viernes, mayo 07, 2021

Reemplazo, de Tor Ulven

 

 

¿Por qué no ibas a hacerlo? ¿Por qué jamás se hace lo que se quiere? ¿Porque uno es normal? Uno no es normal, piensas. Uno carga en su interior un gran grito de aquello que debería haberse dicho pero que jamás se dice, piensas. Pues llámala. Pero primero tienes que comer algo; no, primero tienes que fumarte un cigarrillo, es más importante, y empiezas a hurgar en los bolsillos de los pantalones, de las chaquetas, de los abrigos, de los maletines y similares (mientras piensas que, si ella todavía viviese allí, podría haberte dicho enseguida el número exacto de cigarrillos que quedan y en qué sitio), hasta que por fin encuentras un paquete estrujado con un cigarrillo roto y dos intactos en el bolsillo del albornoz que llevas puesto, pero entonces vuelve a iniciarse la búsqueda, esta vez de unas cerillas o un mechero, y de nuevo tienes que hurgar en los bolsillos de los pantalones, de los abrigos, de los maletines y similares, además de en los tres bolsillos del albornoz, esta vez sin resultado alguno, por lo que inicias un registro más extenso de mesas, cajones, todo tipo de recovecos (como suele decirse), aunque todavía sin resultado.

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[…] Abres la puerta con llave. La estampa de tu propio apartamento te hace recordar. Perdiste peso, dormías tres o cuatro horas cada noche, o no dormías en absoluto, experimentabas temblores y ataques de llanto, apenas tenías fuerzas para ir al supermercado, dentro de casa vadeabas entre el polvo, asearse suponía una tarea hercúlea, el cepillo de dientes pesaba como un martillo; era como si todo el peso de la desaparición y la muerte que cada vez iba haciéndose más probable reposase sobre un papel de lija que iba reduciéndote a la nada.

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No lo dices, solo lo piensas, porque no hay nadie a quien puedas decirle algo así, sonaría patético, sentimental y autocomplaciente (porque implicaría que no has vuelto a ser feliz (y no has vuelto a serlo, pero eso no ayuda en el noble arte de la conversación), tras la ruptura con ella, que eres infeliz, que te lamentas), la típica frase de una de esas películas que hacen lloriquear a las mujeres, de una novela medio olvidada del siglo pasado, pero te lo puedes decir a ti mismo, y te preguntas cuántas personas se dicen a sí mismas, o simplemente piensan, esas palabras imposibles: En aquel momento era feliz, y jamás se le ocurre a nadie (a los otros, es decir, a los que son felices ahora, o a los que jamás han sido felices, ¿ni felices ni infelices?) que tal vez pueda ser verdad, que una vez (durante un breve instante) uno fue feliz, y que ya no lo es, jamás se les ocurre, porque este es el pecado que ellos, si hubiesen sido Santos Padres (algo que quizá, a su manera, son), habrían añadido como el octavo pecado mortal, junto a la Soberbia, la Envidia, la Ira, la Pereza, la Avaricia, la Gula y la Lujuria, en otras palabras, la Nostalgia; así es, piensas (para ti mismo, siempre para ti mismo), porque estas son las personas que van a construir el Futuro, un futuro que curiosamente les hace sentirse nostálgicos, lo ansían, lo añoran, van a producir su gran futuro en una agradable factoría de la felicidad, grande, aunque tampoco en exceso, el engranaje ya está en marcha, trabaja sin descanso, por eso uno no puede mirar atrás, donde solo queda el compost de los días, el estiércol, la mierda que no tiene otro propósito más que el de abonar el futuro.
[…]

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No es pensar en la muerte. No, no es eso lo que siempre hace que sientas un dolor en primavera, una especie de dentera que se produce cuando uno bebe agua después de tomarse un caramelo de alcanfor, quizá ni siquiera sea dolor, sino pesar, desesperación, ¿por qué?, piensas, y continúas: por la vida no vivida; tampoco disgusto o angustia por el hecho de que en breve ya no vayas a vivir nada más (la muerte te horroriza menos cuanto mayor te haces), sino la sensación desasosegante de no haber vivido nada, de no haber tenido una vida real y, peor aún, de que ya es tarde para vivir algo, o quizá más bien de que lo que deberías haber vivido era algo diferente a lo que viviste en realidad, de que te has perdido algo, sin poder decir qué fue, y de que ahora es demasiado tarde, y de que de alguna forma toda tu vida ha sido una pérdida de tiempo, un intento fallido de jugar a la gallinita ciega. Pero lo peor quizá sea, piensas, la terrible sensación de que no podría, de ninguna forma sustancial, haber sido de otra manera, de que no te habría ayudado tomar otras decisiones, relacionarte con otras personas, vivir en otros lugares, ejercer otra profesión, ser marido y viudo de otra mujer, etcétera, de que una redistribución de todos estos factores no habría conllevado que el dolor que sientes en primavera (como ahora) fuese menor, al tiempo que, en realidad, detestas el invierno y te gusta la primavera, y por lo tanto eres feliz cuando llega. ¿Cómo puede ser?



[Malas Tierras. Traducción de Bente Teigen Gundersen y Mónica Sainz Serrano]

Cartel de Holler

 


Cartel de France

 


miércoles, mayo 05, 2021

El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver, de Darian Leader

 

 

La mayoría de las cosas se vuelven más interesantes una vez que las hemos perdido. Podemos empezar a buscarlas y entonces, tal vez, darnos cuenta de su verdadero valor. De hecho, la civilización fabrica ciertos objetos –tales como los paraguas o los pañuelos– cuya función principal es perderse. Los loqueros, cuyas colecciones de paraguas aumentan constantemente, dirían que las cosas son en realidad un poco más complicadas. No nos damos cuenta del verdadero valor de un pañuelo cuando lo hemos perdido, sino que alcanza este valor porque lo hemos perdido. Lo valoramos, tal vez, porque ya no está ahí. Esto puede ser porque incluso una pérdida en apariencia trivial tiene el poder de evocar las grandes, dolorosas pérdidas de nuestra infancia.

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La cultura demanda que el campo visual se construya a partir de la exclusión de una imagen y cuando el elemento excluido regresa, perdemos las coordenadas que hacen real nuestro mundo.

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Lejos de ser máquinas captadoras de imágenes, los humanos nos vemos perpetuamente atrapados por ellas. Una imagen, o una pintura, es una máquina captadora de humanos.

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El lugar que la imagen de su persona ocupaba había cambiado, y así, la imagen perdió su punto de anclaje.
Algo similar le ocurrió a Nick Leeson, el hombre que hundió el banco Baring. A medida que la imagen de chico maravilla que trataba de mantener desesperadamente comenzó a disolverse, empezó a evitar el contacto visual con su propia imagen en el espejo. Lo que muestran estos ejemplos es cómo nuestra propia percepción visual de nosotros mismos depende en parte de cómo creemos que nos ven los demás. Cuando esta mirada cambia, nuestra propia imagen se pone en duda.

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La máscara está ahí no para expresar algo, sino para salvaguardar de una fuerza maligna.
De hecho, la palabra
máscara deriva de la palabra griega para amuleto, un objeto con una función protectora para atraer y absorber la influencia del mal de ojo. Como le dijo Francis Bacon a David Sylvester, el objetivo de la pintura es poner una trampa. En el sentido de una trampa para el ojo.
[…]
Adonde sea que dirijamos los ojos, hay algo que atrae nuestra mirada.
El arte, en este sentido, es desesperado. Como dijo Degas, la pintura “requiere tanta astucia como cometer un crimen”.

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¿Fue entonces el robo de la
Mona Lisa el crimen perfecto de la era moderna? Una pintura es robada y miles de personas se reúnen en un museo para ver un espacio vacío. El crimen parece anunciar muchas de las preocupaciones de los artistas visuales y de los escritores de las vanguardias: los poderes de la ausencia, el hueco detrás de la imagen, el vacío en el corazón de la civilización.

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La tensión entre una imagen pintada y el lugar en que esta imagen está albergada se vuelve así el sujeto mismo de la obra de arte.

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Y es cierto que el robo permitió y precipitó al mismo tiempo una nueva circulación de imágenes: la
Mona Lisa dejó su marco y desde ahí se dispersó en un panorama de medios de comunicación, desde caricaturas hasta dibujos y películas.  

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La historia del arte puede llegar a entenderse como la historia de encontrar diferentes formas de dejar algo fuera de una imagen.

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Este vacío evocado por la obra de arte es la razón por la que tenemos que pagar tanto dinero para poseer una. Cuando la gente se burla del mundo del arte, a menudo ridiculiza el hecho de que un objeto cotidiano o un acomodo de objetos adquiere un valor inmenso si lo firma la persona indicada.

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Cuando Piaget comenzó a investigar estas cuestiones, lo intrigaba un antiguo fenómeno. Habían colocado a su hijo de nueve meses en un sofá entre una colcha y una prenda de ropa. Cuando Piaget se quitó su reloj y lo puso bajo la colcha, el niño la levantó para destapar el objeto. Esto se repitió varias veces. Luego Piaget puso el reloj bajo la prenda de ropa, mientras su hijo observaba con atención. Pero en vez de levantar la prenda, el niño volvió a levantar la colcha otra vez. Aunque esto pueda interpretarse como un “error” de desarrollo, como si no fuera lo suficientemente mayor para entender la constancia de los objetos, uno podría argumentar por el contrario que el hijo de Piaget de hecho había comprendido lo más importante acerca del deseo: que hay una diferencia entre un objeto y el lugar que el objeto ocupa. Cuando levantó la colcha, ¿no sería que tenía como objetivo el lugar que ahora, debido al cambio de ubicación del reloj, se había vuelto su espacio vacío original? Estaba menos interesado en el reloj que en el lugar que ocupaba. Lo mismo, de hecho, que las multitudes que fueron a ver el espacio vacío en el Louvre.

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Si los artistas comienzan a comportarse mal cuando se han hecho famosos, la comedia del artista como figura pública se mantiene por el esfuerzo mismo de lidiar con haberse vuelto tal figura. Después de todo, ¿cómo puede alguien mantenerse a la altura de una identidad que le ha sido dada por otros? Y en especial si esta identidad es su propio nombre, que se ha vuelto ahora una etiqueta o una marca de fábrica. El efecto de división que introduce esa clase de bautismo nunca es fácil de sobrellevar para un artista, no importa lo que te digan al respecto.


[Sexto Piso. Traducción de Elisa Corona Aguilar]

Cartel de Benedetta

 


Trailer de The Virtuoso

 

Aquí

lunes, mayo 03, 2021

Buffalo Soldiers, de Robert O’Connor

 

 

Ésta es la única novela que, por el momento (aunque ya han pasado casi 30 años), escribió su autor, el norteamericano Robert O’Connor. Una historia que fue llevada al cine hace tiempo con Joaquin Phoenix de protagonista, y que transcurre a finales de los 80 en una base del ejército estadounidense en Mannheim (Alemania), donde su protagonista, Ray Elwood, se dedica entre bambalinas a conseguir droga para los soldados: todo ello relatado en segunda persona del singular. Jay McInerney la definió como un cruce entre Trampa 22 y Menos que cero, es decir, los colocones de un grupo de personas en una ambiente castrense. Pero también hay algo de Jay McInerney en el libro: no sólo el ambiente de adictos y los trapicheos de sus Luces de neón (novela-símbolo de una época que alguien debería reeditar ya mismo), sino también esa narración en segunda persona que citábamos antes.

Cuando empieza Buffalo Soldiers, Ray Elwood está envuelto en problemas: un soldado al que dejó en una habitación para que se chutara ha muerto en extrañas circunstancias (no se sabe si fue un suicidio, un accidente o un asesinato); además, debe lidiar con Lee, un sargento recién llegado que se huele sus negocios sucios y está dispuesto a atraparlo con las manos en la droga; quiere seducir a Robyn, la hija de este hombre, de la que empieza a enamorarse; mantiene un vínculo de servidumbre asfixiante con el coronel Berman, un hombre obsesionado con su genealogía que lo tiene a todas horas de secretario para todo; y no falta la rivalidad con algunos de los soldados, que pueden ser una amenaza para su integridad.

Elwood atraviesa la novela como un tipo en la cuerda floja, alguien empujado a mantener equilibrios con los retos que le plantean los altos mandos, los yonquis que necesitan ser servidos puntualmente, los matones de la base militar y las mujeres a las que desea (antes de Robyn hay una prostituta): ese equilibrio entre angustioso y alucinado en el que se metía Ray Liotta hacia el final de Uno de los nuestros, cuando trataba de compaginar cocina, familia, droga y delitos.

Buffalo Soldiers, título que hace referencia a los “soldados bisonte” (los soldados negros que participaron en el ejército a partir de 1861), es una notable obra satírica cuya lectura resulta totalmente adictiva, y que nos conduce por lugares poco frecuentados en la ficción castrense, como en El sargento de hierro: es decir, entornos en los que los soldados están lejos de ser ese modelo perfecto de conducta que durante años nos hicieron creer. Tal vez de lo que se trate, tanto en el filme de Clint Eastwood como en la novela de Robert O’Connor, es de mostrar cómo el poder, a través de las jerarquías, trata de aplastar a quien, en la manada, se rebela; pero también cómo el desencanto mina la moral de los hombres, que acaban metiéndose en las drogas para encontrar el alivio que no les concede la vida castrense. Aquí van unos extractos:  

Estás destinado con la 57ª. en las afueras de Mannheim, Alemania Occidental. Es noviembre, y el mes de noviembre en Alemania te recuerda a la tristeza y la desesperación de una mujer caída en desgracia. Digamos también que sabemos de tu afición a la heroína. Quieres colocarte, y dos soldados de tu pelotón necesitan chutarse.

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-Me va a costar conseguir unas citas como Dios manda de sus compañeros.
-Lo sé –dice el coronel Berman–. Yo también conocía a McCovey, ¿recuerdas? Pero te diré una cosa: no hay nada tan rápido como la muerte para mejorar la reputación de un hombre. Si hace falta, busca a gente que no lo conociese demasiado bien y saca las citas de lo que te digan ellos. Quiero que te pongas manos a la obra inmediatamente. Dale prioridad absoluta. Yo me quedo al cargo del resto.
-Sí, señor.

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Stoney es tu mejor amigo, el mejor que podrías tener. Has descubierto que, a efectos censales, el ejército se divide en dos clases de personas: los Hijoputas y los Hijoputeados. Si hay algo que deseas fervientemente es no pasar a formar parte de estos últimos. Eso lo consigues desplegando un gran encanto, actuando con extrema cautela y repartiendo fármacos generosamente.


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El ejército es una mierda, pero has descubierto que el mundo es aún peor. En el ejército, al menos, tienes algunas cosas bajo control.  



[Sajalín Editores. Traducción de Ana Crespo y Diego de los Santos]

Jesús Hilario Tundidor (1935 - 2021)

 


West Side Story: primer trailer

 

Aquí

Army of the Dead: nuevo cartel

 


Olympia Dukakis (1931 - 2021)

 


Cartel de The Misfits

 


martes, abril 27, 2021

Oscars 2021: lista completa

 


Aquí


domingo, abril 25, 2021

Los equilibristas, de David González

 

 

Acaba de publicarse el nuevo poemario de David González. No se vende en librerías ni en internet. Pero hay dos formas de conseguirlo: comprándoselo a la editora (edicionesraro@yahoo.es) o escribiendo un privado al perfil de su autor en Instagram (@davidgonzalezpoeta). Aquí van unos poemas:  

 

EL HOMBRE DE LA CICATRIZ  EN EL OJO


nunca una palabra amable:
nunca una de ánimo o de consuelo:
nunca un gesto de aprobación:
nunca uno de respeto, admiración o reconocimiento;
nunca uno tampoco de buena voluntad:
nunca un guiño un apretón de manos o un abrazo sentido:
nunca un aplauso o un sentimiento de orgullo:

siempre la cicatriz en el ojo:

hablo
de mi viejo
de quién si no:

siempre la cicatriz en el ojo:

no sabes tú
se indigna mi madre
lo mucho que tu padre

te quiere:


menos mal
suspiro para mis adentros
no quiero ni pensar entonces en cómo sería

si me odiase:




lágrimas de sangre:
charles bukowski:


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MONEDA


una moneda
ya sea de oro, plata, cobre u otro metal
ofrece siempre
como sabes
dos posibilidades:

la cara
y la cruz:

y eso es lo que vengo mostrando en mi literatura
sin cortarme ni con un cristal además
desde hace más de veinticinco años:

la cara
y la cruz:

las dos caras de mi vida:

las dos
en especial la que menos me favorece:

cuando tengo que pagar con ella
cuando tengo que pagar con esta moneda

prefiero mil veces que nadie la acepte
a que me la devuelvan

por falsa:




con las muescas de los años:
serguei esenin:


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LOS EQUILIBRISTAS


con un pie en el aire
inclinada hacia delante
Héléna
en precario equilibrio
en el noveno peldaño
de una escalera de doce

se esmera en aplicar
cinta selladora autoadhesiva
sobre el vapuleado techo
de nuestra casa en movimiento:

y mientras tanto
mis fuertes y enamoradas manos
cargan con la responsabilidad
de tener que sujetarle
la escalera en movimiento:

luego nos turnamos
y soy yo
el que guarda el equilibrio
y ella
la que me guarda a mí:

en el noveno peldaño
de una escalera de doce
siempre en precario equilibrio

el amor

con un pie en el aire:




yo oprimo mi corazón:
francis scott fitzgerald:


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LA SED


te espero:
te sigo esperando:
te esperaré siempre:

como la sed

al agua fresca:



siento su ausencia:
Zelda Fitzgerald:



[Ediciones RaRo]

Próximamente: Reemplazo

 

 

De Tor Ulven. En Malas Tierras.

Cartel de North Hollywood

 


The Conjuring: The Devil Made Me Do It: primer cartel

 


miércoles, abril 21, 2021

Día del Libro: viernes, 23 de abril

 

Estaré firmando ejemplares de Miniaturas y Culo de gallina 

en Sin Tarima Libros (suscursal del Rastro y La Latina).

Cartel de Street Gang: How We Got to Sesame Street

 


Monte Hellman (1932 - 2021)​

 


lunes, abril 19, 2021

Norteamericanas ilustres, de Ben Marcus

 

 

Ben Marcus es uno de esos autores casi secretos (al menos en España) por los que unos cuantos sentimos devoción absoluta. De aperitivo ya tuvimos aquí su novela El alfabeto de fuego y su ensayo Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, dos obras que se salen de lo común y que establecen una tensión entre el lector y el poder de las palabras como no se había visto, quizá, desde Burroughs y sus teorías en torno al lenguaje-virus.

Analizar una novela tan compleja y tan repleta de sorpresas como Norteamericanas ilustres, que acaba de publicar Malas Tierras con traducción de Rubén Martín Giráldez, aumentando así el prestigio de un catálogo impecable, es una tarea que debería evitarse para no reventarle el libro al lector (o endosarle spoilers, como se dice ahora). Y, pese a esa advertencia, hay que contar algo para que sepa a qué atenerse…

Podríamos comentar, en líneas generales, que encontraremos 3 narradores que a veces se contradicen entre sí, que su trama gira en torno a una especie de nuevo culto, donde sus practicantes (unas cuantas mujeres norteamericanas) tratan de conseguir la quietud y el silencio: Las hembras silentistas son silentes fundamentalmente para sanar o impedir el clima, puesto que creen que el habla es la causa directa de las tormentas y debería reprimirse para siempre. El lenguaje se manifiesta en la novela como una especie de mal capaz de cambiar el viento, la conducta, el clima… Por ello, sus discípulos se someten a dietas estrictas y a ayunos intensivos, se introducen trapos en la boca para (entre otras cosas) purificar el habla, hacen beber Agua de Pantomima a los niños para “almacenar los detalles de la conducta”, se colocan Cascos de Vida Asistida…

El lector va asistiendo, perplejo y entusiasmado, a este desfile de anomalías propias de una novela fantástica o de ciencia ficción. A medida que pasa páginas, ese lector sabe que lo más importante, lo que le mantiene enganchado a esta novela, no son sólo esas invenciones extraordinarias, sino la habilidad de Ben Marcus para mezclar las palabras y obtener oraciones gloriosas, giros perturbadores, sentencias para copiar o subrayar. Su obsesión con la lengua nos empuja a nosotros, los lectores, a obsesionarnos también con el lenguaje. Es un paso más allá de la propuesta de Burroughs, y nos estimula para observar el idioma de un modo que nunca antes lo habíamos visto. Aquí, unos fragmentos de esos tres narradores:      

Soy consciente de que Ben Marcus, el improbable autor de este libro, aunque más conocido como mi antiguo hijo, pueda falsear o estructurar este preámbulo mío como le venga en gana: glosarlo, resumirlo o eliminar cada uno de mis comentarios. Él se ocupará de la última versión de esta especie de preámbulo a la historia de su familia, y yo no conoceré el resultado a menos que decida compartir conmigo cómo me desbarató y despadró a mayor gloria suya.

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Requisitos del sistema
Por desgracia, este libro está destinado a gente. Consideramos a la gente como zonas que resisten a la luz, errores del aire, dulces puntos de colisión. En el momento en que escribo esto, el mundo entero es la escena de un crimen: las personas comen espacio con sus cuerpos; deterioran la lluvia; el viento es masacrado cuando se mueven. En el caso de que una persona parara de moverse, dejaría de matar cielo y el mundo podría comenzar a recuperarse. Las mujeres que pretenden incrementar su Coeficiente de Clemencia deben seguir el ejemplo de mi madre y su cohorte trayendo una Nueva Quietud sobre sus personas. No deben continuar leyendo, dado que incluso la lectura es un espasmo vergonzoso del cuerpo.
Aunque este libro es para gente en general, va dirigido más concretamente a gente que se haya caído, que no pueda levantarse, a la que le duelan las manos y los ojos le escuezan, que tenga las extremidades cansadas por dentro, aunque los médicos no le encuentren nada malo.


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Los niños aprenden que repetir una palabra hace que pierda el significado, pero no saben por qué. Resumiendo: el clima en Norteamérica se da a través de una acumulación y una perturbación del idioma, la forma de viento más leve. Hablar es crear clima, suministrar viento a partir de una fuente humana y, por lo tanto, convertirse en el enemigo. Las hembras silentistas son silentes fundamentalmente para sanar o impedir el clima, puesto que creen que el habla es la causa directa de las tormentas y debería reprimirse para siempre.

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¿Acaso pedí yo ser la madre de Ben? No. ¿Sabía yo que estabas practicando sexo conmigo? Sí. ¿Lo disfruté? No. ¿Te animé a ello? No. ¿Acaso me di cuenta de que tus embestidas rampantes contra mi cuerpo deliberadamente inerte conducirían a un niño como Ben? No lo creo. ¿De quién es la culpa? Mía, por supuesto. ¿Se le puede echar la culpa a alguien más? A ti. ¿Quiero algo de ti ahora? No lo dudes, hijo de la gran puta.

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Si es malo y todavía no ha sucedido, ten por seguro que sucederá. Puedes contar los días que faltan. Total y absolutamente por tu cuenta y riesgo.

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No lo encarcelemos antes de darle la oportunidad de que se encarcele él.




[Malas Tierras. Traducción de Rubén Martín Giráldez]

Cartel de Truman & Tennessee: An Intimate Conversation

 


Cartel de Riders of Justice

 


Helen McCrory (1968 - 2021)​

 


The Dry: 2 carteles