viernes, marzo 20, 2020

La última bandera, de Darryl Ponicsán


No son los ocho durísimos años pasados en una prisión naval los que han cronificado su tristeza. Simplemente es su forma de ser. A lo sumo, el talego lo ubicó en un estado de suspensión emocional que a veces añora.

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Mientras el vehículo rueda hacia Annapolis, Billy se arrellana y dice:
-Mule, colega, ¿aún puedes darle un buen revolcón a tu reverenda los sábados por la noche?
-¿Qué clase de pregunta es esa? –tercia Meadows–. Creo que estás meando fuera del tiesto, Billy, si no te molesta que te lo diga.
-¿Por qué? Tengo curiosidad.
Mule fulmina a Billy con una mirada helada.
-A nuestra edad es una pregunta pertinente. Es posible que a ella ahora le disguste la idea… O tal vez ya esté cansada del asunto, como suele ocurrirles a las mujeres. Ellas se cansan de ello mucho antes que nosotros. No sé por qué, es como si tuvieran que hacer un montón de cosas además de aparecer por allí y acostarse. Somos nosotros los que tenemos que rocanrolear, si sabes a lo que me refiero. Somos los que tenemos que arrimar el ascua a la sardina, si sabes a lo que me refiero.
-Todo el mundo sabe a lo que te refieres, Billy –dice Mule.
-Haces que suene como algo malo.

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-Ahí está la estación de autobuses –dice Mule.
Billy entra en el aparcamiento.
-Puedes dejarme aquí mismo –sugiere Mule.
-¿Y si te pierdes? No quiero llevar eso sobre mi conciencia.
-Creo que me las arreglaré bien solo, gracias. Meadows se estará preguntando qué te ha pasado.
-Insisto en acompañarte. ¿Quién sabe cuándo nos encontraremos de nuevo?
-Tal vez nunca.
-El tiempo es así de cabrón.

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Meadows se vuelve, mira el ataúd y coloca suavemente su mano sobre él.
-Ellos lo enviaron a un desierto abandonado por Dios porque… ¿Quién sabe por qué? Ciertamente no para proteger a Estados Unidos… Ese desierto no podía hacerle nada a América. Y luego me lo devolvieron aquí dentro, con más mentiras, haciendo un espectáculo del gran héroe que era… y todos esos honores… y Arlington. ¿Todo eso era para mí? ¿O era para ellos? No voy a enterrar a un marine. Voy a enterrar a un hijo. Ya he terminado con los marines, y he terminado con la Marina. He terminado con las malditas Fuerzas Armadas. Terminó mi estancia en su talego, he terminado de administrar sus almacenes y no voy a dejar que sigan usando a mi Larry.

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Hay personas que no ven el momento de llegar a su destino; otras no pueden soportar la idea de llegar.


[Editorial Berenice. Traducción de Óscar Mariscal]     

True History of the Kelly Gang: nuevo cartel


Eduard Limónov (1943 - 2020​)


Greyhound: nuevo cartel


En Aleteia: 10 películas de las de antes para ver con niños



Cartel de The Last Vermeer


lunes, marzo 16, 2020

Desierto sonoro, de Valeria Luiselli



A mi esposo le gustaban los días que pasábamos en espacios de transición, como las estaciones de tren, los aeropuertos y las paradas de autobús, simplemente grabando sonidos callejeros y conversaciones ajenas. Yo prefería los días que pasábamos en espacios cerrados, contenidos, sobre todo en lugares como las escuelas, donde existían tantos idiomas pero confluían todos –violentamente– en el inglés.

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Nuestras madres nos enseñan a hablar, y el mundo nos enseña a callarnos la boca.

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Supongo que todas las historias comienzan y terminan con un desplazamiento; que todas las historias son en el fondo una historia de traslado: nuestra mudanza hace cuatro años; las mudanzas previas de mi marido y también las varias mías; las mudanzas, exilios y migraciones de cientos de personas y familias que habíamos entrevistado para el proyecto del paisaje sonoro; la diáspora de niños refugiados cuya historia iba a intentar documentar; y los despojos y desplazamientos forzados de los apaches chiricahuas, cuyos fantasmas mi esposo comenzaría a perseguir en breve. Todo el mundo se va, si necesita irse, o puede irse, o tiene que irse. Y al día siguiente, después de desayunar, lavamos los platos que quedaban y nos fuimos.

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Yo no llevo un diario. Mis diarios son las cosas que subrayo en los libros.

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Es imposible entender la forma en que algunos objetos triviales llegan a revelar aspectos tan importantes de una persona; y es difícil comprender la súbita melancolía que generan cuando esa persona está ausente. Tal vez lo que pasa, nada más, es que las pertenencias sobreviven a menudo a sus dueños, y por eso podemos imaginar con facilidad un futuro en el que existan las pertenencias, pero no sus dueños. Anticipamos la ausencia de nuestros seres queridos a través de la presencia material de sus objetos.

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Algunas personas, cuando sienten que su vida se ha estancado, dinamitan los puentes y comienzan de cero.

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Los eufemismos esconden, borran, recubren.
Los eufemismos conducen a tolerar lo inaceptable. Y, tarde o temprano, a olvidar.
Contra un eufemismo, la memoria. Para no repetir.

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Habían caminado, y nadado, y se habían escondido y habían corrido. Habían abordado trenes y pasado noches en vela sobre las góndolas, mirando un cielo baldío, sin dioses. Los trenes, como bestias, se habían arrastrado, abriéndose paso a través de selvas y ciudades, a través de lugares de nombres imposibles. Después, montados en este último tren, habían llegado hasta ese desierto, donde la luz incandescente plegaba el cielo en un arco completo. También el tiempo se había plegado sobre sí mismo. El tiempo, en el desierto, era un constante presente del indicativo.


[Sexto Piso. Traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli]

Amazing Stories (2020): 2 carteles



Cartel de Crip Camp


sábado, marzo 14, 2020

El último deber, de Darryl Ponicsán



Ve a Billy dormido en uno de los sofás rojos de piel sintética. Viste uniforme azul de paseo, lo que significa que pasó la noche en la playa [la ciudad], lo que a su vez puede significar cualquier cosa, aunque en el caso de Billy seguramente no signifique nada. Tres galones rojos cortan diagonalmente su antebrazo. Tres pasadores de cuatro años cada uno. Y ya va a por el cuarto. Su brazo cuelga sobre el apoyabrazos y alcanza a tocar el suelo con las puntas de los dedos, no lejos de donde descansa su gorro blanco de marinero. Junto a este hay una maltratada copia en rústica de El Extranjero de Albert Camus, y al lado una botella vertical, casi vacía, de vino Ripple. Sus ronquidos son jadeos anhelosos y entrecortados.

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-Ed ya no trabaja aquí; déjame ver tu identificación, hijo –dice el barman.
-¿A qué viene eso? –pregunta Billy.
-A que este chico no tiene los veintiuno –responde el barman, inclinando la cabeza hacia Larry.
-Mire, amigo –dice Billy–, este hombre acaba de regresar de las costas de Vietnam, donde se ha chupado nueve meses volándole el culo al Viet Cong para que usted pueda abrir su bar tranquilamente aquí, en la capital del mundo libre: ¡igual que nosotros! ¿Es que no tiene derecho a tomarse una birra, igual que nosotros?
-No, mire usted amigo –replica el camarero–. La ley dice que debo servirle a él –señalando a Mule–, y en cambio dice que no puedo servirle a él –señalando a Meadows–. Deduzca usted.
Mule interviene "por alusiones":
-Señor ciudadano barman, le diré lo que puede hacer con sus cervezas: métaselas por el culo y empuje todo lo que pueda, tal vez así sea capaz de pedorrear America, the Beautiful sin desafinar, hijoputa.

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-Solo hay una persona con la que puedes contar: tú mismo. Y si llegas a un punto en que no puedes contar contigo mismo, entonces ha llegado la hora de abatir tus banderines.

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Se levanta para irse, pero Billy toca su brazo con las puntas de tres dedos y ella vuelve a sentarse.
-¿Qué quieres? –pregunta.
-Charlotte, no tenemos sitio donde caer esta noche. ¿Podríamos quedarnos en tu apartamento?
-No lo creo.
-Tendremos que ir a uno de esos cines X de la calle 42 a pasar la noche.
-Con el resto de inadaptados. Podría ser una reunión maravillosa para ti.
-Ojalá no odiases a la gente por razones equivocadas.
-No te odio.
-Pues danos cobijo.
-Os daré dinero para las películas.
-Maldita sea, Charlotte, necesitamos una ducha. Llevamos todo el condenado día dando tumbos.
-Te reenganchaste para eso.
-Eso no significa que deba morir de B. O. [body odor: olor corporal]

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-¡Eh, cariño! –dice Billy a la chica medio austriaca–. Verás, nena, cuando alguien le llama a un tipo "negro" o "polaco" se dice que es una conducta antiamericana, ¿tú sabes, puesto que eres medio austriaca, si algo puede considerarse antimedioasutriaco?
-Date friegas de alcohol, marinero, tienes fiebre.
-Solo trataba de ser amable –dice Billy.
-Tu amabilidad no me dará de comer mañana. ¿Vamos a una habitación?
-Ya ves, Mule –dice Billy–, a esto es a lo que hemos llegado. Las cubiertas de mis libros estaban llenas de mierda. Todo el mundo prefiere ir a una habitación a ser un buen americano.
-Tacaño –le espeta la prostituta.
-Si te portas como una buena chica, te daré un morreo gratis cuando nos vayamos.
-Ya, y apuesto a que también una gingivitis. Puedo parecer una ballena, chicos, pero no soy ningún besugo. Guarda tus besos para tu novia y dame efectivo. Estoy reservando mi boca para el hombre con el que me case.


[Editorial Berenice. Traducción de Óscar Mariscal]     

Arkansas: 2º cartel


Trailer de The Artist's Wife



viernes, marzo 13, 2020

Los niños perdidos, de Valeria Luiselli



Los niños que entrevisto pronuncian palabras reticentes, palabras llenas de desconfianza, palabras fruto del miedo soterrado y la humillación constante. Hay que traducir esas palabras a otro idioma, trasladarlas a frases sucintas, transformarlas en un relato coherente, y reescribir todo eso buscando términos legales claros. El problema es que las historias de los niños siempre llegan como revueltas, llenas de interferencias, casi tartamudeadas. Son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo.

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¿Porque cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad? Cómo decir: No, no encontramos ninguna inspiración aquí; encontramos un país tan hermoso como roto, y dado que estamos viviendo en él, estamos igualmente un poco rotos y avergonzados, y quizá buscamos algún tipo de explicación, o de justificación, para estar aquí.

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Todas las historias que se traducen en la corte acaban siendo generalizaciones de los relatos personales, distorsiones; toda traducción de las historias de los niños es una imagen fuera de foco.

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Contar historias no sirve de nada, no arregla vidas rotas. Pero es una forma de entender lo impensable.

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No sé si a la larga sea más barato o más caro, pero supongo que le resulta más conveniente a los gobiernos de México y Estados Unidos invertir millones de dólares y de pesos en operativos militares, muros y drones para evitar el paso de "niños ilegales" que asumir la responsabilidad de integrar a "niños refugiados" en su sociedad.


[Sexto Piso]

Cartel de Promising Young Woman


Jungle Cruise: 2 carteles



Cartel de The Quarry


lunes, marzo 09, 2020

Festín de serpientes, de Harry Crews



El rodeo de serpientes de cascabel llevaba celebrándose desde tiempos inmemoriales, pero hasta hacía más o menos doce años se había tratado de una cosa meramente local, unos cuantos vecinos y unos cuantos granjeros de los alrededores. Se organizaba un pícnic y puede que una carrera de sacos o una competición de tiro y arrastre con caballos, y luego todo el mundo se metía en el bosque a ver cuántas serpientes de cascabel podían extraer de la tierra. Se zampaban las serpientes, bebían un poco de whisky de maíz y con eso se daban por contentos hasta el año siguiente.

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Pero la artesana más espectacular, la que lograba convocar a un público más numeroso para admirar su trabajo y la que ponía los precios más altos, era una ancianita con un gorro blanco que se sentaba en una mecedora de asiento de mimbre y se dedicaba a hacer mosaicos con los cascabeles de las serpientes. Había varios expuestos, uno, el más grande, de aproximadamente un metro cuadrado, representaba a un ciervo pateando a una cascabel hasta matarla. Había necesitado los cascabeles de mil ciento sesenta y dos serpientes para acabarlo, y la ancianita del gorro blanco, que jamás alzaba los ojos del lienzo extendido sobre el que estaba trabajando, pedía nada menos que tres mil dólares por él.

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El mundo podía carecer de muchas cosas, pero de hijoputas atontados con más dinero del que les convenía andaba más que sobrado.

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-¿Has ido últimamente a ver a tu padre, hijo?
-Sí, señor, la última vez hace apenas unas horas. Está bien. ¿Y a usted cómo le va?
El entrenador Tump escupió un largo chorro de jugo de tabaco, trasladó el bolo de una mejilla a otra con la lengua, se ajustó las pelotas y dijo:
-Me va de cine. Pero lo que en realidad quería preguntarte es cómo anda Tuff, el perro de tu padre.
-Entrenando duro, entrenador Tump, entrenando duro de verdad.
-Válgame Dios, siempre lo he dicho, a los perros de tu padre no hay quien los tumbe. Salen a pelear y no se andan con gilipolleces.
-Mi padre tiene pensado retirar a Tuff. Tiene claro que lo va a retirar y que va a ser el semental jefe, el capo de todos los pitbulls.
-Eso no lo duda nadie, hijo.

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Era su vida. Su vida era lo que le aterraba. No veía cómo iba a ser capaz de vivir lo que le quedaba. Se sentía inconmensurablemente abatido. Todo se desmoronaba. Todo se desintegraba a su alrededor, podía distinguir las grietas y los jirones.


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

Max von Sydow (1929 - 2020)


Black Widow: cartel oficial


José Jiménez Lozano (1930 - 2020)​


domingo, marzo 08, 2020

La historia de mis dientes, de Valeria Luiselli


Ésta es la historia de mis dientes. Es mi carta familiar a la posteridad, mi ensayo sobre los coleccionables y el reciclaje radical. Primero vienen el Principio, el Medio y el Fin, como en cualquier historia. Ya luego vienen las Parabólicas, Hiperbólicas, Elípticas, y todo lo demás. Y después de eso no sé qué viene. Posiblemente la ignominia, la muerte, y más tarde, la fama post mortem: pero de eso ya no me va a tocar decir nada en primera persona.

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Así empecé a viajar. Carretera se volvió un hombre de mundo. Tomé cursos y talleres a lo largo y ancho de la República y hasta del Continente. Diríase que me volví un coleccionista de cursos: Primeros Auxilios, Control de Ansiedad, Nutrición y Hábitos Alimenticios, Escucha y Comunicación Asertiva, Creatividad Administrativa, Photoshop, Nuevas Masculinidades, Programación Neurolingüística, Diversidad Sexual. Fue una época de oro. Hasta que se acabó, como todo lo bonito y bello.

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Yo desde entonces siempre he pensado que el infierno son las personas temibles en quienes te puedes convertir un día. Ésas son las que más miedo dan.

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Carretera fue dueño de una colección de objetos inimaginablemente rica y diversa que un día iba a ofrecer en una gran subasta final. Pero la subasta nunca se hizo, por razones que detallaré más adelante. Antes, debo decir que Carretera era un hombre que amaba los objetos de este mundo. Su amor por ellos iba más allá de su valor material real; los valoraba por aquello que de algún modo, en silencio, encerraban. Desde muy chico obedeció su impulso por el coleccionismo meticuloso de todo cuanto le parecía coleccionable, desde las monedas que encontraba tiradas en las banquetas y los botones que se desprendían de las camisas de sus compañeros de escuela, hasta las uñas de su padre y el negro y largo pelo de su madre.


[Sexto Piso]

Cartel de Blood Quantum


Trailer de Lost Transmissions


En Aleteia: Revisando Contagio



The Hunt: 2 carteles



viernes, marzo 06, 2020

Cerco II. Ole, Tom Roger y Paula, de Carl Frode Tiller



Formar parte de una serie te proporciona seguridad sobre quién eres y quién vas a ser, da sentido a tu vida y, en mi opinión, esto es precisamente lo que le falta y lo que necesita gente como Jørgen, estoy convencido de que la carencia de todo esto es lo que le hace dar tantos tumbos.

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Aunque Lasse no fuera afeminado en sus gestos ni en su manera de ser, era sin duda un hombre sensible, por ejemplo, y el hecho de que se atreviera a llevar el pelo largo y a vestir de colores, y de que no pretendiera en absoluto parecer duro, fuerte o valiente, constituía una provocación para más de uno de los hombres que cada día se esforzaban por cumplir con todas las obligaciones y prohibiciones que les imponía el machismo.

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-Creo que toda la gente de nuestra edad tiene momentos así de vez en cuando –digo, volviéndome de nuevo hacia Per, tengo que darle pie–. Al fin y al cabo, estamos en esa edad en la que empezamos a darnos cuenta de que somos mortales y de que no vamos a alcanzar todas las metas que nos propusimos en su día –añado–. Mucha gente se lleva un buen palo cuando se da cuenta –continúo. De alguna manera intento ponérselo un poco más fácil normalizando lo que le agobia. Aunque no sepa exactamente qué es, no creo andar muy desencaminado.

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Intenta reconstruirme. Trata de hacerme creer que soy mejor de lo que soy. Pero no puedo más. No soporto seguir engañándome. Sé quién soy y me doy ganas de vomitar. Y me pone enfermo nuestro romanticismo de cloaca. Esta imagen que tratamos de darnos de nosotros mismos. Intentamos vernos como una de esas parejas white trash que a veces aparecen en las películas. Personas castigadas por la vida, pero que siguen adelante como buenamente pueden. Personas que a veces se hieren y se maltratan, pero que, pese a todo, se quieren más que nadie. Qué chorrada. No lo aguanto más.

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Otterøya no es un sitio muy grande, ya sabes, y la mayoría de la gente os recuerda tanto a ti como a Berit y a Erik, tendrías que haber visto cómo se entregaron a la tarea de contar historias de los viejos tiempos. De repente, personas que llevan mucho tiempo más muertas que vivas se animaron. Hablaron largo y tendido sobre las relaciones familiares, sobre el trabajo y la vida cotidiana, sobre nacimientos y muertes, sobre los buenos tiempos y los malos, sobre accidentes y tragedias, sobre el progreso y el optimismo.


[Sajalín Editores. Traducción de Cristina Gómez y Øyvind Fossan]

Trailer de Greyhound



Cartel de Antebellum


martes, marzo 03, 2020

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli


Ahora escribo de noche, cuando los dos niños están dormidos y ya es lícito fumar, beber y dejar que entren las corrientes de aire. Antes escribía todo el tiempo, a cualquier hora, porque mi cuerpo me pertenecía. Mis piernas eran largas, fuertes u flacas. Era propio ofrecerlas: a quien fuera, a la escritura.

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Las novelas son de largo aliento. Eso quieren los novelistas. Nadie sabe exactamente lo que significa pero todos dicen: largo aliento. Yo tengo una bebé y un niño mediano. No me dejan respirar. Todo lo que escribo es –tiene que ser– de corto aliento. Poco aire.

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En esta casa se va el agua. El niño mediano dice que el fantasma es quien se acaba la reserva de la cisterna. Dice que es un fantasma que se murió de sed y que por eso se toma toda el agua de la casa.

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Dejar una vida. Dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden es que uno deja una vida para empezar otra.

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En el metro, camino a casa, vi por última vez a Owen. Creo que me saludó con una mano. Pero ya no me importaba, ya no sentí ningún entusiasmo. El fantasma, me quedaba claro, era yo.


[Sexto Piso]

Cartel de Sometimes Always Never


En Aleteia: Waves. Un momento en el tiempo


Trailers de Artemis Fowl



Cartel de Resistance


En Aleteia: La llamada de lo salvaje



Cartel de The Other Lamb


domingo, marzo 01, 2020

Homer y Langley, de E. L. Doctorow



Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento. Cuando me dijeron lo que ocurría, me interesó medirlo; entonces tenía menos de veinte años, y todo me despertaba curiosidad. Lo que hice ese invierno en particular fue situarme a cierta distancia del lago de Central Park, donde patinaba la gente, y ver qué veía y qué no veía conforme los días iban pasando.

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Aun así, estoy convencido de que Langley pone en esta pasión por el coleccionismo algo muy suyo: es patológicamente ahorrativo; desde que somos nosotros quienes llevamos la administración de la casa, le preocupa nuestra economía. Guardar dinero, guardar cosas, encontrar un valor a objetos que otros han desechado o que de un modo u otro puedan tener un uso futuro… todo ello forma parte de lo mismo. Como es de esperar en un archivista de periódicos, Langley tiene una concepción del mundo, y como yo no la tengo, siempre me he avenido a lo que él hace.

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Me detendré en esto un momento porque si bien Langley siempre ha tenido muchos proyectos, como corresponde a una mente tan inquieta como la suya, éste en concreto perduró. Desde el primer día que salió a comprar los periódicos de la mañana hasta el final de su vida, cuando los fardos de periódicos y las cajas de recortes llegaban hasta el techo en todas las habitaciones de la casa, su interés nunca flaqueó.

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Haced algo, masculló, haced algo. Pero sus hombres, quizás atónitos por la colección de órganos y fetos en tarros de formol de nuestro padre, las toneladas de libros desbordándose de las estanterías decorativamente, los viejos esquís de madera en el rincón, las sillas de respaldo recto apiladas, las macetas llenas de tierra de los experimentos botánicos de mi madre, el ánfora china, el reloj de pie, las entrañas de dos pianos, los altos ventiladores eléctricos, las varias maletas y un baúl, las pilas de periódicos en los rincones y en el escritorio, el viejo maletín médico negro de cuero agrietado con el estetoscopio asomando, todo ello prueba de una vida bien vivida… en fin, como decía, ante todo eso, los hombres parecían incapaces de moverse.

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Y ahora yo tenía que tocar el piano mientras él pintaba lo que oía. La teoría era que su pintura sería un acto de traducción. Yo no debía tocar piezas; debía improvisar, y el lienzo resultante sería la traducción a un lenguaje visual de lo que yo había vertido en forma de sonidos. Se suponía que, una vez seca la pintura, en un destello sináptico de conciencia, yo vería el sonido, u oiría la pintura, y los conos y bastones empezarían a germinar y resplandecer de vida.

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Los niños son portadores de la infame superstición, y en la cabeza de los delincuentes juveniles que habían empezado a apedrear nuestra casa, Langley y yo no éramos los reclusos excéntricos de una familia en otro tiempo acaudalada que describía la prensa: nos habíamos metamorfoseado, éramos fantasmas y rondábamos la casa en la que en otro tiempo vivimos. Yo, que no podía verme ni oír mis pasos, comenzaba ya a compartir esa idea.


[Miscelánea Editores. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla]

Cartel de Last and First Men


No Time to Die: nuevo cartel


Cartel de The High Note


jueves, febrero 27, 2020

Próximamente: Noche cerrada



De Chris Offutt. En Sajalín Editores.

Cartel de Arkansas


Papeles falsos, de Valeria Luiselli



Buscar una tumba en un cementerio es parecido a buscar un rostro desconocido entre la multitud. Ambas actividades generan en nosotros una misma manera de ver y de estar: a cierta distancia, cada persona podría ser la que nos espera; cualquier tumba, la que buscamos. Para dar con una o con la otra, hace falta circular entre gente y mausoleos, esperar con toda paciencia hasta que suceda el encuentro; hay que acercarse y escudriñas cada lápida o cada mueca, que tal vez sean cosas equivalentes, según entiendo estos versos de Brodsky:

No me gusta la gente.
No soporto su apariencia.
Aferrado al gran árbol de la vida,
cada rostro está firmemente atorado
y no puede liberarse.

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Un mapa, como un juguete, es una analogía de una porción del mundo hecha a la medida del ojo y de la mano. Los mapas, superposiciones fijas a un mundo en perpetuo movimiento, están hechos a la escala de la imaginación: 1cm=1km.

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La velocidad de la bicicleta permite una forma particular de ver. La diferencia entre volar en avión, caminar y andar en bicicleta es la misma que hay entre mirar a través del telescopio, el microscopio y la cámara de cine. El que va suspendido a medio metro del piso puede ver las cosas como a través de la cámara cinematográfica: tiene la posibilidad de demorarse en los detalles y la libertad de pasar por alto lo innecesario.

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Los espacios sobreviven al paso del tiempo de la misma manera que sobrevive una persona a su muerte: en esa alianza estrecha entre la memoria y la imaginación. Los lugares existen en tanto sigamos pensando en ellos, imaginando en ellos; en tanto los recordemos, nos recordemos ahí, y recordemos lo que imaginamos en ellos.

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Volver a un libro se parece a volver a las ciudades que creímos nuestras, pero que en realidad hemos y nos han olvidado. En una ciudad, en un libro, recorremos en vano los mismos caminos, buscando nostalgias que ya no nos pertenecen. No se puede volver a encontrar un lugar tal como se dejó. Encontramos, en todo caso, mitades de objetos entre el debris, incomprensibles notas al margen que tenemos que descifrar para volver a hacer nuestras.


[Sexto Piso]