sábado, abril 26, 2008

Al domador se lo tragaron las fieras, de Kike Turrón


Salvaje, irreverente, mordaz, divertido, crudo, sin pelos en la lengua: así es este libro de relatos de Kike Turrón, y muchas cosas más. Todo lo que yo diga ya lo dijo mejor Kutxi Romero en su prólogo on line: que Kike escribe con el hacha, que es un autor muy vivo, que honra el asfalto como se merece. Nos habla de sus experiencias de barrio obrero, de sus curros, de sus pajas, de la muerte, del vecindario y de la necesidad de escapar. La lectura de estos relatos haría que se le cayeran las bragas a esa tribu formada por Antonio Gala, Gustavo Martín Garzo, Ángela Vallvey y demás petardos del gremio de la literatura soporífera. Sólo esos pasajes en los que cuenta algo que todos hemos vivido en la adolescencia (las revistas porno escondidas y las masturbaciones compulsivas con las mujeres de sus páginas) ya merecen la pena: pocas veces encontramos a alguien tan honesto y atrevido. El miércoles conocí, además, a los Kikes (Kike Babas & Kike Turrón) y me parecieron tipos de puta madre. Este libro que se puede encontrar en bares y librerías de Lavapiés y sólo vale 5 euros.

Clandestino

Presta atención, porque el lugar al que llegamos esa noche de juerga es algo que jamás habíamos visto los miembros de aquella comitiva. Y por eso mismo es conveniente no dar nombres: ni de personas, ni de calles, ni de barrios. Un grupo de poetas y escritores y algunos lectores tratábamos de quemar la noche del miércoles. Quien nos guiaba dijo: “Tengo que llamar por teléfono para hacer una reserva y avisar de cuántos iremos al bar”. Todo muy misterioso y un poco raro, aunque en esta ciudad no me extraña porque me sorprende cada día. De camino a aquel sitio nos topamos con los locos y los mendigos y los alcohólicos y los desesperados de la noche. Tipos de barba zarrapastrosa que nos paraban para pedirnos un pitillo o una moneda. Yo negaba con la cabeza porque salir de copas por la capital cuesta un riñón. Pero entonces me asaltó una señora. Una mujer al filo de la tercera edad, o quizá más joven: una vida miserable y a la intemperie envejece los rostros con rapidez. Llevaba un abrigo grueso, un gorro de lana y una especie de bandeja en las manos. Quería que depositara una limosna en la bandeja de plata. Me lo pedía por favor, con insistencia. Lo reunía todo para partirme el corazón: mujer, de avanzada edad, vagabunda y mendiga, posiblemente alcohólica, amable y desesperada. Me detuve. En la cartera sólo llevaba un euro suelto. Lo solté sobre la bandeja. Hizo ese tintineo molesto que para los mendigos es música de cámara. Al verlo se le abrieron mucho los ojos. Me dio las gracias veinte veces. Repitió hasta la saciedad que pasáramos una buena noche. Y eso hicimos.
Unos minutos después, tras una caminata nocturna de literatos y afines, llegamos a un portal. Quien nos guiaba logró que nos abriesen la puerta de abajo. Me despisté y no supe si pulsó el timbre o si volvió a llamar por teléfono. Es posible que fuera lo segundo. Nos preguntábamos: “¿Qué hacemos aquí? ¿No nos habían dicho que íbamos a un bar?”. Entramos en el portal. Antiguo, de esos con las escaleras de madera muy crujiente y polvorienta, que tanto abundan todavía en la ciudad. Nos rogaron silencio. Al llegar al primer piso, quien nos guiaba llamó a una puerta. A una puerta normal y corriente, de domicilio particular, como pueda serlo la tuya o la mía. Un hombre la entreabrió. Asomó su cara, nos escrutó con recelo. Hablaron en voz baja sobre la llamada telefónica, la reserva y todo el tinglado. “¿Cuántos sois?”, preguntó el hombre. “Somos nueve”. Respondió: “Bien, entrad”. Nos pidió que entráramos rápido y sin hacer ruido para no despertar a los vecinos. Yo pensaba: “No entiendo qué hacemos en una casa, quizá sea una fiesta privada y no me he enterado del No-Do”.
No era una casa normal y corriente. No se trataba de una fiesta particular. No era sólo un bar. Era todas esas cosas juntas y muchas más. Era un bar construido dentro de un piso. Un garito clandestino al que sólo puedes acceder si conoces a alguien que conoce a alguien que conoce a otro. Un garito con lo necesario: una barra para servir bebidas, servicios para damas y caballeros, una mesa para poner discos, un dj, las paredes insonorizadas para no molestar a los vecinos, mesas bajas y sofás y pufs, habitaciones con reservados, iluminación baja, penumbra y alfombras, fotos eróticas de hace décadas. Todo muy decadente y prohibido. La leche en verso, colega. Y se estaba bien allí. Había buen ambiente e intimidad. Alguien dijo que le recordaba a esos pasajes de “El retrato de Dorian Gray” en los que Dorian se refugia en tugurios clandestinos y fumaderos de opio para calmar sus apetitos. Un refugio nocturno donde tomar una copa y conversar entre gente noctámbula y ávida de nuevas sensaciones.

viernes, abril 25, 2008

Otro cartel de The Dark Knight


En una estación del metro

Desventurados los que divisaron
a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por las estaciones

y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles

Y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre

Óscar Hahn, Poemas de la era nuclear

Próximamente: La fábrica de las avispas


Por el blog Abandonad toda esperanza me entero de la reedición de esta novela de Iain Banks, La fábrica de las avispas. Un libro de culto que estaba agotado hace mucho tiempo. Será la ocasión perfecta para leerlo. Publicará La Factoría de Ideas, en mayo.

Canciones en Braille, de Varios Autores. Edición de Mercedes Díaz Villarías


Este es el libro del que hablo en el artículo de abajo, o en link directo: aquí.
He leído CEB de un tirón, en orden, para ver las conexiones entre las historias. Pero admite una lectura distinta: leyendo, de vez en cuando, un relato al azar. Como quien se pone una canción de un disco y luego opta por otro tema de otro lp. Eso hago de vez en cuando.

Proyecto CEB

Fue una de las últimas veces en que estuve por mi tierra. Era tarde, a las tantas de la madrugada, y me parece que unos cuantos estábamos decidiendo si irnos a casa o si continuar la farra. Entonces alguien se acercó a nosotros y se presentó. Era David Refoyo, un amigo al que, tras años de mantener correspondencia por medio del correo electrónico, jamás había visto. Nos dimos la mano y por primera vez nos vimos las caras en persona. Luego cada uno continuó con los suyos, al abordaje de la noche o en retirada. Sigo la prosa y la poesía de David desde mucho antes de que inaugurase su blog, “Una ciudad llamada Perdición”, que para mí es un sitio de obligatoria visita diaria. En su espacio puede uno encontrar pequeñas crónicas, muchos relatos, algunas reseñas, e incluso descargarse tres de sus libros de poesía. Un día de estos, si las editoriales no se retrasan más, veremos su debut en solitario con un ramo de poemas. Además, me gustan sus escritos porque no esconde su condición de hijo de la provincia que ambos compartimos. Pero sabe mezclarlo con rock and roll, carreteras americanas y variadas influencias del cine y la literatura, de tal modo que uno se engancha.
Esta introducción me sirve de excusa para escribir sobre el último proyecto en el que se ha visto involucrado, gracias a las gestiones de la escritora Mercedes Díaz Villarías. Me refiero a “Canciones en Braille”, o CEB en abreviatura de sus autores. Es la punta de lanza del futuro de la edición literaria. Presten atención. Todo comenzó en el blog de Mercedes, donde uno de sus post, que aunaba fotografía, texto y canciones, fue retomado por otro internauta. La autora invitó a los lectores de su bitácora a participar. Y estos empezaron a retomar algunos personajes, algunas citas, de las primeras entradas, convirtiendo el blog en una especie de narración fragmentada que puede leerse de manera individual, saltándose historias si uno lo quiere, y donde, como anunciaba la nota de prensa, “personajes, ambientes y motivos se tocan tangencialmente sin llegar a cerrar ningún significado”. Lo cual supone una experiencia donde se juntan la prosa poética, el relato, la fotografía, la música e incluso las referencias al cine y al cómic y a la publicidad. Cuando tenía material suficiente para un libro, su administradora decidió publicarlo en la ya famosa web de la editorial Lulu.com.
Existen dos maneras de leer el libro. O encargando una copia en papel, que publican en cuanto uno la solicita y se la envían a casa; alguna gente se queja del precio por ejemplar, pero no olvidemos que depende de la demanda, que las fotos aumentan los gastos y que ha quedado una edición muy respetable. O comprando la versión en pdf, de manera que uno se gasta mucho menos (en pdf sale a dos euros y cincuenta céntimos), pero debe leer el libro en pantalla o imprimirlo por su cuenta, con lo cual se gastaría un pastón en tinta de colores. Yo me lo compré en papel. La idea me gusta para quienes no viven en España: gente de Latinoamérica puede comprarse el libro y leerlo en pantalla por menos de tres euros. CEB supone una experiencia innovadora, un adelanto del futuro. Me gustan los avisos que incluye el volumen: “Edición impresa de una experiencia de creación colectiva llevada a cabo en formato blog” y “Un proyecto colectivo llevado a cabo en línea en torno a la descripción de una serie de falsos recuerdos entrelazados”. Blogs, edición digital, estructura fragmentaria, creación colectiva: son palabras de futuro, no lo duden. CEB es un riesgo. No gustará a quienes son incapaces de salirse de lo clásico. Los amantes de las vanguardias y de la postmodernidad y las nuevas fórmulas, en cambio, lo agradecerán.

jueves, abril 24, 2008

Sueño y resaca



Estoy reventado. De sueño y de resaca. Pero sobre todo de sueño (se necesita bastante alcohol para tumbarme y para lograr una resaca de las grandes). Tras la juerga de anoche, me acosté a las 6:30. Dormí poco más de cuatro horas. No pude ni actualizar el blog porque había quedado con Patxi y Vicente, aprovechando que estaban en mi barrio (Lavapiés) para someterse a una entrevista que saldrá dentro de 8 días en EP3. Luego he comido con Vicente en la terraza de un restaurante hindú. Estábamos molidos. Pero nos hemos pimplado una botella de vino con el menú. Todo muy bukowskiano. Prometo una crónica del éxito de Hank Over en Fnac en cuanto adquiera un poco de cordura o me eche una siesta. Espero colgarla esta tarde. Mientras tanto, sirva de aperitivo esta foto robada del blog de Sofía Castañón y su post resumen.

[Nota de última hora: para quien quiera leer sobre la presentación, hemos colgado una especie de crónica por capítulos en Hank Over]

Hasta en la sopa

No sé cuánto tiempo ha pasado. Tal vez seis años, no muchos más porque el libro tiene unos siete años de edad. En aquel entonces, vagabundeando por algunos foros literarios encontré un hilo en el que hablaban de una novela casi secreta y clandestina que empezaba a cobrar el carácter de libro de culto. Se titulaba “La Sombra del Viento” y, a pesar de haber sido publicada por Planeta y llevar unos meses rondando por las librerías, poca gente la conocía. Sé que suena raro, pero yo vivía en Zamora y quise hacerme con una copia y no fue fácil. No, no fue fácil. Tuve que encargarla a alguno de mis libreros de cabecera. Planeta tiene éxitos rotundos, pero también fracasos rotundos o, simplemente, libros que jamás vuelven a reeditar, como esa magistral novela de Dave Eggers que no tuvo la suerte de “La Sombra del Viento”, y me refiero a “Una historia conmovedora, asombrosa y genial”; y me refiero a “Candy”, de Luke Davies, que de momento sólo he conseguido en inglés porque está agotadísima. Y Planeta tiene libros que empiezan con mal pie y luego son apoyados por los lectores, en una campaña que, entonces, comenzó por los foros de internet; casi me atrevería a decir que fue un método pionero en España. Compré la novela y la leí y me gustó. He de recordar que en esa época no le hacía ascos a estas tramas enrevesadas que tanto se llevan ahora, y que hoy es un género que detesto y del que sólo leo algún título que otro, como los de Arturo Pérez-Reverte (los de Reverte sí me gustan, y me parece que tienen un carisma que les falta a otras novelas de similar estirpe folletinesca).
El resto ya lo conocen. El resto es historia. “La Sombra del Viento” es el típico libro que se lee todo el mundo, incluso, y especialmente, aquellos que no suelen leer literatura. Hay otros casos: “El código DaVinci”, “Los pilares de la tierra”, etcétera. Se ha traducido a numerosos idiomas, se vende en rústica, en edición conmemorativa con ilustraciones e incluso con banda sonora. Pero al salir de imprenta rozó lo clandestino. Hoy, en vista del éxito posterior de aquel libro, la editorial ha preparado un despliegue sin precedentes con la nueva novela del autor, “El Juego del Ángel”. Algo que, lo juro, yo no había visto con ningún otro libro. Y que, por cierto, y pese a que nos lo traten de meter en la sopa, no compraré ni leeré: respeto a quienes son lectores de novela histórica, pero a mí me cuesta digerirla.
Ese despliegue puede verse estos días en las grandes librerías y almacenes. Fui a Fnac, listo para subir a la última planta, la dedicada a narrativa y cómic, y me encontré “El Juego del Ángel” en la sección de discos de la primera planta. Me lo encontré en la segunda y también en la tercera. Y, por supuesto, en la cuarta, con varios estantes especiales y en lugares de lujo, muy a la vista. Bajé a echar un vistazo a la prensa y, ¿lo adivinan? Sí, tenían ejemplares junto a las revistas. El caso más grave fue en El Corte Inglés. Me parece que allí lo tienen en casi todas las plantas. Juro que lo he visto, y que no es una broma ni exagero, en la sección de perfumería. A medida que subía plantas me lo encontraba en otros sitios. Me pregunto si lo tendrán en alimentación y en la cafetería, pero no llegué hasta allí. Es una de las ventajas del consumismo y de la estrategia de Planeta: vas a por el periódico y está el libro, vas a por un perfume y está el libro, vas a comprarte un disco y está el libro, quieres una película y te tropiezas con el libro. Podrás comprarlo aunque no quieras, si te gusta el autor. En la misma planta puedes comprar diez rollos de papel higiénico, dos ejemplares del libro (uno de ellos para regalar) y un bote de spray para cucarachas.

miércoles, abril 23, 2008

¡A tu salud, friendo!


Portadas exquisitas

La agonía no es arte

El año pasado un presunto artista mostró “su arte” matando de hambre a un perro en un museo. La anécdota la conoce todo el mundo. Lo rescató de la calle para meterlo en una galería, atarlo a la pared y esperar a que se muriese. A esto lo llamó arte. Por si fuera poco, se le hicieron fotografías y se le grabó en vídeo. Luego corrió por los correos electrónicos una petición de boicot a su presencia en la Bienal Centroamericana, en Honduras. Creo que muchos nos enteramos de su acto “artístico” merced a esta petición. Creo que muchos vimos entonces las imágenes del pobre chucho esquelético y de mirada moribunda y tristona, imágenes que nos rompieron el corazón a quienes aún lo tenemos o nos queda un pedazo a salvo. El fulano responsable se llama Guillermo Vargas Habacuc y ahora goza de la mala fama que merece.
Hemos leído en las noticias el proyecto de otro supuesto artista. A un tío alemán, Gregor Schneider, se le ha ocurrido que una variante del arte es “la belleza de la muerte”. Quiere quitarnos el miedo a morir, y para ello se le ha ocurrido exponer a un moribundo en público. Anda buscando un museo donde admitan su locura. Él mismo dice: “Un artista puede construir lugares humanos para la muerte, donde la gente pueda morir tranquilamente”, y protesta así por la agonía de las clínicas y las salas de cuidados intensivos. Este hombre quizá ha olvidado que, por mucho que disfraces a la Muerte, te mueres igualmente. Y no parece agradable. De momento, ya tiene a un voluntario, un enfermo terminal que aceptaría ser expuesto en público. Esto me recuerda a una escena de una película que les comenté unas semanas atrás: “Cuando el destino nos alcance (Soylent Green)”. Aviso: a partir de aquí y hasta el final de este segundo párrafo hay un spoiler. En dicha escena, el personaje que interpreta Edward G. Robinson acepta su muerte asistida en la empresa que llaman El Hogar, y a la que van a parar los ancianos que deciden acabar con su vida. Los responsables del centro lo tienden en la cama de una habitación espaciosa y con una pantalla al fondo. Le preguntan qué música quiere oír mientras duran sus últimos minutos. Lo envenenan. Lo dejan solo y en la pantalla proyectan la belleza del mundo antiguo, lo que los ciudadanos ya no conocen: paisajes nevados, bosques espesos, animales libres, ríos y valles, crepúsculos en el campo. El hombre muere viendo imágenes bonitas y escuchando música clásica. Pero la muerte es la misma. No hay belleza. Y esto sólo parece comprenderlo el personaje de Charlton Heston, que quiere salvarlo y sólo llega a verlo morir.
Bien, pues algunos supuestos artistas entienden así el arte. Perros flacos que se mueren de hambre, enfermos terminales que agonizan, esculturas hechas con mierda, excrementos enlatados, váteres en los que suena el himno nacional cuando se tira de la cadena… En fin, a cualquier cosa la llaman arte. A mí me parece, aunque algunos de estos artistas se ofendan, que lo que hay por el mundo es mucho jeta, mucho vago, mucho oportunista. Tomemos el ejemplo del alemán que quiere exponer a un moribundo o del tío que ató al perro. Así, todos podemos ser artistas si jugamos con la muerte (sólo hay que hacerlo dentro de las paredes de un museo): el niño que tortura a la hormiga en un parque, el hombre que echa insecticida a un mosquito y contempla cómo cae a plomo, el chaval que le quita las alas a la mosca, el torturador al servicio de la dictadura que emplea métodos refinados. Que los pongan a todos juntos en una carpa y ya tenemos un museo, pero un museo de horrores.

martes, abril 22, 2008

Mañana, en Madrid: Fnac / Hank Over / La Noche de los Libros


JOAQUÍN SABINA y LUIS GARCÍA MONTERO
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19:00h.
Lectura poética y firma de ejemplares de A vuelta de correo. Sabina epistolar y La vista cansada.
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RESACA/HANK OVER
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21:30h.
Presentación del libro y gran fiesta de homenaje a Charles Bukowski, con lecturas, documentales, cuentacuentos, performances y actuación de Ángel Petisme.
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NAJWAJEAN
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23:30h.
"Till it breaks"
Presentación del disco y actuación en directo.


[Nota: No hay confirmación de los autores que estarán en la presentación de Fnac. Pero se espera que: Patxi Irurzun, Vicente Muñoz Álvarez y Constantino Bértolo hablen del libro; Ángel Petisme toque unos temas; Kike Babas y Roxana Popelka hagan sendas performances; se proyecte un corto de Nacho Abad de 3 minutos de duración; algunos poetas reciten en solitario (David González, Ana Pérez Cañamares…); se lleve a cabo la lectura colectiva de un poema de Charles Bukowski (en el que se espera la participación de Kike Babas, Kike Turrón, Roxana Popelka, Lucas Rodríguez, Sofía Castañón, Ana Pérez Cañamares, Javier Marroquín, Patxi Irurzun y José Angel Barrueco); y está la incógnita de si otros autores llegarán a tiempo desde sus respectivas ciudades: Ignacio Escuín, Alfonso X. Rabanal…; finalmente, firma de libros].

Poemas de la era nuclear, de Óscar Hahn


Es asombrosa la trayectoria de Bartleby Editores en la publicación de poesía. Echen un vistazo: Sharon Olds, Billy Collins, Antonio Gamoneda, Raymond Carver, Tess Gallagher, David González, C. K. Williams, Jack Kerouac, Félix Grande, Ryszard Kapuscinski, Ángel González, W. H. Auden... Y lo que vendrá, sea en poesía o en prosa: Denise Duhamel, Sylvia Plath, Haroldo Conti, John Steinbeck, Nial Williams, Robert Hass...
Esta antología me ha permitido conocer el trabajo del chileno Óscar Hahn. El libro reúne poemas muy buenos y poemas extraordinarios, entre los que hallamos una enriquecedora variedad de temas. A veces son las guerras y holocaustos y exterminios los que le preocupan, con alusiones a los soldados muertos, al nazismo, a Hiroshima, a las ciudades arrasadas por el fuego y convertidas en ceniza, en versos de denuncia social. A veces, el protagonista del poema se convierte en un fantasma que está cerca de la mujer amada, en forma de sábana o de sueño o de toalla. Quizá a algunos lectores les sorprenda (pero seguro que les agrada) que un autor nacido en 1938 sea capaz de dar forma a poemas donde no falta el rock (Hotel California, John Lennon, Nirvana, Elvis), o las nuevas tecnologías (véase Esperando tu email), o el 11-S (Dominó, Torres Gemelas), o el amor que se pierde para siempre o el embrujo de las lolitas en el hombre mayor y cómo éste se ve envejecer en el rostro de las estrellas de Hollywood que se marchitan y arrugan. Este poemario es imprescindible y me resulta difícil escoger un poema. En días sucesivos iré colgando algunos más, y también pondremos alguno en Hank Over:

EN LA TUMBA DEL SOLDADO DESCONOCIDO

Con qué alegría marchan los hombres a la guerra
Con qué entusiasmo limpian y cargan sus fusiles
Con qué fervor cantan sus himnos de combate
Con qué ansiedad toman su puesto en la trinchera
Con qué inquietud oyen el ruido de las bombas
Con qué insistencia silban las balas en el aire
Con qué lentitud corre la sangre por su frente
Con qué estupor miran sus ojos el vacío
Con qué rigidez yacen sus cuerpos en el barro
Con qué premura son arrojados en la fosa
Con qué rapidez son olvidados para siempre

Historia para recordar

La mujer de uno de mis amigos está a punto de dar a luz a un niño. Él es uno de tantos habitantes zamoranos que acabaron emigrando: primero a Barcelona y luego a Madrid. A pesar del embarazo, ambos compraron con antelación las entradas para el directo de Vetusta Morla en la sala Joy Eslava de Madrid, donde la banda presentaba su disco “Un día en el mundo”. Yo también tenía mi entrada y nos juntamos unos cuantos para ir al concierto: varios colegas viajaron ex profeso desde Zamora para no perderse el acontecimiento. Mi amiga, embarazada, decidió que acudiría sin miedo a la Joy Eslava. “Eso es echarle huevos”, decíamos todos. Sí, y eso la convierte en una auténtica fan del grupo. No creo que muchas embarazadas se atrevan a desplazarse desde las afueras al centro de la ciudad cuando les queda poco para tener a su bebé. Y creo que pocas deciden ir a un concierto. No obstante, no había problema: una de nuestras amigas es médico, y vino al directo, así que también bromeamos al respecto. “Imagínate que se pone de parto allí mismo”, decíamos. “El niño vendría al mundo oyendo música buena”, apuntábamos. La educación musical es más importante de lo que muchos creen.
La sala se llenó. Habían vendido todas las entradas tiempo atrás. Me parece que el aforo ronda las mil quinientas personas, más o menos. Nosotros bajamos a lo que se conoce como pista de baile. Justo frente al escenario. Mis amigas se quedaron en la parte de atrás, sentadas en los sofás, protegiendo a la embarazada (con demasiado peso para ver el directo de pie). Además, corría el riesgo de los clásicos empujones. Desde aquellos sofás no se veía nada, pero se oía todo. Es mejor que nada. Es mejor que no ir al concierto. Alguien dijo: “Parece que el niño se mueve”, como si disfrutara con la música de Vetusta Morla. Pues claro. Desde el seno materno ya saben lo que es bueno. Para calentar al público abrió Hyperpotamus, que da nombre a un músico que a la vez es cómico y showman: le basta con la voz, una grabadora y varios micrófonos.
Cuando salió Vetusta al escenario hubo ovaciones y mucho entusiasmo. Creo que por allí sólo había un tipo con cámara. Aparte de él dudo que hubiera periodistas para recoger el evento: probablemente estaban muy ocupados informando aún del omnipresente libro de Zafón. Lo digo porque no he visto reseñas del directo en la prensa; aunque ya sabemos cómo funciona esto: el personal informa dependiendo de la fama de los artistas. Pero Vetusta Morla posee un público fiel que va aumentando día a día. Por eso se llenó la Joy Eslava y por eso ofrecieron uno de sus mejores conciertos, al que sólo se podría reprochar que el volumen estuviera un poco más bajo de lo que nos hubiese gustado, de lo cual la banda no tiene culpa. Fue uno de esos directos impecables donde todo el mundo es seducido por el grupo, donde la gente se sabe las canciones, donde el público interviene en los coros si lo pide el vocalista. Hubo lugar para las risas y para la emoción, para agradecimientos y para variaciones de algunos temas (el final de “La marea”, por ejemplo), para el espectáculo final de luces y pompas de jabón y una aparición inesperada (la de Jairo Zabala, cantante y guitarrista de Vacazul). Me sentía como en casa, allá en la pista, pues escucho a menudo sus canciones mientras escribo o leo la prensa. Algunas veces pongo el disco original y, otras, me basta con oír los temas colgados en su web de MySpace. A todos los entusiasmos y satisfacciones que se llevó la banda con el calor y la entrega del público habría que sumar la historia de una mujer embarazada y próxima a dar a luz que acude a oírlos. Ese, creo yo, es su mejor premio. Y una historia para contarle algún día al hijo de mis colegas.

lunes, abril 21, 2008

La Noche de los Libros / 2008


Por fin se han decidido a actualizar la web. Se puede encontrar toda la información sobre La Noche de los Libros de Madrid, el miércoles 23 de abril, pinchando aquí.

Otro cartel de The Spirit


Sábado, en Valencia


Cuelgo el cartel con varios días de antelación, por si alguien quiere preparar el viaje y acercarse a Valencia este sábado. Pinchando en la foto para ampliarla, puede verse la estupenda nómina de poetas que intervendrán en el recital poético "Naufragio en los bares", entre ellos muchos amigos a los que deseamos suerte. [Gracias a Kebran por el aviso].

97

Me entero de la existencia de un programa llamado “Las gafas de Angelino”. Nunca lo he visto y creo que es de marujeo. Me basta con el nombre; te lo repito: “Las gafas de Angelino”. Bien, y ahora, ¿quiere alguien explicarme en qué cojones de país vivimos?

¿Efectivo o con tarjeta?

Pertenezco a ese grupo de personas, creo que cada vez más reducido, a quienes les gusta llevar efectivo en la cartera y no tener que pagar en los comercios con tarjeta. Una cosa es que me guste y otra muy distinta es que pueda hacerlo. Hace unos meses fui a uno de los cajeros de la plaza del barrio donde suelo sacar dinero y comprobé que a partir de ahora me cobraban comisión. Ya lo sabía porque la información del banco (Caja Duero) me llega puntualmente al buzón en su sobre, pero lo había olvidado. Esos cajeros junto a la plaza y junto a la salida del metro, por cierto, provocan cierta aprensión en los amigos y familiares que me visitan. Siempre que paro allí, los que me acompañan miran por encima del hombro y desconfían. Es lógico: por ese entorno pululan los vagabundos alcohólicos, alguna gente del lumpen y demás ralea que despierta suspicacias. Pero jamás me ha ocurrido nada. Ni siquiera se me ha puesto nadie junto al cajero, como a veces hacen algunos pedigüeños en la taquilla de ciertos cines y teatros de Madrid, para rogarme que le dé un billete.
Volvamos a la comisión. En los cajeros a los que solía acudir, que eran muchos y situados en diversos puntos estratégicos de la ciudad, no me cobraban nada. Ahora hay comisión, y oscila dependiendo de la entidad bancaria. Creo que lo máximo que me cobran son dos euros y cincuenta céntimos. Que no es poco. Alguna vez, cuando no te queda otra alternativa y se trata de una emergencia y en el local donde necesitas comprar algo no aceptan tarjeta, se puede hacer una excepción. Dices: “Por esta vez, casco las dos gambas y media. Pero será la última”. Y debe ser la última. De lo contrario, si cada vez que vas al cajero te pules casi tres euros, en unos meses se te ha ido una buena pasta. A mí esta circunstancia me revienta, porque me obliga a buscar cajeros por la ciudad y nunca los tengo a mano. Ya digo que me gustaba llevar billetes y monedas en los bolsillos. Aunque sólo sea para las nimiedades como el pan, el periódico, una revista, o una Coca-Cola de máquina. Lo cierto es que tardé años en abrirme una cuenta corriente (tampoco era necesario, dada la irregularidad de mis ingresos, por aquel entonces), y guardaba mis pocos ahorros en un cajón. Y juro que, si hubiera tenido la posibilidad de esconder la pasta debajo de una baldosa del cuarto de baño de los antiguos pisos que habité, lo hubiese hecho. La otra tarde quise comprar libros en algunas de las librerías del barrio y no aceptaban tarjeta y me tocó ir hasta La Latina. No queda muy lejos, pero tampoco está a mano. El otro cajero de mi banco que me queda más cerca está en la parada de metro de Sol. Dentro. Y cuando digo dentro me refiero a que hay que meter el ticket. A que, si quieres sacar efectivo de los cajeros, tienes que entrar hasta el fondo, gastarte un viaje.
Alguien dirá que por qué no saco suficiente cantidad para que me dure unos días. Y entonces le contestaré que nunca hay dinero suficiente. Eso lo sabe cualquiera, siempre se evapora de las manos en cuanto salimos a la calle (la sociedad prepara esa trampa y nosotros caemos con gusto en ella), y más en una ciudad como Madrid, donde casi te cobran por respirar su aire viciado. Lo saben los niños, lo saben los mendigos, lo saben los peces gordos. Sacas unos cuantos billetes, pero al poco se acaban. Surgen imprevistos, te llama alguien para tomar una caña, gastas la calderilla en el pan y en la sal. Así que, de algún modo, vuelvo a estar como al principio, como hace años: sin un chavo en los bolsillos, pero al menos con una tarjeta a mano.

domingo, abril 20, 2008

Portadas exquisitas


Miss Misery: A Novel, de Andy Greenwald. Inédita en España.

Suplantaciones

Me contaba días atrás una amiga poeta lo que le había sucedido en la red. Plagio. Hizo alusión al plagio en uno de sus correos electrónicos y le pregunté qué había pasado. Me respondió que, en MySpace, encontró a una mujer que había creado una página suplantando su identidad. Esta poeta utiliza un pseudónimo muy original y sus poemas son puro fuego, una patada a lo establecido, algo salvaje y directo como un gancho a la mandíbula, y suele colgarlos en su blog (su obra es inédita; dejará de serlo en breve), así que la impostora abrió una página de MySpace, colgó los poemas de mi amiga e incluso utilizó su foto, que también circula por la red. Para resolverlo, tuvo que amenazar con denunciarla. Parece que la historia ya ha acabado.
Le dije que, en el fondo, era para sentirse halagada: aún no ha salido su primer libro en solitario y ya la plagian, le quieren robar los poemas y su foto, suplantarle la identidad, imitarla, copiarla. Pero claro, eso, también en el fondo, no deja de ser una faena de las grandes. Porque la gloria se la llevan otros. Se la lleva el impostor. Estoy convencido de que en internet se multiplican los plagios a la velocidad de la luz. Es difícil evitarlos, aunque Google ayuda mucho. Por ejemplo, cuando alguien quiere darse pisto colgando una cita que parece que se le ha ocurrido a él, sólo hay que teclear esa cita en Google y el buscador da con ella, si pertenece a otro, y cazas rápido al impostor. Además, llama la atención la cantidad de identidades suplantadas que hay en MySpace. Cuando abrí mi propio espacio en esta página, para probar el invento al que aún no he cogido el tranquillo y para evitar posibles suplantaciones de algún chiflado, observé una sección en la que los administradores responden a lo que suelen denominarse “Preguntas frecuentes” en algunos dominios de la red. Una de las preguntas, con su correspondiente respuesta, era esta: “¿Cómo podemos eliminar un perfil falso de un profesor/miembro de la facultad?”. Otra de ellas, la siguiente: “Alguien está fingiendo que soy yo: ¿qué puedo hacer?”. Y una más: “¿Cómo puedo informar de una infracción del copyright?”. No estoy muy al día de lo que sucede en el entorno de MySpace, pero esas preguntas y sus respuestas nos sugieren que cuando el río suena, agua lleva. Que no sería raro que un tercero fingiera ser su profesor de matemáticas abriendo una página para ridiculizarlo de alguna manera. Que no sería raro que otro tipo te robara tu material e inaugurase una web con ese contenido. Yo suelo vagabundear mucho por Google, pero de momento, y que yo sepa, la gente se porta bien conmigo: aluden a la fuente, ponen el nombre o un link, etcétera.
Esto de las suplantaciones se entiende mejor si uno busca a los más famosos del planeta. Una vez encontré el MySpace de Johnny Depp, y como considero que es uno de los mejores actores de su generación, un tipo culto e inteligente, leí por encima su perfil. Luego me dio por buscar su nombre y asociarlo a MySpace, y lo cierto es que existen un montón de Depps en MySpace, todos haciéndose pasar por el actor. No sé la fórmula exacta para evitarlo. Aunque en MySpace te piden tanta información para cazar a los copiones que es fácil pillarlos. Recuerdo un caso curioso que se dio en un blog, hace tiempo: alguien se inventó que era el escritor y crítico Rodrigo Fresán. Luego se descubrió que no era él. El propio Fresán envió una nota de prensa. Detrás del impostor había un frustrado. En un artículo al respecto, escribía Vicente Luis Mora con acierto: “Es el problema de los escritores fracasados, y de los fracasados en general: necesitan vivir las vidas de los otros, insultándolos o remedando su obra”.

sábado, abril 19, 2008

Cartel de The Spirit



The Spirit: My City Screams

Creatura nº 28



Para saber el índice de contenidos del número de abril os emplazo a este post de Kebran, que se ha pegado la currada: aquí. O en el Creatura Digital. Gracias, colegas. [Sugiero, especialmente, echar un vistazo a las portadas censuradas de discos míticos; para flipar].

Hoy, en Madrid


Protesta vecinal

Me he enterado de la protesta del otro día en mi ciudad, Zamora, a las puertas del Ayuntamiento. Unos doscientos vecinos pidiendo que no se construya un parking en la Plaza del Cuartel Viejo. Probablemente me he enterado tarde, pero no se puede estar en todo y a veces no doy abasto. Estoy de acuerdo con ellos. Con quienes protestan, digo. Aunque debemos reconocer que la política funciona así: el personal vota a tal o cual partido político, y luego ese partido se encarga de hacer lo que no le gusta al pueblo; con el tiempo, la afrenta se olvida y el personal vuelve a votar a ese mismo partido, que vuelve a hacer lo que no le gusta al pueblo; con el tiempo, etcétera: se harán cargo del factor “pescadilla que se muerde la cola” en este asunto.
De esos votos no tienen culpa todos los ciudadanos. Yo me sumo a la protesta de los vecinos de la Plaza del Cuartel Viejo, que no quieren un parking allí, y me sumo por una razón muy simple: durante unos años viví en esa plaza, y de algún modo aún la siento como mía, como parte de algo que tuve, de mi pasado, de mis andanzas, de mis vivencias, llámalo X. Ahora, cuando vuelvo a la tierra una vez al mes, ya no habito el piso de la Plaza del Cuartel Viejo. Pero da igual. Cuando paso cerca de allí, o cuando la atravieso, o en las tardes grises en que me da por recordar otros tiempos, pienso en la plaza con deleite. Por entonces, cuando vivía en uno de los edificios del Conjunto Viriato, me sentía bien pertrechado: la copistería donde mis vecinos y colegas del colegio me hacían las fotocopias con eficacia y rapidez, dos kioscos a ambos lados del portal, el supermercado a tiro de piedra, el piso donde vivió una pareja de amigos que me invitaban a comer los sábados, la papelería donde surtirme de bolígrafos y discos para el ordenador, la tienda de informática donde su dueño me reparaba el pc con mucha diligencia porque sabía que era mi herramienta de trabajo, la emisora de Radio Zamora a la que iba cuando tocaba tertulia literaria en las ondas, San Torcuato a un paso y al otro la Plaza de Alemania, el estudio que tuvo mi familia, la cabina de teléfonos donde perdía las perras antes de tener un móvil, las cafeterías donde a veces iba a tomar un té o una cerveza. Y podría seguir. Con esto quiero decir que ese es un lugar reconfortante y entrañable, o entonces así me lo parecía. La plaza y sus alrededores son como un pueblo en miniatura, por eso mismo: por la ventaja de tener kioscos, cafés, supermercados, tiendas. A mí me gustaba el pequeño parque. Hasta que un día llegaron las máquinas, arrancaron casi todos los árboles y pusieron un parque ridículo. Lo que sobrevive es lo que hay, pero sin duda es mejor que nada. Es mejor que un parking.
Ahora pretenden meter otra vez las máquinas por allí. Quitarán los pocos árboles que quedan en pie y los sustituirán “por grandes jardineras de hormigón para plantar otros” y abrirán un parking con tres plantas, o sea, lo de siempre, descuartizar la naturaleza y alterar la tranquilidad de los vecinos para hacer caja. Digo la tranquilidad de los vecinos porque temen que la construcción afecte a la estructura de los edificios, pero también por el engorro que supone el tiempo de obras y de polvo y de molestias para los vecinos y los comerciantes. Por otro lado, es curioso que una ciudad como Zamora tenga tanto tráfico, tanta necesidad de aparcamientos subterráneos y tantos atascos en fin de semana, a pesar de la ventaja que tienen los ciudadanos de ir a todas partes caminando, lo cual es un lujo. La Plaza del Cuartel Viejo, pese a su carácter de embudo al que van a parar los coches, es un lugar agradable, sencillo, tranquilo. Y de nuevo quieren alterarlo. Un cuento que ya me conozco.

viernes, abril 18, 2008

Peleando a la contra


en estas 4 paredes, de Javier Das



Tipos como Javier Das logran que aún mantenga la ilusión por la literatura, casi extinguida (la ilusión) por culpa del podrido mundillo literario. Poetas jóvenes que no se arredran y siguen escribiendo a pesar de los golpes. Que se autopublican un poemario (y puedo decir que le ha quedado un volumen mucho más digno que los que te venden numerosas editoriales) y lo llevan ellos mismos a las librerías. Que le echan huevos al asunto. El libro, por cierto, se puede encontrar al final de este post de Kilómetro 0.

A mí me lo recomendó Kebran, me dijo: "Compra el poemario de Javier Das. Ese chaval es muy bueno". También había leído algunos poemas suyos, que colgaba David González en su blog cuando el libro permanecía inédito. Javier Das, a quien aún no conozco, es un poeta que habla de los temas que más me interesan, los que de verdad importan: la calle y la familia, la vida y la muerte, la soledad y el amor, la escritura y el vacío por la ausencia de un ser querido (en este caso, el fallecimiento de su padre). Lucha a golpe de tecla, está "enfermo de poesía", se mantiene siempre en guardia. Vamos con un poema:

5 DE ENERO DE 2001

Hace más de seis años
vi morir a mi padre
en una cama de hospital.

Y no hubo música,
no hubo ninguna canción triste,
no hubo espectadores
con lágrimas.

Porque
cuando ves la muerte
tan de cerca
te das de bruces con la vida real.

Y es más jodido
que cualquier cosa,
porque nunca
puedes entenderlo,
nunca te respondes
a todas esas preguntas.

Lo curioso
es que desde entonces
casi no he escrito sobre ello.

E incluso he tenido momentos
en los que he creído
comprenderlo y aceptarlo.

Pero en cambio,
un día,
te das cuenta de todo
lo que le echas de menos.

Y piensas en todo aquello
que podrías haber compartido,
en todo lo que te podría haber enseñado.

Piensas en toda esa música
que le habrías enseñado,
en todo lo que habríais vivido juntos.

Y es cuando caes en la cuenta
de que aún no ha pasado
el tiempo suficiente.

Aún sigues preguntándote
el por qué
de aquella vez.

Porque
es como empujar
la primera ficha del dominó.

Y hay que levantar
todo de nuevo.

Tienes
que caminar mucho tiempo
sin echar la vista atrás.

Hay que seguir adelante.

Y puede que no siempre sea fácil,
no siempre nos valemos
yendo solos.

Así que tal vez
jamás llegué ese momento
en el que nada importe.

Tal vez no deje de ser
una rueda que girando
de vez en cuando
te golpea
y te recuerda que te duele.

Portadas exquisitas


Husband of a Fanatic: A Personal Journey Through India, Pakistan, Love, and Hate, de Amitava Kumar. Inédito en España.

96

En Semana Santa recibí un correo electrónico de Pello Biain, un profesor que tortura a sus alumnos obligándoles a analizar mis artículos. Es probable que me odien, pero no importa. Lo que importa son los e-mails reconfortantes que Pello me envía en vacaciones. El último, el mejor. Un telegrama: “Hola, JAB. Stop. En octubre nació Paulo, nuestro segundo hijo. Stop. Tengo menos tiempo para leerte, pero cuando Paulo no duerme y yo me desvelo, aprovecho para visitar tu sitio. Stop. A esas horas tan tempranas, cuando todo el mundo duerme y está ausente, tus palabras me suenan más risueñas y sinceras, incluso me parece que han sido escritas en exclusiva para mí. Stop”. Y eso es sólo el principio, una muestra que remata con “Aunque no te escriba, sigo estando aquí. Stop. Un fuerte abrazo. Stop”. Y eso, muchacho, es lo que importa. Que tipos como él sigan estando ahí, al otro lado.

Mañana, en Madrid


Vetusta Morla en la Joy Eslava. Presentación del disco Un día en el mundo. A partir de las 20:30 h. Sé que las entradas se agotaron hace tiempo y este aviso no tiene mucho sentido salvo para decirte que, si vas por allí, nos veremos dentro.

Dos años en la cárcel

Sorprende la frivolidad con la que algunas personas hablan cuando les colocan la alcachofa debajo de la boca y les piden alguna declaración sobre un tema polémico. En casa estaba encendida la tele y hablaban del tal Julián Muñoz. No sé ni qué programa era porque no estaba prestando atención. Tampoco sigo la vida de Julián Muñoz ni me interesa nada de él ni de lo que me puedan contar. Pero la persona que salía a la calle a entrevistar a los transeúntes, a gente anónima, preguntaba: “¿Qué le parece que le hayan concedido un permiso penitenciario a Julián Muñoz?”, y sentí curiosidad por las respuestas del personal y me puse a verlo.
Cuando le hicieron la pregunta a una señora en cuestión respondió que así cualquiera, que la justicia funcionaba fatal, y que eso lo podríamos hacer todos, que cualquiera podría dedicarse a robar dinero y hacerse rico si sólo pasabas dos años en la cárcel y después podías salir de permiso. Así cualquiera, decía. La respuesta me parece de una frivolidad intolerable. Algunas personas ignoran de qué va la vida. Algunas personas no tienen ni idea de lo que se cuece tras los muros de una prisión. Creen que la cárcel son unas vacaciones, pero a la sombra. Que te pegas dos años rascándote la barriga en la celda, leyendo, haciendo tus cosas, y que luego sales de allí contento y con ganas y tiempo de disfrutar del dinero robado. Como si el tiempo en prisión fuera lo mismo que quedarse en casa una temporada, sin salir y haciendo la compra por internet. La típica señora que no sabe de qué van estas cosas. Y creo que algo del tema sé yo. Conozco gente que ha estado o aún está a ambos lados de la cancha de juego, por decirlo de alguna manera: detrás de los barrotes y delante de los mismos, siendo vigilado y vigilando, preso y funcionario. Lo que te cuentan unos y otros no es agradable. Ni siquiera aunque seas un privilegiado, uno de esos peces gordos que viven mejor que el resto de los prisioneros. Ni siquiera así merece la pena una estancia carcelaria. Es algo que no tiene precio. No hay millones que puedan pagar una temporada a la sombra. Sin hacer nada de lo que te gusta: ir de compras, pasear, meterte en los bares, frecuentar cines y teatros, ver a la familia, viajar por ahí, bañarte en la piscina y en el mar. Ser una persona más o menos libre, en definitiva (la sociedad ya se ocupa de que no seamos libres por completo, con sus engaños, sus hipotecas, sus mentiras, nuestros hábitos y nuestras responsabilidades). Pero al encierro hay que añadir el resto. Los presos que te buscan las vueltas. Los tíos que te amenazan. Esquivar a quienes puedan tener un pincho. Compartir celda con un desconocido. Defecar en la misma habitación que él. Soportar sus ventosidades y los olores varios. Comer junto a un montón de gente. Ver la vida a través de una ventana, día tras día y tachando fechas en el calendario, con el tiempo pasando despacio, muy despacio, mientras sueñas con lo que hay fuera y eres consciente de todo lo que te estás perdiendo, porque la vida en el exterior sigue sin ti y a pocos les importa que tú te lo pierdas.
Eso, señora, es la cárcel. No me gustaría pasar ni un solo día, ni una noche, allí dentro. No hay dinero suficiente. Porque, si sales vivo de prisión, la experiencia te dejará marcado para siempre. Como les ocurre a los soldados y policías que ven a los primeros muertos: desde entonces nada es lo mismo. Que se lo digan a las dos modelos argentinas que han pasado un año y pico en una cárcel española, esas dos chicas a las que su manager escondió droga en las maletas. “He perdido año y medio de mi vida”, dice una de ellas. Ese tiempo no se recupera. Ni la herida cierra.

jueves, abril 17, 2008

Sitio dedicado a John y Dan Fante


Una página muy recomendable sobre John Fante y su hijo Dan Fante: en inglés y en italiano.

Harold Lloyd: Colección Definitiva



La próxima semana sale a la venta esta maravilla. Un pack con cortometrajes y películas de uno de los genios del cine mudo. Sus persecuciones, huídas y batacazos son legendarios. Y su expresividad. Y su catadura de antihéroe con gafas y sombrero.

Sucede en un instante

Sucede en un instante;
de pronto te das cuenta
de que la juventud se ha ido,
de que ya no eres joven.
¡Visto y no visto!
Ahora estás listo para reírte
de tu pasado,
aquellos dramas que no eran
sino comedias de poca monta,
ridículas tragedias que te hacían
clamar al cielo y maldecirlo
y que al final resultaron ser teatrillos
de mediocres titiriteros.
Las manecillas del reloj se han vuelto
locas, el cielo se ha llenado de nubes
y mordisqueas los restos de pizza
de la noche anterior, en la cocina,
mientras tus ojos, divertidos,
miran las gotas de ese grifo
que nunca arreglarás,
porque es tarde
y lo sabes.


Pablo G. Bao, Revista Ex Libris nº 6 (aquí)

En los días malos

En los días malos (¿quién no los tiene de vez en cuando?) pienso en quienes tienen menos suerte que yo. No voy a hablarte de niños que se mueren de hambre en el Tercer Mundo, sino de cosas más cercanas, de algo más próximo a mí, de gente con la que puedo identificarme de alguna manera, de tipos que morirían por las letras, de hombres que se la juegan en cada línea, de dos de los mejores amigos que he hecho en estos últimos años. Leales, sinceros, humildes, entregados a la amistad.
David González es uno de ellos. Apenas gana un céntimo con la poesía, pero ahí sigue, contra viento y marea, publicando un libro al año, levantándose a horas intempestivas, cuando aún no ha amanecido, sólo para escribir. Y, probablemente, para perder en su lucha contra el sistema. De sus madrugones tengo pruebas sobradas: a veces recibo correos electrónicos suyos, escritos a las seis y pico de la mañana para contarme esto y lo otro. Tiene un pasado carcelario, y eso es algo que jamás le perdonará la sociedad; tampoco sus enemigos. Tiene un presente turbio, honesto, furioso, rebelde, plagado de polémicas y enfrentamientos. Recibe golpes a diario, los golpes que recibimos todos (pero, por alguna razón, a él se los dan con más saña): rechazos editoriales, críticas vengativas, acusaciones anónimas, ninguneos, insultos varios en los blogs. Y, sin embargo, se levanta siempre de la lona, como un Rocky Balboa asturiano con puños repletos de poemas (a Rocky no le importaba ganar la guerra, sino aguantar cada batalla con dignidad). Se levanta y vuelve a recibir y vuelve a caerse, pero se incorpora de nuevo. Cada poco intenta renunciar a la poesía, no a escribirla, sino a publicarla y promocionarla, y también pierde porque la poesía es más fuerte que él y lo vence. Ha descubierto más poetas y escritores españoles que varios editores juntos. Es así. Me encuentro sus recomendaciones y sus prólogos por doquier. No le hace la rosca a los que están arriba (costumbre de tantos trepas), sino que apoya a los que están abajo. Luego, con el tiempo, algunos no le pagan con la moneda de la amistad, sino con el olvido. Él lo sabe y sigue peleando a la contra.
Vicente Muñoz Álvarez es otro de ellos. Lo conocí gracias a David. Vicente Muñoz se dedica a vender zapatos y a escribir poesía. Alimenta dos necesidades básicas del ser humano: zapatos para los pies, poemas para los ojos. Refuerza los pies y el alma. De vez en cuando tiene que dejar la pluma, abandonar los versos y los cuentos y las novelas y volver a la carretera. Estos días me escribe cuando puede, desde algún ciber de Gijón o de Oviedo o de donde sea. Me escribe pequeños e-mails, en los que me habla de los agobios del trabajo, con su furgoneta on the road, viajando, deprimido y solitario: “Agobio, lluvia y depresión”, dice. Como escribió Patxi Irurzun, está “atrapado en un cuento de Buk, con su furgoneta bajo el aguacero, vendiendo zapatos de ciudad en ciudad”. De vez en cuando recala por mi tierra, por Zamora, a vender calzado por la Calle Feria y sitios así. Y yo le recomiendo que vaya a comer al Bambú y a la zona de pinchos de su entorno. David y Vicente. Ellos lo tienen peor que yo, porque yo logré escribir a diario en un periódico y eso es tener mucha suerte. Pero también tuve un pasado. Cuando lo digo, la gente se ríe o no se lo cree, y mis amigos lo han olvidado. Yo no lo olvido: tiempos de telarañas en los bolsillos, de trabajar en periódicos y revistas que no me pagaron, de ser camarero y pinchadiscos hasta las siete de la madrugada mientras mis colegas se emborrachaban, de cortar entradas a la puerta de un cine, de trabajos esporádicos en la carretera o en un hipermercado.

95

Paseo por el entramado más laberíntico de Lavapiés: olor ácido a sudores, carteles de tiendas en chino, vendedores argentinos bebiendo mate, jaleo de compradores y corrillos de compadres, sol en las aceras y ropavejeros. En la Calle Embajadores, una pintada que dice: ANTES MUERTAS QUE SUMISAS.

miércoles, abril 16, 2008

Portadas exquisitas


Librería Oriental


Una de mis librerías favoritas de Lavapiés ya tiene nombre y página web, para contactar con el local y conocer su ubicación. Está especializada en el mundo oriental, pero tiene un buen surtido en Cine, Poesía, Cuento, Novela y Teatro. Yo he encontrado allí varias joyas. Aquí.

The Savages



Carteles de la película de la que hablo en el artículo de abajo, o en enlace directo, aquí. Por cierto, el primer cartel es obra del célebre dibujante Chris Ware.

Familia

¿Qué hacer con un hombre o una mujer cuando envejecen y ya no pueden valerse por sí mismos porque enferman? Esa es una de las preguntas que se plantea una película demoledora que vi el otro día, “La familia Savages”. ¿Qué hacer cuando te avisan por teléfono, en la madrugada, y te cuentan que el progenitor al que hace siglos que no ves y con el que te llevabas mal ha enfermado y se ha quedado solo, que padece demencia senil y juega con sus excrementos y no sabe por qué? ¿Lo atiendes personalmente? ¿Lo instalas en tu casa? ¿Lo llevas a un asilo? ¿Te despreocupas y pasas de todo y le envías la pelota a un tercero?
Vi la película el pasado domingo, porque no encontré hueco para ir otro día. Cada vez me revienta más pasar un domingo en el cine. La gente entraba con la película ya empezada, arrastrando cajas de palomitas, cajas grandes como ataúdes. Entraba haciendo ruido. A nuestra derecha, dos mujeres devoraban palomitas y hacían ruido con la caja. A nuestra izquierda, dos chicas devoraban palomitas y hacían ruido con la caja y a veces le daban patadas a las bolsas de cartón que habían traído consigo, y se les caían las cotufas y se alumbraban con el móvil. A pesar de este infierno, y de que tardé diez minutos en concentrarme y olvidar el mundanal ruido, “The Savages” me dejó molido. En la misma fila estaban Javier Rioyo y su mujer, a quienes no conozco. No sé él, pero yo salí destrozado de la película. Porque habla de la vida y de la muerte, de envejecer y enfermar y morirse. Habla de la familia y de los lazos de sangre. Y lo hace con una honestidad impagable, con un argumento sencillo. A un anciano se le muere la novia (está divorciado) y él empieza a padecer demencia. Se queda solo. Los familiares de la novia, que gastaba unos ochenta años, llaman a sus parientes. Dos hijos, escritores ambos, escritores sin suerte. Dos hermanos interpretados a la perfección por Philip Seymour Hoffman y Laura Linney (nominada al Oscar por este papel). Dos hermanos que no se llevan muy bien, pero que en el fondo se quieren, y tienen que echar una mano a un padre que les pegó en la infancia y los humilló en la adolescencia, sin creer jamás en ellos. Ella quiere alojarlo en una casa. Él prefiere meterlo en una residencia y, ante el complejo de culpa de ella, le dice: “Mira, le estamos tratando mejor de lo que él nos trató nunca”. En cierto momento del filme la hermana quiere sacar al padre del asilo y enviarlo a una de esas residencias con jardines y vistas magníficas que la publicidad convierte en paraísos. Y su hermano le habla sin tapujos (todas las citas son de memoria, así que no son fieles): “Todos estos jardines y estas vistas privilegiadas y esta belleza son sólo para encubrir el horror de ahí dentro, para disimular el terrible hecho de que la gente se muere”. “La familia Savages” presenta situaciones que nos dejan clavados a la butaca: el anciano padre en silla de ruedas, su desaliento y su agonía, la impotencia de los hermanos para comunicarse con él, la primera noche en el asilo. Menos mal que, de vez en cuando, la directora Tamara Jenkins mete algo de humor y nos deshace el nudo del estómago. De lo contrario sería insoportable.
¿Qué se hace con un hombre o una mujer cuando ya no pueden valerse por sí mismos? El filme plantea esta cuestión y la fidelidad de la sangre. La familia es lo primero. Como vemos en otro gran estreno, “La noche es nuestra”, con un hermano que debe plantearse un dilema: ayudar a los mafiosos que le enriquecen o denunciarlos porque su padre y su hermano son policías. No recomendaría “The Savages” a quienes han enterrado a sus padres. Saldrán hechos polvo, angustiados.

martes, abril 15, 2008

Próximamente










Estas son sólo algunas de las novedades editoriales que más ganas tengo de leer. Siento la baja calidad de algunas portadas, pero de momento es lo que hay. Puede encontrarse más información en las webs de sus respectivas editoriales: Melusina, Mondadori y Baile del Sol.

Los títulos y sus autores, empezando por arriba, son: Paradoxia (Lydia Lunch, en nueva traducción), Qué es el qué (Dave Eggers), Todavía no me quieres (Jonathan Lethem), La maravillosa vida breve de Oscar Wao (Junot Díaz), Habitación desnuda. Poesía 1997 - 2007 (Uberto Stabile), Marihuana para los pájaros (Raúl Núñez) y En las tierras de Goliat (David González).

A propósito de Lydia Lunch: firmará ejemplares de Paradoxia el día 23 de abril a partir de las 19.00 en la librería Watergate de Barcelona.

Demostración

las putas y los grandes poetas deberían
evitarse unos a otros:
sus profesiones son peligrosamente
similares:
desde el Imperio Romano hasta nuestra
Era Atómica
ha habido más o menos el mismo
número de putas y
poetas,
y las autoridades siempre han
intentado ilegalizar
a aquéllas
y hacer caso omiso de éstos,
lo que demuestra
lo peligrosa
que es
la poesía
en realidad.

Charles Bukowski, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta

A partir de mañana, en El Ferrol




Descargarse el programa: aquí.

Siempre hay una conexión

Cuando uno está lejos de su ciudad debe intentar construirse algo parecido. No me refiero a una réplica, a una imitación, a vivir lo mismo. Me refiero a los lugares que a uno le gusta frecuentar. Somos animales de costumbres y necesitamos algo parecido a lo que tuvimos en el pasado. Lo veo a diario, lo compruebo cada poco: muchos de los zamoranos que se fueron hace años de la provincia a buscar trabajo en otras tierras, tras un tiempo de huída y viajes, han vuelto a vivir a la ciudad. La tierra siempre tira de ti. A mí me faltan, sobre todo, los bares de Los Herreros. En Madrid, el entorno de garitos de Malasaña es una opción respetable. Muchos bares juntos, mucha juerga, muchos locales donde pinchan música de verdad, no esas cosas de “Operación Triunfo”. Buen rollo y todo eso. Pero me cansé de ir a Malasaña. Y no me refiero a la zona, ni a sus garitos. Me refiero al regreso, a la lejanía. A tener que volver a las tantas de la madrugada en taxi, que cuesta un ojo de la cara. A tener que volver andando, a través de Fuencarral, el cruce estrepitoso de la Gran Vía, Montera y sus fulanas rotas de madrugada, Sol, Tirso de Molina y, finalmente, Lavapiés.
También me cansé de ir cada fin de semana a las afueras, donde viven algunos de mis amigos. Ahora esparzo más las visitas. Se cansa uno de volver en el búho y luego a pata, o en taxi y luego caminando un trecho. Una hora de ida y otra de vuelta. Dos horas que dejas en el camino. Y el regreso a veces es divertido: das con taxistas excéntricos, ves a los borrachos tambalearse en el bus nocturno, hay tipos raros por las calles y gente de cualquier pelaje y condición. Pero son dos horas, ya digo. Y la vuelta es lo peor: estás muy cansado y no ves llegar el final. Así que ahora trato de salir más por Lavapiés. Sólo tengo que caminar unos metros y llego al primer bar. De ese al segundo sólo hay un minuto. Trato de construirme mi calle de Los Herreros particular. Ya sé que no es lo mismo: a mí me lo vas a decir, que me enamoré de Los Herreros hace siglos. Pero, de momento, puede servir. Y es como cuando vivía en Zamora: tardas apenas unos minutos en regresar a casa, andando, sin prisas, con las manos en los bolsillos. Haces tu Oca personal, tu vía crucis: de bar en bar y tiro porque me toca, que están todos a un paso y tienen mucha marcha y buen ambiente.
He vuelto al Candela. Su dueño murió y alguien lo ha reabierto. Allí siempre hay cobijo para la farra y para tomar una copa. Y no es raro que me encuentre por ahí gente conocida: personas a las que conocí en Zamora y personas a las que conocí en Madrid. Lo primero significa que el flujo de migración continúa desangrando a nuestra provincia. Lo segundo, que me estoy integrando, creo. Además, la noche depara siempre coincidencias felices. La otra noche salimos por Lavapiés unos cuantos colegas; la mitad éramos zamoranos. Los otros, de aquí y de allá: Madrid, Sevilla, y tal. Y terminamos, cuando quedábamos sólo cuatro náufragos de la noche, en un garito que se llama Dr. Resaca (muy apropiado para la celebración de aquel día). El portero era un tipo simpático y algo vacilón, y al final nos dejó pasar, aunque había bajado la trapa hasta la altura de las rodillas. Después, una vez acodados en la barra, algunos de nosotros hablamos con el portero, que entraba cada poco a echar una mano al camarero y a recoger vasos. Le dijo a alguien que tenía una casa en Sanabria, porque su abuela era de allí. Al final, vayas donde vayas, siempre hay una conexión con tu pasado. Por eso me sigue apasionando la noche.

lunes, abril 14, 2008

Portadas exquisitas


Maps and Legends, de Michael Chabon. Inédito en España.

En busca del verano

No sé por qué motivo pero vuelves.
Regresas a mis besos
de la misma manera que regresan
a sus playas de origen las tortugas:
en busca del verano.
Llegas y abres con tu llave
(aún conservo
la misma cerradura,
el rótulo en la puerta con tu nombre)
en busca de las huellas de tu ausencia,
segura de la falta que me haces.
Pero todo está en orden.
Tal vez otra mujer.
Y entonces dudas.


Vas a las cosas que sabes que frecuento:
la silla del estudio,
la mesa en la cocina y el sofá,
la luz junto al balcón justo a las doce,
el lado de la cama en el que duermo.
Pero no encuentras huellas de tu ausencia.
Ahora, te digo,
la vida es de otra forma, más sencilla.
Hay algunas costumbres que me gustan.
Me gusta ver las cosas en su sitio,
fregar con guantes,
llevar la plancha al día y levantarme
pronto, sobre las siete y media.
Ya sé que son tus cosas.


Pero creo que vuelves
mientras sigues notando que la casa
conserva todavía este orden tuyo,
aunque te duela verte en cada cosa
y ver también
que faltas en mi vida y no se nota.
Por eso yo
conservo todavía
la misma cerradura,
el rótulo en la puerta con tu nombre
y una playa virgen
al fondo del pasillo,
por si es verdad que vuelves en busca del verano.



Natxo Vidal Guardiola, Atrás no es ningún sitio (Poemas para diez mil kilómetros después)

Citas. 80

Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una vida inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries.
Michel Houellebecq, Plataforma

Calles sucias

El otro día, en el barrio, durante una conversación sobre las virtudes e inconvenientes de Madrid y también del barrio en el que vivo, yo apunté que, si hay algo que de verdad me resulta difícil soportar de la capital es su suciedad. Cuando acudo a mi tierra, a Zamora, en mi visita mensual, la limpieza de sus calles es algo que agradezco mucho (prefiero no mencionar los nuevos baldosines de Santa Clara, que se ensuciaron el primer día que los pusieron). En la capital, en cambio, llego a ponerme enfermo. La mezcla de excrementos humanos y animales, los cercos de orín en las esquinas, las vomitonas, los vidrios rotos, los gargajos gigantes y espesos, los cartones, las hojas de periódico gratuito, los panfletos que dan a la salida del metro y que casi todo el mundo arroja al suelo, las colillas y chicles, los muebles desportillados que quedan en mitad de la acera, las bolsas de basura destripadas y demás desperdicios que pueblan algunos barrios es tan sórdida que a menudo tiene uno la impresión de caminar por un infierno de podredumbre.
No sé si ya lo he dicho, pero creo que la culpa de esto reside en la educación del personal. La mala educación, citando a Almodóvar. Probablemente algunos crean que salpicando las aceras de lapos y de muebles rotos y de vidrios y de envoltorios estén luchando contra el sistema, pero no es así. Lo único que hacen, de esa manera, es entorpecer la vida cotidiana y que al caminante habitual de las calles madrileñas le dé asco pasear por ellas. Mi calle es una buena muestra de lo que digo. Salgo de casa y tengo que subir hacia el centro esquivando baldosines sueltos bajo los que hay charcos de orín, sillas y cómodas tiradas en el suelo, papeles y bolsas en las que alguien ha dejado libros viejos, maderas rotas y perchas dobladas, tengo que evitar mirar al tipo que se pone a mear la rueda de un coche o la puerta de una furgoneta como si fuera un perro. Una mañana de verano vi a un niño, en el balcón frente al de casa, que se puso a orinar en dirección a la calle. Menos mal que no pasaba nadie por debajo, porque se hubiera llevado la peor impresión de su vida si le salpica esa lluvia dorada. En el balcón inferior a ése, algunas mañanas de sábado comparece un fulano que sólo lleva una toalla enroscada a la cintura y que cada poco se asoma para echar un escupitajo al exterior. Ese mismo tío, u otro que se le parece, se asomó hace unos días a la ventana, llevaba un cepillo de dientes en la mano y escupió hacia la calle la mezcla viscosa y repelente de agua, pasta dentífrica y residuos bucales. En el suelo, en mitad de los baldosines de la carretera, quedaron las manchas blancas. No entendí la razón para que un individuo se lave los dientes y, en vez de escupir al lavabo, se esfuerce en echarlo al exterior. Alguien podría aludir que igual le habían cortado el agua, pero tenía toda la pinta de haber salido de la ducha: toalla, pelo mojado, etcétera.
Esta repulsión que padezco cuando camino por ahí se acrecienta con el calor. Al llegar la primavera y, después, el bochorno pegajoso y cruel del verano de esta ciudad, se recalienta toda la basura desperdigada por el suelo y suben los vapores. Entonces hiede mucho más a pis, a mierda y a detritus. Pasas por algunas esquinas y el olor es nauseabundo, como si acabaran de mear allí cuarenta personas a la vez. Imagino que las ratas que pueblan el subsuelo de la capital deben ser gordas como ballenatos. De esta suciedad no se libran los túneles del metro. Estás ahí, esperando al tren, y te fijas en las vías, y ves tres cuartos de lo mismo: la gente ha tirado papeles, latas, periódicos, envoltorios, bolsas.