Epílogo de Jesús Palacios.
Prólogo de José Ángel Barrueco.
Entrevista en Diario de León.
En Zenda Libros, por Javier Mateo Hidalgo.
"En lo que me concierne, no soy un escritor, soy alguien que escribe…" (Thomas Bernhard)
Epílogo de Jesús Palacios.
Prólogo de José Ángel Barrueco.
Entrevista en Diario de León.
En Zenda Libros, por Javier Mateo Hidalgo.
Había leído algunas obras de Roberto Calasso (La Folie Baudelaire, La actualidad innombrable, Cómo ordenar una biblioteca y no sé si alguno más) cuando David M. Copé, uno de los grandes prescriptores de lo literario, lo recomendó con entusiasmo en las redes. Así que lo compré y lo he leído en los últimos días, ahora que estoy en mitad de una vena mitológica, por así decirlo.
Es un libro extraordinario. Complejo, documentadísimo, de una densidad que sin embargo no resulta difícil de leer. Calasso va engarzando, poco a poco, mitos e historias sobre Zeus, Posidón, Aquiles, Calíope, Ulises/Odiseo, Atenea, Perseo, Medea, Menelao y Agamenón, Teseo, Dioniso... y, por supuesto, los monstruos. Cómo el héroe mata al monstruo para convertirse él mismo en monstruo, o cómo el dios superior decide que hay que terminar con los héroes.
Se lee con avidez porque es adictivo. Y luego está el asombro del lector ante el sexo, la violencia y la crueldad de las historias (algo que uno ya sabe si ha leído a Homero y algunas obras de teatro griego): dioses que violan a sus madres y luego a las hijas que han tenido con ellas, héroes que demuestran su crueldad tras probar su valía, atrocidades sin cuento para derrotar a otros y vengarse de ellos con saña, artimañas sucias, torturas y desmembramientos... Sin duda, Juego de Tronos nace de ahí, igual que tantísimas obras. Si os gusta la mitología, id a por él; si no sabéis mucho del tema, tampoco lo dejéis pasar porque os servirá de guía.
[Anagrama. Traducción de Joaquín Jordá]
Relectura de este librazo clásico pero en una edición distinta y en tapa dura. Sobre todo me interesaba la traducción de Miguel Temprano García. Contiene ilustraciones de Tià Zanoguera, un entusiasta prólogo de Juan Gabriel Vásquez y, como apéndices, el Diario del Congo y el Cuaderno de río arriba (que no son literatura pero aportan algunos datos reveladores del viaje que inspiró a Joseph Conrad la escritura de este libro).
He gozado con El corazón de las tinieblas tanto (o más) como cuando la leí por primera vez: creo que en cada lectura uno descubre más pliegues y más significados. Kurtz, que en nuestra época siempre tendrá los rasgos de un Marlon Brando sombrío y fantasmagórico, es inolvidable. Pero esto ya lo sabe todo el mundo.
[Mondadori. Traducción de Miguel Temprano García]
Este librazo salió apenas unos días antes del estreno de Backrooms en España, y, como el tema me interesaba, me hice con él en seguida y me ha fascinado. Su autora es una italiana nacida en Roma, experta en análisis de memes y en artilugios de internet. Pero el tema me interesa no sólo por la película, sino para comprender mejor el mundo de mis hijos cuando ven vídeos, juegan a videojuegos, utilizan avatars célebres pero ya editados por otros y se suman a otras propuestas de la red.
Valentina Tanni se adentra en este universo y lo analiza de tal manera que encuentra el sentido artístico y creativo de muchos de estos estilos y estas tendencias con nombres que a los más veteranos os sonarán a chino: el lore, el vaporware, las Backrooms, los creepypasta, los vídeos de ambience y de traumacore y otros inventos para flipar.
Una de las virtudes de su ensayo, además de su exhaustividad, es que jamás mira con condescendencia ni con paternalismo a quienes crean estas formas relativamente nuevas de comunicarse (como suelen hacer tantos críticos cuando los creadores son muy jóvenes): analiza con respeto y replica un montón de citas de usuarios anónimos o con pseudónimo que escribieron reflexiones interesantes en 4chan, Reddit, YouTube o Instagram. También incluye imágenes.
Es uno de los mejores ensayos que me he leído en los últimos tiempos. Y nos habla del momento actual, de esas fronteras cada vez más difusas entre lo real y y lo ficticio, lo onírico y lo digital, entre los recuerdos inventados y la nostalgia de posibles futuros.
[Caja Negra Editora. Traducción de Alejo Ponce de León]
Compré hace años este espectacular ensayo. Pero primero quise leer Ilíada y releer Odisea (había leído una traducción antigua en la adolescencia) en las traducciones de Gredos. Luego dejé pasar un tiempo y la película de Christopher Nolan me trajo a la memoria este libro, que me ha fascinado.
Que a nadie le engañe su título español, próximo a la autoayuda: el original es The Mighty Dead: Why Homer Matters, que no tiene mucho que ver. Adam Nicolson es un escritor inglés con libros sobre historia y naturaleza (nieto, por cierto, de Vita Sackville-West). En El eterno viaje visita algunos de los lugares donde se supone que estuvo Homero, analiza y relata algunos pasajes de Ilíada y Odisea, a veces reinterpretando su significado o trayendo al frente las ideas y los análisis de otros autores, escarba un poco en los mitos y en las leyendas en torno a ambos poemas épicos, trata de enlazar con los descubrimientos y los hallazgos arqueológicos, con las distintas teorías sobre Homero, busca rastros sobre él, sobre los orígenes inciertos de los griegos… No se trata de cómo vivir con la lectura de Homero, como indica el subtítulo español, sino la importancia de ambos libros en el arte, la literatura o incluso en nuestras vidas: porque una vez que le coges el gusto a las historias sobre Aquiles y Odiseo, sobre Héctor y Penélope, siempre quieres más. Unos extractos:
En parte, la Odisea se me presentó como el relato de un hombre que navega a través de su propia muerte: el mar es mortal, las islas son mortales, visita el Hades en pleno centro del poema y quienes lo aman en su tierra natal lo dan por muerto y lo imaginan convertido en un montón de huesos blancos que se descomponen en una orilla lejana. Él busca la vida, pero no la encuentra. Cuando escucha narrar historias de su propio pasado, se le hace insoportable, se envuelve la cabeza en “el manto purpúreo” y llora por todo lo que ha perdido.
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El amor por Homero puede antojarse una enfermedad. Si uno la contrae, corre el peligro de padecerla de por vida. Homero empieza a infiltrarse en todos los recovecos de la conciencia.
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Así, mientras la Ilíada es un poema acerca del destino y las exigencias que ese destino impone en las vidas individuales, acerca de la inevitabilidad de la muerte y del pasado, y también de que cada uno de nosotros esté encarcelado en el interior de un conjunto de destinos, la Odisea, con la necesidad de regresar al hogar, juega constantemente con la posibilidad de un nuevo lugar y una nueva vida, con la oportunidad de revisar lo que nos ha sido dado, para que cada cual (al menos las personas más notorias) pueda oponer resistencia a ese sino.
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Aquiles se mueve por la rabia, por su necesidad de cumplir su destino, de vengar la muerte de su amigo Patroclo. Ulises siempre anda escapando, es un hombre que ha estado en todos sitios, que lo ha visto todo y lo ha hecho todo, pero que también lo ha pensado todo, lo ha inventado todo y lo ha cambiado todo.
Son las dos posibilidades de la vida humana. Uno puede hacer lo que su dignidad le dicte o esquivar con éxito los obstáculos que la vida le vaya poniendo en el camino. Tal es la gran pregunta que plantean estos poemas. ¿Quién será usted? ¿Aquiles o Ulises, el monumento a la obstinación y el orgullo o el embaucador escurridizo en quien nada es cierto y de quien nadie puede fiarse? ¿El héroe singular o el hombre ingenioso?
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La Ilíada es una imagen de lo que creemos haber sido antaño y de lo que quizá seamos mucho tiempo; la Odisea, por su parte, es una versión de lo que somos y de lo que aún podemos ser. No hay necesidad de poner fecha a estas dos perspectivas: su prospección y retrospección son dimensiones imperecederas de la condición humana.
[Ariel. Traducción de Gemma Deza Guil]
He disfrutado mucho con uno de los dos libros que inauguran la colección Sílex Portátil (el otro es un estudio de Pilar Pedraza sobre David Lynch), que coordina Hilario J. Rodríguez. El suyo es un librito (en dimensiones físicas, que no en profundidad) que, aunque apuesta por el cine, también incluye autobiografía, pinceladas sobre arte y literatura y también Historia: por ese motivo misceláneo en algunas librerías no saben muy bien en qué sección colocarlo. Pero pertenece a Cine.
Hilario es un escritor-explorador que suele analizar al milímetro las relaciones entre la realidad, la imagen y la literatura: el uso o abuso que hacemos de las imágenes, el modo en que nos llegan y las procesamos y las entendemos, los diálogos que se establecen entre cultura e Historia. Para hacerlo se sirve de varios recursos propios: cine, viajes, lecturas, entrevistas, experiencias. En sus derivas en torno a Auschwitz encontramos alusiones a Sebald, Resnais, Lanzmann o Albertina Carri, a películas que nos aportan otros ángulos de la infamia (como El hijo de Saul), a falsos documentales rodados por los nazis...
Uno de sus intereses, muy presente en la mayoría de sus obras y aquí resaltado por derecho propio, es el tema de las desapariciones: de aquellos que se pierden, de los que quedan pocos rastros, de los que el arte en general y las películas en particular ayudan a rescatar, para que no se extravíen del todo, al menos en la memoria colectiva. Mediante estas páginas Hilario nos confirma que las imágenes pueden mentir (de hecho, casi siempre mienten por cuanto desvirtúan la realidad y nos ofrecen la perspectiva individual de una mirada que acabamos haciendo nuestra, interpretándola a nuestro antojo), pero también pueden recuperar o consolidar ciertas verdades y extraerlas del limbo para que las atendamos y sepamos descifrarlas (en cierto modo, somos responsables de lo que vemos, de lo que consumimos).
Como extras, por así decirlo, el autor incluye fragmentos de tres entrevistas que él mismo les hizo, antaño, a tres pesos pesados: Péter Forgács, Jorge Semprún y Claude Lanzmann. Un recorrido breve, intenso y formidable.
[Sílex Ediciones]
La serie Twin Peaks comienza y termina con la imagen de un espejo. En la primera escena del piloto, es el espejo delante del cual se maquilla Josie Packard, la heredera de la serrería local (interpretada por la actriz Joan Chen), mientras su cuñado, Pete Martell (Jack Nance), se dispone a ir a pescar, lo que ocasiona el descubrimiento del cadáver de Laura y el inicio de la historia. Al f inal del último episodio, el espejo es el del cuarto de baño de la habitación de hotel, a través del cual el agente Cooper verifica que ha sido poseído por Bob. El agente Cooper se golpea la cabeza contra el espejo. Este se rompe
y él empieza a sangrar.
Fuego camina conmigo, por su parte, comienza con la imagen de un televisor roto.
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“No es la mirada la que capta las imágenes, son ellas las que captan la mirada. Las imágenes desbordan la conciencia”
(Franz Kafka a su amigo Gustav Janouch, citado por Pacôme Thiellement).
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Las grandes películas son aquellas que han obligado al espectador a mirar en el interior de sí mismo, al espacio sin dimensión que separa el ojo del párpado, para mostrar los fantasmas de la melancolía y del sueño con los que desde siempre carga su mirada: esos espectros foliáceos que la película extrae de nuestros cuerpos desde su antepasado directo, el daguerrotipo, y que enseguida empieza a activar como títeres manejados por un sueño. Por ellos, el ojo de la cámara se convierte en el ojo de la pesadilla.
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Porque no se trata de ver. Jamás se trata solamente de ver. Tampoco se trata solamente de conocer. Se trata de ver para conocer. Y de conocer para seguir viendo.
[Alpha Decay. Traducción de Javier Guerrero]
Relectura de este conjunto de relatos, que fluctúan por territorios terroríficos, domésticos e inquietantes (en una nueva edición con traducción revisada, aunque no incluye el prólogo de Jesús Palacios), escritos por Lisa Tuttle, de quien Muñeca Infinita publicó hace poco Mi muerte.
Son 13 historias, casi todas protagonizadas por mujeres de distintas edades, en las que algunos de los miedos clásicos se juntan con zonas en las que no se sabe con certeza si se habita una realidad extraña, una pesadilla en bucle o un mundo paralelo. Tomemos como ejemplo uno de los mejores (“Vuelo a Bizancio”), en el que una escritora acepta viajar a una pequeña localidad que ni le sonaba para dar una charla a sus fans y firmar ejemplares... y queda en manos de dos frikis que la involucran en varios errores accidentales o quizá voluntarios: y, entre otras cosas, pierde los papeles de la conferencia y siente pánico por tener que hablar en público sin esa ayuda escrita... pero también comprende que le va a costar escaparse de aquel sitio (la misma sensación sufrida por Sean Penn en Giro al infierno).
O ese otro donde una mujer se encuentra con una amiga de su infancia... y surge la cuestión: ¿fue una amiga real o imaginaria? O "Nido de bichos", en el que los insectos que dominan una casa vieja son sólo el preludio de algo más horrendo. O aquel en el que un padre le cuenta a su hija que algunos hombres comen carne de muñeca...
Releídos años después, estos relatos no han perdido ninguna vigencia.
[Muñeca Infinita. Traducción de Marian Womack]
Éste es un libro esencial para quienes somos fanáticos de Stephen King. Su autora obtuvo el permiso del escritor y de Tabitha para acceder al archivo de borradores y manuscritos y comparar las primeras versiones con las obras finalmente publicadas.
Utilizó 5 libros emblemáticos, que curiosamente yo he leído un par de veces cada uno, en este orden: Cementerio de animales, El resplandor, El umbral de la noche, El misterio de Salem's Lot y Carrie. Las diferencias entre los borradores y lo que llegó a las librerías son notables, y demuestran la capacidad de trabajo de King y cómo hizo cambios que solían mejorar el resultado final, aunque a veces tuviera que suavizar ciertos detalles macabros, y también nos resultan familiares para quienes nos dedicamos a esto y vamos acumulando borradores iniciales en los que hemos cambiado nombres, suprimido párrafos o aumentado diálogos para pulirlos y solventar errores.
Por otro lado, también se lo recomendaría a quienes apenas han leído nada del autor de It: les serviría para conocer detalles de su vida, de su método de trabajo y de los tiempos duros que vivió antes de convertirse en una celebridad. Es necesario leer antes los libros que analiza porque, lógicamente, Caroline Bicks mete spoilers a mansalva. Una de las cosas que más me han gustado son las influencias que, finalmente, King eliminaría, pero cuya sombra quedó ahí, latente: citas y guiños a Shakespeare, por ejemplo.
[Lunwerg Editores. Traducción de Julio Hermoso]
“La ley de los cerros era una carga, un peso terrible, como un collar de cuero para una mula de trabajo. Él se mantenía leal a un modo de conducta que era irrelevante, que quizá siempre lo había sido. A los cerros les daba igual y a él le importaba demasiado. Quizá había llegado la hora de echar el freno”, escribe el narrador en esta novela, nueva entrega de la serie sobre el ex investigador de homicidios Mick Hardin, tras Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty y La ley de los cerros, todas leídas y recomendadas en este blog, con el mismo equipo de ases detrás: Chris Offutt (autor), Javier Lucini (traductor), Sajalín (editores), y la misma destreza para estructurar una historia que, además de seguir los patrones del género, nos habla sobre todo de la vida en esas regiones donde habitan tipos duros y mujeres de armas tomar, y del desarraigo con el que carga su protagonista, alguien en cuya vida todo “era provisional”, y que para mí sigue siendo lo mejor de la saga. Otro pelotazo de Al Margen. Un fragmento del segundo capítulo que describe la situación de Hardin en esta entrega:
Mick Hardin iba por la estrecha carretera asfaltada que atravesaba los cerros en el vehículo oficial del condado. Había aceptado el cargo de sheriff hasta que su hermana se recuperase del balazo sufrido en acto de servicio. Era el todoterreno de Linda y del retrovisor colgaba un ambientador con la silueta del Bigfoot. Reproducía la popular imagen de la criatura tomada de perfil en plano americano, a media zancada y con la cabeza vuelta hacia el fotógrafo por encima del hombro peludo. El cartón despedía olor
a pino, o a lo que el fabricante consideraba que olían los pinos, que era algo a lo que no olía ningún árbol que Mick conociese. Antes lo había olisqueado tentativamente para ver si subyacía algún otro aroma bajo la intensa tufarada química, quizá un vago efluvio de tierra añeja o musgo en descomposición. Pero nada, solo aquel olor artificial a desinfectante barato para inodoros.
Linda había decidido pasar la convalecencia bajo el techo de Shifty Kissick, y Mick se había mudado a casa de su hermana. Todo en su vida era provisional, incluido el rol de sheriff. Podía tomarse por una especie de metáfora de los cerros de la zona oriental de Kentucky, la transitoriedad permanente. Lo único inconmovible era la propia naturaleza: acérrima, hermosa, benévola y cruel.
[Sajalín Editores. Traducción de Javier Lucini]
Éste es el único libro que tengo firmado por Francisco Umbral, una primera edición que compré en una caseta de la Feria del Libro de Madrid del año no-sé-cuántos, en la que yo era el único visitante (mientras las stars de turno que no son escritores congregaban colas interminables en otras casetas).
Fui aplazando su lectura porque es una de sus obras más voluminosas, pero por fin lo he desempolvado y lo he leído en estos días, por rememorar aquel encuentro de 2 minutos de la FLM. Son una especie de memorias, seguramente con bastante ficción... pero eso no le resta encanto ni talento. Es uno de sus libros más logrados y divertidos, donde pasa revista a poetas, folclóricas, cineastas, buscavidas, políticos, bohemios, periodistas y no sé cuánta gente más de los ambientes madrileños de los años 60, 70 y principios de los 80.
Da gusto leer textos de alguien como Umbral, y no lo digo por lo evidente (su prosa feroz y pulida, su humor socarrón, su ráfaga de metáforas): esta vez lo digo porque reconforta leer a alguien sin autocensura, sin un lenguaje políticamente correcto, sin cortarse un pelo incluso aunque a veces pueda ofendernos.
[Editorial Planeta]