y de los Países Bajos. Después descubrí las categorías. Unas cincuenta, en total, con sus clasificaciones y los tres primeros puestos de cada una: cheddar, mozzarella, provolone, gouda, feta, queso para fundir, etcétera. Puede leerse, en dicha tabla, el nombre del producto ganador, la compañía fabricante, la región donde se elabora, el país del que proviene, la descripción y la medalla que le corresponde. Sí, y por fin allí estaba: el Señorío de Montelarreina, elaborado en Fresno de la Ribera, el mejor de su categoría, la Hard Sheep's Milk Cheeses (viene a significar, creo, “queso fuerte de leche de oveja”). Continuaba alegre, animado, pero ya no era lo mismo. No era el mejor del mundo, sino el mejor en su categoría, junto a unos ciento cincuenta quesos galardonados en primeros, segundos y terceros puestos.
Luego leí que, en Asturias, reivindicaban el queso como suyo. He aquí la razón: se hace en tierras zamoranas, pero la empresa responsable es asturiana. Cuestión de matices. Porque me habían vendido algo que no era del todo cierto, sólo una esquina de la realidad. No obstante, felicito a la empresa, lo merece; y espero que en las noticias de hoy, en papel, el error haya sido subsanado, y que esas informaciones a media luz se pierdan en la red. Supongo que la culpa obedece a las prisas, al trabajo urgente. Pero sigo pensando que no somos nadie colgándonos medallas.

jueves, junio 15, 2006

Resumen de la vida, por Beckett

ESTRAGON: Estoy cansado. Vámonos.

VLADIMIR: No podemos.

ESTRAGON: ¿Por qué?

VLADIMIR: Esperamos a Godot.

ESTRAGON: Es cierto. Entonces, ¿qué hacemos?

VLADIMIR: No hay nada que hacer.

Autobús urbano (La Opinión)

Nos subimos a un autobús, dado que la línea amarilla que pasa por el barrio ha sido cerrada hasta septiembre, o así, igual que hicieron el año pasado, logrando de ese modo que los trabajadores y los niños que van a la escuela deban buscarse la vida. Uno de esos autobuses urbanos, de color rojo y rugido casi ferroviario, donde los pasajeros, si es hora punta, meriendan codo ajeno y se propinan pisotones por descuido y terminan oliendo a jabalí. Se me había acabado el bono de transportes, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, o sea, que vale para pasar al autobús y para pasar al andén de metro. No suelo montar en estos vehículos e ignoraba el precio del billete, de un viaje muy surtido de mareos y de frenazos sin cuento. Saqué la cartera para tener a mano la calderilla. La billetera, desde que vivo aquí, ya no la llevo en el bolsillo trasero del pantalón, sino en uno de los delanteros. El primer consejo que me dieron al trasladarme a la ciudad fue: “Colócate la cartera junto a los huevos; así no podrán robártela”. Y lo hice, aunque es incómodo y me costó acostumbrarme, y preferiría llevarla como siempre, apretada contra el culo, que incomodaba menos en mis paseos zamoranos. Pero así son las reglas de la jungla.
Extraje, pues, el monedero y le pedí al conductor, amablemente, que me vendiera un billete. No dijo una palabra, pero negó con la cabeza. No entendía las razones para no servírmelo. Me dije: “El autobús no va completo, dudo que el hombre no disponga de cambio de monedas, me parece raro que no despache billetes y sólo se pueda acceder con el bonobús en la mano, y tampoco soy negro y, si lo fuera, daría lo mismo porque desde aquí veo gente de color en los asientos”. Insistí en lo del billete, esperaba que me diera un motivo, que me explicara la causa. Cuando ya guardaba el monedero, cuando empezaba a resignarme y estaba a punto de dar la vuelta para salir del transporte, el conductor dijo: “Esto no se cobra, es servicio gratuito por estar cerrada la línea de metro”. Adivinen mi careto y la sonrisa maliciosa del individuo, que me la había jugado. Esto sólo tiene un nombre, atribuido a mi incompetencia urbana, y quienes suelen leerme ya lo conocen, sí, en efecto: quitada de boina. Una vez más. One more time, que dirían The Doors. Mientras procuraba avanzar por el atestado interior del autobús, recordé que casi nadie había tratado de meter el bono en la ranura. Viajábamos tan apretados, y el ruidoso armatoste daba tantos bandazos, y reinaba allí dentro un calor tan espeso y agobiante, que entendí que la gratuidad, en las ciudades como Madrid, sólo es garantía de molestias y de inconvenientes.
En mi niñez conocía estas apreturas del bus gracias a los tebeos de “Mortadelo y Filemón”, que ahora vuelven con otra aventura sobre el Mundial de Fútbol. El autobús, decía, se convirtió en una jaula. En un barracón móvil de ganado. Íbamos hacinados, sudorosos, trastabillando. Es un espacio en el que los cacos se desenvuelven bien y han ideado nuevas estrategias para efectuar sus robos y llevarse el dinero de las señoras. Nos contó nuestra vecina que le han rajado el bolso algunas veces. Hacen, con la navaja, una abertura en el lomo, para meter el dos de bastos y sacar el dos de oros. Unos días atrás, embutida con calzador en esas aglomeraciones, le ocurrió algo parecido en el autobús. Parecido, pero no igual: en esta ocasión rajaron su camisa para acceder al bolso, pues lo llevaba debajo de la prenda. He visto el boquete: un agujero redondo, casi perfecto, del tamaño de una pelota de tenis. Supongo que utilizaron una navaja o un cúter. Pero la mano culpable no llegó al interior del bolso.

miércoles, junio 14, 2006

Libro: Destrucción de la mañana, de José María Fonollosa


Hace un par de días leí, por fin, una obra de Fonollosa, ésta que aparece en la imagen. Fonollosa fue la clase de poeta a quien le costó sufrimientos publicar sus poemas. En la contraportada lo califican de "poeta secreto".
Destrucción de la mañana es un recorrido por el fracaso, por el fracaso de un hombre, por el fracaso del hombre. Alguien que sale a pasear, cuya conciencia huye de su cuerpo, que ya no le parece el suyo, que camina por la ciudad desalentado, sintiendo el peso de no haber logrado gloria, amor y dinero.
Resulta desgarrador. He aquí una muestra:
Es absurdo vivir. Y duele mucho.
Mi vida no era al mundo necesaria.
No soy más que un estorbo para algunos
y un estorbo también para mí mismo.

Y así somos los más. Unos objetos
molestos arrojados a la vida
que aparta alguna gente cuando avanza.
Todo ha salido mal. Todo mal sale.

“¿Cómo van?” (La Opinión)

No me entusiasma el deporte en general ni el fútbol en particular, aunque tolero el boxeo, que me divierte sobremanera cuando lo ponen en horario de madrugada. Tal vez esta aversión (o, mejor, llamémoslo desinterés, pues me trago las películas de deportes como un campeón) provenga de mis múltiples fracasos en la niñez y en la adolescencia en diversos campos: el fútbol, el baloncesto, el voleibol, la natación, etcétera. Creo que lo único que se me dio bien fue correr, algo que no puedo llamar atletismo, porque lo mío consistía en correr a lo loco y sin medida. Pero actualmente tampoco me da por correr; he llegado a un punto en que sólo lo haré en caso de que me persigan y no encuentre un taxi libre para darme a la fuga.
Pero me asombran los fenómenos que circulan alrededor del deporte en general y del fútbol en particular. Se habla mucho de la violencia que algunos deportes engendran. Y, sin embargo, se comenta o analiza poco otro fenómeno: la camaradería que se origina desde el fútbol. La camaradería entre el pueblo, entre los habitantes que salen a la calle después de ver el partido y son capaces de abrazar al Diablo, pero sólo si el Diablo es de su mismo equipo. Esto me asombra, me sigue asombrando, a veces no doy crédito. Aún más en mi caso, que no participo de los ritos que envuelven a las masas que no se pierden un partido, o que celebran los goles en la fuente pública de su barrio, en la que jamás se meterían por causas etílicas. En mi ciudad me sucedía a menudo. Normalmente, no me entero de si tal o cual tarde hay un partido en la televisión hasta que salgo a la calle y me ensordece la algazara atronadora de las bocinas de los coches, las trompetas de los aficionados y el jolgorio general que se adueña de la ciudad. Es entonces, llámenme lo que quieran, cuando reparo en que acaba de celebrarse un partido de fútbol. Pues bien, contaba que en mi ciudad me sucedía a menudo. Atravesaba, pongamos por caso, la Avenida de Portugal en dirección a Santa Clara, y entonces, del coche que esperaba en primera línea ante un semáforo en rojo, asomaba medio cuerpo algún individuo, ataviado con una bandera del Madrid a modo de capa, y vociferaba, sin acritud y con entusiasmo: “¡Os jodéis, que hemos ganado!” No sé si esto lo he contado alguna vez pero, en cuanto el vehículo arrancaba con un derrape, echaba cuentas: “Creen que pertenezco al equipo perdedor, que milito entre quienes, derrotados, se van a casa sin una sonrisa en los labios”. He aquí la simpleza del pensamiento de quien me había jaleado: “Si no lo celebra, entonces integra el club de quienes han perdido”. Esta eventualidad se repetía unas cuantas veces, hasta que por fin terminaba mi caminata callejera. Pero lo que me sorprendió siempre es que nadie me arrojaba aquellas palabras con la arrogancia de los vencedores, sino con el cachondeo de quienes muestran cierta piedad por los vencidos. No detectaba hostilidad.
Pero entremos de lleno en el tema de la camaradería. En los bares no es raro que a uno se le acerquen tipos a los que no ha visto en su vida y le pregunten, señalando con un gesto al televisor: “Qué, ¿cómo van?”, o le paren por la calle y le digan: “Oye, ¿sabes quién va ganando?” No hace falta aclarar que casi nunca sabía a qué demonios se referían. Este fenómeno, insisto, me asombra. Mas me repatea un poco. Me duele ver cómo algunos ciudadanos que apuñalarían a su mejor amigo por la espalda, que jamás cederán territorio, que no sabrán perdonar, se hacen colegas espontáneos y pasajeros de otros desconocidos, y se fían de ellos si hay fútbol, cuando sabemos que el hombre es por naturaleza receloso, cicatero, maleducado y soberbio.

martes, junio 13, 2006

Travesía nocturna (La Opinión)

Insisto en que las noches zamoranas de los viernes y los sábados me satisfacen más que las madrugadas madrileñas. También me solazaba la jarana nocturna de Salamanca, en mis tiempos de estudiante. En Madrid, en cambio, no acabo de divertirme por completo: la noche está trufada de tíos raros y de monstruos, en los pubs te cobran hasta por respirar y a la puerta colocan a unos señores calvos y hoscos, con unas espaldas de la misma anchura que un colchón de matrimonio, que hablan en idiomas del este y fruncen el ceño mientras te registran de un vistazo la ropa y el careto y los modales, y siempre suenan sirenas cuando sales a la calle, y en cada esquina de la zona céntrica de garitos asoma un vendedor de latas de cerveza y bocadillos de salami, puestos sobre una caja de cartón, y los taxistas son poco educados y están hartos de recorrer calles colonizadas por borrachos, golfas y delincuentes. Es difícil encontrar una cara amiga, un rostro familiar en la travesía nocturna y entre la marea de juerguistas de los bares, aunque de vez en cuando se topa uno con gente de su tierra, a la que no veía desde hace años, el azar posee esos antojos.
Si uno participa en un botellón doméstico y se acaba el refresco, o le entra hambre, o si se queda sin whisky, no hay problema: basta con salir a la calle y recorrer las tiendas de los extranjeros. Los hindúes, que son honrados o a mí me lo parecen, se niegan a la venta de alcohol a partir de las diez. Pero siempre quedan los kioscos regentados por asiáticos. Pueden despacharte una botella en la madrugada, una botella que sacan de la trastienda y envuelven en una bolsa con una mirada cómplice que se agradece mucho, especialmente si a uno le amargan las prohibiciones nocturnas, hechas para los yogurines. Cobran más que en un supermercado, pero en el precio va incluido el riesgo que afrontan. A la puerta de estos kioscos pululan los camellos, los raperos latinos, los chulos, los desesperados, los náufragos melancólicos, los navajeros, las alcohólicas a las que gusta tener a mano una tienda donde comprar cerveza.
En la entrada de las discotecas vuelve uno a divisar a los porteros uniformados, Titanics de carne y hueso, con sus trajes y sus pajaritas, la nuca amplia como el frontón de un pueblo, el ceño fruncido, con unas dimensiones físicas tan exageradas que con cada traje que usan se podría vestir a todos los niños de un hambriento poblado africano. Años atrás vi, en la noche madrileña, oscura y peligrosa como boca de lobo, la paliza que cuatro o cinco gorilas de discoteca le propinaban a un fulano; pegan duro, sucio y rápido, igual que en las películas de matones y de cazadores de recompensas. Cuando pasa por Montera, en dirección a la zona de Fuencarral, ve a las prostitutas en pie, muy erguidas y preparadas, como soldados del amor, obreras del alquiler de la carne, reinas de su esquina, princesas en bancarrota. De regreso, a las cinco o seis de la mañana, quedan las últimas. Las observa uno sin detenerse, compungido. Las que quedan, las que no han encontrado el cliente que las lleve en su carruaje de chapa y neumáticos, se dispersan por la acera. Están vencidas, agotadas: charlan sin entusiasmo, se agrupan, se sientan en los escalones de los portales y de las tiendas, apoyan las espaldas en las paredes y en los escaparates. Alguna permanece en pie, sola y mustia, o con un chulo joven a unos pasos de ella, un proxeneta de rizos y oro falso y piel morena. Es desolador. Las oye uno hablar; son jovencísimas y extranjeras; esta noche no han tenido suerte. Pero yo la tengo, al final de mi periplo: un kiosco de Sol acaba de abrir y el periódico caliente es una promesa real que reconforta.

lunes, junio 12, 2006

John Cheever


La editorial Emecé no sólo está publicando, en estos meses, libros inéditos de John Cheever, como sus dos volúmenes de Relatos o Bullet Park; también reedita, en tapa dura, otras joyas como La geometría del amor (una antología de cuentos) o sus Diarios. Es un momento magnífico para hacerse con su obra. Sin embargo, me gustan más las ediciones anteriores que tengo de estos dos últimos: en ellas aparecían sendas fotos, magníficas, del gran escritor.

Dos realidades (La Opinión)

El otro día, que se me olvidó contarlo, Raúl del Pozo explicaba que deberíamos inventarnos algo para que a las presentaciones literarias fuese más público. Porque sólo se llena el patio de butacas cuando el autor presentado vende sus libros como rosquillas. Así que, dijo, algo tenemos que inventar para que la cosa cambie. De esto escribí hace meses: las presentaciones literarias van en declive, salvo si anuncias que el editor va a poner vino y canapés. Entonces sí, entonces es probable que entren a la sala los curiosos, los tragaldabas, los que nunca han leído un libro y sus abuelas. Hoy, continuó el escritor y periodista, la vida real, la realidad, está contenida en internet (palabra que siempre escribo con minúscula, en contra de las normas, porque teatro o cine no se escriben en mayúsculas y para mí tienen más importancia). La frase la entendimos los seis que le escuchábamos, en el vestíbulo de un hotel de la Gran Vía, porque todos éramos más o menos jóvenes y estamos habituados al lenguaje virtual, que será todo lo puñetero que ustedes quieran, pero es lo que hay.
En internet, prosiguió, lo encuentras todo, de tal manera que, en la actualidad, lo que no está en internet no existe. Suena amargo, sí, pero roza la verdad. Y, como ejemplo, comparaba las presentaciones literarias o las entrevistas con escritores en un salón de actos (la vida real) y en un salón de chats (la vida virtual): a las primeras sólo acude el público si hay manduca, ya digo, o si el protagonista es tan célebre que vende mucho en otros países; a las segundas se asoman miles de personas, sea el tipo famoso o anónimo. ¿Tú sabes cuánta gente me ha visto a mí en el chat?, preguntó Raúl del Pozo a Antonio Lucas, su compañero del diario El Mundo. Miles, respondió. Así está el panorama, no lo duden. La gente sabe que ir a una presentación implica el desplazamiento físico, la ausencia de máscaras entre el oyente y el autor, la sospecha del tedio a mitad de acto, las prisas a la salida de la oficina. Los internautas saben que echarle un vistazo a un chat sólo supone el tiempo de darle a los botones del ratón, un click, otro click, y no hay desplazamiento, y pueden colocarse la máscara del anonimato y lapidar con insultos al entrevistado (salvo que lo censure el webmaster o administrador de la página), y, si se aburren, se cierra la ventana y en paz.
Pensemos en la frase, otra vez y con detenimiento. Lo que no está en internet no existe. No significa que el mundo real que no cabe en la red no importe, sino que las generaciones de la realidad virtual sólo le dan valor y entidad a lo que aparezca en las búsquedas de Google y a lo que nos envíen por correo electrónico. De tal manera ha cambiado el panorama que sólo queremos ver videoclips si los cuelgan en YouTube y si además hacen reír (YouTube es una página de búsqueda y alojamiento de vídeos), sin importar el tema; y sólo interesan los grupos de música, sus canciones y sus biografías si aparecen en MySpace, esa comunidad virtual; y sólo nos interesa un personaje si lo meten en un chat o si, siendo polémico, hay posibilidades de insultarle a él, a su madre y a toda su ascendencia en los comentarios a su blog. Etcétera. Los tiempos cambian y este es el ritmo al que marchan. Para que no me pillen desprevenido, hace siglos que me aprendí toda esta jerga incomprensible y yanqui de palabros, anglicismos, nombres de páginas y términos que les he soltado en las líneas anteriores. Pese a ello, nada como lo real, lo vivo, lo que se palpa y huele. Como esa vez en que chateaba, en Zamora, con un amigo. Hasta que escribió: “Oye, esto es absurdo, ¿por qué no quedamos en un bar y charlamos tomando algo?” Tenía razón.

domingo, junio 11, 2006

Feria, la mascota de la Feria del Libro


La gata Feria, ayer por la mañana en la caseta La Catarata. (Foto: LUIS MAGÁN)
Lee la noticia en El País.

Quitar los bancos (La Opinión)

La plaza de Tirso de Molina queda a poca distancia de donde vivo, a tiro de piedra, a cinco minutos andando, cuesta arriba. Paso por allí algunas veces. Frente a un supermercado hay varias marquesinas para aguardar el autobús. La zona, desde hace tiempo, fue tomada por un grupo de indigentes yonquis. No tienen donde dormir, así que se acuestan en los bancos donde los viajeros deberían sentarse a esperar su transporte. El Ayuntamiento, dado que los vecinos protestaban, ha tomado cartas en el asunto como sólo saben hacerlo los ayuntamientos: trasladando el marrón a otro sitio, en vez de solucionarlo, es decir, que lo que ha hecho es quitar los bancos para que la panda se vaya. De ese modo ni los toxicómanos duermen en los bancos ni los viajeros se pueden sentar en ellos, que sólo están libres cuando sus ocupantes se pegan o cuando van a Las Barranquillas a por su dosis. Lo cierto es que supone un problema más complicado de lo que creemos a simple vista. Es una polémica en la que todos tienen algo de razón: los vecinos y los viajeros, porque están hartos de peleas, vomitonas, escándalos, suciedad, excrementos y orines humanos; los yonquis, porque no tienen donde caerse muertos o moribundos, y en algún lugar deben reposar los huesos; el Ayuntamiento, porque no puede satisfacer a vecinos, viajeros y parias, aunque su solución sea la opuesta, léase perjudicarlos a todos, y porque tampoco se puede sacar de la indigencia y de la toxicomanía a quienes niegan el auxilio.
Este grupo de Tirso de Molina es distinto del que habita y merodea por mi barrio. Aquí veo borrachos, vagabundos y camellos, pero en Tirso sólo malviven yonquis, que se ponen muy nerviosos y agresivos con el síndrome de abstinencia. Por esa razón la gente les tiene más miedo, pues a los alcohólicos no les resulta difícil comprarse un brik de vino Don Simón en el supermercado (es barato y no hay que viajar a los arrabales), y a los yonquis les toca irse a los poblados de las afueras a por un chute y eso pone nervioso a cualquiera, al consumidor y al vecino.
La solución del Ayuntamiento, ese retiro de los bancos públicos para expulsar al mendigo, sólo ha servido para que se muden a la calle de al lado. Y es peor, o a mí me lo parece, ya que acampan a diario en el escaparate de una tienda de ropa. Los vecinos de la plaza de Tirso de Molina los ven menos, qué duda cabe, pero el muerto ahora lo carga el dueño de la tienda. Se han situado en un lugar por el que paso a menudo. Lo leí en un reportaje: antes robaban en el supermercado y recogían los productos que arrojan a la basura para revenderlos en otros barrios, y ahora están apostados en la acera del escaparate, donde se pelean, discuten, orinan, beben, vomitan y van ensuciando la calle. Un asco, lo he visto. Esta situación, aunque parezca localista, es el espejo en el que se mira la sociedad actual. Los parias están a lo suyo, les basta con chutarse y mamar de la botella, arrasándolo todo en su camino hacia el abismo. Los vecinos rehusan los asuntos de alcohol, drogas y mendicidad, y se les da una higa el problema en sí: lo que quieren es alejarlo, no acabar con él. Los políticos municipales van barriendo para donde pillan, echando de aquí para allá a los marginados. Esta situación la he observado, también, en mi tierra, en Zamora. A los marginados se les va empujando, echando de los territorios que colonizan con su basura y sus enfermedades y sus miserias, hasta que quedan en los suburbios, entre solares y chabolas hechas con cartón y madera. De ese modo los problemas jamás se acaban, pero los vecinos quedan satisfechos y el Ayuntamiento se cuelga la medalla, creyendo que ha hecho algo.

sábado, junio 10, 2006

Épica de los sucesos mínimos (La Opinión)

Estuve en la presentación de “Palomas eléctricas”, la nueva novela del compañero de armas literarias Julio Valdeón Blanco. Fue el jueves, en horario matutino: las doce de un mediodía de calor aplastante, con el asfalto hirviendo los pies de los ciudadanos. En el Hotel H10 Villa de la Reina, sito en el número veintidós de la Gran Vía. Dentro de una sala con una mesa y unas quince sillas, a ojo, en el Salón Velázquez. El acto estaba destinado a los medios de comunicación y a las amistades de Julio. Sobre la mesa habían dispuesto un desayuno que no probé porque acababa de desayunar en casa; consistía en jarras de zumo, botellines de agua, té y café, leche, bollos. Ante cada asiento, un plato, cubiertos, agua, copas, tazas y una carpeta de cartón con folios y un bolígrafo. Todo muy lujoso, profesional y agradable. Antes de pasar a esa sala nos presentaron a Raúl del Pozo, uno de los dos maestros de ceremonias (el otro era César Alonso de los Ríos). Raúl del Pozo es algo así como un guía de los escritores cachorros, tales como el propio Julio Valdeón o Montero Glez, quienes reconocen su magisterio y alaban la prosa canalla y navajera de sus columnas. Ahora que lo he tenido al lado les comprendo. Suelta frases certeras, ágiles, irónicas, verdades como puños, bromas de buen gusto, mientras se echa al coleto un White Label, aunque sean las doce del mediodía. El White Label, por cierto, es uno de los pocos whiskies que deben tomarse a palo seco, con dos o tres piedras de hielo, y así se lo sirvieron.
No me gustó la presentación de César Alonso de los Ríos, demasiado dispersa, pródiga en digresiones, poco acorde con el pensamiento de la generación de jóvenes a la que se dirige el libro de Valdeón. Las palabras de Raúl del Pozo, quien habló de Nueva York y del estilo literario de “Palomas eléctricas”, sí se me antojaron sabrosas e incluso tomé nota de algunas de sus sentencias, que leyó en unos folios que traía escritos (para que luego digan que los grandes nunca leen en público). Anoto aquí un par de ellas: “Una prosa refulgente, poderosa, de una pluma capaz de arrancar los ojos a los cocodrilos” y “Novela caótica, urbana, hermosa, coral, maldita”.
Luego llegó el turno de Julio, quien aclaró las razones para el título, el argumento, los personajes, el estilo. La suya, ganadora del Premio de Novela Ciudad de Salamanca, es una novela urbana y contundente, deudora de la prosa norteamericana, del realismo sucio, de los escritores malditos y con mala reputación. Pero, a diferencia de ellos, su libro se ambienta en Valladolid, y está escrito mediante un lenguaje barroco, quevediano y ramoniano, lo cual proporciona una de esas novelas que, además de gustarnos, empujan a identificarse con las cuitas de sus personajes. El autor ha intentado hacer una “épica de los sucesos mínimos”, una novela que critica “esa trampa moderna que nos dice que debemos ser felices durante las veinticuatro horas” y, luego, en cuanto tenemos un traspié, nos hundimos y queremos superarlo tomando Prozac y ahogándonos en alcohol. Sus héroes son los jóvenes malditos de hoy, lastrados por una serie de problemas que ha llevado a colgarles la etiqueta de “mileuristas”: la depresión, la precariedad laboral y sentimental, los contratos basura, las hipotecas, el abuso de las drogas y el alcohol, la convivencia con los padres. De momento, me ha dado tiempo a leer unas doscientas setenta páginas. Carezco, pues, de una visión global, pero sí puedo dar algunas pinceladas: la novela engancha, habla de nosotros, los jóvenes y los que ya no somos tan jóvenes, y en cada página late el pulso de una prosa agresiva, feroz, turbulenta, implacable, actual y vertiginosa.

viernes, junio 09, 2006

Cela y la Alcarria (La Opinión)

Ya dijimos que en España entusiasman las efemérides y los aniversarios. Por ejemplo, dentro de doce meses en los medios de comunicación volverán a hablar de la muerte de Rocío Jurado (“Se cumple un año desde la desaparición de la artista”, etcétera), y harán lo mismo cinco años después, diez años después, quince años después, veinte años después, y así hasta que nos aburramos, aunque a mí el tema ya me agota y no ha pasado ni un mes. Entre estas efemérides encuentro ahora que han transcurrido sesenta años desde que Camilo José Cela, entonces alto y flaco, se colgara la mochila al hombro y recorriese a pie la Alcarria, para posteriormente parir un libro bellísimo y refrescante, de esos que nos encantan a quienes no tenemos la fortuna de viajar demasiado: “Viaje a la Alcarria”. Si no lo han leído, no sé a qué esperan.
Por este motivo la Fundación Cela ha preparado varias actividades, a saber: un viaje virtual por esa región, con lo cual cada día uno puede leerse en su web algunos fragmentos y ver las fotografías, y comprobar los horarios que el escritor viajero o el viajero escritor iba cumpliendo; una exposición con fondos de Iria Flavia; un recorrido real por aquellos parajes, señalizados como “Ruta del viaje a la Alcarria”; un número de la revista “El Extramundi” dedicado al libro; la proyección, en la sede de Iria Flavia, de la película para Televisión Española que realizara Antonio Giménez-Rico en los setenta; el obsequio de un ejemplar del libro a quienes acudan a la proyección. No sé si me dejo algún acto en el tintero, pero los que he nombrado bastarían para conmemorar esta obra como se merece. Aunque, más que la conmemoración, lo que me atrae o convence de este programa es que, así, se impide que la obra corra el riesgo de caer en el olvido (a no ser que el aniversario conduzca al exceso, como con el Quijote). Porque hoy Cela corre ese riesgo, a pesar de los ensayos, los estudios, las reediciones de sus textos: las nuevas generaciones no leen al autor de “Mazurca para dos muertos”, salvo que lo manden en clase, y entonces se convierte en “un rollo”. Su obra no debería leerse por prescripción facultativa, sino libre y voluntariamente y sabiendo escoger los libros que a uno pueden gustarle. A mí se me atragantó “La familia de Pascual Duarte” porque me obligaron a leerlo para un examen y porque el asesinato de la perra me dejó muy mal cuerpo; tanto o más que la muerte de la madre de Bambi.
Yo me quedo con “Mazurca…” y “Viaje…”, pero también con “La colmena”, “Pabellón de reposo”, “Madera de boj” y “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona”, que me procuró el placer de la carcajada. Y no olvido los artículos recogidos en “El color de la mañana”, de los que se aprende mucho merced al estilo, el lenguaje y el dominio del idioma del escritor. Uno es lector de libros de artículos, y por esa razón cada mañana, antes de acometer la columna, se desayuna con varias tazas de té hirviendo y dos o tres artículos de algún libro de ese género: ahora estoy con uno de Francisco Umbral, “Los placeres y los días”, que me costó pesquisas y sudores encontrarlo. Hoy pocos lectores jóvenes siguen a Cela y a Umbral. Cuando les pregunto por qué motivo no los leen, me sueltan: “Son escritores que me caen mal”. Ya, oiga, no lo niego, no lo dudo, pero le he aconsejado que lea sus obras, no que salga con ellos de copas (aunque ahora no puedo decirlo de Cela, q.e.p.d.). No debemos confundir la obra y el personaje. Hace años que busco “Nuevo viaje a la Alcarria” y no pierdo la fe: algún día, sospecho, hallaré un ejemplar. Sigo buscando. Se puede bajar del eMule, pero no es lo mismo. Lo quiero en papel y en mi biblioteca.

jueves, junio 08, 2006

Hoy, en Madrid: Presentación de Palomas eléctricas


Libro y autor: Palomas eléctricas, de Julio Valdeón Blanco
Día: Hoy, Jueves 8 Junio
Lugar: Hotel H10, Gran Vía, 22
Hora: 12:00 del mediodía
Maestros de ceremonias: Raúl del Pozo y César Alonso de los Ríos
Lee sobre la presentación de la novela en Sevilla

Sórdido espectáculo (La Opinión)

Estábamos cenando en un restaurante dispuesto para despedidas de soltero, y juro que cuanto allí vimos adquirió un tono surrealista. Alguien dijo que el director David Lynch estaría escondido, filmando aquellas locuras tras una cámara oculta en el techo o en la pared. No me hubiera sorprendido. Uno cree que lo conoce todo y entonces tropieza con raras despedidas de soltero. La que teníamos al lado era mixta: la novia, el novio (a quien habían ataviado con una especie de capa rosa, de gasa, logrando que se pareciese a Blancanieves), las amigas, los amigos, la madre, el padre, los suegros, hasta la abuela y un señor que hizo de animador gay y, a mitad de la cena, anunció que era un actor contratado para el evento y que se iba, cumplida ya su parte. Pero empecemos con el show que nos tocó presenciar.
Aparte de esa mesa mixta, otros comensales poblaban una tercera mesa. Una mesa de varones, un conjunto triste, casi fúnebre, como si el colega no fuera a casarse, sino a subir al cadalso. No les oír reír, ni contarse chistes, ni brindar con vino, ni alegrar las caras. Dudo que el motivo fuese el adiós a la soltería, sino su catadura de freaks. En seguida lo entenderán. Al muchacho homenajeado lo habían vestido de aprendiz de mago. En concreto, su disfraz imitaba al del amigo pelirrojo de Harry Potter, el tal Ron Weasley: cabellos mal teñidos de caoba, túnica de brujo joven, etcétera. No sé si apareció con escoba bajo el brazo, pero yo no la vi. No habíamos llegado a los postres de la cena cuando los amigos del muchacho lo hicieron ponerse en pie. Le vendaron los ojos y lo sentaron en una silla, allí en medio, a la cabecera de las tres mesas, a la vista de los comensales. Olvidaba decir que un poco antes uno le levantó la túnica y el personal le vio el culo y una especie de tanga blanco.
Pero volvamos a la silla. Una vez sentado, sin ver nada a causa de la venda, entraron en el restaurante un enano y una cosa muy gruesa, ambos con vestidos ajustados. He escrito “una cosa” porque ignoro el sexo, yo creo que era una señora, pero no estoy convencido del veredicto. A la cosa le venció el pudor y se mantuvo parapetada tras el marco de la puerta, asomando de vez en cuando la nariz. El enano no era bajito. Quiero decir: su altura pasaba de la media de lo que consideramos un enano. Brazos y piernas cortos, pero torso kilométrico. Poseía un rostro cansado, feo y proscrito, rayano en la vejez, e iba travestido: peluca rubia, vestido de tirantes y la cara saturada de polvos de maquillaje, que sin embargo no podían ocultar la negrura de los cañones de su barba. Resultaba grotesco su travestismo de barraca de feria, no su enanismo. Como si viéramos a un estibador con minifalda y los labios pintados de rojo, igual. El enano alto se aproximó al amigo de Harry Potter, y comenzó a sentársele encima, a ponerle el culo sobre el paquete testicular, a toquetearle, a meterle la lengua por la oreja y otros asaltos que no vi, que me negué a ver, para salvaguardar la vista del triste espectáculo, la broma sin gracia que nadie reía en todo el restaurante, para que mi estómago no me empujara a la náusea, para no contribuir a un sórdido, bochornoso y patético show, ofensivo para el enano, para el mago y para el público voluntario e involuntario. Si al tal Ron le hubieran despojado de la venda y dado a elegir entre el baile del enano y la visión de la cosa, hubiese pedido un revólver para automutilarse. Esa es la idea que algunas personas tienen de la diversión. Más tarde le trajeron a Ron a una stripper, que lo vejó un poco para luego quedarse en pelota picada. Allí, ante todo el mundo, cuando aún no habíamos terminado de cenar.