martes, abril 13, 2021

El libro de los monstruos, de Juan Rodolfo Wilcock

 

 

Cualquiera que haya leído ese admirable libro titulado La sinagoga de los iconoclastas, sabrá de la maestría, el ingenio y la imaginación que se gastaba Juan Rodolfo Wilcock. El libro de los monstruos despliega un abanico de criaturas anómalas (un hombre hecho de espejos, otro con tentáculos en la cabeza, un tipo hecho de pelos y lana y algodón, otros son invisibles o meras ilusiones ópticas…) y, en apenas una página, Wilcock nos relata sus señas de identidad, sus características físicas, sus anomalías… Cada uno de estos relatos o semblanzas de ficción son obras maestras individuales. Copio aquí uno completo:

Giocoso Spelli

El teólogo y profesor de Historia de las Religiones Giocoso Spelli es casi con seguridad un monstruo, o en todo caso tiene algo de monstruoso. Para empezar camina a cuatro patas, y esto ya es insólito en un teólogo; es tan ancho que no todas las puertas admiten su paso, y en un automóvil, si alguna vez consiguiera introducirse en uno, no sabría de todos modos dónde poner las alas. Por culpa de los cuernos ningún sombrero le queda bien, y cuando ruge hace temblar el edificio. Es un verdadero experto en todo lo referente a los manuscritos del Mar Muerto, y ha escrito dos libros autorizadísimos sobre la cándida comunidad de Khirbert Qumran. Pero tiene las patas de atrás demasiado cortas, y cuando camina lleva las manos enfundadas en dos guantes enormes o, mejor dicho, borceguíes para manos. Hay quien sostiene que le salen llamas de la boca, pero ésa debe ser una imagen literaria; o quizás alguien ha tomado por fuego la saliva rojiza que le sale continuamente de las fauces. Lo cierto es que pesa 375 kilos, y su volumen es adecuado a su peso. Las alas, entonces, no le sirven de nada, pesa demasiado para volar, y pueden considerarse un capricho teologal: son rígidas y lustrosas, rectas hacia arriba como las de un toro alado, pero mucho más voluminosas. Los cuernos son macizos y ambos apuntan hacia arriba y hacia adelante, como un baldaquino suspendido sobre los ojos. Fue él quien aclaró definitivamente la total independencia del cristianismo con respecto a la religión de los Esenios, como resulta del análisis de los textos supérstites, y por tanto la absoluta originalidad de Jesús y de sus teorías. Cuando duerme, su respiración emite un silbido que se oye hasta en la plaza. Su novia le dijo a una amiga que en la cama se comporta como la Bestia del Apocalipsis.



[Ediciones Atalanta. Traducción de Ernesto Montequin]

Trailer de The Woman in the Window

 

 

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Cartel de Cliff Walkers

 


jueves, abril 08, 2021

Ya a la venta: Solaris: La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman

 

Colaboro en este número. Copio y pego de la ficha de Trama Editorial:

Solaris Núm 5: La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman:

¿Puede una historia de ciencia-ficción convertirse en una de las más versátiles metáforas para pensar nuestro tiempo? ¿Cómo es que una fantasía aparentemente inocente sobre una invasión alienígena, publicada originalmente en 1955, se ha revelado tan audaz para entender y reflejar los temores e inquietudes de cada momento? Analizamos La invasión de los ultracuerpos, la inolvidable adaptación al cine que Philip Kaufman realizó en 1978 a partir de la novela de Jack Finney, pero también, con una mirada abierta y panorámica, el imaginario y los hallazgos del resto de adaptaciones a cargo de cineastas como Don Siegel, Abel Ferrara u Oliver Hirschbiegel.

Nos sumergimos en el fenómeno cultural de los body-snatchers, o ladrones de cuerpos, analizando su capacidad para revelar la verdad de cada época: la paranoia anticomunista, o antimacarthista, de los años 50; la conspiranoia post-Watergate en los 70; el temor al terrorismo tras el 11-S y hasta la pandemia del COVID-19. Desde La invasión de los ultracuerpos y con la apuesta de su metáfora plenamente vigente en nuestros días, nos arrojamos a pensar sobre los límites de la libertad, el valor del individualismo, la otredad del envejecimiento, lo político y lo biológico, así como la posibilidad misma del amor en el desierto de lo igual.

Desde la centralidad de La invasión de los ultracuerpos de Kaufman, pero junto al resto de adaptaciones, se encuentra en estas páginas el pensamiento de ensayistas de múltiples disciplinas, analistas fílmicos y textuales, psicoanalistas, filósofos y cineastas para desentrañar y esclarecer la vigencia y el alcance de una de las más prósperas alegorías de la ciencia-ficción.

Dirección y Coordinación: Marta Villarreal y Ricardo Sánchez Ramos.

Índice de Contenidos

• Prólogo: Estragos del tiempo (y de la crítica)
Pachi Arroyo

• La política del fantástico… o un cine político de género
Quim Casas

• Quién grita: tres hipótesis sobre la identidad del ultracuerpo
Carlos Atanes

• ¿Víctimas, villanas o heroínas? Una reflexión sobre Elizabeth, Nancy y la lucha feminista de los 70
Miriam Borham Puyal

• The Body Snatchers o El divorcio de lo real
Amanda Núñez

• ¿Ultracuerpos en el siglo XXI?
Carlos Tejeda

• El cuerpo sentido
Aarón Rodríguez Serrano

• La invasión de los ultracuerpos o la feminización del vacío
Mireia Iniesta

• Y te miran, y te miras, al pasar
Raúl Álvarez

• No despertamos nunca
Shaila García-Catalán

• Una imagen para una sociedad infectada (antes y después de la pandemia vírica)
Israel Paredes

• De Jack Finney a Philip Kaufman: la naturaleza de la bestia
José Ángel Barrueco


Cartel de Monster

 


Jane Eyre, de Charlotte Brontë

 

 

No sirve de nada afirmar que para los seres humanos debe suponer satisfacción suficiente el haber alcanzado la tranquilidad. Necesitan acción, y si no consiguen hallarla, la inventan. Existen millones de ellos condenados a una existencia más mortecina que la mía, pero otros tantos millones se rebelan en silencio contra su sino. Nadie puede calcular cuántas rebeliones, dejando aparte las políticas, fermentan entre el amasijo de seres vivos que pueblan la tierra. Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No pueden soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasa a ellos. Y supone una gran estrechez de miras por parte de algún ilustre congénere del sexo masculino opinar que la mujer debe limitarse a hacer repostería, tejer calcetines, tocar el piano y bordar bolsos. Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas que se han declarado impropias de su sexo es fruto de la necedad.

**

-El ansia del que escucha estimula la lengua del que narra –dije más para mis adentros que para ser escuchada por la gitana, cuyas palabras, acento y modales me empezaban a envolver en una especie de ensoñación.

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Las señoritas de buena familia tienen una manera muy curiosa de hacerte saber que te consideran una birria sin formular el juicio verbalmente. Un cierto desdén en la mirada, unos modales exentos de cordialidad y un tono displicente bastan para expresar con creces su opinión al respecto, sin caer nunca en la franca grosería por lo que dicen ni por lo que hacen.

**

“Los amigos suelen olvidarnos cuando la suerte nos desdeña”, murmuré, al tiempo que descorría el cerrojo para salir.


[Alba Editorial. Traducción de Carmen Martín Gaite]

Trailer de Those Who Wish Me Dead

 

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Without Remorse: 2 carteles

 



lunes, abril 05, 2021

Vacas, de Ronald Sukenick

 

 

Para sobrevivir a la locura de estos tiempos, y mantenerse de alguna manera en el filo de la cordura, una novela del calibre de Vacas es perfecta: contiene el surrealismo y las dosis adecuadas de humor como para evadirnos y no tratar de comprender el entorno: sólo aceptarlo.

Aunque fue publicada hace unos 20 años, no ha perdido su actualidad, igual que no la pierden las películas de los Hermanos Coen o de Quentin Tarantino. En Vacas (coedición de Underwood y Malas Tierras) casi todo es disparatado e incomprensible, empezando por los protagonistas, un cowboy y un investigador del que el primero contrata sus servicios creyendo que es un especialista en cabras cuando en realidad es experto en “cuestiones macabras” porque, entre otras cosas, estudia la obra de Edgar Allan Poe. A partir de este incidente, ya en el primer párrafo del libro, se van sucediendo los equívocos, los malentendidos, las sospechas y las confusiones, pero nadie abandona su propósito inicial: ni el cowboy suspende ese contrato ni el investigador se larga como había pensado al principio.

Poco a poco ese investigador empieza a encontrarse con una red donde confluyen lo paranormal, las perversiones, el contrabando, lo fantasmagórico, el crimen… Los diálogos plagados de confusiones se suceden con un desparpajo digno de Groucho Marx, cada giro de la trama o de los acontecimientos es imprevisible y desemboca en más locuras, hasta el punto de que el investigador ya es incapaz de distinguir lo que sucede (El investigador no estaba seguro de qué era real y qué imaginario. En Nueva York nunca le pasaban estas cosas. Tal vez fuera la falta de aire en las alturas, que tenía el mismo efecto que el alcohol y reducía el suministro de oxígeno al cerebro), como nos pasa a los lectores mientras nos divertimos con este despiporre, que acaba erigiéndose como uno de los síntomas del sinsentido propio de la América profunda:

Algo lo sacudía, la voz de Vaca, abrió los ojos. Vaca lo tenía cogido por los hombros:
-¿Te ha dado el
delirium tremens o algo? ¿Qué es lo que pasa?
-Nada, acabo de tener una alucinación horrible.
-¿En forma de qué?
-Un murciélago gigante atacándome.
-Ah, el murciélago… –Vaca–. Yo también lo he visto.
-¿Tú…?
-Claro. ¿El famoso murciélago de Boulder? Solo ataca a los turistas, por lo general en Halloween. Qué estará haciendo por ahí esta noche…     
-¿Qué es? –El investigador.
-Nadie lo sabe con seguridad, hay quien piensa que es un mensajero de la muerte, otros que es un agente municipal que lucha contra los pelotazos urbanísticos, otros que es el espíritu del jefe Mano Izquierda. Dicen que les chupa la sangre a los turistas y a los constructores y que los convierte en greenpeacenianos errantes que no mueren jamás. O lo mismo no es más que una imagen fruto de tu imaginación.
-Ya veo, te estás quedando conmigo. –El investigador.
-No te preocupes,
amigo, todo el mundo ha visto cosas raras en el oeste. Espejismos. Esto es casi todo desierto y el desierto es una página en blanco.
-Pues me preocupa. –El investigador.
-Olvídate de la historia. Lo que no entiendes te puede volver majareta. Vamos a ver a Golden.
-Pensaba que le habías dejado claro que no irías esta noche.
-Así es, por eso mismo quiero ir esta noche. Eso los deja descolocados.   



[Underwood & Malas Tierras. Traducción de Ce Santiago]

Cartel de Boys from County Hell

 


Trailer de Together Together

 

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sábado, abril 03, 2021

La Calera, de Thomas Bernhard

 

 

Las gentes, le dijo Konrad al parecer al inspector de construcción, dice Wieser, no dejan de llamar, aunque saben que molestan, me interrumpen en mi trabajo, destruyen tal vez mi estudio, me lo destruyen todo, y sólo dejaban de llamar, decía, cuando se había levantado, había apartado su estudio y había bajado y abierto.

**

No hacer algo y, con ello, hacer algo, dijo al parecer. No hacer algo, por ejemplo, que se podría hacer y de lo que se dice (¡por todas partes!) que se debería hacer, era, decía, un progreso. Es para volverse loco, dijo al parecer, pero no me permito la locura.

**

Por lo que se refería a este país, a esta patria suya, no se podía decir jamás la verdad, si se quería existir e, incluso, continuar un solo día, a nadie y sobre nada, porque sólo la mentira hacía avanzar las cosas en este país, la mentira con todos sus disimulos y arabescos y simulaciones y apocamientos. La mentira lo era todo en este país, la verdad sólo digna de acusaciones, condenas y burlas. Por eso no callaba que todo su pueblo había buscado refugio en la mentira. Quien decía la verdad se hacía culpable y ridículo, la masa o los tribunales decidían si era culpable o ridículo o culpable y ridículo, si no se podía declarar culpable al que decía la verdad, se le ponía en ridículo, si no se le podía poner en ridículo, se le declaraba culpable, en este país se hacía culpable o ridículo al que decía la verdad. Como, sin embargo, eran los menos lo que querían resultar ridículos o culpables, y el individuo nada temía más que una condena, una pena elevada de multa o de prisión o incluso de presidio no eran, sencillamente, propias de un ser humano, todos mentían o callaban.

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No, querido Fro, la convivencia, de las gentes que sea, de las personas que sea, del estado social que sean, del origen que sean, de la profesión que sean, ya se puede retorcer la cosa como se quiera, es, mientras dura, un medio de prueba para la Naturaleza violento, sencillamente, por naturaleza, siempre doloroso y al mismo tiempo, como nos consta, el más accesible y atroz. Pero también lo más martirizante se convierte en costumbre, dijo al parecer Konrad, y así, los que viven juntos, vegetan juntos, se acostumbran poco a poco a su vivir juntos y vegetar juntos y, por consiguiente, a su común martirio, provocado por ellos mismos como medio de la Naturaleza en orden al martirio de la Naturaleza y padecido en común, y se acostumbran finalmente a esa costumbre.

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[…] su trabajo lo era todo, el escritor mismo no era nada, sólo las gentes creían, en su bajeza intelectual, poder mezclar la persona y el trabajo de un escritor, las gentes, por pura desvergüenza impertinente relacionada con los acontecimientos de la primera mitad del siglo, se atrevían por todas partes a mezclar lo escrito con la persona del escritor y así, en todo caso, a producir siempre una atroz mutilación del trabajo del escritor con la persona del escritor, creían que había que poner continuamente en relación la persona del escritor con lo escrito por el escritor, y así sucesivamente, cada vez más, las gentes se dedicaban a mezclar producto y productor, con lo que, en conjunto, surgía continuamente una monstruosa deformación de toda nuestra cultura, y así sucesivamente […]  


[Alianza Editorial. Traducción de Miguel Sáenz]

Cartel de Above Suspicion

 


Carlos Busqued (1970 - 2021)

 


Zola: primer cartel

 


Cartel de Things Heard & Seen

 


martes, marzo 30, 2021

Próximamente: Las setas y otros relatos de la era pulp

 

 

De Vicente Muñoz Álvarez. En Versátiles Editorial.

Larry McMurtry (1936 - 2021)​

 


viernes, marzo 26, 2021

Una simple carta de amor, de Yann Moix

 

 

Aquí va uno de los libros más notables de la temporada. Publica Underwood, una editorial independiente que siempre apuesta por el riesgo y la calidad (Leonard Gardner, Gilbert Sorrentino, Tom Robbins, Rudolph Wurlitzer, Jean-Pierre Martinet, Antonio Valdecantos), y que, junta a otra de nuestras editoriales favoritas, Malas Tierras, ya ha coeditado dos pelotazos: los de Ann Quin y Ronald Sukenick.

Yann Moix, al que por aquí no conocíamos, al margen de sus frecuentes polémicas en Francia es un escritor mordaz, con un estilo muy trabajado, y una prosa en la que abundan las metáforas, las analogías, los juegos de palabras… Una simple carta de amor a mí me recuerda, no en el fondo pero sí en la forma, a esa maravilla titulada Mortal y rosa (de Francisco Umbral, por si queda alguien que no lo sepa): una misiva dirigida a alguien, en este caso una mujer, después de la ruptura final, en la que se conjugan el azote y la caricia, la sumisión y el castigo, el llanto y la furia… En unas 100 páginas de lenguaje asombroso, caben todos los tiempos y las etapas propias de una pareja: el encuentro, la seducción, el sexo, la monotonía, los celos, las broncas, las discordias temporales que nos hacen creer que vemos a esa mujer en cada esquina y en toda mujer de espaldas. Moix muestra el dolor y la desazón propios de cada historia de amor y de desamor: su asfixia, su felicidad pasajera y su calvario a ratos. Pero también se crucifica y la crucifica a ella. Dan ganas de subrayar el libro entero. Imagino que la traducción habrá sido un reto repleto de malabarismos (de la tarea se encarga, y muy bien, Sara Hernández Pozuelo). Unas muestras:  

Yo no creo en el amor póstumo, en esa gente que se sigue queriendo en el cielo; donde se sufren los tormentos es aquí. El amor póstumo se lega en la carne del hijo engendrado, ese que lleva los genes en otro tiempo enamorados, los gametos antaño enredados en un poco de sudor, de sol, de semen, de morado. El portador de las desilusiones y los suplicios de nuestro viacrucis, de nuestro rumor caduco, es él, el hijo; y su aparición conlleva, reclama, nuestra desaparición.

**

Lo que nos corroe no es el infortunio, sino la felicidad, que nunca termina de llegar. Tememos que la felicidad se acabe cuando aún no ha comenzado. Lo que tortura no es la tortura, sino la inminencia perpetua y decepcionante de su interrupción.

**

La promesa de estar con alguien siempre me ha hecho más feliz que su presencia real.

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La persona que rompe también es infeliz, y aún más doloroso su duelo, porque carga con la responsabilidad. Es un asesino que acude a las exequias de su víctima.

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Las personas a las que volvemos a ver mucho tiempo después de haberlas amado jamás coinciden con la imagen que su ausencia ha acabado imprimiendo en nuestra imaginación.

**

Los años son una hiedra que trepa por las vísceras y apaga la mirada como se apaga una lámpara. Enseguida llegan los gusanos a hacernos cosquillas: nos adentramos en el tiempo. No el tiempo de las cerezas, no el tiempo de un vals, no el tiempo infinito que se nos concede en la adolescencia, sino ese que se encoge, el tiempo tacaño de las lindes de la muerte, el tiempo que no tiene tiempo, el tiempo que mira el reloj. El tiempo que gesticula.

**

Los amantes tienen un orgullo natural por el cual creen erróneamente que se los olvidará menos que a los otros.

**

Así como un amor que se acaba nos encierra en el pasado hasta colmarnos de melancolía, un amor que comienza nos proyecta hacia el futuro hasta colmarnos de esperanza. Salimos de algo que ya no existe y tal vez nunca haya existido para entrar en algo que aún no existe y tal vez no vaya a existir jamás.

**

Soy incapaz de amar; el desconcierto de dar, de ofrecer, me paraliza. Estoy impedido. No puedo “avanzar”; el mañana es una masa gris de hormigón, nada más. Nadie que se me acerque podrá afirmar que el porvenir es una tierra virgen, rica y luminosa; sino más bien una aberración lívida, un campo devastado donde dormir para siempre. El presente es un perro que muerde; el futuro, un perro muerto.



[Underwood Editorial. Traducción de Sara Hernández Pozuelo]

Bertrand Tavernier (1941 - 2021)

 


Wrath of Man: primer cartel

 


Cartel de Stowaway

 


Jessica Walter (1941 - 2021)

 


Cartel de The Suicide Squad

 


Jorge M. Reverte (1948 - 2021)

 


Voyagers: 2º cartel

 


miércoles, marzo 24, 2021

George Segal (1934 - 2021)​

 


Cartel de Some Happy Day

 


Adam Zagajewski (1945 - 2021)​

 


lunes, marzo 22, 2021

Lejos del bosque, de Chris Offutt

 

 

Chris Offutt ha pasado de ser un desconocido en España a conseguir el estatus de figura de culto: uno de esos autores no demasiado célebres cuyas obras leeremos sus seguidores sin importarnos el género o la temática. Primero conocimos los relatos de Kentucky seco (en Sajalín Editores); luego, esas extrañas y sorprendentes memorias tituladas Mi padre, el pornógrafo (en Malas Tierras); seguirían la novela Noche cerrada y, ahora, los cuentos de Lejos del bosque (ambas obras en Sajalín). No se detiene ahí la cosa, pues este año las mismas editoriales repetirán con otros dos libros de Offutt. En los títulos publicados por Sajalín, traduce Javier Lucini; en los de Malas Tierras, Ce Santiago. Para mí es una garantía en ambos casos.

¿Qué es lo que tiene Chris Offutt para que nos fascine tanto? Me atrevería a decir que es el autor que mejor ha sabido tomar el relevo de grandes escritores minimalistas como Tobias Wolff, Richard Ford o Raymond Carver. Alguien que, con apenas un par de personajes a la deriva, con diálogos precisos y una prosa desnuda, sabe construir todo un imaginario alrededor de esos personajes para hablarnos de soledad, alcoholismo, desarraigo, violencia en los genes y desempleo, circunstancias que, las más de las veces, conducen a sus protagonistas a tomar decisiones erróneas.

Lejos del bosque contiene 8 impactantes, dolorosos y desesperanzadores relatos sobre gente que sufre el desarraigo, sobre personas que arrastran como un peso muerto la extrañeza y el frío del desplazamiento. Son tipos que han huido de su zona, tal vez tratando de no ahogarse y de conseguir mejores oportunidades, pero el precio que pagarán es alto: fuera de su entorno, es como si estuvieran desprotegidos. Personajes que no están a gusto ni en su casa ni fuera de ella, como dice uno de ellos en el relato titulado “Gente recia”: En cuanto llego a alguna parte ya estoy deseando marcharme; es la historia de una pareja que se queda sin dinero y decide participar en el Torneo de Fortachones de Montana para costearse el viaje para escapar del pueblo en el que han quedado varados. O ese otro de “Melungeons”, cuando afirma: Poco importa de dónde vengamos. Lo que importa es quiénes somos en este momento.

En “Todo inundado”, un tipo conduce su camión cuando oye por radio que un dique ha reventado; para que no le alcance la inundación, deja el remolque en el arcén y se larga a toda prisa. Luego, en un garito, conocerá a una mujer ebria que guarda relación con esa catástrofe. Cuando la mujer le dice que tiene que ser bonito viajar a menudo, él responde: Cuando te largas de un sitio te quedas un poco hecho polvo, como con ganas de volver y de instalarte. No echo raíces en ningún sitio, prácticamente vivo en el camión. Tampoco quienes han salido de la cárcel se encuentran ya en su entorno natural (el entorno al que se han habituado), como si habitaran territorio hostil fuera de los barrotes: es el caso de los dos tipos que trasladan las tumbas de un cementerio en el relato “Moscow, Idaho”.

En “Prácticas de tiro” hay un padre y un hijo con enormes diferencias. Pero los dos están solos. El padre es viudo y apenas sale de casa. Al hijo lo abandonó su mujer. Los dos viven “en la misma montaña, en crestas opuestas”. Ray, el hijo, tampoco está conforme con sus elecciones: Era su tierra, su hierba y su casa. El sueño de todos los habitantes de Kentucky que habían ido a buscarse la vida a Detroit era volver a casa para quedarse. Y ahora que estaba de vuelta, se había dado cuenta de que la gente de casa solo quería que la dejaran en paz.

Chris Offutt consigue que nos encariñemos con sus personajes. Nos hace partícipes de su derrota y de su desarraigo. Y ya la cita inicial (de Flannery O’Connor y su estupenda novela Sangre sabia) nos anuncia lo que les ocurre a sus criaturas: El lugar de donde venís ya no está; el lugar al cual creíais que ibais no existió jamás, y el lugar donde estáis no sirve de nada a menos que podáis alejaros de él.



[Sajalín Editores. Traducción de Javier Lucini] 

Cartel de Four Good Days

 


Próximamente: Buffalo Soldiers

 

 

De Robert O'Connor. En Sajalín Editores.

Cartel de Any Day Now

 


martes, marzo 16, 2021

Próximamente: Norteamericanas ilustres

 

 

De Ben Marcus. En Malas Tierras.

Nominaciones a los Oscar 2021

 

 
 
 



In the Earth: primer cartel

 


Yaphet Kotto (1939 - 2021)

 


El entenado, de Juan José Saer

 

 

La orfandad me empujó a los puertos. El olor del mar y del cáñamo humedecido, las velas lentas y rígidas que se alejan y se aproximan, las conversaciones de viejos marineros, perfume múltiple de especias y amontonamiento de mercaderías, prostitutas, alcohol y capitanes, sonido y movimiento: todo eso me acunó, fue mi casa, me dio una educación y me ayudó a crecer, ocupando el lugar, hasta donde llega mi memoria, de un padre y una madre. Mandadero de putas y marinos, changador, durmiendo de tanto en tanto en casa de unos parientes pero la mayor parte del tiempo sobre las bolsas en los depósitos, fui dejando atrás, poco a poco, mi infancia, hasta que un día una de las putas pagó mis servicios con un acoplamiento gratuito –el primero, en mi caso– y un marino, de vuelta de un mandado, premió mi diligencia con un trago de alcohol, y de ese modo me hice, como se dice, hombre.

**

Diez años están hechos de muchos días, horas y minutos. De muchas muertes y nacimientos también. Lo que cuando toqué la playa en el primer anochecer me era extraño, con el tiempo continuo que nos modela y nos cambia, fue haciéndose familiar. Si para cualquier hombre el propio pasado es incierto y difícil de situar en un punto preciso del tiempo y del espacio, para mí, que vengo de la nada, su realidad es mucho más problemática. Ninguna vida humana es más larga que los últimos segundos de lucidez que preceden a la muerte. Veinte, treinta, sesenta, diez mil años de pasado tienen la misma extensión y la misma realidad. Del incendio más colosal no queda más verdad que la ceniza. Pero hay también, en toda vida, un período decisivo, que sin duda también es pura ilusión, pero que sin embargo nos moldea, definitivo. Es una ilusión un poco más espesa que el resto, que se nos prodiga para que, cuando la proferimos, podamos de un modo y otro representarnos la palabra vida.

**

Pero, para los marineros, todos los indios eran iguales y no podían, como yo, diferenciar las tribus, los lugares, los nombres. Ellos ignoraban que en pocas leguas a la redonda, muchas tribus diferentes habitaban, yuxtapuestas, y que cada una de ellas era no un simple grupo humano o la prolongación numérica de un grupo vecino, sino un mundo autónomo con leyes propias, internas, y que cada una de las tribus, con su propio lenguaje, con sus costumbres, con sus creencias, vivía en una dimensión impenetrable para los extranjeros. No únicamente los hombres eran diferentes, sino también el espacio, el tiempo, el agua, las plantas, el sol, la luna, las estrellas. Cada tribu vivía en un universo singular, infinito y único, que ni siquiera se rozaba con el de las tribus vecinas.

**

La mera presencia de las cosas no garantizaba su existencia. Un árbol, por ejemplo, no siempre se bastaba a sí mismo para probar su existencia. Siempre le estaba faltando un poco de realidad. Estaba presente como por milagro, una especie de tolerancia despectiva que los indios se dignaban acordarle. Se la concedían a cambio de cierto provecho utilitario: fruto, leña, sombra. Pero, en su fuero interno, sabían que la verdad efectiva de ese intercambio era bastante problemática. El árbol estaba ahí y ellos eran el árbol. Sin ellos, no había árbol, pero, sin el árbol, ellos tampoco eran nada. Dependían tanto el uno del otro que la confianza era imposible. Los indios no podían confiar en la existencia del árbol porque sabían que el árbol dependía de la de ellos, pero, al mismo tiempo, como el árbol contribuía, con su presencia, a garantizar la existencia de los indios, los indios no podían sentirse enteramente existentes porque sabían que si la existencia les venía del árbol, esa existencia era problemática ya que el árbol parecía obtener la suya propia de la que los indios le acordaban. El problema provenía, no de una falta de garantía, sino más bien de un exceso. Y, además, era imposible salir de ese círculo vicioso y ver las cosas desde el exterior, para tratar de descubrir, con imparcialidad, el fundamento de esas pretensiones.

**

En eso se revelan iguales muerte y recuerdos: en que son, para cada hombre, únicos, y los hombres que creen tener, por haberlo vivido en la proximidad de la experiencia, un recuerdo común, no saben que tienen recuerdos diferentes y que están condenados a la soledad de esos recuerdos como a la de la propia muerte. Esos recuerdos son, para cada hombre, como un calabozo, y está encerrado en ellos del nacimiento a la muerte. Son su muerte. Cada hombre muere de tenerlos únicos, porque justamente lo que muere, lo que es pasajero y no renace en otros, lo que en las muchedumbres está destinado a morir, son esos recuerdos únicos que alimentan el engaño de un rememorador exclusivo que la muerte acabará por borrar.



[Rayo Verde Editorial]

Isela Vega (1939 - 2021)

 


Cartel de Here Are the Young Men

 


Globos de Oro 2021

 


Aquí


Cartel de Every Breath You Take

 


lunes, marzo 08, 2021

La Uña Rota: Microrroturas

 


No digas nada, de Patrick Radden Keefe

 

El idilio romántico de un movimiento revolucionario perdura más fácilmente cuando no existe el peligro de que algún miembro de tu familia salga volando por los aires cuando va a comprar a la tienda de la esquina.

Tal vez la anterior sea una de las frases que mejor definen este espectacular libro en forma de crónica o ensayo: una investigación del autor (norteamericano descendiente de irlandeses), que abarcó varios años, para buscar las verdades en torno al secuestro de una viuda llamada Jean McConville. Pero ése es sólo el hilo del que tirar, del que empezar la narración: Patrick Radden Keefe nos sumerge, gracias a una documentación exhaustiva, en el mundo de los Troubles de Irlanda del Norte, es decir, los conflictos entre católicos y protestantes con los británicos de por medio. Por aquí desfilan el IRA, Los Desconocidos, los atentados terroristas, los sacerdotes mediadores, los espías, los soplones, el Domingo Sangriento, Gerry Adams, Brendan Hughes, Bobby Sands, Dolours Price (la chica de la imagen de cubierta del libro, quien se casó con Stephen Rea)… Impresionante. Sin duda, una de las obras más rompedoras de 2020, con un ritmo y un flujo de datos que nos hacen comernos páginas sin descanso.  


[Reservoir Books. Traducción de Ariel Font Frades]

Cartel de Voyagers

 


Joseph Ponthus (1978 - 2021)