domingo, octubre 22, 2006

Maleducados (La Opinión)

Uno de los pilares sobre los que se sustenta la sociedad es la educación. Para que funcione el entendimiento, al menos. Y el respeto. A menudo me pregunto dónde educan a algunas personas: si en un hogar o en una porqueriza. Aquí no se puede echar la culpa a las escuelas y a los maestros. La principal responsabilidad es de los padres. Los padres de ahora y los de antes. Nadie nace sabiendo, ni puede aprender por su cuenta una serie de normas para la convivencia. Deben inculcárselas. Supongo que, en cuestiones educativas, todos somos unos zoquetes hasta que los padres nos enseñan una y mil veces las reglas: saludar en los portales de los edificios, pedir disculpas cuando molestamos a alguien al darle un codazo o empujarlo en un lugar repleto de gente, preguntar con amabilidad si nos dejan pasar en las aglomeraciones, guardar silencio en el teatro, en la biblioteca y en el cine, pedir la hora o la manera de llegar a una calle anteponiendo el saludo a la pregunta y la gratitud a nuestra marcha. Cosas comunes, cotidianas, que cualquiera da por hecho. Pero no. La educación, en cuanto a normas de convivencia, en España es un desastre.
Viajo poco, lo habrán advertido. Sin embargo, en mi adolescencia viajaba con frecuencia y estuve unos días en Francia. Lo que más me atrajo y no he podido olvidar fue la amabilidad de los franceses. En cada restaurante, en cada cafetería, en cada comercio, incluso en la calle, los ciudadanos con los que nos topábamos tenían cosidas a la lengua el “Perdone”, el “Gracias” y el “Buenos días”. Como decía Jim Carrey en “Man on the Moon”: “¡Cuánta amabilidad!” Sentía uno que el mundo podía ser un lugar mejor, sin tanto odio ni tanta rencilla. Aquí, en España, es distinto: las batallas orales empiezan ya en la cola del mercado. Que si estaba yo antes, que si usted perdone, que si no se cuele, que si llamo a la policía. Nadie debe dejarse avasallar, de acuerdo; pero a veces se llevan las cosas demasiado lejos. Un día pasé frente a la puerta de un teatro y oí grandes voces. Me fijé en que una señora y un señor estaban discutiendo por el lugar que ocupaban en la cola. Insultándose, ofendiéndose. A su edad (peinaban canas y vestían arrugas), y ya los imaginaba enzarzados en una reyerta navajera. Me alejé de allí y sospecho que podrían haber llegado a las manos, tal era la furia del señor que acusaba a la mujer de querer colarse. Y, ¿quieren saber lo más divertido? La cola de las angustias, del lío y la discusión, estaba formada por una pareja comprando la entrada, el señor acompañado de su esposa y la señora que intentaba colarse. O sea, cinco personas. Y casi arman una guerra. Podían haberlo arreglado como Faemino y Cansado en ese sketch en el que uno de ellos le dice al otro, amablemente, que se le ha puesto por delante en la cola del cine y el otro le explica, amablemente, que no es así, que él ocupa otra cola distinta.
Esto no es nuevo. He vivido en edificios en los que los matrimonios adultos ni siquiera respondían a mi saludo en el portal, en los que abría la puerta y dejaba pasar a algunos vecinos sin que me dieran las gracias ni soltaran un “Hola” de propina. En los conciertos a los que voy, la muchachada invade tu espacio al pasar hacia las filas delanteras y nadie se disculpa; sólo algún ejemplar aislado pregunta si le dejas un hueco y luego lo agradece. En los teatros y en las salas de cine no falta el cenutrio incapaz de callarse, molestando al personal con comentarios de baja estofa y dudoso gusto. Se requiere una educación para facilitar las cosas. Confiere, además estilo y clase. Nos diferencia del ganado. Nos hace más humanos.

sábado, octubre 21, 2006

Dos nuevos clásicos del maestro (La Opinión)

En Norteamérica han estrenado "Flags of Our Fathers", o sea, "Las banderas de nuestros padres", y pronto lo hará "Letters from Iwo Jima", es decir, "Cartas desde Iwo Jima". Para quien no lo sepa a estas alturas, cosa que dudo, se trata de las dos últimas películas de Clint Eastwood como director. Ahí lo tienen: a su edad (lo han señalado algunos críticos), en vez de caer en los tópicos o acomodarse, continúa optando por otras vías narrativas, explorando nuevos caminos artísticos, sorprendiéndonos en cada obra maestra. En cada película suya, por eso, nos deja K. O.: nadie se esperaba los tortuosos clímax de "Cazador blanco, corazón negro", "Los puentes de Madison", "Un mundo perfecto", "Sin perdón", "Mystic River" o "Million Dollar Baby". Lo que ha hecho esta vez el maestro es rodar dos películas seguidas sobre la Segunda Guerra Mundial. La visión de los soldados norteamericanos y la visión de los soldados japoneses. Las dos caras de una misma moneda, la batalla de Iwo Jima. Produce Spielberg, además. "Flags of Our Fathers" parte de la célebre foto de los soldados plantando la bandera yanqui tras esa contienda. En este filme, ha dicho un periodista, "convierte un símbolo del patriotismo estadounidense, la bandera de Iwo Jima, en una historia sobre la degradación humana y la manipulación".
Ya desde el rodaje algunos teníamos claro que Eastwood iba a lanzar varios dardos. No en vano, lo hizo en una de sus películas más ácidas, "El sargento de hierro", algunos de cuyos diálogos me sé de memoria: tras el estreno, al ejército americano le disgustó su visión corrosiva y honesta, pero realista, de lo que sucede en los barracones y en las guerras. Cuando un alto mando le pedía, al personaje encarnado por Eastwood, su opinión acerca de la guerra en la isla de Granada, éste contestaba: "Con el debido respeto, señor: es una hijoputada". Eastwood es una mezcla sabia de clásico y de rebelde, de guerrero viejo y artista polifacético. Siempre me enfureció que gran parte de la crítica no supiera reconocer su talento hasta que empezaron a darle premios en Cannes y a caerle Oscar en los brazos. En cambio nosotros, los del público, sí lo habíamos visto. La crítica de antes le adjudicaba una carrera menor como director antes de "Bird" y "Sin perdón". Pero sus obras anteriores son joyas: echen un vistazo a "El fuera de la ley", "Bronco Billy" "El aventurero de medianoche" o "El jinete pálido", o su episodio para "Cuentos asombrosos", titulado "Vanessa en el jardín".
Este verano, en Zamora, fui a tomar un café con uno de mis viejos colegas de los tiempos del colegio. Tenemos gustos afines (salvo en algún caso aislado: a él le encanta "Superman returns" y yo la detesto). Estuvimos hablando del pasado y de las películas. Cuando, inevitablemente, surgió en la conversación el tema de Clint Eastwood, de cuyas obras ambos nos sabemos numerosos diálogos, él comentó que ya no sería lo mismo para nosotros, como cinéfilos y admiradores, cuando Eastwood se muriera. No habíamos imaginado, hasta entonces, esa posibilidad. Para nosotros es un dios, y se supone que los dioses nunca caen ni mueren. Dijimos que, cuando eso sucediera, el cine iba a perder a uno de sus más grandes talentos, y ambos derramaríamos lágrimas. No exagerábamos. Este hombre ha logrado que sus películas gusten por igual a los tipos duros, a las chicas, a los niños, a los veteranos, a los románticos, a los escépticos, a las madres, a las parejas. Por algo lo llaman el último clásico vivo y en activo. De momento, espero con ansiedad sus dos nuevos trabajos.

viernes, octubre 20, 2006

Auster en Asturias


Paul Auster me parece un gran escritor y un tipo que siempre dice cosas interesantes. Está en Asturias para recoger el Premio Príncipe de las Letras. Anoto aquí las declaraciones que más me han llamado la atención en su visita a esa tierra:

-No es fácil escribir una novela. Durante su composición, uno comete tantos errores; escribe frases tan malas; se rechaza tanto material... Esta es una profesión muy humilde y, cuanto mayor me hago, mejor comprendo lo poco que entiendo. No se por qué escribo. Sólo sé que tengo que escribir.

-Cada vez que empiezo es como si empezase de cero, como si no hubiese escrito nada antes. Empezar cada libro es para mí como volver a aprender a escribir.

-La única forma de escribir una novela es disponer de una libertad absoluta. Si te la restringes no estás cumpliendo tu trabajo como novelista. No puedes pararte a pensar si vas a ofender a alguien. Sería una traición a la literatura.

-Estás escribiendo, escribiendo y escribiendo, a solas, todo el tiempo, un año tras otro, y la posibilidad de salir y trabajar con otras personas es buena para la salud mental.

-Si sientes la necesidad de contar algo, debes escribir, aunque no te publiquen.

Fuentes: La Voz de Asturias, La Nueva España, El Comercio Digital.

Las pesadillas (La Opinión)

En la infancia, cuando a mitad de noche las pesadillas nos estrangulaban con su universo de horrores y malos tragos, había un recurso ideal para combatirlas: uno abría los ojos, trataba de sacudirse el sopor como quien se desprende de un caramelo que se le pega en la mano, encendía la luz, se incorporaba de la cama e iba al cuarto de sus padres. Los despertaba, antes de encender la bombilla del techo. Procedía a explicarles que era incapaz de conciliar otra vez el sueño y que tenía miedo. Los padres, dispuestos a afrontarlo, calmaban a uno, o, si era aún muy pequeño, le permitían dormir con ellos. Para el niño, para nosotros en nuestras respectivas infancias, era la solución: en compañía de los adultos, los temores disminuían; creía uno que ellos iban a protegernos de los monstruos reales y de los monstruos oníricos.
Cuando uno es adulto, las cosas cambian. Tras la pesadilla, se despierta sobresaltado, probablemente ni siquiera enciende la luz, acaso se levanta a oscuras y en pijama, va hasta la cocina y bebe agua para calmarse y procurar que el cuerpo y los sentidos se acomoden a la realidad y a la vigilia, y luego, cuando ha logrado distinguir las fronteras entre ambos mundos, y cuando ha comprobado que, mientras dormía, los ladrones no se han colado en la casa (éste es uno de los miedos contemporáneos que nos han inculcado), regresa al dormitorio. No habla con nadie, porque con el tiempo ha aprendido que el sueño es una cosa sagrada, y más aún el sueño de los trabajadores; se traga los sudores de la pesadilla y regresa a la almohada. No hay progenitores que le echen una mano y le digan que sólo era un mal sueño. Y, aunque los hubiera, aunque uno viviese con ellos bajo el mismo techo, no es de recibo despertarlos con veinte o treinta años para informarles acerca de lo mal que nos va entre las sábanas por culpa del monstruo de turno que nos acecha. Nos dirían: “Hijo, que ya eres mayorcito”. Uno vuelve, entonces, a la cama, convencido de que la única solución es despertarse antes de que lo engullan las criaturas de nuestro inconsciente.
No sé mucho acerca de la interpretación de los sueños. Corrijo: no sé nada, que yo recuerde. Lo único que sé es que mis pesadillas tienen su origen en la realidad y también en todas las ficciones que absorbo. Años atrás tuve que dejar de oír el programa radiofónico de madrugada “Espacio en blanco” porque, al apagar la luz, mis sueños se llenaban de fantasmas, muertos, vampiros y asesinos. Un amigo mío me ha contado que, en las últimas semanas, cuando se despereza, anota los pormenores de lo soñado en una libreta de su mesilla. Es su manera de no olvidar. A mí no me hace falta, suelo recordarlo. En cuanto leo alguna historia tenebrosa, o veo una película repleta de monstruos y atrocidades, o me ocurre alguna situación desagradable, entro en el círculo de las pesadillas. Hace un mes iba a tomarme el té matutino cuando se me cayó un trozo de muela. Unos días después, otro pedazo. Ambos eran minúsculos, pero desde entonces me acometen las pesadillas en las que sangro y escupo dientes, muelas, huesecillos y hasta objetos que una boca no puede albergar. La serie televisiva “Masters of Horrors” contiene un episodio muy desagradable, en el que torturan a una mujer japonesa clavándole alfileres entre las uñas y en las encías. Unas noches después, soñé que me habían clavado una aguja en una encía, para evitar que se me desprendieran esos dientes y muelas; y escupía de todo. Sueño con zombies, bichejos, persecuciones y maníacos. Y no dejo de preguntarme: si yo, que me cuesta matar una mosca, afronto estas pesadillas, ¿cómo dormirán los terroristas y los dictadores?

jueves, octubre 19, 2006

Libro: Lo mejor de McSweeney's. Vol. 1


Autores: Zev Borow, Arthur Bradford, Paul Collins, Ann Cummins, Rebecca Curtis, Amanda Davis, Dave Egers, Kelly Feeney, Gary Greenberg, John Hodgman, Paul Lafarge, Rick Moody, George Saunders, Jim Shepard, Zadie Smith, William T. Vollmann, David Foster Wallace, Sean Wilsey.
Primer volumen de la antología al cuidado de Dave Eggers. El experimentalismo de McSweeney's no atiende a la distinción entre géneros, y así nos encontramos cuentos, reportajes, reflexiones y crónicas. Es característico de esta clase de libros que uno encuentre relatos muy buenos, otros aburridos y otros regulares. Molesta un poco la extensión de algunos, que casi parecen novelas cortas, pero se perdona si logran enganchar al lector, como el cuento de Eggers.
Cito los que más me han gustado: Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras (Foster Wallace), relato corto y sorprendente que mezcla tres vías narrativas aunque relacionadas entre sí; Cuatro monólogos institucionales (Saunders) y el talento de este autor para introducirnos en historias burocráticas y divertirnos con su sarcasmo; Tedford y el megalodon (Shepard), sobre un hombre que se embarca en la búsqueda de un tiburón blanco gigante, hoy extinguido; Tres reflexiones acerca de la muerte (Vollmann), sobre las visitas del autor a las catacumbas de París, un escenario de guerra y una sala de autopsias; Montaña arriba, en lento descenso (Eggers), que cuenta con todo lujo de detalles una expedición de americanos al Kilimanjaro; Los días aquí (Feeney), sobre una mujer en un hotel, huyendo de su pasado; Moluscos (Bradford), con otro de sus raros relatos, con partes realistas y partes surrealistas; La república de Marfa (Wilsey), crónica sobre un pueblo de Texas, aderezado de misterios; Rancho Doble Cero (Moody) o el sueño americano de montar una franquicia con la que forrarse.

Juliette (La Opinión)

Llovió durante el día entero, desde por la mañana hasta por la noche. Por la tarde, cerca de la hora de cenar, fui a la Sala Heinken (la antigua Sala Arena) para ver el directo de Juliette & The Licks. Una banda de punk rock que forman cuatro hombres a las guitarras, bajo y batería, y que lidera la actriz y cantante Juliette Lewis. He admitido aquí ya mi mitomanía. Por eso, en cuanto me enteré de que la actriz regresaba a los escenarios españoles, procuré no perdérmela. Había escuchado algunas canciones (tienen dos discos), y en especial su versión de un tema de P. J. Harvey, que oí en la banda sonora de “Días extraños”. Sus dos trabajos, hasta ahora, no están nada mal. Quiero decir que, si no me hubiesen gustado los discos, no habría ido a ver el concierto. Shakira, por ejemplo, me parece muy atractiva, pero jamás pasaría el mal trago de asistir a uno de sus shows salseros: su música no me gusta un pelo. Para ver a Juliette & The Licks, por cierto, hay que estar preparado para la caña absoluta: punk rock sin apenas un respiro, y agresividad sexual por parte de su vocalista.
Tal vez Lewis no tenga un hueco entre las mejores actrices contemporáneas, pero es solvente y durante un tiempo alcanzó momentos gloriosos, pequeños instantes que se grabaron en la retina del cinéfilo y que ya han hecho historia: su “fellatio” al dedo de Robert DeNiro en el remake “El cabo del miedo”, sus conversaciones con Woody Allen en “Maridos y mujeres”, su manejo de la ballesta en “Abierto hasta el amanecer” para hacer frente a los vampiros mexicanos, los bailes que se marca en “Días extraños” y sus locuras como Mallory en “Asesinos natos”. Y no conviene perderse su papel como estrella invitada en uno de los capítulos de la primera temporada de “Me llamo Earl”, que acaban de estrenar en España. En los últimos años le hemos perdido un poco la pista, dados sus roles secundarios y su vuelco hacia la música. Las mujeres suelen preguntarse por qué a los hombres nos da morbo una chica como Juliette Lewis. Pero la respuesta es fácil: su rostro, sus papeles y su actitud en el escenario y en la vida están a medio camino entre la dulzura y la cólera. Es una especie de lolita crecida, lo cual supongo que sedujo a uno de sus ex novios más conocidos, Brad Pitt, con quien rodó “Kalifornia”. La actriz atrae, pero se nota que está como una cabra, que gusta de jugar al límite, y eso pudimos comprobarlo durante el concierto.
Los teloneros fueron Zzz, dos plastas que sólo utilizan un teclado y una batería. Escuché un par de temas y, de haber tenido una soga a mano, me hubiese ahorcado para no oírlos. Con unos veinticinco minutos de retraso, The Licks irrumpieron en el escenario de la Sala Heinken. Yo estaba en un lateral, a pocos metros de ellos. Tocaron una hora y veinte, e hicieron moverse al personal de principio a fin. Sólo descansaron en un tema lento, acompañado de guitarra acústica. Juliette Lewis es más alta en persona que en las películas, o lo parece. Salió con botas, pantalones muy ajustados y una camiseta aún más ceñida, y una cinta de india en la cabeza, con plumas. Apenas paró de bailar y brincar en un estilo a medio camino entre lo punk y lo sexual. Soltó algunas palabras en español, no abandonó la sonrisa, de vez en cuando se acercaba a las primeras filas para que le tocasen el pelo y las manos, e incluso le dio un par de besos a un tipo del público. Hacia el final se tiró de espaldas sobre la gente, encima del bosque de brazos alzados. El resultado: un espectáculo salvaje, rompedor, provocativo y muy rockero. Para deleite femenino, en los bises los músicos de The Licks se desnudaron de cintura para arriba. Juliette, niña loca y mala, siguió como estaba.

miércoles, octubre 18, 2006

En la Sala Heineken

Anoche fui a ver el concierto de Juliette Lewis (en la foto), líder del grupo de punk rock Juliette & The Licks y actriz y cantante que a mí me da mucho morbo. De ello os contaré en el artículo de mañana. Os aseguro que tienen mucha marcha.

Miradores (La Opinión)

En esas mañanas en las que aprieta un poco la nostalgia de los orígenes, es conveniente colarse por la red en busca de imágenes. Fotos en las que, pese al tamaño reducido, poder pasear la mirada por algunas estampas zamoranas: las calles, los pueblos, las fachadas de los edificios emblemáticos, el río, los puentes, las iglesias, los jardines, las murallas, el cielo, la niebla, la lluvia y la nieve. Quizá para quienes viven allí estas imágenes entrevistas en la red no signifiquen nada, pero para quienes estamos lejos suponen mucho. Imagino a algunas de esas personas que me escriben correos electrónicos desde otros países (gente que emigró y tiene sus raíces en la misma provincia que yo), metiéndose a diario en el periódico, para enterarse de cuanto se cuece en la ciudad, y, de vez en cuando, indagando por los laberintos de internet a la caza de postales que les devuelvan lo que dejaron atrás o lo que dejaron atrás sus antepasados y a ellos les gustaría visitar. Les aseguro que es un acto provechoso para uno, y que provoca cierto goce para la vista y para la memoria. En las misteriosas conexiones que cobija la red, encuentro sin proponérmelo un poco de información sobre Zamora de Hidalgo, ciudad asentada en un valle de Michoacán, en México; recibió este nombre, Zamora, porque muchas de las familias que la fundaron provenían de allí. Observo las fotos: parece un lugar tranquilo, donde la economía se sustenta sobre la agricultura y la industria. No me importaría recorrerlo.
Sigo viendo imágenes de mi provincia. Hoy, en este paseo virtual, busco aquellas fotografías en las que aparezcan los miradores. Encuentro unas cuantas en la web oficial de información turística del Ayuntamiento. Las imágenes son demasiado pequeñas, pero me sirven para mis propósitos de observador indiscreto, en esta ventana que es la pantalla del ordenador: el Mirador de San Cipriano, con la Iglesia de Santa Lucía al fondo, en cuyo campanario se divisa el nido de las cigüeñas; el Mirador del Pizarro, desde el que se vislumbra el Puente de Piedra; el Mirador del Troncoso, el de la calle San Bernabé, el de la Ronda de Santa María la Nueva y los del Castillo, desde los cuales admirar el Duero, La Catedral, algunas iglesias y los barrios de la periferia. Varias ilustraciones se ven entorpecidas estéticamente por las horribles grúas, que siempre afean los paisajes urbanos. En tres o cuatro de estas fotos hay nieve: tejados blancos, orillas blancas, campanarios blancos.
Se extrañan los miradores. Los miradores de las ciudades pequeñas y románicas invitan a la reflexión, a la serenidad y al vuelo de los sueños. Sospecho que, en las grandes urbes, la gente pierde un poco su capacidad de soñar. Es cierto que, a cambio, las personas progresan mucho y acumulan riquezas, pero nadie debería abandonar los sueños. Cuando caminaba por las calles antiguas de mi ciudad y me apostaba en los miradores, a veces acompañado, a veces en soledad, la mirada absorbía los colores y la composición de la luz en los objetos y en los parajes como si los ojos tuviesen sed y las vistas fuesen el agua que necesitaban para aliviarse. Esto de los sueños, además, es inmediato. Y es placentero, aunque no sea realista. Digo que es inmediato porque, en cuanto miro durante varios minutos estas fotografías de los miradores, me acomete un sueño: ojalá uno pudiera tener la facultad de introducirse en las fotografías de la pantalla, caminar durante un rato por ese rincón, palpar la piedra antiquísima y, después, una vez saciado, volver a su silla, en su cuarto. Exactamente igual que en las historias fantásticas de seres que atraviesan el tiempo y el espacio.

martes, octubre 17, 2006

Carver dixit


Raymond Carver:
Todos los poemas son actos de amor, y de fe. Las recompensas por escribir poesía son tan pocas, ya sean monetarias o en términos de, ya se sabe, la fama y la gloria, que el acto de escribir un poema tiene que ser un acto que se justifique por sí solo, y en realidad que no tenga otro objetivo. Para querer escribir poesía, realmente hay que amarla. En ese sentido, pues, todos los poemas son de amor.

[Lee el resto de esta magnífica entrevista: aquí. Dedico el post a todos mis amigos poetas, y les animo a que jamás abandonen la lucha]

El toque oriental (La Opinión)

Cena en un restaurante árabe. Reunión de antiguos amigos en el Mosaiq, garito con dos comedores y un patio en el que se escucha el rumor placentero de las fuentes y se fuman pipas de agua. Habitaciones penumbrosas, poco iluminadas. Arabescos y mosaicos. Alfombras y velos. Hierros y sedas. Lámparas y velas. En las mesas: parejas, grupos de colegas hispanos, familias moriscas. Entre los comensales, una anciana árabe, cubierta de pies a cabeza, sólo con el rostro curtido y apergaminado al aire. Camareros españoles, uniformados al estilo arábigo. Propietarios indios. Cocina árabe con influencias de otras gastronomías mediterráneas. Una variedad de nombres exóticos en el menú. Palabras que uno lee y escucha por vez primera. Moutabal, shawarma, boreks, tagine, fattoush, kibbe, fatayer. Denominaciones que encubren una rica variedad de platos, postres y entrantes. Aroma a especias, a incienso, a cordero y a té caliente. Cerveza de Casablanca. Acompañamos con vino.
A mitad de la cena, suena por los altavoces una música. Música árabe. Sensual, mágica, tribal, con reminiscencias remotas. Se siente uno inmerso en los palacios de “El ladrón de Bagdad”. Una bailarina aparece, entonces, en el restaurante. Morena de piel y de ojos, el cabello rizado, los ojos rasgados y pintados con köhl. Bellísima, seductora. Vientre al descubierto, pies descalzos, tatuajes de henna. Por su cuerpo se distribuyen pulseras y ajorcas, collares y brazaletes, anillos y tobilleras, lentejuelas y monedas. Interpreta la danza del vientre. Avanza despacio. Se mueve como una serpiente. Baila y menea todos los músculos del estómago y de los brazos. Da vueltas y alza las manos. Nunca abandona la sonrisa. Todo el mundo deja de comer para contemplarla. Los camareros aguardan en un rincón, de pie, observando los pormenores de este baile que hechiza. Dos bailes y unos aplausos más tarde se retira, se aleja mirando al público y se inclina, haciendo reverencias. Al acabar la cena, el patio está repleto de gente fumando narguiles (pipas de agua), tomando té y bebiendo copas. No hay un hueco para quedarse. Salimos a la calle, satisfechos del lugar. Dos años atrás lo ponían a parir en los foros, pero ahora ha cambiado el servicio y la cocina, supongo. Dicen que es un sitio de moda. La noche se vuelve toledana. Toca abrigarse.
Regresamos a pie. Una larga caminata para bajar la comida, estirar las piernas y alejarse de las largas esperas buscando un taxi. Andando por Fuencarral, encrucijada de muchedumbres. De día, mercado para gente joven. De noche, zona de paso y de juerga. Se cruzan las tribus urbanas y los estilos. Latin Kings, skin-heads, pijas, señoritos, hippies, raperos, borrachos, vanguardistas, matones de medio pelo, lesbianas y gays, parejas heterosexuales, travestís, pandillas, gente bebiendo… Una vez más, atravesar Montera se convierte en la constatación de que esa calle es la triste Pasarela Cibeles de las prostitutas jóvenes. Las dos de la madrugada y algunas ya han caído derrengadas. Se sientan en los escalones de los portales o se apoyan en las esquinas. Las más guapas no están, habrán cobrado pieza pronto. Son las últimas princesas de un reino en decadencia, o sea, la calle. Aceras tumultuosas, llenas de peligro y de aventura. Al llegar al portal de casa, cuatro negros están sentados en el escalón. Rizos y rastas. Ocupan toda la entrada. Cuatro africanos sonrientes y simpáticos que fuman y beben. Les pido que me dejen pasar. Se incorporan, me piden disculpas, se muestran amables, sonríen. Uno me pregunta qué tal va la noche. Les digo adiós antes de entrar al portal. Buena gente. Sólo quieren pasar un buen rato. Como todos.

lunes, octubre 16, 2006

Cine inédito: Bukowski: Born Into This


Por fin he visto esta película documental que incluye entrevistas, fotografías, declaraciones de terceros, recitales poéticos, viejas portadas de libros y algunos archivos tomados de The Charles Bukowski Tapes. Me la he tragado en versión original en inglés y sin subtítulos (los únicos que existen están bastante desajustados y tuve que quitarlos), y admito por lo tanto que no me he enterado de mucho, pero ha sido una auténtica gozada ver al viejo Buk siempre con una botella en la mano y bebiendo, charlando, bebiendo, riéndose, bebiendo, fumando, bebiendo, enfurecido, bebiendo, recitando, bebiendo, conduciendo, bebiendo y hasta echando una lagrimita.
Además de las entrevistas con él, Born Into This contiene declaraciones de algunos de sus amigos, ex novias y editores, aparte de toda la gente famosa que habla para las cámaras (Bono, Taylord Hackford, Sean Penn, Tom Waits, Barbet Schroeder, Joyce Fante y Harry Dean Stanton). No os perdáis la web de la película porque merece la pena.
[El título del filme proviene del poema Nosotros los dinosaurios y está recogido en Poemas de la última noche de la tierra, allí donde dice: nacidos así / para esto]

Otras maneras de adaptarse (La Opinión)

Hay un restaurante al que, a menudo, voy a pedir un kebab para comer en casa. Aunque me explico alto y claro, como si le hablara a un niño, siempre me entienden mal y me preguntan tres veces por los ingredientes del menú. Pues bien, me temo que en ese restaurante han aprendido los trucos españoles. O sea, dar menos y cobrar más. Como hacían algunos de esos antiguos tenderos cuyo retrato de tebeo viene a ser el minorista granujiento de “13, Rúe del Percebe”, que siempre vendía aire a sus clientas. Esto no quiere decir que todos los tenderos hayan sido o sean iguales. Lo advierto antes de que me toque recibir los insultos de los tenderos de medio país, creyendo que me meto con su oficio. No. Ni significa que todos los árabes hayan aprendido los viejos trucos ibéricos para sacar unos céntimos de provecho. Siempre que hablamos de algo en la prensa, mostramos ejemplos. Que quede claro que me refiero a ese restaurante en concreto y a algunas tiendas de ultramarinos de mi niñez.
Cuando empecé a comprar kebabs en ese restaurante de comida rápida, el bocadillo que te vendían bastaba para saciar cualquier apetito voraz, léase el mío. Daba uno la puntilla a ese bocado doble y sentía el estómago lleno. El precio estaba bien. Más o menos barato, teniendo en cuenta que hablamos de Madrid y aquí todo es caro. Hace unos meses fui a comprar uno de esos sabrosos y adictivos bocadillos y habían subido los precios. Cada kebab costaba cincuenta céntimos, o quizá más. Y otros cincuenta céntimos, si uno lo pedía con queso. La segunda sorpresa vino al desenvolverlo en casa. Después de quitarle el papel de aluminio en el que los envuelven, noté que el invento estaba flacucho. Al acabármelo, advertí que me habían cobrado más, pero despojando al kebab de una parte de su contenido. Más dinero y menos carne, a cambio. Igual que esas ofertas de los supermercados: suben el precio de un producto, y añaden un cartel en el que pone “Oferta” o “Precio rebajado” y todos picamos el anzuelo; lo creemos y compramos, a veces en grandes cantidades. He vuelto varias veces a por uno de esos kebabs. El precio se mantiene alto, y el grosor del bocadillo va disminuyendo día a día. Ahora, tengo que comer algo más para saciarme, o pedir una ración de patatas fritas. No voy a otro sitio porque allí despachan, sin duda, el mejor kebab de Lavapiés. Pero me siento a pensarlo y me digo: “Se han adaptado con rapidez. Cobran más, ofrecen menos. Eso es España”. Me recuerda a esos restaurantes con menú de diseño, donde te cobran un ojo de la cara por ponerte, en un plato de dimensiones toreras, una cagarruta de carne con miel y mucha hoja verde.
Recuerdo un episodio de mi infancia. Íbamos a una tienda de ultramarinos y, mientras el resto de la familia hacía la compra, mi hermano y yo, aún unos enanos (pero ya sin chupete), señalábamos con el dedo la peseta pegada con celofán en la parte inferior de la balanza. Y soltábamos las preguntas inconvenientes en voz alta, que hacían enrojecer a mi madre: “¿Por qué tienen una peseta pegada en la balanza? ¿Podemos cogerla?” Estos árabes del garito al que voy han terminado por adaptarse. Han puesto su propia peseta en la balanza, y a cambio salen ganando. Hablé aquí una vez de un negro muy simpático, un hombre muy agradable y siempre ducho en sonrisas, que regenta una tienda de ultramarinos en el barrio. Se ha adaptado tan bien que llama a las señoras por su nombre de pila, les pregunta por su vida diaria y cotillea un rato con ellas. Confieso que prefiero más esta adaptación, la del africano, que la otra, basada en precios y siseos. Son otras maneras de adaptarse.

domingo, octubre 15, 2006

Motores en el cielo (La Opinión)

Escucho un estruendo que se cuela por debajo de las ventanas cerradas. No hay nada abierto, para impedir que entre el frío de la mañana, pero los ruidos resultan tan poderosos que se abren paso por cualquier rendija. El estruendo parece provenir de algún tipo de máquina, un motor o algo así. Luego, el sonido de muchos motores, como si se nos cayera el cielo encima, ese viejo temor de los galos de la aldea de Astérix y Obélix. Salgo al balcón. En el cielo, volando bajo, justo encima de nuestras cabezas, pasa un gran avión. Le sigue, a un palmo, un avión militar, pequeño y veloz. Si fueran bicicletas, en vez de aviones, diríamos que el segundo está chupando rueda del primero. Los contemplo pasar. Esa imagen me trae, a velocidad de evocación, las escenas de los telediarios y de la película “United 93”. Un avión con problemas o con terroristas a bordo, y una aeronave militar pegada a su cola, tratando de solucionar la papeleta. Por supuesto, son imaginaciones. Al fondo, a lo lejos, recortándose sobre el cielo, un puñado de helicópteros militares. La estampa me fascina. El estruendo de los aviones, de las avionetas y de los helicópteros lo envuelve todo. Es un cuadro apocalíptico, propio de escenarios bélicos. Los helicópteros, acercándose por el aire en rara formación, parecen salidos de “Apocalypse Now”. Falta el cielo rojo; aquí, ese día, el cielo era muy azul. Luego, más máquinas y motores surcando el aire. Un auténtico enjambre aeronáutico y militar. Minutos más tarde sé el motivo: maniobras militares, meros preparativos en la víspera del desfile de la Fiesta Nacional.
Otra mañana: un nuevo estruendo. Tiemblan las ventanas de un modo más rompedor que cuando pasa por la calle el camión de la basura. Salgo a mirar. Algunos vecinos se han asomado a sus balcones y buscan con los ojos el origen del ruido que nos aturde. Al fin lo diviso: un helicóptero, volando muy cerca del tejado, encima de mí y de los vecinos, dando vueltas alrededor. El ruido de las hélices de los helicópteros es tan frecuente en esta ciudad que uno apenas se distrae: están los helicópteros oficiales, los de la policía, los de los equipos de televisión y los de rodaje de películas. Pero este caso es distinto: vuelta tan bajo que asusta, y se demora, insistiendo en esos merodeos a poca altura, igual que una avispa recelosa en una barbacoa, zumbando por encima de la carne y la ensalada, sin saber si es el momento apropiado para posarse. Sólo un par de días antes, alarma en las televisiones: una avioneta se estrelló contra un rascacielos de Manhattan. En los medios especulan, mencionan los fantasmas de los viejos atentados. Tras la falsa alarma, se reanuda la vida cotidiana y la gente vuelve a sus quehaceres y a sus preocupaciones. Sólo un accidente y el fallecimiento de dos personas, debido a la explosión de la máquina contra el edificio de Manhattan.
Y así vivimos desde entonces. Cinco años, ya, de sospecha, de incertidumbre, de recelo, de temor a cuanto surca los cielos. “La amenaza viene del cielo”, leí en alguna parte. O tal vez fuera un eslogan comercial; de alguna película, me refiero. O acaso sea un titular. Basta que un avión vuele muy cerca, muy próximo a los tejados bajo los que se engendran nuestras vidas confortables, para sembrar la inquietud en todos nosotros. Si un helicóptero se demora cerca de un edificio, ya no se le ningunea; al contrario, hoy escuchamos su rumor, su lenguaje de hélices, lo que tenga que decir. El futuro se ha escrito en el cielo, entre jirones de nubes y aliento lejano de estrellas. Sólo respiramos aliviados cuando el zumbido de los motores se aleja y la máquina no tiene visos de estamparse en una fachada.

sábado, octubre 14, 2006

Cormac McCarthy: una buena noticia


Acabo de ver en la web de La Casa del Libro que el día 17 de noviembre (que, por cierto, es mi cumpleaños), Mondadori pone a la venta, por fin, la última novela de Cormac McCarthy, No Country for Old Men, que aquí han titulado No es país para viejos. Ya era hora. Aprovecho para recomendar su Meridiano de sangre, uno de los libros más salvajes que he leído.
[Tras colgar este post, descubro otra buena noticia en la misma web. Ya está listo lo nuevo de Philip Roth: Elegía. Pero no ponen la fecha en la que estará a la venta.]

Más Textamentos


Os recomendé el otro día el libro Un elefante en Harrods, de Francisco Rodríguez Criado. Y sus artículos. De su web se puede descargar, en pdf, el libro titulado Textamentos, una selección de 13 artículos que no os van a defraudar. Puro humor negro e imaginativos equilibrios con la prosa.

Libros en inglés (La Opinión)

Fisgando por la sección de libros en inglés de una pequeña librería, encuentro esto: “The First Forty Nine Stories”, de Ernest Hemingway. Cuarenta relatos del viejo maestro que escribía de pie y se fue al otro barrio con un tiro de escopeta. Sus primeras cuarenta historias. Una joya. Pero en inglés. Le doy unas cuantas vueltas en mis manos, saboreo el índice, miro y remiro la portada (las portadas norteamericanas suelen ser más valientes y originales que las españolas). El precio no está mal. Sin embargo, lo dejo en su estante. Sé que esta vez no me arrepentiré. El problema es el inglés. Una carencia de muchos de mis compañeros de aula. Nos enseñaron inglés en el colegio, en el instituto, incluso en la universidad, y no sabemos lo bastante como para hablarlo por ahí con soltura. Sólo quienes estuvieron un tiempo en Inglaterra regresaron con dominio del idioma. Así que dejo el libro. Mientras, me pregunto por qué resulta tan difícil encontrar hoy los cuentos de Hemingway en castellano. Alguna editorial debería reeditarlos. Pueden encontrarse, sí, sus antiguas antologías de relatos. Es preciso escarbar un poco en las librerías de viejo y acaban saliendo. Pero se trata de tomos antiguos, o de segunda mano, o muy caros para el bolsillo de uno. Igual que hace poco pude comprar los cuentos de Francis Scott Fitzgerald, confío en que suceda lo mismo con el autor de “Los asesinos”, uno de sus cuentos más celebrados. Como la literatura tiene sus modas y sus caprichos, hay épocas en las que se ha considerado a Hemingway un tipo menor dentro de la literatura. Confieso que, de aquel trío de ases con tendencia al alcoholismo y a vivir la vida sobre el filo de la navaja, a saber, Faulkner, Hemingway y Fitzgerald, he leído más libros del primero. “El ruido y la furia”, “¡Absalón, Absalón!”, “Santuario”, “Mientras agonizo”. Vuelve a estar de moda Faulkner, a juzgar por la reedición de sus obras en Alfaguara. A Hemingway, otra editorial lo está rescatando en bolsillo. Ahora bien, ¿cuándo verán la luz sus cuentos?
Tampoco conocemos en castellano la narrativa breve de otro grande, John Fante, de quien es obligatorio leerse su novela “La hermandad de la uva” y la saga de Arturo Bandini. Unas semanas atrás estuve a punto de encargarles a unos amigos, que viajaron a Nueva York, una antología de los cuentos de Fante. No supe hallar por la red alguna librería donde lo tuvieran y, además, les cayera de paso (teniendo en cuenta los lugares céntricos por los que habían planeado moverse), y luego lo pensé bien. ¿De verdad iba a leerlo entero? ¿En inglés? Lo dudo. Una vez conseguí los cuentos no publicados de mi admirado Salinger en un archivo pirata. Se trata de relatos que sólo vieron la luz en revistas de Estados Unidos. Los imprimí. Pero no he dado el paso, que es intentar traducirlos. Me falla el inglés. Meses atrás, conocimos a un tipo. Una mezcla rara: un norteamericano que había vivido un tiempo en Italia, y que ahora residía en Rusia, pero estaba de paso en España. Figúrense los idiomas que manejaba. Otro compañero de colegio y yo intentamos comunicarnos con él en inglés. Al final lo conseguimos, pero sólo a costa de sudar, de buscar las palabras en español y su traducción al inglés como si fuéramos mineros jóvenes en su primer día de trabajo. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta humillación ante el hombre, que me miraba atónito!
Siento una rabia doble cuando veo esos libros americanos que me gustan y no han sido traducidos: rabia de no manejar el inglés como sería necesario y rabia porque nadie se haya preocupado de traducir esos textos en España. Rabia porque aprendí poco y me enseñaron menos; rabia por esa ausencia editorial.

viernes, octubre 13, 2006

Libro: El ocaso de los superhéroes, de Deborah Eisenberg


Atención a esta escritora, Deborah Eisenberg. Muy aplaudida y premiada, no había sido traducida hasta ahora en España. Y llega con su último libro de relatos, El ocaso de los superhéroes. Seis largas historias (casi podíamos llamarlas "novelas cortas") en las que Eisenberg nos apabulla con su sutileza y un gran dominio de la elipsis. Cada relato va cuajando poco a poco en el lector, despacio, y este va recogiendo las breves pinceladas de información importante que ella nos da. Sólo al final podemos componer el mosaico entero. Basta fijarse en uno de los cuentos, que habla de una relación siniestra y tormentosa entre una pareja; en una sola frase recibimos la clave: Yo sólo..., estaba diciendo ella, y lo único que acierta a recordar es su sorpresa, como si acabara de descubrir que el cuerpo de Eli también tenía puños. Eli es el novio de la muchacha. En adelante, sólo se mencionan los moretones; nada más. Eisenberg ha soltado el dato y no volverá a repetir que el tipo la pega.

Mi favorito, sin embargo, es el primero y el que da título al libro: El ocaso de los superhéroes, fiel reflejo del atentado del 11-S y sus consecuencias posteriores (miedo, guerra, caos) y una obra maestra de composición. En Qué Leer tienen un enlace al cuento en pdf. Está completo. Deberíais leerlo y, después, comprar el libro. Merece la pena.

Para completar: artículo de Fresán, la interesante portada americana y un cuento completo en Qué Leer.

La Hora Chanante (La Opinión)

La risa es, o debería ser, una parte indispensable de nuestras vidas. Pero la risa parte con una desventaja: lo que mueve a la carcajada suele ser considerado de menor calidad para los críticos. Por eso algunas personas creen que una novela que hace reír es mala (salvo “Don Quijote”, uno de los libros más divertidos que existen: en esto hay unanimidad) y, por eso, las comedias no ganan el Oscar. Para sostenerle el pulso a la vida, cada poco necesitamos reírnos. Es saludable. He tardado en descubrir el programa más cachondo, surrealista e irreverente de la tele. Políticamente incorrecto y salvaje, sus responsables han logrado que incluso manejemos el vocabulario conquense de sus personajes. Me refiero a “La Hora Chanante”, el programa de la Paramount Comedy. Decía que he tardado en descubrirlo. Me lo mostraron mis amigos. Desde hace unos meses, sin embargo, sigo algunos fragmentos atrasados gracias a esa herramienta de la que ahora se han puesto a hablar en todas las cadenas de televisión: el YouTube. Gracias al YouTube rescato mis vídeos favoritos de “La Hora Chanante”, a saber, los Testimonios de personajes famosos, las comparecencias y consejos de El Gañán y las aventuras de Marlo y Claudio en la ciudad.
Tres de los protagonistas de este espacio me han hecho reír hasta derramar lágrimas: Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y Julián López. Dado que la televisión no es lo mío, he perdido la cuenta del resto de sus colaboraciones. Sé que Reyes escribió este verano para El País, y que López aparece en la nueva temporada de “Noche Hache”. Todos los Testimonios los interpreta el mismo showman: Joaquín Reyes. Se disfraza, le ponen apósitos de goma y adminículos en la cara y en las manos y se transforma por completo. Me costó creer que fuera siempre él quien estaba debajo de cada maquillaje. En los Testimonios nos ofrece una caricatura del famoso en cuestión; el personaje se presenta y habla hacia la cámara y pronto vamos descubriendo sus debilidades, su vanidad, su afán de protagonismo; me refiero a los personajes imitados, no al actor. Esos famosos salen escaldados: una calenturienta Sara Montiel que se alegra de que los campos manchegos estén “llenos de gañanes”, un Tkachenko harto de que hagan chistes sobre su altura, un José Luis Moreno que dice “Tengo los huevos pelaos de tratar con gandules” y luego hace un casting de ropa interior entre jovencitos fornidos, un Axl Rose a quien un encargado lleva una carretilla de cocaína para que la esnife en el camerino, un Lorenzo Lamas que jura estar enamorado del interior de su mujer mientras enseña a la cámara las fotos de ella en pelota, un Stephen King al que su mujer acusa de “Oler a Caldofrán”, o una Madonna que suelta “Yo siempre he hecho lo que me ha salido de la brenca”. Pero la grandeza de Reyes no reside sólo en el mimetismo, sino en que a todas las celebridades las imita con acento albaceteño-conquense. No en vano, Joaquín Reyes es de La Mancha.
También disfruto con el Gañán, personaje rural que interpreta Ernesto Sevilla. Su grito de guerra es célebre en las noches etílicas de los jóvenes. Y me deleitan las aventuras de Marlo y Claudio, dos tipejos a los que dan vida Sevilla y López: aparecen caracterizados con el pelo muerto y grasiento, los dientes sucios y unas gafotas de culo de vaso. “La Hora Chanante” puede verse, además, en Localia. Uno de sus aciertos es que sus artífices nos han hecho aprender ciertas expresiones y palabras propias de Cuenca. El manchego es un vocabulario muy amplio y rico. Estos tipos, Reyes, Sevilla, López y el resto de colaboradores, son una auténtica fuente de ingenio.

jueves, octubre 12, 2006

Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura


El escritor turco Orhan Pamuk, que partía como uno de los favoritos en las quinielas, acaba de ser designado Premio Nobel de Literatura. En España, Mondadori publicó hace una o dos semanas su nuevo libro, Estambul: Memorias y la ciudad. Esto me recuerda que compré hace unos meses el único libro suyo que, por el momento, me ha llamado la atención, Nieve. Una de esas lecturas que uno va aplazando, y de la que todo el mundo habla maravillas. A ver si me pongo las pilas y un día de estos comienzo a leerlo. Me alegro de que lo haya obtenido, porque, como dicen en la prensa: "Considerado un vínculo intelectual entre Oriente y Occidente, el novelista fue procesado por mencionar en una entrevista la matanza de armenios y kurdos llevada a cabo por los turcos en 1915". Aunque yo hubiera preferido a Philip Roth. Foto y fuente: El País.

Fracaso y aversión (La Opinión)

En los bares suele hablarse de deporte. De fútbol y de baloncesto, siempre. De automovilismo, por estas fechas. Y Dios os libre de asistir a la conversación de dos fanáticos del atletismo, la natación y el lanzamiento de jabalina cuando estamos en las Olimpiadas. Durante esos diálogos, manifiesto mi repudio o mi indiferencia (depende de cómo tenga el día). Suelen preguntarme una y otra vez, con esa repetición propia de las pesadillas, por qué no me gusta el deporte. Incluso me lo pregunta gente a la que se lo he contado media docena de veces, y gente que ha leído en alguno de mis textos esas razones. Pero el hombre tiene tendencia al olvido, y más si el recuerdo atañe sólo al prójimo. Les comprendo: ni yo mismo consigo recordar de qué temas he escrito.
Así que vuelvo a aclarar aquí las razones de mi aversión al deporte. Dicha aversión proviene, precisamente, de fracasar en varios deportes. Dicen que, cuando un tipo fracasa en alguna actividad artística, acaba cejando y se convierte para el resto de su vida en un crítico (remunerado, eso sí) de esas artes en las que no logró adentrarse. Ya saben: el tío incapaz de pintar un cuadro, que luego se vuelve crítico de pintura. El hombre que jamás llevó a la pantalla esa película que cobijaba en la cabeza y, después, logra un empleo como crítico de cine. A mí me sucedió eso, pero con el deporte. Cuando jugábamos al baloncesto, en el colegio y en el instituto, jamás logré oler el balón. Nunca fui capaz de arrebatárselo al contrincante ni logré cogerlo cuando alguien fallaba una cesta y salía rebotado. Creo que, cuando algún chiflado confiaba en mí y me cedía un pase, alguna centella se encargaba de quitármelo antes de que las manos rozaran su superficie. En esa época sólo entraba en las tiendas de deporte para averiguar qué se sentía al tocar una pelota de baloncesto. No estaba mal, no. Pero aquellas curvas no se parecían a las femeninas, así que tampoco me llevé un disgusto. El fútbol lo practiqué mucho en la infancia, con mi hermano; y lo único que pude conseguir fue cabrear a mi abuelo porque mis chupinazos casi rompen todos los cristales de su negocio. En los campeonatos de natación de una de las dos piscinas a las que solía ir, quedé el último. Decir “el último” podría ser un eufemismo. Lo cierto es que llegaba a la meta cuando ya habían repartido los premios y al juez le había crecido la barba. Yo nadaba como si funcionara a pilas y éstas se estuvieran gastando. En el instituto nos instaban a jugar partidos de voleibol. No recuerdo que mis dedos rozaran la pelota. Y eso sí constituyó el mayor de los fracasos, pues en aquel tiempo era considerado un deporte para chicas. Lo del judo fue aún peor. De algún modo incomprensible me las arreglé para escalar peldaños e ir obteniendo cinturones de color: blanco-amarillo, amarillo-naranja, etcétera. Sospecho que a los maestros les venció la piedad porque, en los campeonatos de judo contra otros colegios, no duraba un segundo en vertical. Fue esa una temporada que sólo recuerdo en horizontal, mientras los rivales me arrojaban de espaldas a la colchoneta con la facilidad de quien tira un papel a la basura. Pasé algunos meses en un gimnasio. Se supone que levantando pesas, haciendo flexiones y soportando la agonía de las abdominales. Pero pronto empecé a cansarme y lo único que acabó interesándome fue sestear en la sauna.
Sólo pude destacar en las carreras de velocidad de las clases de gimnasia. Llegaba a la meta entre los tres primeros. A veces, el primero. Aquello me gustaba, pero más tarde me sinceré conmigo mismo: “Mientras no te persigan, ¿qué necesidad tienes de correr?” Esos fracasos me han convertido en lo que soy.

miércoles, octubre 11, 2006

Libro: El lamento de Portnoy, de Philip Roth


Una pésima portada para un gran libro. Las vicisitudes de Alexander Portnoy, gran onanista, mujeriego incorregible, vergüenza para sus padres, aquejado del Complejo de Edipo, capaz de meterla en un trozo de hígado crudo para saciar su apetito sexual adolescente, en una novela divertidísima en la que el propio Portnoy desvela sus recuerdos ante un psicoanalista.
La edición no está a la altura. Sólo la he encontrado en bolsillo, y se echa de menos: a) una traducción más fiel al castellano (por ejemplo, en ocasiones traducen "blow" como "soplar", cuando aquí lo traducimos como "mamar"; o "venirse", en vez de "correrse") y b) notas a pie de página, para que nos enteremos de algunos pormenores del judaísmo. Seix Barral planea reeditarla. Esperemos que la edición sea mejor. Por ejemplo, como el Zuckerman encadenado.

Habitaciones nuevas (La Opinión)

Tuvimos que hacer un viaje relámpago a Zamora. Apenas dos horas y media en la ciudad. El motivo: una visita rápida a un paciente recién ingresado en el Hospital “Virgen de la Concha”. El hecho de ser día laborable nos granjeó un trayecto sin tráfico y sin incidencias. Nada de retenciones. Nada de cortes de carretera por accidente. Nada de ambulancias. Sólo el viaje. Unas dos horas y media. Con esa duración, no le molesta a uno desplazarse hasta su provincia. En los viajes uno sueña con rodar por carreteras sin curvas, solitarias, despejadas, sin un solo coche, ni en el asfalto ni en el arcén. Soledad absoluta. Pero aquí no es fácil. Por esa razón, hay algunos vehículos circulando. Unos cuantos coches y varios camiones.
La tarde cae sobre la ciudad cuando llegamos. Cae con la melancolía y el sosiego de siempre. Directos al “Virgen de la Concha”. Atravesamos pasillos donde se cruzan los obreros con su casco, los médicos y las enfermeras con sus uniformes, los enfermos metidos en las camas, y éstas siendo empujadas por los auxiliares a través de un pasillo polvoriento. Utilizamos el ascensor. La planta que visitamos es nueva. Es decir, está reformada por completo. Cada habitación parece otro mundo, nada que ver con las antiguas instalaciones. Me entretengo escrutando el cuarto, mirando esto y aquello. En cierto modo, siento un poco de envidia retrospectiva: hubiera querido ese cuarto cuando fui ingresado allí, hace años. Las puertas, de color rojizo, son muy amplias. Los servicios se ven impecables. La televisión, que funciona echándole euros por una ranura, tiene pinta de futurista; como un televisor de ciencia-ficción. Un asiento abatible se me antoja lo bastante cómodo para que las siestas no sean un suplicio para quienes van a cuidar a los pacientes. Hay botones e interruptores por varias zonas de la pared. Interruptores que accionan el aire acondicionado, las diferentes luces del techo, la comunicación con (supongo) otras plantas u otros servicios. Incluso disponen de conexión a internet. Me imagino a un enfermo, a alguien recién operado de alguna dolencia sin gravedad, navegando por la red, con un ordenador portátil encima del pecho. Pudiendo comunicarse con el exterior, los infortunios se aligeran un poco. Ahora entiendo cómo un colega que estuvo aquí ingresado, hace unas semanas, me mandó un correo electrónico para contarme lo que le ocurría. Cuando lo recibí, no sospechaba que hubiese conexión en los cuartos; y olvidé preguntarle cómo lo había hecho.
Las habitaciones están pintadas en varios tonos. El color es muy importante para quien debe pasar las noches en los hospitales, atado a un gotero. Imaginen que los ingresan en un cuarto negro o gris. Al despertarse, verían la vida de un modo siniestro y pesimista. Los colores influyen. De ahí los tonos rojos, naranjas, claros. Alegría y pureza. Aunque, cuando uno está ingresado, en el fondo le da lo mismo, lo único que quiere es restablecerse y salir cuanto antes. Estos adelantos, desde luego, hacen la estancia más confortable. Pero, aunque hubiera a diario espectáculos de magia, conciertos de rock o strip-tease, el paciente no olvidaría su ansia de salir andando y volver a la vida que llevaba antes. Hay otros botones e interruptores. No se está nada mal allí dentro. Siempre que no estés enfermo, claro. El único problema es que las obras aún no han terminado. Supongo que el personal que trabaja dentro del edificio está hasta el gorro de utilizar cuartos alternativos, de atravesar el ruido y el polvo de algunos pasillos, de que la obra lleve años y años en desarrollo. Pero algún día acabará. Salimos. Zamora respira serenidad. Es de noche y regresamos a Madrid.

martes, octubre 10, 2006

Kensington Gardens


Hace unos días me compré la edición de bolsillo del libro de Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington.
Por supuesto, la portada que figura aquí al lado no es la misma. Esta pertenece a la edición anglosajona. Y, según tengo entendido, ilustra mejor que la española lo que significa el libro: Peter Pan, libros, los 60, Dylan, Lennon, el Sgt. Pepper's...
Siento envidia de las portadas de las ediciones inglesas y americanas de muchos libros. Siempre resultan más imaginativas y feroces (por ejemplo, en las novelas de terror no se ahorran dibujos de calaveras, lápidas y locos). Basta con echar un vistazo en Amazon y ver las portadas de los libros de Jack Ketchum, Deborah Eisenberg, Joe R. Lansdale, Matthew Klam, Joanthan Lethem (por citar algunos), y compararlas con el resultado final en España. Nada que ver. Me pregunto por qué.

Ajetreo (La Opinión)

Un fin de semana agotador. Mucho ajetreo. El teléfono suena y las citas con los amigos se multiplican. Unos quieren salir de copas. Otros, ir de cena. Algunos, de cañas. Al final, y con complejo de culpa, me apunto a todo, lo cual casi agota mis ahorros porque dar un paso en la capital comporta un gasto económico intolerable. Pisar la calle ya cuesta dinero. Pero la llamada de los colegas zamoranos es fuerte y uno no es capaz de dar la espalda. Estar con quienes son de tu misma tierra te aproxima un poco a tu provincia, de la cual estás lejos en cuerpo pero no en alma. Un recorrido por Malasaña comienza en Maderfaker, garito basado en la “blaxplotation” (cine de negros, para que me entiendan, muy apreciado por Tarantino). Maderfaker es la pronunciación del término anglosajón “Motherfucker”. Es el Maderfaker de marras un bar pequeño, pero matón. Música funky, soul, etcétera. Decoración retro en las paredes: consiste en fotogramas y afiches de viejas películas de actores afros: “Shaft”, “Cleopatra Jones”, “Drácula Negro”, “Super Fly”, “Penitenciaría”. En la pared conviven Samuel L. Jackson y Pam Grier, Richard Roundtree y Fred Williamson. Una maravilla. Cierro los ojos y vuelvo a la infancia, a esas películas de policías con chupa de cuero, patillas rizadas y pelo de micrófono, a esos boxeadores que ansiaban salir de la cárcel y se comían la miseria y el dolor, a esos ritmos “cool” que tuvieron su Oscar con Isaac Hayes. La infancia siempre vuelve, a cada paso que damos.
Una cena en un comedor italiano. Platos raros, pero exquisitos: raviolis rellenos de pera, espaguetis con almejas, gambas, calamares y mejillones y otras delicias. Pedimos una selección del menú y compartimos. Estamos cerca de la M-30 y el aire huele a la podredumbre del río y al polvo de las obras que nunca se acaban. Quienes viven en esa zona tienden la ropa y la recogen gris, por culpa de ese polvo que se mete en los pulmones y dificulta la respiración. No hay, al salir del restaurante, ninguna señal de pubs abiertos donde refrescar el gaznate, árido de los aliños de cuanto hemos saboreado. Sólo hay seis coches que derrapan en la carretera, con las ventanillas abiertas y la música saliendo a toda pastilla. Chavales que no tendrán más de veinte años y ya son candidatos a la estupidez, al esnifado de rayas y a morir en la carretera tras recorrer los garitos a lomos del alcohol y la cocaína. Los miramos con pena y odio.
El domingo, al ir a comprar el periódico, una ambulancia del Samur aparca en la plaza. Sus luces de emergencia salpican nuestros rostros y los de los mendigos que duermen en el suelo, encima de un colchón raído o de una chaqueta vieja y olorosa a vómitos. Los del Samur atienden a una alcohólica tirada en un banco. Uno de los borrachos pide que hagan algo. ¿Qué van a hacer? Soporta un cebollón de aúpa y algún día caerá en coma etílico. El tipo del kiosco nos cuenta la historia: “Vienen tres veces al día a atenderla. Y el amigo de ella quiere que hagan algo. Pero la única solución es que ella no beba”. Pasamos la tarde en el barrio de La Latina. Los domingos, las plazas, las aceras y los bares se saturan de gente joven. Veo, aquí y allá, actores jóvenes y famosos que toman cañas con sus amistades. Los camareros suelen ser bordes y están de mal humor. Entramos en una taberna donde pone, en la carta, “Chorizo de Zamora”. Quienes lo regentan, al menos, son amables. Hacemos patria y pedimos chorizo de mi tierra, sabrosísimo. El fin de semana concluye como si me hubieran dado una paliza. Alguien me cuenta: “Decía mi abuelo que en esta vida hay que aprovecharlo todo antes de ir para el otro barrio”. Sí, pero qué cansancio implica…

lunes, octubre 09, 2006

Cine inédito: Art School Confidential


Terry Zwigoff es uno de los directores de cine más corrosivos de Norteamérica. Así lo demuestran Crumb, Ghost World y Bad Santa. Zwigoff no se corta un pelo, y basta con ver Bad Santa, en la que ofreció un cuento navideño repleto de mala leche y con dos protagonistas que hacían polvo las ilusiones de los niños: un enano negro y rabioso y un blanco alcoholizado. No se queda atrás su nueva película, Art School Confidential, con un guión escrito por el genial Daniel Clowes (Ghost World, Daniel Boring, Bola 8), basado en su propio cómic.

En el filme que nos ocupa seguimos la trayectoria de un muchacho que quiere ser pintor y se mete en una escuela de arte. Allí dentro no tarda en recibir todas las lecciones y sopapos que envuelven a un mundillo tan hipócrita. El mejor consejo se lo da un viejo pintor que vive apartado del mundo, en un cochambroso apartamento: "Lo más importante es que sepas chupar pollas". Artistas que no lo son y no trabajan el cuadro, pero reciben el aplauso general; impostores y galeristas sin idea de sus trabajos; chicas que prefieren a la celebridad de la escuela. El retrato general es ácido, corrosivo, y Zwigoff demuestra de nuevo que es uno de los grandes del cine independiente.

En el reparto, que encabeza el joven Max Minghella (hijo de Anthony Minghella, que dirigió El paciente inglés), intervienen en papeles secundarios John Malkovich, Jim Broadbent, Ethan Suplee, Anjelica Huston y Steve Buscemi en un papel no acreditado.

La niña de los sustos (La Opinión)

En cada edificio siempre vive algún vecino raro que, por sus ruidos o por su comportamiento o por las palabras que suelta en voz alta, suele atemorizarnos un poco. He comentado varias veces la torre de babel que es el edificio que tengo justo en frente de donde vivo, pero no he hablado de la niña que vive al lado de estos vecinos, en lo que supongo será la escalera izquierda del inmueble. Porque juro que tal niña me asusta y me atemoriza, y llego a sentirme, en ocasiones, sobre todo en mis tardes de lectura, como “El quimérico inquilino”. Alguien me había advertido, cuando me enumeraron las desventajas del barrio, que la niña era “un loro”. Que no paraba de hablar en su cuarto, en verano y a veces en invierno, siempre con la ventana abierta. No le di demasiada importancia.
Pero poco después de vivir ya aquí, en mis momentos de lectura, con el balcón abierto, oía la voz de la niña. Hablaba y hablaba y hablaba. Resultó tan cansina que a veces me asomaba por la ventana, a ver si distinguía a su interlocutor, de quien sospeché que sería mudo (o muda) o que tendría una paciencia a prueba de bomba y de oratoria eterna. En ocasiones sólo podía ver un brazo y un hombro de la niña. Frente a ella no había nadie, pero eso no significaba que el oyente no pudiese estar en el suelo, por ejemplo. Una tarde, harto de que la retahíla de frases me impidiera centrarme en la lectura, volví a asomarme. La persiana estaba subida, la niña estaba fuera, en el balcón, y no hablaba con nadie o lo hacía consigo misma. O con un amigo imaginario, ese colega invisible y surgido de nuestra imaginación que todos tuvimos en la infancia. Pero luego lo comenté con otros vecinos: la niña ya no era tan pequeña como para andar con esos juegos, más propios de mocosos enanos. No, la muchacha bordea la pubertad. Como soy aprensivo y no paro de engullir historias de terror, una noche, en mis delirios, di en pensar que la niña discutía con un fantasma. Inventé una historia. Que hablaba con el espíritu de un chaval, muerto hacía años en la casa a manos de algún estrangulador amigo de la anterior familia que pobló la vivienda. El niño quería consuelo o venganza. ¿Qué esperaban? Me dedico a fantasear, así que… Los meses pasaron y fui abandonando esas ideas peregrinas y librándome del miedo a creer que mi vecina conversaba a diario con críos muertos. Lo adjudiqué a una infancia traumática que aún no se le había pasado. Hay niños que tardan en abandonar sus juguetes.
Pero, últimamente, el miedo y la indiferencia han cedido el paso al susto. No es lo mismo el miedo que el susto. Miedo te da el ogro de “La matanza de Texas” o encontrar a un psicópata en el rellano. Susto te lo puede dar cualquiera, desde tu primo a tu madre. Pero no significa que den miedo. Comienza así: algunas tardes, mientras gano el tiempo entreteniéndome en mis lecturas, oigo gritos que provienen de la ventana de la niña. Gritos brutales, de socorro y auxilio, como si la estuvieran apalizando o estrangulando. Abandono el libro y corro a asomarme, por si debo llamar a la poli. Porque nunca se sabe, en estos tiempos: los padres pegan a los hijos, los hijos matan a los padres, hay abusos sexuales, maltratadores en la cocina. Al mirar veo que no, que la niña está representando ella solita una obra de teatro o un culebrón de la tele. Pero una y otra vez me engaña. La otra tarde escuché más gritos, llamadas de socorro e incluso golpes. Y vi a la niña de perfil, tan tranquila, diciendo con voz de falsete: “No, déjame, él me ama a mí. No sé por qué me haces esto”. ¡Menudo susto! Ahora voy a escribir a la Academia para que le den el Goya a la Mejor Actriz del año.

domingo, octubre 08, 2006

Alex_Lootz


Alex_Lootz [La Ciudad de la Poesía] es una interesante revista que se puede descargar en pdf. En su último número, el quinto, encontramos un jugoso índice de poetas españoles y latinoamericanos. Entre ellos hay algunos amiguetes (mi paisano Ezequías Blanco, Miguel Ángel Gara, David González, Vicente Muñoz Álvarez) y algunos nombres muy conocidos (Antonio Orihuela, Luis Antonio de Villena, etc). Un poco de todo.

Ya lo dicen en el editorial: Entre los poetas que nos suspiran a continuación hay de todo: ilustres, provocadores natos, publicados por primera vez, vírgenes en poesía, estrellas mediáticas, consolidados, prodigios, malditos… en fin, ideas, intenciones, sensaciones y palabras tan diferentes, como los cuerpos de aquellos de los que surgen, que hacen de esta reunión de poetas un verdadero crisol del arte poético. Si os gusta la poesía, no os decepcionará la revista.

Lecciones de humildad (La Opinión)

Por suerte, todavía hay gente que las da. Las lecciones de humildad. Y me refiero a gente famosa. Quisiera comentar tres casos que me rondan por la cabeza (suelo poner tres ejemplos porque mi artículo siempre se compone de tres párrafos, algo que aprendí/copié de Juan José Millás). El primero que se me ocurre es el de Ramiro Pinilla, escritor vasco y octogenario, autor de una trilogía que, dicen, es asombrosa: “Verdes valles, colinas rojas”. Pinilla ganó, a principios de los sesenta y de los setenta, varios premios grandes. Luego, según he leído, se apartó del mundillo literario “por razones de cabreo”, aunque yo sospecho que lo apartaron. Alejado, pues, del circo de las letras, fundó su propia editorial, que distribuía sus libros por Bilbao. Se dedicó, además, a escribir esta monumental obra, editada en tres volúmenes. Las grandes editoriales, por supuesto, la rechazaron. Hasta que Tusquets confió en ella. Ahora le llueven las palmadas en la espalda, las críticas elogiosas, los premios (acaba de obtener el Nacional de Narrativa). Después de treinta años en la sombra, ignorado y casi inédito, España le da lo que merece. Porque este país las gasta así: le niegan el pan y la sal a un tipo como Pinilla, pero luego lo recompensan en la vejez, como diciéndole: “Te lo has ganado, chico, llevas toda la vida sin desfallecer ni bajar el bolígrafo, así que ahora es cuando te damos el aplauso más estrepitoso”. Y él da continuas lecciones de humildad: no se envanece, no nos manda a todos a la mierda, asume su trayectoria vital.
El segundo es un actor muy joven. Juan José Ballesta, un chico de barrio que a mí me deslumbró en “El Bola” y en “Planta 4ª” (me perdí “7 vírgenes”, y bien que lo siento). Según leo en la prensa, que la fama lo haya tocado en la adolescencia no ha hecho sino agravar un problema: que en los pueblos y en los barrios a los que va, los mozos le den de garrotazos cuando las chavalas se aproximan a besarlo y a pedirle autógrafos. Leo fragmentos de una entrevista en Fotogramas y leo un chat de El Mundo en el que el actor no pierde la amabilidad, la inocencia, la educación. Si es listo, y me temo que lo es, no caerá en los peligros en los que suelen caer los niños actores: la droga, el alcoholismo, el engreimiento. Todas sus últimas declaraciones son para quitarse el sombrero: tiene premios, talento, dinero y fama, pero no es el típico engreído que se aparta de las fans con brusquedad (como vi hacer a Dani Martín en el preestreno de su primera película). Asume lo suyo y suelta perlas como éstas: “Yo soy un chaval normal y corriente y no tengo nada que ver con mis papeles”, “Me lo pasé en grande comiendo canapés y pinchos de foie” (refiriéndose al Festival de San Sebastián), “A sus 88 años está hecho una rosa” (sobre Manuel Alexandre), “Las cosas las habla, no chilla a nadie. María es crema” (sobre María Valverde). Ahí está, con su naturalidad, su desparpajo y su inocencia. Otra gran lección.
Admiro tanto los cuentos del leonés Antonio Pereira que hace tiempo escribí, para una revista digital, un artículo sobre sus relatos. Él, de algún modo, debió leerlo. Como no maneja la red, puso a un amigo suyo en contacto conmigo. Me pedía mi dirección. Se la di y me ha llegado una tarjeta, escrita a mano por el propio Pereira: “Querido y alentador amigo: Muchas gracias por tu “A. P., el arte de narrar” en internet. Te escribo desde León, prolongando el verano. Espero que más adelante nos encontremos en Madrid. ¡Un cordial abrazo!” Es como un cuento, no sobra ni una coma. Y lo escribe alguien que merece todos los galardones y se ha molestado en mostrar su gratitud. Donde otros se dan humos, él rebosa humanidad.

sábado, octubre 07, 2006

Muere Eduardo Mignogna


Acabo de enterarme del fallecimiento del escritor y director de cine Eduardo Mignogna, nacido en Buenos Aires. Me lamento de ello porque recuerdo que me gustó mucho una de sus películas, Sol de otoño, una historia de amor entre dos abueletes, que protagonizaban Federico Luppi y Norma Aleandro. Y también porque en mi biblioteca conservo su mejor libro: La fuga, una novela-de-relatos de la que luego él mismo dirigió una película. Acabo de desempolvar el libro y repaso sus páginas. Recuerdo que era la historia (ficticia, aunque con fotos) de quince presos que se fugan de un penal; cada relato nos cuenta la historia de uno de esos presos y la suerte que corrieron tras escaparse de prisión. Es, insisto, un libro muy ameno y recomendable.

Bares para guiris (La Opinión)

Decidimos tomar una clara con limón por la zona de Huertas, por donde hace tiempo que no íbamos. Esta zona posee, supongo que como todo, sus ventajas e inconvenientes: por allí se ve mucha gente relacionada con la literatura, el teatro y el cine; es muy agradable pasear por las callejas del Barrio de las Letras y leer las inscripciones del suelo, en las que hay célebres citas y nombres de literatos famosos, y asomarse a los escaparates de las librerías de viejo; en Naturbier, que está en la Plaza de Santa Ana, tienen dentro una fábrica de cerveza natural, muy ligera al paladar, sabrosa e incluso saludable si se toma con medida; las terrazas suelen estar pobladas de turistas y propician mucho colorido a la plaza, en la que está la estatua de Lorca; hay garitos de diversas clases y armarios con traje a la puerta; y se dice que por el Café Central suelen pasarse Günter Grass y Mario Vargas Llosa cuando están en la ciudad (pero aún no he entrado: programan actuaciones musicales casi a diario y en la puerta cobran lo bastante para persuadirte de que debes dar media vuelta); pero, en Huertas, si pides algo que no sea cerveza, suelen endosarte un garrafón que podría matar a las ratas; en cada calle te acosan los chicos y chicas que trabajan de relaciones públicas, dándote tarjetas en las que prometen invitarte a chupitos y a copas, pero luego entras en esos pubs, por probar, y el engaño toma proporciones considerables; y la mayoría de las tabernas de pinchos y de cañas están consagradas a los guiris, algo que explicaré a continuación.
De modo que allí estuvimos, varios zamoranos comentando lo de las violaciones de nuestra tierra, y a todos nos latía la furia en las sienes. Hablamos de viejas anécdotas, de chicas que antaño nos contaron ataques, enumeramos las calles y los rincones de la ciudad donde nadie, ni siquiera un hombre, debería pasear solo. Entramos, primero, en El Buscón, un local regentado por camareros jóvenes y españoles y decorado en plan castizo. Es un sitio que me encanta y no es la primera vez que piso su interior. Sin embargo, al poco nos marchamos: podemos aguantar la decoración ibérica, y hasta nos gusta, pero toda la retahíla de pasodobles y tonadas folclóricas que sale de los altavoces para entretener a los extranjeros, acaba convirtiéndose en insoportable. Nos metemos en una cervecería restaurante, cuyas mesas y barras atienden unos cuantos sudamericanos amables; pero al rato tenemos que abandonar porque las rancheras, o lo que diablos sea lo que han puesto en el equipo de música, desquicia a cualquiera.
Finalmente, podemos conversar bien en O’Neills. Una cervecería tan amplia que parece un laberinto, con dos pisos, varias barras de madera, pasillos y escaleras, mesas y sillas y taburetes. También está consagrado a los guiris, con preferencia por la clientela joven de procedencia británica y alemana. Lo sé porque voy a menudo, o cuando puedo. Música anglosajona, ornatos anglosajones, libros en las vitrinas con títulos sobre canciones irlandesas y tradiciones inglesas. No es raro ver, en una noche de sábado, el local lleno de bigardos que hablan en inglés o en alemán y pegan voces y se dan rudas palmadas en los omoplatos y cantan a coro los temas populares de Coldplay, Oasis y Blur, y mientras tanto sostienen enormes jarras de cerveza rubia o negra. Suelen ser muy ruidosos, pero se sienten como en casa. Nosotros también, quizá gracias a la música. Nuestra cultura musical es otra, qué le vamos a hacer: desecha los pasodobles, las rumbas, la salsa, la bachata y toda esa música de merengue y chiringuito. Los guiris mayores prefieren los bares que acabamos de dejar atrás.

viernes, octubre 06, 2006

Mañana, sábado, en León


Sábado, 7 de octubre. 21:30 h. CCAN (C/ Puerta Castillo, 10. 2º): Vicente Muñoz Álvarez presenta su poemario Parnaso en llamas
Presenta: Alberto R. Torices (Club Leteo)
Poetas invitados: Nacho Escuín (Zaragoza), Roxana Popelka (Gijón), David González (Gijón), Lucas Rodríguez (Madrid) y Alfonso Rabanal (León). Acompañamiento musical a cargo de Silvia D. Chica a la voz y Lucas Rodríguez al didgeridoo. Proyección del corto de Roxana Popelka Conversaciones con Sandra. Durante la lectura, se terminará de rodar el corto TRIPULANTES. NUEVAS AVENTURAS DE VINALIA TRIPPERS, del videocreador Nacho Abad (Club Leteo)

Tres estrenos (La Opinión)

Lunes: “Palíndromos”, de Todd Solondz. Filme independiente del mismo autor de “Happiness”. Fiel a su costumbre, nos ofrece una galería de tarados, pedófilos y tullidos, o sea, el lado más amargo y negro de la sociedad americana. Como Solondz es un bicho raro, en su propuesta utiliza a ocho actrices para encarnar a un mismo personaje, Aviva, nombre capicúa de una muchacha que hará lo posible para quedarse embarazada, incluso huir de casa y hacer un viaje en el que no faltan los fanáticos religiosos ni los hombres que no dudan en acostarse con menores. Todo ello para demostrar que la vida de cada ser humano es idéntica a un palíndromo: nada cambia, uno puede mudar de aspecto físico, hacerse cirugía, envejecer, adelgazar o engordar, irse o quedarse, y seguirá siendo quien era, atado a sus obsesiones y a su identidad. “Aunque tengas trece o cincuenta (años), siempre serás la misma”, le dice un personaje a Aviva. Solondz acostumbra a meterle los dedos en la boca al espectador, para ofenderlo y provocarlo, y de cada cual depende aceptar o no sus historias. Si uno se acostumbra a que, cada pocos minutos, Aviva tenga una edad distinta, una cara distinta y a veces una raza distinta, lo demás viene como la seda. Yo me acostumbré.
Martes: “Salvador (Puig Antich)”, de Manuel Huerga. Un gran reparto, en el que sobresalen Daniel Brühl y Leonardo Sbaraglia. Un sólido guión, basado en el libro de Francesc Escribano. Una dirección hábil, una banda sonora con temas de Lluís Llach y con rock de los setenta. La historia de un tipo que plantó cara al franquismo y acabó sentenciado a la pena de muerte. Cine que nos sacude, que nos transporta a un tiempo en el que algunos aún usábamos pañales, cine necesario y valiente. Una patada al escroto de los revisionistas y de los viejos fascistas, que se apresuran a decir que no, que aquello no fue así. Una película diferente dentro del cansado cine español. Las hermanas de Puig Antich han apoyado el filme, aun a sabiendas de las licencias artísticas o narrativas propias del séptimo arte: “Se han tergiversado cosas, pero lo importante, no”. La última media hora de metraje es maestra, impecable: nos hace nudos en la garganta y en el estómago, nos vapulea y nos horroriza. No tanto por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta y por la música y los actores que Huerga emplea. Esa media hora está a la misma altura de los desenlaces de “Pena de muerte” y “Bailar en la oscuridad”. No lo dudo: de las tres que he visto esta semana, la mejor.
Miércoles: “Nueve vidas”, de Rodrigo García. Construida como una novela-de-relatos, pero en película; influida por Carver, “Vidas cruzadas” y la teoría del iceberg de Hemingway. Nueve atisbos de vida, de nueve mujeres que luchan, sufren, aman y padecen: madres, hijas, enfermas, ex novias, viudas. Nueve, porque es el número de vidas de un gato en la cultura anglosajona. Juntas, conforman el retrato de la existencia de cualquier mujer y sus posibilidades: la maternidad, la ruptura sentimental, la enfermedad y los hospitales, el funeral donde resucitar las heridas, la cárcel, las relaciones paterno-filiales, el amor, la infidelidad y, de postre, el cementerio. Aparecen más de nueve mujeres, y muchos hombres: tanto los actores como las actrices dan pequeñas lecciones de interpretación. Me entusiasmaron Elpidia Carrillo, Jason Isaacs, Sissy Spacek, William Fitchner y Robin Wright, compañera y musa de Sean Penn, más guapa y mejor actriz cuantos más años cumple. García logra dar un giro maestro a la dirección: cada episodio está rodado en un único plano secuencia. Es evidente que ha heredado de su padre el talento para contar historias.

Cosas de los premios

El sábado pasado, 30 de septiembre, fallaron el Premio Ciudad de Torrevieja de Novela. Hoy, jueves por la noche, en la Casa del libro ya tienen la ficha, la portada, el argumento y el precio del libro ganador y del finalista. Si esto no es rapidez, no sé lo que será...

jueves, octubre 05, 2006

Colección Truffaut


En dvdgo están de oferta. No lo podía creer cuando vi este pack de 12 películas a sólo 31 euros, más gastos de envío. Así que lo he pedido ya. Creo que las ofertas duran hasta el día 8 de este mes.
Las películas de este pack son: Tirad sobre el Pianista · Besos Robados · Las Dos Inglesas y el Amor · La Piel Suave · Los Cuatrocientos Golpes · Jules y Jim · Domicilio Conyugal · El Amor en Fuga · El Último Metro · La Mujer de al Lado · Vivamente el Domingo · Una Chica tan Decente Como Yo

Textamentos


David me recomendó que leyera a un colega suyo, Francisco Rodríguez Criado. Como me fío de sus gustos literarios, leí su nuevo libro y varios de sus artículos para la prensa. Me gustaron mucho: el autor posee destreza, ingenio y humor. Él los llama "textamentos" (mezcla de "textos" y de "testamentos"). Os recomiendo estas piezas breves, pero también su última obra, que acabo de leer de una sentada: Un elefante en Harrods, conjunto de 25 cuentos y miniaturas, todos ellos repletos de tintes humorísticos, anacrónicos y surrealistas. Un ejemplo: El relato El herniado trata de un hombre cuyo oficio consiste en llevar a hombros a los viajeros a sus lugares de trabajo, ejercicio por el cual le ha salido una hernia; es una de las historias más divertidas de este libro.

Además, he descubierto que él y yo pensamos igual en esto del columnismo. Por eso, le tomo prestado medio textamento, el titulado Ombligos, con el que estoy totalmente de acuerdo:

Javier Ortiz recordaba en este periódico, tiempo atrás, el consejo de un antiguo subdirector: “Uno nunca debe escribir sobre sí mismo”. Sabio consejo para quien, como Ortiz, es periodista, pero cuando se busca transgredir la frontera del periodismo para hacer literatura a uno le asiste el legítimo derecho a convertir su yo en material literario. Alguno dirá que eso es ombliguismo (egocentrismo), pero es que, metro en mano, no media mucha distancia entre el ombligo y los dos motores que empujan al escritor a encarar el folio en blanco: el corazón y la mente. Frente al buen periodista que ofrece la noticia con objetividad está el escritor que hace de lo más subjetivo (su yo) la noticia. García Márquez forjó un excelente periodismo novelado en Noticia de un secuestro o en Relato de un naufragio. Nada que objetar, pues, a ciertas bodas entre periodismo y literatura.

Solas en la madrugada (La Opinión)

Tras concluir mis quehaceres literarios de la mañana, leo las noticias locales y entro en el mediodía con un cabreo. Según la cabecera de este periódico en su edición de ayer, martes: “Investigan tres denuncias por violación en los dos últimos meses en la zona de Tres Cruces”. La furia matutina, es obvio, deriva de mi aversión profunda a esta clase de agresiones y abusos sexuales. Es un tema que siempre me ha sacado de mis casillas. Y no es nuevo en mi ciudad, lamentablemente. Las hijas o las hermanas o las novias o las mujeres de cada cual pueden salir perjudicadas tras el encontronazo con uno de estos depredadores, que por regla general no sólo están salidos, sino también suelen ser machistas y violentos y están reprimidos. Estos ataques, que se producen con cierta regularidad en Zamora, no suelen salir en la prensa. Por fortuna, ayer la noticia encabezaba la sección de local. Y creo que no suelen salir en la prensa porque la sensación de vergüenza de quienes sufren esos abusos o intentos de abuso confluye en el silencio y en el secreto profesional de quienes atienden estos casos.
En cierta ocasión hablé en este espacio de ello: gente que a uno le cuenta agresiones, un amigo de una amiga, un colega que conoció a una chica, un familiar a quien le dijeron algo. No son rumores. Incluso conozco chicas de la ciudad que han estado a punto de sufrir el zarpazo de estos fulanos, y hablo de antaño, cuando yo vivía allí. Tipejos o tiparracos que aparecen, de pronto, surgidos de la nada, a veces emboscados entre la niebla propia del invierno, y que a las tantas de la mañana piden fuego y, si la chica es de natural desconfiada y no hace caso, no dudan en seguirla, hasta que logra ponerse a salvo dentro del portal antes de que el extraño se cuele.
Según contaban en este diario, la última muchacha, agredida en la madrugada del sábado al domingo pasado, describió al fulano: unos veinticinco años, moreno y extranjero. Se sospecha que pueda ser el responsable de las tres agresiones. Ronda, dicen, por las Tres Cruces, zona que a la luz del día está repleta de gente y de coches y en la que se notan el ajetreo y el tráfico, pero que de madrugada suele ser un desierto. Lo sé porque durante unos años la estuve recorriendo en las madrugadas del fin de semana, de regreso a casa. Cuando, en vez de caminar por la avenida de las Tres Cruces, atajaba por las calles adyacentes, sólo se oía el eco de mis pisadas. Un territorio propicio para depredadores. Lee uno estas cosas y siente furia. Una furia que no desembocaría en palabras, sino en retorcerle un poco el cuello al culpable, lo justo para que se le quitaran las ganas de andar violando a mujeres. Para colmo, por la zona de las Tres Cruces viven algunas de mis amigas y conocidas. La policía ha recomendado que las chicas de esa zona no vayan solas a casa a altas horas. Cuando vivía en Zamora, a veces discutí con amigas para que no se fueran solas a casa. Coge un taxi, llévate a un amigo de confianza, vete a tu barrio sólo cuando se vayan otras chicas. Pero no te adentres en las calles de madrugada, con niebla y sin compañía. El problema es que las mujeres jóvenes suelen reírse de estos consejos, se lo toman a chacota, o piensan que ellas jamás se toparán con un psicópata, porque creen que eso sólo sale en las películas, en los telefilmes de Antena Tres y en las noticias sobre los suburbios de las ciudades americanas. El problema no está sólo en las Tres Cruces: está en los bosques, en los parques, en las orillas del río, en cualquier callejón oscuro y solitario. También piensan, cuando uno suelta estos consejos nada gratuitos, que uno está carca, anticuado. Lástima que la realidad me dé la razón.

miércoles, octubre 04, 2006

Libro: Trainspotting, de Irvine Welsh


Un libro salvaje, narrado a varias voces. Que leo años después de haber visto la película. Una galería de personajes alucinados, envueltos en las situaciones más sórdidas. Un mundo de yonquis, seropositivos, alcohólicos, violentos, ladrones y camellos. Aunque aparecen muchos más personajes que en el filme, Danny Boyle se quedó con los mejores: Rents, Sick Boy, Begbie y el mítico Spud (los cuatro aparecen en la portada de mi edición de bolsillo, que es la de la imagen adjunta). Probablemente los pasajes más divertidos son los que se encarga de narrar Spud, un pobre diablo que casi nuna sabe por dónde se anda. Muy recomendable.

PD: Y, por fin, sé qué significa el término "trainspotting": Hobby consistente en observar compulsivamente los trenes y anotar su número y características para luego darse importancia entre otros aficionados. Es objeto de ridículo generalizado en Gran Bretaña, como grado cero de los hobbies o la forma más fútil de pasar un tiempo con el que no se sabe qué hacer (N. del T:)