sábado, marzo 28, 2026
miércoles, marzo 25, 2026
Materia prima, de Jörg Fauser
Hay un pasaje de este admirable libro en el que el narrador cuenta que a algunos bebedores los atropellaba el tranvía al avanzar hacia determinado garito con los ojos fijos en el letrero amarillo de cerveza. Años después, a Jörg Fauser lo mató un camión cuando regresaba de festejar su cumpleaños n° 43, como si la fatalidad le estuviera esperando en una esquina para ajustarse a la literatura.
Fauser fue un escritor alemán que, mientras desempeñaba trabajos temporales e iba dando tumbos de piso en piso y de ciudad en ciudad, trató de forjarse como escritor. Había leído mucho a los beat y a los novelistas del género negro y a Bukowski y a Burroughs (en un capítulo nos cuenta cómo conoce en persona al segundo) y aprendió de ellos pero para crear su propio estilo: Materia prima parece una de esas novelas norteamericanas que tanto nos gustan, pero dotada del toque europeo y del estilo alemán, que nunca es lastimero ni grandilocuente y sí templado y reflexivo.
El álter ego del narrador comienza como joven yonqui en Estambul y termina como escritor alcoholizado en Frankfurt. Entre medias: viajes, tabernas, novias, fracasos, contracultura, curros de mierda, revistas de vanguardia, agujas y botellas, rechazos editoriales, pensiones sórdidas, relaciones con lo más degradado y marginal de la calle... Su única meta es continuar escribiendo, convertirse en escritor pase lo que pase. Lo que a veces le sorprende de todas sus experiencias es seguir vivo.
Fauser, un superviviente absoluto, dijo que la escritura no se puede dejar como la droga o el alcohol. “Como mucho, la escritura te puede dejar a ti”. Éste es uno de esos libros que, al llegar a la última página, ya quería releer. Espléndido. Unos fragmentos:
Con la llegada del invierno, Ede y yo nos mudamos juntos al chamizo de la azotea. Cuando el viento de Rusia silbaba por las ranuras y la nieve se colaba por el tejado carente de revoco, sin duda era más práctico ser dos. Uno vertía aguardiente en el suelo de piedra y le prendía fuego, y mientras las llamas difundían un poco de calor, el otro intentaba encontrar una vena. Nos metíamos todo lo que pillábamos, principalmente opio puro, que hervíamos, Nembutal para aturdirnos y toda clase de anfetaminas para excitarnos. Cuando estábamos excitados, teníamos que conseguir más material y todo lo demás –vivíamos sobre todo a base de té y dulces–, y luego nos tumbábamos, bien envueltos en nuestras mantas, jugábamos con el gato y trabajábamos. Ede pintaba y yo escribía.
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Como antiguo yonqui y como futuro esposo era un inútil, pero tenía la sensación de que eso me ayudaría a progresar como escritor. El único problema era que le dedicaba muy poco tiempo a escribir, y entretanto la gente de mi edad publicaba cada año sus libros, sus novelas, sus poemas, sus ensayos, sus memorias, hace tres años se suponía que la literatura había muerto y ahora volvía a florecer, y yo florecía con ella, las malas hierbas también tenían derecho a florecer.
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El Schmale Handtuch era el refugio que algunas personas necesitaban en medio de su patria, el puerto franco en el que podían traficar con sus sueños, una casa para la que no necesitaban una cuenta de ahorro-vivienda ni un contrato de alquiler, ni fianza, ni mobiliario, ni ropa de cama, ni mujercita, solo su infinita sed y la sensación de que su vecino, fuera quien fuese y tuviera el aspecto que tuviese, podía ser su amigo durante la velada con tan solo traer suficiente sed de casa.
[Sajalín Editores. Traducción de Carlos Fortea]
lunes, marzo 16, 2026
jueves, marzo 05, 2026
Calma total, de Charles Williams
Charles Williams es uno de esos autores hoy olvidados a los que Migoya (como traductor y prologuista) y Bunker (como editorial de riesgo) rescatan para nuestra felicidad. Calma total constituye una oportunidad única para cerciorarse del pulso de este escritor para el suspense, para la psicología de los personajes, para ponernos en un estado casi de ansiedad mientras leemos cómo un extraño se lleva el barco de John Ingram con Rae a bordo y él se queda en una embarcación que hace aguas. Una de las preguntas que atormentan al lector es: ¿cómo conseguirá la pareja acortar la distancia entre ambos? Miedo, soledad, claustrofobia, acrofobia marítima, supervivencia... Todo esto va surgiendo capítulo tras capítulo.
Las novelas de Williams no distan mucho de la obra de la maestra Patricia Highsmith. Ambos conocían las diversas caras del mal y la manera de trasladarlas al lector y hacerle sufrir con los ardides de los seres humanos. No os la perdáis. Y os sugiero no saltaros el prólogo: el texto de Migoya es otra joyita. Un fragmento de la novela:
Se disponía a bajar para vestirse y hacer café, pero se detuvo con un pie en la escala de toldilla con la intención de echar un último vistazo al horizonte en busca de nubarrones. Podían formarse muy rápido en el cinturón de calma alrededor de la Línea, incluso por la mañana temprano. Por el momento no aparecían nubes sospechosas… Sus ojos se pararon de repente y regresaron a la zona situada en la amura de estribor. Había visto algo. ¿Seguro? Sí, allí estaba de nuevo, una mota diminuta casi en el borde del horizonte.
Desapareció y volvió a ponerse a la vista. Sin quitarle los ojos de encima, su mano buscó dentro de la escotilla y alzó los enormes binoculares de siete por cincuenta del estante tras el mamparo.
Era un barco.
A esa distancia, incluso con los prismáticos, no podía distinguir nada, más allá de que parecía tratarse de una embarcación de dos palos sin vela izada de momento. Retrocedió hasta la bitácora y comprobó el rumbo. Navegaban al 310 aproximadamente. Volvió a mirar al barco, pero era imposible determinar si había alguien o no en cubierta; de hecho, solo resultaba visible cuando se alzaba en la cresta de la oleada. Rae querrá verlo, pensó. Era el único signo de vida que habían avistado desde que abandonaran Panamá hacía casi tres semanas. Bueno, aún seguirá ahí después del desayuno; nadie iba a irse a ningún sitio a menos que soplara un poco de viento.
[Bunker Books. Traducción de Hernán Migoya]
jueves, febrero 19, 2026
miércoles, febrero 18, 2026
Riesgo moral, de Kate Jennings
A la larga, me conformé con un enfoque antropológico. Estaba en el vientre de la bestia: observar, escuchar, aprender. Al fin y al cabo, aquel empleo cumplía su finalidad. Había dinero para el alquiler y para el Cognex, el nuevo fármaco para el alzhéimer. Y no solo eso: para sobrevivir a las arenas movedizas de Niedecker, debía centrar toda mi atención en el trabajo, lo que me dejaba menos tiempo para darle vueltas y vueltas a Bailey.
Aquel primer verano, al salir de trabajar, me iba a recorrer los pasillos de Century 21, no para comprar, sino sencillamente aliviada de que no se requiriese nada de mí. Me daba la sensación de estar moviéndome entre dos formas de demencia, entre dos círculos del infierno. El alzhéimer no tenía sentido ni significado ninguno, ni tampoco la vida empresarial, salvo si contabas la creación de valor para los accionistas.
[Muñeca Infinita. Traducción de Esther Cruz Santaella]
miércoles, febrero 04, 2026
En preventa: Huellas en el polvo (narrativa completa), de David González
Entre Manolo Tarancón y yo preparamos, meses atrás, este libro que reúne los relatos del gran David González (coincidiendo con la fecha en la que se cumplen 3 años de su muerte). Y, os lo aseguro, es un pelotazo. Dejo aquí el enlace a la tienda de Efe Eme por si alguien quiere pillarlo ya (5% de descuento y gastos de envío gratuitos), y copio y pego de la web de la editorial:
El universo narrativo de David González es tan amplio que parece inabarcable, encumbrándose entre los denominados autores malditos o de culto. Fue capaz de encontrar ese hueco que refleja como un espejo el respeto que compañeros y críticos siguen brindándole tras su fallecimiento. Así lo constatan los elogios de escritores y crítica.
Huellas en el polvo recoge la casi totalidad de su obra en prosa, tan afilada como su poesía, tan clara en su expresividad que hiere al leerla. Textos en los que narra sus experiencias vitales: una infancia difícil, años en la cárcel, el escarceo con las drogas y una vida siempre al límite. Vivencias y reflexiones plasmadas con un dominio insultante de su estilo, transgresor y único, demostrando que la literatura es libre y no se atiene a reglas, tal y como pensaban sus venerados Céline, Burroughs, Bukowski o Neal Cassidy, a los que cita sin pudor junto a decenas de artistas que le inspiraron. En estas páginas, repletas de jerga y lenguaje cotidiano, encontramos la cruda experiencia en prisión, su vida callejera, amistades, drogas, situaciones al límite y la enfermedad. Dividido en dos partes, Huellas en el polvo reedita su obra en prosa e incluye textos inéditos y relatos extraídos de fanzines y de antologías, en un ejercicio titánico por mostrar al lector todas las caras de su narrativa.
David González vivió la marginalidad en sus carnes, pero supo llevarla a la literatura con ferocidad y realidad cuando era preciso, con sensibilidad y sentimiento cuando el relato lo requería. Estas páginas así lo atestiguan. Y con ellas se pretende rendir homenaje a un autor de enorme talento que no debe ser olvidado.
Se suman un prólogo de José Ángel Barrueco y un epílogo de Vicente Muñoz Álvarez, dos escritores que lo conocieron a fondo y recorrieron con él el mundo que vibra en estos relatos.
El comunicador, de Miguel Sanfeliu
[Bohodón Ediciones]
Los últimos días de Roger Federer y otros finales, de Geoff Dyer
A punto de salir sus memorias, me faltaba por leer este ensayo de mi admirado Geoff Dyer en el que explora los finales en la vida y en muchas obras artísticas. Mediante fragmentos breves enlaza canciones, cuadros, películas y novelas, pasa del tenis a la filosofía, de la pintura a la poesía. Bob Dylan, Turner, Nietzsche, Martin Amis, Annie Dillard, Kerouac, Eve Babitz, Don DeLillo, John Coltrane... Todo cabe aquí. A menudo no estoy de acuerdo con sus opiniones (sobre todo en lo referente a ciertos libros), pero esto no mengua mi admiración por su trabajo. Un fragmento:
La jubilación en el mundo en el que crecí, el mundo del trabajo mal pagado, a menudo desagradable y sin recompensa, era algo que mis familiares comenzaban a esperar desde una edad sorprendentemente temprana. Era una forma de ascenso, prácticamente una ambición. En el mundo del que he acabado formando parte, la jubilación es algo casi inaudito, o al menos rara vez admitido. Si te has retirado, ya no eres capaz de escribir o te resulta imposible publicar lo que has escrito, te lo guardas para ti; te quedas con el manuscrito porque nadie lo quiere. Y en cualquier caso, si parte del trabajo es estar sentado en una silla en casa con los pies en alto leyendo, entonces la diferencia entre trabajo y jubilación es imperceptible, incluso si ya empiezas a leer —aunque es algo que desaconsejo, haga el tiempo que haga— con una manta sobre las rodillas.
[Random House. Traducción de Damián Alou]















































