jueves, mayo 23, 2019

En Playtime / El Plural: Ugo Pirro y Max Frisch



Sobre Las soldadesas y La cartilla militar: aquí.

Cartel de The Art of Self-Defense


Trailer de The Nightingale



Cartel de Marianne & Leonard: Words of Love


La cartilla militar, de Max Frisch



Grasa de fusil, olor a pardas mantas de lana que se suben gasta la barbilla, alcanfor, sopa de rancho, sudor en la gorra y jabón contra el sudor, el olor de los cuarteles, soda, mondas de patatas, cuero, calcetines mojados. Olor a paja seca en fardos atados con alambre que se rompe a golpe de bayoneta, nubes de polvo en un aula y olor a tiza, cartuchos vacíos, letrinas, carburo, el olor que surge cuando se limpia la perola con rastrojos de hierba y se la desengrasa con tierra, ese olor a tierra, metal, hierba y restos de sopa, ceniceros repletos en el cuerpo de guardia, olor de hombres que duermen en uniforme. Olores que solo hay en el ejército.

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El enemigo sobre el terreno no debía ser forzosamente un soldado de Hitler, sino cualquiera que atentase contra nuestra neutralidad.

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La contradicción existente en el hecho de que el ejército, concebido para defender la democracia, sea antidemocrático en toda su estructura, se presenta solamente como tal contradicción mientras se tome en serio la afirmación de que el ejército defiende la democracia. Y eso era lo que yo realmente creía en aquellos años.

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Debo hacer una corrección: el recuerdo fundamental no es el recuerdo del vacío. Lo que se recuerda fundamentalmente es cómo el uniforme nos hacía perder la conciencia de las cosas, sin que nadie se diese cuenta de ello. ¿Qué clase de orden debía darse a la tropa para que esta, en cuanto conjunto de hombres, se negase a cumplirla? No era suficiente que se ordenase algo manifiestamente absurdo. En medio de aquel estado de inhibición que el ejército provocaba en nosotros ¿dónde había sitio para la conciencia?


[Las afueras. Traducción de Luis González-Hontoria]

Freaks: primer cartel


Cartel de Downton Abbey


Las soldadesas, de Ugo Pirro



A las cuatro salíamos de los acuartelamientos y daba comienzo el paseo por Volos; íbamos y veníamos, una y otra vez, por el paseo marítimo, como los domingos en nuestros pueblos, y después, a las cinco, nos reencontrábamos en el comedor. Comíamos a toda prisa y acto seguido corríamos a tirarnos en el catre, a esperar a que nos subiera la fiebre. Todos teníamos malaria y nuestra jornada concluía a las cinco. Así pues, solo nos quedaba una hora para pasear y procurarnos una mujer. No era difícil, pero a menudo el amor necesita la complicidad de la oscuridad para crecer y consumarse y, sin embargo, la fiebre nos desarmaba antes de la puesta de sol.
A pesar de todo, algunas tardes no aguantábamos en la cama y la necesidad de abrasarnos con otra cosa que no fuese la fiebre se apoderaba de nosotros. Nos atiborrábamos de quinina y con los oídos zumbando marchábamos al prostíbulo a hablar italiano, a beber y a cantar sin moderación.


[Altamarea Ediciones. Traducción de Gerardo Matallana Medina]

Aniara: 4 carteles





martes, mayo 21, 2019

Once Upon a Time in Hollywood: nuevo trailer







Quien pierde paga, de Stephen King



Segunda parte de la Trilogía de Bill Hodges, cuyo título en castellano deja bastante que desear si nos fijamos en el original: Finders Keepers, convertido aquí en Quien pierde paga… Para quien no haya leído aún el libro anterior, conviene no contar mucho, salvo que ambos están relacionados por los personajes principales, pero también por las víctimas de la masacre del primer libro. En esta ocasión todo gira en torno, como en Misery, a la obsesión de un psicópata por un escritor y el personaje al que (según el psicópata) ha acabado traicionando. En mi comentario del libro anterior preveía que éste me iba a gustar aún más y así ha sido: sobre todo por su primera parte (la novela está dividida en tres), en la que se reconstruyen algunos eventos que transcurren a finales de los años 70, y esto es algo para lo que, a mi entender, Stephen King está muy dotado, aunque nunca suele señalarse en las reseñas sobre su obra: su capacidad para hablarnos del pasado de algún personaje, bien sea de su infancia o de su juventud, y que conforma el tuétano de muchos de sus libros (pienso, por ejemplo, en el relato "El cuerpo" y en novelas como It o 22/11/63). Son paseos por una cultura y por unas costumbres que, suponemos, suelen provenir de sus propias vivencias, y que logran que cada historia adquiera la consistencia necesaria para familiarizarnos con los personajes. Aquí va un pasaje sobre la lectura:

Para los lectores, tomar conciencia de que son lectores es uno de los descubrimientos más electrizantes de la vida: de que son capaces no solo de leer (eso Morris ya sabía), sino además de enamorarse de la lectura. Perdidamente. Con delirio. El primer libro que ejerce ese efecto nunca se olvida, y cada página parece traer una revelación nueva, una que abrasa y exalta: ¡Sí! ¡Así es! ¡Sí! ¡También yo he visto eso! Y por supuesto: ¡Eso pienso yo! ¡Eso SIENTO yo!


[Plaza & Janés. Traducción de Carlos Milla Soler]

Cartel de The Last Black Man in San Francisco


En Aleteia: The Professor and the Madman



Cartel de American Woman


viernes, mayo 17, 2019

Próximamente: Joyride


De Jack Ketchum. En La Biblioteca de Carfax.

El don de las piedras, de Jim Crace



El don de las piedras, que acaba de publicar Hoja de Lata, fue la segunda novela de Jim Crace, un autor inglés muy premiado y aún vivo que a mí me gusta mucho (ya hablamos antaño de dos de sus libros: Y amanece la muerte y Cosecha), tras su debut con las historias interconectadas de Continente. Aunque esta novela no es, a mi juicio, tan buena como las dos primeras que he citado, quizá porque el argumento me interesa menos, ya contiene las bases de lo que será la obra de Crace, sus señas de identidad y sus preocupaciones, su inquietud por el lenguaje y por los entornos naturales donde a veces el hombre encuentra acomodo y supervivencia y, otras, encuentra la muerte y la corrupción correspondiente de la carne.

La novela se ambienta en el momento en que el hombre va a pasar de la edad de la piedra a la del bronce utilizando a dos personajes: un hombre que perdió un brazo cuando era niño (miembro amputado por una herramienta fabricada con piedra) y su hija, quien es la primera narradora del libro, pero que en muchos pasajes cede la palabra a su padre, un virtuoso en el arte de narrar:

Así como el abusón se hace soldado y el mezquino se mete a comerciante, el mentiroso se convierte en bardo. ¿A quién le puede sorprender? Mi padre lo veía de este modo: una buena historia salida de sus labios le permitió de la noche a la mañana pasar en este pueblo, de ser poco menos que una planta silvestre, sin mucha utilidad, a convertirse en su cuentista.

Aunque en la cubierta figure "el don de las piedras", en realidad esta referencia sólo escenifica el marco en el que se ambienta la historia, pues el centro de gravedad del libro es "el don de las palabras", y cómo las usamos para convencer, engatusar, entretener y trasladar entre generaciones las historias que se alimentan de rumores, leyendas e incluso mentiras. Lo dice la narradora:

La paradoja es esta: amamos las mentiras. La verdad es fea y plomiza, mientras que las mentiras son ágiles, briosas y llenas de vida. La mentira es un arte.

En manos del lector queda dirimir qué partes de la novela son una invención del segundo narrador y qué partes son reales dentro de la trama. Aunque en realidad da lo mismo: como a los miembros de la aldea a los que les cuenta historias, a nosotros nos interesa que esas palabras nos engatusen, sean el sustento de anécdotas falsas o verdaderas. Así comienza la novela:

El brazo derecho de mi padre no terminaba en la mano sino en el codo, con una protuberancia huesuda. Pensad en la silueta de un árbol desmochado. Ese era el muñón de mi padre. La piel estaba tirante alrededor del hueso y se arrugaba hacia el interior del orificio resultante de la desaparecida articulación inferior. La cicatriz recordaba a las marcas que los chiquillos hacen con piedras en el hielo –una pequeña incisión irregular, húmeda de pus salobre–. El brazo raras veces estaba seco o dejaba de dolerle. A medida que fue envejeciendo daba la impresión (eso decía) de que su malgastada e inoportuna simiente había encontrado salidas menos provechosas de lo que a él le habría gustado.



[Hoja de Lata. Traducción de Pablo Gonzáletz-Nuevo]

Trailer de All Is True



Cartel de Killers Anonymous


Black 47: 6 carteles







martes, mayo 14, 2019

Helter Skelter, de Vincent Bugliosi con Curt Gentry


Creo que fue en los 70 cuando se publicó en España esta crónica, aunque con otro título, otra traducción y menos páginas. Por eso esta reedición con nueva traducción y numerosas imágenes, además de un entusiasta prólogo de Kiko Amat, era necesaria: muchos no conocíamos el libro, y se trata de una de las obras más vendidas del género denominado "true crime". La edición que acaba de publicar Contra es un lujo: unas 800 páginas en un volumen de tamaño grande, con una cubierta hipnótica, con un censo de personajes reales, con esas fotos que mencionaba antes…

Pero lo más fascinante es el contenido del libro porque su lectura resulta adictiva. Vincent Bugliosi (el autor, en colaboración con Curt Gentry) fue el fiscal del caso, así que era, probablemente, la persona que más documentos se tragó, y más entrevistas hizo y leyó (mientras cada acusado de los crímenes tenía un abogado, Bugliosi era el fiscal que representaba al Pueblo). Él fue el tipo que ganó el caso, logrando que el jurado emitiera el veredicto de culpabilidad en el juicio de Charles Manson y sus súbditos o acólitos. A través de esas 800 páginas conocemos los asesinatos en detalle, sabemos multitud de datos de los asesinos y los cómplices, las búsquedas de los móviles que actuaron de motor de los crímenes, las investigaciones pertinentes, los juicios que entonces fueron los más largos de la historia de Estados Unidos, las consecuencias de las condenas y las represalias de La Familia Manson.

Aunque cometieron muchos más asesinatos, y otros de los que no se sabrá nunca, se les juzgó por las muertes de Sharon Tate y sus amigos y de la familia LaBianca, al día siguiente de la primera masacre. Quizá quede por ahí alguien que no sepa que, entonces, Tate era la mujer del cineasta Roman Polanski, y que estaba embarazada de 8 meses cuando la mataron. Aquellas carnicerías, que incluyeron pintadas en los muebles y en las paredes con la sangre de las víctimas, se convirtieron en uno de los episodios más brutales y perturbadores de la historia del crimen en USA. Y Manson se transformó en el asesino más célebre, junto a Jack el Destripador. Uno de los aspectos más increíbles fue que él no acudió a la casa donde vivía Sharon Tate, siendo el conspirador que no se mancha las manos, y que sus deseos o sus órdenes fueron cumplidas por personas que rondaban los 20 años, con mayoría de mujeres, gente joven con la mente dominada por Manson, las drogas y el sexo sin límites y sin compromisos. 

Todo lo que cuentan en el libro, desde las horas previas hasta la masacre, desde las detenciones y la investigación, desde el juicio hasta la condena, es apasionante, sórdido y terrorífico. Aquí va un largo fragmento que resume bien el contenido de los crímenes:

El caso Manson fue y sigue siendo único. Si, como aseguró Sandra Good, la Familia ha cometido hasta hoy de treinta y cinco a cuarenta asesinatos, la cifra puede acercarse al record de Estados Unidos. No obstante, el número de víctimas no es lo intrigante del caso y lo que continúa fascinando, sino una serie de elementos que seguramente en conjunto no tienen parangón en los anales de la historia del crimen estadounidense: la relevancia de las víctimas, los meses de especulación, conjeturas y puro miedo antes de la identificación de los asesinos, el móvil tan sumamente extraño (prender la mecha del Armagedón de los negros contra los blancos), el nexo inspirador entre la letra de una canción del grupo de rock más famoso de todos los tiempos, los Beatles, y los crímenes y, detrás de todo ello, moviendo los hilos, un gurú mefistofélico con un poder único para convencer a otros de que mataran por él, sobre todo a chicas jóvenes que cogieron y asesinaron brutalmente a sus órdenes a completos desconocidos, con fruición y entusiasmo, y sin muestras aparentes de culpa o remordimiento. Todas estas cosas se conjugan para que Manson sea probablemente el asesino en serie más aterrador, y los asesinatos probablemente los más estrambóticos, de la historia de Estados Unidos.


[Contra Ediciones. Traducción de Gabriel Cereceda. Traducción del posfacio de David Paradela López]

Doris Day (1922 - 2019)


Cartel de NOS4A2


Alvin Sargent (1927 - 2019)


Cartel de The Souvenir


Peggy Lipton (1946 - 2019)


sábado, mayo 11, 2019

Distraídos venceremos, de Andrea Valdés


Con el subtítulo de "Usos y derivas en la escritura autobiográfica", este segundo título de la Colección Fontanela de Jekyll & Jill Editores ha supuesto todo un descubrimiento. Primero, porque analiza y comenta libros poco conocidos (salvo un par de excepciones). Segundo, porque esos libros se salen de los márgenes y escapan a las etiquetas. Y tercero, porque la prosa de Andrea Valdés logra lo más difícil en esta clase de ensayos: ser a la vez rigurosa y amena, entretenida y profunda.

Decía antes que se trata de autores poco conocidos en España, al menos para mí, que sólo me sonaban los nombres de Rosa Chacel, Mario Levrero y Jorge Baron Biza. Y no nos resultan familiares porque Andrea Valdés se ha centrado en la literatura de Sudamérica, y ha buscado nuevas voces, títulos no tan sonados. Ella explica en la introducción: He sido librera durante más de diez años y me consta que hay obras que no llegan a nuestros estantes. Parece como si el mercado nos escondiera a veces ciertos títulos porque no venden (o porque sus gestores creen que no venderán lo suficiente), o quizá, como apunta Valdés, porque reúnen todo lo que espanta al mercado.

Andrea Valdés compone, así, un sorprendente catálogo de rarezas, de anomalías, como felices monstruos literarios que los degustadores de marginalidades nos apresuraremos a buscar en las librerías. Pero no será tarea fácil: algunas de las obras brasileñas no se han traducido en España, otras están descatalogadas o ya son difíciles de encontrar porque se publicaron en editoriales pequeñas o con poca distribución. Es el caso del autor que más me ha interesado (con permiso de Baron Biza, del que tengo su libro El desierto y su semilla… aún pendiente de lectura): me refiero a Osvaldo Baigorria, que escribió una especie de semblanza, con tintes autobiográficos, sobre un escritor en Sobre Sánchez, que aquí publicó Varasek y que sólo encontré en una librería de Madrid tras varias pesquisas.

A los citados nombres hay que añadir los de Maura Lopes Cançado, Carlos Sussekind, Audre Lorde, Severo Sarduy, Gloria Anzaldúa, Héctor Viel Temperley, Gelen Jeleton, Lucio V. Mansilla, Aurora Levins, Héctor Libertella, Conceição Evaristo, Carlos Correas, Paulo Leminski o la más célebre y también esquiva María Moreno (publicada por Mondadori). Creo que, de los citados en las biografías del final, no se me olvida ninguno. Con ellos, y con algunas de sus obras, traza Andrea Valdés un curioso mapa de lo biográfico y testimonial que atraviesa las poéticas del encierro, el injerto y la creencia, que pasa por el artificio de quien se retrata, y que desemboca en esos terrenos literarios en que se han marginado ciertas voces, o estuvieron en desventaja (mujeres de otras razas, o que crecieron en entornos periféricos: islas, favelas, fronteras…). Sugiere la autora que podríamos leer este mapa de escrituras autobiográficas como una especie de "vidas imaginarias" (como el libro de Marcel Schwob). Y yo aún diría más: su libro también es, en el fondo, una autobiografía anómala si nos ceñimos a uno de los textos que cita en la tercera parte: "La bibliografía como autorretrato". Porque una persona es, también, lo que lee.       


[Jekyll & Jill]

The Dead Don't Die: 4 carteles





Cartel de Where'd You Go, Bernadette


viernes, mayo 10, 2019

jueves, mayo 09, 2019

El nenúfar y la araña, de Claire Legendre



Los novelistas tenemos una particularidad: escribimos historias a partir de las nuestras, y al hacerlo dotamos de sentido a estas últimas, que no lo tienen. Cada gesto, cada palabra adquiere sentido. Como en Hitchcock, un plano inserto del arma del crimen nos la señala como tal. De ese modo, contemplamos nuestra vida en el momento de vivirla con el apetito retrospectivo y anticipado de infundir sentido en aquello que por el momento carece de él. Intentamos adivinar la continuación. Es un orgullo irrazonable: jugamos a ser Dios.

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La muerte prematura tiene algo de inconcebible. Es imposible pensar esto: hace diez días me decían que estaba enfermo y ahora ya no existe. Hace diez días le daban tres meses y me parecía poco.

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El miedo procede de la culpabilidad. Me da miedo que me golpeen porque me he portado mal, o porque considero, en mi fuero interno, que así ha sido. Me imagino que, en el lugar del otro, podrían darme ganas de golpear. Así que me protejo el rostro a pesar de que el otro no ha amagado siquiera el gesto de levantar la mano. Esto supone un esfuerzo de identificación, una empatía.

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Lo peor de la ficción es que no sirve de nada para protegerse. Ni siquiera es una crisálida; por poco que se crea en ella, hace el mismo daño que la realidad.

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Seguro que hay que sentirse de veras en peligro para que el miedo a morir supere al miedo a vivir. El alivio de enfrentarse a un dolor que por fin sobrepasa mis miedos.

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El cirujano lo confirma: tengo suerte. Nada de cáncer. Esta vez no. Las cicatrices ya no rezuman. "Para tu noche de bodas ni se verá", dice sonriente. Se me hará un escáner de control dentro de seis meses para mirar el nódulo y la cicatrización. Y otro el año que viene. No vas a salirte de rositas. Te van a tener cagada de miedo una vez al año hasta que te mueras. Mientras tanto, apáñatelas con tus miedos. Tus miedos falsos, peores que los verdaderos.

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Tras todo conflicto que se evita subyace el miedo a los golpes.

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Pertenecemos a una civilización serena, a la que no amenazan ni la guerra ni el hambre, y cultivamos en nuestro interior los monstruos que nos devoran. Una generación ocupada en medir su velocidad de autodestrucción.


[Tránsito Editorial. Traducción de Laura Salas Rodríguez]

Cartel de Chernobyl


Cartel de Rim of the World


Midsommar: 2º cartel